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    <title>El Eco de Tandil</title>
    <subtitle>Entrevistas exclusivas y contenido multimedia para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Tandil.</subtitle>
    <updated>2026-04-26T04:00:04+00:00</updated>
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            Crónica de una urgencia colectiva
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/VOMX8Y3uPAtL4avgUAYMLiLGNr8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/ansiedad_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Abril guarda recuerdos de su abuela en una reposera en la vereda. Dice que son memorias de un tiempo que ya no existe, de cuando era chica, cuando las tardes eran naranjas y el vientito olía a jazmines. Me cuenta que ayer intentó volver ahí. Dejó el celular lejos, apagó el televisor y se llevó una reposera a la puerta de la casa. Intentó respirar y relajarse, pero unas hormigas transparentes le caminaban por las piernas. Se fue enseguida. ¿Guardaste la reposera antes de irte? Fue lo único que le pregunté. Claro, dice. Mientras habla se muerde una uña. Mueve el dedo para encontrar el ángulo correcto entre los dientes, y corta con las paletas. Veo con dolor ajeno como arranca el borde libre y lo escupe.</p><p>A Julián lo conocí en los recreos de la facultad. El cigarrillo es parte de su mano. Lo fuma desesperado, como si el aire lo asfixiara y cada pitada fuera oxígeno para seguir vivo. Le desaparecen entre los dedos. Cada vez que exhala humo hace un suspiro ruidoso, que es una mezcla de resignación y cansancio. Cuando te mira se le nota el caos atrás de los ojos, cuando no habla se le escuchan los ruidos del pensamiento. Pasa cerca y se siente el olor a pólvora de la guerra que lleva adentro. Fumá tranquilo, le digo.</p><p>A mi lado se sienta una chica que se llama Sol. Su pierna se mueve durante toda la clase. Es un rebote automático, constante. La rodilla sube y baja, sube y baja, como el pistón de una máquina que no fabrica nada. Algunas veces se da cuenta de que lo está haciendo y apoya su mano para frenarla, pero el movimiento le trepa a los dedos y empieza a dar golpecitos rítmicos con las yemas. En la otra punta del aula, la rodilla de Thiago sube y baja al mismo tiempo, con el mismo pulso. &nbsp;</p><p>Juana acaba de tener el mejor mes de su vida. Mañana empieza su taller de dibujo y se anotaron un montón de chicos. Además, se puso de novia con un pibe excelente que conoció hace unos meses y todo avanza bien. Por cada cosa que me dice, arquea las cejas y asiente con la cabeza. Lo cuenta como si le hubiese pasado a otro. ¿Y por qué esa cara? Le digo. Porque nunca tuve tanto miedo. ¿Miedo a qué? A perderlo todo.</p><p>Ezequiel, en cambio, no tiene nada que perder. ¡Qué libertad! Patear el tablero y largarse a viajar. Todas sus pertenencias entran en una mochila. Nunca se queda quieto. Desayuna en bosques frondosos, almuerza en capitales fascinantes y cena frente al mar. Llevás la vida en las manos, le digo. Arrastro una tonelada de miedo, dice. ¿Miedo a qué? A perderme.</p><p>Con Franco no se puede hablar, porque sólo habla él. Lo conozco hace tiempo y sé que es un gran chico. Lo de él es involuntario. No puede soportar la erupción de palabras que se amontonan hirviendo en su boca, y necesita decirlas todas lo antes posible. Yo le suelto pequeñas frases inconclusas para motivarlo a interrumpirme y que siga desahogándose. Cuando habla escupe gotitas de saliva. Le agrega más y más palabras a una oración que no termina. Su boca cambia de forma como una llama al viento. En sus ojos avergonzados se dibujan las disculpas de quien no puede controlarlo. Te escucho, le digo.</p><p>Martina está acostada pero no descansa. La pantalla del celular le proyecta un fantasma celeste sobre la cara. Su párpado late como un pequeño corazón. Recorre las mismas dos aplicaciones una y otra vez. Un loop inconsciente entre el ruido de los videos y el silencio de sus mensajes. Sabe que no habrá nada nuevo. Espera que el sueño le gane por la fuerza. No quiere cerrar los ojos mientras siga despierta. Cuando se duerme, el brillo sigue prendido.</p><p>Fausto se despierta sobresaltado y desactiva las cinco alarmas que puso. Convive todo el día con la sensación de que olvida algo muy importante. Me dice que es un nudo de trapo entre la garganta y el pecho. Que intenta tragarlo pero no se va. Esperamos juntos el colectivo. Saca su celular pero está sin batería. Resopla. Me pregunta la hora. Después mira los autos, los carteles, el cielo, los adoquines y, al cabo de unos segundos, vuelve a buscar la pantalla apagada. Sus ojos rebotan buscando un motivo para su alerta. Encuentra el colectivo a lo lejos y prepara la tarjeta. Lo dejo subir primero.</p><p>Sofía vuelve a su casa caminando después de juntarse con amigas. Pensó en pedir un remis, porque no trajo los auriculares, pero ya es mucho gasto y son pocas cuadras. Afronta el camino a secas, sin más soundtrack que el crujido de los pasos. Juega a no pisar las líneas del suelo. A la segunda cuadra, comienza a pensar que sus amigas parecían un poco enojadas. Juana estaba rara y Martina no la saludó con un beso. Además el otro día se juntaron solas. Apura el paso. Se rasca el cuello y queda un mapa de rayas rojas. Capaz que sus amigas se cansaron de ella y no saben cómo decírselo. Pisa las líneas.</p><p>Daniel mira por la ventana de un onceavo piso. No puede dormir sin whisky. Aquel es, sin dudas, un hermoso departamento, con muebles de roble y aparadores de cristal. Me invita porque no soporta el silencio. Los almohadones del sillón están hundidos por el uso, aunque nunca lo vi sentado. Siempre está de pie mirando hacia afuera. Agita el vaso que sostiene y los hielos tintinean al mismo ritmo que la pierna de Sol. Sus ojos no se despegan de esa ventana. Abajo la ciudad, las habitaciones iluminadas sobre el cielo violeta. &nbsp;Incluso cuando me habla, evita mirar para adentro. Sonríe y repite lo mismo una y otra vez. ¿Ves? Ellos tampoco pueden dormir.</p><p>Ignacio debe escribir una columna. Quizás no tiene idea de cómo se escribe y simplemente logró engañar a todos. Sostiene cigarrillos en dedos sin uñas. Mueve la pierna al ritmo del párpado. Traga el nudo y mira el celular. La gente está apurada, asustada, igual que él. No hay reposeras en la vereda. Se respira la tensión de una sala de espera. La vida es algo que debe resolverse.</p><p>¿Conoce usted a alguien que esté libre de ansiedad?</p><p>Mire a su alrededor y encontrará a Ezequiel, a Juana, a Franco. Quizás usted es alguno de ellos. ¿Siente el pulso nervioso que nos conecta a todos? En lo profundo de nuestras cabezas suena la misma alarma. Por eso nos asusta quedarnos en silencio. Escuche cómo descargamos esa electricidad con espasmos involuntarios rítmicos, coordinados: es la orquesta de la intranquilidad.</p><p>Tal vez sea una invitación a la empatía. Estamos parados sobre un pozo surgente donde la preocupación brota líquida. A nadie le pertenece el charco y, sin embargo, todos tenemos los pies en el barro. Nos inundaremos juntos.</p><p>Querido lector, la falta de conclusiones es parte del tema. Hemos caminado a la par por los caminos del lenguaje; y ya hemos vuelto al principio. Verá que estos jardines son siempre circulares. Ahora usted retomará su vida en el mismo lugar que la dejó, sin más recompensa que algunas imágenes. Lamento decirle que ha perdido el tiempo, y como bien sabe, estamos llegando tarde.&nbsp;</p>]]>
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                <updated>2026-04-26T04:00:04+00:00</updated>
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            Mano a mano: la herencia del duelo
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/u4yRP5ZmZTR3-HxSlIKr6WjFwYc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/mano_a_mano_nino_neo.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>En las puertas de un boliche conviven el perfume y el humo, el murmullo y la música, los unos y los otros. Suele reinar un bullicio, una orquesta de charlas superpuestas y canciones distorsionadas de fondo. Pero sabrá usted que existen algunos momentos en que, como por arte de una magia oscura, el más coordinado de los silencios inunda la vereda. Una ráfaga de viento frío acaricia la nuca de los presentes y todos se callan al mismo tiempo. Pero no pasa ningún ángel. Es más bien un resabio ancestral, la voz de nuestro instinto que nos dice “¡Cállense y observen! El hombre va a atacar al hombre”.</p><p>En la quietud, comienza a sonar el inconfundible crujido de suelas que raspan el asfalto y respiraciones que se agitan. Todas las cabezas giran en el mismo sentido, hipnotizadas, imantadas por ese tumulto amorfo y ciego que rebota allá al fondo, entre la gente. Son dos personas trenzadas en una pelea. El nudo de carne se retuerce, salvaje, indisoluble. El resto mira con la boca abierta, obnubilados por el espectáculo. Son ordinarios romanos en la cávea del Coliseo, borrachos de vino, deslumbrados por el sudor y la sangre de los gladiadores. Incluso aquellos que logran reaccionar a tiempo sacan sus celulares y graban, con la esperanza de capturar un poco de esa violencia en estado puro.</p><p>Para los involucrados, los segundos se sienten años. Su vida entera se reduce a la anatomía, el alrededor desaparece y los milenios de civilización se olvidan. La adrenalina suprime cada eco de humanidad, cada rastro de dolor. Se han vuelto invisibles los amigos que intentan separarlos. No hay recuerdos del lenguaje. Han olvidado que hace un rato se bañaron, eligieron su ropa y pagaron la entrada. Son sólo dos cuerpos en una llanura primitiva. Animales que entrecierran los ojos, aprietan los dientes y tratan de golpear la otra cabeza como sea. Los manotazos en la nariz hacen saltar las lágrimas, los de la panza sacan el aire. Mañana aparecerán dolores que hoy no perciben. Cada rasguño, cada roce de un cuerpo enajenado, poseído por la violencia más profunda y desconocida. Cada consecuencia inevitable de una batalla sin ganadores.</p><p>Un tercero, confundido por la impotencia, amaga a meterse en la pelea. Los de al lado lo frenan de inmediato. “Es mano a mano”, dicen, y todo sigue su curso. Finalmente, se escucha el golpe seco de hueso contra hueso y uno cae al piso. Su cabeza apenas roza el cordón de la vereda. El otro se frena en seco. Acepta el derribo como forma de victoria. No se abalanza, ni festeja, ni huye. Sólo respira y espera. El combate se ha consumado. No han intervenido terceros y se ha peleado a mano limpia, sin traiciones. Sus amigos sonríen y le palmean la espalda.</p><p>Cuando los segundos transcurren y la adrenalina se disipa, el terror invade su cuerpo. Ya no es aquél miedo a salir lastimado, sino uno mucho peor: que su adversario no se levante y la vida de ambos termine en esa calle, en esa noche. Han vuelto a ser humanos. El otro queda tendido en el asfalto, inmóvil, suspendido en el tiempo. El telón se cierra y regresa el bullicio habitual a la vereda. Los espectadores dan media vuelta y se alejan, imitando los golpes y recreando la escena, satisfechos, por ahora.</p><p>¿Por qué los hombres siguen optando por pelear? ¿Por qué persiste en nuestras mentes la idea del mano a mano? ¿De dónde viene este rito atávico? ¿Por qué fascina a los espectadores? ¿Cómo algo tan primitivo sobrevive en la era de la hipercomunicación? ¿Cómo lo desinstalamos de nuestra cultura? Más allá de mis posibles conjeturas y de la inevitable falta de respuestas, estas son algunas de las preguntas que debemos hacernos para comprender uno de los núcleos principales de la violencia y encontrar así formas más efectivas de erradicarla. Lo cierto es que las piñas siguen volando y en la mayoría de los escenarios lo que se busca no es defenderse, sino validarse.</p><p>En primer lugar, es necesario separar este ritual de las infinitas formas de violencia asimétrica y los ataques cobardes que vemos todos los días, donde hay un culpable y una víctima claros. Por ejemplo, los ataques en patota o la violencia de género. Tampoco hablaremos hoy de aquel que está obligado a defenderse con uñas y dientes porque se encuentra acorralado. Cometería el error de abarcar más de lo que puedo recorrer, y entonces preguntarme cosas como ¿cuántas formas puede adoptar la violencia en esta época? O peor aún ¿de dónde sale tanta violencia?</p><p>En esta oportunidad, en cambio, nos interesa cuestionarnos por qué dos personas -hombres- concuerdan pelear con sus puños en ámbitos sociales. Intentaremos trazar una línea que separe esta ceremonia compartida de las formas de agresión unidireccionales. Sería útil identificar cuáles son los residuos culturales que nos permiten concebir, aún al día de hoy, el combate físico como un posible acuerdo entre pares, capaz de solucionar algo. Comprender cómo el mito colectivo del mano a mano a piñas sigue vigente y moldea a las generaciones.</p><p>Lo que sí podemos hacer, entonces, es observar cómo la mayoría de las peleas de boliche están articuladas por las antiguas gramáticas del duelo, que atraviesan de punta a punta nuestra historia. No es sólo una furia irracional lo que mueve a quienes se invitan a pelear, sino la reproducción de un proceso simbólico heredado, con una intención y estructura. La idea de dos hombres que, en igualdad de condiciones, consienten resolver con el cuerpo lo que las palabras no pudieron. Porque el duelo, en su definición más pura, no busca la destrucción del otro, sino la restitución del yo. Es el desesperado intento de volver a ser alguien ante la mirada de los pares. Lo que se ve en esos enfrentamientos no es otra cosa que el antiguo fantasma del honor masculino, recordándonos que, a pesar de los siglos de evolución, todavía no encontramos una forma más civilizada de sanar el orgullo que no sea usando los nudillos.</p><p>Hace 200 años, el General San Martín promovía los duelos entre sus granaderos. Él mismo se ofrecía como padrino para legitimar el cumplimiento de las reglas. Imagine usted que los combates entre iguales para regular prestigio ya derramaban la sangre del Ejército Libertador. Esto tampoco es ajeno a nuestra identidad cultural; José Hernández pinta estas conductas en el libro nacional. Martín Fierro entra a la pulpería y provoca al Moreno diciendo “A los blancos hizo Dios / a los mulatos San Pedro, / a los negros los hizo el diablo / para tizón del infierno.”. Frente a la humillación pública, el Moreno se ve obligado a batirse en duelo. Es la única manera de recuperar su orgullo. En “El sur”, de Borges, Juan Dahlmann se sienta a comer en un almacén desconocido y unos peones borrachos lo provocan tirándole miguitas de pan. Se levanta para retirarse, dispuesto a evitar la pelea. Pero justo antes de salir, uno de los espectadores lo llama por su apellido. Al perder su ilusión de anonimato, Dahlmann debe validar su hombría y enfrentar a quienes se burlan de él, porque “Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos.”. Elige entonces la derrota segura antes que la cobardía, “hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando”.</p><p>De manera similar, en un boliche de Tandil, dos jóvenes se chocan por accidente y un vaso se vuelca. Ninguno se disculpa. Se miran fijamente, hasta que alguno masculla “¿Qué mirás?”. Luego un insulto y una respuesta. Un empujón que va, otro que vuelve y una invitación a pelear que ambos aceptan, envalentonados. Ninguno de los dos sabe bien por qué, pero poco importa el disparador. Ya se han retado a duelo y nadie quiere ser un cagón. No están cegados por la ira, ni sedientos de venganza. Ni siquiera se conocen. Con las manos temblando, caminan unos pasos para alejarse del resto y aquél viento frío empieza a soplar entre las nucas.</p><p>Cuando se desata el fuego, los testigos se empujan para ver y grabar mejor. Por algún motivo, desean presenciar la riña. Tal vez los espectadores experimentan esa catarsis de la que hablaba Aristóteles, y observan las trompadas ajenas para liberar su propia adrenalina, sin tener que tomar riesgos. Pero estas tragedias no son actuadas, y aquellos que miran son parte de la ceremonia. Quizás cargarán también con el peso de las consecuencias.</p><p>En las redes sociales, los videos de peleas callejeras se viralizan más rápido de lo que tardan en ser censurados. Por algún motivo, nada sostiene tanto el foco de atención como dos personas pegándose. El engagement no miente: la pantalla es un lugar seguro para permitir esa atracción violenta, para alimentar esa curiosidad morbosa. Por mucho que se esfuercen los creadores de contenido, ningún material supera la grabación de un mano a mano real.</p><p>La música, por su parte, está repleta de narrativas sobre duelos por orgullo. Desde el tango hasta el trap, casi todas las letras escritas por hombres hablan sobre peleas. En la escena urbana, los artistas compiten por ver quién es más gángster. Los referentes encarnan el ideal de la violencia. L-Gante expresa con claridad “Y si me están tirando a mí, que me nombren, que la calle es pa' hombres (...) Si te hacen renegar, entonces, dale”. Zaramay, por su parte, diría “Les mando la ubicación y lo arreglamo' en la calle” o bien, “Zaramay, negro, es mi nombre, por si van a matarme. Acá sí somos hombres, y hacemos correr la sangre” y así una lista de ejemplos interminable. La calle, que representaba comunidad, experiencia y astucia, se convierte en un terreno de masculinidad tóxica y combate entre pares.</p><p>En muchos jóvenes de la era digital, las peleas callejeras “justas” (de acuerdo a las lógicas del duelo), no provocan un repudio a priori, sino cierta fascinación. Es exactamente esta falta de rechazo colectivo lo que permite que la coreografía siga existiendo. No se necesita un descargo institucional, ni una primicia mediática ni la advertencia de adultos, sino un cambio profundo en nuestro ideario que corte de raíz la romantización de estas prácticas. Una evolución cultural en la que los héroes huyan de los bares antes de lastimar a un semejante por una ofensa mínima. Una comunidad que no acepte las peleas siempre y cuando sean parejas y pactadas, sino que olvide por completo la posibilidad de levantarnos la mano. Aunque se respeten las “reglas” de la calle, golpear la cabeza de alguien es, de cualquier modo, un intento de asesinarlo.</p><p>Si se me permite traer de la muerte a la figura del autor, diré que la única intención del texto es traer este tema a la mesa de debate. Usted luego unirá los puntos, o no. Carezco de respuestas terminadas, no dejan de abrirse puertas en mi búsqueda de conclusiones. Nos acostumbramos a que la violencia nocturna se aborde desde titulares rimbombantes como las patotas, el alcohol o los detalles explícitos de cada caso; pero ignoramos los patrones culturales que sostienen el paradigma de la pelea. No reparamos en los entramados discursivos que mantienen viva la lógica del duelo, la idea de que algunos problemas pueden ser resueltos “como hombres” y ya.</p><p>Finalmente, sí estoy seguro de que esos códigos son, en realidad, una trampa. La idea arcaica que nos instalaron dista mucho de lo que ocurre en la cruda realidad: no hay ningún honor en el duelo. Sólo hay víctimas en esta falsa épica. Los conflictos no se resuelven sino que empeoran y se vuelven impredecibles, fatales. Los jóvenes mueren con la vida por delante; y con él mueren sus pares, sus familias, muere la sociedad, morimos todos. Es ahí donde sobrevive la herencia más amarga de nuestra propia barbarie.</p>]]>
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            El duelo de la postal
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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Recuerde que ya estaban justo ahí hace dos mil millones de años. Se formaron antes que la capa de ozono, cuando el aire no se respiraba y los mares ardían. Por tanto, vieron nacer el cielo. Todo lo que conocemos pasó frente a ellas mientras los vientos y el agua se llevaban sus sedimentos y redondeaban sus puntas. En silencio, inmutables, imponentes ¡Qué viejas serían ya cuando los Puelches llegaron! Sintieron tal vez cosquillas cuando esas personas les caminaron el cuerpo por primera vez. Las tribus agradecían sus piedras como refugio y sus plantas como alimento. No querían cambiarles nada.&nbsp;</p><p>Pero luego vieron llegar a otras personas, que se instalaron a sus pies y construyeron un fuerte. Trajeron sus propias semillas y encerraron a los animales. Esta gente también valoraba sus piedras, pero las necesitaban allá abajo. Debían arrancarlas, picarlas y llevárselas para construir calles y llenar vagones que iban hacia quién sabe dónde. En un parpadeo de las sierras, la colonia humana comenzó a expandirse en todas las direcciones. Las cumbres observaron mudas cómo la mancha iluminada avanzaba sobre los pastizales como aceite derramado.&nbsp;</p><p>El avance espantó a los ciervos, a los pumas y cubrió los arroyos a su paso. Cada vez más personas llegaban y se sumaban a la estampida. En su milenaria vigilia, las sierras nunca habían imaginado el estruendo de la dinamita. Quizás sintieron dolor al quebrarse sus rocas y ver los enormes huecos que quedaban. Habrán visto anonadadas a nuestros pequeños cuerpitos llevándose más cantidad de piedra en una semana que la erosión en miles de años. Pero el crecimiento no se detuvo, sino que aceleró. Cuando la marea de casas se desbordó, las orillas urbanas treparon las sierras. Desde entonces, las olas golpean sus pies y salpican cada vez más edificios a sus laderas. Frente a todo eso está usted, lector, cuando las contempla. Esas piedras estaban acá antes y seguirán ahí cuando ya no estemos. Mírelas bien y dígame si no siente que ellas también pueden observarlo.</p><p>Dejemos de lado el time-lapse ilustrativo, bajemos de las sierras a la plaza del centro, y volvamos a la actualidad. Sabemos por el último censo que nuestra ciudad creció más de un 20% en los últimos años. Tandil recibe aproximadamente cinco personas nuevas por día. Sin embargo, más allá de las frías estadísticas y de las graves consecuencias que esto supone en términos de urbanización (tema que dejaremos a los expertos), los vecinos enfrentan otro duelo: la ruptura de su imaginario tandilense.&nbsp;</p><p>No es fácil asimilar el cambio de las cuadras donde crecieron, aceptar que tal vez no es este el Tandil que esperaban, pero sí el que tenemos. En las veredas hay ahora casas sin historia y caras sin apellido. La claridad del pueblo se borronea por la niebla del anonimato. Ya no sabemos quién es, qué hace ni qué hizo. Incluso a veces no podemos siquiera encontrar un conocido en común. Esto puede desconcertar a los Nacidos y Criados en Tandil (NyC), acostumbrados a reconocerse entre ellos y a los comentarios de boca en boca vecinales.&nbsp;</p><p>El crecimiento poblacional aún no ha logrado desinstalar de nuestras cabezas la idea de Tandil como una pequeña y tranquila ciudad, donde la calma se confunde con monotonía. Una idea que probablemente heredamos de nuestros padres y que viene desde los fundadores de la ciudad. Creemos saber lo que pasa, pretendemos conocer al resto. Nos convencimos de ya haber descubierto lo que se esconde en las calles y ya no salimos a explorarla. Mientras tanto, nuevas personas llegan todos los días desde distintos lugares y se integran a la convivencia. Las casas se transforman en edificios y los autos hacen filas. Los que tienen poca conciencia y mucho dinero construyen sus casas en las sierras en un intento por escapar de la creciente densidad y que sus patios les recuerden el Tandil del pasado. Quienes estamos presenciando el cambio, esquivamos con la vista los andamios y ladrillos para buscar ese fondo de piedra y plantas que aún está ahí, atemporal, abrazándolo todo.</p><p>Por su parte, los recién llegados habitan la ciudad sin darle mayor importancia a los mandatos pétreos. No pretenden encajar en ningún molde heredado y desconocen cualquier código de linajes. Frecuentan los lugares de su propio interés y se relacionan con gente afín. Para ellos, Tandil tiene la magia de una hoja en blanco. Por suerte, el ruido que trajeron ha dificultado los circuitos del rumor que estaban tan aceitados en la antigua ciudad. El movimiento ha revuelto las aguas estancadas, derrumbó las normas establecidas y dejó obsoleta cualquier jerarquía social. La multitud en movimiento se resiste a ser señalada con el dedo. Aquellos pequeños dejos de prosapia aristocrática han quedado en los sueños del granero del mundo, en una época de elegancia prestada, en los ecos de un pueblo encerrado dentro de cuatro avenidas que quería maquillarse de Europa. En el nuevo Tandil, el tribunal de saquitos de té y tazas de porcelana que sostenía el “pueblo chico, infierno grande” se diluye entre las nuevas masas que no conocen a nadie. Una ciudad de extraños es una ciudad donde todos somos igualmente aceptados.</p><p>A su vez, propio de esta adolescencia urbana, hay que aceptar que la ciudad no responda como antes. El Tandil donde “nunca pasa nada” ha sido alcanzado por la realidad. Lo soñado ha bajado a tierra. De nada sirve negarlo. Cuando la población se desarrolla más rápido que la ciudad, mucha gente queda fuera del sistema. Es momento de reconocer que dejar una moto afuera o una puerta sin llave conlleva un innegable riesgo de robo. Quizás crucemos también vendedores ambulantes en las cafeterías del centro. Lamentablemente, los brazos de esta ciudad joven aún no pueden abrazar a todos. Con lo bueno y con lo malo, el carácter local muta e instala nuevas tendencias, pide nuevos espacios y propone nuevos desafíos.</p><p>Nuestra sociedad se ha vuelto más heterogénea y, por lo tanto, más libre. Ahora es importante generar espacios culturales, laborales y de opinión que capten a la diversa totalidad de personas y generen sentido de pertenencia. Necesitamos encontrar pegamentos sociales que conecten a los que estaban con los que llegan. No bastan los lugares y eventos genéricos, propios de un pueblo o ciudad chica, para incluir a los nuevos integrantes a la vida social. Las nuevas búsquedas deben contemplar una variedad de voces e intereses más amplia y específica para adaptarse al crecimiento demográfico. Aquella vida social ya no es única, homogénea ni delimitable.&nbsp;</p><p>Que algo o alguien sea de Tandil ha dejado de ser un motivo suficiente para definirlo. Las cosas no ocurren en un solo lugar a la vez, sino en simultáneo, por lo que hay más de una opción para todo. Es entendible que al NyC esta vorágine lo tome por sorpresa. Pero cuando logre actualizar su imaginario local, cuando cambie la forma en que imagina su ciudad y deje ir esa postal ideal de aldea serrana, volverá a enamorarse. Verá una ciudad con novedades y problemas, pero moderna, cambiante y culturalmente frondosa.</p><p>El crecimiento representa sin dudas una ventaja para Tandil. Las ciudades que se mantienen estáticas están condenadas a morir lentamente entre el polvo y los recuerdos. Sus habitantes pierden el interés y dejan de descubrirla. Los eventos se vuelven repetitivos y el suelo cultural se erosiona. Los discursos pierden diversidad y lo desconocido no encuentra chances para irrumpir y cambiar las mentalidades. Es cierto que la familiaridad genera confianza y cooperación, pero la falta de anonimato fomenta los prejuicios.&nbsp;</p><p>Una ciudad en crecimiento es una ciudad rebelde, que se mantiene joven y dinámica. Esa inyección de diversidad permite cuestionar paradigmas antiguos y hacer florecer ideas. Por supuesto, exige un buen plan de ordenamiento y una correcta adaptación. Abajo de las casas que derrumban y los complejos que levantan, siguen los mismos caños y las mismas cloacas. A nosotros nos toca visualizar el nuevo Tandil y transitar el cambio de idiosincrasia. Cuando logremos unificar los viejos y nuevos sectores bajo una misma identidad tandilense, compartiremos el ocio de la misma forma que las problemáticas y la heterogeneidad será nuestra fortaleza.</p><p>A quienes hemos nacido y crecido acá, estos vientos de cambio nos devuelven algo valioso que habíamos perdido: el misterio. No sabemos qué se ofrece ahí afuera, no conocemos a nadie y nadie nos conoce. Es una excelente noticia. Podemos salir a caminar por el centro y dejarnos sorprender por las propuestas, buscar la que más nos represente y simplemente entrar. Tal vez vestirnos de cosplay y jugar un juego de rol en el café de Yrigoyen, donde encontraremos colegas que irán a hacer lo mismo. O bien disfrutar de una performance de Drag en el Teatro Bajo Suelo, o un show de trap local en algún bar del centro, un café literario, una fiesta de dancehall, y otros eventos de lo más específicos. Lo interesante es que podemos descubrirlo. Pruebe prescindir de algún plan típico entre conocidos para darle un tiempo a recorrer y conocer espacios nuevos, tal como se hace en las grandes ciudades. Le prometo que Tandil no va a decepcionarlo.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/pR9uyDYQY2Kmf5rSFcVRI9IZaEE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/el_duelo_de_la_postal.webp" class="type:primaryImage" /></figure>En Tandil no nos conocemos todos. Mire a esta gente apurada, ajena. Observe las obras que avanzan, escuche a los hombres que piden. A la ciudad con un...]]>
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                <updated>2026-04-12T13:55:03+00:00</updated>
                <published>2026-04-12T03:00:00+00:00</published>
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            Fuera del prompt: la soberanía del error
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/rEGgNl7YhojYFLUgRJAlgQhk1BA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/fuera_dle_prompt.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>¡La IA puede hacerlo! Tome asiento y relájese mientras observa el fin del testimonio digital. Las fotos ya no encierran luz del pasado, los textos no necesitan manos. Ni siquiera usted, lector, puede asegurar que estas palabras sean las de una persona y no las de una máquina. Hemos invitado voces artificiales a nuestro palacio de pantallas y ya no sabemos quién nos habla. En el inmenso océano discursivo, tiramos botellas con cartas manchadas de puño y letra para reconocernos entre humanos.</p><p>Antes que nada, para evitar desconfianzas enunciativas, prometo no ser una inteligencia artificial. Escribo estas oraciones con mis dedos, despeinado. Tardo un buen rato en escribir. Tecleo, lo borro, me distraigo con algo, voy, vengo y escribo otra vez. Puede confiar en mi palabra si le digo que estos párrafos están hechos al mejor modo “artesanal”. Lo inquietante, lector, es que ni usted ni yo tenemos una forma de demostrarlo. A mí ninguna gambeta sintáctica me permitiría eliminar al 100% las chances de ser un robot; y a usted ninguna gambeta le bastaría para evaporar la sospecha. Sin embargo, por este canal sigue todo igual: un enunciador, un enunciatario y un mensaje.</p><p>Hay que reconocer que el monopolio del grafismo lo mantuvimos los humanos durante varios miles de años. Incluso los neandertales ya dejaban marcas simbólicas en las cuevas. Desde aquellas precarias formas de discurso, hasta el fervor comunicativo actual, las personas encontramos medios para grabar nuestra existencia en el mundo. Hoy, la historia se inscribe diariamente a través de unidades discursivas digitales, ya sea en fotos, videos, texto, ubicación o mensaje. Estos registros tienen la ventaja de no sufrir ninguna corrosión por el paso del tiempo. De hecho, están libres de cualquier desgaste físico. De esta manera, mientras los pigmentos de los frescos se erosionan y los vinilos se rayan, nuestra historia digital es incapaz de envejecer. Los hijos de nuestros hijos podrán ver nuestros perfiles de Instagram en alta definición.</p><p>Pero al igual que Alejandro Magno pensó que era una buena idea centralizar todos los datos del mundo en una sola biblioteca, y murió antes de verla disolverse en llamas; nosotros le confiamos casi toda la memoria de nuestro siglo a servidores y cables submarinos. Descansamos en que nuestros datos flotan seguros en una nube e ignoramos los campos de data centers consumiendo agua en el ártico. Un pulso electromagnético de gran escala podría bastar para freír esos servidores. Lo que pensamos como etéreo y atemporal está en realidad hecho de metal y necesita cuidados diarios para seguir existiendo.</p><p>Como si esto fuese poco, incluimos a nuestro bullicio comunicacional el invento de inteligencias artificiales. Conocen la totalidad de los datos, pueden crear imágenes, videos y guiones, saben programar, redactar e imitar tonos persuasivos o irónicos. Podría incluso pedirle “Haceme una columna para el diario que hable sobre la inteligencia artificial y el fin del testimonio digital, que sea interesante y lúcida”, y luego pedirle que la haga otra vez pero “que parezca que la escribió Jorge Luis Borges” o bien “que sea imposible detectar que la hizo una IA” y así infinitamente. En cada caso, me daría una respuesta en segundos y, al cabo de algunos intentos, obtendría un texto completo mejor logrado que este mismo. Cualquier unidad de sentido está a sólo un prompt correcto de ser replicada artificialmente. Toda forma de discurso que esté en internet, sea de origen humano o sintético, va a parar a los mismos centros de almacenamiento por igual. La gran biblioteca digital no tiene clasificaciones. Personas y robots compartimos las mismas cajas de recuerdos. Mientras ellos buscan cómo emularnos mejor, nosotros queremos dejar marcas de dedos en las cosas que creamos.</p><p>Lamento decirle, lector, que aún no somos conscientes de cuántas de las cosas que leemos, vemos o escuchamos han sido fabricadas con este motor artificial. No caben dudas acerca de su eficiencia e inmediatez, dos virtudes primordiales para el sistema. Pero, al menos hasta el día de hoy, la mayoría de los usos de la inteligencia artificial necesitan de una persona que lo guíe, lo corrija y lo gestione. Es decir, todavía es un parásito de la cultura humana. Ese es su talón de Aquiles. Se ha alimentado durante años de nuestra información y se perfecciona constantemente para imitarnos. Pero su desarrollo anhela un propósito opuesto al de nuestro espíritu: la utilidad. En su búsqueda por servir, la inteligencia artificial fórmula respuestas exhaustivas y prolijas, imágenes nítidas y opiniones conciliadoras. No crea, sino que promedia. Todo lo que genera es lo más probable, lo más aceptable, lo que no ofende ni sorprende. Mientras tanto, algunas personas, asqueadas de la perfección aséptica, se agarran de las contradicciones, las fallas, las pasiones y la suciedad como la última prueba de humanidad. Abrazan lo roto como recordatorio de que no somos un cálculo, sino un accidente.</p><p>Personalmente, aún confío en el error como decisión estética. Últimamente, también lo considero un acto de soberanía. Los jóvenes estamos saturados de productos “artísticos” que, debido al interés comercial, se han estandarizado al punto de volverse estériles. Lo prolijo, lo armónico y lo transparente ya no conmueve a nadie. No hay ninguna magia en la pulcritud técnica y los acabados “profesionales”. Un ritmo pegadizo, una voz afinada con exactitud, un videoclip en ultra HD, un vestuario acorde y una campaña de promoción organizada. Todo esto genera cierto rechazo a las nuevas generaciones que desconfían de la autenticidad del proceso creativo. Ya han descubierto que el circuito del arte mainstream ha sido invadido y colonizado por las métricas del dinero. En cambio, buscan refugio en la cultura trash. Lo caótico, lo feo y lo deforme los representa más que lo simétrico y limpio. Después de todo, eso no puede ser producido en serie, ni recreado por una IA.</p><p>Como consecuencia de esta realidad desdibujada, surgen las nuevas vanguardias de lo roto. Artistas que exageran las manchas humanas de la obra para opacar el sentido y evitar caer en una función modélica. Buscan excluirse de las lógicas de mercado y volverse ilegibles para el algoritmo. Reivindican la producción independiente y romantizan la no masividad. Estas vanguardias se oponen a la hipercomunicación a través de la indiferencia, la resignación y la expresión abstracta. En la escena musical, por ejemplo, nuevos artistas como AgusFortnite2008 y Stiffy, ambos nacidos después del 2004, cantan lo siguiente en el onceavo track de su disco llamado Murió la música:</p><p>“El rock murió hace treinta años / Viejo rockero, estás jubilado / Ya no sos rebelde, sos un nabo / Es que el rock ya está quemado / Ya estás viejo y pelado / ¿Para qué tocar una guitarra? / Pongo un type beat y lo bajo / ¿Para qué quiero una partitura? / ¿Qué es una partitura?” (2024).</p><p>La armonía instrumental y las líricas solemnes se reemplazan por un caos de sonidos y una ensalada de frases irreverentes. La virtuosidad musical pierde importancia, pero el error humano se vuelve valioso. El mensaje es claro: si ya todo está hecho, sólo queda romper. La explosión de estas nuevas tendencias es un signo claro de la saturación y el desdén nihilista que enfrenta la Generación Z. En estas canciones los insultos, las repeticiones y el rechazo a la perfección técnica son decisiones que validan la naturaleza mortal de esa identidad digital y permite diferenciarlas de las producciones artificiales que sólo persiguen rendimiento y exactitud.</p><p>Los jóvenes suelen acercarse a estas obras fingiendo un consumo irónico, dado que no son capaces de señalar ninguna característica “bella” reconocible. Pero es justo esa carencia lo que les produce la experiencia estética. Esto puede ser moneda corriente en el ámbito de las redes sociales, pero, al observar las presentaciones en vivo de estos artistas, vemos que se encuentran repletas de gente saltando desaforada, en su mayoría menores de 18 años. El fenómeno ha superado los límites digitales. Ese chico que está saltando en el pogo no se está riendo del artista, sino que se está riendo con él. Está disfrutando de algo real en un mundo de simulacros. Aquel consumo irónico, entonces, no es más que un escudo temporal frente a las críticas del “buen gusto”. Porque si bien lo irónico atraviesa la obra de punta a punta, no hay nada de ironía en su consumo. El espectador disfruta y comparte genuinamente esa sátira.&nbsp;</p><p>La pregunta es: ¿Cuánto tiempo tardará el sistema en etiquetar y reproducir industrialmente las nuevas tendencias? O bien, ¿cuánto tiempo le llevará a la IA poder generarlo? El antiesteticismo y antimarketing también construyen una estética y una fórmula en sí mismos. Por lo tanto, también pueden ser replicados. A medida que estos chicos crezcan y pasen a formar parte de la población económicamente activa, los analistas de mercado encontrarán una forma de adaptarse a sus intereses. Esto siempre y cuando los servidores de los data centers no se pulvericen antes.&nbsp;</p><p>Finalmente, es cuestión de tiempo que la cultura trash deje de ser suficiente para identificarnos. Seguimos acumulando una historia digital que no envejecerá. Un océano infinito de información, donde la presencia humana será indistinguible de la artificial. Para ese entonces, sospecho que tendremos que volver a poner el cuerpo. Regresaremos quizás a las manos y las lapiceras, a las charlas cara a cara y a la música en vivo. Creo que la carne en movimiento será nuestra tierra firme cuando nos ahoguemos en códigos binarios. Para su tranquilidad, lector, algo que nunca podrá hacer ninguna IA es equivocarse de verdad, con el peso y la mugre que eso implica. Podrá intentar imitar los fallos, pero nunca sufrirlos. No logrará copiar estas líneas dubitativas, las palabras que borré, ni los errores que sobrevivan.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/rEGgNl7YhojYFLUgRJAlgQhk1BA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/fuera_dle_prompt.webp" class="type:primaryImage" /></figure>¡La IA puede hacerlo! Tome asiento y relájese mientras observa el fin del testimonio digital. Las fotos ya no encierran luz del pasado, los textos no...]]>
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                <updated>2026-04-05T03:00:06+00:00</updated>
                <published>2026-04-05T03:00:00+00:00</published>
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            Dogmas de bolsillo y dioses de pantalla
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ubXYkxBsD7fOMdksKWSRkPUONR0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/03/dogmas_de_bolsillo.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Dios no ha muerto, se ha escondido atrás de los píxeles. En plena era de la información, los fieles abandonan las iglesias al rezo de ¡Espiritualidad sí, religión no! Las nuevas generaciones han derribado los muros institucionales en su búsqueda por llenar el vacío programado. Eligen creer, pero las doctrinas religiosas resultan demasiado estrictas para la sociedad del multitasking. En cambio, se sirven de la góndola espiritual productos que llevan los nombres de prácticas milenarias, pero en versión descartable y light. Incluso en versión rápida acción. Esto puede mitigar temporalmente el sinsentido, pero ¿cuál es el riesgo de dejar nuestra fe en manos del algoritmo? ¿Encontraremos a nuestros dioses entre tanta banalidad?&nbsp;</p><p>En el último tiempo, las religiones tradicionales, al igual que la mayoría de las instituciones, han sufrido una pérdida de credibilidad. El constante ruido digital ha erosionado los grandes relatos y la sobreinformación nos ha despojado de los dogmas. Nadie parece tener tiempo para dioses con muchas reglas y pocos resultados tangibles. Menos para autoridades de naturaleza humana. La promesa de la eternidad ya no interpela a jóvenes que necesitan todo de inmediato y no tienen interés en detenerse a pensar en la muerte. Aquel infierno abrasador ya no asusta tanto cuando se tiene en frente a las más novedosas y placenteras tentaciones. En otras palabras, cualquiera puede afirmar que las instituciones de fe han perdido popularidad frente a la espiritualidad líquida posmoderna. Hoy podemos hablar de astrología, tarot, numerología, cristaloterapia y bio-hacking sin miedo a que Tomás de Torquemada nos queme en la hoguera. Es más, podemos saltar de una creencia a otra, podemos combinarlas a nuestro gusto y también abandonarlas en cualquier momento. Esta libertad es, por supuesto, indispensable y positiva. Pero hay que tener cierto cuidado, porque el capitalismo salvaje no perdona e incluso las creencias más nobles pueden ser licuadas y empaquetadas como productos de consumo.&nbsp;</p><p>El paso de las religiones institucionalizadas al autoservicio espiritual no indica, como se creyó en algún momento, que nos hayamos vuelto más escépticos. Por el contrario, enfrentamos un vacío profundo e inmaterial, propio de la vorágine contemporánea, que solo puede ser llenado con fe. Anhelamos y perseguimos esa fe, pero no nos detenemos a cultivarla. Imagino que el ser humano siempre ha necesitado de algo superior en lo que creer. Así se levantaron catedrales y se pelearon guerras que tardaron siglos. Pero hoy por hoy, contamos con opciones ilimitadas y menos sacrificadas para llenar ese vacío. Nos lanzamos sin guías, huérfanos, a la búsqueda de alguna nueva creencia que nos dé un norte lo antes posible.&nbsp;</p><p>Lo que sí indica este exilio de los templos es una serie de dificultades propias de nuestra época. Por un lado, la falta de compromiso y la necesidad de resultados inmediatos y visuales. Cada vez menos personas están dispuestas a esperar toda una vida cumpliendo una doctrina para alcanzar algo después de morir. Ese discurso pareciera quedar obsoleto frente a la velocidad contemporánea. Por otro lado, el individualismo voraz. Cada quien busca sus propias respuestas y no necesita compartirlas en comunidad. Solemos aventurarnos en una búsqueda solitaria. Estos signos sociales problemáticos disponen un suelo fértil para el misticismo a la carta. La mayoría de las nuevas creencias ofrecen una respuesta rápida y personalizada. Lo sagrado se mezcla con lo artificial. Las cartas se dan vuelta y nos dan los indicios del futuro que necesitamos, los astros definen nuestra personalidad, el reloj marca las 22:22 y un alivio supersticioso nos recorre el cuerpo.&nbsp;</p><p>De más está decir que todas las creencias tienen sus raíces, sus fundamentos, su estudio y merecen ser respetadas. El problema es que la saturación de opciones nos lleva a “creer” en todas sin conocer realmente ninguna. Evitamos darnos el tiempo necesario para estudiar, comprender e internalizar una creencia antes de adoptarla. En cambio, intentamos saciar nuestra sed de respuestas con la primera opción que aparece. Esta pseudo fe conciliadora está lejos de penetrar en nuestro espíritu. Podríamos llamarle fe fast-food, dado que alivia por un rato el vacío sin hacernos esperar, pero no nos nutre a largo plazo. A su vez, de la misma manera que comemos “sushi” en una franquicia, solemos relacionarnos con la versión simplificada de prácticas milenarias. Las redes sociales nos acercan una versión fácil, rápida y gratuita para todo, incluso para nuestras creencias. ¿En qué creemos entonces? ¿En lo que nos convenga? ¿En lo que se adapte a nuestra situación actual? ¿En lo que nos ofrecen? Considero que, al igual que durante toda la historia de la humanidad, creemos en aquello que nos brinde bienestar. Lo interesante entonces es pensar cómo concebimos el bienestar en la era de la información.&nbsp;</p><p>Mientras escribía esta columna conocí a Felipe en un cumpleaños. Yo me preguntaba si todavía era posible encontrar una verdad que se fundiera con el alma. Él me contó que estudiaba teología porque quería dedicar su vida a servir en su iglesia. Tenemos la misma edad. Abrí grande los ojos y arrastré la silla para sentarme cerca. Le hablé de mi texto e intercambiamos ideas sin juicios, sesgos ni intereses. Confesé que no pertenezco a ninguna iglesia, que mi búsqueda está fragmentada y activa. Durante el tiempo que charlamos, ni una sola notificación hizo sonar nuestros teléfonos. Pude observar en sus ojos la calma de quien ha encontrado sus respuestas. Le pregunté por qué hoy era tan difícil para los jóvenes tener fe en algo. Me dijo:</p><p>&nbsp;"No creo que seamos una generación más atea, los jóvenes creemos mucho. Lo que pasa es que la práctica de esa fe está más diversificada. Somos la generación del 'yo'. Tenemos tanto tiempo para pensar en nosotros mismos que terminamos ensimismados. En ese ensimismamiento, buscamos una fe que nos dé la razón, no una que nos transforme. El ser humano tiende a querer automatizarlo todo. Queremos la 'fórmula' que nos haga el camino fácil. Buscamos calmar la conciencia sin que nos cueste nada. Esto también pasa dentro del marco eclesiástico, hay gente que piensa ‘voy a la iglesia los domingos y listo, Dios me perdona’".&nbsp;</p><p>Esa diferencia se clavó en mi cabeza. La fe que te da la razón versus la fe que te invita a cambiar. Me pareció identificar ahí uno de los rasgos claves para discernir lo real de lo banalizado. Él siguió hablando:&nbsp;</p><p>"El teólogo Dietrich Bonhoeffer habla de la 'gracia barata'. Es esa idea de pensar que somos salvos, que todo está bien, pero olvidándonos del sacrificio. Habría que preguntarle a Cristo crucificado. La gente quiere los beneficios de la fe, pero no quiere la incomodidad de la fe. Cuando vos realmente te encontrás con lo sagrado, te sentís incómodo. Porque te das cuenta de que no sos igual, de que hay cosas en vos que tienen que cambiar. Invita a la humildad. Si tu espiritualidad no te incomoda, probablemente no sea real".</p><p>Me explicó que su fe se cultiva y, al igual que todo cultivo, se trabaja. Me habló de la importancia de generar un tiempo íntimo con su Dios y de la necesidad de delimitar esos momentos. Confesó que él también está atravesado por la cultura de lo efímero.&nbsp;</p><p>"Yo mismo tuve que desinstalar Instagram y YouTube. Me di cuenta de que pasaba una hora o dos mirando reels y después decía: 'Qué manera de perder el tiempo'. Esa sobreinformación te fragmenta, te saca del silencio que necesitás para conectar con tu fe. La constancia en el camino de la fe implica resignar ciertas distracciones y abstenerse de algunos placeres inmediatos"&nbsp;</p><p>Me contó que actualmente vive en una residencia junto a otras veinte personas que estudian lo mismo. Asegura que es el roce con el otro lo que más fortalece su espiritualidad. “Nadie se salva solo”, arrojé yo. Me respondió, sonriendo, “Dios siempre ha buscado un pueblo”.&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p><p>Sospecho que al Dios que esté detrás de todo esto le importa poco el nombre de nuestra práctica. Al fin y al cabo, no hemos sido más que humanos intentando entender y nombrar lo divino e incomprensible. Creo que lo que realmente importa no es la etiqueta que elegimos para nuestras plegarias, sino cuidar la integridad del canal por el que intentamos conectar. En esta modernidad líquida, el verdadero desafío es proteger ese espacio sagrado como un refugio frente a la vorágine actual, evitando que se contamine con la lógica productiva inmediata o el ruido blanco de la información.</p><p>Una fe genuina no debería ser un accesorio conciliador que simplemente justifique nuestros actos o nos dé la razón en un post. Debería ser, por el contrario, una brújula que nos incomode y nos empuje a ser mejores. Un ancla que nos sostenga entre tanto movimiento. Si nuestra búsqueda espiritual solo sirve para anestesiar la falta de sentido o apaciguar nuestra conciencia temporalmente, no estamos encontrando una verdad, sino eligiendo otro producto descartable. La verdadera fe, tenga el nombre que tenga, necesita de un tiempo y un lugar particular. Da igual si se sintoniza a través de filosofías ancestrales, de la ortodoxia religiosa o de las corrientes alternativas modernas. Lo que importa es permitirnos disponer de un momento liberado del multitasking donde el silencio sea más fuerte que el algoritmo y donde el encuentro con lo invisible nos devuelva, a su tiempo, una mejor versión de nosotros mismos.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ubXYkxBsD7fOMdksKWSRkPUONR0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/03/dogmas_de_bolsillo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Dios no ha muerto, se ha escondido atrás de los píxeles. En plena era de la información, los fieles abandonan las iglesias al rezo de ¡Espiritualidad...]]>
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            La tiranía de la opción perfecta: cuando la libertad nos paraliza
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/OUV7SktofUnPLIZrzKk8i0opGVY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/03/la_tirania_de_la_opcion_perfecta.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>¿Querés ser tu propio jefe? Nuestros padres postergaban la búsqueda de su propósito, necesitaban un trabajo, un sueldo y un techo. La escasez de posibilidades simplificaba la toma de decisiones. La necesidad obligaba a ejecutar primero y pensar después. Hoy, la infinidad de opciones y la constante comparación digital han paralizado a los jóvenes. Los 20 ya no son el inicio de la vida adulta, sino una etapa de prueba infinita donde nada parece ser lo suficientemente definitivo. En la espera de la oportunidad perfecta, nos olvidamos de la ejecución necesaria. Quien no pueda elegir un camino y sostenerlo, se volverá esclavo de su duda.&nbsp;</p><p>Es sábado por la mañana y los cafés del centro de Tandil rebosan de pantallas y caramel macchiatos. En las mesas se ven jóvenes con la mirada fija en el brillo de sus laptops, craneando el proyecto que los va a salvar, el emprendimiento disruptivo que los sacará de la Matrix. Hay una atmósfera de ambición suspendida, una urgencia por el éxito que convive con una quietud física casi total. Mientras tanto, en los talleres de las afueras o en las obras del centro, los oficios tradicionales enfrentan la falta de relevo. Tandil, creciente polo tecnológico, pide trabajo y le dan ideas. Pareciera que hoy, a los veintitantos, sentarse a trabajar ocho horas o aprender un oficio manual es visto como un desperdicio de talento, una derrota frente a esa expectativa contemporánea que nos susurra al oído que todos somos demasiado especiales para empezar desde abajo.</p><p>Para nuestros padres, la promesa del progreso modernista todavía estaba vigente. Sostener un mismo trabajo con disciplina, constancia y dedicación permitía imaginar un camino de crecimiento paulatino hacia horizontes optimistas. Confiaban en que el esfuerzo se traduciría mecánicamente en bienestar. Los hogares modestos de nuestros abuelos empujaban a nuestros padres a una adultez precoz sin vacilaciones. Dejar de ser adolescente requería mantenerse y tener un techo propio. Aquellos jóvenes no se preguntaban qué querían ser, sino más bien por dónde empezar a hacer. A su vez, las generaciones previas a la era digital concebían un número acotado de caminos posibles. Antes de Instagram, el espectro de comparación era reducido. De esta manera, algunos de sus pares trabajaban en algún oficio, tal vez el mismo que sus padres, otros estudiaban una carrera tradicional y quizás llegaba el comentario sobre alguno más temerario que optaba por viajar afuera y trabajar en negro. Hasta ahí llegaba lo conocido y, por supuesto, lo posible. Estudiar o trabajar era un dilema razonable. Cualquiera de las dos respuestas obligaba a actuar de inmediato.&nbsp;</p><p>La globalización puso al mundo entero al alcance de nuestras manos. Construimos un laberinto de espejos digitales que nos llevó a vivir desconfiando del sistema. Las redes sociales nos someten a una exposición constante a versiones editadas de otros, a realidades alternativas más productivas y más libres. Consumimos diariamente los logros de vidas que no son las nuestras. Observamos a cada rato los lugares donde no estamos, el reconocimiento que no tenemos. El algoritmo se encarga de que aquellos perfiles hablen sobre lo que nos interesa, trabajen de lo que nos apasiona y muestren lo que añoramos. La comparación digital establece una vara inalcanzable, irreal y sobre todo artificial. Frente a eso, cualquier realidad sabe a poco, y nadie quiere conformarse con menos. El pesimismo posmoderno dinamitó aquella idea de progreso y la convirtió en una ansiedad por la consagración inmediata. Lo que antes era un lento pero estable camino hacia la realización, hoy es una caja oscura que nos atrapa a todos. La única forma de ver la luz, es lograr como sea dar el anhelado “salto”.&nbsp;</p><p>Por otro lado, el éxito se piensa de manera individual y ya no en forma comunitaria. La idea de ser un engranaje funcional para un desarrollo compartido se ha reemplazado por la necesidad de sobresalir y “ganarle” al sistema. En la era de la vitrina constante, el anonimato se siente como un fracaso y la normalidad como una condena. Hemos perdido la capacidad de conformarnos. Perfeccionar un oficio y construir cosas útiles, o cumplir un horario con responsabilidad, sin una marca personal que lo vuelva propio y nos distinga, parece inútil. El individualismo supone que trabajar con otro es trabajar para otro. Nadie quiere ser un carpintero, sino el carpintero que ha inventado esto o aquello.&nbsp; Además, a diferencia de nuestros padres, ya no se proyecta ese éxito dentro de una dimensión local, sino que debe alcanzar al mundo entero. La ciudad de origen se figura como un marco de experimentación que debemos superar, como si el verdadero triunfo necesitase de la validación del afuera.&nbsp;</p><p>Frente a esta realidad saturada, definir un rumbo y lanzarse a manejar la ruta de la adultez se ha vuelto casi imposible. En cambio, vivimos preparando el auto y mirando el mapa. Lo que antes era sólo un dilema, hoy no es siquiera un abanico. Podemos imaginar que la época actual dispone frente a los jóvenes un panel con mil botones: cada uno representa una vida posible, un viaje, una carrera o una versión de “ser tu propio jefe" que se ve mucho más estética y exitosa que trabajar ocho horas y cobrar un sueldo. Pero esta sobreoferta de destinos no nos ha hecho más libres, sino que ha generado lo que podríamos llamar la parálisis de la oportunidad. El miedo a apretar el botón equivocado y perderse de algo mejor nos deja congelados frente al tablero. Elegir un botón obliga a hacer el duelo del resto. En otras palabras, si llevamos a un niño a una juguetería y le damos la libertad de llevarse el juguete que quiera, con la condición de que elija sólo uno, lo más probable es que la cantidad de alternativas lo abrumen y le lleve muchísimo tiempo hacerlo. En lugar de disfrutar su elección, sufrirá por todas las opciones increíbles que tiene a su alcance y debe dejar morir en la estantería. Si logra elegir un juguete, sea cual sea, no podrá evitar compararlo con los otros, porque sus ojos ya han visto la juguetería entera. Los jóvenes scrollean en sus smartphones mientras juegan a planear futuros viajes, emprendimientos, aplicaciones, estudios, posgrados y meetings. Sentados a la espera, dilatando el primer paso como quien posterga una sentencia.</p><p>A su vez, mantenerse en la etapa de evaluar oportunidades y organizar proyectos funciona como una fuente segura de dopamina. Idealizar un emprendimiento previamente a ejecutarlo nos da satisfacción sin riesgos. Tomar acción y ponerse en marcha implica afrontar la angustia del fracaso y la dificultad de sobresalir. Echarse a andar el camino, que está repleto de obstáculos, significa ser golpeado por la realidad. Inconscientemente, nadie quiere aceptar una vida “normal” por el miedo a ser uno más. Sin embargo, es necesario volver a las bases y comprender que el verdadero valor no está en desarrollar un emprendimiento rimbombante ni hallar una idea sin precedentes. Algunas veces, establecer un norte y caminar con decisión puede llenar ese vacío. Ponerse en movimiento suele dar muchas respuestas. Para ser primero hay que hacer, porque a errar y aprender hemos venido. Nadie se baña dos veces en el mismo río y siempre hay tiempo para los cambios.&nbsp;</p><p>Nos hemos vuelto expertos en la teoría del éxito, pero inútiles en la gimnasia de la ejecución. Romantizamos la libertad de no tener horarios, pero terminamos siendo esclavos de una incertidumbre full-time que nos carcome los nervios. Volviendo al pasillo de hotel que ilustré en otra columna, nos quedamos en el umbral de las puertas, evaluando cuál creemos que nos conviene más, sin nunca entrar a ninguna. Debemos entender que la búsqueda de sentido y la ruptura de la estandarización no se resuelven esperando la oportunidad perfecta, se resuelven actuando. Quizás la verdadera rebeldía de nuestra generación no sea emprender algo épico, sino tener el coraje de elegir un camino, aunque sea uno simple, y empezar a caminar.</p>]]>
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            La ventaja de los raros
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/aH2Z2pYsfSkIgLsKvQ0fzosTc24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/03/la_ventaja_de_los_raros.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Los niños pueden ser crueles. Por eso, mamá o papá, si su hijo no pertenece a los grupos más populares, si es dejado afuera de los juegos o salidas, si no es como los demás, si el resto de los compañeros ríen de él, o si no logra encajar y sus gustos son diferentes, entonces tiene frente a usted algo muy valioso hoy en día, que debe ser contenido y cultivado: afortunadamente, aún los humanos no se producen en serie.&nbsp;</p><p>En la adultez, uno puede elegir vincularse con gente afín y evitar los lugares y personas con quien no comparte nada. Sin embargo, para los niños, el salón de clases dispone un tablero de juego donde un grupo aleatorio de individuos, con distintos cuerpos y formas de pensar, deben conversar, discutir, reír, pelear, enamorarse y competir. Los grupos sostienen criterios de popularidad que varían según la edad y van desde atributos físicos, como la belleza, la fuerza o la velocidad, hasta cuestiones como el dinero para el recreo y las posesiones novedosas, o bien la madurez adelantada y la trasgresión. Estos grupos entablan amistades, o bien enemistades, comparten salidas y persiguen las modas del momento. Así corren y ríen, gritan y patalean, se burlan y admiran, van y vienen por pasillos y patios mientras sus cerebros continúan formándose y aprendiendo que ahí donde van todos es donde se encuentra la promesa del mañana.&nbsp;</p><p>Sin embargo, al margen de toda esta vorágine comunitaria, en los rincones, silenciosos, están a quienes en este texto llamaremos “Los Raros” y, en contra de su propia naturaleza, los traeremos al foco de atención. Se mueven más lento, sin llamar la atención, en una dirección diferente al resto. Guiados por una voz que proviene de lo profundo de su ser. Una muy propia, calma, que tapa los gritos que indican el camino a los demás. Para los niños, aquello que está al margen, aislado, resistiéndose a perseguir sus precarias normas sociales, es naturalmente tildado de raro. El adjetivo raro se concibe a su vez, en esta etapa, de manera peyorativa.&nbsp;</p><p>Lamentablemente (o no tanto), este tipo de personas “raras” suelen padecer los años escolares. Los chicos que sí han logrado insertarse dentro de los parámetros “normales” para la mayoría suelen despreciar a ese otro segregado. Algunas habilidades favorecen a la popularidad y la aceptación mientras que otras, igual de meritorias, pueden condenar a un niño al bastardeado rincón de Los Raros. Saber patear una pelota no siempre se valora de igual manera que poder hacer dibujos increíbles. Los Raros deberán entonces enfrentar el desdén y las humillaciones de sus pares, sobrevivir a ser desterrados de la fiesta social de las masas para peregrinar recreos en soledad, explorar y regar los jardines del mundo interior. Mamá o papá, he aquí la gran ventaja. Existe una cualidad maravillosa en el hierro que se forja con cada golpe del martillo: su tenacidad, su resistencia a la corrosión y su acabado único. Lo mismo ocurre con el carácter, en tiempos de materiales descartables. En el mundo del rendimiento y la aprobación, cultivar la autoestima desde adentro hacia afuera, prescindiendo de la opinión ajena como forma de validación personal, consiste en una habilidad invaluable. Ser aceptado por las masas requiere muchas veces podar aquel jardín interno que El Raro protege.&nbsp;</p><p>Cortar las flores especiales y autóctonas para reemplazarlas por las que la mayoría tiene en pos de encajar. Permitir que la sociedad defina y moldee la forma de ser, por temor a ser excluido o rechazado, limita la autenticidad.&nbsp;</p><p>En otras palabras, la presión social produce estereotipos a demanda de la época. Mamá o papá, he aquí el gran riesgo: si dejamos que la opinión externa sea la fuente de bienestar, este mecanismo echará raíces en el espíritu. He visto a los niños más populares convertirse en adolescentes inseguros. Hoy son adultos vacíos. Claro está que cada caso es particular y no hay generalización que sirva. Pero también he visto de cerca a los Niños Raros perseguir sus pasiones durante años sin que ninguno de sus compañeros los comprenda. Los he visto tolerar los murmullos burlones y las miradas denigrantes. He visto la fortaleza de su dignidad y la confianza en sí mismos. Los vi luchar, esforzarse y trabajar en silencio. Los vi crecer. Hoy, mamá o papá, son adultos admirables. Han triunfado en ser ellos mismos. Cuando la vida dé vuelta sus verdaderas cartas, el éxito será de aquellos que hayan podido escuchar su voz interior.&nbsp;&nbsp;</p><p>La resiliencia y autenticidad de Los Niños Raros brinda además otra gran ventaja. Con el tiempo, ese margen al que han sido recluidos conformará un espacio ideal para la formación de amistades verdaderas. Cuando un Niño Raro se encuentra con otro, existe un idioma que solo ellos entienden. El vínculo que formen no estará regido por ventajas sociales sino por conexión genuina. Estas suelen ser amistades duraderas y reales</p><p>Afortunadamente, aún los humanos no se producen en serie ni las almas entienden de algoritmos. Mamá o papá, los últimos serán los primeros. Mi consejo es que muestren y ofrezcan a sus hijos las actividades normales, que los fomenten a incluirse en la vida social. No hay nada de malo en eso. Pero si no lo logran, si su corazón les indica otro camino, uno más solitario, uno más raro, no desesperen.&nbsp;</p><p>Hay flores que necesitan más tiempo y espacio. Personalmente, cuando la crisis llegue, cuando las masas no encuentren respuestas y este nuevo mundo se nos venga encima, sospecho que será un Niño Raro quien nos salve a todos.&nbsp;</p>]]>
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            Anestesia social: un refugio de humo
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Estas formas proliferan y mutan, abarcando desde la comida ultraprocesada hasta el contenido digital en formato corto y, por supuesto, las drogas propiamente dichas, entre tantas otras. El sujeto experimenta un vacío, consume sin esfuerzo, inunda sus receptores con dopamina, los satura y, al cabo de un cierto tiempo (cada vez más corto), vuelve a sentirse vacío. El mundo moderno pareciese estar cuidadosamente diseñado para perpetrar este círculo vicioso. Una vez establecido esto, el cauce discursivo podría continuar en su dirección natural, avanzando hacia lugares conocidos como por ejemplo los hábitos más eficientes para reemplazar estos estímulos vacíos: el deporte, la meditación, el ayuno de dopamina, etc. Sin embargo, a esta altura, en la época de la sobreinformación, donde ya nada es del todo desconocido, ni novedoso, cualquier persona es capaz de reconocer la diferencia entre el placer de comer un chocolate y la satisfacción de completar una rutina en el gimnasio. Se puede percibir sin problemas la frontera que divide el consumo basura de las actividades constructivas. Pero existe un hábito que se ubica justo en esta división, resistiéndose a ser definido y generando un debate interminable: el consumo recreativo de marihuana. Ambos lados tironean este consumo para sí, al igual que en una cinchada. Desde la Convención Única sobre Estupefacientes, en 1961, podría decirse que esta sustancia ha estado firmemente amarrada y sostenida del lado del consumo perjudicial, siendo incluso prohibida y penalizada. Aunque a partir de eso, en los últimos años, las nuevas tendencias pusieron gradualmente su peligrosidad en duda y apelaron a sus beneficios recreativos como la creatividad, relajación, etc.</p><p>Más allá de la puja de opiniones, Paracelso nos recordaría que ninguna sustancia es buena o mala per se, sino que la dosis, el contexto y la intención pueden convertirla en un remedio o un veneno. A su vez, ciertas sustancias son más propensas a ser abusadas y por eso son, y deben seguir siendo, reguladas desde la ley. Tanto el que dice que la marihuana es riesgosa y perjudicial para la salud, como el que dice que sirve para relajarse y ser creativos, tienen razón. Ambas posturas corresponden a dos caras de una misma moneda. Ahora bien, lo que sí podemos establecer entonces es lo siguiente: en esta época, marcada por la necesidad de dopamina rápida, el consumo recreativo de marihuana se ha normalizado por completo en jóvenes de todas las clases sociales. Basta con acercarse a un bar o una plaza de nuestra ciudad para verlo y olerlo. No sólo son jóvenes azotados por la miseria y el sufrimiento que recurren a las drogas como supervivencia. Tampoco son sólo los estudiantes o artistas bohemios. Ha quedado obsoleto cualquier estereotipo. Son también personas con camisas y proyectos empresariales, son deportistas e incluso médicos residentes, en reuniones ruidosas o en la más silenciosa soledad. No se limita tampoco a las grandes ciudades, la marihuana se cultiva, se vende y se consume de igual manera en ciudades como Tandil, desde la plaza del centro hasta los barrios privados, en las calles y en las casas. Los cannabinoides prometen a simple vista un escape igualitario para todo tipo de persona, una puerta de salida común y popular frente a la agobiante cotidianeidad. Pero esta puerta esconde tras de sí una preocupante variedad de riesgos y consecuencias, y más que una salida, puede convertirse en una puerta de entrada a habitaciones muy oscuras.</p><p>Sin ánimos de apología, resulta útil para la argumentación conceder lo siguiente, en pos de integrar las diversas posturas y entender este problema a través de un análisis libre de sesgos que contemple las verdaderas causas, y luego, claro, sus consecuencias. La potencia “creativa” o incremento sensorial que se atribuye al consumo de marihuana radica en una cuestión clave de su efecto: la desfamiliarización. El extrañamiento frente a lo cotidiano provoca una sensación placentera frente a sabores, vistas y actividades conocidas. Este efecto desactiva la automatización y deja lugar a una mayor creatividad, así como también cierto disfrute o diversión. El THC (principal componente del cannabis) actúa directamente en la liberación de dopamina. Cuando el consumo se comparte, el aumento colectivo de dopamina fomenta la risa y pareciera facilitar las dinámicas grupales, confundiendo este mecanismo artificial con un beneficio para el encuentro y las relaciones.</p><p>Volviendo a las cuestiones propias de esta época, la persona encuentra en el consumo recreativo de marihuana una forma de romper la estandarización de su vida y reencontrarse con la capacidad de sorpresa que le ha sido arrebatada. Este es el principal motivo por el que el uso de esta sustancia no distingue entre clases sociales ni escapa a la gente “exitosa”. Incluso tener éxito hoy en día implica resignar la capacidad de asombro y naturalizar la previsión como mecanismo de eficiencia. Fumar marihuana luego de un día de acostumbramiento y funcionalidad supone una precaria, riesgosa y temporal manera de abrir paso a la imaginación, a las nuevas ideas y, tristemente, a la risa ¿Pero cuántos de estos fumadores se detienen a pensar los riesgos?</p><p>Sobran los discursos de usuarios recreativos de marihuana defendiendo los ilusorios beneficios mencionados, el carácter natural de esta sustancia (como si no existiesen frutas venenosas), lo “pacífico” de su efecto, e interminables argumentos que parecieran evitar adrede las consecuencias inminentes. A su vez, desde el otro lado, los discursos que critican o advierten sobre los riesgos de la marihuana son llevados a cabo por personas que no conocen su efecto en absoluto, por lo que se limitan a demonizar la combustión de una planta sin hacer ninguna mella en sus usuarios. Los fumadores saben que no hay nada sano en tener humo dentro de los pulmones, en la boca o la garganta. También saben que algunas neuronas morirán en el transcurso. Luego de años de debate, los riesgos físicos han quedado claros, aunque permiten un contraargumento falaz, pero simple: que otras sustancias más aceptadas como el alcohol o el tabaco producen los mismos o incluso más problemas de salud. Desde luego que la mera comparación con los daños que acarrean otros consumos no debería de ser un motivo para elegirla, pero resulta un pensamiento eficaz para sostener el consumo de quien ya lo ha incorporado. Lo que verdaderamente debería preocupar a sus usuarios son los problemas que esto genera en términos de hábitos, personalidad y salud mental.</p><p>Ahora bien, podríamos imaginar el consumo recreativo de marihuana como un largo pasillo de hotel con puertas en ambos lados. Cada una representa un efecto, o bien una consecuencia. A medida que nos adentramos en el pasillo, dejamos de lado las primeras habitaciones, los riesgos más evidentes o trillados, y nos encontramos con consecuencias más profundas y difíciles de detectar. Así, una vez que atravesamos los problemas puramente físicos, como las enfermedades pulmonares y la pérdida de memoria (en las cuales no haremos hincapié), llegamos a puertas más alarmantes, que suelen ser ignoradas, como la desconexión emocional y la dependencia. ¿Qué ocurre cuando el consumo de marihuana supone un escape a la rutina y un momento de disfrute? En primer lugar, el disfrute y la diversión sin su consumo se vuelve desafiante, si no imposible. La carencia del efecto deja de ser la normalidad para convertirse en una espera, que produce aún más ansiedad. La sobriedad y el esfuerzo se tornan un simple medio para alcanzar el momento de fumar y relajarse, siendo esto lo que da sentido a los demás momentos. Esta dificultad, si se sostiene el consumo, lleva directamente a la dependencia. Los planes o actividades que incluyen el consumo comienzan a priorizarse y reemplazan a los que no lo incluyen.&nbsp; Esta conducta puede parecer en principio una elección propia, consciente, pero es la sustancia la que de manera gradual comienza a moldear los vínculos y la rutina para sostenerse. Finalmente, el consumo ya no representa un momento de ocio, sino que se convierte en una necesidad para “estar bien”, tanto en el trabajo, como en las juntadas, como antes de dormir. A su vez, las risas y las sorpresas que generaba al principio dan paso a una nueva cotidianeidad, menos intensa y menos divertida. Un estado intermedio, gris, anestésico, que suaviza las pasiones y desconecta al cuerpo de los pensamientos. Finalmente, en las últimas puertas del largo pasillo, encontramos la depresión, los trastornos de personalidad y la entrada a drogas duras.</p><p>Debemos recordar que, especialmente en esta época, es necesario estar triste, enfrentarse a la incertidumbre, a la toma de decisiones, al error y al cansancio del esfuerzo como fuente de dopamina natural. La normalización del consumo de marihuana en todas las clases sociales habla de problemas mayores de nuestra sociedad, como el vacío del acostumbramiento, la saturación y la falta de autocontrol, entre tantos otros. Entender las causas de la normalización es crucial para advertir sus riesgos. Este problema sistemático debe ser contemplado y trabajado antes de atacar y prohibir mecánicamente el cultivo y combustión de una planta. Sin embargo, como individuos, la búsqueda de sentido y la necesidad de romper la estandarización no debe responderse con una sustancia, dado que más que solucionarla, acaba por complejizar la dificultad para construir una felicidad real y sostenible, volviéndonos tristes, dependientes, pasivos y aún más fáciles de controlar.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/9GZ7sd4O5gUwgeL4kgmbrIV2EYA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/03/anestesia_social_un_refugio_de_humo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>No te va a pasar nada por fumar un porro. Falso. Te van a pasar muchas cosas. La marihuana no es una aterradora y perversa planta que debe ser erradicada de este mundo. Pero, ¡Mucho cuidado! que el disfrute inducido tiene patas cortas.]]>
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