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    <title>El Eco de Tandil</title>
    <subtitle>Entrevistas exclusivas y contenido multimedia para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Tandil.</subtitle>
    <updated>2026-08-19T17:46:00+00:00</updated>
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            La empresa pide energía: ¿y si el dueño ya no la tiene?
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                <![CDATA[Leonardo Glikin]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/kqQ-3jFk_8u3axaFcTvn1sZ9Q7c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/empresa_familiar.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>“El que no sabe a dónde va, ya llegó”, dice el refrán. Y hay empresarios que, sin saberlo, ya llegaron: están instalados en una meseta cómoda, donde los procesos funcionan, los clientes son fieles y los números no generan sobresaltos.</p><p>El problema es que el mercado no se queda quieto esperando a que uno decida cuándo volver a moverse. Ricardo tiene 61 años y una pyme metalúrgica que fundó a los 28. Un cliente grande le propuso triplicar el volumen si invertía en una nueva línea de producción. La cuenta cerraba.</p><p>Pero Ricardo, por primera vez en su vida, dudó. “No sé si tengo ganas de empezar de nuevo”, le confesó a su contador.</p><p>No era un problema de plata. La misma energía que a los 28 años le sobraba, a los 61 ya no estaba disponible de la misma manera. O, mejor dicho: Ricardo prefería guardarla para otros planes.</p><p>Dos ciclos que no siempre coinciden</p><p>La empresa tiene su propio ciclo de vida, y en algún momento –después de una etapa de estabilidad– llega la exigencia de crecer. Crecer no es solo cuestión de plata: exige asumir riesgo, salir de lo conocido, poner el cuerpo como en los primeros años.</p><p>Pero las personas también tenemos nuestro propio ciclo de vida. Y en algún punto –no hay una edad que sirva de regla para todos- la energía deja de estar disponible. A veces por cansancio. Otras veces, sin que haya agotamiento de por medio, porque uno simplemente prefiere volcarla en otro lado: en la familia, en un proyecto propio postergado, o nada más que en el propio tiempo.</p><p>Ahí aparece el desencuentro: la empresa pide más de lo que el dueño tiene ganas de dar en esa etapa de su vida. ¿Y entonces? Cuando hay familia, hay una respuesta a mano</p><p>En la empresa familiar existe un recurso que ofrece la propia dinámica, aunque no siempre se sepa aprovechar a tiempo: la generación siguiente. Un hijo, una sobrina, un nieto que se suma puede traer justo lo que la etapa madura de la empresa necesita -energía, ganas de crecer, ambición de dejar su propia marca- mientras la generación anterior aporta la experiencia y los contactos. Hay que tener claro que no ocurre solo porque sí. Requiere planificación, roles claros, una incorporación ordenada de los sucesores y, sobre todo, que quien fundó esté dispuesto a soltar el control al ritmo en que la nueva generación pueda hacerse cargo. La continuidad familiar no se decide en una reunión; se construye -o se pierde– en un proceso que puede llevar años.</p><p>Ricardo, en su caso, tiene una hija que hace tres años se sumó a la empresa y que, a diferencia de él, sí quiere ese desafío. La pregunta que le queda pendiente no es si invertir, sino si está dispuesto a que la decisión ya no sea sólo suya.</p><p>Sin familia de por medio, profesionalizar o vender.</p><p>En la empresa que no tiene una familia detrás, ese recurso directamente no existe. No hay una nueva generación aguardando su turno. Por eso, cuando el fundador o los socios llegan al punto en que la energía ya no alcanza -o prefieren volcar esa energía en otras prioridades-, el camino es profesionalizar la gestión: incorporar management capacitado y construir una estructura de gobierno que no dependa de la disponibilidad personal de sus dueños. ¿Y si eso no alcanza, o directamente no es viable? Quedan dos caminos, igual de legítimos: transferir la conducción a los propios empleados, que muchas veces conocen la empresa mejor que nadie, o vender a un tercero que sí tenga la energía y el capital para el paso siguiente.</p><p>La única mala decisión es no decidir</p><p>Familiar o no, ambos caminos tienen algo en común: ninguno se resuelve solo. La empresa que espera, sin más, a que el problema se acomode, en el mejor de los casos se estanca y en el peor, desaparece. La diferencia entre la empresa que atraviesa bien este momento y la que no, rara vez pasa por el mercado o por la suerte. Pasa por si sus dueños se animaron, a tiempo, a planificar el recambio de energía que la propia empresa les venía pidiendo.</p><p>El autor es director de CAPS Consultores y del Programa de Empresas Familiares de Universidad Torcuato Di Tella</p>]]>
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                                <updated>2026-08-19T17:46:00+00:00</updated>
                <published>2026-08-19T17:44:43+00:00</published>
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