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    <title>El Eco de Tandil</title>
    <subtitle>Entrevistas exclusivas y contenido multimedia para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Tandil.</subtitle>
    <updated>2023-05-17T18:03:37+00:00</updated>
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            Encontrar una sana tensión entre la conciencia individual y la social
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                <![CDATA[Mariángeles Castro Sánchez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-c44dTjhBoLP-t20NqS22qBM0CM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2023/05/familias.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La celebración del Día Internacional de las Familias 2023 se propone generar conciencia sobre las tendencias demográficas y su impacto microsocial. A fines del año pasado, la ONU destacó como hito que la población mundial hubiera tocado los ocho mil millones de personas. Sin embargo, desde una mirada de proceso, el ritmo del crecimiento poblacional está mermando de manera progresiva y los alcances de los cambios en la vida de las familias a nivel global están lejos de ser identificados y valorados en su justa dimensión.Hoy por hoy, las principales preocupaciones a futuro se concentran en tres patrones insertos en las realidades familiares: fecundidad, nupcialidad y mortalidad. Mientras que en numerosos países la fecundidad y la nupcialidad decrecen, la esperanza de vida se expande. Este desequilibrio constituye una megatendencia que dispara las alertas y pone a los estados ante la necesidad de implementar políticas de compensación y contención de los grupos afectados.Lo cierto es que en naciones de baja fecundidad no pocas mujeres enfrentan obstáculos para el logro de la familia deseada. En particular se indica que están teniendo menos hijos de los que querrían tener y que esto se relaciona con factores tales como los altos costos asociados a la crianza, los retos inherentes al balance trabajo-familia y el desigual reparto de responsabilidades cotidianas, en especial en materia de cuidado de las personas. En los extremos de la vida somos dependientes de los demás y tal circunstancia se profundiza con la evidencia de que vivimos más años. Porque es un dato que la población de mayores está aumentando, tanto en número como en porcentaje del total.Frente a un horizonte que proyecta un incremento de la demanda de atención y acompañamiento a causa del envejecimiento poblacional, la solidaridad intergeneracional se presenta como una vía obligada a transitar. Aún más en sociedades en las que -paradójicamente- la residencia común disminuye y escasean los hogares en los que conviven más de dos generaciones.Otro punto saliente del panorama actual es que la nupcialidad se retrae al tiempo que los divorcios, las separaciones y las viviendas unipersonales se multiplican. La huella de esta contingencia en niños, niñas y adolescentes sigue siendo objeto de múltiples estudios, con resultados que incluyen un abanico de derivaciones, como el rezago escolar, los consumos problemáticos y las conductas sexuales de riesgo. En todos los casos, además, las economías familiares receptan el golpe de la fragmentación, con énfasis en los entornos de mayor vulnerabilidad.Lo anterior viene a consolidar un problema de la época: la experiencia personal de la soledad como aislamiento y el sufrimiento aparejado. Nos descubrimos crecientemente desligados, confrontados con nuestras existencias individuales y sitiados por nuestras humanas limitaciones. Este peso, sin la adición de un sentido, se torna difícil de soportar. Y reconocemos que la unidad fortalecida de las familias, de los ámbitos primarios de pertenencia, es fuente de sentido.Por eso, volver a ceñir la trama vincular de cara a los desafíos por venir parece ser el camino. Para encontrar una sana tensión entre la conciencia individual y la social, que nos devuelva la certeza de ser parte de una comunidad que abriga y nutre. En este modelo las familias son -y seguirán siendo- plataforma y motor de todo desarrollo posible.</p><p>* Docente e investigadora, directora de estudios del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-c44dTjhBoLP-t20NqS22qBM0CM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2023/05/familias.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La celebración del Día Internacional de las Familias 2023 se propone generar conciencia sobre las tendencias demográficas y su impacto microsocial. A...]]>
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                <updated>2023-05-17T18:03:37+00:00</updated>
                <published>2023-05-17T17:56:26+00:00</published>
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            Educar para un futuro contingente
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                <![CDATA[Mariángeles Castro Sánchez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Otibs-J_qziV5-Zyjia-z0NRyuo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2022/12/gchat.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En los últimos días se ha difundido una carta abierta en la que expertos de diversos campos piden frenar el desarrollo de proyectos de inteligencia artificial. En el texto en cuestión se asegura que los laboratorios han entrado en una carrera cuyas derivaciones no pueden predecir o controlar. Se trata de pausar la película por unos meses para reflexionar sobre sus alcances. En este marco, la distopía se instala en un abanico de posibilidades sujeto al curso de procesos que no tienen marcha atrás.La propia OpenAI, organización creadora del ChatGPT, vaticina que los empleos más impactados serán aquellos que hoy requieren un mayor nivel de cualificación. Por fuera de esta sentencia, es claro que en la actualidad no podemos aventurar con sensatez qué profesiones persistirán en pie en el mediano plazo, mucho menos después del tsunami provocado por la expansión de la inteligencia artificial generativa.Es así como educar se ha vuelto una misión dislocada. ¿Para qué sociedades educamos? ¿Para participar en qué escenarios futuros? ¿Cómo garantizar respuestas adaptativas y soluciones creativas en contextos que ni siquiera atinamos a imaginar? La educación, labor que asume el compromiso de dejar huellas y consolidar legados, se asienta por estas horas sobre nociones que están siendo impugnadas. Reposa sobre territorios en sismo. Las placas tectónicas de la historia se están desplazando y un estado de agitación extrema anticipa el derrumbe de estructuras apenas afirmadas.La antropóloga Margaret Mead dedicó parte de su obra al estudio del traspaso de saberes y valores entre generaciones. Desde una concepción holística de la cultura, describió tres tipos de sociedades, planteo que adquiere especial vigencia en este momento. Si hace poco menos de un siglo solíamos reconocernos como miembros de sociedades prefigurativas, en las que los jóvenes aprendían de adultos referentes a los que querían parecerse, décadas atrás comenzó a gestarse un nuevo modelo de transmisión más horizontal, en el que los grupos etarios evolucionan a la par mediante una implicación dialógica que flexibiliza los rígidos patrones de antaño. Cabe cuestionarnos si la contundencia de los cambios que se avecinan no atraviesa la frontera de la posfiguración: las próximas generaciones ya no se asemejarían a nosotros porque la velocidad de la transformación boicotearía esa identificación. Nuestra cultura podría mutar en tiempo récord.El futuro, ese lugar del enigma, esa categoría de la perpetua incógnita, lo es más que nunca. El ritmo acelerado de la época nos empuja hacia un horizonte difuso en el que la única certeza es la contingencia. Todo puede variar en un pestañeo. ¿Cuáles son las competencias por estimular en niños y jóvenes -y en nosotros mismos- para estar a la altura de ese destino emergente? Los conocimientos siempre fueron la base necesaria para la comprensión del mundo, pero aquí la disyuntiva es definir qué debemos saber para seguir comprendiendo.Por lo pronto, no ceder en nuestro propósito de educar a la persona integralmente es un primer paso. No deponer el aspiracional de formar cohortes de ciudadanos que se apropien de los logros que quienes los precedieron. Aun si al hacerlo nos descubrimos caducos y obsoletos. Aun en ese hipotético caso, influir positivamente será posible. Y será el antídoto contra toda visión determinista que erosione nuestra facultad de decisión, nuestro potencial de acción y nuestra disposición resiliente frente a un porvenir incierto.</p><p>* Docente e investigadora doctoral en Comunicación Social, directora de estudios del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Otibs-J_qziV5-Zyjia-z0NRyuo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2022/12/gchat.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>En los últimos días se ha difundido una carta abierta en la que expertos de diversos campos piden frenar el desarrollo de proyectos de inteligencia ar...]]>
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                <updated>2023-04-05T18:44:36+00:00</updated>
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            Desenredarse en vacaciones
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                <![CDATA[Mariángeles Castro Sánchez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/k_Jj9JkgK3v0eHzmTGRUO7WSvEE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2019/01/WIFI-VACACIONES-INTERNET.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Conectar o desconectar: un clásico dilema existencial se reedita. Ya no se trata de ser o no ser, sino de conectar o no ser; o de ser o desconectar. En suma, de vivir o aparentarlo, en contextos en los que las dimensiones on y offline de la vida se solapan, se cruzan, se hibridan.</p>
<p>Bajo esta lógica, un día de playa en vacaciones es una experiencia acabada recién en el instante en que sus imágenes circulan en redes, recién cuando dejan esa huella que permite que otros confirmen su existencia y encanto. En ese espacio no hay soliloquios, como en Hamlet, sino interacción constante, permanente, inevitable. Sí; somos feedback dependientes en redes sociales. Y es así como la maraña de retroalimentaciones y presencias remotas termina por definir nuestro estilo de vida, también en vacaciones.</p>
<p>Inmersos ya en este período del año, vale preguntarnos si concebimos un veraneo sin redes. Tal vez la claudicación total sea una idea extrema, pero ¿podremos dosificar, medir, limitar nuestros niveles de exposición online?. ¿Podremos disfrutar también de la cercanía corporal, del cara a cara con los seres más próximos?. ¿Estaremos abiertos a compartir la intimidad que depara la interacción física directa?.</p>
<p>Yuval Harari reflexiona sobre la vida online y refiere que esta separación progresiva del cuerpo, de los sentidos y del ambiente físico que las personas experimentamos puede provocar cierta desorientación. Y se cuestiona sobre si habrá un camino de retorno: en verdad, esta es una pregunta que todos nos formulamos. En una línea análoga, Byung-Chul Han denuncia una progresiva descorporalización del mundo.</p>
<p>Así las cosas, el mirarnos a los ojos parece ser aún una vía necesaria para el desarrollo de habilidades socioafectivas. Porque esta aproximación nos brinda, entre otras bondades, la posibilidad de practicar la empatía, esa capacidad emocional y cognitiva de ponernos en la piel del otro para reafirmarlo en su ser, desde una comprensión genuina y respetuosa de sus circunstancias.</p>
<p>Que las redes no nos enreden. Que no nos impidan trascender la superficialidad. ¿Podríamos asegurar que somos los mismos que sonreímos desde un post o una story? ¿Expresan esas intervenciones nuestra índole personal o los filtros la distorsionan? Todo el tiempo, en ambos espacios, on y offline, jugamos el juego de mostrar y ocultar; no obstante, la experiencia digital activa nuestro sistema de recompensa cerebral, multiplicando exponencialmente la necesidad de que el otro corrobore mi valor con su like. Y esperamos, además, respuestas inmediatas.</p>
<p>Sin embargo, para compartir mis vivencias con los demás, debería pasarlas primero por mi conciencia, analizarlas y entenderlas. Si solo tomo como referencia las reacciones ajenas sobre mis propios actos, me alejo de mí mismo, me disocio. Porque aprender a conocerme tal como soy -y no tan solo como me ven- es el primer paso hacia el desarrollo de una autoestima sana y realista.</p>
<p>En el espacio red las digresiones son tenidas como nuevas interacciones en un continuum que amenaza con una existencia fragmentada a sus usuarios. ¿Declaro lo que me gusta en verdad?. ¿Comparto con los demás desde mi ser generoso o respondo a un imperativo social?. En todos los casos, encontrarse con uno mismo es el prólogo necesario del encuentro con los otros. También en vacaciones. Sin interrupciones, ruidos, ni aturdimientos. Buscando que la experiencia no transcurra vertiginosamente y se desvanezca, sino que se asiente y decante. En familia, con amigos, el verano se presta para fortalecer vínculos y repensar mediaciones. Desenredarse, por fin, parece ser una buena idea.</p>
<p>(*) Familióloga, especialista en educación. Directora de la Licenciatura en Orientación Familiar de la Universidad Austral.</p>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/k_Jj9JkgK3v0eHzmTGRUO7WSvEE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2019/01/WIFI-VACACIONES-INTERNET.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Conectar o desconectar: un clásico dilema existencial se reedita. Ya no se trata de ser o no ser, sino de conectar o no ser; o de ser o desconectar. E...]]>
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                <updated>2020-01-03T12:05:01+00:00</updated>
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            Infancias en la era de la reciprocidad
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                <![CDATA[Mariángeles Castro Sánchez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QoZJBIt7Xqfhixtcw5zpPdFzo8c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2019/11/d987322e-infancia.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En el camino hacia su personalización progresiva, niños y niñas están llamados a integrarse en una comunidad que les permita crear conciencia de alteridad y sentido de pertenencia. Y a participar en ella desde su particular modo de ser y estar en el mundo. En este marco, la familia de origen se constituye como la primera instancia mediadora con el tejido social más amplio, adquiriendo funciones de particular relevancia. Así, el desarrollo de potencialidades, el refuerzo de capacidades, la generación de habilidades, la formación de actitudes positivas que habiliten a los hijos para un desempeño comprometido, autónomo y eficiente, son algunos de los objetivos básicos con los que los adultos debemos implicarnos.</p>
<p>Esto se conoce como proceso de socialización, se extiende por años y compone un período relevante del ciclo vital personal y familiar. Lo cierto es que la educación de los hijos se debatía históricamente entre dos polos emparentados con visiones opuestas de la práctica parental: el permisivismo y el autoritarismo. Esta concepción binaria pendulaba entre un modelo laissez faire, sustentado en la creencia de que el niño llegaba al mundo dotado de todos los aspectos fundamentales de su personalidad a ser desplegados, y un modelo tabula rasa, por el que se lo consideraba un ser informe, semejante a una masa que el adulto y la cultura podían modelar a su gusto. El primer enfoque contenía el gen del permisivismo, pues limitaba la tarea de los padres al ofrecimiento de un entorno lo más laxo posible con vistas a que el potencial de los hijos se realizara. En el segundo, en cambio, se encerraba el germen del autoritarismo, que encontraba su expresión más típica en una parentalidad firme y dirigida, severa y poco afectiva, tensionada entre recompensas, castigos e imposiciones que imprimían la forma deseada a un supuesto producto final: el hijo o la hija ideales.</p>
<p>En la actualidad esta tensión dicotómica está en vías de resolución gracias a que diversos abordajes ponen en entredicho la idea de que la infancia parte de cero y la edad adulta es el punto final perfecto del trayecto formativo personal. Hoy por hoy el aprendizaje se extiende a lo largo de la vida, derrumbándose la certeza de que los mayores somos sabios, razonables y que estamos siempre informados, y aceptándose una mayor igualdad entre niños y adultos.</p>
<p>Lo anterior conduce a la formulación de otra perspectiva, construida sobre la base de una relación de reciprocidad. Según esta visión, desde muy pequeño el niño toma parte activa en su propia educación. Ya no es considerado, por tanto, un sujeto pasivo sino un agente participativo, y la adaptación recíproca -y no el conflicto- es aceptada como lógica subyacente en el interjuego relacional de padres e hijos.</p>
<p>Como signo de este nuevo paradigma, los adultos libramos hoy acuerdos con los niños sin renunciar por esto a la responsabilidad asumida, al liderazgo familiar y a la autoridad entendida como servicio. Y dentro de este esquema les transferimos nuestros recursos y fortalezas, en lugar de imponerlos. Porque los mayores también evolucionamos y estamos llamados a intercambiar y orientar, inspirándonos en la reflexión sobre nuestras propias experiencias.</p>
<p>En la actualidad los niños son considerados competentes. Este enfoque los sitúa como actores en la escena social y viene a cuestionar el concepto mismo de socialización. Porque ellos son productores de cambios en sus interacciones con los demás y en sus relaciones interpersonales. Ellos modifican su entorno y colaboran para crear vínculos dinámicos de crecimiento y respeto mutuo. Nuevos patrones convivenciales que delinean ambientes de reciprocidad favorables al desarrollo humano.</p>
<p>(*) Directora de la Licenciatura en Orientación Familiar de la Universidad Austral.</p>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QoZJBIt7Xqfhixtcw5zpPdFzo8c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2019/11/d987322e-infancia.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>En el camino hacia su personalización progresiva, niños y niñas están llamados a integrarse en una comunidad que les permita crear conciencia de alter...]]>
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                <updated>2019-11-28T12:02:22+00:00</updated>
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            Familia, motor de sentido y creación de valor
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                <![CDATA[Mariángeles Castro Sánchez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/kZ_Us4WRL8slyX856hFpfKND5tU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2019/05/familia.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Históricamente y aún hoy, las personas encontramos en la familia un motor de sentido potente. Tanto que no dudaríamos en afirmar que el por qué y el para qué de nuestros actos y de las decisiones que a diario tomamos recaen sobre ella, asumiéndola como núcleo básico de nuestra existencia.</p>
<p>El Día Internacional de las Familias 2019 propone aumentar la conciencia sobre el rol central que el sistema familiar tiene en la ecología humana y social, en el marco del cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU. En particular del número 16, que impulsa la promoción de sociedades pacíficas e inclusivas mediante la creación de instituciones eficaces y responsables en todos los niveles.</p>
<p>Pues bien, a nivel micro, en el espacio íntimo y primario de los seres humanos, encontramos familias. Diferentes todas, singulares en su forma, hábitos, dinámicas y procesos. Pero similares en sus factores de cohesión: genealogía común, biografía compartida y legado afectivo. Permanencia, intensidad emocional y profundidad vincular. Coexistencia genérica y generacional. Diversidad e inclusión. Las familias reales exudan humanidad y vitalidad, poniendo en entredicho ciertas tesis que las sitúan en puntos críticos de su evolución o, incluso, en agonías irreversibles. Es claro que las estructuras, los roles y las funciones dentro del sistema han registrado modificaciones con el correr de los años, pero lo es también que su esencia conecta con nuestra índole de seres personales definidos siempre en correspondencia con otros. Porque ser humano es ser con otros: es ser en relación. Y ese ser con otros es, en primera instancia, ser familia. Aún en las circunstancias más adversas o en situaciones que desafían nuestra propia condición.</p>
<p>Lo cierto es que no tendremos sociedades pacíficas e inclusivas sin familias que vivan y asuman la paz y la inclusión como valores permanentes y expandan su influencia hacia el entorno comunitario más amplio. El camino se allana ante la evidencia de que las familias son conjuntos inclusivos por excelencia: en ellas somos recibidos y aceptados por el solo hecho de ser, sin exigencias, requisitos ni orden de mérito de ningún tipo. Esa inclusión genuina se ejercita a través de acciones fusionadas en una praxis convivencial formativa, que depara aprendizajes profundos para la vida.</p>
<p>De lo anterior se desprende que la peor forma de exclusión social, la más trágica -porque sus efectos pueden mitigarse, pero no revertirse- es el debilitamiento de los lazos familiares. Por eso las acciones de las organizaciones, en todos los niveles de influencia, deberían encaminarse al fortalecimiento de las familias como ámbito inclusivo primario. Y la paz precede a la inclusión, porque el conflicto necesariamente desintegra y fragmenta.</p>
<p>En suma, sabemos que el desarrollo siempre y solo será ecológico, y que la familia compone la instancia básica del ecosistema humano. Sin experiencia de familia somos sujetos de exclusión social lisa y llana, y el estado de vulnerabilidad de las personas traba una fuerte relación con esta cuestión, aumentando de forma exponencial en ausencia de un microentorno saludable. De ahí que, si pensamos la familia como fuente de sentido en la vida, no tenerla o perderla configura la exclusión social más penosa y acuciante.</p>
<p>Este debe inspirarnos en el trabajo por la mejora de las condiciones de nuestros sistemas comunitarios primarios, empoderándolos en su ser y misión. Atender esta premisa es colocar a las familias en el centro de la escena, reconociéndolas como creadoras de valor en todos los ámbitos de la sociedad. De esto depende, no ya el futuro, sino el presente de todo desarrollo humano posible.</p>
<p>(*) Directora de la Licenciatura en Orientación Familiar de la Universidad Austral.</p>
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                <updated>2019-05-16T11:30:39+00:00</updated>
                <published>2019-05-16T11:30:39+00:00</published>
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            Vacaciones: la vida detrás del WiFi
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                <![CDATA[Mariángeles Castro Sánchez]]>
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<p>Precisamente de eso se trata salir de vacaciones: romper con la rutina que estructura nuestro transcurrir vital y redescubrir el encanto de estar con el otro. Dar y recibir tiempo. Quizás el mejor regalo que podamos hacer a alguien, pues es un elemento que no tiene reposición. Un bien escaso y limitado, un intangible altamente preciado en la actualidad. En todos los casos, quien da su tiempo con generosidad comparte algo de su propia finitud.</p>
<p>Lo cierto es que, dispuestos a disfrutar en sincronía, llenamos las valijas de planes, palabras y escenarios soñados. Y nos vamos; encarando una partida no exenta de tensiones y con demasiadas expectativas condensadas en tan pocos días. Porque, a pesar de las buenas intenciones, el estado de monopolio es difícilmente aplicable y la situación de desconexión total resulta ilusoria.</p>
<p>Es claro que las pantallas nos acompañan dondequiera que vamos. Playa o montaña, seguimos destinando tiempo a estar con otros, físicamente lejanos, que se suman con fuerza a nuestra cotidianeidad. Nos vemos así interceptados por mensajes y aturdidos por variados productos en circulación, y nos descubrimos en la maraña de gifts, videos, memes y collages fotográficos, rescatando retazos de diálogo e intentando contextualizarlos para que cobren sentido.</p>
<p>Foros laborales, de pares, de padres, temáticos, de familia extensa, pugnan por el primer lugar en la lista de WhatsApp. Con todo, fragmentan nuestra atención, exaltando la personalización de la experiencia y alejándonos del reconocimiento empático que se concreta cuando compartimos un espacio de presencia integral: física, mental y emocional.</p>
<p>Son las vacaciones un momento oportuno para reinventar el placer de hacer una cosa a la vez. De dedicar nuestra escucha a las personas que se encuentran a nuestro lado, con el pensamiento puesto en el aquí y ahora. De profundizar la relación con los seres cercanos y enfocarnos en los vínculos interpersonales que podemos fortalecer en estos días. Un lujo que hoy por hoy nos permitimos con escasa frecuencia.</p>
<p>Unas vacaciones en familia y en tiempo real. Concentrados en la vivencia de estar con otros, aun a riesgo de perder el control sobre los intercambios; y gestionar nuestras interacciones de manera equilibrada, sabiendo jerarquizar y distinguir lo importante de lo urgente. Vale tomarnos un simple respiro, una pausa sanadora para regresar íntegros a ese entorno en el que somos aceptados sin reservas y amados por ser quienes somos. Y vale disfrutar de ese encuentro sin interferencias.</p>
<p>Aunque el wifi nos siga hasta la arena con su parafernalia de datos y contactos, intentemos practicar el diálogo cara a cara y rescatar sus bondades. Nos sorprenderemos percibiendo lo que ese otro está sintiendo e interpretando su modo de ser y estar en el mundo. Mostrándonos sin filtros ni máscaras. Reconociéndonos vulnerables y dependientes, pues todos lo somos en alguna medida.</p>
<p>¿Podremos avanzar en vacaciones hacia una integración armónica de las dimensiones on y offline de nuestras vidas? Es un buen ejercicio para estos días de descanso -cada vez más breves-, en los que procuramos volver a sentirnos plenamente familia. Y volver a ser los que éramos, incluso antes del wifi.</p>
<p>(*) Directora de la Licenciatura en Orientación Familiar del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.</p>
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                <updated>2019-01-11T08:10:19+00:00</updated>
                <published>2019-01-10T13:17:25+00:00</published>
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