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    <title>El Eco de Tandil</title>
    <subtitle>Entrevistas exclusivas y contenido multimedia para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Tandil.</subtitle>
    <updated>2026-10-18T09:00:04+00:00</updated>
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            La vergüenza de saberse indeseable
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/UjDruW05uul10ZVme1FTlNnbJNA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/10/bajo_la_superficie_2.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>La palabra nonchalant viene del francés antiguo nonchaloir, que podría traducirse, en primera instancia, como “indiferencia” o “desidia”. Hasta ahí veníamos bien: significante, significado y traducción seguían la misma connotación haragana y carente de entusiasmo, lo que le permitiría algún que otro uso a la palabra, pero no necesariamente el de cumplido. Todavía hoy es raro imaginar que alguien nos diga: “Me copa que seas así, indiferente”.</p><p>Me serviré un poco de rigor histórico de la fuente suprema: Reddit. Hace ocho años, el usuario MaoGo preguntaba: ¿Qué significa ser “nonchalant”?, y recibía algunas respuestas inmediatas, las cuales definían el término como “apático, sin pulso”, o bien “que no te tomas tu trabajo en serio”. Hace tres meses, el usuario llamado Xsamuu abría un debate completamente distinto: “¿Es verdad que las mujeres prefieren que seas nonchalant?”</p><p>Lo cierto es que el significante nonchalant ha trastocado su significado y, como la mayoría de los términos de la cultura digital, ha prescindido de su traducción. Para la IA de Google, ser nonchalant hoy en día equivale a “actuar con una actitud de total calma o despreocupación, manteniéndose imperturbable incluso en situaciones caóticas o estresantes”. Más allá de las definiciones, lo interesante es cuestionarse por qué este adjetivo se ha convertido en virtud y cuáles son los riesgos de adoptarlo como personalidad.</p><p>En el por qué no me detendré demasiado, puesto que está a la vista de todos. Al igual que los memes llevaron el absurdo tan lejos que dieron la vuelta y regresaron a la literalidad, la sobreexposición digital y la saturación comunicativa han acabado por reivindicar el misterio y el desinterés. De todos modos, no es nada nuevo que el exceso se combata con austeridad. La cuestión central es comprender que, la mayoría de las veces, también la despreocupación es performática y requiere de preocuparse bastante.</p><p>Dicho mal y pronto: para estos jóvenes es más esclarecedor explicarse menos, más llamativo mostrarse poco, más canchero no arreglarse, más inteligente no reaccionar, más atractivo no querer, más maduro no llorar, menos riesgoso no perder, más valiente ir solos. Ellos no tienen la culpa de que este mundo se sostenga en los pilares del oxímoron, especialmente en la Ley del Litio: que la vida puede ser fácil, rápida y segura. Entiendo que es para aterrizar algo de esa gran nube que nos agarramos hoy en día, aun en algoritmos rioplatenses, del término nonchalant. También en algoritmos serranos, por supuesto: los ríos de tendencias suelen bajar siempre del norte al sur, y luego de las capitales a las ciudades adolescentes.</p><p>Aunque para estos jóvenes nonchalants no han dejado de estar muy presentes las nociones de moda y seducción, muy punzante la pulsión de expresarse y sufrir, muy inherente la necesidad de ser vistos. Si nada de eso existiera en verdad para ellos, ya hubiesen matado a alguien. Para poder elegir actuar de tal o cual manera primero hacen falta ensayos, y antes de eso hace falta ser uno mismo, que es alguien naturalmente distinto al papel que se quiera interpretar (y en eso podría resumirse toda la civilización, claro). Digo que hubiesen matado a alguien para darle una sorpresa lectora, pero también por el riesgo de la semilla transgénica que estamos plantando en los adolescentes que aún no nacieron. Cuantas más posibilidades tengamos de diseñar y maquillar al usuario que actuará por nosotros, y más aplaudamos a los referentes nonchalants, menos conectada estará la persona a sus propios dispositivos de conectividad. Recuerde que los usuarios van en camino a independizarse de sus humanos.</p><p>Aquí el problema: una vida indiferente solo puede estar muerta, porque el pulso mismo es diferencia. A todos nos atraviesan tantas pasiones como segundos pasan, y no deseamos nada de este mundo más que ser queridos. En una ciudad que apiló más suicidios que homicidios, donde es más factible que un adolescente se cuelgue a que le disparen, quizás deberíamos preocuparnos menos por la inseguridad de las calles, y más por la inseguridad de las psiquis.</p><p>Si sirve de algo, esto último no es una conclusión, sino una nota de autor. El mejor docente que conocí me dijo una vez que, desde lo más profundo de su corazón, no nos deseaba cosas buenas, ni cosas malas, sino que la vida nunca deje de atravesarnos. Agrego yo que la despreocupación, la indiferencia y la opacidad son motivos fascinantes para construir nuevas estéticas y hacerle frente a esa ilusión de perfección que nos domina. Esto se puede aplicar al arte, al entretenimiento, y también al estilo personal de cada uno: la forma de usar las redes, de vestir, de mostrarse.</p><p>Sin embargo, no hay que perder nunca de vista que se trata de motivos estéticos y que esa imagen de resignación total que admiramos en muchos referentes también fue pensada y construida adrede. Con esto quiero decir que siempre vale la pena (y es vital) involucrarse, odiar, extrañar, exponerse, intentar. Del mismo modo que es necesario tener a alguien a quien poder mirar a los ojos y decir “me siento… (ridículo, solo, culpable, feo, adicto, etc.)”, no con la elegancia de estar triste, sino con la vergüenza de saberse indeseable.</p><p>Sin más, me pregunto en qué momento habremos aceptado que “vivírsela mucho” tenga un sentido peyorativo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/UjDruW05uul10ZVme1FTlNnbJNA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/10/bajo_la_superficie_2.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La palabra nonchalant viene del francés antiguo nonchaloir, que podría traducirse, en primera instancia, como “indiferencia” o “desidia”. Hasta ahí ve...]]>
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                                <updated>2026-10-18T09:00:04+00:00</updated>
                <published>2026-10-18T09:00:00+00:00</published>
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            El fin de la metáfora
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/pU3wuYeu9YhPZlZWfhOk_TkxZCM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/10/bajo_la_superficie_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por lo general, los extremos no solo se tocan, sino que caminan apurados para alejarse el uno del otro, pero sin dejar de buscarse con la mirada, hasta que acaban por chocarse las espaldas. Se habrá dado cuenta de que este es un mundo chiquito y redondo. Las ciencias políticas le pusieron “teoría de la herradura”, un nombre tan sintético y visual que molesta, tal vez porque vuelve incómoda cualquier explicación agregada. Es una de esas ocurrencias envidiables por su simpleza, puesto que todos tenemos las mismas palabras y el mismo mundo. Aunque no se les ocurrió a las ciencias políticas, claro, sino a Jean-Pierre Faye, que además de filósofo era, por supuesto, poeta; y que murió hace siete meses, después de cumplir cien años. Así la vida toca espaldas con la muerte, como están de la mano la genialidad y la locura, como el amor tiene un gemelo malvado.</p><p>De la misma manera, las vanguardias nacen a un clic de convertirse en productos. Una vez que el rupturismo y la originalidad entran en contacto con el aire, su veneno pierde potencia. No hace falta aclarar que el humor, la habilidad esencial para la supervivencia de nuestra generación, es la contracara de la tristeza. Del humor se habló con humor y con seriedad, pero nos basta con citar a medias dos líneas de Echenique y seguir: primero que “todo sentimiento, todo pensamiento, todo movimiento que surge en el humorista se desdobla en su contrario”, y segundo que “la ironía, con ser reveladora y sutil, puede llegar al realismo extremo, y hasta ser tan fina como demoledora”.</p><p>Boceté el inicio de este tercer párrafo con las palabras “si usted scrollea por el algoritmo de un adolescente…” con fe de silogismo decente. Sin embargo, me di cuenta que “el algoritmo de un adolescente” no refiere absolutamente a nada, dado que no existen dos algoritmos iguales. A lo mejor no convenga, entonces, imaginarlo como una perversa ameba omnipresente que controla nuestras vidas, y en cambio sea mejor tomarle cariño como a las huellas dactilares. Ahora bien, si usted scrollea por cualquier algoritmo, encontrará al menos un denominador común: los memes.</p><p>Sospecho que es necesario, y de todos modos inevitable, que los textos escritos incorporen sin pudor citas provenientes de memes, teniendo en cuenta que la vorágine del discurso contemporáneo respira ahí, entre la publicación, los comentarios y sus respectivas respuestas. Aunque cabe aclarar que ya existe una ciencia específica dedicada a estudiar los memes: la memética. A los meméticos les dejaremos el divertido análisis semiótico.</p><p>Las tendencias de los memes digitales cambian todos los días. Los tragicómicos acontecimientos locales son una materia prima excelente para nuestra industria memera, además de la influencia que llega del extranjero y los formatos que se traducen del inglés a nuestros distintos dialectos o cronolectos. Lo más interesante es ver plasmada la aceleradísima evolución que sufrió el sentido del humor, tornándose cada vez más opaco y asfixiante. Cuando navegué el internet por primera vez, nos estallábamos con caídas graciosas y parodias de Marito Baracus. Los primeros memes digitales que recuerdo eran dibujados y tenían nombres, como Trollface o Forever alone. Es más, se dividían en cuadros como las historietas, con una clara progresión narrativa. Pero a partir de ese momento la gran estufa arrancó y las tendencias empezaron a quemarse y mutar sin fin. Para antes de la pandemia ya teníamos incorporado el shitposting, que es básicamente publicar contenido intencionalmente de mierda, y claro que también nos estallamos.</p><p>Pero el absurdo caminó tan lejos que se topó de vuelta con la pura realidad. Los memes hicieron ironía de la ironía hasta alcanzar el fin de la metáfora. Si usted scrollea por el algoritmo de un adolescente, encontrará al estropeado humor fundido en la más absoluta literalidad. Le costará un doble trabajo sentirse identificado, porque la comunión de los escenarios genéricos ha sido reemplazada por la frialdad de la escena específica. Quizás intentará, para su tranquilidad, encontrar algún rastro de hipérbole, algún dejo de ficción o remate oculto, pero el chiste debe de estar en su propia ausencia.</p><p>Si por algún motivo se cruza una imagen de Los Simpson acompañada de un texto inusualmente largo, considere deslizar sin leerlo. Se trata de una “nueva” tendencia en Argentina, de la cual me gustaría traer dos citas recuperadas directamente de Instagram, a modo de cierre. Recuerde que no existe nada más frustrante que parafrasear un meme.</p><p>La primera cita pertenece a una publicación de la cuenta @elesquiner. La imagen no muestra nada más que a Homero comiendo en el sillón. En la parte superior, el texto dice: “cuando ibas a lo de tu abuela y estaba tu tío ricardo zarpado en vago que nunca se busco un laburo ni se independizó, entonces estaba re plaga usurpandole la casa a tu nona que ya la tenia podrida pero bueno lo unico que rescata es que por ahi se manda changuitas para ayudar a normita tu abuela (tenes miedo de terminar como el asique te esforzas al maximo)”.</p><p>La segunda cita repite el formato anterior y fue publicada por la cuenta @armandobarreda. La imagen es aún más austera: Homero sentado junto a Lenny y Carl, sin gestos particulares en sus caras y sin ninguna edición. El texto, en cambio, ocupa casi tres cuartos del meme y dice: “Cuando tus hijos te preguntan por qué se llaman Damián y Federico, y se te llenan los ojos de lágrimas al viajar de golpe al 2001. Les contás que cuando te quedaste en la lona, sin laburo, sin un peso para el alquiler ni para parar la olla, y de la familia no apareció ni el loro, ellos te salvaron la vida: Damián te metió en su casa y te bancó un plato de comida, asegurándote que mientras él tuviera un techo, a vos jamás te iba a faltar un lugar donde parar. Federico te dio una mano de oro y te metió a laburar en su verdulería para que pudieras volver a ganarte el mango con dignidad y volver a pelear por tus sueños. Ahí es donde te quebrás y les explicás a los chicos que esos dos tipos no eran simples amigos: eran los dos hermanos de fierro que la vida te regaló cuando estabas en el fondo del tacho”.</p><p>La rueda completó su vuelta, y volvieron siniestros los dibujos y el relato. El absurdo se encontró con la realidad, pero los dos se vieron más cansados y más viejos. Igual nos seguimos estallando.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/pU3wuYeu9YhPZlZWfhOk_TkxZCM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/10/bajo_la_superficie_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por lo general, los extremos no solo se tocan, sino que caminan apurados para alejarse el uno del otro, pero sin dejar de buscarse con la mirada, hast...]]>
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                                <updated>2026-10-11T07:00:04+00:00</updated>
                <published>2026-10-11T07:00:00+00:00</published>
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            El mundo y el polvo
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fM8Cfh9VYZCnm4ZyUeQvewlmLgM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/10/bajo_la_superfficie.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>I.</p><p>La planta que regué con lágrimas</p><p>mide el doble que yo</p><p>hoy bajo su sombra</p><p>tomo asiento</p><p>lloro en verano</p><p>gasto un enero</p><p>que me tomó por sorpresa</p><p>la planta que regué con lágrimas</p><p>pregunta por qué lloro todavía</p><p>por qué en verano</p><p>por qué mejor no río y me voy</p><p>al mundo</p><p>qué espero</p><p>digo -morirás seca</p><p>si parto</p><p>se encoge de hombros</p><p>dice</p><p>el invierno ya viene</p><p>deberías quizás quemarme y ya</p><p>quiero preguntarle</p><p>si alguna vez llegó a quererme</p><p>qué siente cuando no estoy</p><p>pero no estoy listo</p><p>dice -qué sabrás vos</p><p>de plantas</p><p>pero qué sabe ella</p><p>de mundos</p><p>dice te acordás de esto de aquello</p><p>de él de ella</p><p>solo tiene sed</p><p>finjo que pienso</p><p>y niego</p><p>&nbsp;</p><p>II.</p><p>Bienvenida</p><p>señora incomodidad</p><p>póngase cómoda</p><p>entre descalza</p><p>a mi castillo</p><p>descansan al fin</p><p>los guardias</p><p>las murallas</p><p>preparé mi sala</p><p>desbordan tallos</p><p>lilas</p><p>de mis floreros</p><p>cristal</p><p>abra ambas puertas</p><p>de mi lustrada</p><p>cómoda</p><p>de nogal</p><p>sírvase de aquella</p><p>prolija</p><p>lustrada</p><p>brillante</p><p>repisa</p><p>de expectativas</p><p>no quiero ya</p><p>llorar</p><p>al verla</p><p>señora</p><p>cultivé</p><p>hospitalidad</p><p>quédese</p><p>beba el té</p><p>su dedo tiene tierra</p><p>del mundo</p><p>ensucie mi lustrada</p><p>taza de porcelana</p><p>ya me enseñará</p><p>usted</p><p>a convivir</p><p>con este polvo</p><p>&nbsp;</p><p>III.</p><p>Por mucho que barra</p><p>y vuelva a barrer</p><p>este polvo siempre</p><p>vuelve al piso</p><p>&nbsp;</p><p>Entonces recorro otra vez</p><p>las dos habitaciones</p><p>sin dejar una miga</p><p>ni olvidar un rincón</p><p>voy del baño a la cocina</p><p>-y a lo ancho-</p><p>de mi cama hasta el balcón</p><p>mi escoba barre</p><p>una</p><p>y otra</p><p>vez</p><p>la misma baldosa</p><p>&nbsp;</p><p>Solo ahí</p><p>cuando el piso al fin reluce</p><p>vuelvo al sillón</p><p>cierro los ojos</p><p>y espero</p><p>&nbsp;</p><p>En la quietud,</p><p>el polvo que flota</p><p>suspendido</p><p>vuelve a posarse</p><p>&nbsp;</p><p>Ahí él</p><p>espera por mi escoba</p><p>ahí yo</p><p>espero por él</p><p>&nbsp;</p><p>IV.</p><p>Mientras a mi recuerdo fresco no lo borroneen horas monótonas</p><p>que hagan genérico lo nítido</p><p>todavía puedo ver</p><p>momentos perfumados</p><p>a cuestas siempre esta melancolía</p><p>que amenaza convertirse en identidad</p><p>&nbsp;</p><p>Atrás de estos ojos dilatados</p><p>es tan profundo</p><p>que ni tu mejor apnea</p><p>te dejaría bucearme</p><p>&nbsp;</p><p>Pero si eclipso mi pupila con la tuya</p><p>conozco historias que nunca me contaste</p><p>y nuestras lágrimas de algún pasado</p><p>no son las mismas, pero son iguales</p><p>no lo sé y no me caben dudas</p><p>como todo lo que dijiste sin hablar</p><p>&nbsp;</p><p>Si tu mano toca la mía</p><p>tu esmalte / mis uñas mordidas</p><p>tus anillos / mis nudillos</p><p>me pregunto cuál cara de la luna</p><p>habrá empapado tu piel</p><p>para hacernos tan iguales</p><p>moldeados por las mismas sombras</p><p>&nbsp;</p><p>Nos habremos estimado en otra vida y de ahí traeremos</p><p>este mismo idioma que ya nadie habla</p><p>quiero decirte lo que no le digo a nadie</p><p>animarme a llorar en frente tuyo</p><p>cuando alguien salta la barrera que me separa de todo</p><p>lo físico se vuelve nimio</p><p>&nbsp;</p><p>El cariño que soñé darte tendré que guardarlo</p><p>donde guardo lo que no uso, pero no me animo a tirar</p><p>&nbsp;</p><p>Lo que escribo por vos, es mentira</p><p>quizás te quise de verdad, pero tan rápido</p><p>que te disfracé de musa por miedo</p><p>para que lo mío siga mío / lo tuyo siga lejos</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>V.</p><p>Quiero decirte</p><p>bailemos</p><p>bailemos</p><p>no te preocupes</p><p>casi todo lo que hago</p><p>me da vergüenza</p><p>elegiste tu ropa</p><p>te peinaste</p><p>estás bellísima</p><p>por favor, contame</p><p>¿qué te da vergüenza?</p><p>quiero abrazarte ahí</p><p>¿qué te hace desear</p><p>salir corriendo y esconderte?</p><p>puedo ir con vos</p><p>conozco un escondite</p><p>cerca</p><p>&nbsp;</p><p>Perfecta te veo</p><p>perfumada</p><p>brillante</p><p>decime</p><p>¿qué palabras te hirieron?</p><p>¿quién se rió de vos?</p><p>¿a qué edad empezaste</p><p>a sentir vergüenza?</p><p>¿quién te abrazó ese día?</p><p>&nbsp;</p><p>Estos otros</p><p>ojos míos</p><p>vergüenza mía</p><p>¿cómo te enjuago?</p><p>¿de dónde?</p><p>sin vos</p><p>bailaría</p><p>Amor</p><p>dijiste</p><p>nacimos en el milenio</p><p>de los espejos enfrentados</p><p>significa</p><p>vergüenza</p><p>ansia</p><p>somos</p><p>historia en gigabytes</p><p>cortejo digital</p><p>calorías vacías</p><p>betabloqueantes</p><p>&nbsp;</p><p>Pero amor</p><p>con vos</p><p>la vergüenza</p><p>no existe</p><p>&nbsp;</p><p>Por dentro todos somos húmedos y rojos</p><p>necesito párpados en los oídos</p><p>tapan el sol</p><p>nubes de almacenamiento</p><p>¿acaso nada merece ser olvidado?</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fM8Cfh9VYZCnm4ZyUeQvewlmLgM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/10/bajo_la_superfficie.webp" class="type:primaryImage" /></figure>I.La planta que regué con lágrimasmide el doble que yohoy bajo su sombratomo asientolloro en veranogasto un eneroque me tomó por sorpresala planta que...]]>
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                <published>2026-09-27T09:00:00+00:00</published>
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            La caravana de caracoles
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zRoL6CNqzTv94FleuLMOk54ubPM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/la_caravana_de_caracoles.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Ya nadie salió a hacer las compras. Ninguno tenía más plata que la suficiente para ir y volver de la habitación al trabajo. Tal vez comer algo. Los pocos que sí tenían compraban solo desde su celular, porque ofrecía infinitas opciones juntas, marcas lejanas y envío a domicilio. Ni unos ni otros salían a comprar. Los negocios fueron cerrando sus persianas y los cartelitos de oferta se pudrieron al sol. Primero los de ropa y tecnología, después los bazares y los supermercados, más tarde los bodegones y las heladerías. Los dueños desesperados ofrecían precios bajísimos con tal de encajar a alguien las propiedades malditas y recuperar algo de sus inversiones. Sin embargo, nadie las compró. Aquellos más despiertos hicieron los bolsos y agarraron la ruta para nunca más volver, en un interminable éxodo de luces rojas. Fue cuestión de semanas que las calles quedaran en silencio. Cerraron últimas las escuelas y el hospital. Aquellos menos despiertos, los que se quedaron, se dividían en dos grupos: los que habían perdido su trabajo y los que nunca habían necesitado trabajar. Unos salieron a la calle buscando restos de vida, los otros cerraron las rejas de sus casas y llenaron el carrito virtual con víveres de apocalipsis.</p><p>Tan grande fue el pedido que, a la mañana siguiente, un avión, tres grúas y dieciséis camiones aparecieron por el norte de la ciudad. Los de la calle creyeron que al fin llegaba la ayuda; los de las casas se asomaron a la ventana y vieron con alivio a los camiones que seguro traerían sus compras. Para sorpresa de ambos, el convoy no pasó de la ruta.</p><p>Se montaron en las afueras, cerca de Maryland. Estuvieron un total de setenta y cuatro horas y en ningún momento dejaron de trabajar. Menos de cuatro días necesitaron para construir El Seno y desaparecer. Trajeron prefabricados los módulos de polímero y los fueron encastrando unos con otros. El resultado fue un depósito simétrico, mate y mudo, del tamaño de cinco manzanas, con un playón de igual extensión a un lado y una pista de aterrizaje al otro. Podía verse en el horizonte desde cualquier punto de la ciudad.</p><p>Los de las casas recibieron una notificación avisando que sus compras ya estaban cerca, por lo que se permitieron seguir encerrados. Los de la calle, cansados de saquear ruinas y cazar carpinchos, decidieron peregrinar hasta aquel inmenso galpón que se erguía a la distancia. Llegaron sin sol y ningún alma salió a recibirlos. Un dulce olor a comida de olla les flotaba cerca como el recuerdo de una infancia ajena. Sobre el playón divisaron más de mil mochilas cuadradas, brillantes, idénticas. Estaban alineadas a la perfección, servidas a la espera de un dueño. Al razonar que eran más las personas que las mochilas, los miembros de la horda corrieron para agarrar la suya, sin saber para qué las querían. Uno de los primeros en llegar sacó una bandeja de telgopor humeante de adentro.</p><p>Una vez apropiadas las mochilas y apilados los muertos, la multitud se sentó a comer en el playón. Además de la comida, encontraron en la caja de lona un pequeño aparatito parecido a un celular, que solo iluminaba la pantalla cuando se prendían los broches de la correa.</p><p>Así fue que más de mil personas se engancharon un cubo a su espalda y comenzaron a seguir las instrucciones del aparato. La pantalla indicaba un número de buzón (que correspondía a una de las miles de puertitas idénticas alineadas a lo largo del lado este de El Seno), una dirección de entrega y una cuenta regresiva. No había mucho para pensar si querían más bandejas de telgopor.</p><p>Los nuevos repartidores llenaron sus mochilas de bultos embalados y se arrastraron hasta la ciudad como una caravana de caracoles. Algunos caían en el camino, tal vez por el peso o la desnutrición. Los que venían más cerca se aseguraban de manotear sus mochilas, con la esperanza de cumplir el doble de pedidos a la vez. Los que venían después pasaban por arriba los restos para no perder tiempo en desvíos. Al cabo de unas cien pisadas, los despojos se aplanaban y se hacían parte del asfalto.</p><p>La plaga se ramificó al cruzar la ruta. Algunos fueron para las torres del centro, donde aún sobrevivían clientes en los pisos más altos. Otros doblaron hacia los caserones de las sierras y se perdieron entre los pajonales. A unos compradores los protegía la altura y a los otros las piedras y alambrados. Eran personas acostumbradas al aislamiento. Solo querían víveres para no tener que salir al mundo, mientras dedicaban sus días a pintar cuadros, componer música o escribir novelas. Canjeaban sus hectáreas por créditos virtuales sin moverse del sillón. ¿A quién no le convenía? El Seno se expandía, ellos podían seguir gastando y los repartidores recibían más pedidos.</p><p>La caravana cambió rápidamente sus piernas por bicicletas abandonadas. Ya no se arrastraban sino que habían evolucionado a moscas. Volaban del depósito a la ciudad y de la ciudad al depósito. Cada mañana aterrizaba un avión negro sin tripulantes y conectaba una larga manga al lado norte, como el cordón umbilical de un monstruo. Tardaba media hora en vaciarse y volver a despegar. Los repartidores esperaban frente a los buzones con esa mezcla de excitación y pudor de los perros.</p><p>Luego no hubo tiempo para irse a ningún lado. Los clientes pedían a toda hora, pero había al menos dos repartidores por cada uno de ellos. No podían permitirse estar lejos cuando el aparato sonaba. Las moscas con mochila resolvieron entonces mudarse de forma fija al playón de El Seno, para estar al lado de los buzones en todo momento. Ahí mismo instalaron sus mochilas, bicicletas y bandejas con un intrincado sentido de parcelamiento. El campamento creció como un hongo sobre el suelo sintético.</p><p>Fue cuestión de días que empezaran a prender fogatas y dormir juntos. Se escuchaba a la hora de la cena una mezcla de charlas, tambores de balde y cantos grupales alrededor de cada fuego. A los seis meses había resurgido la orquesta de la comunidad. La gente ahora iba y venía por los pasillos de las covachas con apuro metropolitano, saludando vecinos a la pasada.</p><p>Fue cuestión de años que en el playón empezaran a nacer bebés. A las madres recién paridas se las dejaba dormir bien cerca de la pared del depósito, porque el aire tibio de la ventilación calentaba las cunas. Los padres se aseguraban de conseguirle una mochila a cada hijo para cuando tuviesen la edad de pedalear. Los viejos recitaban las historias épicas de grandes repartos. Con el tiempo desarrollaron formas propias de teatro y pintura.</p><p>Darwin habría llorado de emoción. Después del caos y las fosas comunes, el ecosistema volvía a equilibrarse. Se erradicó por completo el desempleo: todos eran repartidores o artistas. Unos vivían en la nueva comuna, los otros sobrevivían en la ciudad vieja. Todos comían de El Seno.</p><p>Se dice también que, luego de varias generaciones, las crías se adaptaron perfectamente a las correas. Nacían con la clavícula rotada en forma de canal y una capa de sobrehueso sobre las escápulas, el esternón y la nuca. Los viejos aseguraban que los niños sin mochila eran incapaces de mantener el equilibrio y morían al final de la adolescencia.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zRoL6CNqzTv94FleuLMOk54ubPM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/la_caravana_de_caracoles.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Ya nadie salió a hacer las compras. Ninguno tenía más plata que la suficiente para ir y volver de la habitación al trabajo. Tal vez comer algo. Los po...]]>
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                                <updated>2026-09-20T14:58:16+00:00</updated>
                <published>2026-09-20T06:00:00+00:00</published>
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            María Elena Walsh: la sombra detrás del jacarandá
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/yivkZSo8ed5AflSRwVx92JDII0Y=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/bajo_la_superficie_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se preguntaban: "¿Nosotros qué éramos...?"</p><p>-María Elena Walsh, Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes (1979).</p><p>&nbsp;</p><p>Qué frío deben sentir los rebeldes que murieron en la grandeza y ahora deben recostarse y descansar en paz. Qué apática condena la de dejarse consagrar por los curas culturales, esperar inmóvil a que el bronce fundido recubra toda la obra y el cuerpo de uno, para que unas pocas etiquetas condensen una vida entera de andadas. Con un cuerpo que es busto y no transpira, con las contradicciones resueltas en máximas, con generaciones y generaciones que van enjuagando las porosidades del relato hasta convertirlo en biografía, en platito de adorno de vitrina de abuela: ya no sirve para pinchar, cortar y tragar encima. Todos sabemos que están ahí colgados, así que nadie se frena a revisarlos, pero ninguno podría recordar los detalles de su grabado. Así nos quedó un Borges ciego, una Pizarnik deprimida y una María Elena Walsh inocente, rodeada de niños. En la era del resumen, scrolleamos y “embalsamamos las mustias alas de cóndor de la República”.</p><p>Para esta generación de adultos jóvenes criados en el mundo del revés, María Elena Walsh corre el riesgo de ser recordada como una autora de canciones infantiles. Esto es cierto, claro, pero reduccionista. Sus canciones infantiles fueron el dispositivo supremo para traficar dentro de una enunciación amable un conglomerado de ideas previas no tan amables. Incluso nos puede provocar –grata- sorpresa descubrir que los versos “Perro salchicha, gordo bachicha, toma solcito a la orilla del mar” y “Dios mío, dame mi sueño de paz, y no de pastilla. El diablo, que nunca duerme, penando me despabila” fueron hechos, en efecto, por las mismas manos. Manos de un cuerpo que esculpió su primer libro de poesía con nada más que diecisiete años, que viajó a París, como Manuelita, junto a una compañera y un bombo legüero para tocar folclore en los antros, que empuñó un lápiz para dar guerra a la censura en tiempos donde “el que calla es porque está muerto, generalmente de miedo”. Un cuerpo que fue joven, fue triste, fue audaz y fue perseguido. Unas manos y una voz que supieron ser las alegres melodías de nuestra infancia, pero también los recovecos más oscuros del mundo adulto; y quizás las dos cosas al mismo tiempo. ¿Acaso alguien encontró vacuna para las brujerías del brujito de Gulubú?</p><p>Querido lector joven, no caiga en la trampa de imaginar a María Elena como una señora mayor, tierna e inofensiva. Dejemos de compartir este efecto Mandela escolar que reduce a toda una intelectual subversiva en una especie de maestra jardinera. Aquel sujeto poético infantil fue, en todo caso, el Caballo de Troya de una obra incendiaria. Los soldados de la crítica se disfrazaron de bufones y apuñalaron al celador con armas que parecían absurdas, pero eran corrosivas. Las vírgenes de la angustia pusieron su mejor cara y dejaron flores celestes de jacarandá como ofrenda para los niños, aun sabiendo que “Al este y al oeste, llueve y lloverá”.</p><p>No caiga en la trampa, atienda al tétrico doble sentido cuando canta: “En el país de no me acuerdo doy tres pasitos y me pierdo. Un pasito para atrás y no doy ninguno más”. Escúchela también cuando no lleva esa máscara de ingenuidad, cuando desarma la escenografía de fantasía y confiesa: “Queda tan lejos volverme a ver en el espejo de la niñez”, o “Tanta vida mía, desvivir no sé. A la lejanía me acostumbraré”, o bien “Aquí yace una pobre mujer que se murió de cansada. En su vida no pudo tener jamás las manos cruzadas”.</p><p>Sospecho que sus letras pueden recordarnos quiénes somos, en esta época donde el censor, que renace siempre de sus cenizas como el Gato Félix, ya no recorta las voces culturales sino que las arroja a un caos ruidoso donde nadie puede distinguirlas.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/yivkZSo8ed5AflSRwVx92JDII0Y=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/bajo_la_superficie_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna vez sucumbirá demolido p...]]>
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                                <updated>2026-09-13T06:30:04+00:00</updated>
                <published>2026-09-13T06:30:00+00:00</published>
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            El Top 50 de Spotify y la ansiedad sexual
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HI0BHB5cwtlXU6u-hMV6XwatmtI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/bajo_la_superficie.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Usted puede descubrir mucho de una persona solo con saber las canciones que escucha. De la misma manera, basta con ojear las canciones más populares en una sociedad para plantearse unas cuantas preguntas acerca de ella.&nbsp;</p><p>Esto no es nada nuevo, por supuesto. Los sociólogos y críticos musicales llevan siglos construyendo este puente, con estudios extensísimos que demuestran que todos somos, de algún modo, el arte que elegimos consumir.</p><p>¿Qué podría decir yo sobre cultura popular que no lo haya dicho antes el gran Pablo Schanton? También cabe destacar, antes de empezar, el reciente trabajo de Camila Caamaño y Amadeo Gandolfo en su libro “El ritmo no perdona”, donde al fin osaron disponer sobre la mesa académica a los géneros musicales que la crítica miraba de reojo, a pesar de su masividad.</p><p>Sobre estos y otros tantos antecedentes se apoyan mis palabras, pero nuestro estado de la cuestión sigue en constante hervor, así que de nada sirve dejar de revolver.</p><p>Los verdaderos críticos han tenido que dedicar mucho tiempo a recuperar la historia, confirmar datos rigurosos y establecer relaciones pertinentes. Sin embargo, hoy le propongo un experimento bastante más pragmático que cualquier persona puede llevar a cabo desde la comodidad de su celular.&nbsp;</p><p>Lo único que debe hacer es abrir la aplicación Spotify y entrar a la playlist llamada “El top 50 de Argentina”. Ahí verá, actualizadas en tiempo real, las cincuenta canciones más reproducidas en el país ahora.</p><p>El conteo solo incluye las escuchas de Spotify e ignora las de otras plataformas o dispositivos, pero condensa un trabajo de encuesta riquísimo y al alcance de un clic. Debe tener en cuenta que este ranking cambia todos los días, por lo que siempre hay nueva tela para cortar. Observe las canciones, lea sus títulos, los nombres de cada artista. Escuche algunas, las que llamen su atención, las que no conozca. Fíjese qué puesto ocupa cada una, qué similitudes hay entre ellas. Preste atención a los ritmos y melodías, a las voces y sus acentos, pero sobre todo a las letras.</p><p>Evite ser presa del gusto. Sus preferencias musicales acá no tienen nada para decirnos, porque la idea no es hacer un juicio de valor, sino encontrar en estas tendencias colectivas algún reflejo de nosotros como sociedad. Cada vez que realice este experimento, en lugar de sacar conclusiones, enfóquese en formular preguntas. ¿Qué ritmos y melodías elegimos? ¿Son bailables o reflexivas? ¿Qué tipo de enunciadores?</p><p>Esta vez empiezo yo. A primera vista, diré que hay dos artistas mujeres en todo el top 50: Karol G y Aitana. A su vez, solo catorce de los artistas son de Argentina y ninguno está dentro del top diez. Piense sus propias preguntas.</p><p>La canción que más se está escuchando hoy en Argentina es “Las mas bonitas son p#tas”, así con el hashtag y sin tilde, del artista Anuel AA, oriundo de Carolina, Puerto Rico. El primer verso de nuestra canción número uno reza exactamente que “Las más bonitas son p…; me levanté con dos rubias, no me sé el nombre de ninguna”. El ritmo es excelente y la producción profesional. Más adelante sigue “Mike Amiri la costura, fina es la champaña, si se emborracha va a chingar”. Acá podríamos preguntarnos por qué hay una mayoría que está eligiendo consumir un enunciador como Anuel AA (que tiene además otras tres canciones en el top), en un país donde solo una minoría puede acceder realmente a Amiri y champaña. ¿Es acaso el terrible fantasma del sueño americano impuesto sobre nuestras pobres masas? ¿Lo escuchan nuestros jóvenes cayendo en la ilusión del éxito y deseando gastar sus pocos ingresos en lujos innecesarios? ¿O es en cambio una simple elección lúdica para evadirse de su realidad trabajadora y jugar un rato a la abundancia? ¿Y no podría deberse solo a algunos segundos de canción que lograron convertirse en trend de TikTok por su ritmo pegadizo y alegre? En este último caso, las otras preguntas perderían relevancia.</p><p>Un poquito más abajo en la lista está Omar Courtz. Lo curioso es que este artista tiene once canciones distintas dentro del top. En realidad, digamos que tampoco tan distintas. Pero lo que es aún más curioso es que Omar nació en Carolina, Puerto Rico, exactamente en la misma ciudad que Anuel AA. Entre los dos suman quince puestos de los cincuenta, todos del mismo origen. Curioso, por lo menos. En su canción “FOREVER TU GANTEL” la letra dice “Voy a darte duro, mami, pa que lo sientas” o “Tengo el poder de erizar tu piel si te toco por la zona” o “Me hace to los trucos pa que yo nunca la olvide”. Y todo esto de la misma manera que en “WO OH OH” dirá “Contigo pa qué carajo los condones, tú eres mía completa”.</p><p>Acá ni buenos, ni malos. Ni el reggaeton es basura, ni la música ha muerto. Al fin y al cabo, el público tiene la razón y estas canciones ocupan quince puestos. Ahora bien, por qué no preguntarnos, ya que no buscamos respuestas, ¿qué pasa con ese joven que tiene que sacarse los auriculares y enfrentarse a la torpe desnudez de la sexualidad real? ¿Cómo hace para no quedar paralizado ante una abrumadora ansiedad de performance cuando sus referentes le viven diciendo que hay que dar duro y mojar todo, que el otro no es más que utilería en su performance? ¿Con qué herramientas se enfrenta entonces a la intimidad genuina? ¿Qué se hace con el temblor de las manos, con la vulnerabilidad del cuerpo ajeno, con la del propio, con ese silencio brutal que cae sobre la cama cuando no son dos rubias sin nombre sino un otro que lo ha elegido, cuando no tenga ningún poder ni sepa hacer los trucos?</p><p>Lo cierto es que esos mismos cuestionamientos se pueden aplicar a más de la mitad de las canciones del ranking. Hay algunas excepciones, principalmente argentinas, como clásicos de El Indio Solari, Callejeros, Babasónicos y Los Huayra, entre otros. Sacando esos pocos casos, lo que queda es un bloque evidente de al menos treinta canciones principalmente centroamericanas, con temáticas y enunciadores muy similares.</p><p>A veces alcanza con hacer un inventario para que las conclusiones se muestren solas.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HI0BHB5cwtlXU6u-hMV6XwatmtI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/bajo_la_superficie.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Usted puede descubrir mucho de una persona solo con saber las canciones que escucha. De la misma manera, basta con ojear las canciones más populares e...]]>
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                                <updated>2026-09-06T08:00:05+00:00</updated>
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            Facundo Cabral: el primer rapero tandilense
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/amsE-cxibb7L-uglZGz86bdEkDM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/bajo_la_superficie_2.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Cualquier persona que conozca la historia del rap local podría debatir fácilmente un título con semejante ambición. Basta con remontarnos al hoy lejano 2005 y pensar en el germen de Contrabando Crew, para desmoronar así cualquier intento de construir un origen que no sea exactamente ese mismo. Puede estar seguro de que conozco mis raíces. Sin embargo, este título es en parte una provocación y en parte una hipótesis. Lo provocativo funciona en doble sentido: en primer lugar, porque a los raperos puristas, que suelen sufrir de un esnobismo amargo pero culto, les gusta tener bien marcados los límites del género y reniegan cada vez que ven el nombre de “rap” o “rapero” puesto en cualquier cosa. En segundo lugar, hacia el sentido opuesto, la provocación también funciona porque cualquier oyente de Cabral, que sea ajeno al rap, va a resistirse a imaginarlo con gorra y cadenas de oro. Lo cierto es que nunca conocemos los límites de un género y el rap es mucho más que gorras y cadenas de oro. La otra parte de hipótesis consiste en esbozar una línea de lectura que trace algunas analogías optimistas entre Facundo Cabral y el rap tandilense.</p><p>Porque mucho antes que Contrabando Crew, pero en las mismas calles, un joven marginal llegado de La Plata ya escribía algunas rimas e improvisaba las otras, sin nunca entregarse a componer estribillos pegadizos y complacientes, con la sagrada urgencia de contar una historia, de escupir un relato sin tener que pedirle permiso a la amable melodía, con nada más que el punteo de la guitarra como mero soporte de la más hermosa catedral de palabras. ¿Acaso no es esa el alma del rap? Es la poesía que se escribió para ser recitada, el punto máximo de encuentro entre texto y cuerpo. Es la música rindiéndose ante la inmensidad del entramado semántico, suspendiendo sus lógicas para que el poeta pueda hablar sobre ella sin tener que levantar la voz. El mismo Facundo Cabral aseguraba que él no era un cantante, sino un cantor. En palabras de su ídolo Yupanqui: el cantante tiene aptitud, pero el cantor tiene necesidad.</p><p>Piense ahora en el rap. Tal vez la primera imagen que venga a su cabeza sea Duki o las batallas de freestyle, las cadenas o las gorras, pero intente imaginar más allá, o mejor dicho más acá, en nuestra propia ciudad. Ya es tiempo de separar la paja del trigo y no dejar que todo caiga en la gran procesadora. El rap tandilense está muy lejos de aquel preconcepto yanqui que viajó hasta el fin del mundo y se mezcló con la banalidad sabrosa del reggaeton y más tarde con la ostentación material del trap, para terminar descuidadamente englobado dentro de algo que llaman “música urbana”.</p><p>La realidad es que el rap autóctono está mucho más cerca de ese Facundo adolescente que recorría este mismo centro y recitaba sus testimonios más sinceros sin la necesidad de adornarlos demasiado. El vehículo es el mismo: el spoken word o palabra hablada sobre una base instrumental minimalista, eso que ayer fue el punteo de una guitarra y hoy puede ser un beat de drumless, con un proceso creativo que pareciera dedicarle diez veces más tiempo a la letra que a la melodía. Claro que las temáticas también coinciden. ¿Es la marginalidad? ¿Es la mirada crítica sobre la sociedad y el sistema? ¿Es la figura del caminante solitario que narra lo que ve en los márgenes de la ciudad? Es todo eso y más, pero nunca jamás es aquel relleno predecible y hecho de lugares comunes al que nos ha acostumbrado la música masiva actual. Acá, por suerte, aún hay que detenerse y leer con los oídos.</p><p>Por las mismas calles camina hoy, por ejemplo, el rapero Nacco Ronaldinho. Digo rapero porque dentro de esta palabra, cuando es dicha con responsabilidad, se aglomeran otras tantas facetas en forma inherente: poeta, performer, improvisador, viajero, ¿acaso cantor? Nacco rapea que “Te cuentan la de más droga, más crimen, más morras; a ver cuántos delincuentes te visitan cuando estés bajo tierra”. Por su parte, Facundo le recordaría que “Solo lo barato se compra con dinero” y que “la culpa no es del cerdo, sino del que lo alimenta”. Desde los bordes de la ciudad a los bares del centro, desde los bares del centro a otras tantas ciudades, a otros países, cargando únicamente una guitarra, o un pendrive, y un bolso lleno de rimas talladas a mano. Podría ser Facundo Cabral, podría ser Nacco.</p><p>Tal vez aquello sea todo lo que une al rap y a Facundo Cabral, y con eso es más que suficiente. Pero también está nuestra ciudad, que algo tendrá para que sus calles sigan criando a esta estirpe de narradores orales y alojándolos en sus barcitos los fines de semana. Quizás sea el frío que baja de las sierras y te obliga a meterte para adentro, o el ritmo de este valle viejo al que se lo come el cemento, pero todavía regala el tiempo y el silencio necesarios para masticar las palabras antes de largarlas. En otra época y sobre otros ritmos, Tandil sigue pariendo Facundos Cabrales que, sin nada más que una base sencilla y la crudeza de su voz, eligen rendirle culto a la sagrada urgencia de decir algo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/amsE-cxibb7L-uglZGz86bdEkDM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/bajo_la_superficie_2.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Cualquier persona que conozca la historia del rap local podría debatir fácilmente un título con semejante ambición. Basta con remontarnos al hoy lejan...]]>
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                                <updated>2026-08-30T05:45:03+00:00</updated>
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            Déjelos farmear aura
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7NJP_QXkSS-HdvogGtHaOwDFrjo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/farmear_aura_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Estos jóvenes han nacido en una jaula de monitores. Han estirado sus raíces en un suelo abusado, cada vez más erosionado. Crecieron azotados por las constantes ráfagas de información pasajera e interacciones sin cuerpo. Sus hojas viven de captar luz azul y respirar aire sucio. Observe la tierra que les hemos dejado, busque algún grano de verdad, alguna semilla de esperanza. Este desierto es viejo como la radio, pero recuerdo que había más arbustos en mi tiempo adolescente. Todavía podíamos correr y escondernos a la sombra del futuro. Hoy no hay más que una duna interminable, arrastrada por la maldad del viento. La arena es finísima, idéntica, infinita.</p><p>Algunos han intentado encontrar la salida llegando al fondo de los tiktoks. Excavaron sin parar bajo lunas y soles, deslizando sin correr los ojos. Continuaron su descenso eterno, convencidos de la existencia de algún contenido final, de alguna puertita de salida. Penetraron en el reino de las sombras y las apariencias comiendo frutitos prohibidos comprados en el supermercado. Adolescieron, igual que usted y que yo, pero dígame si no había más arbustos en aquellos tiempos.</p><p>Deténgase a escuchar. La mitad de sus palabras son en inglés, claro, porque el mundo entero está a un scroll. Ya no hay más distancia que esa, ni más cercanía. Una lengua pisotea la otra porque comparten el mismo espacio. Un usuario se abalanza sobre otro porque muerde el ragebait. Otro piensa si vale la pena dar cringe y ser libre. Un troll revolea fake news. Mamá Gemini y papá Chat GPT mastican apurados la comida para regurgitarla en las bocas de sus miles de hijos. Todos los hijos están llorando al unísono, por hambre y por miedo. El resto no nos percatamos de ese coro apocalíptico, porque su llanto suena como carcajada y tiene forma de meme.</p><p>Los obligamos a mirarse en tercera persona y los largamos a navegar un mar de arena que no conocíamos. La mayoría regresó riendo y azotándose con un látigo. No es culpa de nadie, quizás de la evolución misma. Por supuesto que la juventud está perdida, como lo ha estado desde el principio de los tiempos, pero de eso se trata. Antes de horrorizarse, vuelva a mirar a su alrededor y pregúntese: ¿qué lugar le hemos dejado a los niños?</p><p>Estos jóvenes han nacido en una jaula de monitores; déjelos cultivar aura. En buena hora han elegido un intercambio de energía en persona, ocupando el mismo metro cuadrado del mundo real, usando la teatralidad del cuerpo para ganar algo de seguridad y algún impacto en el otro. Se están encontrando al aire libre mientras pasean sus cicatrices digitales, se están viendo a la cara. Han fabricado un espacio de encuentro en el mundo de la soledad, con las herramientas que tenían y las palabras que les quedaron. Podrían haber editado sus nombres y diseñado sus rostros. También podrían haber navegado lejos y solo regresar para saquear nuestras iglesias con el odio de los bastardos. O bien, podrían haber enfermado de muerte por la radiación de nuestra tecnología. La verdad es que tampoco nos hubiéramos enterado.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7NJP_QXkSS-HdvogGtHaOwDFrjo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/farmear_aura_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Estos jóvenes han nacido en una jaula de monitores. Han estirado sus raíces en un suelo abusado, cada vez más erosionado. Crecieron azotados por las c...]]>
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                                <updated>2026-08-23T07:45:02+00:00</updated>
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            De dónde vienen las ideas
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2Ay_T1bY6uHWLQfjv1FTaa1zL30=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/ideas.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Aquel interrogante interrumpió mi búsqueda de un nuevo tema para fabricar esta columna. Uno creería que los pensamientos tienden a sucederse unos a otros, saltando siempre de los más generales a los más específicos, en una especie de zoom in que se va profundizando hasta llegar a la idea definitiva. Sin embargo, son más las veces en que esto ocurre en el sentido contrario. He desistido entonces de sentarme frente al gran mapa de mi mente y elegir con el dedo una zona prometedora, para rodearle un perímetro de seguridad y detener allí alguna conclusión idónea. Ese mecanismo lo pueden emplear quienes han estudiado muchísimo y saben bien dónde vive cada idea. Yo, por mi parte, hace tiempo que no hago un censo de mis ciudades mentales. Se han formado barrios enteros donde antes había pajonal y jamás los he visitado. No me he formado lo suficiente para trazar mi propio mapa y darme el lujo de elegir las ideas que encuentro. Lo que intento es achicarme lo más posible y arrojarme directamente a esas calles de mi interior, como en el Street View de Google Maps. Ahí busco mis ideas, caminando a su misma altura. Sin jerarquías ni planes.</p><p>Cuando llego, empiezo por alejarme del centro, porque ahí no hay más que principios fundadores e ideas viejas que aspiran a convertirse en convicciones y se pasan los domingos en el museo de anécdotas. Nada nuevo, por supuesto. Camino en línea recta por los barrios de pensamientos laburantes, saludando vecinos y esquivando miedos jóvenes que buscan coronar, pero no son más que perejiles. Los miedos importantes viven en el centro y transan con las convicciones. A esos no los persigue la autocrítica. Yo saludo a la pasada y sigo. Nunca me freno a charlar. En parte porque ellos no saben que viven adentro mío y si se enteran corro el riesgo de volverme loco, pero también porque lo que me interesa es llegar al fondo, a las casitas marginales, donde la ciudad se hace pajonal. Ahí sobreviven las ideas nuevas.</p><p>Son ideas vagas, en su mayoría solitarias e irreducibles. Tal vez ni siquiera saben que son ideas. A veces son solo una imagen, un gusto o una opinión sin fundamentos. Otras veces se agrupan unas con otras que nada tienen que ver, formando asociaciones extrañas. Uno podría pensar que encontrar una idea (o tener una idea) es igual de instantáneo que prender un foquito. Sin embargo, en estos barrios que le digo no siempre llega la luz. Por eso es más como desatar un nudo. Cuando alguna idea llama mi atención, enseguida desconfío de ella, o bien, de mí. Le pregunto de dónde viene y por qué, de qué conocimientos se agarra, de qué lecturas o experiencias. Me pregunto si sé lo suficiente, si acaso ya lo pensaron antes y mejor, si sufro el sesgo de mis propios privilegios, por ser hombre, por ser blanco y segunda generación profesional. Le pregunto a quiénes quiere, a quiénes odia y a quién le teme.</p><p>Falsa modestia, podrá pensar usted. Clásico giro este de no tener ideas y entonces escribir sobre no tener ideas. El meta análisis infinito como salvavidas creativo, el zoom out que esbocé al principio. No espero ningún aplauso. Sí cabe mencionarle que he charlado con todas mis ideas marginales y, al no encontrar ninguna para llevarme conmigo, me senté ahí mismo, entre las casitas y el pajonal, y me quedé escribiendo. Una de las ideas se acercó y me propuso consultarle a mis seguidores de Instagram sobre qué temas les gustaría leer. Le hice caso y solté mi pregunta al valle digital. Mientras recogía las respuestas, vi cómo iban llegando inmigrantes las ideas de otros y se instalaban en mis suburbios. Me quedaron grandes para adoptarlas y convertirlas en temas propios, pero las menciono para compartir lo que la gente se pregunta y, tal vez de esa manera, ilustrar el lugar de donde vienen las ideas.</p><p>Así, mis calles se llenaron de inquietudes viajeras que se parecían a las mías, pero tenían otras caras: las consecuencias de los mandatos familiares; la convivencia con la traición; la ansiedad colectiva; la paz interna de la soledad; los artistas y sus formas de crear; de dónde nace una idea; el pasado, presente y futuro; las influencias; los portales que crean las canciones; los sueños; los objetivos; el sistema capitalista; el fenómeno de “ser feliz” como mandato; la modernidad líquida; la adicción al algoritmo; la mediocridad generalizada; la creciente importancia de la estética en el día a día y los hábitos.</p><p>El último era una pregunta: “¿Hay motivo para pensar que este no es el mejor momento de la historia para estar vivo?”. Al final, es cierto que no me llevé ninguna idea, pero tampoco dejé a ninguna de lado.</p><p>Por eso estas columnas siempre huelen un poco a pajonal y nunca a conclusión iluminada. Porque están hechas de temas reciclados, incrustadas con palabritas reutilizables y sin revocar. Igual que las casitas de donde vienen las ideas.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2Ay_T1bY6uHWLQfjv1FTaa1zL30=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/ideas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Aquel interrogante interrumpió mi búsqueda de un nuevo tema para fabricar esta columna. Uno creería que los pensamientos tienden a sucederse unos a ot...]]>
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                                <updated>2026-08-16T11:22:10+00:00</updated>
                <published>2026-08-16T05:45:00+00:00</published>
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            Manual de la eficiencia moderna
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XFrCt4GQCeNjHHgoA33sgi_pBDA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/manual_de_la_eficiencia_moderna.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Si usted es joven, vive en un país libre y tiene acceso a internet, ¡felicitaciones!, puede prepararse correctamente para el mundo venidero. Como todas las buenas opciones, es fácil, rápido y seguro. Incorpore estos tips profesionales para conseguir una vida de cinco estrellas al alcance de su mano.</p><p>La clave para lograr una consistencia sin contratiempos está en la reducción. Se debe recortar de la superficie cualquier brote que pueda desviar la trayectoria de la línea trazada. Reduzca la cantidad de nuevos conocidos y las horas de exposición a la calle. Ambas cosas son impredecibles y por tanto peligrosas. Despréndase de las posesiones sin valor. Descargue el contenido y recicle el papel. Venda todo lo posible. Por otro lado, triture sus pasiones y páselas por un tamiz hasta obtener un polvo incoloro. Repita este paso cuantas veces sea necesario hasta que el resultado no tenga ninguna impureza ni relieve. Luego, agregue unas gotas de madurez e integre hasta tener una pasta homogénea. Esa será su vocación.</p><p>Elija cuidadosamente sus lugares de esparcimiento, siempre de acuerdo a sus objetivos, y preste mucha atención a los posibles contactos. Las mejores oportunidades suelen presentarse en los espacios de ocio. De nada sirve perder el tiempo con vínculos ajenos a su marca personal.</p><p>Para manipular las nuevas relaciones, no olvide usar guantes y lentes de protección. Si un vínculo demanda más tiempo del que usted puede destinar, aplique un poco de ghosting preventivo. Recuerde que las explicaciones extensas requieren un gasto innecesario. El silencio, en cambio, es sustentable e higiénico. La vida social es conocida por ser un ingrediente útil para realzar algunos tintes de la rutina, pero su exceso puede truncar el desarrollo individual.</p><p>Entablar algún lazo romántico está bien, siempre y cuando los niveles de vulnerabilidad se mantengan aceptables. La pareja debe complementar el avance sin implicar un riesgo emocional demasiado alto. Es conveniente que los sentimientos del tipo amoroso recubran a los propios proyectos sin llegar a penetrarlos del todo.</p><p>Puede elegir alguna lucha a gusto, para sumar algo de sabor, pero la tapa siempre impedirá que el caldo se corte. Hay quienes prefieren el picante y atraviesan disputas ambientales y políticas; o bien puede usted optar por un dejo más suave como el del chimento. Encontrará una inmensa variedad de causas con las cuales comprometerse. En cualquier caso, procure mantener la indignación dentro de la olla para que no enchastre las demás hornallas.</p><p>Absténgase del fondo y sírvase únicamente de la espuma. Lea muchos titulares, saltee las introducciones y forme opiniones tajantes. La duda y la contemplación son lujos para los lentos; la certeza es el verdadero motor del éxito.</p><p>Consígase una IA de confianza y deléguele la tediosa tarea de formar ideas y organizar la rutina. Su cerebro es un recurso muy valioso; no lo sature con reflexiones improductivas o cronogramas propios. La máquina sabrá qué ideas tener y cómo descartar las tareas no rentables sin que a usted le tiemble el pulso.</p><p>Siga estos pasos al pie de la letra y verá cómo los márgenes de error se reducen a cero. Habrá logrado, por fin, blindar su vida contra la enfermedad de la ineficiencia. Admire su agenda sin fisuras, ni sorpresas. Gane la carrera. Disfrute de la cima. Es un lugar seguro, impecable y vacío.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XFrCt4GQCeNjHHgoA33sgi_pBDA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/manual_de_la_eficiencia_moderna.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Si usted es joven, vive en un país libre y tiene acceso a internet, ¡felicitaciones!, puede prepararse correctamente para el mundo venidero. Como toda...]]>
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                                <updated>2026-08-09T14:52:52+00:00</updated>
                <published>2026-08-09T08:30:00+00:00</published>
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            A los amigos no se los cuenta
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/PQ52kVmbmIIjWLXXkjDhXKkAOns=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/a_los_amigos_no_se_los_cuenta.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>He escrito sobre la incertidumbre y sobre los sueños, sobre la carne y sobre las pantallas, sobre la vida y sobre la muerte. Sin embargo, por algún motivo, jamás he escrito sobre la amistad. Tal vez porque mis amistades subyacen en el simple hecho de escribir, y entonces cada renglón puede tratar de cualquier cosa y aun así estar hablando de ellas. Tal vez, en otras palabras, porque he forjado esta identidad con partecitas de cada uno de mis amigos, los de ahora y los de algún momento. Me encuentro entonces con esta voz que ostento propia, pero les pertenece; con estas ideas que suenan mías, pero alguna vez se las habré escuchado. Cualquiera sea el motivo, llega un punto en que se vuelve inaceptable abusar de esta primera persona frente al lector sin siquiera nombrarlos, como si yo fuera un gran creador solitario, sentado en un altillo pensando frases en silencio. Lo cierto es que tengo buenos amigos, y ya.</p><p>Aunque es una realidad que cada año tengo más conocidos y menos amigos, intento apilar gratitud en el huequito que le dejaba al rencor. Es más liviana y ensucia menos. Un rapero sin nombre dijo una vez que “a los amigos no se los cuenta, aparecen cuando tienen que”. Cuando escuché ese verso por primera vez, no logré digerirlo del todo. Tuve que extirparlo del resto de la canción y disponerlo en la mesa de disección de mis reflexiones. En ese momento todavía era un chico y tenía muy bien contados a mis amigos. Íbamos de mi casa a la escuela, de la de otro amigo al club. Aún no se había prendido la centrífuga de la vida.</p><p>Así fue que, después de los giros, se separaron los componentes de esa mezcla azarosa que es la secundaria. Algunos quedamos por acá y otros por allá, sin dejar nunca de cambiar, pero todos hicimos lo que pudimos. Algunos se alejaron sin decir una palabra y otras veces fui yo el que se fue en silencio, guardándome los agradecimientos, ahorrándonos las despedidas. Con otros nos buscamos después de tantas vueltas y ya no nos reconocimos, y tuvimos que darnos la mano con el cariño de lo que fue, con la desilusión de quienes se descubren ajenos, cambiantes, para seguir cada uno con su ruta.</p><p>Con algunos compartimos horas negras y navegaron estoicos a mi lado bajo los huracanes del destino. Otros me lastimaron donde más duele, en la intimidad, en la confianza, aunque nunca me arrepentiría de haber bajado la guardia. Todos hicimos lo que pudimos. También ellos llevan una parte mía, también yo atesoro lo que me dejaron. Al final, atravesamos una por una las etapas y dejamos cosas en el pasado, pero la vida ha de ser todos los momentos a la vez. Han de valer por sí mismos los momentos que compartí con cada uno de mis amigos, aunque nos hayamos perdido, aunque hayamos cambiado, aunque no me recuerden.</p><p>Hoy no sobra ni falta ninguno. No tengo necesidad de llevar ninguna cuenta. Mis amigos han sido compañeros de viaje y también lugares donde llegar. Hay algunos que veo todas las semanas y con otros nos escribimos a la distancia. A todos nos arrastran los giros de la máquina, pero desarrollamos una amistad inalámbrica que no conoce de tiempos ni espacios. Si usted desease conocerme a mí y yo estuviera en otra parte, le recomendaría que se junte con mis amigos. Ahí usted me verá dibujado. En esos lugares, en esas charlas, en esos gestos, en esos valores, en esos gustos y en esas miradas. Si yo mismo olvidara algún día esta voz, este camino, esta historia, si el mareo de la centrífuga me desordenara los principios y el mundo se mostrara artificial, sé que veré en ellos mi reflejo más real.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/PQ52kVmbmIIjWLXXkjDhXKkAOns=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/a_los_amigos_no_se_los_cuenta.webp" class="type:primaryImage" /></figure>He escrito sobre la incertidumbre y sobre los sueños, sobre la carne y sobre las pantallas, sobre la vida y sobre la muerte. Sin embargo, por algún mo...]]>
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                <published>2026-08-02T06:00:00+00:00</published>
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            Lo que no sale en los titulares
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HhEADEc6DwDWXYa_suLbg4WOGSY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/lo_que_no_sale_en_los_titulares.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Todo empezó, como suelen empezar las cosas definitivas, por pura casualidad y descarte. Había una guitarra dando vueltas por la casa, un padre que le sacaba algo de folclore a las cuerdas y un pibe que cantaba encima. Cuando en la escuela aparecieron para promocionar el conservatorio, él, que ya andaba metiendo mano en la guitarra de forma autodidacta, levantó la mano. Pero a la hora de elegir instrumento, pegó el volantazo: eligió el piano a ciegas, por puro instinto, para no repetir lo que ya había en el living de su casa.</p><p>Así, a los diez años, arrancó una doble escolaridad. Mientras a la mañana cursaba las materias de cualquier adolescente, a la tarde se encerraba a incorporar la teoría musical, los pentagramas y la rigidez de la academia. Fue un adiestramiento largo y sistemático, seis años de formación básica pura y dura, el esqueleto necesario para poder sostener, años más tarde, el peso de la calle.</p><p>Estaba aún en la secundaria cuando fundó su primera banda, bautizada con el nombre Cocodrilo. Junto a Agus Román y los hermanos Ekeroth, el grupo juvenil recorrió los escenarios de Tandil desplegando un repertorio que incluía desde covers de rock hasta canciones de cuarteto. Ensayaban y guardaban los instrumentos en una salita improvisada adentro de un galpón, donde se preparaban para sus presentaciones más rentables: los cumpleaños de quince. Con el tiempo Cocodrilo se disolvería, pero esos jóvenes músicos siguieron sus caminos hasta integrar otras bandas locales como Fisión y Los Tapitas.</p><p>Luego de aquella primera banda, el muchacho dedicó el tiempo necesario a la exigencia del conservatorio para poder aprobar los exámenes de piano. Siendo ya un estudiante avanzado, participó como invitado en numerosos ensambles musicales que proponía su otra institución: la escuela secundaria. Pero no integró aquellas formaciones tocando el piano, ni tampoco la guitarra, sino que decidió probar el bajo. El intercambio entre la escuela y el conservatorio le permitió ampliar no solo la variedad de instrumentos que tocaba, sino también la red de músicos y profesores que iba conociendo en el camino.</p><p>Así fue que meses más tarde, en la feria de Semana Santa, se detuvo a escuchar una banda que lo cautivó por completo. Reconoció en esa formación a un chico que conocía de la escuela y se acercó después del show a decirle lo bien que había sonado. Aquel grupo era una murga de estilo uruguayo. El muchacho le confesó a su conocido de la escuela que, si alguna vez había una vacante, le encantaría formar parte.</p><p>La vacante se abrió y llegó la invitación, que fue aceptada sin dudar. Muchos años estuvo nuestro muchacho en la murga, ensayando los martes y jueves de cada semana, desde las diez hasta las doce de la noche. Cómo brillan los ojos del muchacho cuando recuerda la diversión de los ensayos nocturnos y multitudinarios.</p><p>En paralelo a la murga, el muchacho integraría también otra banda, porque para algunas personas nunca son suficientes los escenarios ni las horas de ensayo. Fue invitado por Luis Tangorra, que había sido profesor de su escuela y se estaba encargando de armarla. Aceptó, pero esta vez sí pidió ser él quien tocara el piano, su instrumento predilecto. La banda se llamó Tremendo Bembé y durante mucho tiempo empaparon los rincones de Tandil de música afrocubana. En esos cinco o seis años de presentaciones, la formación fue cambiando y, en una de esas reinvenciones, el muchacho acabó tocando junto a su propia prima.</p><p>Movido por esos ritmos afrodescendientes, tanto de la murga como de Tremendo Bembé, este muchacho se vio atravesado por la magia de la percusión. Comenzó, en aquel entonces, a asistir a las reuniones de un grupo de personas que tocaban juntas los tambores, a modo de comparsa. El muchacho se acercaba los sábados a la Estación de Trenes y también él tocaba los tambores. Cómo brillan los ojos del muchacho cuando me explica la conexión primitiva con esos sonidos, con esa comunidad. Aquel lugar recibiría luego el nombre de Candombe del Encuentro.</p><p>De esta manera se combinaban en la rutina del muchacho, durante aquellos años, la murga, Tremendo Bembé y el Candombe del Encuentro. Eran una, dos o tres presentaciones por fin de semana. Cómo brillan sus ojos cuando me cuenta sobre aquellos sábados en los que un show se superponía con otro y debía salir corriendo de un bar al otro, con los instrumentos en mano, con el apuro de los sueños, con el combustible de la pasión.</p><p>Cuando llegó la pandemia se apagaron las calles, pero floreció la música en su cuarto. Un cancionero perdido con treinta canciones de folclore, escrito a mano, letra y melodía, sin grabar. Después, Agosto Almendro: una nueva banda, esta vez formada y dirigida por el propio muchacho, que tocaba canciones compuestas por él mismo. Reunió a seis personas de enorme talento, entre compañeros de la murga y de sus bandas anteriores, en fin, de la interminable rueda cultural. Entre ellas, Anita Esnaola, con quien ya había compartido antes en Candombe del Encuentro, con quien creó proyectos personales y con quien, tiempo más tarde, daría forma a La Mamba. Durante sus meses en actividad, Agosto Almendro se presentó en La Vieja Romería, La Cautiva (actual Arte y Parte), Sicilia, La Pacha (actual Gluck), entre otros.</p><p>Asistió luego a un evento musical en la plaza del centro, de esos que ya no se hacen. Acá pareciera repetirse la historia de la murga: se detiene a escuchar, lo cautiva la música que tocan, se acerca después del show a expresar esa admiración y recibe una invitación. Esta vez, la invitación fue para tocar una sola canción. Sin embargo, al reunirse a ensayar, la conexión fluyó con una naturalidad inesperada, por lo que terminó sumándose a todo el repertorio. Esa banda se llamó Agua Panela y, como si el tiempo fuera solo un número, tocaron juntos otros tres años.</p><p>A partir de Agua Panela se desprendió un trío llamado Tres Bembé. Esta reducción en la formación tenía un fin económico, por la simple razón que tres músicos cobran más que ocho. Aquí el muchacho, Nico y Belén conseguían contrataciones en eventos privados y se asomaban apenas al acantilado del negocio. Estos bichos raros, los artistas, respiran por amor al arte, pero también deben pagar la comida con billetes. El trío consiguió después una productora que organizaba sus fechas, por lo que ellos debían ir y tocar. Así llegaron a presentarse fuera de Tandil, en escenarios costeros de Reta y Claromecó. Mientras Nico hacía la percusión y Belén cantaba, el muchacho tocaba el piano y el contrabajo al mismo tiempo.</p><p>Recién entonces empezaría a gestarse La Mamba, junto a Anita Esnaola. Con la idea original de armar una banda de rap con identidad latina, el muchacho y Anita fueron reuniendo uno por uno a los integrantes, un proceso que lo llevaría a encontrarse, inevitablemente, con más de un conocido. Reclutaron primero a Shaly, con quien había también tocado antes en la murga. Luego, en un evento organizado por El Choco en La Movediza, encontraron a su bajista: Tincho. En realidad no lo encontraron, porque el muchacho ya había compartido con él mucho tiempo antes.</p><p>Con Tincho habían hecho la música para los musicales -o concerts- del colegio Santo Domingo, otra de las salidas laborales que el muchacho había encontrado a lo largo de su interminable trayectoria. Aquella banda de oficio había estado formada por Juan Schang, Pablo Suarez, Tincho y el muchacho. También tocaron en los musicales de un instituto privado de inglés y, en otra ocasión, el muchacho diseñó y grabó la música de una obra de teatro llamada Esa me la sé, en la cual reversionó canciones de María Elena Walsh.</p><p>Volviendo a la historia de La Mamba, con Anita, el muchacho, Shaly y Tincho adentro, el esqueleto de la banda ya cobraba forma. Sumarían luego los vientos, a Giova en la batería y otras piezas que terminarían de completar el frondoso grupo. Cómo brillan los ojos del muchacho cuando me detalla el proceso creativo de una banda tan numerosa, las ideas colectivas, la conexión entre los distintos instrumentistas, el intercambio constante. Brillan aún más cuando me cuenta que hace poco publicaron un disco con La Mamba.</p><p>Anita le contó un día al muchacho que había escuchado en el Ferrock a una artista que le había gustado mucho. El muchacho, por supuesto, buscó en Instagram a dicha artista y comenzó a seguirla. Era July James. Al cabo de unos días vio una historia de ella cantando a capela y decidió responderle elogiando su voz. Ella le agradeció y le comentó, en una de esas casualidades artísticas, que estaba en busca de un tecladista para su banda. Sin embargo, la banda ya tenía un tecladista, Lucas, por lo que ambos se complementaron. Cuando Lucas tocaba el Rhodes, el muchacho tocaba el Hammond, y viceversa.</p><p>A sus treinta y cinco años, luego de veinticinco de recorrido, el muchacho decide lanzar su proyecto solista, con el nombre artístico de Gamma Mood. Cómo brillan mis ojos cuando pienso en la constancia de los sueños, en la capacidad de reinventarse, en lo incansable de la pasión. Grabó canciones en su cuarto y las terminó de producir en el estudio de Juan Polito, además de trabajar minuciosamente los videoclips de cada proyecto.</p><p>Cabe agregar, fuera de la cronología, que el muchacho ha tocado con Ro Sosa, con la banda de Próspero, en una banda de cumbia para un cumpleaños de sesenta, con Niño Neo en la obra Apocalipsis Siglo XXI y también improvisa la música en vivo para el elenco teatral de Proyecto Mondo.</p><p>Finalmente, con una sobrecalificación musical y la debida preparación pedagógica, el muchacho se convirtió en profesor de música de la escuela secundaria. Hace trece años da clases en Técnica 5 y hace diez en el colegio San José. Cómo brillan sus ojos cuando me explica que sería imposible transmitir la música a sus alumnos si hubiera dejado de recorrer los bares y escenarios. Me dice que no hace falta resignar los proyectos personales para convertirse en profesor, que una cosa es fundamental para la otra.</p><p>El muchacho se llama Gastón Valdez. Yo pienso cuántos flyers habrá compartido, a cuántos eventos habrá asistido y difundido, cuántas bandas habrá integrado, cuántas tardes habrá ensayado, cuántas noches habrá cargado el teclado en su espalda y se habrá parado en un escenario para ofrecerse a su público, para que su público lo vea y lo escuche.</p><p>Pienso en cómo el trabajo silencioso de veinticinco años es invisible, hasta que un episodio de violencia repentina y repudiable te convierte en carne mediática. Cómo la sangre te da en una mañana la visibilidad que te negaron los años de escenarios, reduciendo toda una vida de acordes y esfuerzo al titular anónimo de 'profesor agredido'.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HhEADEc6DwDWXYa_suLbg4WOGSY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/lo_que_no_sale_en_los_titulares.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Todo empezó, como suelen empezar las cosas definitivas, por pura casualidad y descarte. Había una guitarra dando vueltas por la casa, un padre que le...]]>
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                                <updated>2026-07-26T06:30:02+00:00</updated>
                <published>2026-07-26T06:30:00+00:00</published>
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            Física y palo santo
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7mEvbcBMy3mdDgZcCy8pDOeQnnE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/imagenes_festejos_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Finalmente, todo se resume a una esfera muda que decidirá por sí misma cruzar o no cruzar una línea. Es la joven y seductora Trionda, que nació en México, pero vive en Nueva York porque ama el espectáculo. Coquetea con los jugadores como si los conociera, pero nada sabe de ellos, que la persiguen y se pelean por quién la toca mejor. Quizás la confunden con alguna querida pelota del pasado, porque son parecidas y rebotan igual. Tal vez creen que es la misma que usaron en los potreros del baby, y asumen que será igual de noble e inocente. Pero esta no guarda ningún recuerdo, ninguna compasión y, al final, tomará sus propias decisiones. Bailará esta tarde y nunca más; y aun así, nadie podrá olvidarla.</p><p>Sería imposible para la pelota tomar la decisión de cruzar o no cruzar la línea habiendo contemplado antes la soledad de los vestuarios y el peso asfixiante del merecimiento. Cómo podría moverse luego de mojar sus gajos sintéticos en las lagunas de sudor que estas veintidós personas han regado, gota por gota, ayer y hoy. Esta tarde y todas las tardes, bajo las luces inmensas de este estadio y en el patio de tierra de sus casas. Gotas que han sido también lágrimas de frustración, de incertidumbre, de vergüenza; de niños encerrados en pensiones con sueños mucho más pesados que ellos. Gotas minúsculas que han formado lagunas por los años de constancia. Cómo podría la pelota, conociendo el barro de estas orillas, tomar la decisión de cruzar o no cruzar la línea para convertir a once en ganadores y a otros once en perdedores. A unos en héroes y a otros en villanos. Es mejor que no sepa nada y solo ruede.</p><p>La Trionda tampoco respeta la superstición. Desconoce los rezos, ignora las cábalas y es incapaz de oler el palo santo o escuchar los gritos de las tribunas. No ha visto nunca un altar improvisado a los pies del televisor ni las lágrimas de un hincha. Para ella, nuestra liturgia es invisible; solo existe la inercia, la física y el rebote. No comprende que un centímetro de su trayectoria azarosa tiene el poder de paralizar las avenidas o desatar los abrazos entre desconocidos.</p><p>Quizás, al contemplar la total indiferencia de este objeto geométrico, podamos por fin salir de la jaula del exitismo. De esa máquina trituradora y voraz, que solo valida al que levanta la copa. Si todo el andamiaje del destino se reduce, en última instancia, al capricho de una pelota sin memoria, deberíamos aprender a indultar a quienes quedan en el camino. Bilardo dijo, con razón, que del segundo no se acuerda nadie; pero Scaloni desarma la épica y le pregunta a los periodistas, aún luego de la gloria absoluta y la catarata de elogios, ¿Y si la pelota no entraba y perdíamos? Yo digo que, casi siempre, como es el fútbol es la vida. A veces alguien la mete sin saber cómo, a veces uno hace todo y la pelota se escapa.</p><p>Sospecho que la derrota es apenas otro de los nombres de la victoria; el reverso exacto del mismo éxito. Que la Trionda tome sus decisiones y caiga donde tenga que caer. La verdadera grandeza de estas personas ya sucedió mucho antes de que empiece a rodar.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7mEvbcBMy3mdDgZcCy8pDOeQnnE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/imagenes_festejos_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Finalmente, todo se resume a una esfera muda que decidirá por sí misma cruzar o no cruzar una línea. Es la joven y seductora Trionda, que nació en Méx...]]>
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                                <updated>2026-07-21T13:57:40+00:00</updated>
                <published>2026-07-19T09:15:00+00:00</published>
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            Resurrección binaria: Dios en el casino
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/resurreccion-binaria-dios-en-el-casino">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-ilXzykvfUstHqFuKYIkerYWAu8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/bajo_la_superficie_100726.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Cuántas toneladas de atención pesarán sobre la pantalla justo antes de la pausa de hidratación. Invento nuevo, claro. Cuántas miradas, cuánta emoción proyectada sobre el distorsionado espejo de píxeles. Invento nuevo la triple pausa, la hidratación es vieja, igual que el diablo y la publicidad. Con qué sutileza, con qué retórica maquiavélica los porteros del infierno abren las puertas para dejar salir los vapores de la tentación. Qué excelsa arquitectura ostenta el circo del sistema.</p><p>“Acá se juega con pelotas”, dice el ídolo argentino en el primer comercial. Pero ese no es él. Es un fantasma digital de una rigidez siniestra, un cadáver articulado por algoritmos que nos habla desde el más allá para promocionar un casino virtual. Empresas con nombres en inglés, con traducciones luciferinas como guerrero o hijo de la apuesta. Pero ese no es él. Ya no hay alma en esa mirada, es una máscara programada con la frialdad de una marioneta. Tiene los ojos vacíos; un abismo pixelado donde antes había barro, potrero y rebeldía. El rostro de juventud inverosímil en alta definición, el efecto blanco y negro para imitar un tiempo que no pasó, el diseño de audio para imitar palabras que nunca se dijeron. Es la más pura nigromancia posmoderna: el mercado resucitando a nuestros muertos ilustres no para mantener viva la memoria, sino para obligarlos a seguir facturando desde la tumba. El día que el fantasma digital de Messi, dentro de cincuenta años, irrumpa en una pantalla para promocionar un vaper de strawberry ice, recién ahí terminaremos de entender la magnitud del artificio. Con qué sutileza se abren las puertas del infierno.</p><p>Si hace poco hablábamos del PBI simbólico, de esa riqueza incalculable sostenida por operarios sin sueldo que entregan cultura en efectivo; este es su reverso exacto, su contracara más perversa. Es lo contrario a un circuito independiente generando refugio o comunidad; acá es el sistema apropiándose de esa inmensa fortuna simbólica que dejó un muerto para licuarla y transformarla, de forma violenta, en capital material. El ídolo, en vida, construyó un patrimonio de prestigio a fuerza de tobillos infiltrados y gloria, un amor incondicional que las planillas financieras jamás pudieron codificar. Y es exactamente esa ilusión popular, esa lealtad inquebrantable, la que hoy es secuestrada por el código binario y devuelta al pueblo en forma de propaganda. Le expropian la identidad al mito para que la banca siga cobrando, traficando con la fe de aquellos que alguna vez buscaron un faro en esa figura.</p><p>Resulta de una ironía macabra, casi poética. Aquella mano divina, la que alguna vez se suspendió en el aire para robarle al imperio y hacer justicia patriota, hoy le ofrece el vicio en bandeja a su propio pueblo. Han invertido el milagro: el sistema codificó la rebeldía y la giró a su favor. La mano de Dios ha sido desenterrada y poseída por la mano invisible del mercado, o quizás, del propio maligno.</p><p>Y del otro lado de la profanación, está el que apuesta: el verdadero sostén de esta maquinaria macabra. Hundido en la soledad de su propio valle digital, no sabe si busca un milagro o simple entretenimiento. La trampa ha sido perfeccionada, ya no hacen falta inmensos casinos sin ventanas ni relojes para perder la noción del mundo. El celular, ese rectángulo omnipotente, encierra la misma oscuridad y promete un atajo luminoso para escapar de la guillotina financiera. Es la ilusión de un golpe de suerte dentro de una vida precarizada, camuflada en el sueño de salir de abajo y conseguirlo todo. Es un salvavidas de plomo disfrazado de chance, disfrazado a su vez de Maradona. Allá está la pieza fundamental de los circuitos infernales, deslizando el dedo en silencio, apostando la plata que no tiene a un resultado que no puede cambiar, convencido por la voz dislocada de un ídolo que ya no existe. Así se consuma el despojo: apretando un botón en la oscuridad de la pantalla, para recibir a cambio, una vez más, poco más que el eco de su propio vacío.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-ilXzykvfUstHqFuKYIkerYWAu8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/bajo_la_superficie_100726.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Cuántas toneladas de atención pesarán sobre la pantalla justo antes de la pausa de hidratación. Invento nuevo, claro. Cuántas miradas, cuánta emoción...]]>
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                                <updated>2026-07-16T19:30:05+00:00</updated>
                <published>2026-07-12T05:15:37+00:00</published>
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            El PBI simbólico: operarios sin sueldo
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                <![CDATA[El Eco de Tandil]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/NLJCI1ExwAVO61n6vdRqyoreNbw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/bajo_la_superficie.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>El capital simbólico es un concepto desarrollado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu. Se refiere al prestigio, la reputación y el reconocimiento que una persona o institución obtiene en un contexto social determinado. A diferencia del capital económico o cultural, el capital simbólico se construye sobre la base de percepciones sociales, es decir, depende de que otros reconozcan y valoren ciertos atributos como legítimos y valiosos.</p><p>(Instituto Soulmaya)</p><p>De más está decir que el capital simbólico no puede pagar la comida, ni el alquiler, ni la ropa. Por eso hay tantos inútiles acaudalados y genios con hambre. Así y todo, más vale criticar al juego y no al jugador. No será este el llanto de un artista frente a la injusticia del dinero. Cualquiera que integre el circuito de arte independiente tiene claro que el capital material se está repartiendo en otro lado. Los economistas se agarrarían la cabeza al analizar la renta de un ciclo de poesía o un evento de rap. Teclearían con ceño anonadado frente a una planilla de Excel (que ni siquiera suele existir), intentando resolver con números un negocio hecho de convicciones. Cómo explicarle a esos economistas que, a pesar de todos los costos operativos, incluyendo la sala, el sonido, la iluminación, el diseño y la impresión de un flyer y los operadores; la entrada será totalmente gratuita.</p><p>¿Por qué motivo estas personas se autoemplean en un trabajo sin sueldo, que encima requiere gastar del propio bolsillo? He aquí la pregunta que intentaré iluminar en términos financieros para que puedan entenderla ellos. A usted, artista, no hace falta que le describa nuestra fortuna.</p><p>Pero cómo, con qué palabras, podría retratar lo que siente el intérprete encerrado en el bañito del bar, que hace las veces de camarín, minutos antes de salir al escenario. Cómo ilustrar la disputa de emociones que devuelve el espejo, esa mirada que se debate entre las ganas y el miedo, entre la pasión y la vergüenza. Afuera lo esperan quince personas, pero no empezará el show hasta que lleguen su mamá y su papá, que están en camino. Es una ansiedad infantil, un miedo, una fascinación. Es un baño, es un bar, son quince personas. Es mucho laburo. Es gratuito. Es gente grande, che…</p><p>Pero también es la tarima que decoró hace un rato y su mejor ropa, que dejó separada la noche anterior. Es el trapito húmedo que le pasó a las zapatillas hace un rato. Es el flyer que subió a sus redes varias veces, superando el pudor que implica gritar en el valle digital “¡voy a estar ahí, haciendo lo que hago, si pueden vayan!” y recibiendo poco más que el eco de sus propios gritos. Es cada uno de los quince que están afuera, que también eligieron su ropa y se acercaron al bar a prestar sus oídos. Es su hermano, hace siete años, cuando lo llevó a ese centro cultural a escuchar por primera vez a un rapero local, que también estuvo antes en un bañito, respirando hondo, entre la pasión y la vergüenza. Y no pudo ver mucho ese día, porque aún no había pegado el estirón, pero vio cómo las personas de adelante movían la cabeza, aplaudían y se abrazaban; y supo que la magia estaba en el aire cuando descubrió en su propio brazo una piel de gallina que no conocía. Siete años pasaron y es ese mismo rapero de aquel centro cultural quien hoy lo ayudó a decorar la tarima. ¿Empieza a distinguir la rueda? Es por eso que trabajan estas personas, para que no deje de girar. Nada más, ni nada menos. Son los sueños y el trabajo, la ilusión y el esfuerzo; es el arte y la vida. ¿Y de la plata? Por ahora ni rastro, ni del lado de las causas, ni de las consecuencias.</p><p>Suite Soprano diría “no me llamen artista, soy un operario”. Frené un momento y escuché cómo chirría la máquina cultural de su ciudad. En cada uno de esos operarios sin sueldo se sostiene el PBI simbólico de Tandil. En los espacios que generan y promocionan sobrevive un intercambio mucho más complejo y necesario que el material. Aun cuando las redes sociales intentan convertirse en una especie de criptomoneda de prestigio, los millonarios simbólicos caminan o pedalean entre nosotros, dando arte en efectivo, manteniendo vivo el mercado local. No es este el llanto de un artista frente a la injusticia del dinero, sino todo lo contrario: es una declaración de riqueza.</p><p>El mismo día que me decidí a escribir sobre el capital simbólico local, le mandé un mensaje a Suave Digger, porque ambas cosas son un poco significante y significado. Debo reconocer que probé muchas formas de presentar a este artista en un párrafo con estilo de BIO, pero todas parecían limitarlo. Dejaré que usted investigue a Suave Digger por su propia cuenta y solo diré que es uno de los principales productores de capital simbólico en Tandil y, por lo tanto, un incansable operario del arte. Le envié el borrador de mi columna y recibí la respuesta en una sola frase sin puntos. Sentí, por supuesto, la pulsión automática de meter el bisturí y domesticar el texto para que no incomode en el diario. Pero intervenir su cadencia sería ahogar una prosa tan única que a cualquier autor le tomaría la vida entera imitar. Por eso, doy un paso al costado y dejo a modo de cierre el mensaje completo, tal como lo recibí esa misma madrugada. Después de todo, WhatsApp es la nueva correspondencia; esto es el nuevo género epistolar:</p><p>Nacho amigo, primero que nada, buenas noches, quiero agradecerte por pensar en mí y el reconocimiento, aprecio mucho la oportunidad, considero que ocupás con la suficiente responsabilidad y altura el espacio en el medio, realmente estoy muy contento de dejar mi aporte en un tema tan importante para quienes habitamos la vida como artistas, en pos de contextualizar: debo hablar puntualmente del Hip Hop, que es la manera de transitar el mundo, si me preguntás del movimiento, los ciclos de eventos, me parece de suma importancia en tiempos como hoy crear comunidades, compartir respeto, generar unión, escuchando, mirando a los ojos al otro cuando habla de las cosas que lo apasionan, generar oportunidades entre nosotros, hoy en Tandil, hablando de Hip Hop, ¿quién va a hacerlo si no somos nosotros? Es de público conocimiento que no es rentable que una presentación de un artista sea más costosa que la propia recaudación, así como también es cierto que entre los artistas y productores hay algo más que esa planilla de números en positivo, yo recupero fe en cada que veo a alguien feliz en un evento, sea artista, alguien del público, alguien ajeno a la cultura, me imagino a mi yo de 15 años saliendo de un encuentro de Hip Hop con ganas de activar, decir lo que pienso y que sea uno de los pocos lugares seguros en mi vida entera, realmente, no tiene sentido pensar en los costos (para un economista seguro) sabiendo lo enriquecedor que es para cada unx de lxs asistentes, por eso mismo, intento que el acceso económico no determine a quien pueda formar parte, costear un evento de rap nacional (que es la búsqueda) no siempre es un modelo sostenible, pero tampoco puedo hacer que un pibe no pueda ser parte porque no tiene 10 lucas, creo que cualquier productor o persona que decida llevar a cabo un evento cultural es consciente de eso, hasta acá es mi aporte, sinceramente estoy cansado amigo podría súper abordar montón de conceptos sobre Hip Hop pero también considero que hacerlo en persona será más nutritivo, gracias.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/NLJCI1ExwAVO61n6vdRqyoreNbw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/bajo_la_superficie.webp" class="type:primaryImage" /></figure>El capital simbólico es un concepto desarrollado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu. Se refiere al prestigio, la reputación y el reconocimiento...]]>
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                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-07-09T19:30:05+00:00</updated>
                <published>2026-07-05T11:35:49+00:00</published>
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            Mosaico
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Wi_zH9jP5yUBLRlAtnCFDsP5Ojo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/buho_noche_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Los hijos de mamá Geminicrecen entre algodonesy llevan siempre razónmamá Gemini mimaa sus hijos milescon la leche tibiade sus pechos amables</p><p>¡Excelente observación!¡Es una obra maestra!</p><p>los hijos no exitosos del éxitolloran en código binariosi fuera este el último de sus díashallarían tiempo para píxeles</p><p>como la niña que apila recuerdosen gigas y gigasde nubepobre acumuladora digitalhojea apunteslevanta cada tantosus ojos a la ventanadetrás del vidrio fríola noche púrpuraun fresnoun tilocables</p><p>quiere apagarlo todolavar su carasus dientesliberarsedel corpiñoterminar el día</p><p>daría entera su vidaen cualquier esquinapor los gigas que atesora</p><p>y qué opaca la suertede quien se consagra víctimaen tiempos de coparecibir el diplomasin cobertura ni cartelesyo que almorcé piensopan y circopero me acomodo en mi butacay muerdo el pan que me toca</p><p>así como Germán hundiósus náuticos en aire puroesa tarde en que la gravedaddecidió empujar el doble</p><p>incluso a pesar de ser élun tipo delgadodesabridocomo quien dicerodeado solo de airesu peso aumentócomo si cargara aúnsueños en el bolsillo</p><p>había ocupado cada añomenos espaciopodía inclusoguardarse en un monederodormía inclusoen su propia mesa de luzfantaseaba inclusocon la grandeza</p><p>tardó tantoen caer quea la baldosaque lo esperabano llegó nada</p><p>…</p><p>luego de unos segundosmi vista dilatada habitó la oscuridadel negro sólido omnipresentereveló profundidad sin sombrasuna llanura infinitadel césped más uniformeni un relieve; ni un arbustosolo pasto y cieloen todas las direccionesni una loma; ni un pozosuelo impoluto nivelado y cielo negroni una brisa; ni una luzreconocí enseguida aquel lugarera un sueño febrilde mi infanciame acosté en el pastola prolija alfombra crujiófrente al peso de mi nucarecordé un versola poesía es encontrarle forma a las nubesaquí no haypoesíala poesía sonesos segundos que uno tardaen romper el envoltorio de un regaloadentro no hay nadala poesía es más bienel colorido envoltorio</p><p>aquí no hay nubespero tampoco estrellases el cielo más hermosoque alguna vez vieron mis ojostan negro que por momentoses azul violetacasi me entrego al sueñopero distinguí al búhoa unos metros o millas quizássus ojos como platos parecían serla única luz en todo el llanome seguía a todos ladosdado que allí no había lunayo le dejaba los restos de mis ideasél, a cambio, daba alerta cuando me acechabanpara que retomara mi marchadijo</p><p>anochece yalas armas pesanbebamos hoyel vino saladonarremos en rondaviejas historiasque no volveráncelebremos futurosque llegarán jamásriamos de los tajos y la salmañana cuando se nubleseré el primero en levantar mis alasel primero en olvidarlas historias que contéen arruinarlos futuros que soñépara morir en la llanuracon los ojos abiertos.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Wi_zH9jP5yUBLRlAtnCFDsP5Ojo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/buho_noche_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Los hijos de mamá Geminicrecen entre algodonesy llevan siempre razónmamá Gemini mimaa sus hijos milescon la leche tibiade sus pechos amables¡Excelente...]]>
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                                <updated>2026-07-03T17:40:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-28T04:00:00+00:00</published>
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            Un faro en la niebla
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/MzB0dWYJK1Q2sXAo44cKQ_mR-5o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/un_faro_en_la_niebla.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Cómo no empezar deseándole un feliz día a René Descartes, padre de la filosofía moderna. También a Sigmund, que fue tan juzgado por su hijo, el psicoanálisis, y al pobre Galileo, a quien su pequeña astronomía lo llevó al arresto domiciliario. Por supuesto a Nicolás Maquiavelo, que le dio una buena educación a la ciencia política, aunque después ella haya hecho sus propios caminos. Al igual que hace los suyos la hija de San Martín. Si usted viera con qué cara lo miran al señor Oppenheimer en la reunión de padres. Nadie quiere sentarse cerca de él, excepto el viejo Darwin, que tiene una hija muy rara, pero se lleva bien con todos. Y cuánto habré escrito sobre la revoltosa hija de Alan Turing, sin detenerme nunca a hablar de él.</p><p>¡Pero qué holgado les queda el título de padre a estos grandes nombres! La historia es demasiado compasiva con aquellos que engendran conceptos. Habrán sido creadores, artífices o fundadores, pero sobre lo de padres tengo algunas dudas. Sus hijos no lloraron a gritos, ni los cuestionaron. Lo digo yo, que lloré mucho a gritos y cuestioné a mis padres. Los Descartes, los Maquiavelo, los Freud... todos ellos la sacaron baratísima. Fueron padres de la tinta, del papel, de lo abstracto. Nunca tuvieron que lidiar con la pesadilla terrenal de criar a una persona que respira, que adolece, que exige y que, tarde o temprano, los va a sentar en el banco de los acusados para cobrarles cada error. Sospecho que la verdadera paternidad no es un acto de iluminación, sino un trabajo diario. Es el mayor título que ostentan los hombres de a pie. Sin estatuas de bronce ni manuales de instrucciones, haciendo malabares para intentar no arruinarle la vida a alguien.</p><p>¡Qué sorpresa me llevé el día que descubrí que mi papá no era el hombre más fuerte del mundo! ¡Qué extraño me pareció ese mundo cuando supe de monstruos más poderosos que él, cuando encontré rincones donde no podía llegar! Imagine mi analfabetismo emocional —¡Privilegiado yo!— cuando conocí a los Niños Sin Padre de los que hablaba Shinovi Sambrailo. ¿Qué iba a saber yo? Que podría sentarme ante el tribunal de todos los hijos del mundo para alegar de manera irrefutable que mi viejo es el mejor; que si le dedicase estas líneas tendría que ocupar el diario entero. Pero esos Niños Sin Padre me enseñaron que lo mismo que unos aprendemos por referencia, otros lo aprenden por oposición. En uno de esos reveses mágicos de la vida, del abandono puede crecer la más pura empatía. Por supuesto, querido lector, he visto a esos Niños Sin Padre convertirse en padres extraordinarios. Yo pienso, ¡enseñanzas, al fin!, y otras cosas trilladas como «un padre siempre será un padre»… aunque los hay de sangre y de corazón, como los hay buenos y malos. Algunos son un faro entre la niebla y otros son la niebla misma; y en la oscuridad, con el mar en los tobillos, caminan esos Niños y solos deben aprender a esquivar (o chocarse) las piedras. Pero en algún momento, el rayo de luz aparece, porque el faro sigue ahí y necesita solamente de alguien que lo maneje. Tal vez tiene otro apellido. Algunas veces, es uno mismo. En cualquier caso: ¡Feliz día!</p><p>El tercer domingo de junio, festeje a su faro. Brinde por el que le mantiene la luz prendida en la neblina. Lo digo y no puedo evitar pensar en el mío, a quien tantas veces fui a buscar nadando en corrientes de miedo, con la angustia de la vergüenza en los pulmones; y volví a la costa liviano, seguro de mí mismo. Mi viejo, que no se hizo nunca a un lado de la huella, ni aunque vinieran degollando; y me recordó siempre que, más que el sable y la lanza, suele servir la confianza que el hombre tiene en sí mismo. ¡Qué sorpresa me llevé cuando entendí que él también estaba aprendiendo a ser padre, aun cuando todas las respuestas del mundo parecían anidar en su expresión tranquila! Frente a semejante hazaña silenciosa, ¡cuánto podrían importarme los padres de la patria, de las ciencias, de las bombas!</p><p>Sé que usted me comprende, lector: si una lágrima pasajera asoma antes de terminar el párrafo, son las memorias y agradecimientos que algún día escribiré. Por hoy solo intente levantar la vista de la orilla, de las piedras, para reconocer al que ha estado parado firme entre la tormenta, iluminando sus pasos.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/MzB0dWYJK1Q2sXAo44cKQ_mR-5o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/un_faro_en_la_niebla.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Cómo no empezar deseándole un feliz día a René Descartes, padre de la filosofía moderna. También a Sigmund, que fue tan juzgado por su hijo, el psicoa...]]>
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                                <updated>2026-06-21T13:10:03+00:00</updated>
                <published>2026-06-21T11:36:38+00:00</published>
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            Algo hay que decir
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        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/algo-hay-que-decir" type="text/html" title="Algo hay que decir" />
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2CdhYGLfgWEk_rYaqBmaXG7ROFk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/algo_hay_que_decir.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Ya en la escuela aprendemos a aseverar cosas que no dominamos. Los niños uniformados se amontonan alrededor de la puerta del salón mientras revolotean murmullos y hojas pintadas con resaltador amarillo. Alumnos con anteojos se esconden sus propios apuntes y miran fijo al horizonte con ojos desenfocados para probar la memoria y recitar lo estudiado. El recreo previo a la prueba es una cuenta regresiva. Los tributos forman fila para entrar ordenados a las fauces del sistema. Lustran y afilan su arsenal de conceptos, recuentan su carcaj de fechas y ordenan su repertorio de mentiras. No hay charlas triviales en la antesala de la evaluación. Incluso aquellos a quienes no les queda nada para perder miran al piso con pavor. No temen enfrentarse al peso de su ignorancia, sino al juicio de la hoja en blanco, que es el color de la rendición.</p><p>Pero no, ni siquiera los rezagados, que nada saben más que su nombre y la fecha, se entregarán en silencio. Levantarán las lapiceras y escribirán algo. Serán acaso frases sueltas talladas por el sentido común, o bien el vago recuerdo de una anotación en el pizarrón, que vieron de refilón mientras jugaban al truco. Tal vez un dato sutilmente relacionado, extraído directamente de la biblioteca de TikTok; o quizás un sentimiento, una idea, una confesión, un dibujo, un chiste, en fin, un verso. Será ese su grito de existencia, su faro en medio de los mares de porcentajes, su manera de decir yo estuve acá, me enfrenté a la hoja en blanco. Desaprobarán, por supuesto, con el puntaje mínimo: uno. Un punto por la presencia, por el honor, por la guapeza. Cuando corrija, la profesora tendrá en sus manos tesoros perdidos. Textos que nada tienen que ver con el plan de la materia, manuscritos fuera de lugar, nacidos de la presión de las mesas separadas, y sin embargo, de un inimaginable valor artístico. Son garabatos sobre consignas, es la expresión por sobre el conocimiento. Es la pulsión humana de no rendirse sin antes dejar una marca. Así navegamos años y años por el océano educativo, intentando llegar a Ítaca, con barcos llenos de héroes y heroínas que no siempre saben, pero siempre hablan.</p><p>Así el mundo se convierte en el recreo previo a un examen. Quién ha de evaluarnos, no tengo idea, pero todos caminan nerviosos queriendo disimular la ignorancia. Buscamos blindarla con términos intrincados, con nombres rimbombantes, con frases hechas. Los que de verdad saben no dicen nada, se quedan leyendo en silencio, marginados por la vorágine. El resto investigamos en Reels y retenemos solo contenido en formato corto. Revestimos los ladrillos huecos de nuestra teoría con noticias de último momento. Nos lanzamos sobre cuestiones titánicas empuñando la espada de la opinión y acabamos apuñalándonos entre nosotros por las diferencias. Así sangramos nosotros y las cuestiones siguen ahí, pastando, creciendo.</p><p>Asómese usted al foso de los comentarios digitales, escuche el grito de los usuarios al despedazarse entre ellos bajo un video de 15 segundos. Colosales bestias como la política, la religión, la historia, pero también revoltosas criaturas como el espectáculo, las recetas de comida o el fútbol; todo tirado al mismo campo de batalla, sin jerarquías. Todo marcado por la misma bronca, por la misma sangre. La tecnología nos acercó la violencia a la comodidad de nuestras casas. Sin barreras de tiempo, ni espacio; sin tener que poner el cuerpo. Es la nueva Gran Guerra, sin aliados ni motivos, en pantalla.</p><p>Olvidamos que, más importante que saber contestar, es aprender a formular preguntas. Vagamos con nuestras pesadas convicciones de acero sin ninguna intención de intercambiarlas, pero con el ferviente deseo de chocar unas con otras para sacar chispas que incendien de una vez el pajonal sediento. Ya no queremos debatir, cobarde término de los intelectuales y los políticos, queremos pelear. Ansiamos que llegue de una vez el temido examen. No luchamos por respuestas, sino que luchamos con respuestas; y en ese combate de ideales todos se ven obligados a aparentar que tienen clara su identidad, aunque nadie esté del todo seguro, ni del todo informado, ni incluso del todo interesado. Porque entendemos la ignorancia como un punto débil que hay que esconder a los gritos, en lugar de abrazar la humildad del silencio y arar la tierra del saber para cultivar nuevas ideas.</p><p>¿A dónde voy con todo esto? Como siempre, a ningún lado; y tal vez, a esto mismo. Hoy me senté frente al parpadeo impaciente de la computadora, con el carcaj completamente vacío. Quise ejercer el sagrado derecho a callarme la boca, fantaseé con entregar un rectángulo en blanco para que descanse usted los ojos de tanta opinión. Pero el pánico a la rendición me pudo. Así que hice lo único que sabemos hacer los alumnos aterrados frente a las fauces del sistema: levanté mi lapicera y empecé a rellenar el silencio. Este es mi dibujo al margen del examen.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2CdhYGLfgWEk_rYaqBmaXG7ROFk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/algo_hay_que_decir.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Ya en la escuela aprendemos a aseverar cosas que no dominamos. Los niños uniformados se amontonan alrededor de la puerta del salón mientras revolotean...]]>
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                                <updated>2026-06-14T14:15:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-14T04:00:00+00:00</published>
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            Si todos los locos ven lo mismo
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/M1MBa-z7xCSKZxl3WdXfEnnxyAI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/si_todos_los_locos_ven_lo_mismo.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>“Si las puertas de la percepción se purificaran, todo se le aparecería al hombre como es: infinito"William Blake</p><p>Pobres cuerpos terrenales cargando cerebros infinitos. En eso pensaba mientras hervía fideos y miraba la olla con la vista borrosa por el vapor y por el ayuno; y guardaba el miserable paquete de plástico con bronca. ¿Por qué será que él, que no piensa ni siente, que ignora por completo la inmensidad del universo que habita, goza aún del privilegio de no necesitarme?&nbsp;</p><p>Podría morir de hambre frente a él y se quedaría viéndome desde la alacena, incapaz de perecer. ¿Por qué entonces yo, que vuelo con mi imaginación y recorro con ella los rincones de la existencia, lo necesito a él para no desmayarme? ¿A qué dios retorcido se le ocurrió poner todos los restos de magia en la sinapsis de un animal de carne y hueso, para que deambule por el mundo con la infinidad encerrada en un envase descartable, con más percepción de la que podemos procesar?</p><p>Gracias a ese dios hicimos las escuelas y los bancos, los gimnasios y los supermercados. Por suerte, también inventamos la locura, que es una sola y tiene forma de sombrero. Con eso distinguimos a los cuerpos que quedaron huérfanos de conciencia. Personas que le dieron rienda suelta al caballo alado de la mente y se alejaron tanto de sus cuerpos que estos quedaron solos, desconcertados. ¡Qué peligro! Si todos los locos del mundo decidieran comunicarse entre ellos y vieran lo parecidas que son sus locuras; si entonces se pusieran de acuerdo en que esa es la verdad y todo el resto es el delirio; si fuesen ellos y no nosotros la gran mayoría, tal vez encerrarían a los cuerdos.</p><p>En eso pensaba mientras los fideos hervían, y discutía a viva voz conmigo mismo. Pero uno no puede vociferar reflexiones sobre conceptos tan discutidos sin mencionarle al aire los grandes nombres que ya lo han pensado antes. Eso les resulta de gran molestia y por supuesto sus fantasmas vienen a reclamarlo. Aquella tarde los personajes se encarnaban en el vapor de la olla y se iban acomodando en mi cocina.&nbsp;</p><p>El primero en venir fue Foucault, claro, que me interrumpió con un extenso recorrido histórico sobre las diferentes épocas del poder y la locura. Me corrigió recordándome que la locura no la inventa nunca el loco, que siempre la inventan otros; que han sido igual de locos los pecadores y los pobres, los enfermos y los genios. Han sido exhibidos y confinados, aplaudidos y castigados según la época y el lugar. Usted se imaginará, lector, que mis divagues quedaban chicos al lado de tanta historia y teoría. Yo necesitaba algo más abstracto.&nbsp;</p><p>Revolví el vapor para que el fantasma desapareciera, pero de los espirales se formó otro que volvió a interrumpirme. Mi querido Huxley, habitué del mundo de mis pensamientos. Su fantasma era joven y su tono coloquial. Para él la locura era una cuestión de percepción. Hablaba rápido y me pedía que no olvidara que nuestro cerebro filtra la realidad para que la percibamos en niveles soportables. Que es gracias a ese sesgo perceptivo que logramos sobrevivir; y que, si la realidad se nos mostrase en todo su esplendor, nos veríamos paralizados frente al infinito. Me contó sobre psicodélicos y fractales, que las visiones de distintas personas bajo esos efectos coinciden, que en esas visiones hay, sin dudas, algo real. Luego, me advirtió que tuviera cuidado con ser demasiado racional, porque en el país de la locura, el hombre integral es linchado. Pensé en el acuerdo colectivo de la cordura, y en su fragilidad.&nbsp;</p><p>Volví a imaginar locos de todo el mundo que se ponen de acuerdo y encierran a los cuerdos para darles medicación y enseñarles las nuevas verdades del universo. Sentí las cosquillas de la fascinación extraña, la sed de una percepción sin trabas. Volví a fantasear, por un momento, con una imagen genial y seductora de la locura. Una de un mundo de mentira, donde aún no se han inventado la psicosis ni la demencia. Quiero abrazar a Huxley y volar con él muy lejos de esta cocina, pero tengo hambre y se evapora el agua.</p><p>Debo haber dicho en voz alta los términos médicos, porque del vapor se formó una nueva figura y empezó a discutir con Huxley sin prestarme atención. Hablaban entre ellos en un inglés con mucho acento, del que solo pude distinguir algunas palabras. Me sentí excluido por el idioma, pero los dejé debatir un rato antes de revolver la olla.&nbsp;</p><p>Era Oliver Sacks, el neurólogo. Había aparecido para apagar la fiesta psicodélica del escritor y para remarcar que la locura estaba lejos de ser un viaje romántico, que era en realidad un cortocircuito químico del cerebro. Usó algunos términos técnicos que no pude traducir, pero comprendí que la cordura consiste en un milimétrico equilibrio cerebral, y que basta la más mínima alteración para distorsionar la realidad y confundir, por ejemplo, a tu esposa con un sombrero. Puso mucho énfasis en la importancia de la medicina, de los diagnósticos y las clínicas de salud mental, porque es la única manera de evitar consecuencias muy trágicas. Antes de irse, me miró a los ojos y dejó en claro que la locura no es libertad, sino una pesadilla biológica. Huxley se esfumó con él.</p><p>Cuando estuve al fin solo, hambriento y mareado frente a la olla, logré apagar mis pensamientos. Revolví el agua burbujeante y el vapor se pegó a mi frente para mezclarse con mi transpiración; y el agua formaba un espiral líquido, transparente, constante; y tanto la cuchara como el vapor eran parte de mí, porque mi ser no tenía límites.&nbsp;</p><p>De la cúspide de mi cabeza salió una onda expansiva que borró el principio y el final de mi cuerpo; y viéndome eterno liberé mi carne y mis huesos de la tiranía de la gravedad y los dejé caer sin resistencia. Estaba en el piso en posición fetal y apoyé mi frente con sudor y vapor en el frío de la baldosa, y ya no había piel que me separara del mundo, ni ojos que definieran mi perspectiva. Yo era el universo entero, pero seguía rebotando en ese cráneo, con mi cuerpo tendido como un monumento derrumbado.&nbsp;</p><p>Encima de las ruinas, los fantasmas de vapor seguían saliendo de la olla y flotaban por mi cocina. Nunca habíamos sido tantos. Se amuchaban sobre la mesada, en las alacenas, y algunos se acercaban al piso para ver si yo seguía vivo; y cuando confirmaban que aún estaba ahí se peleaban por contarme su versión de la locura. Después de un rato, la cocina era un griterío caótico de argumentos y anécdotas superpuestas. Las frases no se entendían y los rostros eran difíciles de distinguir desde mi posición fetal. Reconocí por su voz a Pizarnik, acompañada de Sylvia Plath, que me ilustró con versos ese encierro asfixiante del mundo terrenal, esa carga insoportable del cuerpo frente a la disolución de la realidad. Pobres poetas malditas, su sensibilidad les ha costado la vida.&nbsp;</p><p>Yo no quería escucharlas, entonces me tapaba los oídos y lloraba, y el llanto era un grito, y en el grito decía ¡me estoy volviendo loco!, y con eso supe que estaba cuerdo. Por supuesto que no, el loco no duda de su cordura. Pero las voces no paraban, y los fantasmas ya no entraban en mi cocinita y nos pisábamos entre todos. El vapor nos empapaba y yo tenía tanta hambre. Emil Cioran, nihilista insoportable, flotaba de acá para allá y reía de mi llanto mientras le sacaba conversación a Sylvia y Alejandra. Aunque me tapaba los oídos no pude evitar escuchar con claridad sus comentarios horribles sobre el inconveniente de haber nacido y lo absurdo de esta vida. Desagradables nihilistas, resignados y mediocres. Quise levantarme para volar lejos con las poetas, pero no tenía fuerzas y las vi desvanecerse; y el ruido del agua hirviendo era a la vez el ruido de mi panza, y ni un millón de voces podían taparlo.</p><p>La última figura que vino a visitarme no se formó con el vapor, sino que emergió de los rayos de sol que entraban por el ventiluz. Jamás había presenciado una aparición tan majestuosa; era Sor Juana Inés de la Cruz. Fue la primera y única vez que vino. Todas las voces se callaron de inmediato, los fantasmas desaparecían y con ellos también el vapor. El agua y mi panza imitaron el silencio. La figura se arrodilló a mi lado, vestida con su hábito. Quizás mi locura nació el día que leí Primero sueño.</p><p>No me recitó versos ni levantó la voz. Me habló al oído, bajito, como quien confiesa un fracaso. Me contó que su alma también había peregrinado hacia la totalidad del universo mientras el cuerpo dormía, pero me advirtió que el infinito no es lugar para el humano. Que allá arriba, sin la protección de la carne, el intelecto se encandila y se quema frente a esa luz inabarcable. Me acarició la frente transpirada y me invitó a volver al cuerpo, al hambre, a los fideos.</p><p>Esa tarde decidí no escribir sobre la locura y contarles, en cambio, esta historia. Hasta mis amigos más íntimos, como Huxley, habían venido a retarme. Entendí que no hay forma de que yo sepa qué es o no es la locura, si ni siquiera estoy convencido de mi propia cordura.&nbsp;</p><p>En esa duda, en esa grieta de misterio, en ese umbral de la realidad, en esa variedad de formas; ahí está lo inabarcable de este concepto. Es el nombre que le dejamos a lo infinito, a lo incomprensible, a lo oscuro, en fin, al universo. Quizás deba usted, lector, tomar estas como las palabras de un loco.&nbsp;</p><p>Desde este lugar le digo que nunca olvide que hoy por hoy nos toca ser humanos. Máquinas de carne viajando en una roca por el espacio. Considere usted qué tan lejos se embarcará en los ríos de la locura, motivado por la codicia de la conciencia. Aceptar los límites de la percepción como requisito del estado terrenal requiere de una humildad muy cultivada. Por mucho que se deje llevar, no podrá abandonar su cuerpo, no hasta dejarlo definitivamente, y ese día nos llegará a todos. A veces, basta con barrer y regar las plantas para escuchar la orquesta de la verdad.</p>]]>
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                                <updated>2026-06-07T04:00:01+00:00</updated>
                <published>2026-06-07T04:00:00+00:00</published>
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            Cortejo digital
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Vuelvo la vista a mi rectángulo de vidrio para retomar mi simulacro de elección.</p><p>Miro hacia la puerta unos segundos antes de que aparezca mi amigo. Llevo un rato siguiendo su ubicación en tiempo real. Pide lo mismo que yo, y pasamos de inmediato a nuestra rutina de siempre. Él me cuenta las idas y vueltas de sus amoríos; yo pienso en las caras y contracaras del romance moderno. La mesera deja nuestros cafés y, antes de irse, le sonríe a mi compañero. Nuestra charla dura lo mismo que las tazas.</p><p>La situación actual es de delicada espera. Anoche le reaccionó una historia a Sofía, para tantear el terreno, pero ella sólo respondió con un like. A medida que pasan las horas, el panorama se vuelve menos prometedor. “¿Qué fue lo que le dijiste?”, le pregunto. "Un emoji de carita enamorada", dice. En ese pictograma se condensa la atracción, el acercamiento, quizás incluso las ganas de juntarse. Pienso en la cantidad de letras que podrían haber ocupado ese cupo comunicativo. “¿Por qué no le escribís algo?”, propongo. Me explica que si hace eso corre el riesgo de quedar muy desesperado, que es fundamental mantener cierto grado de indiferencia para no ser descartado por intenso. El protocolo dicta que ahora debe dejarla en visto hasta mañana a la tarde para no perder valor de mercado. Cuando se cumpla ese tiempo, habrá que considerar otras opciones. Sofía es una chica muy popular, con muchos seguidores. Eso significa que su oferta es muy amplia y, por lo tanto, hay que encontrar la manera de destacarse entre las demás reacciones. &nbsp;&nbsp;&nbsp;</p><p>En paralelo, discutimos los movimientos a realizar en otra partida, la de Julia. Acá la especulación es distinta, es un juego de sombras. El objetivo es llamar la atención del otro. Le pregunto a mi amigo si está seguro de que ella está jugando al mismo juego; y efectivamente, no tiene ninguna duda. Hace unos días él la agregó a su lista de mejores amigos, y ella lo agregó a la suya inmediatamente. Es la luz verde del ritual sexo-afectivo digital. “Ya tengo un pie adentro”, me asegura. “¿Y cómo se sigue?”, quiero saber. Ahora las publicaciones deben ser estratégicas, medidas, hasta que alguno de los dos rompa el hielo. Es importante construir la estética seductora en cada función que las redes ofrecen: historias, notas, canciones, reposts. Pensativo, lo cuestiono: “Pero si vos no subís casi nada, amigo”. Me explica que subir pocas cosas es una parte crucial del plan, porque “el misterio es lo que vende".</p><p>Luego me narra un encuentro pasado, de algunas semanas atrás. Ana, una chica que vive en un pueblo cercano. Comenzaron de lo más normal: se empezaron a seguir, se agregaron a mejores, se dieron un par de likes y terminaron chateando. Ahí conectaron increíblemente. Desempeñaron sus habilidades de seducción en un conglomerado de mensajes, memes y GIFS que los llevó de la risa al llanto, ida y vuelta. Al cabo de unos días, decidieron dar un paso más e incorporar los audios y las fotos temporales. Me cuenta que fue un poco chocante escuchar su voz por primera vez, que no era como se la esperaba, pero terminó acostumbrándose. También fue raro ver su cara sin filtros, desde ángulos casuales, pero no dejó de gustarle. Además, decidió ignorar algunas red flags evidentes, como las infaltables fotos en boliches cada fin de semana, o los comentarios recientes de un usuario que tal vez sería su exnovio. A pesar de todo siguió adelante, motivado por la ilusión de ese nuevo romance, alimentando sus fantasías con todas las publicaciones de aquel feed. Iba y venía desde la última foto hasta la primera, mientras soñaba cómo sería el primer encuentro en persona. A la tercera semana, ya sentía que conocía todo sobre ella. El chat había evolucionado a su máxima expresión: la videollamada. El encuentro era inminente y necesario. Lo pactaron para la noche de un viernes. “¿Y se vieron? ¿Y ella fue? ¿Y qué tal? ¿Se rieron?”, pregunto enseguida, ansioso. Él niega con la cabeza. “Duró cuarenta minutos la juntada”, dice. Entonces me explica que todo rastro de química debió haber quedado en la pantalla. Que aquella no era la persona con quien había entablado ese vínculo virtual, que era distinta, más tímida y menos graciosa. Que ni la cámara ni el micrófono del celular habían logrado captar la realidad de las facciones, de las miradas, de los gestos; y que eran entonces dos personas desconocidas. Peor aún, porque las personas desconocidas tienen la opción de tomar el riesgo y conocerse; pero en este caso sus perfiles digitales se habían adelantado y habían formado un propio vínculo del cual ellos no eran parte. Al estar seguros de dicha ajenidad, cada cuerpo emprendió la vuelta a su ciudad. Desde entonces, ambas partes mantienen un estado de ghosting diplomático. No se escriben, pero tampoco dejan de seguirse.</p><p>Antes de irnos, con las tazas vacías y la cuenta paga, la mesera le dice algo a mi amigo. Es uno de esos comentarios innecesarios, triviales, amistosos. Una de esas interacciones de la vida real, cargadas de contacto visual y fabricadas con cuerdas vocales. Él contesta en monosílabos. Su voz tiembla notablemente y las palabras se le enredan. La conversación termina antes de empezar. Mi amigo mira para otro lado y saca su celular. Yo me quedo en silencio, observando las ruinas del encuentro desde afuera. Cuando mi compañero vuelve a dirigirme la palabra, está sonriendo. “Que chica más linda”, dice para mi sorpresa. Saca una lapicera de la mochila y escribe algo en una servilleta. Es el nombre de su usuario de Instagram. Salimos sin mirar atrás y dice: “Si me empieza a seguir, le escribo”.</p><p>Pienso en la torpeza analógica que tiene el encuentro, en la adrenalina del rechazo en vivo y en directo, sin pantallas que oficien de paracaídas. Hoy nos incomoda tanto la fricción humana que hemos digitalizado el ritual. Nos convertimos en auditores de nuestro propio ego, calculando los márgenes de riesgo antes de siquiera atrevernos a rozar una mano ajena. El cortejo en los tiempos del QR es una danza virtual. Es una planilla de Excel donde el deseo se tabula en tiempos de respuesta, visualizaciones fantasmas y silencios tácticos. La belleza se va a buscar en fotos de historias y publicaciones que intentan ilustrar a una persona real. El individualismo marca sus fronteras con red flags y green flags para determinar si los vínculos serán turistas o residentes, con la premisa de este siglo de que “todo es descartable hasta que se demuestre lo contrario”. El intercambio se redujo a una partida de ajedrez cobarde donde el primero que demuestra interés, pierde. Pero ese miedo a entregarnos nos lleva a que perdamos todos.</p><p>Querido lector, el amor seguirá existiendo fuera de las pantallas, los píxeles nunca podrán atraparlo. Sospecho que lo importante es no dejar que nuestros avatares virtuales vivan la vida que le corresponde a nuestros cuerpos. No cederle a la prolija tecnología las conexiones imperfectas de las personas. Guardarle, aún en estos tiempos, un rincón al misterio, a lo espontáneo, a las cosquillas en la panza, a la ilusión, al rechazo; en fin, al romance.&nbsp;</p>]]>
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                <published>2026-05-31T11:24:11+00:00</published>
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