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    <title>El Eco de Tandil</title>
    <subtitle>Entrevistas exclusivas y contenido multimedia para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Tandil.</subtitle>
    <updated>2026-08-30T05:45:03+00:00</updated>
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            Facundo Cabral: el primer rapero tandilense
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/amsE-cxibb7L-uglZGz86bdEkDM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/bajo_la_superficie_2.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Cualquier persona que conozca la historia del rap local podría debatir fácilmente un título con semejante ambición. Basta con remontarnos al hoy lejano 2005 y pensar en el germen de Contrabando Crew, para desmoronar así cualquier intento de construir un origen que no sea exactamente ese mismo. Puede estar seguro de que conozco mis raíces. Sin embargo, este título es en parte una provocación y en parte una hipótesis. Lo provocativo funciona en doble sentido: en primer lugar, porque a los raperos puristas, que suelen sufrir de un esnobismo amargo pero culto, les gusta tener bien marcados los límites del género y reniegan cada vez que ven el nombre de “rap” o “rapero” puesto en cualquier cosa. En segundo lugar, hacia el sentido opuesto, la provocación también funciona porque cualquier oyente de Cabral, que sea ajeno al rap, va a resistirse a imaginarlo con gorra y cadenas de oro. Lo cierto es que nunca conocemos los límites de un género y el rap es mucho más que gorras y cadenas de oro. La otra parte de hipótesis consiste en esbozar una línea de lectura que trace algunas analogías optimistas entre Facundo Cabral y el rap tandilense.</p><p>Porque mucho antes que Contrabando Crew, pero en las mismas calles, un joven marginal llegado de La Plata ya escribía algunas rimas e improvisaba las otras, sin nunca entregarse a componer estribillos pegadizos y complacientes, con la sagrada urgencia de contar una historia, de escupir un relato sin tener que pedirle permiso a la amable melodía, con nada más que el punteo de la guitarra como mero soporte de la más hermosa catedral de palabras. ¿Acaso no es esa el alma del rap? Es la poesía que se escribió para ser recitada, el punto máximo de encuentro entre texto y cuerpo. Es la música rindiéndose ante la inmensidad del entramado semántico, suspendiendo sus lógicas para que el poeta pueda hablar sobre ella sin tener que levantar la voz. El mismo Facundo Cabral aseguraba que él no era un cantante, sino un cantor. En palabras de su ídolo Yupanqui: el cantante tiene aptitud, pero el cantor tiene necesidad.</p><p>Piense ahora en el rap. Tal vez la primera imagen que venga a su cabeza sea Duki o las batallas de freestyle, las cadenas o las gorras, pero intente imaginar más allá, o mejor dicho más acá, en nuestra propia ciudad. Ya es tiempo de separar la paja del trigo y no dejar que todo caiga en la gran procesadora. El rap tandilense está muy lejos de aquel preconcepto yanqui que viajó hasta el fin del mundo y se mezcló con la banalidad sabrosa del reggaeton y más tarde con la ostentación material del trap, para terminar descuidadamente englobado dentro de algo que llaman “música urbana”.</p><p>La realidad es que el rap autóctono está mucho más cerca de ese Facundo adolescente que recorría este mismo centro y recitaba sus testimonios más sinceros sin la necesidad de adornarlos demasiado. El vehículo es el mismo: el spoken word o palabra hablada sobre una base instrumental minimalista, eso que ayer fue el punteo de una guitarra y hoy puede ser un beat de drumless, con un proceso creativo que pareciera dedicarle diez veces más tiempo a la letra que a la melodía. Claro que las temáticas también coinciden. ¿Es la marginalidad? ¿Es la mirada crítica sobre la sociedad y el sistema? ¿Es la figura del caminante solitario que narra lo que ve en los márgenes de la ciudad? Es todo eso y más, pero nunca jamás es aquel relleno predecible y hecho de lugares comunes al que nos ha acostumbrado la música masiva actual. Acá, por suerte, aún hay que detenerse y leer con los oídos.</p><p>Por las mismas calles camina hoy, por ejemplo, el rapero Nacco Ronaldinho. Digo rapero porque dentro de esta palabra, cuando es dicha con responsabilidad, se aglomeran otras tantas facetas en forma inherente: poeta, performer, improvisador, viajero, ¿acaso cantor? Nacco rapea que “Te cuentan la de más droga, más crimen, más morras; a ver cuántos delincuentes te visitan cuando estés bajo tierra”. Por su parte, Facundo le recordaría que “Solo lo barato se compra con dinero” y que “la culpa no es del cerdo, sino del que lo alimenta”. Desde los bordes de la ciudad a los bares del centro, desde los bares del centro a otras tantas ciudades, a otros países, cargando únicamente una guitarra, o un pendrive, y un bolso lleno de rimas talladas a mano. Podría ser Facundo Cabral, podría ser Nacco.</p><p>Tal vez aquello sea todo lo que une al rap y a Facundo Cabral, y con eso es más que suficiente. Pero también está nuestra ciudad, que algo tendrá para que sus calles sigan criando a esta estirpe de narradores orales y alojándolos en sus barcitos los fines de semana. Quizás sea el frío que baja de las sierras y te obliga a meterte para adentro, o el ritmo de este valle viejo al que se lo come el cemento, pero todavía regala el tiempo y el silencio necesarios para masticar las palabras antes de largarlas. En otra época y sobre otros ritmos, Tandil sigue pariendo Facundos Cabrales que, sin nada más que una base sencilla y la crudeza de su voz, eligen rendirle culto a la sagrada urgencia de decir algo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/amsE-cxibb7L-uglZGz86bdEkDM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/bajo_la_superficie_2.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Cualquier persona que conozca la historia del rap local podría debatir fácilmente un título con semejante ambición. Basta con remontarnos al hoy lejan...]]>
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                                <updated>2026-08-30T05:45:03+00:00</updated>
                <published>2026-08-30T05:45:00+00:00</published>
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            Déjelos farmear aura
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7NJP_QXkSS-HdvogGtHaOwDFrjo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/farmear_aura_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Estos jóvenes han nacido en una jaula de monitores. Han estirado sus raíces en un suelo abusado, cada vez más erosionado. Crecieron azotados por las constantes ráfagas de información pasajera e interacciones sin cuerpo. Sus hojas viven de captar luz azul y respirar aire sucio. Observe la tierra que les hemos dejado, busque algún grano de verdad, alguna semilla de esperanza. Este desierto es viejo como la radio, pero recuerdo que había más arbustos en mi tiempo adolescente. Todavía podíamos correr y escondernos a la sombra del futuro. Hoy no hay más que una duna interminable, arrastrada por la maldad del viento. La arena es finísima, idéntica, infinita.</p><p>Algunos han intentado encontrar la salida llegando al fondo de los tiktoks. Excavaron sin parar bajo lunas y soles, deslizando sin correr los ojos. Continuaron su descenso eterno, convencidos de la existencia de algún contenido final, de alguna puertita de salida. Penetraron en el reino de las sombras y las apariencias comiendo frutitos prohibidos comprados en el supermercado. Adolescieron, igual que usted y que yo, pero dígame si no había más arbustos en aquellos tiempos.</p><p>Deténgase a escuchar. La mitad de sus palabras son en inglés, claro, porque el mundo entero está a un scroll. Ya no hay más distancia que esa, ni más cercanía. Una lengua pisotea la otra porque comparten el mismo espacio. Un usuario se abalanza sobre otro porque muerde el ragebait. Otro piensa si vale la pena dar cringe y ser libre. Un troll revolea fake news. Mamá Gemini y papá Chat GPT mastican apurados la comida para regurgitarla en las bocas de sus miles de hijos. Todos los hijos están llorando al unísono, por hambre y por miedo. El resto no nos percatamos de ese coro apocalíptico, porque su llanto suena como carcajada y tiene forma de meme.</p><p>Los obligamos a mirarse en tercera persona y los largamos a navegar un mar de arena que no conocíamos. La mayoría regresó riendo y azotándose con un látigo. No es culpa de nadie, quizás de la evolución misma. Por supuesto que la juventud está perdida, como lo ha estado desde el principio de los tiempos, pero de eso se trata. Antes de horrorizarse, vuelva a mirar a su alrededor y pregúntese: ¿qué lugar le hemos dejado a los niños?</p><p>Estos jóvenes han nacido en una jaula de monitores; déjelos cultivar aura. En buena hora han elegido un intercambio de energía en persona, ocupando el mismo metro cuadrado del mundo real, usando la teatralidad del cuerpo para ganar algo de seguridad y algún impacto en el otro. Se están encontrando al aire libre mientras pasean sus cicatrices digitales, se están viendo a la cara. Han fabricado un espacio de encuentro en el mundo de la soledad, con las herramientas que tenían y las palabras que les quedaron. Podrían haber editado sus nombres y diseñado sus rostros. También podrían haber navegado lejos y solo regresar para saquear nuestras iglesias con el odio de los bastardos. O bien, podrían haber enfermado de muerte por la radiación de nuestra tecnología. La verdad es que tampoco nos hubiéramos enterado.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7NJP_QXkSS-HdvogGtHaOwDFrjo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/farmear_aura_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Estos jóvenes han nacido en una jaula de monitores. Han estirado sus raíces en un suelo abusado, cada vez más erosionado. Crecieron azotados por las c...]]>
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                                <updated>2026-08-23T07:45:02+00:00</updated>
                <published>2026-08-23T07:45:00+00:00</published>
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            De dónde vienen las ideas
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2Ay_T1bY6uHWLQfjv1FTaa1zL30=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/ideas.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Aquel interrogante interrumpió mi búsqueda de un nuevo tema para fabricar esta columna. Uno creería que los pensamientos tienden a sucederse unos a otros, saltando siempre de los más generales a los más específicos, en una especie de zoom in que se va profundizando hasta llegar a la idea definitiva. Sin embargo, son más las veces en que esto ocurre en el sentido contrario. He desistido entonces de sentarme frente al gran mapa de mi mente y elegir con el dedo una zona prometedora, para rodearle un perímetro de seguridad y detener allí alguna conclusión idónea. Ese mecanismo lo pueden emplear quienes han estudiado muchísimo y saben bien dónde vive cada idea. Yo, por mi parte, hace tiempo que no hago un censo de mis ciudades mentales. Se han formado barrios enteros donde antes había pajonal y jamás los he visitado. No me he formado lo suficiente para trazar mi propio mapa y darme el lujo de elegir las ideas que encuentro. Lo que intento es achicarme lo más posible y arrojarme directamente a esas calles de mi interior, como en el Street View de Google Maps. Ahí busco mis ideas, caminando a su misma altura. Sin jerarquías ni planes.</p><p>Cuando llego, empiezo por alejarme del centro, porque ahí no hay más que principios fundadores e ideas viejas que aspiran a convertirse en convicciones y se pasan los domingos en el museo de anécdotas. Nada nuevo, por supuesto. Camino en línea recta por los barrios de pensamientos laburantes, saludando vecinos y esquivando miedos jóvenes que buscan coronar, pero no son más que perejiles. Los miedos importantes viven en el centro y transan con las convicciones. A esos no los persigue la autocrítica. Yo saludo a la pasada y sigo. Nunca me freno a charlar. En parte porque ellos no saben que viven adentro mío y si se enteran corro el riesgo de volverme loco, pero también porque lo que me interesa es llegar al fondo, a las casitas marginales, donde la ciudad se hace pajonal. Ahí sobreviven las ideas nuevas.</p><p>Son ideas vagas, en su mayoría solitarias e irreducibles. Tal vez ni siquiera saben que son ideas. A veces son solo una imagen, un gusto o una opinión sin fundamentos. Otras veces se agrupan unas con otras que nada tienen que ver, formando asociaciones extrañas. Uno podría pensar que encontrar una idea (o tener una idea) es igual de instantáneo que prender un foquito. Sin embargo, en estos barrios que le digo no siempre llega la luz. Por eso es más como desatar un nudo. Cuando alguna idea llama mi atención, enseguida desconfío de ella, o bien, de mí. Le pregunto de dónde viene y por qué, de qué conocimientos se agarra, de qué lecturas o experiencias. Me pregunto si sé lo suficiente, si acaso ya lo pensaron antes y mejor, si sufro el sesgo de mis propios privilegios, por ser hombre, por ser blanco y segunda generación profesional. Le pregunto a quiénes quiere, a quiénes odia y a quién le teme.</p><p>Falsa modestia, podrá pensar usted. Clásico giro este de no tener ideas y entonces escribir sobre no tener ideas. El meta análisis infinito como salvavidas creativo, el zoom out que esbocé al principio. No espero ningún aplauso. Sí cabe mencionarle que he charlado con todas mis ideas marginales y, al no encontrar ninguna para llevarme conmigo, me senté ahí mismo, entre las casitas y el pajonal, y me quedé escribiendo. Una de las ideas se acercó y me propuso consultarle a mis seguidores de Instagram sobre qué temas les gustaría leer. Le hice caso y solté mi pregunta al valle digital. Mientras recogía las respuestas, vi cómo iban llegando inmigrantes las ideas de otros y se instalaban en mis suburbios. Me quedaron grandes para adoptarlas y convertirlas en temas propios, pero las menciono para compartir lo que la gente se pregunta y, tal vez de esa manera, ilustrar el lugar de donde vienen las ideas.</p><p>Así, mis calles se llenaron de inquietudes viajeras que se parecían a las mías, pero tenían otras caras: las consecuencias de los mandatos familiares; la convivencia con la traición; la ansiedad colectiva; la paz interna de la soledad; los artistas y sus formas de crear; de dónde nace una idea; el pasado, presente y futuro; las influencias; los portales que crean las canciones; los sueños; los objetivos; el sistema capitalista; el fenómeno de “ser feliz” como mandato; la modernidad líquida; la adicción al algoritmo; la mediocridad generalizada; la creciente importancia de la estética en el día a día y los hábitos.</p><p>El último era una pregunta: “¿Hay motivo para pensar que este no es el mejor momento de la historia para estar vivo?”. Al final, es cierto que no me llevé ninguna idea, pero tampoco dejé a ninguna de lado.</p><p>Por eso estas columnas siempre huelen un poco a pajonal y nunca a conclusión iluminada. Porque están hechas de temas reciclados, incrustadas con palabritas reutilizables y sin revocar. Igual que las casitas de donde vienen las ideas.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2Ay_T1bY6uHWLQfjv1FTaa1zL30=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/ideas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Aquel interrogante interrumpió mi búsqueda de un nuevo tema para fabricar esta columna. Uno creería que los pensamientos tienden a sucederse unos a ot...]]>
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                                <updated>2026-08-16T11:22:10+00:00</updated>
                <published>2026-08-16T05:45:00+00:00</published>
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            Manual de la eficiencia moderna
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XFrCt4GQCeNjHHgoA33sgi_pBDA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/manual_de_la_eficiencia_moderna.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Si usted es joven, vive en un país libre y tiene acceso a internet, ¡felicitaciones!, puede prepararse correctamente para el mundo venidero. Como todas las buenas opciones, es fácil, rápido y seguro. Incorpore estos tips profesionales para conseguir una vida de cinco estrellas al alcance de su mano.</p><p>La clave para lograr una consistencia sin contratiempos está en la reducción. Se debe recortar de la superficie cualquier brote que pueda desviar la trayectoria de la línea trazada. Reduzca la cantidad de nuevos conocidos y las horas de exposición a la calle. Ambas cosas son impredecibles y por tanto peligrosas. Despréndase de las posesiones sin valor. Descargue el contenido y recicle el papel. Venda todo lo posible. Por otro lado, triture sus pasiones y páselas por un tamiz hasta obtener un polvo incoloro. Repita este paso cuantas veces sea necesario hasta que el resultado no tenga ninguna impureza ni relieve. Luego, agregue unas gotas de madurez e integre hasta tener una pasta homogénea. Esa será su vocación.</p><p>Elija cuidadosamente sus lugares de esparcimiento, siempre de acuerdo a sus objetivos, y preste mucha atención a los posibles contactos. Las mejores oportunidades suelen presentarse en los espacios de ocio. De nada sirve perder el tiempo con vínculos ajenos a su marca personal.</p><p>Para manipular las nuevas relaciones, no olvide usar guantes y lentes de protección. Si un vínculo demanda más tiempo del que usted puede destinar, aplique un poco de ghosting preventivo. Recuerde que las explicaciones extensas requieren un gasto innecesario. El silencio, en cambio, es sustentable e higiénico. La vida social es conocida por ser un ingrediente útil para realzar algunos tintes de la rutina, pero su exceso puede truncar el desarrollo individual.</p><p>Entablar algún lazo romántico está bien, siempre y cuando los niveles de vulnerabilidad se mantengan aceptables. La pareja debe complementar el avance sin implicar un riesgo emocional demasiado alto. Es conveniente que los sentimientos del tipo amoroso recubran a los propios proyectos sin llegar a penetrarlos del todo.</p><p>Puede elegir alguna lucha a gusto, para sumar algo de sabor, pero la tapa siempre impedirá que el caldo se corte. Hay quienes prefieren el picante y atraviesan disputas ambientales y políticas; o bien puede usted optar por un dejo más suave como el del chimento. Encontrará una inmensa variedad de causas con las cuales comprometerse. En cualquier caso, procure mantener la indignación dentro de la olla para que no enchastre las demás hornallas.</p><p>Absténgase del fondo y sírvase únicamente de la espuma. Lea muchos titulares, saltee las introducciones y forme opiniones tajantes. La duda y la contemplación son lujos para los lentos; la certeza es el verdadero motor del éxito.</p><p>Consígase una IA de confianza y deléguele la tediosa tarea de formar ideas y organizar la rutina. Su cerebro es un recurso muy valioso; no lo sature con reflexiones improductivas o cronogramas propios. La máquina sabrá qué ideas tener y cómo descartar las tareas no rentables sin que a usted le tiemble el pulso.</p><p>Siga estos pasos al pie de la letra y verá cómo los márgenes de error se reducen a cero. Habrá logrado, por fin, blindar su vida contra la enfermedad de la ineficiencia. Admire su agenda sin fisuras, ni sorpresas. Gane la carrera. Disfrute de la cima. Es un lugar seguro, impecable y vacío.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XFrCt4GQCeNjHHgoA33sgi_pBDA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/manual_de_la_eficiencia_moderna.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Si usted es joven, vive en un país libre y tiene acceso a internet, ¡felicitaciones!, puede prepararse correctamente para el mundo venidero. Como toda...]]>
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            A los amigos no se los cuenta
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/PQ52kVmbmIIjWLXXkjDhXKkAOns=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/a_los_amigos_no_se_los_cuenta.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>He escrito sobre la incertidumbre y sobre los sueños, sobre la carne y sobre las pantallas, sobre la vida y sobre la muerte. Sin embargo, por algún motivo, jamás he escrito sobre la amistad. Tal vez porque mis amistades subyacen en el simple hecho de escribir, y entonces cada renglón puede tratar de cualquier cosa y aun así estar hablando de ellas. Tal vez, en otras palabras, porque he forjado esta identidad con partecitas de cada uno de mis amigos, los de ahora y los de algún momento. Me encuentro entonces con esta voz que ostento propia, pero les pertenece; con estas ideas que suenan mías, pero alguna vez se las habré escuchado. Cualquiera sea el motivo, llega un punto en que se vuelve inaceptable abusar de esta primera persona frente al lector sin siquiera nombrarlos, como si yo fuera un gran creador solitario, sentado en un altillo pensando frases en silencio. Lo cierto es que tengo buenos amigos, y ya.</p><p>Aunque es una realidad que cada año tengo más conocidos y menos amigos, intento apilar gratitud en el huequito que le dejaba al rencor. Es más liviana y ensucia menos. Un rapero sin nombre dijo una vez que “a los amigos no se los cuenta, aparecen cuando tienen que”. Cuando escuché ese verso por primera vez, no logré digerirlo del todo. Tuve que extirparlo del resto de la canción y disponerlo en la mesa de disección de mis reflexiones. En ese momento todavía era un chico y tenía muy bien contados a mis amigos. Íbamos de mi casa a la escuela, de la de otro amigo al club. Aún no se había prendido la centrífuga de la vida.</p><p>Así fue que, después de los giros, se separaron los componentes de esa mezcla azarosa que es la secundaria. Algunos quedamos por acá y otros por allá, sin dejar nunca de cambiar, pero todos hicimos lo que pudimos. Algunos se alejaron sin decir una palabra y otras veces fui yo el que se fue en silencio, guardándome los agradecimientos, ahorrándonos las despedidas. Con otros nos buscamos después de tantas vueltas y ya no nos reconocimos, y tuvimos que darnos la mano con el cariño de lo que fue, con la desilusión de quienes se descubren ajenos, cambiantes, para seguir cada uno con su ruta.</p><p>Con algunos compartimos horas negras y navegaron estoicos a mi lado bajo los huracanes del destino. Otros me lastimaron donde más duele, en la intimidad, en la confianza, aunque nunca me arrepentiría de haber bajado la guardia. Todos hicimos lo que pudimos. También ellos llevan una parte mía, también yo atesoro lo que me dejaron. Al final, atravesamos una por una las etapas y dejamos cosas en el pasado, pero la vida ha de ser todos los momentos a la vez. Han de valer por sí mismos los momentos que compartí con cada uno de mis amigos, aunque nos hayamos perdido, aunque hayamos cambiado, aunque no me recuerden.</p><p>Hoy no sobra ni falta ninguno. No tengo necesidad de llevar ninguna cuenta. Mis amigos han sido compañeros de viaje y también lugares donde llegar. Hay algunos que veo todas las semanas y con otros nos escribimos a la distancia. A todos nos arrastran los giros de la máquina, pero desarrollamos una amistad inalámbrica que no conoce de tiempos ni espacios. Si usted desease conocerme a mí y yo estuviera en otra parte, le recomendaría que se junte con mis amigos. Ahí usted me verá dibujado. En esos lugares, en esas charlas, en esos gestos, en esos valores, en esos gustos y en esas miradas. Si yo mismo olvidara algún día esta voz, este camino, esta historia, si el mareo de la centrífuga me desordenara los principios y el mundo se mostrara artificial, sé que veré en ellos mi reflejo más real.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/PQ52kVmbmIIjWLXXkjDhXKkAOns=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/a_los_amigos_no_se_los_cuenta.webp" class="type:primaryImage" /></figure>He escrito sobre la incertidumbre y sobre los sueños, sobre la carne y sobre las pantallas, sobre la vida y sobre la muerte. Sin embargo, por algún mo...]]>
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                                <updated>2026-08-02T15:01:30+00:00</updated>
                <published>2026-08-02T06:00:00+00:00</published>
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            Lo que no sale en los titulares
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HhEADEc6DwDWXYa_suLbg4WOGSY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/lo_que_no_sale_en_los_titulares.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Todo empezó, como suelen empezar las cosas definitivas, por pura casualidad y descarte. Había una guitarra dando vueltas por la casa, un padre que le sacaba algo de folclore a las cuerdas y un pibe que cantaba encima. Cuando en la escuela aparecieron para promocionar el conservatorio, él, que ya andaba metiendo mano en la guitarra de forma autodidacta, levantó la mano. Pero a la hora de elegir instrumento, pegó el volantazo: eligió el piano a ciegas, por puro instinto, para no repetir lo que ya había en el living de su casa.</p><p>Así, a los diez años, arrancó una doble escolaridad. Mientras a la mañana cursaba las materias de cualquier adolescente, a la tarde se encerraba a incorporar la teoría musical, los pentagramas y la rigidez de la academia. Fue un adiestramiento largo y sistemático, seis años de formación básica pura y dura, el esqueleto necesario para poder sostener, años más tarde, el peso de la calle.</p><p>Estaba aún en la secundaria cuando fundó su primera banda, bautizada con el nombre Cocodrilo. Junto a Agus Román y los hermanos Ekeroth, el grupo juvenil recorrió los escenarios de Tandil desplegando un repertorio que incluía desde covers de rock hasta canciones de cuarteto. Ensayaban y guardaban los instrumentos en una salita improvisada adentro de un galpón, donde se preparaban para sus presentaciones más rentables: los cumpleaños de quince. Con el tiempo Cocodrilo se disolvería, pero esos jóvenes músicos siguieron sus caminos hasta integrar otras bandas locales como Fisión y Los Tapitas.</p><p>Luego de aquella primera banda, el muchacho dedicó el tiempo necesario a la exigencia del conservatorio para poder aprobar los exámenes de piano. Siendo ya un estudiante avanzado, participó como invitado en numerosos ensambles musicales que proponía su otra institución: la escuela secundaria. Pero no integró aquellas formaciones tocando el piano, ni tampoco la guitarra, sino que decidió probar el bajo. El intercambio entre la escuela y el conservatorio le permitió ampliar no solo la variedad de instrumentos que tocaba, sino también la red de músicos y profesores que iba conociendo en el camino.</p><p>Así fue que meses más tarde, en la feria de Semana Santa, se detuvo a escuchar una banda que lo cautivó por completo. Reconoció en esa formación a un chico que conocía de la escuela y se acercó después del show a decirle lo bien que había sonado. Aquel grupo era una murga de estilo uruguayo. El muchacho le confesó a su conocido de la escuela que, si alguna vez había una vacante, le encantaría formar parte.</p><p>La vacante se abrió y llegó la invitación, que fue aceptada sin dudar. Muchos años estuvo nuestro muchacho en la murga, ensayando los martes y jueves de cada semana, desde las diez hasta las doce de la noche. Cómo brillan los ojos del muchacho cuando recuerda la diversión de los ensayos nocturnos y multitudinarios.</p><p>En paralelo a la murga, el muchacho integraría también otra banda, porque para algunas personas nunca son suficientes los escenarios ni las horas de ensayo. Fue invitado por Luis Tangorra, que había sido profesor de su escuela y se estaba encargando de armarla. Aceptó, pero esta vez sí pidió ser él quien tocara el piano, su instrumento predilecto. La banda se llamó Tremendo Bembé y durante mucho tiempo empaparon los rincones de Tandil de música afrocubana. En esos cinco o seis años de presentaciones, la formación fue cambiando y, en una de esas reinvenciones, el muchacho acabó tocando junto a su propia prima.</p><p>Movido por esos ritmos afrodescendientes, tanto de la murga como de Tremendo Bembé, este muchacho se vio atravesado por la magia de la percusión. Comenzó, en aquel entonces, a asistir a las reuniones de un grupo de personas que tocaban juntas los tambores, a modo de comparsa. El muchacho se acercaba los sábados a la Estación de Trenes y también él tocaba los tambores. Cómo brillan los ojos del muchacho cuando me explica la conexión primitiva con esos sonidos, con esa comunidad. Aquel lugar recibiría luego el nombre de Candombe del Encuentro.</p><p>De esta manera se combinaban en la rutina del muchacho, durante aquellos años, la murga, Tremendo Bembé y el Candombe del Encuentro. Eran una, dos o tres presentaciones por fin de semana. Cómo brillan sus ojos cuando me cuenta sobre aquellos sábados en los que un show se superponía con otro y debía salir corriendo de un bar al otro, con los instrumentos en mano, con el apuro de los sueños, con el combustible de la pasión.</p><p>Cuando llegó la pandemia se apagaron las calles, pero floreció la música en su cuarto. Un cancionero perdido con treinta canciones de folclore, escrito a mano, letra y melodía, sin grabar. Después, Agosto Almendro: una nueva banda, esta vez formada y dirigida por el propio muchacho, que tocaba canciones compuestas por él mismo. Reunió a seis personas de enorme talento, entre compañeros de la murga y de sus bandas anteriores, en fin, de la interminable rueda cultural. Entre ellas, Anita Esnaola, con quien ya había compartido antes en Candombe del Encuentro, con quien creó proyectos personales y con quien, tiempo más tarde, daría forma a La Mamba. Durante sus meses en actividad, Agosto Almendro se presentó en La Vieja Romería, La Cautiva (actual Arte y Parte), Sicilia, La Pacha (actual Gluck), entre otros.</p><p>Asistió luego a un evento musical en la plaza del centro, de esos que ya no se hacen. Acá pareciera repetirse la historia de la murga: se detiene a escuchar, lo cautiva la música que tocan, se acerca después del show a expresar esa admiración y recibe una invitación. Esta vez, la invitación fue para tocar una sola canción. Sin embargo, al reunirse a ensayar, la conexión fluyó con una naturalidad inesperada, por lo que terminó sumándose a todo el repertorio. Esa banda se llamó Agua Panela y, como si el tiempo fuera solo un número, tocaron juntos otros tres años.</p><p>A partir de Agua Panela se desprendió un trío llamado Tres Bembé. Esta reducción en la formación tenía un fin económico, por la simple razón que tres músicos cobran más que ocho. Aquí el muchacho, Nico y Belén conseguían contrataciones en eventos privados y se asomaban apenas al acantilado del negocio. Estos bichos raros, los artistas, respiran por amor al arte, pero también deben pagar la comida con billetes. El trío consiguió después una productora que organizaba sus fechas, por lo que ellos debían ir y tocar. Así llegaron a presentarse fuera de Tandil, en escenarios costeros de Reta y Claromecó. Mientras Nico hacía la percusión y Belén cantaba, el muchacho tocaba el piano y el contrabajo al mismo tiempo.</p><p>Recién entonces empezaría a gestarse La Mamba, junto a Anita Esnaola. Con la idea original de armar una banda de rap con identidad latina, el muchacho y Anita fueron reuniendo uno por uno a los integrantes, un proceso que lo llevaría a encontrarse, inevitablemente, con más de un conocido. Reclutaron primero a Shaly, con quien había también tocado antes en la murga. Luego, en un evento organizado por El Choco en La Movediza, encontraron a su bajista: Tincho. En realidad no lo encontraron, porque el muchacho ya había compartido con él mucho tiempo antes.</p><p>Con Tincho habían hecho la música para los musicales -o concerts- del colegio Santo Domingo, otra de las salidas laborales que el muchacho había encontrado a lo largo de su interminable trayectoria. Aquella banda de oficio había estado formada por Juan Schang, Pablo Suarez, Tincho y el muchacho. También tocaron en los musicales de un instituto privado de inglés y, en otra ocasión, el muchacho diseñó y grabó la música de una obra de teatro llamada Esa me la sé, en la cual reversionó canciones de María Elena Walsh.</p><p>Volviendo a la historia de La Mamba, con Anita, el muchacho, Shaly y Tincho adentro, el esqueleto de la banda ya cobraba forma. Sumarían luego los vientos, a Giova en la batería y otras piezas que terminarían de completar el frondoso grupo. Cómo brillan los ojos del muchacho cuando me detalla el proceso creativo de una banda tan numerosa, las ideas colectivas, la conexión entre los distintos instrumentistas, el intercambio constante. Brillan aún más cuando me cuenta que hace poco publicaron un disco con La Mamba.</p><p>Anita le contó un día al muchacho que había escuchado en el Ferrock a una artista que le había gustado mucho. El muchacho, por supuesto, buscó en Instagram a dicha artista y comenzó a seguirla. Era July James. Al cabo de unos días vio una historia de ella cantando a capela y decidió responderle elogiando su voz. Ella le agradeció y le comentó, en una de esas casualidades artísticas, que estaba en busca de un tecladista para su banda. Sin embargo, la banda ya tenía un tecladista, Lucas, por lo que ambos se complementaron. Cuando Lucas tocaba el Rhodes, el muchacho tocaba el Hammond, y viceversa.</p><p>A sus treinta y cinco años, luego de veinticinco de recorrido, el muchacho decide lanzar su proyecto solista, con el nombre artístico de Gamma Mood. Cómo brillan mis ojos cuando pienso en la constancia de los sueños, en la capacidad de reinventarse, en lo incansable de la pasión. Grabó canciones en su cuarto y las terminó de producir en el estudio de Juan Polito, además de trabajar minuciosamente los videoclips de cada proyecto.</p><p>Cabe agregar, fuera de la cronología, que el muchacho ha tocado con Ro Sosa, con la banda de Próspero, en una banda de cumbia para un cumpleaños de sesenta, con Niño Neo en la obra Apocalipsis Siglo XXI y también improvisa la música en vivo para el elenco teatral de Proyecto Mondo.</p><p>Finalmente, con una sobrecalificación musical y la debida preparación pedagógica, el muchacho se convirtió en profesor de música de la escuela secundaria. Hace trece años da clases en Técnica 5 y hace diez en el colegio San José. Cómo brillan sus ojos cuando me explica que sería imposible transmitir la música a sus alumnos si hubiera dejado de recorrer los bares y escenarios. Me dice que no hace falta resignar los proyectos personales para convertirse en profesor, que una cosa es fundamental para la otra.</p><p>El muchacho se llama Gastón Valdez. Yo pienso cuántos flyers habrá compartido, a cuántos eventos habrá asistido y difundido, cuántas bandas habrá integrado, cuántas tardes habrá ensayado, cuántas noches habrá cargado el teclado en su espalda y se habrá parado en un escenario para ofrecerse a su público, para que su público lo vea y lo escuche.</p><p>Pienso en cómo el trabajo silencioso de veinticinco años es invisible, hasta que un episodio de violencia repentina y repudiable te convierte en carne mediática. Cómo la sangre te da en una mañana la visibilidad que te negaron los años de escenarios, reduciendo toda una vida de acordes y esfuerzo al titular anónimo de 'profesor agredido'.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HhEADEc6DwDWXYa_suLbg4WOGSY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/lo_que_no_sale_en_los_titulares.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Todo empezó, como suelen empezar las cosas definitivas, por pura casualidad y descarte. Había una guitarra dando vueltas por la casa, un padre que le...]]>
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                                <updated>2026-07-26T06:30:02+00:00</updated>
                <published>2026-07-26T06:30:00+00:00</published>
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            Física y palo santo
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7mEvbcBMy3mdDgZcCy8pDOeQnnE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/imagenes_festejos_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Finalmente, todo se resume a una esfera muda que decidirá por sí misma cruzar o no cruzar una línea. Es la joven y seductora Trionda, que nació en México, pero vive en Nueva York porque ama el espectáculo. Coquetea con los jugadores como si los conociera, pero nada sabe de ellos, que la persiguen y se pelean por quién la toca mejor. Quizás la confunden con alguna querida pelota del pasado, porque son parecidas y rebotan igual. Tal vez creen que es la misma que usaron en los potreros del baby, y asumen que será igual de noble e inocente. Pero esta no guarda ningún recuerdo, ninguna compasión y, al final, tomará sus propias decisiones. Bailará esta tarde y nunca más; y aun así, nadie podrá olvidarla.</p><p>Sería imposible para la pelota tomar la decisión de cruzar o no cruzar la línea habiendo contemplado antes la soledad de los vestuarios y el peso asfixiante del merecimiento. Cómo podría moverse luego de mojar sus gajos sintéticos en las lagunas de sudor que estas veintidós personas han regado, gota por gota, ayer y hoy. Esta tarde y todas las tardes, bajo las luces inmensas de este estadio y en el patio de tierra de sus casas. Gotas que han sido también lágrimas de frustración, de incertidumbre, de vergüenza; de niños encerrados en pensiones con sueños mucho más pesados que ellos. Gotas minúsculas que han formado lagunas por los años de constancia. Cómo podría la pelota, conociendo el barro de estas orillas, tomar la decisión de cruzar o no cruzar la línea para convertir a once en ganadores y a otros once en perdedores. A unos en héroes y a otros en villanos. Es mejor que no sepa nada y solo ruede.</p><p>La Trionda tampoco respeta la superstición. Desconoce los rezos, ignora las cábalas y es incapaz de oler el palo santo o escuchar los gritos de las tribunas. No ha visto nunca un altar improvisado a los pies del televisor ni las lágrimas de un hincha. Para ella, nuestra liturgia es invisible; solo existe la inercia, la física y el rebote. No comprende que un centímetro de su trayectoria azarosa tiene el poder de paralizar las avenidas o desatar los abrazos entre desconocidos.</p><p>Quizás, al contemplar la total indiferencia de este objeto geométrico, podamos por fin salir de la jaula del exitismo. De esa máquina trituradora y voraz, que solo valida al que levanta la copa. Si todo el andamiaje del destino se reduce, en última instancia, al capricho de una pelota sin memoria, deberíamos aprender a indultar a quienes quedan en el camino. Bilardo dijo, con razón, que del segundo no se acuerda nadie; pero Scaloni desarma la épica y le pregunta a los periodistas, aún luego de la gloria absoluta y la catarata de elogios, ¿Y si la pelota no entraba y perdíamos? Yo digo que, casi siempre, como es el fútbol es la vida. A veces alguien la mete sin saber cómo, a veces uno hace todo y la pelota se escapa.</p><p>Sospecho que la derrota es apenas otro de los nombres de la victoria; el reverso exacto del mismo éxito. Que la Trionda tome sus decisiones y caiga donde tenga que caer. La verdadera grandeza de estas personas ya sucedió mucho antes de que empiece a rodar.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7mEvbcBMy3mdDgZcCy8pDOeQnnE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/imagenes_festejos_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Finalmente, todo se resume a una esfera muda que decidirá por sí misma cruzar o no cruzar una línea. Es la joven y seductora Trionda, que nació en Méx...]]>
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                <published>2026-07-19T09:15:00+00:00</published>
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            Resurrección binaria: Dios en el casino
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-ilXzykvfUstHqFuKYIkerYWAu8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/bajo_la_superficie_100726.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Cuántas toneladas de atención pesarán sobre la pantalla justo antes de la pausa de hidratación. Invento nuevo, claro. Cuántas miradas, cuánta emoción proyectada sobre el distorsionado espejo de píxeles. Invento nuevo la triple pausa, la hidratación es vieja, igual que el diablo y la publicidad. Con qué sutileza, con qué retórica maquiavélica los porteros del infierno abren las puertas para dejar salir los vapores de la tentación. Qué excelsa arquitectura ostenta el circo del sistema.</p><p>“Acá se juega con pelotas”, dice el ídolo argentino en el primer comercial. Pero ese no es él. Es un fantasma digital de una rigidez siniestra, un cadáver articulado por algoritmos que nos habla desde el más allá para promocionar un casino virtual. Empresas con nombres en inglés, con traducciones luciferinas como guerrero o hijo de la apuesta. Pero ese no es él. Ya no hay alma en esa mirada, es una máscara programada con la frialdad de una marioneta. Tiene los ojos vacíos; un abismo pixelado donde antes había barro, potrero y rebeldía. El rostro de juventud inverosímil en alta definición, el efecto blanco y negro para imitar un tiempo que no pasó, el diseño de audio para imitar palabras que nunca se dijeron. Es la más pura nigromancia posmoderna: el mercado resucitando a nuestros muertos ilustres no para mantener viva la memoria, sino para obligarlos a seguir facturando desde la tumba. El día que el fantasma digital de Messi, dentro de cincuenta años, irrumpa en una pantalla para promocionar un vaper de strawberry ice, recién ahí terminaremos de entender la magnitud del artificio. Con qué sutileza se abren las puertas del infierno.</p><p>Si hace poco hablábamos del PBI simbólico, de esa riqueza incalculable sostenida por operarios sin sueldo que entregan cultura en efectivo; este es su reverso exacto, su contracara más perversa. Es lo contrario a un circuito independiente generando refugio o comunidad; acá es el sistema apropiándose de esa inmensa fortuna simbólica que dejó un muerto para licuarla y transformarla, de forma violenta, en capital material. El ídolo, en vida, construyó un patrimonio de prestigio a fuerza de tobillos infiltrados y gloria, un amor incondicional que las planillas financieras jamás pudieron codificar. Y es exactamente esa ilusión popular, esa lealtad inquebrantable, la que hoy es secuestrada por el código binario y devuelta al pueblo en forma de propaganda. Le expropian la identidad al mito para que la banca siga cobrando, traficando con la fe de aquellos que alguna vez buscaron un faro en esa figura.</p><p>Resulta de una ironía macabra, casi poética. Aquella mano divina, la que alguna vez se suspendió en el aire para robarle al imperio y hacer justicia patriota, hoy le ofrece el vicio en bandeja a su propio pueblo. Han invertido el milagro: el sistema codificó la rebeldía y la giró a su favor. La mano de Dios ha sido desenterrada y poseída por la mano invisible del mercado, o quizás, del propio maligno.</p><p>Y del otro lado de la profanación, está el que apuesta: el verdadero sostén de esta maquinaria macabra. Hundido en la soledad de su propio valle digital, no sabe si busca un milagro o simple entretenimiento. La trampa ha sido perfeccionada, ya no hacen falta inmensos casinos sin ventanas ni relojes para perder la noción del mundo. El celular, ese rectángulo omnipotente, encierra la misma oscuridad y promete un atajo luminoso para escapar de la guillotina financiera. Es la ilusión de un golpe de suerte dentro de una vida precarizada, camuflada en el sueño de salir de abajo y conseguirlo todo. Es un salvavidas de plomo disfrazado de chance, disfrazado a su vez de Maradona. Allá está la pieza fundamental de los circuitos infernales, deslizando el dedo en silencio, apostando la plata que no tiene a un resultado que no puede cambiar, convencido por la voz dislocada de un ídolo que ya no existe. Así se consuma el despojo: apretando un botón en la oscuridad de la pantalla, para recibir a cambio, una vez más, poco más que el eco de su propio vacío.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-ilXzykvfUstHqFuKYIkerYWAu8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/bajo_la_superficie_100726.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Cuántas toneladas de atención pesarán sobre la pantalla justo antes de la pausa de hidratación. Invento nuevo, claro. Cuántas miradas, cuánta emoción...]]>
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                                <updated>2026-07-16T19:30:05+00:00</updated>
                <published>2026-07-12T05:15:37+00:00</published>
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            El PBI simbólico: operarios sin sueldo
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                <![CDATA[El Eco de Tandil]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/NLJCI1ExwAVO61n6vdRqyoreNbw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/bajo_la_superficie.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>El capital simbólico es un concepto desarrollado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu. Se refiere al prestigio, la reputación y el reconocimiento que una persona o institución obtiene en un contexto social determinado. A diferencia del capital económico o cultural, el capital simbólico se construye sobre la base de percepciones sociales, es decir, depende de que otros reconozcan y valoren ciertos atributos como legítimos y valiosos.</p><p>(Instituto Soulmaya)</p><p>De más está decir que el capital simbólico no puede pagar la comida, ni el alquiler, ni la ropa. Por eso hay tantos inútiles acaudalados y genios con hambre. Así y todo, más vale criticar al juego y no al jugador. No será este el llanto de un artista frente a la injusticia del dinero. Cualquiera que integre el circuito de arte independiente tiene claro que el capital material se está repartiendo en otro lado. Los economistas se agarrarían la cabeza al analizar la renta de un ciclo de poesía o un evento de rap. Teclearían con ceño anonadado frente a una planilla de Excel (que ni siquiera suele existir), intentando resolver con números un negocio hecho de convicciones. Cómo explicarle a esos economistas que, a pesar de todos los costos operativos, incluyendo la sala, el sonido, la iluminación, el diseño y la impresión de un flyer y los operadores; la entrada será totalmente gratuita.</p><p>¿Por qué motivo estas personas se autoemplean en un trabajo sin sueldo, que encima requiere gastar del propio bolsillo? He aquí la pregunta que intentaré iluminar en términos financieros para que puedan entenderla ellos. A usted, artista, no hace falta que le describa nuestra fortuna.</p><p>Pero cómo, con qué palabras, podría retratar lo que siente el intérprete encerrado en el bañito del bar, que hace las veces de camarín, minutos antes de salir al escenario. Cómo ilustrar la disputa de emociones que devuelve el espejo, esa mirada que se debate entre las ganas y el miedo, entre la pasión y la vergüenza. Afuera lo esperan quince personas, pero no empezará el show hasta que lleguen su mamá y su papá, que están en camino. Es una ansiedad infantil, un miedo, una fascinación. Es un baño, es un bar, son quince personas. Es mucho laburo. Es gratuito. Es gente grande, che…</p><p>Pero también es la tarima que decoró hace un rato y su mejor ropa, que dejó separada la noche anterior. Es el trapito húmedo que le pasó a las zapatillas hace un rato. Es el flyer que subió a sus redes varias veces, superando el pudor que implica gritar en el valle digital “¡voy a estar ahí, haciendo lo que hago, si pueden vayan!” y recibiendo poco más que el eco de sus propios gritos. Es cada uno de los quince que están afuera, que también eligieron su ropa y se acercaron al bar a prestar sus oídos. Es su hermano, hace siete años, cuando lo llevó a ese centro cultural a escuchar por primera vez a un rapero local, que también estuvo antes en un bañito, respirando hondo, entre la pasión y la vergüenza. Y no pudo ver mucho ese día, porque aún no había pegado el estirón, pero vio cómo las personas de adelante movían la cabeza, aplaudían y se abrazaban; y supo que la magia estaba en el aire cuando descubrió en su propio brazo una piel de gallina que no conocía. Siete años pasaron y es ese mismo rapero de aquel centro cultural quien hoy lo ayudó a decorar la tarima. ¿Empieza a distinguir la rueda? Es por eso que trabajan estas personas, para que no deje de girar. Nada más, ni nada menos. Son los sueños y el trabajo, la ilusión y el esfuerzo; es el arte y la vida. ¿Y de la plata? Por ahora ni rastro, ni del lado de las causas, ni de las consecuencias.</p><p>Suite Soprano diría “no me llamen artista, soy un operario”. Frené un momento y escuché cómo chirría la máquina cultural de su ciudad. En cada uno de esos operarios sin sueldo se sostiene el PBI simbólico de Tandil. En los espacios que generan y promocionan sobrevive un intercambio mucho más complejo y necesario que el material. Aun cuando las redes sociales intentan convertirse en una especie de criptomoneda de prestigio, los millonarios simbólicos caminan o pedalean entre nosotros, dando arte en efectivo, manteniendo vivo el mercado local. No es este el llanto de un artista frente a la injusticia del dinero, sino todo lo contrario: es una declaración de riqueza.</p><p>El mismo día que me decidí a escribir sobre el capital simbólico local, le mandé un mensaje a Suave Digger, porque ambas cosas son un poco significante y significado. Debo reconocer que probé muchas formas de presentar a este artista en un párrafo con estilo de BIO, pero todas parecían limitarlo. Dejaré que usted investigue a Suave Digger por su propia cuenta y solo diré que es uno de los principales productores de capital simbólico en Tandil y, por lo tanto, un incansable operario del arte. Le envié el borrador de mi columna y recibí la respuesta en una sola frase sin puntos. Sentí, por supuesto, la pulsión automática de meter el bisturí y domesticar el texto para que no incomode en el diario. Pero intervenir su cadencia sería ahogar una prosa tan única que a cualquier autor le tomaría la vida entera imitar. Por eso, doy un paso al costado y dejo a modo de cierre el mensaje completo, tal como lo recibí esa misma madrugada. Después de todo, WhatsApp es la nueva correspondencia; esto es el nuevo género epistolar:</p><p>Nacho amigo, primero que nada, buenas noches, quiero agradecerte por pensar en mí y el reconocimiento, aprecio mucho la oportunidad, considero que ocupás con la suficiente responsabilidad y altura el espacio en el medio, realmente estoy muy contento de dejar mi aporte en un tema tan importante para quienes habitamos la vida como artistas, en pos de contextualizar: debo hablar puntualmente del Hip Hop, que es la manera de transitar el mundo, si me preguntás del movimiento, los ciclos de eventos, me parece de suma importancia en tiempos como hoy crear comunidades, compartir respeto, generar unión, escuchando, mirando a los ojos al otro cuando habla de las cosas que lo apasionan, generar oportunidades entre nosotros, hoy en Tandil, hablando de Hip Hop, ¿quién va a hacerlo si no somos nosotros? Es de público conocimiento que no es rentable que una presentación de un artista sea más costosa que la propia recaudación, así como también es cierto que entre los artistas y productores hay algo más que esa planilla de números en positivo, yo recupero fe en cada que veo a alguien feliz en un evento, sea artista, alguien del público, alguien ajeno a la cultura, me imagino a mi yo de 15 años saliendo de un encuentro de Hip Hop con ganas de activar, decir lo que pienso y que sea uno de los pocos lugares seguros en mi vida entera, realmente, no tiene sentido pensar en los costos (para un economista seguro) sabiendo lo enriquecedor que es para cada unx de lxs asistentes, por eso mismo, intento que el acceso económico no determine a quien pueda formar parte, costear un evento de rap nacional (que es la búsqueda) no siempre es un modelo sostenible, pero tampoco puedo hacer que un pibe no pueda ser parte porque no tiene 10 lucas, creo que cualquier productor o persona que decida llevar a cabo un evento cultural es consciente de eso, hasta acá es mi aporte, sinceramente estoy cansado amigo podría súper abordar montón de conceptos sobre Hip Hop pero también considero que hacerlo en persona será más nutritivo, gracias.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/NLJCI1ExwAVO61n6vdRqyoreNbw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/bajo_la_superficie.webp" class="type:primaryImage" /></figure>El capital simbólico es un concepto desarrollado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu. Se refiere al prestigio, la reputación y el reconocimiento...]]>
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                                <updated>2026-07-09T19:30:05+00:00</updated>
                <published>2026-07-05T11:35:49+00:00</published>
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            Mosaico
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Wi_zH9jP5yUBLRlAtnCFDsP5Ojo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/buho_noche_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Los hijos de mamá Geminicrecen entre algodonesy llevan siempre razónmamá Gemini mimaa sus hijos milescon la leche tibiade sus pechos amables</p><p>¡Excelente observación!¡Es una obra maestra!</p><p>los hijos no exitosos del éxitolloran en código binariosi fuera este el último de sus díashallarían tiempo para píxeles</p><p>como la niña que apila recuerdosen gigas y gigasde nubepobre acumuladora digitalhojea apunteslevanta cada tantosus ojos a la ventanadetrás del vidrio fríola noche púrpuraun fresnoun tilocables</p><p>quiere apagarlo todolavar su carasus dientesliberarsedel corpiñoterminar el día</p><p>daría entera su vidaen cualquier esquinapor los gigas que atesora</p><p>y qué opaca la suertede quien se consagra víctimaen tiempos de coparecibir el diplomasin cobertura ni cartelesyo que almorcé piensopan y circopero me acomodo en mi butacay muerdo el pan que me toca</p><p>así como Germán hundiósus náuticos en aire puroesa tarde en que la gravedaddecidió empujar el doble</p><p>incluso a pesar de ser élun tipo delgadodesabridocomo quien dicerodeado solo de airesu peso aumentócomo si cargara aúnsueños en el bolsillo</p><p>había ocupado cada añomenos espaciopodía inclusoguardarse en un monederodormía inclusoen su propia mesa de luzfantaseaba inclusocon la grandeza</p><p>tardó tantoen caer quea la baldosaque lo esperabano llegó nada</p><p>…</p><p>luego de unos segundosmi vista dilatada habitó la oscuridadel negro sólido omnipresentereveló profundidad sin sombrasuna llanura infinitadel césped más uniformeni un relieve; ni un arbustosolo pasto y cieloen todas las direccionesni una loma; ni un pozosuelo impoluto nivelado y cielo negroni una brisa; ni una luzreconocí enseguida aquel lugarera un sueño febrilde mi infanciame acosté en el pastola prolija alfombra crujiófrente al peso de mi nucarecordé un versola poesía es encontrarle forma a las nubesaquí no haypoesíala poesía sonesos segundos que uno tardaen romper el envoltorio de un regaloadentro no hay nadala poesía es más bienel colorido envoltorio</p><p>aquí no hay nubespero tampoco estrellases el cielo más hermosoque alguna vez vieron mis ojostan negro que por momentoses azul violetacasi me entrego al sueñopero distinguí al búhoa unos metros o millas quizássus ojos como platos parecían serla única luz en todo el llanome seguía a todos ladosdado que allí no había lunayo le dejaba los restos de mis ideasél, a cambio, daba alerta cuando me acechabanpara que retomara mi marchadijo</p><p>anochece yalas armas pesanbebamos hoyel vino saladonarremos en rondaviejas historiasque no volveráncelebremos futurosque llegarán jamásriamos de los tajos y la salmañana cuando se nubleseré el primero en levantar mis alasel primero en olvidarlas historias que contéen arruinarlos futuros que soñépara morir en la llanuracon los ojos abiertos.</p>]]>
                </content>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Wi_zH9jP5yUBLRlAtnCFDsP5Ojo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/buho_noche_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Los hijos de mamá Geminicrecen entre algodonesy llevan siempre razónmamá Gemini mimaa sus hijos milescon la leche tibiade sus pechos amables¡Excelente...]]>
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                                <updated>2026-07-03T17:40:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-28T04:00:00+00:00</published>
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            Un faro en la niebla
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            <name>
                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/un-faro-en-la-niebla">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/MzB0dWYJK1Q2sXAo44cKQ_mR-5o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/un_faro_en_la_niebla.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Cómo no empezar deseándole un feliz día a René Descartes, padre de la filosofía moderna. También a Sigmund, que fue tan juzgado por su hijo, el psicoanálisis, y al pobre Galileo, a quien su pequeña astronomía lo llevó al arresto domiciliario. Por supuesto a Nicolás Maquiavelo, que le dio una buena educación a la ciencia política, aunque después ella haya hecho sus propios caminos. Al igual que hace los suyos la hija de San Martín. Si usted viera con qué cara lo miran al señor Oppenheimer en la reunión de padres. Nadie quiere sentarse cerca de él, excepto el viejo Darwin, que tiene una hija muy rara, pero se lleva bien con todos. Y cuánto habré escrito sobre la revoltosa hija de Alan Turing, sin detenerme nunca a hablar de él.</p><p>¡Pero qué holgado les queda el título de padre a estos grandes nombres! La historia es demasiado compasiva con aquellos que engendran conceptos. Habrán sido creadores, artífices o fundadores, pero sobre lo de padres tengo algunas dudas. Sus hijos no lloraron a gritos, ni los cuestionaron. Lo digo yo, que lloré mucho a gritos y cuestioné a mis padres. Los Descartes, los Maquiavelo, los Freud... todos ellos la sacaron baratísima. Fueron padres de la tinta, del papel, de lo abstracto. Nunca tuvieron que lidiar con la pesadilla terrenal de criar a una persona que respira, que adolece, que exige y que, tarde o temprano, los va a sentar en el banco de los acusados para cobrarles cada error. Sospecho que la verdadera paternidad no es un acto de iluminación, sino un trabajo diario. Es el mayor título que ostentan los hombres de a pie. Sin estatuas de bronce ni manuales de instrucciones, haciendo malabares para intentar no arruinarle la vida a alguien.</p><p>¡Qué sorpresa me llevé el día que descubrí que mi papá no era el hombre más fuerte del mundo! ¡Qué extraño me pareció ese mundo cuando supe de monstruos más poderosos que él, cuando encontré rincones donde no podía llegar! Imagine mi analfabetismo emocional —¡Privilegiado yo!— cuando conocí a los Niños Sin Padre de los que hablaba Shinovi Sambrailo. ¿Qué iba a saber yo? Que podría sentarme ante el tribunal de todos los hijos del mundo para alegar de manera irrefutable que mi viejo es el mejor; que si le dedicase estas líneas tendría que ocupar el diario entero. Pero esos Niños Sin Padre me enseñaron que lo mismo que unos aprendemos por referencia, otros lo aprenden por oposición. En uno de esos reveses mágicos de la vida, del abandono puede crecer la más pura empatía. Por supuesto, querido lector, he visto a esos Niños Sin Padre convertirse en padres extraordinarios. Yo pienso, ¡enseñanzas, al fin!, y otras cosas trilladas como «un padre siempre será un padre»… aunque los hay de sangre y de corazón, como los hay buenos y malos. Algunos son un faro entre la niebla y otros son la niebla misma; y en la oscuridad, con el mar en los tobillos, caminan esos Niños y solos deben aprender a esquivar (o chocarse) las piedras. Pero en algún momento, el rayo de luz aparece, porque el faro sigue ahí y necesita solamente de alguien que lo maneje. Tal vez tiene otro apellido. Algunas veces, es uno mismo. En cualquier caso: ¡Feliz día!</p><p>El tercer domingo de junio, festeje a su faro. Brinde por el que le mantiene la luz prendida en la neblina. Lo digo y no puedo evitar pensar en el mío, a quien tantas veces fui a buscar nadando en corrientes de miedo, con la angustia de la vergüenza en los pulmones; y volví a la costa liviano, seguro de mí mismo. Mi viejo, que no se hizo nunca a un lado de la huella, ni aunque vinieran degollando; y me recordó siempre que, más que el sable y la lanza, suele servir la confianza que el hombre tiene en sí mismo. ¡Qué sorpresa me llevé cuando entendí que él también estaba aprendiendo a ser padre, aun cuando todas las respuestas del mundo parecían anidar en su expresión tranquila! Frente a semejante hazaña silenciosa, ¡cuánto podrían importarme los padres de la patria, de las ciencias, de las bombas!</p><p>Sé que usted me comprende, lector: si una lágrima pasajera asoma antes de terminar el párrafo, son las memorias y agradecimientos que algún día escribiré. Por hoy solo intente levantar la vista de la orilla, de las piedras, para reconocer al que ha estado parado firme entre la tormenta, iluminando sus pasos.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/MzB0dWYJK1Q2sXAo44cKQ_mR-5o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/un_faro_en_la_niebla.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Cómo no empezar deseándole un feliz día a René Descartes, padre de la filosofía moderna. También a Sigmund, que fue tan juzgado por su hijo, el psicoa...]]>
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                                <updated>2026-06-21T13:10:03+00:00</updated>
                <published>2026-06-21T11:36:38+00:00</published>
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            Algo hay que decir
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        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/algo-hay-que-decir" type="text/html" title="Algo hay que decir" />
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2CdhYGLfgWEk_rYaqBmaXG7ROFk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/algo_hay_que_decir.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Ya en la escuela aprendemos a aseverar cosas que no dominamos. Los niños uniformados se amontonan alrededor de la puerta del salón mientras revolotean murmullos y hojas pintadas con resaltador amarillo. Alumnos con anteojos se esconden sus propios apuntes y miran fijo al horizonte con ojos desenfocados para probar la memoria y recitar lo estudiado. El recreo previo a la prueba es una cuenta regresiva. Los tributos forman fila para entrar ordenados a las fauces del sistema. Lustran y afilan su arsenal de conceptos, recuentan su carcaj de fechas y ordenan su repertorio de mentiras. No hay charlas triviales en la antesala de la evaluación. Incluso aquellos a quienes no les queda nada para perder miran al piso con pavor. No temen enfrentarse al peso de su ignorancia, sino al juicio de la hoja en blanco, que es el color de la rendición.</p><p>Pero no, ni siquiera los rezagados, que nada saben más que su nombre y la fecha, se entregarán en silencio. Levantarán las lapiceras y escribirán algo. Serán acaso frases sueltas talladas por el sentido común, o bien el vago recuerdo de una anotación en el pizarrón, que vieron de refilón mientras jugaban al truco. Tal vez un dato sutilmente relacionado, extraído directamente de la biblioteca de TikTok; o quizás un sentimiento, una idea, una confesión, un dibujo, un chiste, en fin, un verso. Será ese su grito de existencia, su faro en medio de los mares de porcentajes, su manera de decir yo estuve acá, me enfrenté a la hoja en blanco. Desaprobarán, por supuesto, con el puntaje mínimo: uno. Un punto por la presencia, por el honor, por la guapeza. Cuando corrija, la profesora tendrá en sus manos tesoros perdidos. Textos que nada tienen que ver con el plan de la materia, manuscritos fuera de lugar, nacidos de la presión de las mesas separadas, y sin embargo, de un inimaginable valor artístico. Son garabatos sobre consignas, es la expresión por sobre el conocimiento. Es la pulsión humana de no rendirse sin antes dejar una marca. Así navegamos años y años por el océano educativo, intentando llegar a Ítaca, con barcos llenos de héroes y heroínas que no siempre saben, pero siempre hablan.</p><p>Así el mundo se convierte en el recreo previo a un examen. Quién ha de evaluarnos, no tengo idea, pero todos caminan nerviosos queriendo disimular la ignorancia. Buscamos blindarla con términos intrincados, con nombres rimbombantes, con frases hechas. Los que de verdad saben no dicen nada, se quedan leyendo en silencio, marginados por la vorágine. El resto investigamos en Reels y retenemos solo contenido en formato corto. Revestimos los ladrillos huecos de nuestra teoría con noticias de último momento. Nos lanzamos sobre cuestiones titánicas empuñando la espada de la opinión y acabamos apuñalándonos entre nosotros por las diferencias. Así sangramos nosotros y las cuestiones siguen ahí, pastando, creciendo.</p><p>Asómese usted al foso de los comentarios digitales, escuche el grito de los usuarios al despedazarse entre ellos bajo un video de 15 segundos. Colosales bestias como la política, la religión, la historia, pero también revoltosas criaturas como el espectáculo, las recetas de comida o el fútbol; todo tirado al mismo campo de batalla, sin jerarquías. Todo marcado por la misma bronca, por la misma sangre. La tecnología nos acercó la violencia a la comodidad de nuestras casas. Sin barreras de tiempo, ni espacio; sin tener que poner el cuerpo. Es la nueva Gran Guerra, sin aliados ni motivos, en pantalla.</p><p>Olvidamos que, más importante que saber contestar, es aprender a formular preguntas. Vagamos con nuestras pesadas convicciones de acero sin ninguna intención de intercambiarlas, pero con el ferviente deseo de chocar unas con otras para sacar chispas que incendien de una vez el pajonal sediento. Ya no queremos debatir, cobarde término de los intelectuales y los políticos, queremos pelear. Ansiamos que llegue de una vez el temido examen. No luchamos por respuestas, sino que luchamos con respuestas; y en ese combate de ideales todos se ven obligados a aparentar que tienen clara su identidad, aunque nadie esté del todo seguro, ni del todo informado, ni incluso del todo interesado. Porque entendemos la ignorancia como un punto débil que hay que esconder a los gritos, en lugar de abrazar la humildad del silencio y arar la tierra del saber para cultivar nuevas ideas.</p><p>¿A dónde voy con todo esto? Como siempre, a ningún lado; y tal vez, a esto mismo. Hoy me senté frente al parpadeo impaciente de la computadora, con el carcaj completamente vacío. Quise ejercer el sagrado derecho a callarme la boca, fantaseé con entregar un rectángulo en blanco para que descanse usted los ojos de tanta opinión. Pero el pánico a la rendición me pudo. Así que hice lo único que sabemos hacer los alumnos aterrados frente a las fauces del sistema: levanté mi lapicera y empecé a rellenar el silencio. Este es mi dibujo al margen del examen.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2CdhYGLfgWEk_rYaqBmaXG7ROFk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/algo_hay_que_decir.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Ya en la escuela aprendemos a aseverar cosas que no dominamos. Los niños uniformados se amontonan alrededor de la puerta del salón mientras revolotean...]]>
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                                <updated>2026-06-14T14:15:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-14T04:00:00+00:00</published>
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            Si todos los locos ven lo mismo
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/M1MBa-z7xCSKZxl3WdXfEnnxyAI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/si_todos_los_locos_ven_lo_mismo.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>“Si las puertas de la percepción se purificaran, todo se le aparecería al hombre como es: infinito"William Blake</p><p>Pobres cuerpos terrenales cargando cerebros infinitos. En eso pensaba mientras hervía fideos y miraba la olla con la vista borrosa por el vapor y por el ayuno; y guardaba el miserable paquete de plástico con bronca. ¿Por qué será que él, que no piensa ni siente, que ignora por completo la inmensidad del universo que habita, goza aún del privilegio de no necesitarme?&nbsp;</p><p>Podría morir de hambre frente a él y se quedaría viéndome desde la alacena, incapaz de perecer. ¿Por qué entonces yo, que vuelo con mi imaginación y recorro con ella los rincones de la existencia, lo necesito a él para no desmayarme? ¿A qué dios retorcido se le ocurrió poner todos los restos de magia en la sinapsis de un animal de carne y hueso, para que deambule por el mundo con la infinidad encerrada en un envase descartable, con más percepción de la que podemos procesar?</p><p>Gracias a ese dios hicimos las escuelas y los bancos, los gimnasios y los supermercados. Por suerte, también inventamos la locura, que es una sola y tiene forma de sombrero. Con eso distinguimos a los cuerpos que quedaron huérfanos de conciencia. Personas que le dieron rienda suelta al caballo alado de la mente y se alejaron tanto de sus cuerpos que estos quedaron solos, desconcertados. ¡Qué peligro! Si todos los locos del mundo decidieran comunicarse entre ellos y vieran lo parecidas que son sus locuras; si entonces se pusieran de acuerdo en que esa es la verdad y todo el resto es el delirio; si fuesen ellos y no nosotros la gran mayoría, tal vez encerrarían a los cuerdos.</p><p>En eso pensaba mientras los fideos hervían, y discutía a viva voz conmigo mismo. Pero uno no puede vociferar reflexiones sobre conceptos tan discutidos sin mencionarle al aire los grandes nombres que ya lo han pensado antes. Eso les resulta de gran molestia y por supuesto sus fantasmas vienen a reclamarlo. Aquella tarde los personajes se encarnaban en el vapor de la olla y se iban acomodando en mi cocina.&nbsp;</p><p>El primero en venir fue Foucault, claro, que me interrumpió con un extenso recorrido histórico sobre las diferentes épocas del poder y la locura. Me corrigió recordándome que la locura no la inventa nunca el loco, que siempre la inventan otros; que han sido igual de locos los pecadores y los pobres, los enfermos y los genios. Han sido exhibidos y confinados, aplaudidos y castigados según la época y el lugar. Usted se imaginará, lector, que mis divagues quedaban chicos al lado de tanta historia y teoría. Yo necesitaba algo más abstracto.&nbsp;</p><p>Revolví el vapor para que el fantasma desapareciera, pero de los espirales se formó otro que volvió a interrumpirme. Mi querido Huxley, habitué del mundo de mis pensamientos. Su fantasma era joven y su tono coloquial. Para él la locura era una cuestión de percepción. Hablaba rápido y me pedía que no olvidara que nuestro cerebro filtra la realidad para que la percibamos en niveles soportables. Que es gracias a ese sesgo perceptivo que logramos sobrevivir; y que, si la realidad se nos mostrase en todo su esplendor, nos veríamos paralizados frente al infinito. Me contó sobre psicodélicos y fractales, que las visiones de distintas personas bajo esos efectos coinciden, que en esas visiones hay, sin dudas, algo real. Luego, me advirtió que tuviera cuidado con ser demasiado racional, porque en el país de la locura, el hombre integral es linchado. Pensé en el acuerdo colectivo de la cordura, y en su fragilidad.&nbsp;</p><p>Volví a imaginar locos de todo el mundo que se ponen de acuerdo y encierran a los cuerdos para darles medicación y enseñarles las nuevas verdades del universo. Sentí las cosquillas de la fascinación extraña, la sed de una percepción sin trabas. Volví a fantasear, por un momento, con una imagen genial y seductora de la locura. Una de un mundo de mentira, donde aún no se han inventado la psicosis ni la demencia. Quiero abrazar a Huxley y volar con él muy lejos de esta cocina, pero tengo hambre y se evapora el agua.</p><p>Debo haber dicho en voz alta los términos médicos, porque del vapor se formó una nueva figura y empezó a discutir con Huxley sin prestarme atención. Hablaban entre ellos en un inglés con mucho acento, del que solo pude distinguir algunas palabras. Me sentí excluido por el idioma, pero los dejé debatir un rato antes de revolver la olla.&nbsp;</p><p>Era Oliver Sacks, el neurólogo. Había aparecido para apagar la fiesta psicodélica del escritor y para remarcar que la locura estaba lejos de ser un viaje romántico, que era en realidad un cortocircuito químico del cerebro. Usó algunos términos técnicos que no pude traducir, pero comprendí que la cordura consiste en un milimétrico equilibrio cerebral, y que basta la más mínima alteración para distorsionar la realidad y confundir, por ejemplo, a tu esposa con un sombrero. Puso mucho énfasis en la importancia de la medicina, de los diagnósticos y las clínicas de salud mental, porque es la única manera de evitar consecuencias muy trágicas. Antes de irse, me miró a los ojos y dejó en claro que la locura no es libertad, sino una pesadilla biológica. Huxley se esfumó con él.</p><p>Cuando estuve al fin solo, hambriento y mareado frente a la olla, logré apagar mis pensamientos. Revolví el agua burbujeante y el vapor se pegó a mi frente para mezclarse con mi transpiración; y el agua formaba un espiral líquido, transparente, constante; y tanto la cuchara como el vapor eran parte de mí, porque mi ser no tenía límites.&nbsp;</p><p>De la cúspide de mi cabeza salió una onda expansiva que borró el principio y el final de mi cuerpo; y viéndome eterno liberé mi carne y mis huesos de la tiranía de la gravedad y los dejé caer sin resistencia. Estaba en el piso en posición fetal y apoyé mi frente con sudor y vapor en el frío de la baldosa, y ya no había piel que me separara del mundo, ni ojos que definieran mi perspectiva. Yo era el universo entero, pero seguía rebotando en ese cráneo, con mi cuerpo tendido como un monumento derrumbado.&nbsp;</p><p>Encima de las ruinas, los fantasmas de vapor seguían saliendo de la olla y flotaban por mi cocina. Nunca habíamos sido tantos. Se amuchaban sobre la mesada, en las alacenas, y algunos se acercaban al piso para ver si yo seguía vivo; y cuando confirmaban que aún estaba ahí se peleaban por contarme su versión de la locura. Después de un rato, la cocina era un griterío caótico de argumentos y anécdotas superpuestas. Las frases no se entendían y los rostros eran difíciles de distinguir desde mi posición fetal. Reconocí por su voz a Pizarnik, acompañada de Sylvia Plath, que me ilustró con versos ese encierro asfixiante del mundo terrenal, esa carga insoportable del cuerpo frente a la disolución de la realidad. Pobres poetas malditas, su sensibilidad les ha costado la vida.&nbsp;</p><p>Yo no quería escucharlas, entonces me tapaba los oídos y lloraba, y el llanto era un grito, y en el grito decía ¡me estoy volviendo loco!, y con eso supe que estaba cuerdo. Por supuesto que no, el loco no duda de su cordura. Pero las voces no paraban, y los fantasmas ya no entraban en mi cocinita y nos pisábamos entre todos. El vapor nos empapaba y yo tenía tanta hambre. Emil Cioran, nihilista insoportable, flotaba de acá para allá y reía de mi llanto mientras le sacaba conversación a Sylvia y Alejandra. Aunque me tapaba los oídos no pude evitar escuchar con claridad sus comentarios horribles sobre el inconveniente de haber nacido y lo absurdo de esta vida. Desagradables nihilistas, resignados y mediocres. Quise levantarme para volar lejos con las poetas, pero no tenía fuerzas y las vi desvanecerse; y el ruido del agua hirviendo era a la vez el ruido de mi panza, y ni un millón de voces podían taparlo.</p><p>La última figura que vino a visitarme no se formó con el vapor, sino que emergió de los rayos de sol que entraban por el ventiluz. Jamás había presenciado una aparición tan majestuosa; era Sor Juana Inés de la Cruz. Fue la primera y única vez que vino. Todas las voces se callaron de inmediato, los fantasmas desaparecían y con ellos también el vapor. El agua y mi panza imitaron el silencio. La figura se arrodilló a mi lado, vestida con su hábito. Quizás mi locura nació el día que leí Primero sueño.</p><p>No me recitó versos ni levantó la voz. Me habló al oído, bajito, como quien confiesa un fracaso. Me contó que su alma también había peregrinado hacia la totalidad del universo mientras el cuerpo dormía, pero me advirtió que el infinito no es lugar para el humano. Que allá arriba, sin la protección de la carne, el intelecto se encandila y se quema frente a esa luz inabarcable. Me acarició la frente transpirada y me invitó a volver al cuerpo, al hambre, a los fideos.</p><p>Esa tarde decidí no escribir sobre la locura y contarles, en cambio, esta historia. Hasta mis amigos más íntimos, como Huxley, habían venido a retarme. Entendí que no hay forma de que yo sepa qué es o no es la locura, si ni siquiera estoy convencido de mi propia cordura.&nbsp;</p><p>En esa duda, en esa grieta de misterio, en ese umbral de la realidad, en esa variedad de formas; ahí está lo inabarcable de este concepto. Es el nombre que le dejamos a lo infinito, a lo incomprensible, a lo oscuro, en fin, al universo. Quizás deba usted, lector, tomar estas como las palabras de un loco.&nbsp;</p><p>Desde este lugar le digo que nunca olvide que hoy por hoy nos toca ser humanos. Máquinas de carne viajando en una roca por el espacio. Considere usted qué tan lejos se embarcará en los ríos de la locura, motivado por la codicia de la conciencia. Aceptar los límites de la percepción como requisito del estado terrenal requiere de una humildad muy cultivada. Por mucho que se deje llevar, no podrá abandonar su cuerpo, no hasta dejarlo definitivamente, y ese día nos llegará a todos. A veces, basta con barrer y regar las plantas para escuchar la orquesta de la verdad.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/M1MBa-z7xCSKZxl3WdXfEnnxyAI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/si_todos_los_locos_ven_lo_mismo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>“Si las puertas de la percepción se purificaran, todo se le aparecería al hombre como es: infinito"William BlakePobres cuerpos terrenales cargando cer...]]>
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                                <updated>2026-06-07T04:00:01+00:00</updated>
                <published>2026-06-07T04:00:00+00:00</published>
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            Cortejo digital
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/UUY066Gns139amISXb1LJ2wccSk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/cortejo_digital.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>En la mesa del café, saco mi celular y escaneo el código QR para ver la carta. En la vereda, los gorriones dan saltitos y comen lo que encuentran. Cantan y vuelan, de la baldosa a una rama, de la rama a las tejas. Revolotean sobre nuestras cabezas gachas y un poco se ríen de nosotros y esas risas caen del cielo como miguitas de pan. Su tiempo no tiene números y sus alas burlan las reglas del espacio. Ignoran por completo nuestra histeria de píxeles. Veo a un gorrión macho saltar alrededor de una hembra. Infla el pequeño pecho y levanta la cola, con sus alas abiertas. Ella no se inmuta. Dicen los streamers que pasó de moda mostrar demasiado interés. Vuelvo la vista a mi rectángulo de vidrio para retomar mi simulacro de elección.</p><p>Miro hacia la puerta unos segundos antes de que aparezca mi amigo. Llevo un rato siguiendo su ubicación en tiempo real. Pide lo mismo que yo, y pasamos de inmediato a nuestra rutina de siempre. Él me cuenta las idas y vueltas de sus amoríos; yo pienso en las caras y contracaras del romance moderno. La mesera deja nuestros cafés y, antes de irse, le sonríe a mi compañero. Nuestra charla dura lo mismo que las tazas.</p><p>La situación actual es de delicada espera. Anoche le reaccionó una historia a Sofía, para tantear el terreno, pero ella sólo respondió con un like. A medida que pasan las horas, el panorama se vuelve menos prometedor. “¿Qué fue lo que le dijiste?”, le pregunto. "Un emoji de carita enamorada", dice. En ese pictograma se condensa la atracción, el acercamiento, quizás incluso las ganas de juntarse. Pienso en la cantidad de letras que podrían haber ocupado ese cupo comunicativo. “¿Por qué no le escribís algo?”, propongo. Me explica que si hace eso corre el riesgo de quedar muy desesperado, que es fundamental mantener cierto grado de indiferencia para no ser descartado por intenso. El protocolo dicta que ahora debe dejarla en visto hasta mañana a la tarde para no perder valor de mercado. Cuando se cumpla ese tiempo, habrá que considerar otras opciones. Sofía es una chica muy popular, con muchos seguidores. Eso significa que su oferta es muy amplia y, por lo tanto, hay que encontrar la manera de destacarse entre las demás reacciones. &nbsp;&nbsp;&nbsp;</p><p>En paralelo, discutimos los movimientos a realizar en otra partida, la de Julia. Acá la especulación es distinta, es un juego de sombras. El objetivo es llamar la atención del otro. Le pregunto a mi amigo si está seguro de que ella está jugando al mismo juego; y efectivamente, no tiene ninguna duda. Hace unos días él la agregó a su lista de mejores amigos, y ella lo agregó a la suya inmediatamente. Es la luz verde del ritual sexo-afectivo digital. “Ya tengo un pie adentro”, me asegura. “¿Y cómo se sigue?”, quiero saber. Ahora las publicaciones deben ser estratégicas, medidas, hasta que alguno de los dos rompa el hielo. Es importante construir la estética seductora en cada función que las redes ofrecen: historias, notas, canciones, reposts. Pensativo, lo cuestiono: “Pero si vos no subís casi nada, amigo”. Me explica que subir pocas cosas es una parte crucial del plan, porque “el misterio es lo que vende".</p><p>Luego me narra un encuentro pasado, de algunas semanas atrás. Ana, una chica que vive en un pueblo cercano. Comenzaron de lo más normal: se empezaron a seguir, se agregaron a mejores, se dieron un par de likes y terminaron chateando. Ahí conectaron increíblemente. Desempeñaron sus habilidades de seducción en un conglomerado de mensajes, memes y GIFS que los llevó de la risa al llanto, ida y vuelta. Al cabo de unos días, decidieron dar un paso más e incorporar los audios y las fotos temporales. Me cuenta que fue un poco chocante escuchar su voz por primera vez, que no era como se la esperaba, pero terminó acostumbrándose. También fue raro ver su cara sin filtros, desde ángulos casuales, pero no dejó de gustarle. Además, decidió ignorar algunas red flags evidentes, como las infaltables fotos en boliches cada fin de semana, o los comentarios recientes de un usuario que tal vez sería su exnovio. A pesar de todo siguió adelante, motivado por la ilusión de ese nuevo romance, alimentando sus fantasías con todas las publicaciones de aquel feed. Iba y venía desde la última foto hasta la primera, mientras soñaba cómo sería el primer encuentro en persona. A la tercera semana, ya sentía que conocía todo sobre ella. El chat había evolucionado a su máxima expresión: la videollamada. El encuentro era inminente y necesario. Lo pactaron para la noche de un viernes. “¿Y se vieron? ¿Y ella fue? ¿Y qué tal? ¿Se rieron?”, pregunto enseguida, ansioso. Él niega con la cabeza. “Duró cuarenta minutos la juntada”, dice. Entonces me explica que todo rastro de química debió haber quedado en la pantalla. Que aquella no era la persona con quien había entablado ese vínculo virtual, que era distinta, más tímida y menos graciosa. Que ni la cámara ni el micrófono del celular habían logrado captar la realidad de las facciones, de las miradas, de los gestos; y que eran entonces dos personas desconocidas. Peor aún, porque las personas desconocidas tienen la opción de tomar el riesgo y conocerse; pero en este caso sus perfiles digitales se habían adelantado y habían formado un propio vínculo del cual ellos no eran parte. Al estar seguros de dicha ajenidad, cada cuerpo emprendió la vuelta a su ciudad. Desde entonces, ambas partes mantienen un estado de ghosting diplomático. No se escriben, pero tampoco dejan de seguirse.</p><p>Antes de irnos, con las tazas vacías y la cuenta paga, la mesera le dice algo a mi amigo. Es uno de esos comentarios innecesarios, triviales, amistosos. Una de esas interacciones de la vida real, cargadas de contacto visual y fabricadas con cuerdas vocales. Él contesta en monosílabos. Su voz tiembla notablemente y las palabras se le enredan. La conversación termina antes de empezar. Mi amigo mira para otro lado y saca su celular. Yo me quedo en silencio, observando las ruinas del encuentro desde afuera. Cuando mi compañero vuelve a dirigirme la palabra, está sonriendo. “Que chica más linda”, dice para mi sorpresa. Saca una lapicera de la mochila y escribe algo en una servilleta. Es el nombre de su usuario de Instagram. Salimos sin mirar atrás y dice: “Si me empieza a seguir, le escribo”.</p><p>Pienso en la torpeza analógica que tiene el encuentro, en la adrenalina del rechazo en vivo y en directo, sin pantallas que oficien de paracaídas. Hoy nos incomoda tanto la fricción humana que hemos digitalizado el ritual. Nos convertimos en auditores de nuestro propio ego, calculando los márgenes de riesgo antes de siquiera atrevernos a rozar una mano ajena. El cortejo en los tiempos del QR es una danza virtual. Es una planilla de Excel donde el deseo se tabula en tiempos de respuesta, visualizaciones fantasmas y silencios tácticos. La belleza se va a buscar en fotos de historias y publicaciones que intentan ilustrar a una persona real. El individualismo marca sus fronteras con red flags y green flags para determinar si los vínculos serán turistas o residentes, con la premisa de este siglo de que “todo es descartable hasta que se demuestre lo contrario”. El intercambio se redujo a una partida de ajedrez cobarde donde el primero que demuestra interés, pierde. Pero ese miedo a entregarnos nos lleva a que perdamos todos.</p><p>Querido lector, el amor seguirá existiendo fuera de las pantallas, los píxeles nunca podrán atraparlo. Sospecho que lo importante es no dejar que nuestros avatares virtuales vivan la vida que le corresponde a nuestros cuerpos. No cederle a la prolija tecnología las conexiones imperfectas de las personas. Guardarle, aún en estos tiempos, un rincón al misterio, a lo espontáneo, a las cosquillas en la panza, a la ilusión, al rechazo; en fin, al romance.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/UUY066Gns139amISXb1LJ2wccSk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/cortejo_digital.webp" class="type:primaryImage" /></figure>En la mesa del café, saco mi celular y escaneo el código QR para ver la carta. En la vereda, los gorriones dan saltitos y comen lo que encuentran. Can...]]>
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                                <updated>2026-05-31T15:00:42+00:00</updated>
                <published>2026-05-31T11:24:11+00:00</published>
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            Un diálogo con Felipe Giménez: la ansiedad, los sueños y el error
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/r7Hs66_YQ5KDWWGBGdYAJhcU2rE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/la_ansiedad_los_suenos_y_el_error.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Del gran Felipe Giménez conocí la carne antes que el mito, el pincel antes que los trazos. Era muy chico cuando acompañé a mi mamá a buscar un cuadro donde él vivía. Después de un rato viajando dijo que ya estábamos cerca, y yo pegué mi cara a la ventanilla para ver las sierras, los árboles y los lagos. Cuando llegamos a la puerta, Felipe salió a recibirnos y nos invitó muy amablemente a pasar a su taller. Yo no entendía qué era un taller, ni sabía quién era Felipe.</p><p>Aquella fue la primera vez que mis ojos vieron a un artista en su hábitat natural. La primera vez que mi nariz percibió el dulce aroma del proceso creativo, que mis manos rozaron las frondosas mesas de trabajo donde los materiales y las herramientas se amontonan y se mezclan con las pilas de bloqueos, las manchas de inspiración y los bidones de espera. Felipe se paseaba cómodo entre bastidores con su ropa pintada, tomando un mate lavado, sonriendo. Yo no presté atención a lo que charlaban él y mis papás porque eran adultos y sus caras estaban demasiado altas y sus palabras demasiado lejos. Estaba cautivado por el olor de ese templo espectacular, donde no hacía ni frío ni calor porque los rayos del sol entraban cálidos por unos ventanales enormes que mostraban más sierras, árboles y lagos. Tampoco presté atención a la infinidad de cuadros que colgaban y se apoyaban en todos lados. No eran las obras, sino ese espacio de creatividad, lo que maravilló mis sentidos. Soñé lo hermoso que sería tener ese lugarcito especial propio, destinado a crear y jugar, para habitarlo durante horas y horas. Fue ese día que concebí su existencia. Le aseguro, querido lector, que aquella frondosa mesa de trabajo es la misma sobre la que escribo esto hoy en día. También tengo acá mi mate lavado, mis pilas de bloqueos y bidones de espera. Algunos manchones de inspiración y rayos de sol por la ventana.</p><p>Tiempo después yo conocería a la figura de Felipe Giménez, el reconocido pintor-psicólogo. Me encontraría todos los días con su cuadro colgado en mi living, con la belleza de sus obras, de sus colores, de sus personajes. Entendería luego la condensación narrativa de sus escenas, de sus títulos, la potencia poética de sus imágenes y la resistencia de sus técnicas. Me vería alguna que otra vez conmovido hasta las lágrimas por ese mismo cuadro que hacía años estaba, y aún sigue, en el corazón de mi casa.</p><p>Ya muy consciente de su trayectoria, y consecuente fama, tuve el privilegio de entrevistarlo. Como estábamos en distintas ciudades, la reunión fue virtual. Se imagina usted, lector, cuánto me hubiese atraído ceder a la ficción y contarle que regresé en persona a ese mágico taller en el bosque y tuvimos esta misma charla sentados frente al ventanal entre los bastidores y el atardecer. Sin embargo, algunas pocas veces, la realidad es mejor que la ficción. En la simpleza de la videollamada, vi la sencillez de Felipe y, a lo mejor, un atisbo de la simpleza de la vida.</p><p>—Nos conocimos hace muchos años… —dije y empecé a recordarle aquel día.&nbsp;—Sinceramente, no tengo registro —respondió, sonriente—, pasa mucha gente por acá.</p><p>Y con esa invaluable honestidad, la charla empezó a fluir al ritmo sereno, pero profundo, que imponía la mañana. Los dos lados de una pantalla: Buenos Aires y Sierra de los Padres. La misma lluvia acá que allá, el mismo mate lavado. Rompí el hielo preguntando por la muestra que hizo en Tandil, en El Club de la Quimera, llamada Acredita que acontece.—No es una galería ni un salón convencional, donde uno va y hace una muestra con un concepto —dijo— porque en realidad, La Quimera es un territorio. Lo primero que me llamó la atención es el nombre del lugar, “El Club de la Quimera”. Con eso ya te das cuenta que va más allá del negocio, es un lugar de reunión. Yo los conocí a Manu y a Luji, y también a sus padres cuando vivían en Mar del Plata y tenían La Rosa de los Vientos. Era un espacio de arte muy hermoso, muy original, con mucha identidad.</p><p>Me contó que cuando lo contactaron, pudo sentir en esa gente las ganas verdaderas de que sus cuadros estuvieran ahí y la muestra sucediera, algo que valora mucho a la hora de hacer eventos en esta etapa de su vida, en la cual reconoce que “ya no debe mostrarse por necesidad” y agregó:</p><p>—Me contaron un poco cómo había surgido este tema de Manu con sus dos profesiones, o sea, en La Quimera y como veterinario. A mí me pasó un poco lo mismo con los cuadros y la psicología. Empezás a ver la correspondencia entre las artes y la vida cotidiana. La muestra, en realidad, es ir a visitar un territorio con los cuadros, es cruzar, es oxigenar un poco un lugar y que el lugar lo oxigene a uno, es un intercambio con Tandil, que me es una región particular.</p><p>—¿Y cuál es esa relación particular con Tandil? —pregunté y me acomodé para escuchar mejor.</p><p>—Vos pensá que yo vivo en la punta de la sierra, o sea, donde las sierras se están por meter al mar dentro de un rato. En Tandil hice una muestra una vez, habían abierto una galería muy grande. Fue muy lindo. Pero no he tenido algo así como un intercambio con la ciudad. Siempre me pareció como, por momentos, rústico y tosco el tema de la piedra, ¿Viste? Hay algo ahí, la piedra está. Para lo bueno y para lo no tan bueno. Hay por un lado propuestas muy buenas, atrevidas, una universidad excelente; y por otro una parte conservadora, no tan atrevida. En La Quimera encontré una ventana lo suficientemente plástica, abierta, liviana para hacer una pasada por Tandil. Además amo las sierras, bueno, soy serrano. Hace 32 años que vivo acá.</p><p>—Ya no te mueve nadie de ahí —contesté y corrí la vista de la pantalla hacia la ventana. Sentí que los edificios de alrededor se acercaban un poco más.</p><p>—Bueno, eso nunca se sabe —aclaró él—, en este momento que el mundo está tan loco, me siento protegido por las sierras. Me da una sensación de solidez, de un pedazo de naturaleza fuerte, que no se va a mover, que no va a sufrir terremotos. Yo viajo mucho por mi laburo, y cada vez encuentro más disfrute en quedarme. Sospecho que tiene que ver con la locura del mundo. Mirá, te lo digo ahora porque lo estoy sintiendo. El otro día estuve en Buenos Aires y tenía unas ganas de volver al taller silencioso. Hoy es un día de lluvia increíble, hermoso, hermoso para no hacer nada.</p><p>—¿Cómo te llevas con esa locura del mundo, con esa ansiedad colectiva? —Quise saber.</p><p>—En este momento, ese es mi tema a trabajar: que esta realidad que están imponiendo no sea mi realidad. Quiero decir, estoy en un proceso de no quedar esclavo del exceso de ansiedad ajena, que no pertenece a nadie, es instalada. Esa ansiedad es generada por distintos dispositivos que alteran la subjetividad, y todo ser humano no quiere sentirse loco entonces trata de justificar esa locura poniéndole el nombre de cualquier tontera que pasa para decir “estoy así por esto o por lo otro”. Después no sabés si fue primero el huevo o la gallina, si el problema te dio ansiedad, o si tuviste ansiedad y buscaste el problema. Por suerte, me he hecho muy amigo de mi vida. No me gusta si la vibra no es buena. Me cuido a dónde voy, con quiénes, porque no sobra nada y a los dos minutos te venden una nueva ansiedad; y ese estado es tóxico, tiene al cuerpo enfermo, no está el relojito funcionando lindo. Creo que ese es un laburo que hay que hacer, el de estar atento. Primero no creerle, arranca por ahí. Saber que es creado, es fabricado, como la alimentación; y bueno… ¡Podés no comer eso también!</p><p>Algo habré respondido, pero lo fascinante era escucharlo. Sus ideas se hilaban las unas con las otras al igual que el cuadro que colgaba atrás de él, con muchísimos personajes coloridos de distintos tamaños, en posiciones diferentes y, sin embargo, ordenadas a la imperfección.</p><p>—Yo mismo me doy cuenta cuando estoy fuera de registro. Voy corriendo a descargarme pintando, pero no corriendo de alegría. Pongo pinceladas de más. Es como estar nervioso y agarrar a la fuerza a tu gato o tu perro para acariciarlo. Te va a decir “¡Pará! Acariciame si querés pero frená un poco, no te descargues conmigo”. No digo que el arte no sea un buen lugar para la descarga, pero tampoco está bueno estar descargando todo el día. Vas a tocar una sola nota. Me pasa también con la música que escucho, hay autores que no quiero escuchar y me obligo a dejar todo el disco. Para el segundo o tercer tema ya te empieza a gustar. No te tiene que entretener. Sobre todo porque yo necesito generar un clima acá para que la cosa se dé. Hay cierta cosa de ritual, de ceremonia. A la vez, son los tiempos que corren. El tema es estar haciendo algo con los tiempos que te tocan, no quejarte.</p><p>Después hablamos de la importancia de los sueños. De su rentabilidad.</p><p>—El nombre Acredita que acontece quiere decir: ¡Creé! Tiene mucho que ver con La Quimera, esa utopía que se renueva. Es lo que me conecta con ellos, el seguir sabiendo que el camino va por no perder los sueños y no como nos dicen ahora “hacete cargo de los problemas”. Como si el sueño no fuera lo que va abriendo otras realidades, otros tiempos, otros lugares, otros recovecos. Si la utopía no es lo que te ayuda a descansar del agobio de la fragilidad existencial porque es muy jodido bancarse el quilombo que uno es si no puede tirar para adelante de un sueño, como alivianador, como una polea que te vas agarrando un poquito.</p><p>—Debe ser complicado vivir sin sueños—Aventuré.</p><p>—¡Es muy pesado! Y bueno, políticamente, es eso lo que se está proponiendo a nivel global. Es una derecha en la que no sólo no hay lugar para los sueños, sino que no hay lugar ni siquiera para vos mismo. Entonces decís, “¿Si compro eso dónde quedo?”. Por eso me gusta ir a espacios como la Quimera, ese encuentro con la tribu, juntarnos, disfrutar del lugar, que estén las obras, no más que eso. Todo esto mientras hago otras cosas que quizás son menos románticas, más pragmáticas. Es un plato que va teniendo un poquito de cada condimento, ¿no?</p><p>Por último, nos dejó una reflexión sobre “el error”.</p><p>—La modernidad nos dijo “Mirá, la existencia es todo esto y lo que está por fuera es un error”, pero ¿Qué es el error? ¿Equivocarse con respecto a qué? Entonces te ponen dentro de ese cuadrado, bien delimitadas, las virtudes y las maldades. Después uno se quiere liberar de eso y dice “Bueno, me puedo equivocar”. ¿Por qué levantar la bandera de una palabra castigada, inventada? Es mucho más que poder equivocarse, es poder ser, ¿viste? El error, la equivocación, la incertidumbre son el camino. Pero por qué decimos “el error” y no “el por allá”. Hay una relojería semántica que hay que desarmar de colonización de palabras, que no es una pavada. Por ejemplo la palabra contradicción, que la entendemos como ser confusos ¡Y en realidad es ser complejos! Es tener un montón de posibilidades. Hay que entregarse al no saber y no querer atacarlo con certezas. Hay que dejarse llevar por la pincelada, el sonido, la palabra. Existencialmente estamos en un nivel de inflamación grandísimo. Antes podríamos haber hablado de la industria de la pintura, de qué crear, pero hoy me parece que el arte hay que utilizarlo como un bálsamo sanador, en la forma que cada uno encuentre.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/r7Hs66_YQ5KDWWGBGdYAJhcU2rE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/la_ansiedad_los_suenos_y_el_error.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Del gran Felipe Giménez conocí la carne antes que el mito, el pincel antes que los trazos. Era muy chico cuando acompañé a mi mamá a buscar un cuadro...]]>
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                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-05-26T13:59:02+00:00</updated>
                <published>2026-05-24T04:00:00+00:00</published>
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            La caridad en alta definición
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/u5p2hXM2FZNdU9cjdrhrMWyyoLE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/la_cridad_en_alta_definicion.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>"De la vanidad no digo nada: creo que nadie está desprovisto de este notable motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con la modestia de Einstein o gente por el estilo; respuesta: es fácil ser modesto cuando se es célebre; quiero decir parecer modesto. Aun cuando se imagina que no existe en absoluto, se la descubre de pronto en su forma más sutil: la vanidad de la modestia. ¡Cuántas veces tropezamos con esa clase de individuos! Hasta un hombre, real o simbólico, como Cristo, pronunció palabras sugeridas por la vanidad o al menos por la soberbia. ¿Qué decir de León Bloy, que se defendía de la acusación de soberbia argumentando que se había pasado la vida sirviendo a individuos que no le llegaban a las rodillas? La vanidad se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnegación, de la generosidad", Ernesto Sabato, El túnel (1948)</p><p>Setenta y cinco años más tarde, el rapero miramarense Jesse Pungaz haría quizás la misma reflexión que Ernesto, pero habitando este futuro distópico de identidades en píxeles e historia digital. Con las formas condensadas de este siglo, expresaría simplemente que &nbsp;“lo premian a Juan, por ayudar a Pedro; pero eso ayuda más a Juan que a Pedro”.</p><p>Hace solo algunos meses, el poeta Shinovi Sambrailo, oriundo de Casilda, Santa Fe, recitaba que “nadie está dispuesto a salvar a nadie si no hay nadie dispuesto a grabarlo”.</p><p>Habrán advertido, cada uno en su época, que algunas buenas acciones sirven de escondite para la vanidad. Habrán descubierto a la máscara del altruismo cubriendo los profundos intereses del ego. Imagine si el pintor Juan Pablo Castel hubiese tenido un Iphone para scrollear en redes y ver cómo todo se ha convertido en contenido. Desconfiaría aún más de la bondad filmada, de la generosidad escénica.</p><p>Cuando tenía quince años, me llamó la atención encontrar en redes la carpeta de fotos de una misión solidaria. La propia fundación las publicaba y etiquetaba a cada uno de sus integrantes. Eran increíbles imágenes de un lugar remoto, muy lejano, muy ajeno. Había plantas exóticas y un barro carmesí maravilloso. Había gente de mi edad descalza. En la descripción ponía también el nombre del lugar, lo reconocí enseguida, sonaba a pobreza. Seguro lo había escuchado en el noticiero o en alguna clase de geografía. Cuántas horas de viaje serán hasta allá, pensé. Entre las fotos subidas identifiqué varias escenas que se parecían. Eran jóvenes blancos impecables que sonreían con ganas, con fascinación mientras abrazaban a niños negros, la mayoría sucios con tierra o mocos secos. Pensé por qué no les limpian la nariz antes de capturarlos en primer plano, en tan alta definición. Los niños también sonreían y miraban con una mezcla de extrañeza y curiosidad a las cámaras de aquellos astronautas generosos. En otras tomas recibían bidones de plástico con agua y pintaban cuadernos con fibrones. Aquel era un excelente trabajo de fotografía. Recordé las postales que había colgadas en el bar de Pablo Acosta, de cazadores posando junto a sus trofeos.</p><p>Tenía claro que aquella era, por supuesto, una buena acción. Esos niños pobres se habían visto beneficiados materialmente, habían recibido asistencia y víveres. Pero claro que no era la acción, sino el registro, lo que hacía ruido en mis pensamientos adolescentes. Esa forma de decir yo estuve allá, con eso. Porque, a diferencia de los perfiles que compartían ese registro, los niños pobres no tenían nombre. Eran solo pobres, y ya. Tampoco tenían voz, ni historia. Sí tenían ahora agua potable para algunas semanas y ropa que los otros descartaron. En ese entonces yo era un niño sesgado por el pesimismo, por lo que no entendía que cualquier ayuda es mejor que ninguna. Lo que sí entendía bien es que aquellas personas vulnerables no iban a dejar de ser pobres con esos víveres, y que sus rostros sucios y sonrientes ocupaban un rol imprescindible en el registro de la caridad. Vi las publicaciones estallar en likes y pensé entonces quiénes se veían más beneficiados en realidad. Me pregunté si lo que tanto gustaba a los espectadores era el gesto solidario o la miseria captada en cámara.</p><p>Algunos años más tarde leería El túnel, y desde entonces sospecho que las verdaderas manifestaciones del altruismo no suelen tener testigos; y usted sabe lo improbable que es eso en este tiempo de hipercomunicación obscena. Cuando una entrega desinteresada se hace pública, uno corre el riesgo de encandilarse con el reflejo de la propia decencia.</p><p>¡Necesidad humana, si las hay! La de ser visto por otros. Entre usted y yo, lector, ¿a quién no le gusta ser reconocido? Yo mismo desconfío de que exista algo de lo que hago que no esté atado a la percepción del resto. Es la cárcel de la validación. En la biblia, Jesús no se fija en los ricos que echan muchas monedas en la bolsa de limosnas, sino que se detiene en la viuda que pone solo dos monedas. Llamó a todos sus discípulos y dijo en voz alta que ella había dado más que todos. Porque aquellos dieron lo que les sobraba, pero ella dio todo lo que tenía. ¡Menos mal que la vio! pienso yo. Si Jesús miraba para otro lado justo en ese momento, su sacrificio no estaría en la biblia y habría sido solo una pobre viuda sin nada de dinero, y esas dos últimas monedas no harían casi diferencia en esa bolsa de limosnas, mezcladas entre todas las demás. O tal vez sí.</p><p>Pero no me malinterprete, toda dadivosidad vale la pena. La caridad siempre aporta algo positivo a quien la recibe. Ya sea motivada por puro altruismo o por vanidad, es una ayuda esencial para aquellos en situación vulnerable. También debemos tener en cuenta, por otro lado, que compartir y difundir un movimiento solidario no sólo otorga reconocimiento a quién lo hace, sino que también puede ser contagioso y llamar a otros a la acción. Son dos filos de una misma hoja. A su vez, no hay nada de malo en ser reconocido por hacer el bien, dado que esos ejemplos de vida pueden inspirar a otros y desencadenar más campañas.</p><p>Aquí la cuestión es otra, es reconocerse a uno mismo, internamente, con la más profunda honestidad, si esas buenas acciones necesitan o no de unos ojos que las vean, si ese gesto debe o no llevar tu nombre. En otras palabras, preguntarse si sería igual de gratificante hacerlo con la certeza de que nunca nadie lo sabrá. Si en cambio prefiere alguna forma de reconocimiento, no se preocupe, es usted, sin dudas, humano. Como diría Sabato, está hecho de carne, pelo y uñas; no puede escapar tan fácil de cierta dosis natural de vanidad. Todos la tenemos. Tal vez tenga una connotación maligna, pero la palabra vanidad proviene del latín vanĭtas, que significa "vacío" o "falto de realidad". El problema entonces es acercarnos a ese otro que sufre desde un lugar irreal, asimétrico, en el cual yo, que tengo, te doy a vos, que te falta. Esa persona igual recibirá lo que necesita, pero será usted el que se perderá la verdadera experiencia de la entrega.</p><p>De lo que sí puede estar seguro es de que existe una satisfacción distinta en el sacrificio que nadie ve, en el gesto que nadie aplaude. Una sensación que solo esa forma de empatía puede brindar, y que no encontrará en ninguna validación pública. A su vez, no hace falta viajar a ningún lado para encontrar gente que necesita ayuda. Estas personas suelen estar al lado de nosotros.</p><p>Algunas veces descubro las más hermosas y silenciosas acciones de generosidad, hechas en completo anonimato. Mi aprobación revolotea sin saber en quién posarse, a quién darle los créditos; y recién entonces la verdadera abnegación se muestra resplandeciente: quien lo hizo no importa, no existe, no ha dado lugar a que le demos ninguna retribución moral ni tampoco a rechazarla con pinceladas de modestia. El dador se ha borrado de la ecuación, se ha esfumado sin dejar pistas. Lo único que existe, que importa, es lo que se ha dado y, por supuesto, quien lo ha recibido.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/u5p2hXM2FZNdU9cjdrhrMWyyoLE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/la_cridad_en_alta_definicion.webp" class="type:primaryImage" /></figure>"De la vanidad no digo nada: creo que nadie está desprovisto de este notable motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con la mo...]]>
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                                <updated>2026-05-17T13:25:07+00:00</updated>
                <published>2026-05-17T04:00:00+00:00</published>
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            El lujo de la normalidad
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/3kr_yQEAksrtl6am8sxWc9EIc6o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/el_lujo_de_la_normalidad.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>“En las entrañas del mundo normal, soleado, entre sus rutinas y semáforos, entre las risas, los festejos y las fotos, unos pocos sufren. Sufren en silencio, camuflados en un sistema que funciona. Combaten infiernos sin esa privilegiada noción del tiempo. No pueden permitirse el lujo de ordenar semanas, igual de inciertas que la hora próxima. Este plano de la vida normal, la gente normal, el frívolo apuro avasallador, rodea e ignora a esa diminuta masa insignificante que está justo a su izquierda, prendiéndose fuego, ardiendo desde las llamas, condenada a observar un mundo ideal que está justo ahí, tras las rejas de una realidad propia e infranqueable. Atados de pies y de manos, oliendo, saboreando una felicidad ajena a una distancia irreductible y, sin embargo, insalvable. Para quien los oye, créame, basta con un par de personas sufriendo en silencio para convertir todo este mundo en uno triste, sin festejo que no sepa a traición ni opulenta calma. Que sepan que los oí, que el mundo no siguió adelante derrochando alegría con ellos al costado. O tal vez sí, los felices siguieron de largo, pero yo me bajé acá a sufrir con ellos”.</p><p>Escribí esas líneas en la puerta de un hospital, en la madrugada de un viernes dantesco, día en el que comprendí que la normalidad está siempre a un paso de convertirse en calvario. Usted, afinado lector, tendrá claro que mi vida personal importa poco en este texto, que no me pertenece y lejos está de ser mi hijo. Sin embargo, menciono esto porque fue aquel y no otro el instante en el que descubrí otro mundo dentro del mundo. Una dimensión paralela donde el tiempo no existe y todo lo conocido pasa a un segundo plano. Uno que mi afortunada vida de altibajos adolescentes desconocía por completo. Solo al verme en ese abismo pude girar la cabeza y distinguir a las demás personas viviendo ahí.&nbsp;</p><p>Éramos varios los que flotábamos suspendidos en la puerta del hospital. Caras blancas con miradas perdidas en la vereda de enfrente, perplejas, como si observaran al mundo derrumbarse sobre ellas. El vapor blanco de las respiraciones salía al aire helado de junio, cuando el sol apenas empezaba a asomarse. Una mujer estaba vestida de musculosa y pantalones cortos, como si alguna tragedia la hubiera abducido en pleno entrenamiento y se la hubiera llevado sin tiempo de agarrar un abrigo. Nuestras rutinas habían sido pausadas y olvidadas por completo. La calle parecía estar ahí, a unos metros, pero nos separaban miles y miles de kilómetros de aquella realidad. La gente y los autos pasaban apurados, hablaban por teléfonos, algunos reían y otros llevaban a sus hijos al colegio. Para nosotros eran extraterrestres. Un paredón de acrílico nos separaba del resto de la ciudad, de los horarios, del olor a comida, del trabajo y los compromisos.&nbsp;</p><p>En el mundo de los que sufren sólo hay vigilia, silencio y desasosiego. Un día abandoné ese mundo y regresé a la vida normal. Me inserté de nuevo en la agenda, volví a preocuparme por nimiedades como bañarme, no llegar tarde o aprobar exámenes. Uno se acostumbra rápido a la normalidad. Pero desde aquellas noches, siempre que paso por el hospital miro para adentro y pienso que todas las horas de mi vida son, para alguien, la hora más terrible.&nbsp;</p><p>Usted cruza a estas personas en todos lados. No están sólo en la puerta del hospital. Sus cuerpos también andan por la calle, en los colectivos o atrás del mostrador. Sus almas, en cambio, están todas juntas en una gran sala de espera invisible. Por eso usted los verá pasar por al lado como si nada, con el movimiento mecánico de la carne, con la máscara de ciudadano ordinario y las respuestas automáticas; no obstante, esas personas no están ahí realmente. Deambulan por la misma ciudad que nosotros, pero su gravedad empuja el doble. Se cruzan con el bullicio de un bar y piensan cómo pueden existir los bares, las risas o pasan frente a una librería y se preguntan por qué la gente lee libros en este mundo roto; y son personas que han reído en bares y han leído libros pero ya no lo recuerdan, ya no son las mismas ni es el mismo mundo. Están detenidas mientras alrededor todo sigue su curso, la gente se enamora, las familias salen a comer, los jóvenes viajan o salen de fiesta y lloran por películas o por FOMO y registran en redes su existencia e ignoran por completo que basta un sólo llamado de teléfono para que todo se evapore y deje de importar. Usted puede pensar esas preocupaciones triviales como un verdadero lujo: es la ausencia de tragedia.&nbsp;</p><p>Sabemos que cualquier fecha puede ser el día en que la mano negra de la desgracia decida tocar la puerta, pero elegimos creer que eso les pasa a otros. Evitamos mirar hacia ese lado porque nos recuerda a la propia fragilidad de nuestra rutina, a nuestro propio sufrimiento inminente. La normalidad es el pacto de silencio que firmamos para no volvernos locos y maquillar lo impredecible del destino. Por eso damos por hecho las cosas más importantes y nos permitimos posponer momentos y hacer planes a futuro. No podemos detenernos en la desgracia ajena, porque entrar en ese plano implica hacerla propia; y ya en algún momento nos llegará la nuestra. En el fondo todos tenemos claro eso. Es curioso que esa certeza reprimida no elija manifestarse en empatía y gratitud por el presente, que sería lógico, y terminemos en cambio ansiosos y apurados por el mal presentimiento. Sospecho que existe un cambio de perspectiva.&nbsp;</p><p>Si usted desglosa su normalidad en diez pilares fundamentales, tener salud, un techo, alguien que lo espere, la libertad de aburrirse, de planificar, de almorzar; descubrirá que lo que llamamos vida cotidiana es en realidad un conglomerado de milagros. Estar del lado soleado del acrílico no es un mérito, sino una tregua del destino. Por eso, agradecer no es un acto de optimismo, sino una forma de lucidez. Significa reconocer que, al menos por hoy, no es uno quien se quema a la izquierda de todos. Puede tomarse un momento para celebrarlo.&nbsp;</p><p>A su vez, no olvidar en el apuro que muchas de las caras que nos cruzamos ahí afuera están peleando una guerra que desconocemos. Concebir la lucha del otro no nos quema, nos humaniza. La empatía no es sentir lástima por esa diminuta masa insignificante que arde allá lejos, sino entender que, en este mundo roto que compartimos, justo entre nosotros, muchos sufren en silencio por heridas que pasan inadvertidas a simple vista.&nbsp;</p><p>Mañana, cuando suene la alarma y la rutina parezca problemática, recuerde todos los infiernos en los que podría haber despertado. Abrace el lujo de la normalidad y la fortuna de lo que no está ocurriendo. Quizás algún día estos quehaceres sean nuestro mayor anhelo.</p><p>Es valiosa la visión de los heridos, la capacidad de ver a través de los carteles de la felicidad obligatoria y descubrir que no todos podemos tenerla, que a algunos les ha sido negada y la suerte les da la espalda. Ese otro también es el mundo real, y ciertas cicatrices son un mapa que permite reconocer a otros compañeros de trinchera.&nbsp;</p><p>Si en cambio es usted quien hoy habita ese plano, sepa que su incendio no es invisible. Mientras la ciudad sigue de largo, derrochando alegría, algunos nos bajamos a esperarlo. No tengo un consuelo que ofrecerle porque sé que el lenguaje de los que están bien no se traduce al idioma de los que arden, pero al menos alguien comparte su vigilia. Jugaré un rato con esta felicidad y después se la prestaré a usted; y usted a alguien más. Habrá largas tardes en las que tendremos que sentarnos al margen y ver al resto divertirse. Alguna vez seremos nosotros quienes necesitemos de un extraño que nos reconozca en medio del caos. De algún testigo que nos dé un abrazo. De algunos ojos que nos vean.</p><p>Por ahora intentaré disfrutar este privilegio cotidiano, con el orgullo del que ostenta un tesoro, con la culpa de quien come delante de los que tienen hambre. En cualquier momento el azar volverá a mezclar las cartas, y seguirá siendo este hermoso y frágil presente nuestra única posesión. Por eso, no deje que el domingo se le escurra como un trámite; apriételo contra el pecho y festeje que ha ganado un sorteo silencioso. Sepa usted que pase lo que pase, la vida es sabia y conoce el camino, y en todos sus rincones vale la pena vivirla. Arrímese, ¡Brindemos! Que para todos hay una copa y un motivo.&nbsp;</p>]]>
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                                <updated>2026-05-10T13:10:05+00:00</updated>
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            La rentabilidad de los sueños
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/MN5xXHwL6qeJEFpTkpJZR-uNfgU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/suenos.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>i usted le pregunta a un niño qué quiere ser de grande, podrá vislumbrar en el brillo de sus ojos el reflejo de mundos fascinantes y desconocidos. Verá en esas pequeñas pupilas el destello de galaxias azules, palacios enormes y tesoros enterrados. Son planetas lejanos, universos perdidos dónde aún no se han inventado los alquileres, ni las cuentas, ni los fracasados. Es el mundo dibujado en el afiche del salón, donde todas las personas tienen la misma sonrisa y unen sus manos para darle la vuelta al globo. Ese mundo lo dibujó Paula, la seño de arte. Los chicos le dicen que cuando sean adultos, como ella, van a poder hacer lo que siempre quisieron. Que aprenderán a tocar la guitarra, a escribir canciones y pintar cuadros. Que serán grandes inventores, deportistas, veterinarios, magos y bomberos.</p><p>Paula vuelve de la escuela en colectivo, con los ojos fijos en la calculadora del celular. Las matemáticas nunca fueron su fuerte, pero nadie escapa de los números. Escribe con timidez el valor de su sueldo y le resta los gastos fijos de existir. La cuenta da en negativo. Cierra la calculadora y abre Marketplace, donde tiene en venta su micrófono desde hace más de una semana. No hay mensajes nuevos. Rebaja el precio al mínimo posible, nada más y nada menos que lo necesario para llegar a fin de mes. Bloquea el celular y mira por la ventana. Aquel no es el mundo que ella dibujó.</p>13:08TítContenido<p>Los niños no sueñan, ellos habitan aquel espacio mágico donde todo es posible. Somos los adultos quienes conservamos sólo un leve residuo onírico de aquellos campos de ideas extravagantes. Hemos sido expulsados del edén, y destinamos toda nuestra energía a sobrevivir en este desierto materialista. Anhelamos la estabilidad económica porque necesitamos comer todos los días y dormir bajo un techo; y ambas cosas están muy lejos de ser gratis. Pero confundimos estabilidad con éxito. La realidad es que ese éxito es, muchas veces, el nombre que le ponemos a una renuncia bien pagada. El sistema nos obliga a justificar nuestra existencia a través del rendimiento y la productividad. Nos pide que dejemos nuestros sueños más profundos en un baúl hasta olvidarlos, o hasta sentirlos tan ajenos que parezcan los delirios de un niño inocente. Quizás en algún momento de la vida, cuando todo lo “importante” se haya resuelto, podremos ascenderlos al título de hobbie, y dedicarles algunas horas a la semana. En otras palabras, ponemos una lápida de mármol sobre algo que solía estar vivo para poder visitarlo en nuestros tiempos libres, si es que la rutina nos da permiso. Usted verá que, al final del día, habremos construido una casa perfecta, eficiente y bien iluminada, pero sin rastros de magia.</p><p>Nos enseñaron a volvernos expertos en la higiene del instinto; desinfectamos la vida de cualquier dejo de asombro infantil hasta que solo queda la cruda y aséptica realidad. Con la precisión de un cirujano que extirpa un órgano, vamos amputando de nuestra agenda cualquier gesto que no produzca un resultado material. De esta manera, separamos nuestras pasiones de nuestras obligaciones y las ubicamos bien lejos entre sí, para no mezclarlas. La rutina se convierte en una constante espera bajo la promesa de que llegará un momento más adecuado para retomar aquellas fantasías. Un momento utópico al final del camino, donde habrá más tiempo, más dinero y más ganas para afrontar el gasto de perseguir nuestros sueños. Así, morimos esperando.</p><p>Afortunadamente, algunas personas han comenzado a sospechar que los sueños no son algo que debe perseguirse, sino una parte constitutiva de lo que somos. Intuyen que aquellos no son sólo proyectos inalcanzables, volando lejos, como pájaros exóticos que deben ser avistados. En cambio, son los materiales que componen la brújula del alma. Mejor aún, algunos han demostrado que también pueden encarnarse en oficios. Entonces ya no es una o la otra: trabajar o soñar. Ahora quizás exista la posibilidad de que ambas puedan integrarse dentro de los mismos planes. Sus corazones no entienden cuál será el sentido de vivir posponiendo los proyectos que motivan cada uno de sus latidos. No encuentran ninguna renta en liquidar lo que uno es para poder pagar lo que uno debe ser. Desconfían de soportar un trabajo para poder costear pequeñas migajas de disfrute. Han descubierto que cuando las obligaciones y el propósito coinciden en la misma rutina, y en el mismo esfuerzo, la felicidad deja de ser un gasto para convertirse en un capital. Un capital inmaterial, invaluable e innegociable. Los sueños, entonces, son una gran inversión.</p><p>De todos modos, usted sabe que nadie se salva de pagar las cuentas. Habitar los sueños brinda capital emocional, pero no siempre es la opción que más dinero produce. Aquellos obnubilados por sus sueños buscan formas de ganar los fondos necesarios para cubrir los gastos y materializar sus visiones. Por supuesto que tienen miedo, de eso no tenga dudas. La diferencia es que estas personas no han resignado sus sueños para hacer más dinero y tener así menos miedo, sino que buscan la manera de conseguir el dinero suficiente para poder seguir viviendo su sueño.</p><p>Además, algunos enfrentan la tiranía de la opción perfecta. Se resisten a resignar sus ilusiones y entregarse a la mediocridad de cumplir, pero se debaten entre una infinidad de caminos posibles y la incertidumbre los abruma. Han elegido escuchar lo que dice su corazón, pero para seguirlo deben traducir esas palabras al idioma material y económico. Más allá de las dudas, de los ingresos, de los aciertos y los fallos; ya están avanzando en la dirección correcta. Ninguna cantidad de dinero puede pagar la deuda con nosotros mismos si elegimos acallar nuestra voz interior.</p><p>La seño Paula vuelve a su casa mirando por la ventana del colectivo. Aquel no es el mundo que ella dibujó, pero sus sueños siguen intactos. Vende el micrófono para poder llegar a fin de mes y no dejar de pagar las salas de ensayo con su banda. Vienen tocando todos los fines de semana en los bares de Tandil; y hace unos días les escribió una productora para invitarlos a tocar en un festival importante. Tienen que estar bien preparados. A la tarde aprovecha y da clases particulares de guitarra, con eso suma algo más para pagar la sala. Juli, la alumnita, le pidió a su mamá que compre entradas para ir a escucharla en el festival, dice que ella también sueña con armar una banda. La seño Paula, lejos de las matemáticas, siente que cada día le va mejor. Sus pies y su corazón van por el mismo camino. &nbsp;</p><p>Yo agregaría que, así como no hace falta perseguirlos, los sueños no necesitan “alcanzarse”. No hay una línea de llegada donde nos reciban con aplausos y laureles para decirnos “felicidades, lo ha alcanzado, puede dejar de correr”. Soñar es, en cambio, una forma de vivir. Cuando uno se mueve guiado por el deseo de no ser un extraño para ese niño que alguna vez fue, ya ha cumplido su sueño. Lo está cumpliendo en cada paso. Usted nunca conocerá a ningún apasionado que no sea feliz. Cualquiera sea su profesión, cualquiera sea su ingreso. Aquellos que vibran con lo que hacen sienten que la vida los atraviesa y el día no les alcanza. Esperan ansiosos las horas venideras igual que un niño en vísperas de su cumpleaños. Porque cuando la pasión es el motor, uno ya no vive para perseguir o alcanzar un sueño, sino que vive dentro de él, y transforma cualquier tarea en trazos de su propia libertad.</p><p>Por último, usted verá que la gran mayoría elige perfeccionar moldes ajenos, caminando por senderos marcados sin considerar si sus sueños caben en el presupuesto de esa vida. Sin embargo, en secreto, esperan que los soñadores nunca se extingan; porque en este mundo que se vuelve gris de tanta productividad, ellos son los únicos que todavía conservan los pinceles.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/MN5xXHwL6qeJEFpTkpJZR-uNfgU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/suenos.webp" class="type:primaryImage" /></figure>i usted le pregunta a un niño qué quiere ser de grande, podrá vislumbrar en el brillo de sus ojos el reflejo de mundos fascinantes y desconocidos. Ver...]]>
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                                <updated>2026-05-09T16:11:14+00:00</updated>
                <published>2026-05-03T04:00:00+00:00</published>
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            Crónica de una urgencia colectiva
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fq-ZY3LeHKoXPxWjne-NADWQPdk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/cronica_de_una.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Abril guarda recuerdos de su abuela en una reposera en la vereda. Dice que son memorias de un tiempo que ya no existe, de cuando era chica, cuando las tardes eran naranjas y el vientito olía a jazmines. Me cuenta que ayer intentó volver ahí. Dejó el celular lejos, apagó el televisor y se llevó una reposera a la puerta de la casa. Intentó respirar y relajarse, pero unas hormigas transparentes le caminaban por las piernas. Se fue enseguida. ¿Guardaste la reposera antes de irte? Fue lo único que le pregunté. Claro, dice. Mientras habla se muerde una uña. Mueve el dedo para encontrar el ángulo correcto entre los dientes, y corta con las paletas. Veo con dolor ajeno como arranca el borde libre y lo escupe.</p><p>A Julián lo conocí en los recreos de la facultad. El cigarrillo es parte de su mano. Lo fuma desesperado, como si el aire lo asfixiara y cada pitada fuera oxígeno para seguir vivo. Le desaparecen entre los dedos. Cada vez que exhala humo hace un suspiro ruidoso, que es una mezcla de resignación y cansancio. Cuando te mira se le nota el caos atrás de los ojos, cuando no habla se le escuchan los ruidos del pensamiento. Pasa cerca y se siente el olor a pólvora de la guerra que lleva adentro. Fumá tranquilo, le digo.</p><p>A mi lado se sienta una chica que se llama Sol. Su pierna se mueve durante toda la clase. Es un rebote automático, constante. La rodilla sube y baja, sube y baja, como el pistón de una máquina que no fabrica nada. Algunas veces se da cuenta de que lo está haciendo y apoya su mano para frenarla, pero el movimiento le trepa a los dedos y empieza a dar golpecitos rítmicos con las yemas. En la otra punta del aula, la rodilla de Thiago sube y baja al mismo tiempo, con el mismo pulso. &nbsp;</p><p>Juana acaba de tener el mejor mes de su vida. Mañana empieza su taller de dibujo y se anotaron un montón de chicos. Además, se puso de novia con un pibe excelente que conoció hace unos meses y todo avanza bien. Por cada cosa que me dice, arquea las cejas y asiente con la cabeza. Lo cuenta como si le hubiese pasado a otro. ¿Y por qué esa cara? Le digo. Porque nunca tuve tanto miedo. ¿Miedo a qué? A perderlo todo.</p><p>Ezequiel, en cambio, no tiene nada que perder. ¡Qué libertad! Patear el tablero y largarse a viajar. Todas sus pertenencias entran en una mochila. Nunca se queda quieto. Desayuna en bosques frondosos, almuerza en capitales fascinantes y cena frente al mar. Llevás la vida en las manos, le digo. Arrastro una tonelada de miedo, dice. ¿Miedo a qué? A perderme.</p><p>Con Franco no se puede hablar, porque sólo habla él. Lo conozco hace tiempo y sé que es un gran chico. Lo de él es involuntario. No puede soportar la erupción de palabras que se amontonan hirviendo en su boca, y necesita decirlas todas lo antes posible. Yo le suelto pequeñas frases inconclusas para motivarlo a interrumpirme y que siga desahogándose. Cuando habla escupe gotitas de saliva. Le agrega más y más palabras a una oración que no termina. Su boca cambia de forma como una llama al viento. En sus ojos avergonzados se dibujan las disculpas de quien no puede controlarlo. Te escucho, le digo.</p><p>Martina está acostada pero no descansa. La pantalla del celular le proyecta un fantasma celeste sobre la cara. Su párpado late como un pequeño corazón. Recorre las mismas dos aplicaciones una y otra vez. Un loop inconsciente entre el ruido de los videos y el silencio de sus mensajes. Sabe que no habrá nada nuevo. Espera que el sueño le gane por la fuerza. No quiere cerrar los ojos mientras siga despierta. Cuando se duerme, el brillo sigue prendido.</p><p>Fausto se despierta sobresaltado y desactiva las cinco alarmas que puso. Convive todo el día con la sensación de que olvida algo muy importante. Me dice que es un nudo de trapo entre la garganta y el pecho. Que intenta tragarlo pero no se va. Esperamos juntos el colectivo. Saca su celular pero está sin batería. Resopla. Me pregunta la hora. Después mira los autos, los carteles, el cielo, los adoquines y, al cabo de unos segundos, vuelve a buscar la pantalla apagada. Sus ojos rebotan buscando un motivo para su alerta. Encuentra el colectivo a lo lejos y prepara la tarjeta. Lo dejo subir primero.</p><p>Sofía vuelve a su casa caminando después de juntarse con amigas. Pensó en pedir un remis, porque no trajo los auriculares, pero ya es mucho gasto y son pocas cuadras. Afronta el camino a secas, sin más soundtrack que el crujido de los pasos. Juega a no pisar las líneas del suelo. A la segunda cuadra, comienza a pensar que sus amigas parecían un poco enojadas. Juana estaba rara y Martina no la saludó con un beso. Además el otro día se juntaron solas. Apura el paso. Se rasca el cuello y queda un mapa de rayas rojas. Capaz que sus amigas se cansaron de ella y no saben cómo decírselo. Pisa las líneas.</p><p>Daniel mira por la ventana de un onceavo piso. No puede dormir sin whisky. Aquel es, sin dudas, un hermoso departamento, con muebles de roble y aparadores de cristal. Me invita porque no soporta el silencio. Los almohadones del sillón están hundidos por el uso, aunque nunca lo vi sentado. Siempre está de pie mirando hacia afuera. Agita el vaso que sostiene y los hielos tintinean al mismo ritmo que la pierna de Sol. Sus ojos no se despegan de esa ventana. Abajo la ciudad, las habitaciones iluminadas sobre el cielo violeta. &nbsp;Incluso cuando me habla, evita mirar para adentro. Sonríe y repite lo mismo una y otra vez. ¿Ves? Ellos tampoco pueden dormir.</p><p>Ignacio debe escribir una columna. Quizás no tiene idea de cómo se escribe y simplemente logró engañar a todos. Sostiene cigarrillos en dedos sin uñas. Mueve la pierna al ritmo del párpado. Traga el nudo y mira el celular. La gente está apurada, asustada, igual que él. No hay reposeras en la vereda. Se respira la tensión de una sala de espera. La vida es algo que debe resolverse.</p><p>¿Conoce usted a alguien que esté libre de ansiedad?</p><p>Mire a su alrededor y encontrará a Ezequiel, a Juana, a Franco. Quizás usted es alguno de ellos. ¿Siente el pulso nervioso que nos conecta a todos? En lo profundo de nuestras cabezas suena la misma alarma. Por eso nos asusta quedarnos en silencio. Escuche cómo descargamos esa electricidad con espasmos involuntarios rítmicos, coordinados: es la orquesta de la intranquilidad.</p><p>Tal vez sea una invitación a la empatía. Estamos parados sobre un pozo surgente donde la preocupación brota líquida. A nadie le pertenece el charco y, sin embargo, todos tenemos los pies en el barro. Nos inundaremos juntos.</p><p>Querido lector, la falta de conclusiones es parte del tema. Hemos caminado a la par por los caminos del lenguaje; y ya hemos vuelto al principio. Verá que estos jardines son siempre circulares. Ahora usted retomará su vida en el mismo lugar que la dejó, sin más recompensa que algunas imágenes. Lamento decirle que ha perdido el tiempo, y como bien sabe, estamos llegando tarde.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fq-ZY3LeHKoXPxWjne-NADWQPdk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/cronica_de_una.webp" class="type:primaryImage" /></figure>"Estamos parados sobre un pozo surgente donde la preocupación brota líquida. A nadie le pertenece el charco y, sin embargo, todos tenemos los pies en el barro. Nos inundaremos juntos". Una mirada sobre la ansiedad por parte de Ignacio Segons. O Niño Neo.]]>
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                                <updated>2026-05-09T16:11:14+00:00</updated>
                <published>2026-04-26T04:00:00+00:00</published>
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            Mano a mano: la herencia del duelo
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/u4yRP5ZmZTR3-HxSlIKr6WjFwYc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/mano_a_mano_nino_neo.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>En las puertas de un boliche conviven el perfume y el humo, el murmullo y la música, los unos y los otros. Suele reinar un bullicio, una orquesta de charlas superpuestas y canciones distorsionadas de fondo. Pero sabrá usted que existen algunos momentos en que, como por arte de una magia oscura, el más coordinado de los silencios inunda la vereda. Una ráfaga de viento frío acaricia la nuca de los presentes y todos se callan al mismo tiempo. Pero no pasa ningún ángel. Es más bien un resabio ancestral, la voz de nuestro instinto que nos dice “¡Cállense y observen! El hombre va a atacar al hombre”.</p><p>En la quietud, comienza a sonar el inconfundible crujido de suelas que raspan el asfalto y respiraciones que se agitan. Todas las cabezas giran en el mismo sentido, hipnotizadas, imantadas por ese tumulto amorfo y ciego que rebota allá al fondo, entre la gente. Son dos personas trenzadas en una pelea. El nudo de carne se retuerce, salvaje, indisoluble. El resto mira con la boca abierta, obnubilados por el espectáculo. Son ordinarios romanos en la cávea del Coliseo, borrachos de vino, deslumbrados por el sudor y la sangre de los gladiadores. Incluso aquellos que logran reaccionar a tiempo sacan sus celulares y graban, con la esperanza de capturar un poco de esa violencia en estado puro.</p><p>Para los involucrados, los segundos se sienten años. Su vida entera se reduce a la anatomía, el alrededor desaparece y los milenios de civilización se olvidan. La adrenalina suprime cada eco de humanidad, cada rastro de dolor. Se han vuelto invisibles los amigos que intentan separarlos. No hay recuerdos del lenguaje. Han olvidado que hace un rato se bañaron, eligieron su ropa y pagaron la entrada. Son sólo dos cuerpos en una llanura primitiva. Animales que entrecierran los ojos, aprietan los dientes y tratan de golpear la otra cabeza como sea. Los manotazos en la nariz hacen saltar las lágrimas, los de la panza sacan el aire. Mañana aparecerán dolores que hoy no perciben. Cada rasguño, cada roce de un cuerpo enajenado, poseído por la violencia más profunda y desconocida. Cada consecuencia inevitable de una batalla sin ganadores.</p><p>Un tercero, confundido por la impotencia, amaga a meterse en la pelea. Los de al lado lo frenan de inmediato. “Es mano a mano”, dicen, y todo sigue su curso. Finalmente, se escucha el golpe seco de hueso contra hueso y uno cae al piso. Su cabeza apenas roza el cordón de la vereda. El otro se frena en seco. Acepta el derribo como forma de victoria. No se abalanza, ni festeja, ni huye. Sólo respira y espera. El combate se ha consumado. No han intervenido terceros y se ha peleado a mano limpia, sin traiciones. Sus amigos sonríen y le palmean la espalda.</p><p>Cuando los segundos transcurren y la adrenalina se disipa, el terror invade su cuerpo. Ya no es aquél miedo a salir lastimado, sino uno mucho peor: que su adversario no se levante y la vida de ambos termine en esa calle, en esa noche. Han vuelto a ser humanos. El otro queda tendido en el asfalto, inmóvil, suspendido en el tiempo. El telón se cierra y regresa el bullicio habitual a la vereda. Los espectadores dan media vuelta y se alejan, imitando los golpes y recreando la escena, satisfechos, por ahora.</p><p>¿Por qué los hombres siguen optando por pelear? ¿Por qué persiste en nuestras mentes la idea del mano a mano? ¿De dónde viene este rito atávico? ¿Por qué fascina a los espectadores? ¿Cómo algo tan primitivo sobrevive en la era de la hipercomunicación? ¿Cómo lo desinstalamos de nuestra cultura? Más allá de mis posibles conjeturas y de la inevitable falta de respuestas, estas son algunas de las preguntas que debemos hacernos para comprender uno de los núcleos principales de la violencia y encontrar así formas más efectivas de erradicarla. Lo cierto es que las piñas siguen volando y en la mayoría de los escenarios lo que se busca no es defenderse, sino validarse.</p><p>En primer lugar, es necesario separar este ritual de las infinitas formas de violencia asimétrica y los ataques cobardes que vemos todos los días, donde hay un culpable y una víctima claros. Por ejemplo, los ataques en patota o la violencia de género. Tampoco hablaremos hoy de aquel que está obligado a defenderse con uñas y dientes porque se encuentra acorralado. Cometería el error de abarcar más de lo que puedo recorrer, y entonces preguntarme cosas como ¿cuántas formas puede adoptar la violencia en esta época? O peor aún ¿de dónde sale tanta violencia?</p><p>En esta oportunidad, en cambio, nos interesa cuestionarnos por qué dos personas -hombres- concuerdan pelear con sus puños en ámbitos sociales. Intentaremos trazar una línea que separe esta ceremonia compartida de las formas de agresión unidireccionales. Sería útil identificar cuáles son los residuos culturales que nos permiten concebir, aún al día de hoy, el combate físico como un posible acuerdo entre pares, capaz de solucionar algo. Comprender cómo el mito colectivo del mano a mano a piñas sigue vigente y moldea a las generaciones.</p><p>Lo que sí podemos hacer, entonces, es observar cómo la mayoría de las peleas de boliche están articuladas por las antiguas gramáticas del duelo, que atraviesan de punta a punta nuestra historia. No es sólo una furia irracional lo que mueve a quienes se invitan a pelear, sino la reproducción de un proceso simbólico heredado, con una intención y estructura. La idea de dos hombres que, en igualdad de condiciones, consienten resolver con el cuerpo lo que las palabras no pudieron. Porque el duelo, en su definición más pura, no busca la destrucción del otro, sino la restitución del yo. Es el desesperado intento de volver a ser alguien ante la mirada de los pares. Lo que se ve en esos enfrentamientos no es otra cosa que el antiguo fantasma del honor masculino, recordándonos que, a pesar de los siglos de evolución, todavía no encontramos una forma más civilizada de sanar el orgullo que no sea usando los nudillos.</p><p>Hace 200 años, el General San Martín promovía los duelos entre sus granaderos. Él mismo se ofrecía como padrino para legitimar el cumplimiento de las reglas. Imagine usted que los combates entre iguales para regular prestigio ya derramaban la sangre del Ejército Libertador. Esto tampoco es ajeno a nuestra identidad cultural; José Hernández pinta estas conductas en el libro nacional. Martín Fierro entra a la pulpería y provoca al Moreno diciendo “A los blancos hizo Dios / a los mulatos San Pedro, / a los negros los hizo el diablo / para tizón del infierno.”. Frente a la humillación pública, el Moreno se ve obligado a batirse en duelo. Es la única manera de recuperar su orgullo. En “El sur”, de Borges, Juan Dahlmann se sienta a comer en un almacén desconocido y unos peones borrachos lo provocan tirándole miguitas de pan. Se levanta para retirarse, dispuesto a evitar la pelea. Pero justo antes de salir, uno de los espectadores lo llama por su apellido. Al perder su ilusión de anonimato, Dahlmann debe validar su hombría y enfrentar a quienes se burlan de él, porque “Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos.”. Elige entonces la derrota segura antes que la cobardía, “hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando”.</p><p>De manera similar, en un boliche de Tandil, dos jóvenes se chocan por accidente y un vaso se vuelca. Ninguno se disculpa. Se miran fijamente, hasta que alguno masculla “¿Qué mirás?”. Luego un insulto y una respuesta. Un empujón que va, otro que vuelve y una invitación a pelear que ambos aceptan, envalentonados. Ninguno de los dos sabe bien por qué, pero poco importa el disparador. Ya se han retado a duelo y nadie quiere ser un cagón. No están cegados por la ira, ni sedientos de venganza. Ni siquiera se conocen. Con las manos temblando, caminan unos pasos para alejarse del resto y aquél viento frío empieza a soplar entre las nucas.</p><p>Cuando se desata el fuego, los testigos se empujan para ver y grabar mejor. Por algún motivo, desean presenciar la riña. Tal vez los espectadores experimentan esa catarsis de la que hablaba Aristóteles, y observan las trompadas ajenas para liberar su propia adrenalina, sin tener que tomar riesgos. Pero estas tragedias no son actuadas, y aquellos que miran son parte de la ceremonia. Quizás cargarán también con el peso de las consecuencias.</p><p>En las redes sociales, los videos de peleas callejeras se viralizan más rápido de lo que tardan en ser censurados. Por algún motivo, nada sostiene tanto el foco de atención como dos personas pegándose. El engagement no miente: la pantalla es un lugar seguro para permitir esa atracción violenta, para alimentar esa curiosidad morbosa. Por mucho que se esfuercen los creadores de contenido, ningún material supera la grabación de un mano a mano real.</p><p>La música, por su parte, está repleta de narrativas sobre duelos por orgullo. Desde el tango hasta el trap, casi todas las letras escritas por hombres hablan sobre peleas. En la escena urbana, los artistas compiten por ver quién es más gángster. Los referentes encarnan el ideal de la violencia. L-Gante expresa con claridad “Y si me están tirando a mí, que me nombren, que la calle es pa' hombres (...) Si te hacen renegar, entonces, dale”. Zaramay, por su parte, diría “Les mando la ubicación y lo arreglamo' en la calle” o bien, “Zaramay, negro, es mi nombre, por si van a matarme. Acá sí somos hombres, y hacemos correr la sangre” y así una lista de ejemplos interminable. La calle, que representaba comunidad, experiencia y astucia, se convierte en un terreno de masculinidad tóxica y combate entre pares.</p><p>En muchos jóvenes de la era digital, las peleas callejeras “justas” (de acuerdo a las lógicas del duelo), no provocan un repudio a priori, sino cierta fascinación. Es exactamente esta falta de rechazo colectivo lo que permite que la coreografía siga existiendo. No se necesita un descargo institucional, ni una primicia mediática ni la advertencia de adultos, sino un cambio profundo en nuestro ideario que corte de raíz la romantización de estas prácticas. Una evolución cultural en la que los héroes huyan de los bares antes de lastimar a un semejante por una ofensa mínima. Una comunidad que no acepte las peleas siempre y cuando sean parejas y pactadas, sino que olvide por completo la posibilidad de levantarnos la mano. Aunque se respeten las “reglas” de la calle, golpear la cabeza de alguien es, de cualquier modo, un intento de asesinarlo.</p><p>Si se me permite traer de la muerte a la figura del autor, diré que la única intención del texto es traer este tema a la mesa de debate. Usted luego unirá los puntos, o no. Carezco de respuestas terminadas, no dejan de abrirse puertas en mi búsqueda de conclusiones. Nos acostumbramos a que la violencia nocturna se aborde desde titulares rimbombantes como las patotas, el alcohol o los detalles explícitos de cada caso; pero ignoramos los patrones culturales que sostienen el paradigma de la pelea. No reparamos en los entramados discursivos que mantienen viva la lógica del duelo, la idea de que algunos problemas pueden ser resueltos “como hombres” y ya.</p><p>Finalmente, sí estoy seguro de que esos códigos son, en realidad, una trampa. La idea arcaica que nos instalaron dista mucho de lo que ocurre en la cruda realidad: no hay ningún honor en el duelo. Sólo hay víctimas en esta falsa épica. Los conflictos no se resuelven sino que empeoran y se vuelven impredecibles, fatales. Los jóvenes mueren con la vida por delante; y con él mueren sus pares, sus familias, muere la sociedad, morimos todos. Es ahí donde sobrevive la herencia más amarga de nuestra propia barbarie.</p>]]>
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                                <updated>2026-04-19T13:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-04-19T03:00:00+00:00</published>
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