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    <title>El Eco de Tandil</title>
    <subtitle>Entrevistas exclusivas y contenido multimedia para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Tandil.</subtitle>
    <updated>2026-07-07T09:45:02+00:00</updated>
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            El deseo no se fabrica en una pantalla
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                <![CDATA[El Eco de Tandil]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/o-bSrEe9upBwaBEe_pMzhSMYZto=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/01/pantallas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay una historia que nos contamos sobre nosotros mismos que tiene algo de verdad y algo de excusa. Vivimos ansiosos, polarizados, insatisfechos. La culpa es de las redes sociales, de los algoritmos, de la economía de la atención. La solución es regular las plataformas, educar en el uso de pantallas, desconectar a los adolescentes. Es una historia verosímil; pero se detiene en la superficie. Hay otra capa. Para verla, hay que bajar del feed al cuerpo. De la pantalla al día. Del like a la necesidad.</p><p>&nbsp;</p><p>***</p><p>&nbsp;</p><p>Un primate que duda entre dos frutos no está decidiendo, está prediciendo. Su cerebro evolucionó para minimizar la sorpresa. Anticipar lo que va a ocurrir y ajustar la conducta para que lo que ocurra no sea letal. La incertidumbre es el enemigo original. No la incertidumbre metafísica sobre el sentido de la vida, sino la incertidumbre material. Una sucesión de “si…entonces”. Si habrá alimento mañana, si el depredador está cerca, si el otro es aliado o amenaza. Esa incertidumbre no se disipa con información. Se disipa con acción. Si espero escasez, almaceno. Si espero peligro, me defiendo. Si espero cooperación, confío. El cerebro no procesa datos en el vacío. Lo hace para sobrevivir.</p><p>Ahora bien, ¿qué esperar? ¿Cómo saber qué es valioso, qué es seguro, en qué vale la pena invertir el tiempo y la energía?</p><p>Aparece un mecanismo que compartimos con otros primates pero que en nosotros se volvió central. No sabemos qué desear. A diferencia de la necesidad —que tiene un objeto fijo: sed, hambre, refugio—, el deseo es indeterminado. La forma que encontramos para resolver esa indeterminación es mirar a los demás. Deseamos lo que otros desean. No porque el objeto sea necesariamente valioso en sí mismo, sino porque alguien lo ha señalado como tal.</p><p>Es un mecanismo tan antiguo que ni siquiera requiere lenguaje. El chimpancé que ve a otro comer una fruta no solo quiere alimento: quiere esa fruta, la que el otro está comiendo. La imitación es una estrategia de reducción de incertidumbre. Si no sé qué desear, imitar a alguien que parece saberlo es un atajo formidable.</p><p>Las redes sociales no inventaron este mecanismo. Lo encontraron ya funcionando, probado por la evolución durante cientos de miles de años. Cuando un adolescente compara su vida con la de un influencer, está haciendo lo mismo que hizo su cerebro desde que existe, buscar un modelo que le diga qué desear. La diferencia es la escala. Antes, el modelo era alguien de la tribu, del clan, del pueblo. Hoy, el modelo puede estar en Miami, en Tokio o en una pantalla que nunca se apaga. Pero la estructura es la misma. El deseo no nace en la pantalla. La pantalla lo captura y lo direcciona.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>***</p><p>&nbsp;</p><p>El creacionismo, en su versión más extrema, sostiene que el mundo fue creado por un acto divino, sin mediación de procesos materiales. Niega la evolución porque no la ve, no ve los fósiles, no ve la selección natural operando en tiempo real, no ve las capas geológicas que atestiguan un pasado larguísimo. Solo ve el resultado final y atribuye su origen a un creador todopoderoso.</p><p>El creacionismo digital hace algo análogo con el deseo. Niega su evolución porque no la ve. No ve al primate que imita a otro primate para encontrar alimento. No ve al niño que mira a sus padres para saber qué es valioso. No ve las capas de imitación y rivalidad que estructuran la vida cotidiana de cualquier comunidad humana. Solo ve la pantalla, el algoritmo, el like. Y atribuye el deseo a un creador: el código.</p><p>Es una teología sin Dios, pero con la misma estructura de omnipotencia. Donde el creacionismo extremo clásico niega la evolución de las especies, el creacionismo digital niega la evolución del deseo. Cree que todo empieza en 2007, con el iPhone. Cree que antes de la pantalla no había imitación, no había modelos, no había rivalidad. Cree que el deseo es un producto del algoritmo, como si el algoritmo pudiera crear de la nada lo que la evolución esculpió durante milenios.</p><p>Si el deseo es creado por las plataformas, entonces la solución es técnica. Regular el algoritmo, limitar el tiempo de pantalla, educar al usuario. Pero si el deseo es anterior a las plataformas, si está anclado en el cuerpo que necesita y en la comunidad que ofrece o niega modelos, entonces la solución técnica es necesaria pero insuficiente. Es un parche sobre una hemorragia interna.</p><p>&nbsp;</p><p>***</p><p>&nbsp;</p><p>Tomemos a una persona en un día, en un pueblo cualquiera de la provincia de Buenos Aires. Digamos que se llama Laura. Laura se levanta a las seis, prepara el desayuno para sus hijos, los lleva a la escuela, va al banco a hacer un trámite, trabaja hasta el mediodía en un comercio, pasa por el hospital a sacar un turno para su madre, cocina, limpia, ayuda con la tarea, se acuesta a las once. Durante ese día, Laura sintió tensión en el banco, preocupación en el hospital, una ansiedad constante que no terminó de disolverse ni siquiera cuando apagó la luz.</p><p>Si uno mirara el gemelo digital de Laura —ese perfil que las plataformas construyen con sus datos de navegación—, vería otra cosa. Vería que Laura likeó tres publicaciones de una influencer que viaja por el sudeste asiático, que buscó ofertas de vuelos a Bariloche, que compartió un video de una casa minimalista con ventanales enormes y un jardín que parece un parque nacional. El algoritmo concluiría que Laura desea viajar, que sueña con una casa luminosa, que aspira a una vida de libertad y diseño.</p><p>Quizás el deseo de Laura tiene otro anclaje. Laura está agotada. Lo que desea es que el banco no le pida otro papel que no lleva, que el hospital le dé el turno sin hacerla esperar tres semanas, que el sueldo alcance hasta fin de mes sin tener que hacer malabares. Posiblemente lo que Laura busca en esas imágenes no es un destino de vacaciones, es una salida lateral. Una forma de respirar en un día que no le da tregua. Es un modelo lejano que no le exige nada porque no compite con ella.</p><p>El creacionista digital mira el historial de Laura y cree que ahí está su deseo. Pero su deseo está en otra parte. Está en el cuerpo que se tensa en el banco, en la preocupación que no se va cuando apaga la pantalla, en el apuro que no es por llegar tarde sino por no llegar nunca. El gemelo digital no conoce a Laura. Sabe qué likea, pero no sabe qué le duele.</p><p>Y no es ignorancia tecnológica. Michal Kosinski demostró que bastan trescientos “me gusta” de Facebook para predecir a alguien mejor que su propio cónyuge, e inferir con notable precisión rasgos tan íntimos como la orientación sexual o la ideología. Y Seth Stephens-Davidowitz, en Todo el mundo miente, ha documentado que lo que buscamos en Google delata lo que jamás confesaríamos en una encuesta; la conducta dice más que la declaración. Tienen razón, y su hallazgo es el mismo que organiza estas páginas.</p><p>Pero hay una diferencia entre predecir lo que alguien es y captar de dónde viene su deseo. El like revela un atributo estable; no revela contra quién se está comparando Laura esta tarde, ni por qué la ansiedad que la habita no cede cuando el día termina. El algoritmo la conoce. Lo que no sabe es qué la lastima.</p><p>&nbsp;</p><p>***</p><p>&nbsp;</p><p>Hay un segundo aspecto del creacionismo digital, menos teórico y más material. No se trata solo de que las plataformas se auto perciban como fabricantes del deseo. Se trata de que quienes las diseñan viven, literalmente, en otro mundo. Algo así como el mundo feliz de Google.</p><p>Los grandes campus tecnológicos de Silicon Valley están concebidos para eliminar toda fricción material de la vida de sus trabajadores. Comida gratuita preparada por chefs, gimnasio, piscina, atención médica en el lugar, guardería, espacios de descanso con cápsulas para dormir, jardines, bicicletas internas, cafeterías cada cien metros. La premisa es que, liberado de las preocupaciones de la supervivencia, el trabajador puede concentrarse en innovar.</p><p>Quien habita ese entorno durante años calibra sus predicciones más profundas en torno a un mundo que no existe fuera del campus. Desarrolla lo que podríamos llamar una expectativa de abundancia: el futuro es predecible, los recursos están garantizados, la incertidumbre material no existe.</p><p>El problema no es que esos trabajadores estén cómodos. El problema es que diseñan los modelos de deseo que van a consumir millones de personas cuyas expectativas son radicalmente distintas; personas para quienes la incertidumbre sobre el trabajo, la salud, el transporte o el alquiler es una experiencia diaria.</p><p>Hay una asimetría profunda en el corazón de la economía digital. Quien diseña el algoritmo no comparte las condiciones materiales de quien lo usa. Su cerebro fue moldeado por un entorno donde la comida aparece sin costo y la salud está garantizada; el del usuario, por un entorno donde cada fin de mes es un pequeño milagro. El algoritmo cree que el usuario busca entretenimiento, cuando en realidad busca reducir una incertidumbre que el diseñador nunca experimentó.</p><p>Demás está decir que no se trata de demonizar a los trabajadores de Google, ni a la compañía. Se trata de señalar que el entorno material en el que se diseñan las plataformas produce una forma de ceguera estructural. Una ceguera que no se cura con más datos ni con mejores intenciones. Porque el problema no está en la cantidad de información. Está en el tipo de mundo que el cuerpo del diseñador aprendió a predecir.</p><p>&nbsp;</p><p>***</p><p>&nbsp;</p><p>Esta ceguera no es solo un problema de las plataformas. Es un problema de cualquiera que intente entender el malestar contemporáneo mirando solo la superficie.</p><p>Raúl vive en el mismo pueblo que Laura. Declara que su modelo de vida es un influencer de Miami, pero está haciendo algo más complejo que imitar, usa ese modelo lejano como salida lateral a una rivalidad cercana que no sabe cómo nombrar. Lo que lo desvela no es Miami. Es que el comerciante de la otra cuadra renovó el local y a él no le alcanza, que su cuñado se compró la camioneta que él venía mirando, que en el club lo dejaron afuera de la comisión. Pone el deseo lejos para no admitir que está puesto cerca.</p><p>Las plataformas facilitan este desplazamiento porque eliminan las señales que en un encuentro cara a cara delatarían la verdadera rivalidad. El tono de voz, la postura, la microexpresión, la sincronización con el interlocutor. Todo eso desaparece en el texto, en la imagen, en el like. Lo que queda es la declaración, que puede ser autoengaño. La pantalla no solo amplifica el deseo, lo vuelve opaco para quien lo experimenta. Pero el deseo está en otra parte. Está en el cuerpo que se tensa cuando el vecino prospera sospechosamente. Está en la preocupación que no se va cuando se apaga la pantalla. Está en la bronca que busca un culpable y en el desánimo que ya ni eso busca.</p><p>&nbsp;</p><p>***</p><p>&nbsp;</p><p>Si el deseo se organiza en torno a modelos, entonces la disponibilidad de modelos cercanos, no rivales, que orienten el deseo sin generar competencia destructiva, es la variable clave. La variable que el creacionismo digital no ve porque no mira donde tiene que mirar.</p><p>Una comunidad donde hay instituciones fuertes —el club, la escuela, la biblioteca, los bomberos, la sociedad de fomento— no es una comunidad pintoresca: es una comunidad que ofrece modelos. El dirigente del club que dedicó treinta años a formar chicos no compite con el comerciante que abre todos los días a las siete. La médica del hospital no compite con la bibliotecaria. Cada uno es un modelo en su dominio, y esa diferenciación evita que todos deseen lo mismo y choquen por lo mismo.</p><p>Una comunidad donde alguien que atraviesa un problema grave sabe a qué puerta golpear es una comunidad que tiene canales de contención que no pasan por el Estado ni por el algoritmo. Donde hay personas que sin ocupar cargos dedican su tiempo a mejorar la vida de los demás —el que organiza la colecta, la que da clases de apoyo, el que abre el galpón para los cumpleaños del barrio—, hay modelos de deseo que no son rivales.</p><p>Una comunidad donde la gente siente orgullo por su lugar y no necesita compararse todo el tiempo con vidas imposibles es una comunidad que tiene defensas contra la mediación externa. No porque rechace lo de afuera, sino porque tiene un adentro desde el cual mirar. Solo el arraigo permite el préstamo fértil. Solo la identidad fuerte permite tomar de otros sin perderse.</p><p>Una comunidad donde los conflictos se resuelven directamente, con alguien del barrio que ayuda a calmar los ánimos antes de que el problema se agrave, es una comunidad que no sobrecarga al gobierno local con cada disputa entre vecinos. Y por eso es menos propensa a buscar un culpable cuando las cosas van mal.</p><p>No es nostalgia, es ecología del deseo. Si no hay modelos locales, los externos ocupan todo el espacio; y cuando esos modelos son inalcanzables, la imitación no produce progreso sino frustración y rivalidad. A riesgo de ser sentencioso, para ver dónde queda esa frustración hay que dejar de mirar el mapa de la comunidad y volver al cuerpo concreto que la habita.</p><p>&nbsp;</p><p>***</p><p>&nbsp;</p><p>Volvamos a Laura. Durante su día cualquiera —el banco, el hospital, los hijos, el comercio— su cuerpo registró tensiones, preocupaciones, apuros. Pero lo decisivo no es cuánto se tensó, sino cuánto de esa tensión vino del roce con el mundo y cuánto del roce con los otros. Si el malestar viene de la interacción —del jefe que maltrata, del funcionario que desprecia, del vecino que compite—, entonces no es un problema de pantallas. Es un problema de vínculos.</p><p>La pantalla puede amplificar ese malestar. Puede ofrecer modelos falsos que prometan aliviarlo. Puede incluso volverlo opaco para quien lo padece. Pero no lo crea. El deseo no se fabrica en una pantalla. Se fabrica en el cuerpo que necesita, en la comunidad que sostiene o abandona, en los modelos que orientan o envenenan.</p><p>El creacionismo digital es la última versión de una vieja ilusión. Creer que el deseo puede crearse de la nada, sin cuerpo, sin historia, sin evolución. El deseo tiene capas geológicas. Y las más profundas no están en la nube: están en el primate que imita, en el niño que observa, en el adulto que se tensa en la espera del transporte público. Están en el día de ayer, en las obligaciones que cumplimos con o sin ganas, en las personas con las que tropezamos mientras las cumplimos. Lo demás son arreglos temporales. Inevitables, pero superficiales.</p><p>&nbsp;Dr. Héctor Oscar Nigro. Ingeniero de Sistemas y politólogo.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                <published>2026-07-07T09:45:00+00:00</published>
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            ¿Modernidad inteligente o parches millonarios? La encrucijada que define el futuro de Tandil
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                <![CDATA[Rodrigo Ariel Rotonda]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/pWjzf8wyiWI8tnMo6TbIBu-grSw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2024/10/cristo_de_las_sierras_18.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Tandil se encuentra ante un espejo que devuelve una imagen de transformación irreversible.&nbsp;</p><p>La reciente e inapelable intervención del arquitecto Roberto Guadagna —quien con precisión quirúrgica comparó el impacto del nuevo shopping Paseo del Banco con hitos de la escala de las Galerías Pacífico en Buenos Aires— viene a ratificar una tesis ineludible: el centro tradicional, tal como lo conocemos, va a cambiar para siempre.</p><p>Como sostuve en mi columna anterior en este mismo espacio, ese "presente complaciente" que hoy goza la ciudad cruje ante una realidad de dimensiones inéditas para nuestra escala.</p><p>La pregunta ya no es si el shopping reconfigurará la dinámica del centro.</p><p>La pregunta urgente es cómo vamos a diseñar la movilidad, la infraestructura y el financiamiento de ese nuevo mapa urbano para que la ciudad no muera por asfixia o por fragmentación.</p><p>Frente a este escenario, es vital entender que podemos no estar a la deriva: hoy ya existe una plataforma que busca impulsar el pensamiento colectivo, un norte conceptual plasmado en la iniciativa de Tandil 2050 (www.tandil2050.com), que busca anticiparse a este nuevo modelo de ciudad para que el crecimiento no nos pase por encima.</p><p>&nbsp;</p>La paradoja de la densidad: crecer hacia arriba<p>Guadagna puso el dedo en la llaga de un debate mal enfocado: la densificación.</p><p>Tal como afirmé anteriormente, existe un falso conservacionismo local, bienpensante pero letal, que asocia la construcción en altura con el caos. Y es exactamente al revés.</p><p>El mayor error estratégico que podríamos cometer bajo la excusa de mitigar el impacto visual o el tránsito sería bajar la densidad del área central.</p><p>La sustentabilidad de la "ciudad de los 15 minutos" —un eje clave en el diseño de desarrollo sostenible que promueve Tandil 2050— exige una trama compacta.&nbsp;</p><p>Negar la altura en el centro no es proteger a Tandil. Es condenarla a un derrame periférico caótico que destruye el ecosistema y encarece de forma inviable la prestación de servicios públicos esenciales.</p><p>Sin embargo, como ya mencioné, densificar no es simplemente apilar ladrillos. Cada proceso de densificación debe estar respaldado por una evaluación y una inversión agresiva en infraestructura de base —agua, cloacas, energía y soterrado de cables—.</p><p>Pero hay una dimensión que conecta la densidad con la calidad de vida: la reconversión del espacio público vial.</p><p>Si vamos a permitir que la ciudad crezca hacia adentro y hacia arriba, el espacio que ganamos en verticalidad debemos devolvérselo en el plano horizontal. Para densificar con éxito el centro, la condición sine qua non es reducir de manera drástica el tránsito vehicular y redefinir las prioridades de movimiento.</p><p>&nbsp;</p>La visión compartida: el norte político y social como cuestión pendiente<p>Aquí radica el verdadero nudo que aún nos debemos como comunidad.&nbsp;</p><p>Siguiendo la línea de lo que expuse en mi artículo anterior, cualquier transformación física del espacio carece de sentido si no resolvemos la cuestión de fondo: la de establecer un liderazgo claro que unifique criterios en el centro tradicional.</p><p>Determinar la fisonomía y el funcionamiento del corazón urbano sigue siendo una materia pendiente de definición estratégica.</p><p>No podemos diseñar un plan de movilidad si antes no trazamos un norte compartido.&nbsp;</p><p>Este destino colectivo debe nacer del empuje y la asociatividad del sector privado, articulado codo a codo con la normativa que disponga el sector público, y validado por el tercer sector (la academia, empresas sociales u ONG).</p><p>Cuando el privado tracciona y el Estado reglamenta una visión conjunta, la ciudad progresa.</p><p>Si en cambio persistimos en la fragmentación actual, donde cada comercio cuida su propio boliche de forma aislada, cualquier intento de intervención urbana fracasará.</p><p>La movilidad inteligente no es una receta técnica: es la consecuencia directa de un acuerdo político y social unificado.</p><p>&nbsp;</p>Descongestionar el centro: el auto ya no es el rey<p>Bajo esa visión compartida, el centro “histórico” no puede seguir siendo un gran estacionamiento a cielo abierto ni un embudo para el tránsito de paso.</p><p>El Paseo del Banco inevitablemente modificará los flujos de peatones y vehículos. Y si pretendemos que los comercios tradicionales circundantes sobrevivan y muten hacia la economía de la experiencia, el espacio común debe ser amigable.</p><p>Hoy, el centro es hostil: saturación de vehículos, “contaminación sonora” y una fisonomía que degrada cualquier intento de paseo peatonal.</p><p>Hay que animarse a rediseñar la movilidad con coraje político y visión de bloque. Reducir el tránsito vehicular en las arterias clave no es una utopía. Es una necesidad de supervivencia urbana.</p><p>Necesitamos ensanchar veredas, priorizar áreas peatonales exclusivas e incorporar una red seria y conectada de bicisendas que penetre el casco urbano.</p><p>El centro debe dejar de ser un lugar de tránsito pesado para convertirse en un destino de permanencia.&nbsp;</p><p>El auto particular debe perder privilegios de acceso y estacionamiento en el núcleo duro, obligando a los flujos vehiculares a buscar las avenidas de circunvalación y transformando las calles tradicionales en verdaderos corredores de convivencia.</p><p>&nbsp;</p>La clave intermodal: cada medio de transporte en el lugar adecuado<p>Desplazar el protagonismo del automóvil particular en el centro nos obliga a resolver la pregunta del millón: ¿cómo hacemos para llegar &nbsp;y movernos de forma eficiente?</p><p>Y la respuesta no es mágica ni persigue la prohibición. Se basa en colocar cada medio de transporte en el lugar adecuado.</p><p>El auto es una herramienta fenomenal para la conectividad interurbana o para vincular periféricamente la ciudad, pero en el “centro del siglo XIX”, es físicamente inviable.</p><p>Para que el centro sea verdaderamente accesible, el transporte público debe convertirse en la columna vertebral de la movilidad urbana.</p><p>Necesitamos repensar el sistema de colectivos para transformarlo en una opción fluida, previsible y atractiva que compita con el coche individual.</p><p>Esto exige carriles exclusivos en avenidas principales para acelerar las frecuencias, paradas inteligentes y seguras, y una reingeniería de recorridos orientada a la intermodalidad, permitiendo combinar el colectivo con la red de bicisendas de forma natural (en otra columna me referiré al cambio cultural que requeriremos para esto)</p><p>Lograr que el tandilense elija el transporte público no es una cuestión de voluntarismo, sino de diseño: si el colectivo es más rápido, previsible y cómodo que buscar estacionamiento en un centro peatonalizado, el cambio de hábito se da por decantación.</p><p>&nbsp;</p>Centralidades y descentralización: el concepto de "crear suelo público"<p>Diseñar la ciudad del futuro implica entender que potenciar el centro bajo un esquema denso y peatonal no anula la periferia, sino que la ordena.</p><p>Centralidad y descentralización son las dos caras de una misma moneda inteligente, una visión que justamente es clave en el proyecto de Tandil 2050 para evitar las asimetrías urbanas.</p><p>En mi artículo anterior explicaba que el shopping debe ser el estándar que suba el piso de la exigencia en todo el partido, pero que no podemos permitir que las zonas en pleno crecimiento queden relegadas a ser meras extensiones residenciales o “barrios dormitorio” desprovistos de alma urbana.</p><p>Para citar un ejemplo que conozco y mucho, el Paseo de la Rotonda encarna un concepto urbanístico de vanguardia: la creación de suelo público dentro de un espacio privado.</p><p>Es la muestra cabal de que el sector privado, cuando opera con liderazgo y visión estratégica, no se limita a buscar la rentabilidad del “loteo” tradicional, sino que propone nodos de centralidad urbana donde el ciudadano encuentra comunidad, servicios, experiencias y esparcimiento sin necesidad de colapsar el centro histórico.</p><p>Es este tipo de proyectos asociativos los que debemos multiplicar en las periferias de Tandil para descentralizar con propósito.</p><p>&nbsp;</p>El entorno como un todo: el espejo de las sierras<p>Esta necesidad de equilibrio territorial cobra una vigencia dramática a la luz de la reciente presentación del diagnóstico y lineamientos para el Plan de Manejo de las Sierras, elaborado por un equipo de investigadores de la UNICEN y colegios profesionales.</p><p>Los datos expuestos son contundentes y operan como una alerta roja: la expansión urbana difusa sobre la zona protegida creció un alarmante 82% entre 2005 y 2024. El informe desnuda un “consumo ineficiente del suelo” y una progresiva impermeabilización de nuestras cabeceras.</p><p>La tentación política habitual frente a esto es el reduccionismo: poner el énfasis obsesivo en "salvar las sierras" como si fueran una postal estática y aislada del resto del mapa. Y a mi entender, es un error de perspectiva.</p><p>Las sierras son nuestro entorno natural, pero deben ser entendidas y gestionadas como parte de un todo sistémico. Lo que pasa en lo alto de la sierra determina de forma directa la dinámica hídrica y funcional de la llanura y de los barrios.</p><p>Y como siempre digo, no reinventemos la rueda.&nbsp;</p><p>Hay casos de éxito internacional que demuestran que la clave está en mirar el territorio de forma integral.</p><p>Ciudades como Portland (EE. UU.), a través de Urban Growth Boundary (Límite de Crecimiento Urbano), lograron contener la dispersión horizontal inercial protegiendo sus valles agrícolas y forestales, obligando a la ciudad a densificarse con altísima calidad de vida hacia adentro.</p><p>En Sudamérica, Medellín (Colombia) implementó su Cinturón Verde Metropolitano, un proyecto que combinó la preservación ambiental de sus cerros con el ordenamiento de la vivienda, la contención de la expansión y la creación de espacio público.</p><p>Ambos ejemplos nos enseñan que el medio ambiente no es un freno al desarrollo, sino la frontera inteligente que lo moldea.&nbsp;</p><p>Volvemos, indefectiblemente, a la pregunta de fondo: ¿Cómo quiere crecer Tandil?</p><p>&nbsp;</p>El valor de la investigación local<p>El "plan de manejo serrano" y la reciente propuesta conjunta entre el Municipio y la UNICEN (a través de la Facultad de Ciencias Humanas) para aplicar Inteligencia Artificial a la movilidad urbana demuestran que el diagnóstico científico local es robusto.</p><p>Pone en valor el capital intelectual de nuestra universidad para procesar Big Data y optimizar flujos.</p><p>Sin embargo, este aporte de vanguardia nos obliga a trazar una línea conceptual clara: la tecnología es una herramienta de aceleración, pero jamás puede sustituir a la planificación.</p><p>El peligro no radica en la herramienta, sino en el enfoque político de su uso. Si la tecnología se aplica sin un plan urbano previo y un norte claro sobre qué modelo de ciudad queremos, la inversión corre el riesgo de volverse irrelevante.</p><p>La información que los investigadores de Humanas pueden procesar es monumental y valiosísima. Pero si alimentamos los algoritmos bajo la premisa inercial de seguir priorizando el flujo del auto particular, la IA solo servirá para optimizar el caos.</p><p>La tecnología solo adquiere sentido estratégico cuando se transforma en el soporte de una decisión política previa: la de planificar la transición hacia la “peatonalización”, el control del espacio público y, fundamentalmente, la optimización y jerarquización del transporte público y sustentable.</p><p>Invertir en dispositivos para simular modernidad es estéril. Invertir para ejecutar un plan integral de movilidad es el camino.</p><p>&nbsp;</p>¿Hacia dónde queremos crecer?<p>Esta tensión entre la inercia del crecimiento y la necesidad de planificación estratégica se despliega con nitidez en el debate actual del Concejo Deliberante en torno al crédito de 4.000 millones de pesos que el Ejecutivo busca contraer.&nbsp;</p><p>Más allá de las lógicas y necesarias discusiones técnicas de los bloques —que si la tasa del 44% es elevada frente a la baja de la inflación, que si compromete el estrés financiero de la próxima gestión o si las prioridades de los fondos del ex corralón fueron mal asignadas—, el fondo de la cuestión expone la raíz del problema estructural de Tandil.</p><p>La mayor parte de ese financiamiento está destinada al proyecto hidráulico del Barrio Arco Iris, una obra indispensable para mitigar las inundaciones que sufren también La Movediza y El Tropezón.&nbsp;</p><p>El oficialismo defiende la toma del crédito como una mirada de largo plazo en un contexto nacional sin obra pública, mientras que la oposición alerta que se está saliendo a tapar agujeros con herramientas caras cuando "el agua llega al cuello".</p><p>Ambos argumentos tienen su cuota de verdad, pero la verdad estratégica es más profunda: Arco Iris es el síntoma de haber permitido que Tandil crezca por derrame inercial sin la infraestructura de base planificada de antemano.</p><p>Y la discusión legislativa no debería agotarse en la ingeniería financiera del préstamo.</p><p>Debería ser el disparador de una pregunta existencial para la dirigencia local: ¿Hacia dónde y cómo quiere crecer Tandil?&nbsp;</p><p>Seguir expandiendo la periferia de manera horizontal obliga al Estado municipal a correr de atrás, tomando deuda de magnitud para llevar obras hidráulicas y servicios básicos a zonas que nunca debieron ser pobladas sin esa previsión.</p><p>Es la prueba fáctica de la tesis de Guadagna: "construir ciudad" exige generar suelo urbano dotado de infraestructura antes de que llegue el habitante, no después.&nbsp;</p><p>Es allí donde los lineamientos de Tandil 2050 cobran fuerza como la hoja de ruta necesaria para dejar de emparchar la coyuntura.</p><p>&nbsp;</p>De la queja a la planificación estratégica<p>El proyecto de Inteligencia Artificial aplicado a la movilidad, el plan de manejo de las sierras y las urgencias hidráulicas en el Barrio Arco Iris son las diferentes caras de la misma encrucijada urbana.</p><p>No podemos seguir fragmentando la discusión entre lo tecnológico, lo ambiental, lo presupuestario y lo barrial como si fueran compartimentos estancos. Todo forma parte del mismo ecosistema.</p><p>La situación financiera es compleja y los recursos son escasos, pero la escasez se combate con planificación, no con parálisis o voluntades aisladas.</p><p>La valiosa transferencia de conocimiento que hoy propone la UNICEN en sus diferentes facultades no puede quedar en un mero ejercicio de simulación digital o en diagnósticos archivados. Debe ser el motor científico que valide y ejecute un plan político real de transformación urbana que ponga al entorno natural, al transporte público y al peatón al frente.</p><p>Y disculpas por la insistencia, pero es el momento de forjar esa Integración Activa entre el sector público, el sector privado y el tercer sector para traccionar las inversiones estructurales que la ciudad reclama a gritos.</p><p>Dejemos de pensar en la coyuntura del día a día. El Tandil de las próximas décadas se está modelando hoy y herramientas de diseño social como las que proponemos en www.tandil2050.com ya están sobre la mesa.</p><p>Tenemos que decidir si queremos usar la inteligencia para ser los arquitectos de nuestro desarrollo o seguir siendo las víctimas de nuestro propio crecimiento.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/pWjzf8wyiWI8tnMo6TbIBu-grSw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2024/10/cristo_de_las_sierras_18.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Entre el shopping, la Inteligencia Artificial de la UNICEN y el polémico crédito de los 4.000 millones, la ciudad debate su destino. ¿Planificamos un nuevo modelo o seguimos emparchando un caos inevitable?]]>
                </summary>
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                                <updated>2026-07-08T16:40:06+00:00</updated>
                <published>2026-07-06T20:09:58+00:00</published>
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        <title>
            El desconcierto de la IA: mucho ruido y pocas nueces
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        <author>
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                <![CDATA[Gabriel Pereyra]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/el-desconcierto-de-la-ia-mucho-ruido-y-pocas-nueces">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zMIgrqda88Mh7b0eSAf3dPagJtQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/ia_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Casi todas las empresas usan algo de inteligencia artificial. Muy pocas saben qué hacer con ella. Y esa distancia no es tecnológica: es de liderazgo y de cultura.</p><p>La inteligencia artificial llegó a las organizaciones antes de que supieran qué hacer con ella.</p><p>Está en todas partes —en las herramientas, en los discursos, en los comités de innovación—. Pero los resultados no aparecen. Lo que predomina no es el entusiasmo ni el rechazo, sino algo más incómodo: el desconcierto.</p><p>Los números confirman que no es una impresión. El 88% de las organizaciones ya usa IA en al menos una función, pero solo el 39% percibe algún impacto en sus resultados, casi siempre inferior al 5%. El MIT fue más lejos: concluyó que el 95% de las inversiones en IA generativa todavía no produjo retornos medibles. Mucha adopción, poco valor.</p><p>En América Latina la foto es similar, aunque la brecha es más amplia. Solo el 23% de las organizaciones obtienen algún valor económico de la IA y apenas el 6% lo considera significativo (WEF y McKinsey, 2025). La región recibe, además, apenas el 1,12% de la inversión global en esta tecnología. Podría pensarse que el problema está ahí. No lo está: las compañías que más invierten en el mundo tampoco logran resultados consistentes. Si dependiera del dinero, ya estaría resuelto.</p><p>La IA no es magia. El problema no es la herramienta: es todo lo que la organización no resolvió antes de encenderla.</p><p>Las organizaciones que atraviesan este proceso muestran siempre el mismo patrón. La tecnología avanza más rápido de lo que las personas pueden seguirla, y seguirla implica dos tiempos: entenderla y, mucho más lento, aceptarla. Son tres velocidades que rara vez coinciden —la de la tecnología, la de las personas y la del negocio—, y de ese desajuste nace buena parte del problema. Cuando una organización acelera solo la primera y descuida las otras dos, la IA entra en la empresa, pero no echa raíces. No es casual que el 92% de los líderes señale a la cultura y a la gestión del cambio —y no a la tecnología— como la principal barrera (Wavestone, 2026).</p><p>En las pymes el cuadro suele agravarse. Apremiadas por la necesidad de ganar eficiencia, muchas esperan que la IA resuelva problemas que en realidad son organizacionales.</p><p>Los síntomas se repiten. Se evitan las conversaciones difíciles. No se rediseñan los procesos: apenas una de cada cinco empresas reformuló sus flujos de trabajo, justamente la palanca de mayor impacto según McKinsey. Y se impone un cambio que genera incertidumbre, aunque nadie lo nombre. La adopción termina ocurriendo de abajo hacia arriba, sin que nadie la conduzca: ocho de cada diez trabajadores usan herramientas que su empresa nunca aprobó. La IA entró por la puerta de atrás.</p><p>Hay, además, un costo que casi nadie mide. Buena parte de lo que produce la IA es workslop: contenido que parece terminado, pero puede ser superficial, contener errores o incluso inventar información. Alguien tiene que detectarlo, verificarlo y rehacerlo. El esfuerzo no desaparece: simplemente se traslada. La productividad no necesariamente aumenta; muchas veces se dispersa.</p><p>Debajo de todo esto late una decisión que la mayoría de las organizaciones posterga: si la IA viene a ampliar lo que las personas hacen o a reemplazarlas. Nadie lo anuncia, pero todos lo intuyen. Si las personas sospechan que el objetivo es prescindir de ellas, el miedo gana terreno y la adopción se frena. Si entienden que la IA viene a liberarlas de tareas de poco valor para que puedan concentrarse en las que realmente importan, el compromiso cambia. Esa definición no la toma el software: la toma quien conduce.</p><p>Las organizaciones que están capturando valor entendieron algo simple: no empezaron preguntándose qué herramienta comprar, sino qué problema querían resolver. La IA llegó después.</p><p>Y acá no alcanza con más tecnología: hace falta criterio. Quien logre que la IA aporte valor no será quien compre la herramienta más avanzada, sino quien tenga claro para qué la quiere. Quien abra la conversación que faltaba, rediseñe el proceso que quedó viejo y nombre el miedo en lugar de esconderlo. Su trabajo no es acelerar. Es sincronizar el ritmo de la tecnología, el de las personas y el del negocio para que el cambio ocurra a una velocidad que la organización pueda sostener. La inteligencia artificial es la parte fácil. Lo difícil, como siempre, son las personas.</p><p>Por eso, antes de dar el próximo paso, vale la pena hacerse algunas preguntas. ¿La IA amplía lo que las personas hacen o busca reemplazarlas? ¿Se rediseñaron los procesos o simplemente se le pidió a la máquina que hiciera más rápido lo que ya estaba mal hecho? ¿Qué conversación se está evitando?</p><p>El desconcierto tiene salida. Y es menos una cuestión tecnológica que una decisión de liderazgo: conducir el cambio en lugar de padecerlo.</p><p>El autor es CEO y Fundador de Modobeta</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zMIgrqda88Mh7b0eSAf3dPagJtQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/ia_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Casi todas las empresas usan algo de inteligencia artificial. Muy pocas saben qué hacer con ella. Y esa distancia no es tecnológica: es de liderazgo y...]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-07-02T18:46:34+00:00</updated>
                <published>2026-07-02T18:46:32+00:00</published>
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        <title>
            Sociedades automatizadas y responsabilidad penal
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        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/opinion/sociedades-automatizadas-y-responsabilidad-penal" type="text/html" title="Sociedades automatizadas y responsabilidad penal" />
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        <author>
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                <![CDATA[Andrés García Vautrin]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/sociedades-automatizadas-y-responsabilidad-penal">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/itbThvKH4EeRtxyDAInPwTszChw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/ia.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>La reforma societaria que el Poder Ejecutivo remitió al Senado introduce figuras jurídicas que, desde el derecho penal, generan interrogantes que el proyecto no responde. Y en este caso me refiero, en particular, a la Sociedad Automatizada del artículo 14 y a la Sociedad Descentralizada Autónoma Operativa (DAO) de los artículos 258 a 265. Ambas figuras deben leerse en conjunto con la Ley 27.401 de Responsabilidad Penal de las Personas Jurídicas, vigente desde 2018, porque las tensiones entre ambos textos son serias.</p><p>De esta manera, dicha ley establece la responsabilidad penal de las personas jurídicas privadas por un catálogo acotado de delitos: cohecho nacional y transnacional, negociaciones incompatibles con el ejercicio de funciones públicas, concusión, enriquecimiento ilícito y balances e informes falsos agravados. Pero no es un régimen general, sino uno orientado a la criminalidad corporativa en la interfaz con el sector público.</p><p>El problema de la Sociedad Automatizada</p><p>El artículo 14 del anteproyecto define a la Sociedad Automatizada como aquella que desarrolla su objeto social “sin requerir trabajadores en relación de dependencia ni recursos humanos para su operación ordinaria”. Los daños causados por sus sistemas algorítmicos o agentes de IA son responsabilidad patrimonial de la sociedad.</p><p>Desde el derecho penal, esto abre una pregunta que el anteproyecto ignora: ¿quién es la “persona humana” cuya conducta activa el mecanismo de imputación de la Ley 27.401 cuando el acto dañoso lo ejecutó un algoritmo de forma autónoma?</p><p>Imaginemos una Sociedad Automatizada que, mediante su sistema algorítmico, realiza pagos a un funcionario público extranjero para obtener una ventaja comercial. Los pagos los ejecutó el protocolo, no un empleado ni un director. No hay persona humana que hubiera “ofrecido, prometido u otorgado” nada en el sentido clásico del tipo penal. ¿Puede imputarse a la persona jurídica por un delito cuya conducta típica exige una acción humana que, en este modelo societario, no existe?</p><p>La respuesta no es sencilla. La ley en cuestión no fue redactada pensando en sistemas algorítmicos con capacidad de decisión autónoma. Sus categorías -“quien hubiere actuado en beneficio o interés de la persona jurídica”, “tolerancia de los órganos”- asumen sujetos con voluntad. Un algoritmo no tiene voluntad, no puede tener dolo y no puede actuar con “interés” en sentido jurídico. La brecha entre ambas normas es estructural, no de interpretación.</p><p>El problema de la DAO y la representación procesal</p><p>La DAO presenta una dificultad diferente pero igualmente seria. El artículo 260 del anteproyecto exige que la representación legal esté a cargo de personas humanas, y el artículo 262 establece que el representante legal responde “conforme al régimen previsto” para los actos dolosos, abusivos o en violación normativa.</p><p>En principio, esto parece resolver el problema, dado que hay una persona humana que representa a la DAO y que puede ser imputada. Pero la DAO puede tener su gobernanza distribuida entre miles de titulares de tokens dispersos en distintas jurisdicciones, con decisiones adoptadas por el protocolo según reglas predefinidas. Si el protocolo ejecuta un acto que configura alguno de los delitos de la Ley 27.401 -por ejemplo, un pago a un funcionario resuelto por votación descentralizada de los miembros-, ¿el representante legal responde penalmente por un acto que no adoptó, que no podía vetar individualmente y que fue determinado por una mayoría algorítmica?</p><p>Aquí, la tensión con los principios penales básicos es evidente. La responsabilidad penal personal exige que la pena recaiga sobre quien cometió el acto. El representante legal de una DAO puede ser una pieza formal del organigrama sin haber participado en la decisión que derivó en el delito. Imputarlo penalmente en esas condiciones rozaría la responsabilidad objetiva en materia penal, que el ordenamiento argentino rechaza.</p><p>En síntesis, el anteproyecto de ley general de Sociedades introduce formas organizativas que operan, total o parcialmente, sin decisores humanos identificables en la cadena causal de sus actos. La Ley de Responsabilidad Penal de las Personas Jurídicas, en cambio, fue construida sobre la premisa de que siempre hay una persona humana cuya conducta activa la responsabilidad corporativa.</p><p>Aparecen tres problemas sin solución en el estado actual del proyecto: primero, la posible ausencia de conducta humana típica cuando el acto ilícito lo ejecuta un algoritmo autónomo; segundo, la imputación al representante legal de una DAO por decisiones adoptadas por gobernanza descentralizada en las que no participó; y tercero, la inaplicabilidad práctica del Programa de Integridad de la Ley 27.401 a organizaciones sin estructura humana.</p><p>El proceso legislativo que viene debería abordar estas cuestiones. No hacerlo significa que los mecanismos de imputación, defensa y cumplimiento diseñados por la ley en cuestion, pierden coherencia cuando se aplican a entidades cuya operación ordinaria prescinde de personas humanas.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/itbThvKH4EeRtxyDAInPwTszChw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/ia.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La reforma societaria que el Poder Ejecutivo remitió al Senado introduce figuras jurídicas que, desde el derecho penal, generan interrogantes que el p...]]>
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                                <updated>2026-07-02T18:42:06+00:00</updated>
                <published>2026-07-02T18:42:04+00:00</published>
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            La financiarización del futuro
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        <author>
            <name>
                <![CDATA[Mariana Godoy Goette]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/la-financiarizacion-del-futuro">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/V_bAvAW9Xkx3xEdxVbvLpxU-c9g=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2024/08/musk.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Los mercados ya no asignan valor a empresas. Asignan valor a la probabilidad de que una organización se convierta en una infraestructura indispensable para la próxima economía. Durante gran parte del siglo XX, la teoría financiera tuvo una premisa casi religiosa: el valor de una empresa era la suma descontada de sus flujos de caja futuros. Una compañía valía por lo que era capaz de producir, vender y convertir en ganancias. Esa lógica parecía irrefutable, hasta que empezó a quedar incompleta.</p><p>Primero fue Amazon, que durante años desafió cualquier métrica tradicional de valuación. Después llegaron Tesla, Nvidia, OpenAI, SpaceX y una nueva generación de compañías cuya capitalización de mercado parece, al menos bajo los parámetros clásicos, desconectada de los resultados financieros observables. Muchos interpretan este fenómeno como una simple burbuja tecnológica. Pero quizás la explicación sea más profunda.</p><p>Lo que estamos observando no es una distorsión del capitalismo. Estamos observando una transformación de su unidad fundamental de valor. Los mercados ya no asignan capital principalmente a empresas que producen bienes o servicios. Están asignando capital a organizaciones capaces de capturar futuros completos. La diferencia es enorme. Una automotriz tradicional compite por una porción del mercado automotor. Tesla compite por capturar el futuro de la movilidad, de la inteligencia artificial aplicada al transporte, del almacenamiento energético y de la automatización física. Una empresa satelital compite por contratos de telecomunicaciones. SpaceX compite por convertirse en la infraestructura orbital de la economía global.</p><p>OpenAI no comercializa solamente software. Aspira a convertirse en una capa fundacional sobre la que operen millones de decisiones, procesos y modelos de negocio. El mercado ya no pregunta únicamente cuánto vende una empresa. Pregunta qué futuro controla. Esta diferencia puede parecer semántica, pero está redefiniendo la asignación global de capital. Durante décadas, el petróleo ocupó una posición privilegiada porque era la infraestructura invisible que permitía funcionar a la economía industrial. Quien controlaba la energía controlaba la capacidad productiva.</p><p>Hoy comienzan a emerger nuevas infraestructuras críticas: capacidad computacional, energía eléctrica, centros de datos, redes satelitales, modelos fundacionales de inteligencia artificial, almacenamiento energético avanzado, sistemas autónomos y plataformas de conectividad global. Quien controle estas capas no capturará un mercado. Capturará múltiples mercados simultáneamente. Es por eso que los inversores están dispuestos a tolerar valuaciones que, bajo parámetros tradicionales, parecen irracionales. No están comprando ingresos presentes. Están comprando opcionalidad estratégica. La teoría financiera clásica tenía dificultades para valorar esta característica porque la opcionalidad era considerada un atributo secundario. En la economía digital se ha convertido en el activo principal.</p><p>Pensemos en un ejemplo menos conocido que Tesla. Pocos fuera del sector tecnológico siguen de cerca a Cerebras Systems. Sin embargo, algunos de los mayores fondos del mundo observan atentamente su evolución porque su arquitectura computacional podría alterar la estructura competitiva de la inteligencia artificial. La empresa todavía está lejos de la escala de Nvidia, pero su valor estratégico no reside en su posición actual. Reside en el tamaño del futuro que potencialmente puede capturar.</p><p>Lo mismo sucede con Anduril Industries. Formalmente es una empresa de defensa. En realidad, representa una apuesta sobre cómo la inteligencia artificial transformará la seguridad nacional durante las próximas décadas. Su valoración no surge únicamente de los contratos actuales, sino de la posibilidad de convertirse en la plataforma tecnológica dominante de una nueva generación de sistemas autónomos.</p><p>Algo similar comienza a ocurrir en energía. Los inversores ya no observan únicamente la capacidad instalada de generación. Comienzan a preguntarse quién controlará la infraestructura energética que alimentará los centros de datos de inteligencia artificial. Esta pregunta explica gran parte del renovado interés por la energía nuclear avanzada, por las redes eléctricas inteligentes y por los sistemas de almacenamiento de larga duración. El mercado está anticipando una escasez futura antes de que esta se materialice.</p><p>La carrera por la inteligencia artificial es, en gran medida, una carrera por la electricidad. Y la próxima década probablemente demostrará que la energía y la computación están mucho más conectadas de lo que tradicionalmente creíamos. Esta lógica genera una consecuencia extraordinaria. Las empresas dejan de competir únicamente por clientes y comienzan a competir por narrativas creíbles sobre el futuro.</p><p>Aquí aparece una de las características más fascinantes del capitalismo contemporáneo. La narrativa deja de ser marketing. Se convierte en infraestructura financiera. La capacidad de una organización para convencer a los mercados de que controla un futuro posible determina su acceso al capital, su velocidad de crecimiento y, en muchos casos, su probabilidad de supervivencia.</p><p>Elon Musk entendió esto antes que la mayoría. Pero no es el único. Jensen Huang en Nvidia, Sam Altman en OpenAI y los líderes de las nuevas compañías tecnológicas comparten una característica común: no venden solamente productos. Venden una visión coherente de cómo será el mundo dentro de diez años y del papel que sus organizaciones ocuparán dentro de ese futuro.</p><p>Por supuesto, este sistema tiene riesgos evidentes. La historia está llena de futuros que jamás llegaron. Los ferrocarriles en el siglo XIX, las puntocom en el año 2000, las telecomunicaciones en los años noventa y múltiples ciclos de exuberancia tecnológica son recordatorios de que la promesa de un futuro mejor no siempre se convierte en realidad.</p><p>La mayoría de las apuestas fracasan. Pero una minoría transforma la economía global. Los mercados lo saben. Y saben también que identificar correctamente una de esas plataformas puede compensar decenas de errores. Por eso están dispuestos a financiar probabilidades extraordinariamente bajas cuando la magnitud del resultado potencial es suficientemente grande.</p><p>Quizás por eso la pregunta más importante para un inversor ya no sea cuánto gana una empresa hoy. La pregunta verdaderamente relevante es otra: qué infraestructura indispensable para el futuro está construyendo. Porque en la próxima década el activo más escaso probablemente no será el petróleo, ni el capital, ni siquiera los datos. Será la capacidad de controlar las plataformas sobre las cuales se construirá la siguiente economía. Y los mercados ya comenzaron a asignar valor en consecuencia.</p><p>Tesla, SpaceX, Nvidia o OpenAI no son anomalías financieras. Son manifestaciones visibles de una transformación más profunda. Una transformación en la que el valor deja de estar anclado exclusivamente en los resultados presentes y comienza a desplazarse hacia la probabilidad de controlar una infraestructura crítica del futuro.</p><p>Quizás la mayor revolución económica de nuestra época no sea la inteligencia artificial, ni la transición energética, ni la nueva carrera espacial. Quizás sea algo más fundamental: el momento en que el capitalismo dejó de comprar empresas y comenzó a comprar futuros.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/V_bAvAW9Xkx3xEdxVbvLpxU-c9g=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2024/08/musk.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Los mercados ya no asignan valor a empresas. Asignan valor a la probabilidad de que una organización se convierta en una infraestructura indispensable...]]>
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                                <updated>2026-07-02T18:39:37+00:00</updated>
                <published>2026-07-02T18:39:33+00:00</published>
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            Magnífica Humanitas y la utopía posible de una economía de la sabiduría
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                <![CDATA[Andrés Pallaro]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/oKoEEMM_KkYGxO8AGiPL2hJajXk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/papa_leon.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hace unos pocos años el dilema de la Humanidad era la tan mentada “nueva normalidad” luego de la tremenda Pandemia del Covid 19. ¿Cuántos de nuestros comportamientos y modelos de funcionamiento cambiarían profundamente al haber sido forzados a niveles superiores de digitalización y desconexión física? La Humanidad es resiliente y todo se fue encauzando hacia modelos de hibridez con distintas combinaciones y tonalidades. Hoy, el dilema creciente es si seremos capaces de gobernar y organizar la maravilla de la inteligencia artificial para elevar a las personas y las comunidades. No hay tema de mayor impacto futuro para nuestro destino común que construir fórmulas para poner en serio la IA al servicio de la Humanidad.</p><p>El Papa León XIV ha actuado como un Estadista global, trascendiendo el ámbito de la religión católica a la que representa. Magnífica Humanitas es más que una Encíclica. Es un documento brillante que aporta una verdadera narrativa que el mundo necesitaba para inspirar, orientar y ordenar todo lo que estamos haciendo y podemos hacer para enmarcar la fuerza arrolladora de la IA hacia el progreso humano y social.</p><p>Solemos minimizar el poder de las buenas narrativas. Pero en realidad son decisivas para encauzar las energías de la inteligencia colectiva en sistemas que no operan con lógicas verticales. La Humanidad funciona en el desorden de la diversidad, los intereses contrapuestos y la tensión permanente. Y es allí donde las buenas narrativas ofrecen visiones que nos acercan y potencian nuestra capacidad transformadora.</p><p>Magnífica Humanitas ofrece una mirada profunda, amplia y sensata sobre el fenómeno de la IA y los seres humanos. Justamente la mirada que necesitamos en estos momentos de desconcertante aceleración de la IA y preocupante transición. Como alguna vez escribió con lucidez superlativa el intelectual italiano Antonio Gramsci, “lo viejo va muriendo mientras lo nuevo tarda en nacer y en el medio surgen los monstruos”. Por ello, Magnífica Humanitas es tan oportuna. Los monstruos que distorsionan, simplifican o usan mal la IA pueden frustrarnos esta enorme oportunidad de haber inventado una tecnología tan poderosa que trabaje para nosotros en todos los ámbitos.</p><p>Lo primero que deberíamos destacar es que la Encíclica no es un manifiesto antitecnológico ni condenatorio de la innovación. Pero reconoce que estos fenómenos, que mucho explican sobre las mejores condiciones de vida que hemos ido construyendo a lo largo de la historia, no constituyen un pasaporte automático al progreso. No existe tal determinismo porque la tecnología nunca es neutral, mucho menos la IA. El solucionismo tecnológico es un peligroso reduccionismo. Es el arte del diseño y el gobierno humano de la tecnología lo que conduce a la dignificación humana y al progreso económico y social. Y eso requiere valores humanistas que guíen férreamente la acción de hombres y mujeres, pero también notorias capacidades de liderazgo y management que puedan hacer que las buenas obras se abran paso en la telaraña del corto plazo.</p><p>Estamos, de este modo, ante un luminoso llamado a la responsabilidad que las virtuosas olas de la libertad y la innovación requieren para generar resultados inclusivos y sostenibles. En ese sentido, León XIV pone la lupa en varios aspectos que claman por ese ejercicio de responsabilidad moral e histórica, sobre todo de quienes ocupan posiciones de frontera en esta revolución de la IA: el trabajo humano debe ser defendido y recreado, es mucho más que horas a cambio de un salario; la concentración de poder debe ser contenida para evitar el avance hacia un feudalismo tecnodigital que nos llevaría a una distopía y las desviaciones de la IA que producen mentiras, manipulaciones y polarizaciones dañinas, deben ser combatidas con buenas regulaciones y estrategias efectivas de generación de confianza y seguridad.</p><p>Parece una obra ciclópea. Desalienta muchas veces percibir que estamos lejos. Y que la imagen pública de aquello que genera impactos negativos o no tiene respuestas claras aún, es mucho más fuerte que las señales positivas de lo que se va construyendo. Es allí donde la narrativa equilibrada y sensata de Magnífica Humanitas se convierte en una palanca capaz de potenciar y multiplicar las corrientes de mayor responsabilidad innovativa, la conciencia moral y la fraternidad social alrededor del mundo. Y que se convierten en los diques eficaces contra los monstruos de la transición que hablaba Gramsci y en las turbinas capaces de alinear intereses y vencer imposibles.</p><p>De hecho, si hacemos foco en las señales que se abren paso en medio de la bruma, podemos visualizar que va cobrando fuerza una arquitectura global de Gobernanza de la IA (la OCDE registra más de 1.000 iniciativas de política pública sobre IA en más de 70 jurisdicciones); el poder de la IA aumenta el costo de la irresponsabilidad y por ende el componente ético crece como elemento decisivo de modelos económicos exitosos (management humanista vive una época de expansión); las empresas tienen mayores incentivos para humanizar y usar bien la IA (como lo explica ampliamente el International AI Safety Report 2026); las habilidades más humanas o duraderas viven un florecimiento que propone entenderlas, entrenarlas, medirlas y remunerarlas mejor, incrementando su peso relativo en la generación de valor que mueve la economía; vamos entendiendo más y mejor cómo hibridar el trabajo humano con la IA en todas las profesiones e industrias para habilitar que su recreación sea mayor que la destrucción; la educación avanza en la personalización y el foco experiencial que permite formar personas para ser relevantes en las actividades emergentes en esta nueva era y la abundancia cognitiva que genera la IA cambia las reglas de juego y va poniendo capacidades de análisis, diseño, traducción, simulación, programación, investigación y comunicación al alcance de millones de personas, comunidades y pymes, pudiendo empujar hacia arriba a capas medias y bajas de la pirámide.</p><p>En fin, si todo ello avanza venciendo obstáculos y generando victorias parciales, una economía global de la sabiduría podría emerger como paradigma dominante. La inspiración de Magnífica Humanitas es combustible para este proceso. Por primera vez contamos con una infraestructura cognitiva capaz de ampliar capacidades humanas a escala global. Si la abundancia generalizada que promete la IA puede ser enmarcada en sistemas económicos y sociales que nos liberen a los humanos de la carrera por la productividad, la eficiencia y la rentabilidad, podríamos abrir una era donde el valor esté más determinado por aquello que hasta ahora siempre ha sido menos cuantificable, como la calidad humana, la capacidad de juicio y discernimiento, el impacto social, la conexión experiencial y la sostenibilidad intergeneracional.</p><p>La economía de la sabiduría no es una utopía inalcanzable, una promesa ingenua o un delirio intelectual. Es la evolución posible de la economía del conocimiento, gracias al enorme poder de la IA y la reacción humanista que la misma está originando con múltiples manifestaciones. La IA llegó para quedarse y nos ofrece conocimiento abundante, cálculo, predicción, síntesis y optimización. Las personas, equipos y comunidades debemos ofrecer lo que emerge como más escaso y, por ende, valioso: criterio, discernimiento, juicio, conexión, experiencia, sentido, responsabilidad. Todas las industrias y profesiones podrían estar elevadas por esta virtuosa combinación que, como bien expresó León XIV, debemos construir dado que no sucederá espontáneamente. Más aún, podría verse tristemente frustrada por los monstruos que la acechan.</p><p>La nueva era puede conducirnos a una superación colectiva. Menos orientación a la optimización y acumulación. Más consagración a la sabiduría aplicada. El trabajo que tenemos por delante es apasionante. Y Magnífica Humanitas es una gran brújula civilizatoria para hacerlo posible.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/oKoEEMM_KkYGxO8AGiPL2hJajXk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/papa_leon.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Hace unos pocos años el dilema de la Humanidad era la tan mentada “nueva normalidad” luego de la tremenda Pandemia del Covid 19. ¿Cuántos de nuestros...]]>
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                                <updated>2026-07-02T18:36:18+00:00</updated>
                <published>2026-07-02T18:36:16+00:00</published>
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            Paseo del Banco: el desafío de rediseñar el centro para el Tandil 2050
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                <![CDATA[Rodrigo Ariel Rotonda]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fm7E1F6U1Y72oeKrq4NOe4wmoEI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/centro_tandil_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Tandil goza hoy de lo que me gusta llamar un “presente complaciente” (podés ver mi charla en el marco de Flama acá )</p><p>La marca Tandil vende, atrae inversiones, tracciona turismo y tienta al nomadismo digital. Sin embargo, este éxito actual encierra una trampa mortal: la comodidad de creer que el crecimiento inercial es sinónimo de desarrollo. Y lejos está de serlo.&nbsp;</p>El desafío de nuestra generación: mantener el potencial sin caer en la inercia<p>Crecer sin planificar es, lisa y llanamente, improvisar el caos.&nbsp;</p><p>El verdadero desafío de nuestra generación no es celebrar los logros heredados, sino mantener el potencial de una ciudad intermedia que tambalea bajo el peso de su propio dinamismo demográfico. Y el epicentro de ese tambaleo, nos guste o no, se encuentra hoy en las pocas manzanas que configuran nuestro casco o único centro histórico.</p><p>Es precisamente ahí, en pleno corazón urbano, donde emerge el shopping del Paseo del Banco.&nbsp;</p><p>Este desarrollo no debe ser leído como un simple nodo comercial o un hito arquitectónico aislado. El Paseo del Banco es un catalizador, un llamado de atención que nos obliga a hacernos la pregunta incómoda pero inevitable: ¿Y si el shopping reconfigura por completo el mapa dinámico y genera un nuevo centro en Tandil? Si la respuesta es afirmativa, la inacción actual no es una opción.</p>El diagnóstico de una crisis de identidad<p>Hay que animarse a romper la hipocresía del debate cotidiano y decir las cosas por su nombre: el problema profundo de nuestro centro tradicional no es una simple cuestión estética de si "está feo" o lindo. El problema real es que no tiene identidad.&nbsp;</p><p>Se ha convertido en un corredor predecible, hostil para el peatón, saturado de cartelería obsoleta, veredas rotas y una oferta que languidece ante la falta de una propuesta integral.&nbsp;</p><p>Falta una experiencia identitaria porque, fundamentalmente, no hay un liderazgo claro que unifique criterios. Cuando el sector público se limita a regular la coyuntura y el sector privado opera de manera fragmentada (o como me gusta decir a mí, “cada uno con agua para su molino”), el espacio común se degrada.</p><p>Aquí radica el error de concepto habitual: definir la identidad visual y funcional del centro no es una responsabilidad originaria del sector público. El Estado no debe diseñar la estética del comercio. El verdadero accionar tiene que nacer del sector privado, que es el que debe organizarse, asociarse y demandar un estándar colectivo fuerte. Una vez que el privado tracciona y establece hacia dónde ir, el rol del sector público es reglamentar, oficializar y darle un marco normativo duradero a esa visión.</p><p>La fisonomía del centro tandilense ha quedado atrapada en una farsa de romanticismo chato que confunde la preservación histórica con el abandono estético. Y el Paseo del Banco expone esta vulnerabilidad.&nbsp;</p><p>Al ofrecer una experiencia de estándar internacional —climatizada, segura, integrada y previsible—, el shopping corre el velo de lo que el centro tradicional ya no ofrece.&nbsp;</p><p>La atracción natural del público hacia este nuevo polo no será mérito (únicamente) del desarrollador. Será la consecuencia directa de haber dejado que el corazón de la ciudad perdiera su brillo por falta de visión estratégica y de un liderazgo privado que exija las reglas del juego.</p>¿Es el fin del comercio tradicional?&nbsp;<p>Frente a este nuevo escenario, el termómetro del escepticismo local ya empieza a eyectar las preguntas de siempre: ¿Qué va a pasar con los locales actuales? ¿Qué va a pasar con los propietarios de esos locales?&nbsp;</p><p>El comercio del centro no va a morir por la aparición de un shopping. En todo caso, morirá por su propia incapacidad de mutar hacia la economía de la experiencia y por un vicio crónico que arrastramos hace años: la falta absoluta de una identidad colectiva.&nbsp;</p><p>Al no existir un relato unificado ni un liderazgo claro que lo coordine, quedamos atrapados en una suerte de anarquía comercial. Sin un norte común, cada comerciante se ve obligado a trazar su estrategia de forma estrictamente individual, transformando el centro en un archipiélago de voluntades aisladas donde cada uno se salva como puede o se hunde en soledad. Y esta atomización es letal. Competimos cuadra contra cuadra, local contra local, destruyendo cualquier posibilidad de sinergia y entregándole el terreno servido a un formato que sí entiende el valor de la uniformidad y el propósito compartido.</p><p>Los propietarios de los locales tradicionales del centro se encuentran ante una disyuntiva histórica. Ya no pueden comportarse como meros rentistas pasivos que renuevan contratos sobre veredas rotas mientras miran de reojo cómo sus inquilinos dan manotazos &nbsp;de ahogado &nbsp;para llegar a fin de mes. El Paseo del Banco va a elevar la vara. Si los comercios circundantes pretenden sobrevivir, la zona residencial y comercial tradicional tendrá que romper esa inercia del "cada cual manda en su boliche" y reconvertirse en un centro comercial a cielo abierto real.&nbsp;</p><p>Esto exige pasar de las estrategias individuales a una estrategia compartida: con gestión unificada, homogeneidad estética, asociatividad y propuestas que complementen y no que compitan torpemente con la oferta del shopping. El Paseo del Banco no viene a vaciar el centro: viene a obligarlo a dejar de pensar como un conjunto de comercios dispersos para empezar a actuar, de una vez por todas, como un verdadero ecosistema urbano.</p>El rol del Plan de Ordenamiento Territorial<p>Aquí es donde la discusión comercial se transforma inevitablemente en una discusión política y urbanística. ¿Qué va a pasar con el Plan de Ordenamiento Territorial (PDT)?&nbsp;</p><p>El mayor error estratégico que podríamos cometer como comunidad en las próximas décadas sería bajar la densidad del centro bajo la excusa “bien pensante” de descongestionar el tránsito o mitigar el impacto visual.</p><p>La sustentabilidad urbana de la ciudad del futuro —esa utopía realizable de los 15 minutos— exige ciudades compactas, no satélites dispersos que encarecen los servicios públicos y destruyen el entorno natural de nuestras sierras.&nbsp;</p><p>El centro de Tandil debe densificarse. Hay que invertir agresivamente en infraestructura de base —cloacas, agua, conectividad digital, soterrado de cables— y permitir que la ciudad crezca hacia adentro y hacia arriba.</p><p>Toda gran ciudad con ambición de trascendencia tiene un rascacielos. ¿Por qué Tandil no? ¿Por qué seguir pensando en chiquito o aceptando las limitaciones impuestas por sectores que, camuflados detrás de un falso conservacionismo, solo quieren frenar el crecimiento y mantener sus privilegios de statu quo?&nbsp;</p><p>Negar la altura y la densificación en el área central no es proteger a Tandil. Es condenarla a un derrame periférico caótico e insostenible (y ejemplos, tengo de sobra).</p>Descentralización y complementariedad<p>Diseñar el Tandil 2050 implica entender que centralidad y descentralización no son conceptos enemigos, sino las dos caras de una misma moneda inteligente.&nbsp;</p><p>La clave &nbsp;es descentralizar la oferta de experiencias. El Paseo del Banco debe operar como el nuevo gran hito del centro, pero su aparición tiene que ser el disparador para establecer un nuevo estándar de exigencia urbana que luego se derrame hacia el resto del ejido municipal.</p><p>Los tandilenses y los turistas no deberían verse obligados a confluir eternamente en las mismas cuatro calles para acceder de forma exclusiva al consumo, la cultura o el esparcimiento.&nbsp;</p><p>Si el shopping consolida y moderniza el casco céntrico bajo una densificación seria, ese mismo salto de calidad debe servir como incentivo para los barrios que hoy se expanden notablemente. Zonas en pleno crecimiento &nbsp;no pueden quedar relegadas a ser meras extensiones residenciales o “barrios dormitorio”. El desafío estratégico es dotarlas de infraestructura y conectividad para que desarrollen de manera planificada sus propias centralidades temáticas, comerciales y de servicios, garantizando una ciudad equilibrada e integrada.</p>De la queja al diseño estratégico<p>El Paseo del Banco ya es una realidad que redefine la fisonomía del centro de Tandil.&nbsp;</p><p>Podemos optar por el camino conocido: la queja nostálgica en la mesa de café, el diagnóstico infinito de los problemas del tránsito y la resistencia burocrática a los cambios estructurales. O podemos asumir la responsabilidad histórica que le toca a nuestra generación: pasar del diagnóstico al diseño estratégico.</p><p>Este nuevo shopping nos pone frente al espejo de nuestras propias limitaciones mentales. Es el momento de forjar esa Integración Activa entre el sector público, el sector privado y el tercer sector para traccionar las inversiones en infraestructura que la ciudad reclama a gritos.&nbsp;</p><p>Dejemos de pensar en chiquito. El Tandil del 2050 se está modelando hoy y el Paseo del Banco no es el final de ninguna era: es la piedra fundacional de la metrópolis intermedia que nos debemos el coraje de construir.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fm7E1F6U1Y72oeKrq4NOe4wmoEI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/centro_tandil_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>La apertura del Paseo del Banco desafía la inercia del centro tradicional y obliga a repensar la identidad urbana local. Ante el horizonte de Tandil 2050, el sector privado y público deben unirse para evitar la fragmentación y planificar el crecimiento.]]>
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                                <updated>2026-06-30T21:15:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-26T15:01:17+00:00</published>
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            Los silencios también hablan
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                <![CDATA[Soledad Restivo]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/los-silencios-tambien-hablan">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/LxDmNH_3bT94V4zqN5cJNqyIlPs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2024/01/violencia_vicaria.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay silencios que cuidan. De hecho, son necesarios. Cuando una persona atraviesa una situación de violencia por motivos de género, preservar su identidad, respetar sus tiempos y evitar cualquier exposición innecesaria es una condición básica para que pueda hablar. Sin ese cuidado, muchas veces la denuncia ni siquiera sería posible.</p><p>Pero no todos los silencios cumplen esa función. Hay otros que, casi sin advertirlo, empiezan a proteger algo distinto. Y ahí es donde vale la pena detenerse. Porque una cosa es cuidar a quien denuncia y otra muy diferente es que ese mismo silencio termine preservando el prestigio, la autoridad o el lugar de poder de quien fue señalado. La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo el sentido de la discusión. No se trata de reclamar escraches ni condenas anticipadas. Tampoco de desconocer el derecho de cualquier persona a defenderse o a que los hechos sean investigados con todas las garantías. Pero el debate nunca pasó por ahí.</p><p>La pregunta es otra. ¿Qué hacen las organizaciones, los medios, las universidades, los sindicatos o los movimientos sociales cuando una denuncia alcanza a alguien que ocupa un lugar de reconocimiento? ¿Qué decisiones toman? ¿Qué comunican esas decisiones, incluso cuando creen que no están diciendo nada?</p><p>Hace poco volvió a discutirse a partir de un caso ampliamente conocido. Un periodista, columnista y especialista en política internacional, sobre quien pesan múltiples denuncias públicas por violencia de género, fue convocado nuevamente para analizar la coyuntura internacional. El ejemplo no importa por sí mismo, sino porque dejó al descubierto un mecanismo que aparece una y otra vez. Bastó que algunas mujeres señalaran la contradicción para que la conversación cambiara de eje. Las denuncias dejaron de ocupar el centro de la escena. También quedó en un segundo plano la responsabilidad ética de quienes habían decidido ofrecerle ese espacio. En cambio, comenzaron a repetirse otros argumentos: que era una voz importante, que sabía mucho del tema, que su trayectoria era indiscutible, que una cosa eran las denuncias y otra muy distinta su capacidad profesional. Y, casi sin darse cuenta, el foco dejó de estar donde había empezado.</p><p>No deja de llamar la atención que eso ocurra con tanta frecuencia. Cuando quien es denunciado tiene prestigio, una larga trayectoria o un lugar ganado dentro de un espacio, la conversación cambia. Se empieza a hablar de sus libros, de sus investigaciones, de su experiencia, de su inteligencia o de su capacidad profesional. Como si todo eso pudiera ubicarse en un plano completamente separado de las violencias denunciadas. Con otras vulneraciones de derechos no suele hacerse el mismo ejercicio.</p><p>Difícilmente alguien proponga entrevistar a una persona condenada por corrupción para hablar de transparencia institucional. Resulta evidente que una invitación nunca es un acto neutro. Elegir una voz también implica construir legitimidad. Sin embargo, cuando las denuncias tienen que ver con violencia por motivos de género aparecen los matices. "Hay que separar la obra del autor. -&nbsp; "No podemos perder una voz tan importante. - Lo relevante es lo que viene a explicar. No confundamos la vida privada con la capacidad profesional.” Son frases que se escuchan una y otra vez. Y vale la pena preguntarse por qué aparecen justamente en estos casos. ¿Por qué algunas violencias parecen admitir excepciones y otras no?</p><p>Tal vez porque, aunque hace décadas se afirma que la violencia de género constituye una violación a los derechos humanos, todavía cuesta asumir todas las consecuencias de esa afirmación. Se repite en documentos, protocolos y discursos institucionales. Pero cuando ese principio entra en tensión con una figura prestigiosa o con un dirigente importante, empiezan las excepciones. Ahí aparece una jerarquía silenciosa de derechos. No hace falta que nadie la enuncie. Se expresa en las decisiones que se toman, en los debates que se postergan y en aquello que siempre parece poder esperar un poco más. Ese mecanismo no pertenece solamente al periodismo.</p><p>También atraviesa organizaciones populares, sindicatos, universidades, partidos políticos, cooperativas y tantos otros espacios que construyeron su identidad alrededor de la defensa de la igualdad y los derechos humanos. Quizá por eso resulte más difícil advertirlo. Porque nadie espera encontrar esas contradicciones en lugares que hicieron de la justicia social una bandera. Sin embargo, es precisamente ahí donde la discusión se vuelve indispensable.</p><p>No alcanza con tener protocolos o declaraciones de principios si, llegado el momento de decidir, el peso de una trayectoria termina condicionándolo todo. Hay una diferencia enorme entre cuidar a una víctima y cuidar una estructura de poder. La primera obligación no admite discusión. La segunda merece ser discutida. Preservar la identidad de quien denuncia no impide revisar responsabilidades institucionales, preguntarse qué lugar debe ocupar quien fue denunciado o debatir qué mensajes transmiten las decisiones que se toman. Confundir esas dos cuestiones termina produciendo un efecto paradójico: una política pensada para cuidar puede convertirse, sin querer, en una política de inmovilidad.</p><p>Quienes integran organizaciones saben que estas discusiones nunca son cómodas. No se debate sobre personas desconocidas, sino sobre compañeros, dirigentes, referentes o personas con las que se compartieron años de trabajo, de militancia y de vínculos. Tal vez por eso resulte tan difícil sostener los mismos principios cuando el conflicto aparece de este lado.</p><p>Pero justamente ahí se juega la coherencia.</p><p>No es suficiente con denunciar las violencias que ejercen otros. Lo verdaderamente difícil es sostener el mismo estándar cuando la violencia interpela a quienes comparten las propias ideas, la historia común o los espacios de pertenencia. Es allí donde los principios dejan de ser una declaración y empiezan a convertirse en una forma de actuar.</p><p>La perspectiva de género no es un documento institucional, ni en una declaración bien escrita. Se demuestra cuando orienta decisiones concretas. Cuando obliga a hacerse preguntas incómodas sobre personas a las que se respeta, sobre espacios que se sienten propios y sobre relaciones que sería más fácil no revisar.</p><p>Implica discutir poder, privilegios, lealtades y formas de construir autoridad. También implica aceptar que ninguna organización está exenta de reproducir las mismas desigualdades que denuncia. Asumir esa posibilidad no debilita los proyectos colectivos; por el contrario, los fortalece, porque los vuelve más honestos y más coherentes con los valores que dicen sostener.</p><p>Quizá de eso se trate. De entender que la igualdad deja de ser una consigna cuando empieza a orientar las decisiones, incluso las más difíciles. Porque, si la perspectiva de género no es capaz de interpelar también los propios espacios, corre el riesgo de quedarse en el plano del discurso. Y los discursos, por sí solos, nunca transformaron la realidad.</p><p>Por Soledad Restivo | Lic. en Comunicación Social especialista en Comunicación Institucional.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/LxDmNH_3bT94V4zqN5cJNqyIlPs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2024/01/violencia_vicaria.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Una mirada sobre las legitimidades, el poder y la perspectiva de género en las organizaciones]]>
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                                <updated>2026-06-25T23:40:03+00:00</updated>
                <published>2026-06-25T18:46:44+00:00</published>
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            Política barata para la tribuna e hipocresía son las caras de la política en Tandil
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                <![CDATA[Yanina Venier]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/politica-barata-para-la-tribuna-e-hipocresia-son-las-caras-de-la-politica-en-tandil">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hnKKaG1wf1rRO6V9T6mWLxbVs7w=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2025/11/toma_la_movediza_15_11_25_3.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>4 años de un Municipio que no hace nada. Lunghi y sus funcionarios utilizan electoralmente a toda la comunidad de un barrio popular a costa de que centenares de familias continúen viviendo sin luz, sin agua y bajo un constante hostigamiento municipal.</p><p>A la politiquería de un gobierno sin horizonte y sin política, no le queda más que tirar la pelota para otro lado. Pero su desprecio ya llegó al límite de lo intolerable.</p><p>Desde hace 4 años Miguel Lunghi le dice a las niñas, niños y jóvenes de barrio Movediza que son delincuentes, que no tienen derechos, y que –aunque hayan nacido en Tandil- no pertenecen aquí. Desde hace 4 años Miguel Lunghi le dice a mujeres y varones trabajadores que son delincuentes. Sin fundamento y de una manera vergonzosa acusa a toda una comunidad por problemas sociales que se niega a resolver.</p><p>Parece que dos manzanas de la ciudad son las únicas responsables de los problemas de Tandil. Lo que expresa la impotencia de un intendente sin capacidad de gobernar una ciudad que desconoce y a un pueblo que odia.</p><p>Pero también se cumplen cuatro años de complicidad por parte del conjunto de los&nbsp; bloques políticos, más preocupados por mirar las redes y lo que creen es la opinión pública, para no hablar acerca de temas incómodos. Y aunque nadie les pidió que opinen sobre si están de acuerdo con que exista este barrio, nos ofrecen sólo respuestas soberbias mientras continúan sin proponer un proyecto político capaz de resolver los conflictos que sí preocupan a la gente de a pie y construir una ciudad próspera para todas y todos</p><p>Asistimos a un circo mediático de políticos que sin vergüenza hablan de problemas sociales como situaciones totalmente ajenas a sus propias vidas. Utilizan los temas más preocupantes de manera superficial para reproducir un discurso meramente electoralista desde un lugar cómodo, que no sufre junto a la gente los problemas estructurales de una ciudad cada vez más desigual.</p><p>“Hay una profunda ignorancia de la normativa vigente por parte de los diferentes bloques políticos”</p><p>Hay una profunda ignorancia de la normativa vigente por parte de los diferentes bloques políticos. No es cierto que la ampliación del polígono de Movediza I en el Registro Nacional de Barrios Populares (Renabap) se hiciera mal y a las apuradas. La solicitud se hizo conforme al procedimiento estipulado y llevó meses de informes y análisis para llegar a la resolución que lo incorporaba como parte de un barrio pre-existente. Esa incorporación no dependió de una decisión unilateral, ya que involucró el análisis inicial de la situación patrimonial del lote en conflicto y una serie de análisis que nunca dependieron de caprichos personales. Todo se hizo de acuerdo a procedimientos estrictos, que incluso negaron para la ciudad otras incorporaciones similares. Pero además no fue una decisión particular sino que la evaluación de la situación se dio a nivel nacional junto a otras cientas de localidades y barrios.</p><p>Según el municipio y los bloques políticos que han mentido sobre esta situación: la justicia actuó mal, el gobierno nacional actuó mal e incluso el congreso de la nación se equivocó al sancionar esta ley. A la ignorancia sobre su funcionamiento, se suma un preocupante tono de soberbia y desconocimiento sobre las potestades de un Municipio.</p><p>Hay que ponerle fin a la hipocresía</p><p>Esos mismos habitantes –y migrantes- de los barrios populares de la ciudad son los que construyen cada uno de los edificios que se aplauden como parte de la escena de prosperidad de una ciudad que crece. Pero esos trabajadores viven en condiciones muy alejadas de los edificios que construyen para que otros hagan negocios. Muchas y muchos de los trabajadores que hacen la ciudad viven en condiciones de precariedad sin seguridad, sin condiciones dignas para acceder a una vivienda en alquiler y sin acceso a servicios básicos.</p><p>Las colectividades son lindas para las fiestas a las que el Intendente no falta. Pero a la hora de garantizar condiciones de vida, parece que el racismo y la xenofobia afloran en el mandatario y sus funcionarios que sin ningún tapujo acusan a la población migrante de ser la responsable de la delincuencia de la ciudad.</p><p>A Lunghi no le interesa cómo se vive en los barrios populares. No ha pisado en años las calles de los barrios populares de la ciudad que gobierna, y desde una cómoda y calentita oficina se dedica a juzgar a cientas de familias, cientos de niños, niñas y jóvenes a los que a diario se les estigmatiza, se les vulnera derechos, se les discrimina. Esa niñez y esa juventud solo recibe odio de su gobierno. Son señalados sin justificación como no tandilenses y como no argentinos, a pesar de haber nacido en esta ciudad, en este país.</p><p>Cuando escucho a estos políticos sólo veo falta de coraje para asumir que el cuidado es la principal tarea que cualquier gobierno debe priorizar para construir comunidad, futuro y prosperidad.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hnKKaG1wf1rRO6V9T6mWLxbVs7w=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2025/11/toma_la_movediza_15_11_25_3.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>4 años de un Municipio que no hace nada. Lunghi y sus funcionarios utilizan electoralmente a toda la comunidad de un barrio popular a costa de que cen...]]>
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                                <updated>2026-06-29T21:25:13+00:00</updated>
                <published>2026-06-24T22:03:54+00:00</published>
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        <title>
            El vendedor de enemigos
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        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/opinion/el-vendedor-de-enemigos-1" type="text/html" title="El vendedor de enemigos" />
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        <author>
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                <![CDATA[El Eco de Tandil]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/el-vendedor-de-enemigos-1">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/G4h9bd8NRqHvFQ2peHYi5YOxIog=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/theil.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Voy a leer el manifiesto de la compañía Palantir con un aparato teórico prestado, el que René Girard despliega en El chivo expiatorio. La elección no es caprichosa. Uno de los fundadores de la compañía se formó con Girard y lo reivindica como una de sus influencias mayores, de modo que el experimento consiste en algo simple: leer el texto de la casa con las herramientas de la casa. Lo hago, además, a sabiendas de que el documento es, él mismo, una pieza de manual sobre cómo se fabrica un enemigo; y que la mejor manera de desactivarlo es nombrar en voz alta la maquinaria que se mantiene en penumbra.</p><p>Hay un género de texto que no se escribe para ser leído, sino para ser temido. El manifiesto que Palantir publicó en abril de este año —veintidós puntos vertidos en una red social, destilados de un libro que su director firmó sobre el porvenir de Occidente— pertenece a esa estirpe. Quien lo lee buscando una doctrina encuentra, en su lugar, un mecanismo. Y el primer error, el error fundador de cuantos se han ocupado de él, consiste en haberlo leído como si fuera lo primero cuando es, palmariamente, lo segundo.</p><p>Conviene empezar por la escena: un hombre rico publica un texto. El texto proclama que algunas culturas han producido avances decisivos mientras otras permanecen, según su propia palabra, disfuncionales y regresivas; reclama el fin del desarme de posguerra de Alemania y Japón; anuncia un futuro de armas autónomas y de poder duro. Entonces, como por resorte, se desata un coro. Diputados británicos lo llaman delirio narcisista y parodia de una película de RoboCop; otra parlamentaria dictamina que aquello suena a los desvaríos de un supervillano. La prensa recoge la palabra supervillano y la multiplica. En cuestión de horas, la unanimidad está hecha: todos contra uno.</p><p>Es notable la perfección del escándalo, su redondez, la facilidad con que cada parte ocupó el lugar que le estaba reservado de antemano. Porque ese hombre rico no es la víctima de la unanimidad que se forma en torno suyo: es su autor. Ha escrito el guion completo, incluido el papel del coro indignado, y lo ha hecho porque sabe —lo sabe con una lucidez que sus acusadores no le reconocen— que la indignación ajena es, en su negocio, la forma más barata y más eficaz de la publicidad.</p><p>* * *</p><p>Para medir hasta qué punto el procedimiento es antiguo, conviene retroceder hasta la hoguera, mucho más atrás del primer contrato informático. Durante la mayor parte de nuestra historia, el ser humano vivió en tribus que rondaban el centenar y medio de individuos, y aquellas tribus no se mantenían unidas por el cariño espontáneo de sus miembros. Se mantenían unidas por dos resortes complementarios: la lealtad hacia los de dentro y la sospecha hacia los de fuera. El nosotros se templaba en el fuego del ellos. Quien lograba señalar al forastero, al rival por la presa o el territorio, prestaba al grupo un servicio impagable. Le devolvía la sensación de ser uno.</p><p>Aquella psicología no ha desaparecido. Los mismos circuitos que ardían alrededor de la fogata se encienden hoy en la oficina, en el estadio, en la red social donde se publica un manifiesto. La diferencia es de escala, no de naturaleza. Lo que la tribu hacía con su exogrupo inmediato, un documento corporativo lo intenta con civilizaciones enteras: traza una frontera entre los pueblos aptos y los “regresivos”, entre los aliados de probada eficiencia y el adversario informe, y ofrece a quien la cruce el viejo consuelo tribal de saberse del lado bueno de la línea.</p><p>* * *</p><p>Vivimos un momento en que las diferencias que antes ordenaban el mundo se han vuelto borrosas. Las grandes compañías tecnológicas se parecen entre sí; los Estados subcontratan a las mismas firmas; los datos del enfermo, del soldado y del sospechoso fluyen por cañerías idénticas. Esta indistinción —esta sensación difusa de que ya nada se distingue de nada, de que el aliado y el adversario usan la misma nube— produce una angustia particular, la angustia del que ya no sabe quién es porque ya no sabe quién es el otro.</p><p>En semejante terreno, quien sepa volver a trazar la línea será recibido como un salvador. Y eso es, exactamente, lo que el manifiesto ofrece: una línea. De un lado, las culturas que producen “avances vitales”; del otro, las “disfuncionales y regresivas”. De un lado, Occidente y sus aliados de eficiencia probada; del otro, el adversario informe. El texto no vende programas informáticos: vende la restauración de una frontera en un mundo que había perdido las suyas. Vende el alivio de poder volver a decir nosotros señalando a un ellos.</p><p>Aquí está la primera revelación, lo que la indignación pública se empeña en no ver. El manifiesto reproduce el más antiguo de los mecanismos humanos, el mecanismo victimario. Cuando un grupo se siente amenazado por su propia confusión interna, encuentra paz designando a un culpable exterior. La cohesión del nosotros no nace del amor mutuo, sino del dedo extendido hacia el ellos. Lo que las tribus de cazadores hacían alrededor de la hoguera lo hace ahora un documento corporativo a escala planetaria, y por las mismas razones: porque señalar afuera es el modo más rápido de fabricar unidad adentro.</p><p>* * *</p><p>Se dirá que esto es atribuir demasiada astucia a quien quizá sólo padece de soberbia. La objeción es legítima. No hace falta suponer un plan maquiavélico. El envoltorio filosófico —las citas sobre la superioridad de Occidente, la apelación al poder duro, la solemnidad civilizatoria— cumple un objetivo muy concreto, y dicho objetivo se entiende mejor en el idioma del marketing que en el de la filosofía.</p><p>Una compañía que vendiera meramente bases de datos competiría por precio, y perder un contrato sería un trámite. Pero una compañía que vende lealtad geopolítica, que ha conseguido que rescindir su contrato se perciba como un acto de debilidad ante el enemigo, ha levantado a su alrededor una aduana invisible. La filosofía es esa aduana. Convierte una decisión técnica —¿es este el mejor proveedor para los datos del sistema de salud?— en una decisión de lealtad —¿estamos del lado correcto de la historia?—. Nadie quiere que lo sorprendan del lado incorrecto de la historia.</p><p>De ahí que el director de la compañía se haya construido, con notable disciplina, como algo más que un empresario: como pensador, como profeta de la dureza necesaria, como el único adulto en una habitación de ingenuos. Conviene resistir la tentación de tomarlo en serio en ese papel, no por desdén, sino por higiene analítica. Tratarlo como filósofo político es ya haber comprado el producto. El error de categoría —elevar un folleto de ventas al rango de tratado— no es ingenuo: es precisamente el efecto que el folleto perseguía. Quien discute la profundidad de la doctrina ha dejado de discutir la idoneidad del proveedor, que era la única pregunta que importaba.</p><p>* * *</p><p>Hay un punto en que la prudencia obliga a bajar la voz, aunque no a callar. Entre los veintidós puntos late una insistencia que no es casual: la del eje de la eficiencia, la de las naciones que deberían recobrar su poderío —Alemania, Japón—, la del mérito y la aptitud técnica como criterios para repartir el mundo en aptos e ineptos. Quien haya frecuentado ciertos debates sabe reconocer la cadencia. Es la cadencia de quien sugiere, sin decirlo, que hay pueblos mejor dotados que otros para el orden y la tecnología.</p><p>No afirmo —y la distinción es esencial— que el texto sostenga semejante tesis de manera abierta. Afirmo algo más modesto: que su lenguaje está calibrado para que quienes creen en esa jerarquía oigan una validación, mientras el público general oye apenas una defensa de la competencia industrial. Es la técnica del silbato que sólo ciertos oídos perciben. La gracia del procedimiento está en su negación plausible. Si alguien denuncia el subtexto, siempre cabe responder que sólo se hablaba de eficiencia, y el denunciante queda como el malicioso. Lo que en otro contexto exigiría pruebas, aquí se administra como insinuación, que tiene la ventaja de contaminar sin comprometerse.</p><p>Dejo la cuestión planteada como sospecha fundada, no como veredicto, porque el mecanismo victimario no necesita creer en la inferioridad del otro para explotarla. Le basta con que el mercado lo crea. El cinismo es aquí más probable que la convicción, y mucho más rentable.</p><p>* * *</p><p>Resta otra capa del producto. Hay en el manifiesto un destino de Occidente, una historia que avanza hacia su cumplimiento, unos pueblos elegidos por su aptitud y otros condenados por su atraso. Es la forma de una teleología, no de una hipótesis: el mundo como un designio con dirección y con sentido. Hay sólo elegidos y descartados. Y aquí las dos lecturas se tocan, porque toda teleología de los elegidos necesita, para funcionar, su reverso: los condenados. El designio civilizatorio y el mecanismo victimario son, vistos de cerca, la misma operación contemplada desde sus dos extremos.</p><p>* * *</p><p>Queda la parte que devuelve la mirada hacia los acusadores. Cuando los parlamentarios indignados llaman al hombre supervillano, creen estar combatiéndolo; sin embargo, lo están coronando. Le conceden la única cosa que su producto necesita: la condición de figura peligrosa, central, ineludible. Un supervillano no es un proveedor más entre varios; es un poder con el que hay que vérselas. La víctima señalada por todos se vuelve, por obra de la misma violencia que la designa, una figura sagrada e intocable. La indignación, que se cree lo contrario del marketing, es su forma más pura, porque presta gratis la intensidad que ninguna campaña podría comprar.</p><p>Esto no significa que las objeciones sean falsas. La soberanía sobre los datos de un país, la concentración de información sensible en manos de una sola firma extranjera, la dependencia creciente del Estado respecto de un proveedor con agenda explícita: son preocupaciones reales, y graves, y bien fundadas. Significa, más bien, que el modo de formularlas —la personalización en una figura, la conversión del debate técnico en duelo moral, la repetición de la palabra mágica— juega en el tablero del adversario y según sus reglas. El que escandaliza ha elegido un terreno. El escandalizado, al acudir, lo ratifica.</p><p>* * *</p><p>Conviene aterrizar todo esto en un ejemplo concreto, porque es ahí donde el mecanismo muestra a la vez su eficacia y su talón. En Gran Bretaña, la compañía ha acumulado contratos públicos por cientos de millones de libras, entre ellos uno de largo plazo con el sistema nacional de salud para administrar una plataforma de datos de pacientes (The Register, 7 de mayo). Cuando estalló el escándalo del manifiesto, dos peticiones ciudadanas para romper esos vínculos reunieron más de doscientas mil firmas, y varios diputados reclamaron activar la cláusula de salida del contrato sanitario en su próxima ventana de revisión (The Guardian, 23 de abril).</p><p>La pregunta que de verdad importa a un paciente no es metafísica: es si la información más íntima sobre su cuerpo está mejor custodiada por este proveedor que por otro, a qué coste y bajo qué garantías de reversibilidad. Es una pregunta administrativa, aburrida, contestable mediante auditorías, concursos y cláusulas. Y, sin embargo, el manifiesto consiguió que durante más de un mes el país discutiera la ideología del proveedor en lugar de la calidad de su servicio. La ministra británica Liz Kendall, al reconocer que el contrato podría reevaluarse en su próxima cláusula de ruptura (Reuters, 9 de junio), dijo, sin proponérselo, lo único sensato del debate: que el criterio debía ser el paciente y el dinero, no la moral civilizatoria del vendedor.</p><p>La salida, si la hay, está cifrada en esa frase. No es más indignación, sino menos. Es devolver la pregunta a su tamaño verdadero. El supervillano se desinfla apenas se lo trata jurídicamente como una empresa que aspira a un contrato y que puede ser sustituida por otra si no cumple. Toda la maquinaria del manifiesto existe, justamente, para impedir que la pregunta se formule en ese tono menor; para que el expediente clínico se discuta como si fuera el destino de Occidente.</p><p>* * *</p><p>El más viejo de los trucos consiste en hacer que la multitud mire hacia donde el prestidigitador quiere. El manifiesto de Palantir es un señuelo magnífico: ofrece un enemigo exterior para que no examinemos al vendedor; ofrece una filosofía para que no leamos un contrato; ofrece un escándalo para que confundamos el ruido con el análisis. Su director ha entendido, mejor que sus críticos, que en un mundo de diferencias derretidas el bien más escaso no es la verdad ni la seguridad, sino la línea nítida entre el nosotros y el ellos. Y ha montado un comercio próspero vendiéndonos, una y otra vez, el dedo que señala.</p><p>Que hayamos necesitado el aparato de un teórico del sacrificio para describir un folleto de ventas dice, en el fondo, menos de Palantir que de nosotros: confirma que el animal de la hoguera sigue agazapado bajo el ciudadano informado, listo para encenderse en cuanto alguien le ofrezca, debidamente embalado, un buen enemigo. Lo menos que podemos hacer, antes de comprar, es preguntarnos quién encendió la hoguera alrededor de la cual nos hemos reunido a gritar.</p><p>Héctor Oscar Nigro, Ingeniero de Sistemas y politólogo</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/G4h9bd8NRqHvFQ2peHYi5YOxIog=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/theil.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Notas sobre el manifiesto de Palantir, o de cómo se fabrica la unanimidad vendiendo la sospecha del otro]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-06-20T09:31:33+00:00</updated>
                <published>2026-06-20T09:31:33+00:00</published>
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        <title>
            Tecnología sin fricción y nueva economía digital: el desafío del consumo masivo
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        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/opinion/tecnologia-sin-friccion-y-nueva-economia-digital-el-desafio-del-consumo-masivo" type="text/html" title="Tecnología sin fricción y nueva economía digital: el desafío del consumo masivo" />
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        <author>
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                <![CDATA[Rosana Gómez Quintana]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/tecnologia-sin-friccion-y-nueva-economia-digital-el-desafio-del-consumo-masivo">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/jBhUbvcY-jbal7uZedxF6ldHO7I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/canal_digital.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Durante años, la transformación digital del comercio se apoyó en una premisa clara: facilitar la compra era sinónimo de crecimiento. Hoy, esa ecuación sigue siendo válida, pero ya no es suficiente. A medida que el comercio digital madura, las empresas —y especialmente la industria del consumo masivo— comienzan a enfrentar un nuevo desafío vinculado con cómo sostener ese crecimiento con modelos económicamente viables.</p><p>Este cambio se vuelve evidente cuando se analizan las nuevas dinámicas del comercio digital, particularmente en el canal supermercadista. Allí, la conveniencia digital impulsó el crecimiento, pero también introdujo una nueva estructura de costos. A diferencia de la tienda física, donde el cliente asume parte del proceso —selección, traslado y logística—, el comercio online internaliza esas tareas. Picking, empaquetado, sustituciones y última milla se convierten en costos estructurales.</p><p>Los números ilustran el desafío. Un documento reciente de Softtek sobre economía del comercio digital señala que un carrito promedio de entre USD 90 y 100 genera apenas entre 18 y 20 dólares de margen bruto, mientras que los costos de preparación y entrega pueden oscilar entre 15 y 25 dólares por pedido.</p><p>En ese contexto, escalar el volumen no siempre mejora la rentabilidad; puede, incluso, amplificar pérdidas si la economía por pedido no está resuelta.</p><p>Otros análisis refuerzan esta tendencia. Según McKinsey &amp; Company, un supermercado típico norteamericano puede obtener alrededor de USD 4 de beneficio en una compra tradicional de USD 100, pero ese mismo pedido online puede transformarse en una pérdida cercana a los USD 13 cuando se suman los costos de picking y entrega.</p><p>En Argentina, esta transformación ya muestra señales concretas. Según el Estudio Anual 2025 de CACE, el ecommerce creció 55% en facturación durante el último año y sumó más de 1,3 millones de nuevos compradores. Además, 6 de cada 10 consumidores realizan compras online al menos una vez al mes y el 37% de las entregas ya se concretan en menos de 24 horas. La categoría “Alimentos, bebidas y artículos de limpieza” ya se ubica entre las de mayor facturación del comercio electrónico local, reflejando cómo el consumo cotidiano migra cada vez más hacia canales digitales.</p><p>Para la industria del consumo masivo, este cambio es particularmente relevante. Si el canal digital obliga a revisar la rentabilidad por pedido, también redefine qué productos, formatos y categorías resultan más eficientes. Esto puede traducirse en surtidos más optimizados, mayor foco en productos de alta rotación y una evaluación más estricta del costo logístico por categoría.</p><p>Al mismo tiempo, la tecnología sin fricción está acelerando esta transformación.</p><p>Soluciones como pagos automáticos, checkout sin cajas, automatización del recorrido de compra o reposición inteligente buscan eliminar obstáculos y simplificar la experiencia del consumidor. Estas tecnologías, impulsadas por inteligencia artificial y automatización, permiten crear experiencias de compra más fluidas, mejorar la eficiencia operativa y aumentar la fidelidad del cliente.</p><p>Esta presión sobre la eficiencia también acelera la adopción tecnológica. De acuerdo con CACE, el 62% de las empresas argentinas ya implementa inteligencia artificial en procesos vinculados con marketing, experiencia de usuario y operación digital.</p><p>Este tipo de resultados refuerza una idea clave: la tecnología sin fricción no solo impulsa la conversión y la lealtad, sino que también mejora directamente la eficiencia operativa.</p><p>Para el consumo masivo, este escenario tiene implicancias claras. La reducción de fricciones suele traducirse en compras más frecuentes, pedidos más pequeños y mayor inmediatez. Esto abre oportunidades para categorías de reposición rápida y consumo cotidiano, pero también exige rediseñar la operación para sostener esa nueva dinámica.</p><p>Aquí es donde la tecnología se vuelve clave, no solo para mejorar la experiencia, sino para optimizar la economía del canal. Automatización del picking, inteligencia de demanda, optimización de rutas o modelos híbridos de entregas con algunas de las herramientas que permiten equilibrar conveniencia y rentabilidad.</p><p>En esta nueva etapa, el crecimiento ya no dependerá únicamente del volumen, sino de la capacidad de integrar experiencia, eficiencia y sostenibilidad económica. En ese equilibrio, la tecnología sin fricción bien aplicada se convierte en un habilitador clave para construir modelos de comercio digital más rentables y sostenibles en la industria del consumo masivo.</p><p>La autora es Directora global del Centro de Excelencia Retail en Softtek</p>]]>
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                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/jBhUbvcY-jbal7uZedxF6ldHO7I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/canal_digital.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Durante años, la transformación digital del comercio se apoyó en una premisa clara: facilitar la compra era sinónimo de crecimiento. Hoy, esa ecuación...]]>
                </summary>
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                                <updated>2026-06-09T17:20:58+00:00</updated>
                <published>2026-06-09T17:19:53+00:00</published>
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            Discursos sobre la vejez: nuevas palabras, viejos estereotipos
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                <![CDATA[Ricardo Iacub]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/oMacAgbnFKLqCtKqnzf41IF1tEY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/adultos_mayores_vejez.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Las personas mayores son hoy más visibles en los medios que en décadas anteriores. Sin embargo, la mayor presencia no garantiza una mejor representación. Entre nuevas palabras como “longevidad” o “centenarios” y viejos estereotipos como “abuelo” o términos en diminutivo, los medios siguen mostrando las tensiones que atraviesan nuestra forma de pensar la vejez.</p><p>Frente a la pregunta sobre ¿qué pueden decir los mayores acerca de lo que se dice de ellos? Se conformó en el año 2024, desde la Cátedra de Psicología de la Tercera Edad y Verjez de la Facultad de Psicología (UBA) y la Universidad Nacional de Rosario, un espacio en el que las propias personas mayores son quienes observan, registran y analizan los contenidos mediáticos.</p><p>El equipo de personas mayores voluntarias especialmente capacitadas para la tarea es coordinado por las licenciadas Andrea Jambrino y María Victoria Salamé y la periodista Roxana Barone.</p><p>Antes de comenzar la observación se dicta una formación en derechos de las personas mayores, envejecimiento, comunicación y análisis crítico de medios. El objetivo es brindar criterios comunes que permitan identificar buenas prácticas, prejuicios, estereotipos y formas de discriminación por edad.</p><p>El trabajo se sustenta en una metodología específica de análisis cuantitativo y cualitativo de los contenidos mediáticos. A partir de un relevamiento minucioso, los observadores registran las noticias y producciones seleccionadas utilizando un instrumento diseñado especialmente para la tarea. Los datos obtenidos son luego sistematizados, analizados y debatidos colectivamente, lo que permite elaborar informes específicos para cada soporte —televisión, medios digitales, radio y canales de streaming— y realizar comparaciones entre ellos. Finalmente, los hallazgos se traducen en informes y propuestas orientadas a promover representaciones más respetuosas e inclusivas de las vejeces.</p><p>La presencia de las personas mayores en la agenda mediática crece, aunque no siempre implica una representación más diversa o profunda. El análisis reveló diferencias significativas entre los distintos soportes. Los diarios digitales mostraron, en términos generales, tratamientos más cuidados, vocabularios más respetuosos y una mayor preocupación por contextualizar la información. En ellos aparecieron con frecuencia temas vinculados a la salud, la calidad de vida, la sexualidad, la longevidad y los desafíos del envejecimiento.</p><p>El relevamiento mostró una característica frecuente en los diarios digitales: la presencia predominante de especialistas y expertos como fuentes de información. Sus aportes resultan fundamentales para comprender muchos de los temas abordados, pero las voces y experiencias de las propias personas mayores continúan teniendo una participación menor en la construcción de las noticias.</p><p>La situación cambia cuando se observan los medios audiovisuales. En radio, televisión y especialmente en los canales de streaming aparecen con mayor frecuencia comentarios espontáneos que dejan al descubierto prejuicios, estereotipos y contradicciones vinculadas con la edad. Mientras la escritura suele funcionar como una instancia de revisión y cuidado, la oralidad expone con mayor claridad sentidos que aún permanecen arraigados en nuestra cultura.</p><p>Fue allí donde el equipo encontró bromas basadas en la edad, formas de infantilización, expresiones despectivas y comentarios que asocian a las personas mayores con fragilidad, dependencia o incapacidad. Muchas veces estas representaciones aparecen disfrazadas de humor o afecto, lo que las vuelve menos visibles, pero no menos problemáticas.</p><p>Expresiones como “los abuelos llegaron al Congreso” para referirse a las marchas de jubilados o referencias admirativas a personas que se mantienen activas “a pesar de su edad” revelan cómo ciertos estereotipos continúan presentes incluso cuando no existe una intención explícita de discriminar.</p><p>El caso de los canales de streaming merece una mención particular. Aunque las personas mayores aparecen poco en esos espacios, cuando lo hacen suelen quedar atrapadas en una paradoja: son admiradas por mantenerse activas, pero también se convierten en objeto de ironías o comentarios despectivos relacionados precisamente con esa condición. La admiración y el desprecio conviven con frecuencia en un mismo discurso.</p><p>La investigación también permitió identificar una persistencia llamativa: la palabra “jubilado” continúa siendo la forma más habitual de nombrar a las personas mayores. Su uso excede ampliamente las noticias previsionales y aparece en coberturas de temas muy diversos. El problema no es la palabra en sí, sino cuando se convierte en la única forma de nombrar a un grupo tan heterogéneo. En esos casos, la diversidad de trayectorias, intereses e identidades que caracterizan a las vejeces actuales queda fuera de escena.</p><p>Sin embargo, junto a esa persistencia emergen nuevas representaciones de la vejez. Se registró una creciente presencia de términos como “longevidad”, “centenarios”, “senior” o “silver”. Estas nuevas denominaciones expresan transformaciones culturales profundas: la vejez ya no aparece únicamente asociada al retiro o la dependencia, sino también a una vida más extensa, diversa y abierta a nuevas experiencias. Al mismo tiempo, invitan a preguntarnos qué modelos de envejecimiento estamos promoviendo y quiénes se incluyen en esos relatos.</p><p>Pero quizás el aporte más valioso no se encuentre solamente en los resultados obtenidos sino en el proceso que genera. Las personas mayores dejan de ser objeto de análisis para convertirse en productoras de conocimiento sobre su propia realidad.</p><p>Una de las observadoras definió la experiencia como “un espejo para nosotros”, capaz de ayudarnos a revisar nuestras propias representaciones y construir nuevas formas de pensar la vejez. Otra resumió su impacto en pocas palabras: “Nos modifica y nos empodera”.</p><p>Tal vez allí resida una de las principales enseñanzas de esta experiencia. Los medios hablan cada vez más de las personas mayores, pero todavía hablan poco con ellas. Escuchar sus voces, incorporar sus perspectivas y reconocer la diversidad de sus experiencias no es sólo una cuestión de lenguaje. Es una forma de ampliar la mirada sobre una etapa de la vida que nos involucra a todos.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/oMacAgbnFKLqCtKqnzf41IF1tEY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/adultos_mayores_vejez.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Las personas mayores son hoy más visibles en los medios que en décadas anteriores. Sin embargo, la mayor presencia no garantiza una mejor representaci...]]>
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                <published>2026-06-09T17:16:11+00:00</published>
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            Completar el álbum: tarea de todos
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                <![CDATA[Juan Luis Rodríguez Burgués]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/yyMq6iFzP0wp6rZhCNZwy34v_x0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/album_panini_2026.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por estos días, a horas prácticamente del inicio de una nueva Copa Mundial de fútbol, el deporte más popular del planeta, en muchos hogares hay una causa que se volvió común. Un objetivo que involucra a varios integrantes de la familia: Completar el álbum de figuritas.Lejos de emitir juicios de valor sobre el tema, busco invitar a la reflexión sobre el lugar desde donde cada uno vive el proceso, lo que le genera… Y sobre todo, que quienes lleguen hasta al final de esta líneas, puedan ampliar la mirada, que nunca viene mal…Puede faltar la de Messi, o varias de las otras, pero lo cierto es que desde hace semanas, el tema copó las conversaciones adentro y afuera de las escuelas, lugar de encuentro.En los recreos, y en cualquier momento, los hijos/as comentan con sus pares las figuritas que tienen, las que les faltan. Negocian cuando aparece alguien que las tiene. Y cuántas repetidas estoy dispuesto a ceder por una que me falta, llega a ser motivo de conflicto.En las filas, cuando van a buscarlos, o en los grupos de Whatsapp, los padres también se involucran en la cruzada… Se ponen al frente del objetivo, como si sintieran que la responsabilidad de completar ese librito también fuera propia… Entonces aparecen mensajes como: “las que nos faltan son…” identificando los números de figuritas. Desde entonces, se escuchan voces a favor y en contra de esta movida…Hasta pediatras hablan del tema en las redes, resaltando lo positivo del proceso. Cito un ejemplo con lo publicado por el Dr. Flavio Serra, para poder identificar cómo se vive desde la propia realidad:“El álbum de figuritas no es un gasto. Es una excusa para que tu hijo aprenda sin darse cuenta.Es una oportunidad para compartir, para tener algo en común, para no quedarse afuera o hacer nuevos amigos.Buscar, clasificar, esperar, negociar, recordar.Cada vez que abre un sobre, su cerebro entrena atención, memoria, planificación, y tolerancia ala frustración. Eso no lo da ninguna App.La actividad de cambiar figuritas, es a veces la primera experiencia real de negociación que tendrán los chicos con sus pares… Defienden lo que quieren, hacen acuerdos y sin darse cuenta, pueden aparecer vínculos naturalmente alrededor de esa experiencia.”También da recomendaciones a los papás, para que sea una experiencia que sume:- Que sean ellos los que abren, ordenan y deciden.- Poné un límite de compra semanal y respetalo.- Si se frustran porque no sale la figurita que falta, no resuelvas vos.- Si regalan una figurita, celebralo.Si vos (lector) estás con el álbum dentro de casa, tomate un minuto para pensar… ¿Cómo se vivieron estos cuatro puntos, este tiempo? Si sos papá, o mamá, ¿cómo pudiste vivirel proceso?En casa no tuvimos la experiencia. Tengo una hija, pero no nos embarcamos, aunque bien podría haber sido excusa para hablar hasta de geografía, geopolítica, o disfrutar de ver lo que genera un simple deporte de equipos, con la experiencia no tan lejana de Qatar 2022… Sin dudas, podrá serlo durante el propio mundial.Ahora, buscando ampliar la mirada y tratando de provocar a que lo hagamos colectivamente, reparaba en esto de querer como padres, que nuestros hijos puedan dar ciertos pasos. Que puedan aprovechar algunas instancias de aprendizaje… Y cómo somos capaces de involucrarnos, a veces por demás. Otras veces, por el contrario, somos como faros sin luz para nuestros hijos, por estar demasiado distraídos con nuestras cosas… Para la paternidad y la maternidad no existe manual, cada uno lo va construyendo en base a experiencias, pero siempre está bueno repensarnos, para corregir (si está a nuestro alcance), o reforzar lo que creemos que está bien.Y lejos de buscar sentimientos de culpa, quiero contar lo que motivó éstas líneas… Pensaba en quienes no tienen para completar el álbum. Porque tampoco tienen para comprarlo. Porque por estos tiempos, tienen que priorizar otro tipo de bienes, o de necesidades, antes de poder imaginar en gastar dinero en lo que a primera vista aparenta ser un entretenimiento, un juego…Quizás llegué hasta acá pensando en las familias que acompañamos en Conin Tandil, una ONG que trabaja por la nutrición infantil, para que niños de 0 a 5 años puedan prevenir y/o revertir cuadros de desnutrición. Frente a esas realidades y frente a tantas otras que se repiten en nuestra sociedad, la chance de comprar y completar éstos álbumes de los que hablaba al comienzo, parece ser una cuestión de prioridades. Una experiencia que trae, como veíamos, muchos beneficios, pero que casi siempre se hace realidad desde un lugar de privilegio: el de poder tener cubiertas muchas otras necesidades básicas.En cada familia hay un contexto (válido por ser el propio) con dificultades atendibles. Y ahí van, unos padres y otros, peleando por el presente y el futuro de sus hijos… Y ahí van, unas madres y otras, intentando con amor y esfuerzo que las distintas realidades no se lleven puestas ni unas infancias, ni otras.Pienso en que éstos padres y madres, que no pueden comprar el álbum, están abocados a tratar de que primero, sus hijos puedan completar un álbum más básico todavía… El plato de comida diario, un hogar, una habitación para sus hijos. Que no pasen frío, que puedan ir a la escuela con lo básico para aprender. Sostenerlos en ese hábito.Pienso en el álbum que nuestro equipo de profesionales de Conin busca que también puedan completar esos niños/as: Que puedan mejorar en sus controles médicos regulares, que puedan complementar su alimentación, que tengan dosis extra de cariño cuando están en las salitas de nuestro Centro, que puedan responder a estímulos y vayan dando pasos acorde a sus edades… Que con el tiempo su cerebro pueda estar bien formado y nutrido para poder aprender…A completar ese álbum también ayudan nuestros padrinos y socios, con un aporte mensual indispensable para poder atender y sostener estas realidades.Y pienso también, en que hay un álbum que podemos completar entre todos… Que merece la pena intentarlo… El álbum de una sociedad que no se acostumbre a que existan tantas diferencias. Podríamos buscar juntos las figuritas que nos faltan para tener una sociedad más pacífica, más próspera y empática. Ahí serían necesarias las mismas habilidades que hoy les pedimos a nuestros niños que tengan en los momentos de intercambio… Respeto, manifestar mis necesidades sin imponer, estar atento a lo que le falta al otro y buscar las conexiones para que todos, si es posible, cumplamos el deseo de completar nuestro propio álbum…</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/yyMq6iFzP0wp6rZhCNZwy34v_x0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/album_panini_2026.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Por estos días, a horas prácticamente del inicio de una nueva Copa Mundial de fútbol, el deporte más popular del planeta, en muchos hogares hay una ca...]]>
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                                <updated>2026-06-08T19:25:41+00:00</updated>
                <published>2026-06-08T19:25:40+00:00</published>
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            El fallo que todavía no existe
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                <![CDATA[Alberto Rodríguez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/k2nzJWJsbgtGzhsU_XDhVfl6F5s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/marcha_federal_19.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>En una columna anterior sostuvimos que la Corte Suprema también decide cuando demora. El silencio judicial no constituye una ausencia de poder. Muchas veces representa una de sus formas más eficaces. La administración del tiempo puede convertirse en una auténtica sentencia invisible.</p><p>Sin embargo, existe una dimensión todavía más profunda del problema. En ocasiones la Corte ni siquiera necesita dictar una sentencia ni prolongar deliberadamente los tiempos del expediente. Basta la posibilidad de un eventual pronunciamiento adverso para producir consecuencias políticas concretas. El solo horizonte de una decisión judicial comienza a ordenar conductas, modificar estrategias y alterar relaciones de fuerza.</p><p>Algo de eso parece suceder hoy alrededor del conflicto universitario.</p><p>Según trascendió públicamente, mientras la Corte Suprema mantiene abierto el expediente vinculado a la ley de financiamiento universitario, comenzaron a desplegarse distintos canales de diálogo entre el Gobierno nacional, sectores sindicales y actores del sistema universitario. Celebramos que se destrabe de manera inmediata la situación presupuestaria del sistema universitario. Esto es de urgente solución pero no por ello hay que desatender cuestiones de fondo. La sola posibilidad de una intervención categórica del Máximo Tribunal comenzó a producir efectos políticos concretos aun antes de que exista sentencia.</p><p>Pese a ello nuestra reflexión nuclear no reside únicamente en las conversaciones en curso, sino en aquello que subyace detrás del conflicto. La discusión ya excede ampliamente la cuestión presupuestaria universitaria. Lo que aparece comprometido es un problema mucho más profundo, estamos hablando de los límites constitucionales del poder presidencial y la vigencia efectiva del sistema republicano.</p><p>Porque aquí no se debate solamente una política pública. Lo que está en discusión es si el Poder Ejecutivo puede incumplir una ley vigente sancionada por el Congreso bajo el argumento de imposibilidad financiera o mediante decisiones administrativas unilaterales. Y, además, si resulta constitucional que un decreto de necesidad y urgencia altere de manera estructural el funcionamiento institucional sin los controles republicanos adecuados. Por eso la Corte se encuentra frente a una responsabilidad que trasciende la coyuntura universitaria.</p><p>El tribunal debe expedirse de manera clara, categórica y pública sobre cuestiones institucionales de una gravedad superlativa. No sólo respecto del financiamiento educativo, sino también sobre dos principios esenciales del orden constitucional. Urge una rotunda señal por parte de la cúspide del sistema judicial para poner en blanco sobre negro en torno a la grosera inconstitucionalidad sobre decretos que exceden los límites fijados por la Carta Magna y en ese orden acerca de la imposibilidad por parte del Ejecutivo en el incumplimiento de leyes válidamente aprobadas por el Congreso de la Nación.</p><p>Insistimos en la idea de que la actual situación obliga a revisar una vieja concepción del Poder Judicial. Alexander Hamilton sostenía en El Federalista Nº 78 que los tribunales constituían el poder menos peligroso dentro de la organización republicana porque no disponían ni de la fuerza ni del tesoro. El Judicial carecía de voluntad y sólo poseía discernimiento. Su legitimidad descansaba precisamente en esa limitación. La experiencia contemporánea muestra un escenario bastante más complejo.</p><p>Las cortes constitucionales o aquellas que concentran amplias esferas de competencia como ocurre en nuestro país, no sólo interpretan normas. También administran conflictos políticos. Lo hacen a través de sus decisiones, de sus silencios, de las prioridades que establecen y de los tiempos que manejan. Incluso la mera incertidumbre respecto de lo que podrían resolver termina muchas veces condicionando comportamientos públicos y privados.</p><p>La teoría política del derecho lleva décadas estudiando estos fenómenos. Así tenemos la labor de Gretchen Helmke quien en un minucioso estudio, explicó cómo los tribunales adaptan estratégicamente sus conductas según las relaciones de fuerza existentes con el gobierno. Por otra parte Andrea Castagnola analizó las formas de condicionamiento recíproco entre poder político y justicia. Jeffrey Lax y Charles Cameron desarrollaron la idea de bargaining judicial para describir las negociaciones que atraviesan los procesos decisorios de las cortes supremas.</p><p>Nada de ello supone necesariamente corrupción ni pactos clandestinos. Los sistemas constitucionales funcionan muchas veces mediante mecanismos de equilibrio informal. Los gobiernos procuran evitar derrotas judiciales costosas. Los tribunales intentan preservar autoridad institucional y eficacia futura de sus decisiones.</p><p>Pero allí emerge también el verdadero problema. No resulta necesariamente ilegítimo que alrededor de un conflicto constitucional existan conversaciones o intentos de descompresión política. Lo verdaderamente grave es que esos procesos se desarrollen en la opacidad de los despachos y de espaldas a la sociedad.</p><p>Cuando ello ocurre, el expediente judicial deja de ser un espacio de deliberación pública para transformarse en una herramienta reservada de administración política. Platón advertía en La República que la justicia sólo existe cuando cada parte cumple la función que le corresponde. Tal vez allí resida hoy una de las principales tensiones institucionales. El problema comienza cuando los jueces dejan de garantizar deliberación pública y pasan a convertirse en administradores silenciosos de la política.</p><p>En este punto adquiere centralidad la perspectiva desarrollada por Roberto Gargarella en torno al vínculo entre control judicial y deliberación democrática. Según esa concepción, la legitimidad de la intervención judicial no depende exclusivamente del contenido final de la sentencia. También depende de la calidad deliberativa del procedimiento que conduce hacia ella.</p><p>La función constitucional de la Corte no debería agotarse en imponer soluciones desde arriba ni en administrar silenciosamente los tiempos del conflicto. Su responsabilidad institucional consiste además en abrir la discusión pública, transparentar las razones de sus decisiones e incorporar a los sectores involucrados dentro de procedimientos visibles y democráticos.</p><p>La diferencia es decisiva. Una democracia constitucional no puede aceptar que cuestiones vinculadas al financiamiento de la educación pública, los límites constitucionales del presidencialismo o la vigencia efectiva de las leyes queden reducidas a conversaciones informales entre funcionarios, operadores judiciales y sectores de poder.</p><p>La deliberación constitucional exige publicidad, participación y visibilidad social. Aquí también resulta particularmente valiosa la distinción formulada por Raúl Calvo Soler entre negociación y diálogo democrático. La negociación responde a una lógica estratégica. Los actores intercambian concesiones con el propósito de maximizar intereses propios y disminuir costos. El diálogo democrático persigue otra finalidad. Exige que las posiciones puedan justificarse públicamente frente a la comunidad política. No alcanza con arribar a acuerdos. Resulta indispensable construir calidad institucional.</p><p>La diferencia excede cualquier discusión terminológica. En la negociación importa el resultado. En la deliberación democrática importa además el modo en que ese resultado se construye. Por esa razón debemos repensar el funcionamiento de la Corte Suprema. Hoy se discute con frecuencia el número de sus integrantes. Tal vez el debate más profundo deba centrarse en su cualidad republicana y democrática.</p><p>Necesitamos instituciones del siglo XXI que funcionen como verdaderos garantes constitucionales. No se pueden concebir poderes del Estado que no contengan en su ADN perspectivas inclusivas, transparentes, participativas y capaces de proteger derechos tanto de las mayorías como de las minorías. No se trata de una utopía. Se trata de una exigencia republicana.</p><p>La Corte Suprema debe asumir plenamente su responsabilidad. Y esa tarea exige algo elemental como primer paso, establecer con claridad que los decretos presidenciales poseen límites constitucionales y que las leyes aprobadas por el Congreso no pueden transformarse en normas optativas sujetas a la voluntad circunstancial del Poder Ejecutivo. Ello en tiempo urgente e inmediato. Sólo allí el Poder Judicial conserva legitimidad republicana. De lo contrario, la sentencia invisible corre el riesgo de transformarse en algo todavía más preocupante, una forma opaca de gobierno.</p><p>(*) Abogado. Máster en Derecho Penal. Mediador. Licenciado en Filosofía. Especialista en Periodismo. Profesor universitario.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/k2nzJWJsbgtGzhsU_XDhVfl6F5s=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/marcha_federal_19.webp" class="type:primaryImage" /></figure>En una columna anterior sostuvimos que la Corte Suprema también decide cuando demora. El silencio judicial no constituye una ausencia de poder. Muchas...]]>
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                                <updated>2026-06-03T19:33:34+00:00</updated>
                <published>2026-06-03T19:33:17+00:00</published>
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            Emprender en América Latina: nunca hubo tantas ganas, tampoco tanto miedo
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                <![CDATA[Jean Del Pino]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Shcwi5Vo6_QmkdXLI5nd3xidD5o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/emprender.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay algo que me llama la atención cada vez que hablo con emprendedores, profesionales o ejecutivos que están evaluando dar un giro en sus carreras: Nunca escuché a tanta gente decir que quiere emprender. Y, al mismo tiempo, nunca vi a tanta gente frenada por el miedo a hacerlo.</p><p>Los datos parecen confirmar esa sensación. Según el Global Entrepreneurship Monitor (GEM), más de la mitad de los adultos en América Latina manifiestan intención de iniciar un negocio propio. Emprender dejó de ser una aspiración reservada para unos pocos. Hoy forma parte de las conversaciones de miles de personas que buscan mayor autonomía, construir algo propio o simplemente encontrar una alternativa frente a mercados laborales cada vez más inciertos. Sin embargo, entre la intención y la acción existe una brecha enorme.</p><p>El último informe de GEM muestra que el miedo al fracaso sigue creciendo a nivel global. En 2019, el 44% de las personas que identificaban oportunidades de negocio reconocía que no avanzaba por temor a fracasar. En 2024, ese número llegó al 49%. Detrás de esa estadística hay algo mucho más profundo: personas que tienen ideas, capacidad y motivación, pero que no saben cómo dar el primer paso o sienten que el costo de equivocarse puede ser demasiado alto. Y es comprensible.</p><p>Emprender en América Latina implica convivir con incertidumbre económica, acceso limitado al financiamiento, cambios permanentes de contexto y reglas de juego que muchas veces se modifican sobre la marcha. El problema no suele ser la falta de ideas. El problema es saber cómo transformar una idea en algo real, cómo validarlo, cómo conseguir los primeros clientes, cómo construir un modelo de negocio sostenible, y cómo atravesar los momentos difíciles sin abandonar en el intento.</p><p>Durante años, la formación emprendedora estuvo dominada por dos extremos. Por un lado, programas con mucho contenido teórico y casos de estudio. Por otro, aceleradoras e incubadoras orientadas a startups que ya están en marcha. En el medio queda una enorme cantidad de personas que quieren emprender, pero que sienten que todavía no tienen las herramientas prácticas para hacerlo. Ahí está una de las grandes oportunidades de esta década.</p><p>Porque emprender ya no es solamente una cuestión de inspiración o valentía. Es una disciplina que puede aprenderse. Y cuanto más se aprende, más se reduce el riesgo. Por eso estamos viendo crecer en todo el mundo nuevas formas de formación emprendedora donde el foco está puesto en la persona que quiere emprender más que en el proyecto en sí: academias, venture studios, comunidades de founders y programas diseñados por personas que ya recorrieron ese camino.</p><p>La razón es bastante simple. Cuando alguien aprende de otros emprendedores que ya enfrentaron los mismos desafíos, puede evitar errores costosos, acelerar su curva de aprendizaje y tomar mejores decisiones desde el inicio. Y quizás lo más importante: descubre que no está solo. Porque uno de los mayores mitos del emprendedurismo es que se trata de una aventura individual. La realidad suele ser exactamente la contraria. Los mejores emprendedores que conozco construyeron sus proyectos apoyándose en mentores, comunidades, socios, equipos y redes de personas que los ayudaron a avanzar cuando aparecieron las dudas.</p><p>América Latina tiene creatividad, talento y una enorme vocación emprendedora. Lo que todavía necesitamos construir son más puentes entre las ganas de emprender y la capacidad de hacerlo. El verdadero desafío es ayudarlas a dar el salto con más herramientas, más acompañamiento y mayores probabilidades de éxito.</p><p>El autor es Co-fundador de Commit, Guayerd y BDP Group</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Shcwi5Vo6_QmkdXLI5nd3xidD5o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/emprender.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Hay algo que me llama la atención cada vez que hablo con emprendedores, profesionales o ejecutivos que están evaluando dar un giro en sus carreras: Nu...]]>
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                                <updated>2026-06-03T19:31:24+00:00</updated>
                <published>2026-06-03T19:31:23+00:00</published>
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        <title>
            La inteligencia artificial ya llegó al consultorio
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        <author>
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                <![CDATA[Mauricio Farez]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/la-inteligencia-artificial-ya-llego-al-consultorio">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/6qUwd1YAQk5FPoZkZYfLpAIHdxM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/ia.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>En 1982 se estrenó Blade Runner, la película de Ridley Scott basada libremente en la novela de Philip K. Dick ¿Los androides sueñan con ovejas eléctricas? En ese futuro distópico —Los Ángeles, 2019—, un grupo de replicantes, humanos sintéticos creados para realizar las tareas ingratas de los humanos, escapa y regresa a la Tierra en busca de libertad. La empresa que los creó contrata entonces a Rick Deckard, el detective interpretado por Harrison Ford, para cazarlos.</p><p>En la escena final, Roy Batty deja uno de los monólogos más recordados del cine. Habla de cosas que ningún humano había visto: naves en llamas más allá de Orión, rayos-C brillando cerca de la Puerta de Tannhäuser. Y concluye que todos esos recuerdos se perderán “como lágrimas en la lluvia”.</p><p>En ese futuro imaginado, el desafío no era crear replicantes avanzados, sino distinguirlos de los humanos reales. Para eso existía el test de Voight-Kampff, basado en respuestas emocionales. Se asumía que los sintéticos no reaccionaban frente a las emociones como los humanos.</p><p>Hoy la medicina empieza a enfrentarse a un problema parecido. Una de las pruebas utilizadas para evaluar agentes de inteligencia artificial en salud es si un médico, un radiólogo o cualquier profesional puede distinguir si un reporte fue generado por un colega humano o por una IA.</p><p>Hasta hace poco, los algoritmos médicos de inteligencia artificial requerían años de entrenamiento para realizar una tarea específica. Por ejemplo, se entrenaba un modelo con cientos de miles de mamografías para detectar cáncer. Ese tipo de herramientas demostró ventajas como apoyo profesional, pero también tenía límites: no daba lugar al diálogo ni al intercambio clínico entre colegas. Además, reentrenar cada sistema hiperespecializado demandaba muchas horas de trabajo y millones de dólares.</p><p>Hubo empresas que desarrollaron algoritmos precisos, pero que, después de años de validación y aprobaciones regulatorias, se encontraron con tecnologías envejecidas o con recursos insuficientes. Ese escenario cambió de manera radical en los últimos años.</p><p>Desde aproximadamente 2023, los grandes modelos de lenguaje capturaron la atención de casi todas las industrias por su capacidad de generar texto de una manera muy humana. Pero su verdadero impacto no está solo en escribir bien, sino en digerir enormes volúmenes de información, procesar conocimiento y responder con una base que abarca buena parte de lo producido por la humanidad.</p><p>Sobre esa tecnología se incorporaron herramientas que imitan capacidades asociadas al cerebro humano, como memoria de corto y largo plazo. Hoy, distinguir si quien nos habla es una persona o un agente de IA se volvió cada vez más difícil.</p><p>En salud, además, existe un número creciente de estudios en Argentina y en el mundo que muestran que los agentes de IA pueden responder ante casos clínicos con mayor precisión que la gran mayoría de los médicos. Y cuando se consulta a los pacientes sobre la calidad de esas respuestas, muchas veces prefieren a la IA por empatía, claridad y disponibilidad.</p><p>En mi especialidad, neurología, más del 90% de los pacientes que llegan a una consulta ya hicieron antes una pregunta en alguna IA disponible. Algunos incluso traen esa conversación al consultorio y validan en tiempo real lo que el médico les dice.</p><p>Los agentes de IA en salud ya pueden tomar notas, conversar sobre un caso clínico, ofrecer recomendaciones, leer imágenes y ayudar a generar reportes con un grado de especialización avanzado, que mejora día a día a una velocidad impensada hasta hace poco.</p><p>Esto no significa que no existan riesgos. Se han visto reportes de ChatGPT fallando en hasta el 50% de las emergencias médicas: pacientes que deberían haber concurrido a una guardia por cuadros críticos recibieron indicaciones de permanecer en sus casas o consultar más adelante. Ese tipo de errores marca la necesidad de regulación, validación y uso responsable.</p><p>Aun así, la liberación del conocimiento médico y la facilidad de consultar sin costo con una IA son un tren sin frenos. Ninguna regulación ni prohibición va a poder detener por completo este fenómeno. Por eso, como profesionales de la salud, tenemos la responsabilidad de incorporarlas de la manera más inteligente posible en la práctica clínica, sin alienar a los pacientes ni alejarlos del sistema.</p><p>Una salida razonable es invitar a los pacientes a traer la IA a la consulta como traerían a un familiar: compartir lo que conversaron, transparentar dudas, corregir errores y ordenar la información junto con el profesional de la salud.</p><p>En poco tiempo, esto que hoy vemos de manera informal se incorporará a la práctica formal. Los médicos tendremos equipos de agentes que responderán 24/7 a nuestros pacientes de forma segura y monitoreada; los pacientes serán evaluados inicialmente por agentes de IA; cirugías, turnos y agendas serán asistidos por sistemas automatizados.</p><p>Todos los procesos administrativos y clínicos del sistema de salud serán modificados por la inteligencia artificial.</p><p>Eso no implica un futuro distópico sin médicos ni una profesión condenada a desaparecer. Imaginar médicos cruzados de brazos porque cambió la forma de trabajar es desconocer la pasión y la vocación que sostienen a la medicina.</p><p>&nbsp;</p><p>En Blade Runner, los replicantes eran difíciles de distinguir porque parecían humanos. En salud, las mejores IA ya se parecen cada vez más a nosotros. Pero nuestro desafío no es perseguirlas ni erradicarlas, como en la película, sino distinguirlas, entenderlas e incorporarlas para hacer mejor nuestro trabajo y cuidar mejor a nuestros pacientes.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/6qUwd1YAQk5FPoZkZYfLpAIHdxM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/ia.webp" class="type:primaryImage" /></figure>En 1982 se estrenó Blade Runner, la película de Ridley Scott basada libremente en la novela de Philip K. Dick ¿Los androides sueñan con ovejas eléctri...]]>
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                                <updated>2026-06-03T19:20:56+00:00</updated>
                <published>2026-06-03T19:20:54+00:00</published>
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        <title>
            La información no enferma
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        <author>
            <name>
                <![CDATA[Erica Bianquet]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/LJd4KhUGaoUYO4avZIHEsdenWP0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/tca.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Cada 2 de junio se conmemora el Día Mundial de Acción por los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), y vuelve a aparecer una discusión que merece ser abordada con responsabilidad: la idea de que la Ley de Promoción de la Alimentación Saludable, conocida como Ley de Etiquetado Frontal, fomenta los TCA, según sostienen parte de los detractores de la norma sancionada en octubre de 2021.</p><p>Y cada vez que se repite ese argumento surge la misma pregunta: ¿por qué frente a un problema complejo la solución propuesta es quitar información?</p><p>Siguiendo esa lógica, ¿deberíamos eliminar la carta de vinos de un restaurante porque existen personas con alcoholismo? ¿Dejar de informar los riesgos del tabaco porque hay personas con ansiedad? ¿Quitar los precios porque algunas personas tienen problemas de consumo compulsivo?</p><p>Los trastornos de la conducta alimentaria son enfermedades graves, multifactoriales y con consecuencias potencialmente muy serias para la salud. Precisamente por eso merecen ser discutidos con evidencia y no utilizados como argumento para debilitar políticas públicas que buscan garantizar el derecho a la información alimentaria.</p><p>La información no genera un trastorno alimentario. Los TCA tienen causas complejas, vinculadas a factores biológicos, psicológicos, familiares, sociales y culturales. En los TCA, la comida no es el problema central sino el síntoma más visible. Detrás suelen existir factores psicológicos, emocionales, biológicos y sociales.</p><p>Así como en el trastorno de pánico el síntoma visible puede ser una crisis de angustia, en los TCA el síntoma visible puede ser la restricción alimentaria, los atracones o las conductas compensatorias. En ambos casos estamos frente a trastornos de salud mental que no se explican únicamente por el síntoma que observamos.</p><p>Reducir ese problema a la presencia de un octógono en un envase no sólo simplifica una realidad mucho más profunda, sino que además desvía la atención de los desafíos reales.</p><p>Si realmente nos preocupan los TCA, discutamos TCA. Discutamos acceso a equipos interdisciplinarios, tiempos de espera para recibir atención, cobertura efectiva de los tratamientos, formación profesional, abordajes preventivos en el ámbito escolar, que la ley también contempla, y estrategias de prevención. Porque utilizar a las personas con trastornos de la conducta alimentaria para cuestionar el derecho a la información de toda la población termina sin resolver ninguno de los dos problemas.</p><p>Para quienes trabajamos desde hace años en la implementación y defensa de esta política pública es importante aclarar algo: quienes defendemos la Ley de Etiquetado Frontal no estamos demonizando a la industria alimentaria ni catalogando alimentos como “buenos” o “malos”. Como nutricionistas trabajamos con personas reales, con historias, necesidades y contextos diferentes. La alimentación es mucho más compleja que un sello en un envase.</p><p>Los octógonos no prohíben, no castigan ni obligan a nadie a consumir o dejar de consumir un producto. Simplemente informan. Y la información es una condición necesaria para que las personas puedan ejercer su libertad de elección.</p><p>Por supuesto que toda política pública es perfectible. Si hay aspectos de la ley que deben revisarse, discutámoslos con evidencia, con transparencia y con participación de todos los actores involucrados. Pero revisar una norma no debería significar volver a foja cero ni perder herramientas que han contribuido a mejorar el acceso a la información alimentaria de la población.</p><p>Necesitamos más educación alimentaria, más acceso a la atención en salud y más información clara para las personas. No menos.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/LJd4KhUGaoUYO4avZIHEsdenWP0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/tca.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Cada 2 de junio se conmemora el Día Mundial de Acción por los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), y vuelve a aparecer una discusión que merec...]]>
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                                <updated>2026-06-03T19:03:07+00:00</updated>
                <published>2026-06-03T19:02:03+00:00</published>
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            La Historia por Otros Medios
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        <author>
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                <![CDATA[El Eco de Tandil]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/la-historia-por-otros-medios">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7lHQmruD1rYwTDF-XQqOlTnsh30=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2023/07/oscar_nigro.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Giuliano Da Empoli describió en Los ingenieros del caos a quienes construyen el desorden como instrumento deliberado de poder, estrategas que comprendieron antes que nadie que la disrupción no era un obstáculo al poder sino su combustible más eficaz. Lo que el autor dejó sin examinar, sin embargo, es el caso de quienes, queriendo genuinamente transformar la sociedad, terminan produciendo el mismo efecto sin haberlo diseñado, por fidelidad a un modelo mental construido para otras realidades y otros tiempos. Este artículo se propone examinar ese caso.</p><p>Hace tres décadas algunos creyeron que la historia había concluido, que el conflicto ideológico se había resuelto y que lo que restaba era administrar el orden establecido. La historia no concluyó. Tomó otros medios.</p><p>El caos no es democrático. Esta afirmación es una descripción empírica de lo que ocurre en toda sociedad cuando las instituciones que administran el conflicto de intereses dejan de funcionar. La inflación no empobrece a todos por igual. El que tiene ahorros en dólares, acceso a información privilegiada o capacidad de indexar sus ingresos en tiempo real atraviesa la tormenta con pérdidas menores, a veces con ganancias. El que tiene un salario fijo, un depósito en pesos o una pequeña empresa sin respaldo bancario absorbe todo el costo. Lo mismo ocurre en un default, en una convulsión institucional, en cualquier forma de desorden sistémico. La crisis redistribuye de manera regresiva, transfiriendo riqueza desde los sectores más vulnerables hacia los mejor equipados para convertir la incertidumbre en oportunidad.</p><p>Esta transferencia no requiere conspiración. Requiere solamente la asimetría estructural que existe entre quienes disponen de herramientas —abogados, contadores, contactos políticos, reservas en divisas— para navegar el desorden, y quienes no disponen de ninguna. Muchos investigadores han documentado que cuando las élites compiten por recursos escasos en un sistema institucional debilitado, la inestabilidad resultante concentra el poder en quienes sobreviven la crisis con mayor capacidad de acción. En Argentina, cada crisis de las últimas décadas —la hiperinflación de 1989, el colapso de 2001, los ciclos de default y devaluación— produjo una transferencia de riqueza hacia los sectores con mayor cantidad y calidad de herramientas para superarlas. Sostener que esto es accidental requeriría ignorar una regularidad que merece el estatus de ley empírica.</p>El Modelo Mental de la Ruptura<p>Carl von Clausewitz sostuvo ya en 1832 una de las observaciones más citadas del pensamiento político moderno: la guerra es la continuación de la política por otros medios. Cuando los mecanismos institucionales del conflicto se agotan, la violencia toma el relevo.</p><p>Lo que la historia argentina sugiere, sin embargo, es que la política se ha convertido en la continuación de la épica revolucionaria por otros medios. No la guerra que reemplaza a la política cuando esta falla, sino la política que se concibe a sí misma como la antesala de una ruptura fundacional que lo reordenará todo. Una política que no administra el presente, sino que aguarda el momento en que la historia, finalmente, comience de verdad.</p><p>Ese modelo mental funciona como un anestésico. Hace soportable la inflación, la inseguridad, la degradación institucional, porque los convierte en síntomas del viejo orden que la ruptura inminente habrá de barrer. Y al hacerlo, quita urgencia a algo que la reforma institucional paciente requiere en abundancia, la disposición a invertir esfuerzo en mejorar lo existente antes que a esperar lo inexistente. El militante que aguarda su momento fundacional no reforma las instituciones del presente porque las considera provisorias, andamios de un orden que la historia —que se ha puesto de su lado— terminará por demoler.</p><p>La espera del 'gran momento' tiene consecuencias distributivas precisas. Sus ganadores y perdedores estructurales son, invariablemente, los mismos.</p><p>La toma de la Bastilla ocurrió. El asalto al Palacio de Invierno ocurrió. El 17 de octubre de 1945 ocurrió. Estos fueron momentos reales que produjeron transformaciones reales, y sería un error histórico y político negarles su significado. El problema no está en los hechos sino en su conversión en modelo mental, en la idea, sedimentada por décadas de pedagogía política y celebración ritual, de que el cambio profundo y legítimo solo puede venir de una ruptura de esa magnitud, de que la chispa que lo enciende todo está siempre a punto de producirse, de que el presente deficiente es tolerable precisamente porque es la antesala del futuro glorioso.</p><p>Conviene subrayar lo que este argumento no dice. No cuestiona el derecho a la protesta ni su necesidad en una democracia. La movilización que presiona sobre una política concreta, que negocia, que modifica, que obliga al poder a responder, es un mecanismo democrático irreemplazable. Lo que aquí se examina es algo distinto, es la expectativa de que la movilización sea el sacramento que anuncia el momento fundacional, antes que el instrumento que modifica el momento presente. La primera acepta las instituciones como el terreno del conflicto y exige que funcionen mejor. La segunda las considera el obstáculo que el momento redentor habrá de resolver de una vez.</p>Los que Administran la Espera<p>El modelo mental de la ruptura tiene administradores precisamente porque funciona mejor cuando parece espontáneo. Quienes gestionan la espera mesiánica —quienes producen y mantienen el estado de urgencia permanente— son actores que han encontrado en el desorden su fuente de legitimidad, y que por tanto tienen un interés estructural en que el desorden no se resuelva del todo. No actúan necesariamente con mala fe. Actúan con la convicción de que el caos que los sostiene es, en realidad, el caos que combaten. El perseguidor siempre tiene una narrativa en la que él es la víctima.</p><p>La experiencia directa con los aparatos ejecutivos revela un patrón que la teoría prefiere ignorar. El problema aparece con tiempo suficiente, se producen reuniones, y el problema espera. No porque nadie lo haya visto, sino porque el momento de la crisis es el único en que ciertos funcionarios se sienten verdaderamente necesarios. Junto a ellos opera el que gestiona con parches y el que encuentra en las intrigas internas su único estímulo real. Todos producen el mismo resultado; la crisis que podría haberse evitado y los mismos beneficiarios de siempre.</p><p>La exigencia del milagro político no nació con el siglo XX ni con el populismo, es la más ecuménica de las tradiciones. En la Francia y la Inglaterra medievales, los reyes taumaturgos tocaban a los enfermos de escrófula —una infección que deformaba el cuello y resistía toda medicina ordinaria— y se decía que la enfermedad cedía ante el solo contacto real. La ceremonia convocaba multitudes. Nadie preguntaba por el sistema de salud. Lo que esa liturgia producía no era, en rigor, una cura, era la suspensión colectiva de la pregunta sobre las causas. El rey no resolvía la enfermedad; resolvía la angustia de no saber qué hacer con ella. Ocho siglos después, la distancia entre esa ceremonia y el acto de inauguración de obra pública con nombres propios en los carteles es considerablemente menor de lo que la cronología sugiere.</p><p>Hay sin embargo un cuarto tipo que Da Empoli no describió porque no encaja en la categoría del ingeniero. El que genuinamente quiere transformar la sociedad y empuja con sincera convicción hacia el gran momento redentor. No administra la espera ni lucra con ella, la habita con la intensidad del creyente. Su tragedia —y merece el nombre clásico— es la de Edipo; dedica toda su energía a un proyecto que, sin saberlo, reproduce el mecanismo que más quería destruir. Al mantener viva la expectativa de la ruptura fundacional, al alimentar la ansiedad del gran momento, contribuye a sostener el estado de incertidumbre que el caos necesita para operar. No es cómplice sino víctima sofisticada del mismo sistema, ha internalizado tan profundamente el modelo mental de la ruptura que produce sus efectos sin necesitar a ningún ingeniero que lo guíe. No eligió ese modelo mental, lo heredó de una cadena de imitaciones que nadie, en ningún eslabón, examinó. Los ingenieros del caos no necesitan convencerlo de nada. A ellos les basta con que siga empuñando, con toda su convicción, el arma que ellos le pusieron en la mano. Para las víctimas del desorden, la distinción entre el que lo diseña y el que lo sostiene con buena fe es irrelevante.</p>La Estabilidad como Acto Distributivo<p>La estabilidad no es un bien estético ni una preferencia tecnocrática. Es un bien distributivo, beneficia a quienes menos recursos tienen para sobrevivir sin ella.</p><p>El ciudadano, en realidad, evalúa con más precisión de lo que el sistema político supone. En las elecciones locales vota con los pies, lo que ve y pisa todos los días es lo que determina su voto. En las nacionales vota con el bolsillo, la inflación que licua su salario no requiere intermediación periodística para ser comprendida. Ningún relato sostiene indefinidamente lo que la experiencia cotidiana desmiente.</p><p>Un Estado que optimiza el entorno cotidiano —que hace previsible el transporte, segura la calle, honesta la estadística— no administra súbditos, libera la capacidad de cada ciudadano para ser dueño de su propio proyecto de vida. Una política monetaria predecible es la diferencia entre el trabajador que puede ahorrar y el que no puede. Una justicia que funciona en tiempo razonable es el único mecanismo por el cual alguien sin contactos puede resolver un conflicto sin que lo resuelva la fuerza. En último término, lo que estas condiciones le devuelven al ciudadano es el tiempo y la energía que hoy gasta en sobrevivir el desorden, y que podría dedicar a su trabajo, a su familia, a su vida. Las instituciones no son neutrales por naturaleza, son el resultado de correlaciones de fuerzas que pueden y deben ser disputadas. Pero esa disputa requiere que las instituciones existan antes que ser demolidas.</p>El Precio de Esperar<p>Quien escribe estas líneas perteneció a esa cultura política, la de quienes esperaban el gran momento con la certeza de estar del lado correcto de la historia, y no la reniega. La reconoce como parte de una formación intelectual y política que tomó en serio la injusticia y buscó transformarla. Es precisamente esa familiaridad la que autoriza la exigencia. Los sistemas democráticos nunca fueron el problema, sino el terreno insuficientemente aprovechado. Y el militante de cualquier edad que lea esto no encontrará aquí una traición sino una invitación a rendir cuentas ante la realidad que dice querer cambiar.</p><p>El modelo mental que convierte cada crisis en antesala de la redención tiene un costo que raramente se contabiliza; el costo de lo que no ocurrió, de la reforma que no se hizo, de la institución que no se construyó porque se la consideraba provisoria, de los años durante los cuales los más vulnerables absorbieron el precio del desorden mientras los mejor equipados esperaban —o producían— la próxima tormenta. Clausewitz tenía razón; cuando la política falla, la violencia toma el relevo. Lo que no escribió, porque quizás no lo imaginó, es que la política también puede fallar por exceso de épica, por la convicción de que la historia está siempre a punto de comenzar y que administrar el presente es una tarea indigna de quienes han sido convocados por el futuro.</p><p>Todo proyecto político que se proclama transformador debería poder responder dos preguntas simples: ¿Qué aspecto tiene el mundo que promete? ¿Cómo luce en la vida cotidiana de una familia cualquiera? La respuesta no tiene épica; un niño que puede ir a jugar a la calle solo, un padre que llega a casa a una hora razonable luego de trabajar, una madre que ahorra sin miedo a que la moneda se disuelva antes del fin de mes. No es una visión pequeña. Es precisamente la visión que los grandes relatos fundacionales han postergado, una y otra vez, en nombre del futuro glorioso que siempre está a punto de llegar.</p><p>El sistema que vive del desorden llama tibieza a cualquier propuesta que amenace su oxígeno. Que carece de mística. Que no convoca multitudes ni enciende barricadas. Construir instituciones que funcionen con independencia del rey de turno, en un sistema político que ha edificado su poder sobre la dependencia personal y el milagro prometido, no es una concesión al statu quo: es su más radical impugnación. El rey taumaturgo no teme a la revolución; sabe que puede sobrevivirla y reaparecer con otro nombre. Lo que no puede tolerar es el hospital: la institución anónima, silenciosa y predecible que hace su milagro innecesario. Esa es la audacia que el ciclo heroico no tiene herramientas para reconocer, porque no produce el tipo de épica que necesita para sobrevivir.</p><p>Bertrand Russell tenía razón, los estúpidos confían, los inteligentes dudan. Pero el sueldo que no alcanza para fin de mes no duda de nada. Y la espera de lo eterno, frente a esa mala noticia de la mañana, simplemente se desmorona.</p><p>Dr. Héctor Oscar Nigro, Ingeniero de Sistemas, Doctor en Matemática y politólogo, docente de la Unicen.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7lHQmruD1rYwTDF-XQqOlTnsh30=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2023/07/oscar_nigro.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>El tiempo de lo "Eterno" dura hasta que llegan las malas noticias del día]]>
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                                <updated>2026-06-03T20:50:08+00:00</updated>
                <published>2026-06-02T20:00:45+00:00</published>
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        <title>
            La demora como sentencia invisible
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        <author>
            <name>
                <![CDATA[Alberto Rodríguez]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/la-demora-como-sentencia-invisible">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/RcVl8cW9I8L1aXB6H5g-a_kesQU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/marcha_federal_14.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Como advirtiera Alexander Hamilton en El Federalista Nº 78, el Poder Judicial aparece concebido como el órgano “menos peligroso” dentro de la estructura republicana, precisamente porque carece de los instrumentos materiales de coerción y decisión política que sí poseen los otros poderes del Estado. Mientras el Ejecutivo posee la fuerza militar de la comunidad y el Legislativo dispone de la bolsa y dicta las reglas generales de convivencia, el Judicial a juicio del americano, no influye ni sobre las armas, ni sobre el tesoro. Desde esta perspectiva, la legitimidad de la Corte Suprema no descansa en la capacidad de imponer decisiones por la fuerza, sino en la autoridad institucional derivada de su función de interpretación y garantía constitucional.</p><p>En ese mismo sentido, Hamilton sostiene que el Poder Judicial no posee fuerza ni voluntad, sino únicamente discernimiento, afirmación que delimita con claridad el alcance de la función judicial dentro del sistema republicano. La Corte Suprema, en consecuencia, no fue concebida como un órgano de gobierno ni como una instancia de dirección política, sino como un tribunal llamado a ejercer prudencia interpretativa y control jurídico frente a los excesos de los otros poderes</p><p>Sin embargo, la imagen del Poder Judicial como un poder desprovisto de fuerza y voluntad, limitada exclusivamente al “discernimiento”, parece hoy merecer una revisión crítica. La experiencia contemporánea demuestra que la Corte Suprema de Justicia de la Nación no siempre actúa como un órgano neutral ajeno a las disputas de poder, sino que, en numerosas ocasiones, sus tiempos, silencios y prioridades terminan produciendo efectos políticos concretos. La demora selectiva en resolver determinadas controversias institucionales, la oportunidad con la que ciertos expedientes son habilitados o postergados, e incluso la ausencia de definiciones frente a conflictos de enorme trascendencia pública, permiten preguntarse si aquel Poder Judicial imaginado por Alexander Hamilton como el “menos peligroso” no ha adquirido, en los hechos, una capacidad de incidencia política mucho mayor que la originalmente prevista.</p><p>Más aún, la afirmación de Hamilton según la cual el Judicial carece de voluntad parece tensionarse con una práctica institucional en la que ciertos pronunciamientos, o en imperdonables aparecen frecuentemente alineados con los intereses coyunturales de los gobiernos de turno o con estrategias de preservación del propio Poder Judicial o peor aún de sus individuales e inconfesables intereses. La Corte ya no sólo interpreta la Constitución, también administra tiempos políticos, selecciona conflictos y modula los efectos de sus decisiones sobre la vida institucional. En ese contexto, el problema no reside únicamente en lo que decide, sino también en aquello que decide no decidir. Allí, la pasividad puede convertirse en una forma particularmente eficaz de intervención política.</p><p>Desde la teoría de sistemas de Niklas Luhmann, el tiempo no es una magnitud neutra ni un dato natural, sino una construcción social producida por la observación. Toda decisión y también toda demora, se organiza a partir de una distinción elemental entre un antes y un después. El pasado, aunque ya no existe, permanece disponible como memoria y como espacio de atribución causal; el futuro, en cambio, es el territorio proyectado de los efectos. Entre ambos aparece el presente, ese punto ciego y fugaz donde la sociedad sincroniza lo simultáneo y decide qué merece ser atendido y qué puede seguir esperando. Allí radica una de las claves para pensar el rol de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Cuando el tribunal demora una resolución, no sólo posterga una sentencia, fundamentalmente, altera la experiencia social del tiempo constitucional. El aplazamiento también distribuye poder, congela conflictos, traslada consecuencias hacia un futuro incierto y convierte al silencio judicial en una forma de decisión.</p><p>Si bien el expediente relativo al conflicto presupuestario que atraviesa a las universidades nacionales ingresó hace apenas unos días al Máximo Tribunal, lo cierto es que el núcleo de la cuestión presenta una sencillez y una razonabilidad tales por parte de los accionantes que bastaría con que los ministros se reunieran y firmaran. Apenas una línea, un despacho escueto de pocas palabras, alcanzaría para dictar sentencia y poner fin a una aventura gubernamental que, además de ello, reviste una gravedad institucional extrema.</p><p>Hay un empecinamiento en no cumplir la ley y ello tratándose del Poder Ejecutivo, es un escándalo institucional que golpea las venas más sensibles de nuestra arquitectura constitucional.</p><p>Es oportuno traer a la conversación que La Corte Suprema de Justicia de la Nación ha logrado construir, con el paso de los años, un privilegio silencioso que ninguna norma le concede expresamente. Estamos poniendo el acento en la facultad que se ha regalado en orden de administrar el tiempo sin control. No sólo el suyo, sino también el de toda la sociedad. Es por eso que la cita a Luhmann con lo que iniciamos esta reflexión deviene indispensable.</p><p>La idea de que la Corte carece de plazos se consolidó, con el paso del tiempo, como una suerte de dogma jurídico no escrito, repetido con naturalidad en amplios sectores del ámbito judicial y político. Sin embargo, tal como advirtió Néstor Pedro Sagüés en su trabajo “La Corte no tiene plazos, una leyenda urbana”, esa afirmación difícilmente resista un análisis riguroso a la luz del derecho constitucional y de los compromisos asumidos por el Estado argentino en materia de derechos humanos fundamentales.</p><p>El problema nunca fue meramente procesal. El problema es, en esencia, político. Y hoy adquiere una gravedad institucional singular, sobre todo si se advierte que no se trata de un caso aislado: de inmediato aparece en escena otro expediente decisivo que el máximo Tribunal mantiene en una persistente zona de indefinición temporal. Nos referimos al DNU 70/23 para nombrar simplemente uno de muchos.</p><p>Cuando de sentencias invisibles se trata, La Corte no decide únicamente cuando dicta sentencias. También decide cuando demora. Y en determinados conflictos, el silencio judicial produce efectos materiales de enorme intensidad.Sagüés desmontaba una por una las justificaciones tradicionales. De manera puntillosa enumera los componentes del mito, sobre la inexistencia de plazos procesales específicos, la condición suprema del tribunal, la necesidad de prudencia política, la conveniencia de dejar decantar ciertos conflictos o la sobrecarga estructural de trabajo.</p><p>Pero el constitucionalista recordaba algo elemental. La Convención Americana sobre Derechos Humanos no reconoce privilegios temporales para los jueces supremos. El artículo 8.1 exige decisiones dentro de un plazo razonable. El artículo 25 obliga a garantizar recursos rápidos y efectivos. Y cuando están comprometidos derechos esenciales, la demora puede equivaler, por sí misma, a una violación constitucional. No se trata, entonces, de una facultad discrecional del Tribunal. Se trata de un deber jurídico.</p><p>La Corte Interamericana de Derechos Humanos ha sido categórica en esta materia. Desde el caso “Genie Lacayo vs. Nicaragua”, sostuvo que la razonabilidad del plazo debe evaluarse a partir de tres elementos: la complejidad del asunto, la conducta de las partes y la actuación de las autoridades judiciales.</p><p>Más adelante, en precedentes como “Valle Jaramillo vs. Colombia”, incorporó un cuarto criterio particularmente relevante que particularmente debe inspirar en la urgente demora por parte del Tribunal, esto es, la afectación generada sobre la situación jurídica de la persona involucrada. Esta manda resulta decisiva para comprender la dimensión constitucional del conflicto universitario argentino.</p><p>Porque allí no se discute únicamente una controversia presupuestaria entre el Gobierno y las universidades nacionales. Lo que se encuentra bajo análisis cautelar son salarios docentes y no docentes erosionados por la inflación, financiamiento operativo de universidades públicas y becas estudiantiles de carácter alimentario. Es decir, condiciones materiales de subsistencia y acceso efectivo al derecho a la educación.</p><p>Y según la propia doctrina interamericana, cuanto más intensa es la afectación concreta sobre derechos fundamentales, más exigente se vuelve el deber estatal de resolver con rapidez. La demora judicial deja entonces de ser neutra.</p><p>Cada mes sin decisión profundiza daños económicos y sociales muchas veces irreversibles. Un salario deteriorado no se recompone retroactivamente en términos reales. Una beca perdida puede traducirse en abandono universitario. Una universidad desfinanciada deteriora hoy servicios esenciales, no dentro de varios años. Por eso, una cautelar tardía puede transformarse en una cautelar inútil.</p><p>Basta mirar el espejo de la demora en la resolución del caso del DNU 70/23 para colegir que, mientras el tribunal posterga definiciones de fondo, el decreto continúa produciendo efectos concretos sobre las relaciones contractuales, la regulación económica y estructuras sociales enteras.</p><p>El tiempo, en consecuencia, deja de ser una variable procesal para convertirse en una herramienta de poder. La demora ya no aparece como ausencia de decisión, sino como una forma indirecta de decidir.Sagüés denominaba a este fenómeno como cronoterapia judicial, que implica la administración de conflictos mediante el transcurso del tiempo. Esperar que cambie el clima político, que disminuya la tensión social o que determinados efectos se consoliden de hecho antes del pronunciamiento judicial.</p><p>Pero cuando esa administración temporal recae sobre derechos sociales básicos o sobre la propia arquitectura constitucional del poder, la cuestión deja de ser un problema de prudencia institucional. Pasa a convertirse en un problema de legitimidad democrática.</p><p>Porque los jueces de la Corte no están jurídicamente habilitados para suspender de hecho la tutela judicial efectiva mediante el simple manejo del calendario.</p><p>Máxime cuando la demora se torna irrazonable de manera manifiesta frente a conflictos urgentes respecto de los cuales existen obligaciones convencionales expresas de tutela rápida y efectiva.</p><p>Cuando el máximo tribunal omite resolver cuestiones vinculadas con salarios de innegable naturaleza alimentaria, financiamiento educativo o límites constitucionales al ejercicio excepcional del poder presidencial, la discusión deja de ser meramente académica. Porque la Convención Americana, de clara jerarquía constitucional desde la reforma de 1994 obliga al Estado argentino en todas sus ramas, incluida la propia Corte Suprema. Ella no tiene excepciones y muchos menos para los miembros de un Tribunal, por más que el mismo esté en la cúspide del poder. Más aún esa posición la conmina a iluminar en la recta aplicación de la norma. Son los intérpretes del constitucional del sistema jurídico, no sus dueños. De lo contrario se convierten en los amos de la democracia. Ninguna interpretación habilita dicha ilegitimidad. En consecuencia, no existe una cláusula de excepción para los cortesanos.</p><p>La paradoja es evidente. La Corte exige a los tribunales inferiores tutela judicial efectiva, razonabilidad temporal y justicia pronta, mientras buena parte de la cultura jurídica argentina naturaliza que ella misma pueda colocarse fuera de esas exigencias.</p><p>Reiteramos ni siquiera el intérprete final de la Constitución se encuentra por encima de la Constitución. La pregunta, entonces, ya no es únicamente cuánto tarda la Corte. La pregunta es si puede constitucionalmente tardar. La respuesta es NO y sin embargo seguimos esperando.</p><p>(*)Abogado. Mediador. Lic. En Filosofía. Especialista en Periodismo. Profesor Universitario.</p>]]>
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                <published>2026-05-29T17:24:40+00:00</published>
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            ¿Qué factores clave explican hoy el boom de las energías renovables?
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/k_F6dx518W9cC3n6TpJHm2wSvAQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/energia_renovable.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Energías renovables, origen, presente y futuro. ¿qué factores clave explican hoy el boom de las energías renovables? ¿cómo estamos parados en Argentina y qué desafíos tenemos por delante para avanzar en su masificación?Las energías renovables no son algo nuevo o desconocido por el hombre, sino que tienen raíces muy antiguas. Nuestros antepasados utilizaban los recursos naturales como el viento y el agua para sistemas de molienda de granos, o el uso del sol para secar alimentos o calentar hogares. La humanidad siempre ha buscado transformar los recursos naturales en energía útil. Sin embargo, hubo un impass en donde el desarrollo industrial y el auge de los combustibles fósiles las relegaron a un segundo plano, básicamete por cuestiones de eficiencia y rentabilidad.En el siglo XIX, el carbón dio paso a la primera revolución industrial cambiando la forma en que nuestras sociedades se abastecían de energía, se comunicaban y se organizaban, luego, el petróleo abrió la puerta a la segunda revolución industrial trayendo consigo el avance de los matriales compuestos, el nacimiento de la industria automotríz, y la química del silicio, entre otras. A lo largo de éstos últimos 300 años, las energías fósiles dominaron la escena por sobre las renovables debido a su alta densidad energética y facilidad de transporte. Sin embargo, el impacto ambiental, la dependencia económica, la crisis climática y las tensiones geopolíticas recientes, generaron una necesidad cada vez mas urgente de volver a las fuentes limpias, esta vez con tecnología avanzada.Asistimos a un cambio de paradigma motorizado por la necesidad de reducir emisiones, de diversificar las matrices energéticas y de garantizar e independizar la seguridad de suministro. Estos drivers han convertido a las energías renovables en un eje estratégico del crecimiento económico. Ya no se trata solo de una cuestión ambiental, sino de competitividad: las tecnologías renovables han reducido drásticamente sus costos, atraen inversión, generan empleo y abren nuevos mercados.El boom actual de las renovables responde a tres factores clave: a-innovación tecnológica, b-demanda social por asequibilidad y sostenibilidad y, c-visión empresarial a largo plazo. Las compañías que integran energías limpias en sus operaciones no solo mejoran su desempeño ambiental, sino que optimizan costos, reducen riesgos regulatorios y fortalecen su reputación corporativa.Cuando hablamos de innovación tecnológica nos referimos al principal combustible que mueve el motor de la industria, entre otras cosas, para que las renovables pasen de alternativa marginal a elemento estratégico en el negocio energético. Hablando del mercado de energía eléctrica renovable, China invierte el equivalente al 3% de su PBI en innovación y desarrollo y esto le ha permtido trabajar fuertemente en la oferta tecnológica, ganando cada vez más espacio y capturando gran parte de la renta del sector, al punto tal que su omnipresencia masiva vuelve prácticamente inviable, por ejemplo, cualquier intento de relocalización industrial en Europa de plantas fabriles de manufactura de elementos que suplen a la cadena de suministro de las renovables. Todo esto debe leerse dentro de la lógica de un mayor nivel de proteccionismo de los principales bloques económicos del orbe, la guerra económica USA-China, la influencia relativa de éstos países en el acceso a los minerales de las tierras raras, el conflicto Rusia-Ucrania, y recientemente la beligerancia entre USA/Israel vs. Irán, que ha modificado el flujo comercial energético del mapa mundial.Ahora bien, la inundación de productos chinos en el mercado también trajo su correlato positivo, una disminución categórica en el coste nivelado de energía (LCOE), pues, según IRENA, la Agencia Internacional de Energía Renovable, el LCOE proveniente de nuevas instalaciones de energías renovables cayó dramáticamente un 89% entre 2010 y 2024. Por ejemplo, para la energía solar fotovoltaica (PV) el LCOE promedio mundial tocó los USD 0,043/kWh en 2024, y para la eólica terrestre (onshore wind) a USD 0,034/kWh.En 2024, el 91 % de la nueva capacidad a escala de servicios públicos fue más barata que la alternativa más económica de combustible fósil. En el caso particular de la Argentina, la innovación tecnológica en las distintas formas de generación de energía eléctrica renovable, desde solar fotovoltaica, hasta biogás, pasando por eólica o hidráulica, ha permitido que sean más eficientes y rentables que la generación eléctrica de centrales térmicas de origen fósil. En el caso de las plantas de biogás, hoy por hoy, el punto de equilibrio se encuentra en torno a los usd100/mWh, muy por debajo de los costos de generación de las centrales termoeléctricas a diesel que suelen encontrarse por encima de los usd400/mWh (considerando costos de combustible, remuneración al generador por potencia y por energía despachada). Por otra parte, es importante destacar que para el caso particular de las centrales a biogás, el factor de capacidad de planta suele estár entre el 92% y 95%, muy por encima de otras alternativas tecnológicas como la solar, eólica o nuclear, y con una huella de carbono neto negativa, es decir, abate carbono de la atmósfera en lugar de incorporarlo.El fenómeno descripto ha permitido condiciones favorables para que la capacidad global de energías renovables alcance un récord en 2024, superando los 4,448 GW, principalmente gracias a la solar y eólica. Sin embargo, para sostener el impulso a las renovables y alinearse con un escenario de adaptación al cambio climático que no supere los 1,5 °C, debemos triplicar dicha capacidad para el año 2030, y para ello, se requieren inversiones anuales en innovación y desarrollo superiores a los USD 5 billones/año (incluyendo generación renovable, redes/flexibilidad, eficiencia energética, electrificación). La pregunta es si nuestro país está dispuesto a crear el marco de incentivos y atractivos suficientes como para que el mercado escale al ritmo que se requiere. Si bien América Latina se encuentra entre las regiones más verdes del mundo, con una participación de las renovables cercana al 70% en la matriz eléctrica, en Argentina dicha participación llega tan solo al 20%, y prácticamente, el grueso de su generación es fósil, con el gas natural como figura estelar. Cabe mencionar que Argentina solo destina un 0,55% del PBI a investigación y desarrollo, la diferencia con China es abismal.Es cierto que Vaca Muerta representa una oportunidad inmejorable para monetizar activos energéticos que se encuentran en el subsuelo por casi el equivalente a 30.000 millones de dólares/año, pero también es una verdad consumada que seguir incorporando a la atmósfera una fotosíntesis desfasada en el tiempo acarrea sus consecuencias climáticas, económicas, ambientales y geopolíticas. La Argentina posee de los mejores factores de capacidad no solo por los vientos patagónicos del sur o por la irradiación solar de la Puna, sino también por la producción de biomasa, gracias a su posición geográfica privilegiada en torno a la latitud 33 (mayores niveles de clorofila). Toda su arquitectura jurídica y regulatoria debiera enfocarse no solo en fomentar la generación renovable intermitente (solar, eólica), o la nuclear, sino también en impulsar la producción y aprovechamiento de la biomasa con fines energéticos. Estas centrales producen potencia de base, no solo despachan energía, sino que sirven como backup de todo el parque de generación. Mantener diversificada la matriz energética colabora a la soberanía, brinda independencia en la toma de decisiones y otorga resiliencia a todo el sistema. Y en el caso de las plantas de biogás, te permite generar energía distribuida allí en el lugar dondese la necesita, en el tambo, en la estancia, en los pueblos rurales, a bajo costo, sin huella ambiental, y con el bonus track de tener como subproducto un biofertilizante de elevado contenido de nutrientes, sobretodo en N,P,K, y en carbono orgánico mineralizado apto para utilizarlo como enmienda de cualquier cobertura vegetal.Otro punto central en la innovación tecnólógica son las implicaciones que tiene para el empresario, pues, la caída de costes hace que incorporar renovables deje de ser un accesorio de sostenibilidad y se convierta en una decisión de negocio.Las innovaciones como almacenamiento (baterías), digitalización, generación distribuida, redes inteligentes, permiten transformar el modelo energético (y de coste) de la empresa.La velocidad de innovación exige que la empresa no se quede “esperando” la tecnología, sino que la incorpore estratégicamente para acceso anticipado a ventajas de coste y competitividad. De hecho, alinear los estándares operativos de la empresa a las nuevas exigencias del mercado, reportará no solo una mejora en su performance productiva y agregado de valor, sino, a la postre, una optimización de sus activos.Esto es lo que hizo justamente la firma IKEA cuando instaló paneles solares en más del 90 % de sus tiendas y centros de distribución a nivel mundial, además de las 500 turbinas eólicas propias que posee. Este tipo de despliegue tecnológico refleja cómo una empresa puede adoptar la innovación en energías renovables como parte de su infraestructura operativa y obtener beneficios tanto en costes como en reputación.Otro factor clave que contribuye al boom de las renovables es la demanda social por prácticas limpias. La sostenibilidad ya no es solo cuestión ética o regulatoria, sino una fuerza de mercado que impulsa las inversiones en renovables.Un estudio citado por el Financial Times revela que, a nivel global, más del 90 % de las empresas encuestadas consideran el acceso a electricidad renovable como una prioridad de inversión. Además, el 93 % planea invertir en sus propias instalaciones renovables en el corto plazo.Esto último también explica el aumento sostenido de la capacidad de generación renovable, para ponerlo en números, en 2024 se agregaron 582 GW (un crecimiento del 20 % respecto al año anterior), lo cual muestra una clara tendencia alcista del mercado en cuanto a demanda se refiere.En la dimensión empresarial, éste aumento exponencial de la demanda de servicios y tecnologías asociadas actúa como un catálizador en donde todo el ecosistema (clientes, inversores, reguladores, legisladores, etc.) espera que las empresas tengan estrategias activas de sostenibilidad y transición energética. Adaptarse no es solo “hacer lo correcto”, sino proteger reputación, reducir riesgos, atraer capital.En éste contexto, la demanda social genera una ventaja competitiva: quienes puedan garantizar que su cadena productiva, su operación, su suministro energético sean limpios y renovables, consiguen una posición preferente de marca y de mercado. En éste sentido, el caso del consumo corporativo renovable de Amazon destaca por su estrategia de adaptación a los nuevos esenarios de demanda, la firma invirtió en más de 500 proyectos de energía solar y eólica a nivel global, totalizando una capacidad instalada de 28 GW. Esta acción responde a exigencias de clientes, reguladores e inversores sobre sostenibilidad, y muestra cómo la demanda social y los compromisos de marca impulsan las empresas a la adopción renovable.Es claro que el vínculo entre sostenibilidad y rentabilidad se está estrechando; más que un coste adicional, para muchas empresas la energía renovable es un factor de crecimiento, de reducción de riesgos energéticos y de acceso al financiamiento.De cara al futuro, las energías renovables representan una oportunidad de transformación productiva. La tendencia apunta hacia modelos más descentralizados, digitales e interconectados, donde la generación distribuida, el almacenamiento energético y la inteligencia artificial serán protagonistas. Para el sector empresarial, esto significa pasar de un rol de consumidor a uno de protagonista activo en la transición energética global.Una empresa que integra renovables desde una visión estratégica de largo plazo está capitalizando tanto la transformación del mercado como la normativa, y posicionándose frente a los riesgos de quedarse rezagada.Hoy por hoy, más de la mitad de las empresas planean reubicar operaciones o cadenas de suministro en los próximos cinco años para acceder a energías más verdes. Si empardamos ésta realidad con la cuota de renovables que según IRENA se espera para el año 2030, un 46%, es lógico deducir que las empresas que no se adapten podrían quedar competitivamente fuera en los próximos años.Es por ello que integrar renovables no debe entenderse como un gasto aislado, sino como una estrategia de negocio: asegurar suministro a menor coste, mitigar la volatilidad de los precios de los combustibles fósiles, mejorar la resiliencia de la cadena energética y en última instancia, permanecer en el negocio.Una visión a largo plazo implica anticipar políticas regulatorias, transición de mercado, expectativas de los stakeholders e invertir en infraestructura, capacitación y modelos de negocio que aprovechen la transición energética.Las empresas que tengan bien internalizados éstos conceptos pasarán de ser “consumidoras de energía” a ser “protagonistas” en todo el ecosistema energético: productores, integradoras, gestores de eficiencia, incluso comercializadoras.Un caso bien emblemático que puedo citar es el de Johnson &amp; Johnson, la gran corporación que incluyó renovables en su estrategia de largo plazo invirtiendo más de US$100 millones en cerca de 50 proyectos de energía limpia, el resultado? logro una tasa interna de retorno (TIR) del 16.3%.Tener una visión de largo plazo implica ver a las renovables no como un coste ambiental sino como una fuente de ventaja competitiva, nuevas líneas de negocio, menor exposición a la volatilidad del combustible fósil, reducción de riesgo regulatorio y posicionamiento futuro.En el plano local, las renovables evolucionaron desde unos pocos MW de capacidad instalada (a partir del programa Genren de Enarsa del año 2009), a más de 6800 MW, luego de la sanción de la ley 27191 que dio origen a los programas Renovar, RenMDI y las sucesivas convocatorias del MATER. De ésta forma se logró alcanzar una participación de las renovables cercana al 20%, cubriendo de éste modo con las previsiones marcadas por la citada ley.Si vemos las proyecciones de la demanda de electricidad en Argentina para el año 2030, la capacidad disponible deberá aumentar en aproximadamente 16.000 MW. Ahora bien, esta capacidad puede obtenerse mediante diversas combinaciones de fuentes de energía renovable. Actualmente, existen más de 3.000 MW que podrían generarse con proyectos listos para su desarrollo en el corto plazo. Solamente con los recursos naturales biomásicos disponibles, estaríamos en condiciones de producir el equivalente al 5% de la demanda actual de energía eléctrica (unos 140.000 gWh-año). La industria local posee las capacidades humanas y técnicas requeridas, y domina todo el arco tecnológico como para transformar los 10 millones de m3/día de biogás que esperan ser monetizados en los establecimientos de cría de animales actuales. Sólo es una cuestión de tiempo y de acompañamiento del sector financiero para que se generen las condiciones necesarias para que el sector empresarial ejecute la FID (final investment decision).En cuanto al escenario energético en general, Argentina ha venido manteniendo sistemáticamente una balanza deficitaria al punto extremo tal de llegar a importar energía por más de 7mi millones de dólares en el año 2013, con el objeto de cubrir su pico estacional de demanda doméstica residencial e industrial, pero también para abastecer su parque de generación eléctrica térmica, el cuál era obsoleto, caro y contaminante. Gracias al hito de la estatización de YPF (independientemente de si fue bien o mal instrumentada dicha acción política), se logró revertir el déficit de la balanza energética merced a la decisión de liderar el proceso transicional de sustituir la clásica explotación convencional de reservas hidrocarburíferas, por aquellas no convencionales. Esto brindó el plafón principal para el despegue de Vaca Muerta. Luego de ello, la eficiencia operativa en pozos, la suma de importantes players del sector, la mejora continua en los sets de perforación y fractura, la inversión en inteligencia artificial en procesos y tableros de control digitalizados, la escala del negocio, etc,etc., permitieron darle el músculo que hoy tiene esa industria. Gracias a ésta visión estratégica de largo plazo, a las políticas de Estado implementadas y a las articulaciones de alianzas estratégicas entre diversos actores, podemos hablar de exportaciones netas de GNL, y de proyectos como VMOS, Southern Energy, reversión del gasoducto norte e integración energética con Brasil, entre tantos proyectos que ya se discuten.Toda ésta experiencia transitada en el sector oil&amp;gas puede también volcarse a las renovables, de hecho, Brasil desarrolla su Presal off shore pero al mismo tiempo impulsa y fomenta el “Presal Caipira”, basado en las bioenergías. Se legisla en favor de tal determinación, así es como nacieron los decretos Renovabio, el Decreto nº 11.003/2022, y el más reciente que favorece el uso del biometano, el Decreto nº 12.614/2025.Lo mismo sucede en Europa, el New Green Deal y el REPowerEU estimulan la producción de biometano para sustituir el gas ruso. De hecho, Europa tiene objetivos y metas concretas, por ejemplo de llegar a los 35 billones de metros cúbicos de biometano para el año 2030. Hasta Ucrania mismo ya posee planes firmes para el desarrollo y utilización del biometano.En nuestro país, para avanzar en una verdadera masificación en la adopción de fuentes renovables de energía, se requiere apoyar de pleno a las bioenerías en general, y al biogás en particular, la decisión política de hacerlo debe fundarse en drivers semejantes a los de los países avanzados, si bien nuestra coyuntura no es de índole bélica estrictamente hablando, si lo es desde el punto de vista de la soberanía energética, de la integridad territorial, del desarrollo económico y de la resiliencia de todo el sistema que nutre la gobernanza. Apoyar el segmento energético desde el estado, no significa desguarecer areas sensibles de la sociedad civil, pero sí reasignar y resignificar recursos en sintonía con lo que se conoce como equilibrio marshaliano.Políticas públicas de estímulo a la generación renovable. La importancia del apoyo institucional de sectores ligados al desarrollo industrial para impulsar las nuevas tecnologías de generación.Cuando Argentina aprobó el paquete de medidas e incentivos en 2015 para fomentar el uso de fuentes de energías renovables a través de la ley 27191, Alemania (país 9 veces más chico que Argentina) que para entonces tenía 1000 plantas de biogás, hoy ya cuenta con más 1500 que aportan a la red una potencia eléctrica de más de 10Gw. Brasil, por otra parte, no poseía plantas de biogás relevantes para el mismo período analizado, y hoy, merced al régimen promocional de la ley RenovaBio (una política brasileña de biocombustibles, establecida por la Ley nº 13.576/2017), el país vecino se da el lujo de inaugurar una planta de biogás por semana, lográndose contabilizar unas 1350 centrales construidas y en operación. A su vez, Chile, que importa gas desde la Argentina está en franca conversión de su industria del reciclaje y está montando plantas de biogás que tratan y convierten residuos municipales en energía. Este último caso es interesante porque Argentina podría montar el mismo modelo de negocio para reconvertir en ecoparques los más de 40 rellenos sanitarios existentes a lo largo y ancho del país, con posibilidades concretas de generación distribuida para proveer energía limpia a los municipios respectivos. La iniciativas Global Methane Hub y Waste Map permiten identificar la ubicación de tales landfills.Antes del año 2015, la Argentina sólo contaba con algunas aisladas iniciativas de biogás para tratar efluentes y algún pasivo ambiental, pero ninguna de ellas fue pensada ni diseñada para cumplir un fin enegético en si mismo, hoy el país cuenta con 34 plantas de biogás que totalizan unos 80Mw de potencia instalada aproximadamente, cifra que no representa ni tan siquiera el 7% del potencial total que reviste éste segmento tecnológico. Las recientes políticas públicas en materia energética puestas en marcha por el actual gobierno buscan liberar las fuerzas del mercado y apuntan tanto a cubrir la demanda energética interna como a la exportación de vectores energéticos, principalmente del gas proveniente de la cuenca neuquina. De hecho, en la ley Bases se menciona como pieza clave y fundamental la necesidad de la maximización de la renta obtenida de la explotación de los recursos, premisa que se acompaña con medidas de fomento e incentivos fiscales y tributarios a las grandes inversiones o RIGI, dentro de las cuales se encuentra el sector energético como destinatario. Asimismo, el RIMI, que ya se encuentra operativo, es un régimen de incentivo a las medianas inversiones que aplica para inversiones menores a los 200 millones de dólares, cuyo alcance bien podría favorecer la mayoría de los emprendimientos de biogas y biometano, aunque es sabido que la problemática en éste segmento no radica en la falta de inversores, sino mas bien en el acceso al capital para las pymes.El marco regulatorio que favoreció el desarrollo de las bioenergías se promulgó en el año 2006 con la ley 26.093, dicha norma establecía las condiciones para la producción, almacenamiento y comercialización de biocombustibles como el bioetanol, biodiesel y biogás. Gracias a ésta iniciativa vimos nacer numerosas plantas productoras de biocombustibles que hoy abastecen a las petroleras para cumplir con su corte reglamentario. Pero lamentablemente, no se avanzó en la promulgación de normas reglamentarias específicas para el biogas o el biometano y esto situación, cercenó la oportunidad de acoplar las capacidades de recursos naturales, humanos y tecnológicos del sector a las nuevas necesidades y oportunidades del mercado. La prima hermana de los biocombustibles líquidos se quedaba de ésta forma sin su puntapié inicial y todo esfuerzo privado se realizó únicamente en función de un feed-in tariff otorgado por CAMMESA en las licitaciones de energías renovable propiciadas por los programas Renovar y RenMDI.Cuando hablamos de programas de estímulo, tenemos que diferenciar cuando los mismos apuntan al mercado eléctrico de cuando lo hacen para el mercado del gas. Mientras que en el mercado eléctrico renovable solamente se remunera por energía despachada y no por potencia, en el mercado del gas la lógica imperante es el incentivo o señal de precio otorgado por el comprador al volumen despachado por el productor durante un determinado tiempo, sea a traves del mercado spot o a través de contractualizaciones anuales bajo modalidad take or pay. El Plan Gas garantiza por ejemplo un valor promedio en boca de pozo de entre 3,5 y 4 dólares el MMBTU al comprador/comercializador. Si se suman los costos de transporte, el industrial paga, en promedio, unos 7-8 dolares el MMBTU. El biometano (la molécula gemela al GN fósil pero cuyo origen es biológico) no puede competir en igualdad de condiciones porque su costo de producción promedio oscila entre 10 y 12 dólares el MMBTU, y su viabilidad queda comprometida a no ser que lo consideremos como sustituto del diesel o el GLP, cuyos costos rondan los 24 y 17 dólares MMBTU respectivamente. Claramente, si el consumo se ubica alejado de la red de gasoductos, la alternativa biometano se constituye en la más favorable, frente a las demás fósiles.Independientemente de la internalización o no de los costos ambientales de los fósiles (que pueden visualizarse parcialmente en el impuesto al carbono de los combustibles líquidos), las señales de los legisladores deberían ir en el sentido de facilitar la inyección de biometano a la red de gasoductos, desde que técnicamente es posible hacerlo porque la normativa NAG-602 del ENARGAS así lo permite. Hoy la producción nacional de gas se ubica en torno a los 150 millones de m3 diarios, mientras que la demanda promedio ronda los 100 millones de m3 diarios, con picos del orden de los 150 millones de m3 diarios en los meses de invierno. Teniendo un potencial de producción de casi 10 millones de m3 diarios de biogas se podrían producir unos 5 millones de m3 diarios de biometano, ésto representa el 5% de la demanda interna del fluido energético. Comprender esto es clave porque un sistema plenamente diversificado aumenta las chances de lograr la seguridad energética y, como dije anteriormente, vuelve más resiliente la economía del páís porque se fortalece el ingreso de divisas por exportación neta del gas fósil.Buceando en los obstáculos que imposibiltan un verdadero despegue del sector bioenergético encontramos; la falta de una normativa especifica que asegure un corte mandatorio de biometano para mezclar la biomolécula con el gas fósil proveniente de los gasoductos, tal como ocurre actualmente en Alemania (que inyecta hasta el 10% de bioCNG en sus gasoductos) o en algunos países nórdicos, en contraste, en la Argentina, dicho régimen solo aplica al biodiesel y al bioetanol; la ausencia de un mercado de capitales y de herramientas financieras como el leasing operativo o el project finance que permitan fondear proyectos que demandan una inversión en capex importante y que suelen tener una tasa de retorno que oscila entre el 10 y el 15% en el mejor de los casos; la inexistencia de una férrea decisión política que permita coordinar una sustitución paulatina del gas natural fósil por biometano/biogás, con el objetivo de acrecentar saldos exportables del gas fósil proveniente de los proyectos ligados al GN.En definitiva, si hoy hablamos de un Plan Nucelar Argentino que consagra y combina experiencia, capacidad tecnológica y know-how; o si nos referirnos al boom de Vaca Muerta que pone en práctica conceptos de la calidad total o la eficiencia operativa, es porque en el pasado hubo una visión a largo plazo de instaurar un modelo de país desarrollista con políticas de Estado.China por ejemplo, con 420TW/hora es la segunda potencia nuclear detrás de los Estados Unidos en términos de generación eléctrica, posee las mayores reservas de minerales críticos, tanto por la cantidad de reservas propias como por su control del procesamiento y refinación a nivel mundial. El país lidera en reservas de tierras raras (con la mina Bayan Obo como la más grande del mundo), y domina, junto con otros países del sudeste asiático, toda la cadena de valor de los microchips y procesadores. El gigante asiático inunda el mercado no solo de paneles solares (tiene un market share del 80%) o de productos elaborados, sino también de vehículos eléctricos (con una participación que ha llegado al 70% de las ventas mundiales en 2024) y de toda una gama de productos tecnológicos que nada tienen que envidiar a sus competidores de occidente. China ha sabido crear las políticas públicas de estado requeridas, desde el seno del PC, para sostener e impulsar la fuerza emprendedora de su ecosistema industrial.Claramente, China es comunista con economía de rasgos capitalista. Es un socialismo a la China, donde el Estado mantiene el control sobre sectores clave (como la energía, las finanzas y la defensa), al tiempo que permite que la dinámica del mercado, propia del capitalismo, impulse el crecimiento.En las antípodas de la ideología política anterior, y con el arribo de Donald Trump a la Casa Blanca, tenemos un reordenamiento y reagrupamiento de los factores de producción de la economía americana, privilegiando las demandas de sectores que se constituyeron en la base electoral del nuevo presidente, quien con clara visión proteccionista y un marcado sesgo imperial, ha retomado el control de la agenda internacional, pateando el tablero y retirándose de pactos preexistentes como el Acuerdo de París o la Organización Mundial de la Salud. Estas medidas que parecen antipáticas para el concierto internacional, buscan, junto con las renegociaciones de presupuestos de sus socios de la OTAN, eliminar gastos para la administración central. La implicancia de todo esto en el mercado energético en general, y eléctrico en particular, está dada por el fomento a la producción fósil americana, sobre todo al gas del Permian, para suplir la demanda europea que se encuentra insatisfecha frente a la veda del suministro ruso y del fósil proveniente del Golfo persa a causa del conflicto bélico USA/Irán.Por su parte, Europa, que oscila entre occidente y Africa para asegurar el suministro de energía limpia, busca ahora reactivar la implementación de nueva generación a partir del programa europeo para la generación renovable REPowerEU, lanzado en 2022 para reducir la dependencia de los combustibles fósiles de origen ruso, acelerar las energías renovables y alcanzar la neutralidad climática para 2050. Este plan también incluye la Directiva revisada sobre energías renovables (2023), que eleva el objetivo de cuota de renovables al 42,5% para 2030, y el Programa LIFE, un instrumento financiero para apoyar proyectos de energía limpia. La paradoja que se presenta en el bloque europeo es que para ejecutar la medida necesita de oriente, dado que la provisión de materiales y equipos de muchas centrales depende de la cadena de suministros emplazada en China, motivo por el cual, en la última década, cientos de firmas europeas vinculadas a la cadena de valor renovable se vieron forzadas a mudar sus operaciones a Asia para evitar la bancarrota. Hoy, el viejo continente ensaya medidas extremas para lograr la relocalización industrial en su propio territorio, porque no es capaz de promover el consumo sin generar nuevas fuentes de trabajo genuinas.Como observamos, el mundo asiste a una tensa interdependencia comercial, no solo entre las grandes potencias citadas, sino también entre bloques económicos más chicos y entre países pequeños. La fuerza de negociación relativa, el peso específico de cada parte frente al opuesto, hacen surgir las contramedidas paliativas requeridas en un sentido o en otro (aranceles, barreras para arancelarias, tarifas específicas, medidas antidumping, etc.) para asegurar los niveles de soberanía, gobernanza e independencia que cada actor esté dispuesto a exigir.En éste contexto, y teniendo como premisa que según la IEA, la demanda energética mundial proyecta un crecimiento continuo, con una previsión de entre 3,7% en 2026, en gran medidaimpulsada por el crecimiento de las economías emergentes de Asia, el aumento de los centros de datos y los vehículos eléctricos, es dable esperar que ciertas tecnologías innovadoras y prometedoras pero con poca penetración en el mercado, requieran de apoyos de políticas públicas de fomento y soportes específicos desde algunos sectores estatales que permitan su despegue.La competitividad de los combustibles biológicos como el biodiesel y el bioetanol era inviable hasta la aplicación de políticas públicas sólidas, acompañamiento de diversos sectores y reglas de juego claras, a partir de allí, se logró consolidar un mercado creciente que traccionaba gracias a la enorme eficiencia y capacidad del clúster de moliendas nacional.En un mundo donde la geopolítica está en constante movimiento poniendo en jaque el status quo del orden mundial, donde el eje del poder real se está desplazando cada vez más desde el Atlántico hacia el Pacífico, y muy posiblemente en 20 años se sitúe en el Mar Índico (en la hipótesis de un potencial estancamiento americano, de una extremada dependencia externa europea, y de un ascenso meteórico de los países asiáticos como China, India, Taiwan, Corea del Sur, entre otros), se vuelve hoy más que nunca imperioso revisar la historia, para no repetir errores del pasado, para tejer alianzas estratégicas con naciones y bloques económicos que permitan la transferencia de tecnología hacia nuestro ecosistema productivo-industrial-científico.Para los casos del biogás, el biometano y el hidrógeno, el mercado aún no se encuentra maduro, pero la industria local ya domina todo el proceso y la dependencia extranjera se da únicamente en algunos equipos y componentes, de modo tal que en menos de una década, la Argentina podría plantear virar hacia una política de promoción de exportaciones de capacidades tecnológicas en la materia, hacia América Latina y más allá.La agenda del crecimiento económico mundial en general, y la del cambio climático en particular, obligan a repensar la forma en que las sociedades modernas consumimos bienes y servicios, y en cómo nos abastecemos de un insumo del que cada vez dependemos más, la energía. Estamos asistiendo a un cambio fenomenal y sin precedentes en cuanto a la manera en que nos comunicamos, trabajamos y vivimos, del caballo pasamos al vehículo eléctrico en 200 años. De los combustibles sólidos como el carbón migramos a los líquidos como la nafta, el gasoil o el kerosene, y hoy estamos en la era de los gases; si el gas natural es el combustible de la transición energética, el biometano y el hidrógeno son los destinos de dicha transición. Pero para que esa transición no se dé por colapso, debemos atender y trabajar en toda la cadena de valor creando la política energética y marcos específicos adecuados para satisfacer la demanda tanto de las generaciones presentes como la de las futuras, en términos de garantizar seguridad energética, asequibilidad y sostenibilidad.Posibilidades de desarrollo local y dinamización de economías regionales. ¿qué modelo de desarrollo país se adpataría mejor para permitir el escalamiento de las renovables?Si partimos de que IRENA considera que debemos triplicar la energía renovable a nivel mundial para el año 2030, en el objetivo de limitar el calentamiento global a 1,5 grados centígrados, y si solo en Argentina se preve un crecimiento interanual de la demanda eléctrica del orden del 3% para los próximos años, entonces el mercado está allí, ahora cómo lo vamos a suplir es la pregunta. Para lograrlo, se necesita un aumento de la capacidad instalada de fuentes de generación de energía de origen renovable de alrededor 16% anual, junto con mayores inversiones y mejoras en las infraestructura.La industria energética es una industria motorizante, como la aeronáutica, la química, la electrónica, es decir, son capaces de provocar externalidades económicas aptas para otras inversiones. Y si las fuerzas del mercado no alcanzaran para iniciar estos proyectos de inversión, tal como le ocurrió a Brasil en su intento de crear una industria aeronáutica, el Estado debería apoyarlos, así nació Embraer. Esta es la lógica de los polos de desarrollo y normalmente los mismos generan dos tipos de externalidades o “spin-off”; la reinversión de utilidades del sector principal en subsectores vinculados; la influencia de invenciones que son puestas al alcance de otros usuarios.El desarrollo del sector renovable en Argentina se propició, como comenté anteriormente, merced al programa Renovar, pero más allá del desembarco de tecnólogos europeos, principalmente de Alemania y de Italia, y de gestiones o misiones comerciales activas desde las respectivas cancillerías, lo cierto es que no hubo una verdadera política de compensaciones (offset). Esta política implica que las empresas extranjeras proveedoras se comprometen a generar en el país destino retornos iguales o aproximados al del valor de la compra realizada. Esto se lleva a cabo a través de Acuerdos de Cooperación Industrial, donde habitualmente se plasman los resultados de las negociaciones con las compañías suministradoras, tendientes a obtener transferencia de tecnología hacia la industria nacional, normalmente vinculadas al sistema que se ha comprado, o a generar exportaciones de ésta hacia su país o hacia otros Estados. La realidad es que salvo en contadas ocasiones, cuando alguna entidad u organización benéfica como la SES (un think tank alemán consituido por expertos seniors en materia energética), los titulares de cada proyecto iniciaron sus propios contactos y esfuerzos para asegurarse la cadena de suministro de sus necesidades tecnológicas y ésto, sumado a la problemática del financiamiento, provocó un magro desarrollo de proveedores locales de tecnología (en Alemania hay más de 200 proveedores, mientras que en nuestro país no llegan a 30).En el camino hubo una serie de acontecimientos que se dieron con el auge de las renovables allá por el año 2017 al 2020, desde tecnólogos europeos que abrieron filiales en el país hasta su retirada en la Pandemia del Covid19, o firmas agropecuarias que se integraron verticalmente en el negocio energético y que hoy abrazan toda la cadena de valor y poseen internalizada la tecnología.En el caso particular de la tecnología del biogás, la misma representa una oportunidad concreta para articular desarrollo local y economías regionales: hoy el país cuenta con más de 30 plantas en funcionamiento, pero el mercado potencial es sensiblemente mayor. Existe potencial como para desplegar unas mil plantas de biogás en las principales regiones agroindustriales, si esto sucediera, se podría cubrir cómo mínimo un 5% del consumo nacional de gas (o un 5% de la demanda eléctrica), con una inversión acumulada aproximada de US$ 5.000 millones y más de 10.000 empleos emergentes. En la cadena agro-ganadera regional esto se traduce en la transformación de un pasivo ambiental en un activo energético, es decir, en la valorización de residuos (estiércol, silaje, vinaza, efluentes), generación de energía local, producción de fertilizantes orgánicos para uso local y fortalecimiento de economías rurales. La clave está en asegurar el suministro de residuos, la escala viable, los contratos de compra de energía o gas, y la articulación de los productores con la central de generación, además de condiciones beneficiosas en el financiamiento. Con esas premisas, una planta mediana de unos 2-3 millones de dólares de inversión, podría generar energía equivalente al consumo de 7 mil de hogares,consolidar una herramienta de retención de recursos humanos al crear decenas de empleos directos y otros tantos indirectos por cada Mw instalado, brindar un servicio ecosistémico de saneamiento de las cuencas, y promover el mejoramiento de la calidad de vida de las economías regionales. Por lo tanto, la industria del biogás, más que una promesa futura, es una palanca real ya comprobada de dinamización regional, siempre que se la ejecute correctamente y con las políticas de estímulo adecuadas al sector.Argentina es un pais periférico que se encuentra lejos de la toma de decisiones del norte global desarrollado, pero posee una serie de industrias estratégicas y recursos, tanto humanos como materiales, que lo colocan en una posición ventajosa y de privilegio frente a otros países del sur. Aplicando las políticas de desarrollo correctas, el país tiene un enorme futuro por la renta que puede generar en el corto, mediano y largo plazo. Creo que la visión estratégica sobre el modelo país que se plantea, y la dirección tomada por la actual administración es correcta, el Estado no puede ser nunca un buen comerciante porque su razón de ser es otra, pero siempre debe estar ahí para brindar el contexto adecuado con políticas publicas coherentes y garantizar seguridad jurídica, estabilidad cambiaria y robustez regulatoria.</p>]]>
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