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    <title>El Eco de Tandil</title>
    <subtitle>Entrevistas exclusivas y contenido multimedia para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Tandil.</subtitle>
    <updated>2026-09-24T10:30:04+00:00</updated>
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            Cómo liderar equipos en tiempos de crisis: cinco claves
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                <![CDATA[El Eco de Tandil]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ODjQ6V4LAORXebKzTLL0HERM1Nk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/liderazgo_3.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>*Por Valeria StadlerUn empresario me dijo hace poco: “Llego a la empresa intentando transmitir tranquilidad, pero por dentro estoy pensando en todo lo que puede salir mal”.</p><p>Durante el día revisaba los números varias veces, cambiaba prioridades, pedía información que ya había solicitado y respondía mensajes a cualquier hora. Su intención era cuidar la empresa. Sin embargo, su equipo comenzó a sentirse desorientado.</p><p>No era necesario que dijera que estaba preocupado. Todos podían verlo.</p><p>En momentos de crisis, el estado del líder se multiplica. Si quien conduce está desbordado, la ansiedad empieza a circular por toda la organización. Aparecen los rumores, se demoran las decisiones, aumenta el control y disminuye la iniciativa.</p><p>Esto no significa que un líder deba ocultar lo que siente o mostrarse seguro cuando no lo está. Significa que necesita aprender a gestionar su propia incertidumbre para no convertirla en la forma de conducir.</p>Consejos sobre liderazgo<p>El coaching ejecutivo no cambia el contexto económico, las decisiones políticas ni el comportamiento del mercado. Trabaja sobre un territorio diferente: cómo observa el líder lo que sucede, qué decisiones toma y qué impacto genera en los demás.</p><p>Estas cinco claves pueden ayudar a recuperar el foco.</p><p>1. Hacer una pausa antes de decidir</p><p>La crisis instala una sensación permanente de urgencia. Todo parece requerir una respuesta inmediata. Pero decidir rápido no siempre significa decidir bien.</p><p>Antes de responder un mensaje, suspender un proyecto o cambiar nuevamente una prioridad, conviene detenerse y preguntar: ¿estoy actuando frente a un hecho concreto o frente a un temor?</p><p>Una pausa breve permite ordenar información, reconocer alternativas y evitar decisiones impulsivas. No se trata de frenar la empresa, sino de impedir que la ansiedad tome el control.</p><p>La calma no resuelve el problema, pero mejora la calidad de la respuesta.</p><p>2. Comunicar aun cuando no estén todas las respuestas</p><p>Cuando un líder no sabe qué decir, muchas veces elige no decir nada. Espera tener certezas, un plan completo o una decisión definitiva.</p><p>Mientras tanto, el equipo interpreta el silencio.</p><p>Comunicar en una crisis no significa prometer que todo va a estar bien. Significa explicar con claridad qué se sabe, qué todavía no se sabe, qué decisiones ya se tomaron y cuándo habrá nueva información.</p><p>“No tenemos definida la respuesta, pero estamos evaluando estas alternativas y el viernes volveremos a reunirnos” es una comunicación concreta. No elimina la incertidumbre, pero evita que cada persona construya su propia versión.</p><p>El silencio genera rumores. La claridad genera confianza.</p><p>3. Concentrarse en lo que sí se puede gestionar</p><p>Un líder puede pasar horas intentando anticipar el dólar, las próximas medidas económicas o la reacción del mercado. Puede preocuparse mucho y, aun así, no producir ninguna decisión útil.</p><p>El coaching ejecutivo ayuda a diferenciar tres espacios: lo que no controlamos, aquello sobre lo que podemos influir y lo que depende directamente de nosotros.</p><p>Quizás no podamos modificar el contexto, pero sí conversar con los principales clientes, revisar costos, ordenar prioridades, simplificar procesos o fortalecer al equipo.</p><p>Una pregunta puede cambiar el foco: frente a este escenario, ¿qué podemos hacer durante los próximos siete días?</p><p>Cuando el futuro se vuelve incierto, recuperar una acción posible reduce la sensación de impotencia.</p><p>4. Definir pocas prioridades y sostenerlas</p><p>En una crisis, los líderes suelen sumar controles, reuniones y tareas. Buscan proteger los resultados, pero muchas veces terminan saturando a las personas.</p><p>Si todo es urgente, el equipo no sabe dónde concentrarse.</p><p>Por eso es importante definir pocas prioridades y comunicarlas de manera simple: qué necesitamos sostener, qué debemos cambiar y qué podemos dejar de hacer por ahora.</p><p>También es necesario mantenerlas el tiempo suficiente para que el equipo pueda avanzar. Cambiar de dirección todos los días no demuestra capacidad de adaptación. En muchos casos, demuestra falta de criterio.</p><p>Priorizar es elegir. Y elegir implica aceptar que no todo podrá hacerse al mismo tiempo.</p><p>5. Cuidar al líder para sostener al equipo</p><p>Un líder cansado puede volverse más impaciente, controlar en exceso o interpretar cualquier dificultad como una amenaza. Sin darse cuenta, comienza a transmitir el mismo desorden que intenta resolver.</p><p>Por eso, cuidar al líder no es un tema separado de la estrategia. Establecer pausas, pedir ayuda, delegar y contar con un espacio para pensar mejora la calidad de las decisiones.</p><p>En el coaching ejecutivo, muchas veces el primer trabajo no consiste en diseñar un nuevo plan. Consiste en ayudar a la persona que conduce a recuperar perspectiva.</p><p>Un líder no necesita descargar sus temores sobre el equipo, pero tampoco tiene que atravesarlos en soledad.</p><p>Después de algunas conversaciones, aquel empresario tomó decisiones muy sencillas: dejó de revisar los números a cada hora, estableció tres prioridades semanales y comenzó a realizar una reunión breve para comunicar avances y dificultades.</p><p>El contexto no cambió. Lo que cambió fue su manera de responder.</p><p>Su equipo dejó de recibir indicaciones contradictorias, recuperó autonomía y comenzó a concentrarse en lo importante. No desaparecieron los problemas, pero dejaron de conducir la empresa.</p><p>Liderar en tiempos de crisis no significa tener todas las respuestas ni transmitir un optimismo artificial. Significa conservar la capacidad de pensar, comunicar con honestidad y transformar la preocupación en acciones concretas.</p><p>Cuando afuera todo es incierto, las personas buscan una referencia. No esperan un líder que pueda controlar el futuro. Necesitan a alguien capaz de ofrecer claridad, dirección y confianza para atravesarlo.</p><p>Y, muchas veces, para ordenar a una organización, primero hay que ayudar a quien la conduce a recuperar su propio eje.</p><p>&nbsp;</p><p>*Coaching Ejecutivo &amp; Neurociencias / Consultora Empresas Familiares / Especialista el liderazgo, equipos y cultura organizacional. @lic.valeriastadler</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ODjQ6V4LAORXebKzTLL0HERM1Nk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/liderazgo_3.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Cuando crece la incertidumbre, también aumentan la ansiedad, los rumores y la dificultad para decidir. El coaching ejecutivo ofrece herramientas concretas para ordenar al líder, cuidar al equipo y sostener los resultados sin negar lo que está sucediendo.]]>
                </summary>
                                                <category term="interes-general" label="Interés General" />
                                <updated>2026-09-24T10:30:04+00:00</updated>
                <published>2026-09-24T10:30:00+00:00</published>
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            Se realizará en Tandil una charla sobre liderazgo y emociones: &quot;La calma también se lidera&quot;
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                <![CDATA[El Eco de Tandil]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/6bG8dWb_mZXuIIzEcaMIVeckfM0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/la_calma_se_lidera.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>La coach y consultora en liderazgo Valeria Stadler y el psicólogo Alejandro Schujman presentarán la experiencia “La calma también se lidera”, una propuesta que buscará abordar la relación entre las emociones, los vínculos y el liderazgo en un contexto atravesado por la velocidad, la exigencia y los cambios permanentes.</p><p>El encuentro se realizará el 13 de octubre, de 18 a 20, en La Protegida. La actividad tiene como eje una invitación a revisar las formas en que las personas enfrentan las exigencias cotidianas, tanto en el ámbito laboral como en sus relaciones personales.</p><p>La propuesta está dirigida no solamente a quienes ocupen posiciones formales de liderazgo. Según explicaron sus organizadores, el liderazgo también aparece en situaciones cotidianas: al tomar decisiones, atravesar conversaciones difíciles, acompañar a otras personas, establecer límites o elegir cómo responder frente a circunstancias que no pueden ser controladas.</p>Emociones, vínculos y liderazgo<p>Stadler, coach y consultora en liderazgo, aportará una mirada vinculada con el liderazgo personal y organizacional. Su enfoque estará centrado en la importancia de aprender a liderarse a uno mismo antes de conducir equipos, conversaciones o procesos de cambio.</p><p>Schujman, psicólogo egresado de la Universidad de Buenos Aires y especialista en vínculos, sumará una perspectiva relacionada con las emociones, el estrés y el bienestar. El objetivo será abordar qué sucede cuando las exigencias y preocupaciones ocupan cada vez más espacio y comienzan a repercutir en la vida cotidiana y en las relaciones.</p><p>Desde la organización señalaron que la propuesta buscará poner en relación esos aspectos con el mundo laboral. Las emociones pueden incidir en las decisiones, en las conversaciones y en la manera de conducir equipos, empresas, proyectos y negocios.</p><p>En ese marco, “La calma también se lidera” planteará que gestionar las emociones no implica evitar los conflictos ni sostener una serenidad artificial, sino reconocer lo que sucede, regular las propias respuestas y encontrar herramientas para actuar frente a contextos complejos.</p>Una pausa en medio de la exigencia<p>La actividad partirá de una escena cotidiana marcada por agendas cargadas, conversaciones rápidas, equipos atravesados por el cansancio y decisiones que muchas veces deben tomarse bajo presión.</p><p>Frente a ese escenario, la experiencia propondrá detenerse durante dos horas para revisar algunas de las respuestas habituales ante la exigencia y explorar otras formas de transitar esas situaciones.</p><p>La propuesta no estará orientada a eliminar el estrés ni a ofrecer fórmulas rápidas, sino a generar un espacio de reflexión y aprendizaje sobre las propias emociones, los vínculos y las decisiones.</p><p>Para reservar un lugar, se podrá contactar a Valeria Stadler al 2494 67-3083 o a través de su cuenta de Instagram @ic.valeriastadler. Los cupos serán limitados.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/6bG8dWb_mZXuIIzEcaMIVeckfM0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/la_calma_se_lidera.webp" class="type:primaryImage" /></figure>El encuentro se realizará el 13 de octubre a las 18 horas en La Protegida y abordará la gestión de las emociones, los vínculos y las conversaciones en contextos de exigencia.]]>
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                                                <category term="la-ciudad" label="La Ciudad" />
                                <updated>2026-09-21T19:13:06+00:00</updated>
                <published>2026-09-21T19:08:18+00:00</published>
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            Empresas familiares y liderazgo: el costo de no planificar la sucesión
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        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/interes-general/empresas-familiares-y-liderazgo-el-costo-de-no-planificar-la-sucesion" type="text/html" title="Empresas familiares y liderazgo: el costo de no planificar la sucesión" />
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                <![CDATA[El Eco de Tandil]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/lWbCPFBRQZY6oX3uIz841HVPZ2g=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/liderazgo.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>La sucesión no planificada no pone en riesgo solamente la continuidad de una empresa familiar. También puede quebrar relaciones, debilitar liderazgos y comprometer un legado construido durante generaciones.</p><p>Un lunes, quien conduce la empresa no llega. Puede ser por una enfermedad, un accidente, una decisión inesperada o, simplemente, porque el cuerpo dijo basta. Entonces aparecen preguntas que durante años nadie quiso formular: ¿quién decide?, ¿quién firma?, ¿quién conoce realmente los números?, ¿quién habla con los bancos, los clientes y el equipo?, ¿quién está preparado para conducir?</p><p>La urgencia no crea esos problemas. Solo deja al descubierto las conversaciones que la familia venía postergando.</p><p>La sucesión no planificada es uno de los riesgos más frecuentes y costosos de las empresas familiares. Sin embargo, suele quedar relegada. Se proyectan inversiones, se analizan mercados, se contratan seguros y se preparan planes para enfrentar crisis económicas. Pero pocas veces se conversa con la misma seriedad sobre qué sucedería si la persona que concentra las decisiones ya no pudiera continuar.</p><p>Hablar de sucesión incomoda porque no se habla únicamente de cargos. Se habla del paso del tiempo, del poder, de la confianza, de la identidad y, a veces, de la propia finitud. También se habla de hijos que esperan un lugar, de hermanos que imaginan futuros diferentes y de fundadores que construyeron una empresa durante décadas y no saben quiénes serán cuando ya no estén al frente.</p><p>Por eso se posterga. Se repite que “todavía falta”, que “más adelante lo veremos” o que “cuando llegue el momento nos vamos a poner de acuerdo”. Hasta que el momento llega. Y no siempre encuentra a la familia preparada.</p><p>El primer peligro es la continuidad de la empresa. Cuando el conocimiento, los vínculos comerciales y la autoridad están concentrados en una sola persona, su ausencia genera un vacío que ningún organigrama puede resolver de inmediato. El equipo comienza a recibir indicaciones diferentes, las decisiones se demoran y los clientes perciben la incertidumbre. La empresa puede continuar operando, pero pierde coordinación, velocidad y confianza.</p><p>El segundo peligro es la continuidad de las relaciones. Sin acuerdos previos, una decisión empresarial puede convertirse rápidamente en un conflicto familiar. ¿Quién está realmente preparado para conducir? ¿Cómo se compensa a quienes trabajan todos los días en la empresa frente a quienes son propietarios, pero no participan? ¿Todos deben cobrar lo mismo? ¿Ser justo significa repartir todo por igual? ¿Qué ocurre cuando un hermano decide y otro solamente hereda?</p><p>Cuando estas preguntas aparecen en medio de una crisis, ya no se discuten solamente funciones o patrimonio. También entran en escena viejas comparaciones, reconocimientos pendientes y silencios acumulados. Muchas empresas familiares no se deterioran por falta de amor, sino por falta de conversaciones difíciles.</p><p>El tercer peligro es la legitimidad del nuevo liderazgo. Una persona puede recibir acciones, un apellido o un cargo, pero no hereda automáticamente la confianza del equipo. El cargo puede transferirse en un día; la legitimidad necesita tiempo, conversaciones y experiencias compartidas.</p><p>En las empresas familiares con las que trabajo, muchas veces la primera dificultad no es diseñar un protocolo ni definir un organigrama. Es lograr que alguien se anime a formular la pregunta que todos conocen, pero nadie quiere hacer. Cuando finalmente aparece, suelen convivir tres relatos: el de quien siente que todavía tiene mucho para aportar, el de quien espera un espacio que nunca termina de llegar y el de quienes trabajan en la empresa sin saber quién conducirá realmente el futuro.</p><p>Desde las neurociencias sabemos que la incertidumbre sostenida puede ser interpretada por el cerebro como una amenaza. Frente a ella, las personas tienden a defender posiciones, aferrarse a lo conocido y reducir su capacidad para escuchar alternativas. En una familia empresaria esto se intensifica porque no están en juego solamente los resultados: también están en juego la pertenencia, el reconocimiento y el lugar que cada uno siente que ocupa.</p><p>Conversar antes de la crisis no elimina las diferencias, pero permite atravesarlas en mejores condiciones. Ayuda a transferir conocimiento, preparar a quienes asumirán nuevas responsabilidades, definir criterios para decidir y ofrecerle un nuevo lugar a quien deja la conducción. Retirarse no debería significar desaparecer; puede significar transformar la experiencia acumulada en acompañamiento, visión y legado.</p><p>Una transición saludable no consiste en sacar a una generación para colocar otra. Consiste en construir un puente. Y los puentes no se improvisan cuando ya estamos obligados a cruzarlos.</p><p>Planificar tampoco significa tener control sobre el futuro. Significa no dejar que el futuro encuentre a la familia sin conversaciones, criterios ni acuerdos. Durante años, la cercanía puede resolverlo todo, pero llega un momento en que la complejidad exige diseño: espacios de conversación, roles claros, decisiones compartidas y una hoja de ruta que cuide tanto al negocio como a los vínculos.</p><p>Una familia también es un sistema de liderazgo. Lo que se dice, lo que se calla, quién puede opinar y quién tiene siempre la última palabra construyen cultura mucho antes que cualquier documento.</p><p>Conversar sobre el futuro no acelera una despedida ni debilita a quien conduce. Por el contrario: protege la empresa, cuida las relaciones y permite que las nuevas generaciones construyan su propia legitimidad sin negar la historia recibida.</p><p>La sucesión no comienza cuando alguien deja su lugar. Comienza mucho antes, cuando una familia se anima a conversar sobre el futuro, a revisar sus acuerdos y a tomar decisiones antes de que la urgencia decida por ella.</p><p>Si algunas de estas preguntas ya están circulando —aunque todavía nadie se anime a ponerlas sobre la mesa—, quizás sea el momento de abrir esa conversación. Porque el futuro de una empresa familiar no debería quedar librado a lo imprevisto. Y, muchas veces, una mirada externa y profesional puede ayudar a transformar aquello que hoy incómoda en acuerdos que cuiden la empresa, el liderazgo y, sobre todo, a la familia.</p><p>*Lic.&nbsp; Valeria Stadler</p><p>Coaching Ontologico &amp; Neurociencias / Especialista en liderazgo, transformación cultural y desarrollo de equipos de alto rendimiento / Creadora del método Ser en Acción/ Consultora - Speaker - Trainer</p><p>@LIC_VALERIASTADLER</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/lWbCPFBRQZY6oX3uIz841HVPZ2g=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/liderazgo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Cuando una empresa familiar posterga las conversaciones sobre liderazgo y sucesión, no solo pone en riesgo la continuidad del negocio: también expone sus vínculos, debilita la legitimidad de quienes deben conducir y deja decisiones clave en manos de la urgencia.]]>
                </summary>
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                                <updated>2026-09-10T15:27:00+00:00</updated>
                <published>2026-09-09T12:53:20+00:00</published>
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            ¿Sabés para qué existe tu empresa?
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                <![CDATA[El Eco de Tandil]]>
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                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/interes-general/sabes-para-que-existe-tu-empresa">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/BuJMIEtq395pUWVvdOIjBFy2LOI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/liderazgo_2.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Lic.&nbsp; Valeria Stadler *Hay empresas que saben exactamente qué venden, incluso cómo lo hacen. Pero cuando alguien pregunta para qué existen, aparece un silencio incómodo.</p><p>Saben que comercializan productos, prestan servicios, abren sucursales, suman clientes, mejoran procesos. Todo eso importa. Pero no alcanza. Porque una organización puede estar muy ocupada y, al mismo tiempo, profundamente desorientada.</p><p>Un barco sin rumbo también avanza. Gasta combustible, tiene tripulación, se mueve. El problema es que no sabe hacia dónde va.</p><p>En una empresa pasa algo parecido: cuando nadie puede nombrar con claridad el norte, cada área empieza a remar para su lado. Ventas corre por facturación, administración por orden, operaciones por urgencias, recursos humanos por clima. Todos trabajan. Pocos construyen algo común.</p><p>En las pymes esto se vuelve especialmente visible. Lo observo cuando trabajo con líderes y equipos: administración intenta poner orden, ventas persigue oportunidades, producción resuelve lo inmediato y quien lidera termina atrapado apagando incendios. No falta esfuerzo. Falta una conversación que conecte ese esfuerzo con una dirección común. Y acá aparece la gran paradoja: cuanto más se necesita colaboración, más se fortalecen los silos. Cada área protege su urgencia, mide su resultado y pierde de vista el recorrido completo del cliente, del equipo y del negocio.</p><p>El propósito devuelve a cada sector una misma cancha en la cual jugar. El propósito ordena</p><p>A comienzos de los años setenta, volar en Estados Unidos era un privilegio para pocos. Los pasajes eran caros y el avión todavía no formaba parte de la vida cotidiana de la mayoría. En ese contexto, Rollin King y Herb Kelleher imaginaron Southwest Airlines. No se propusieron simplemente crear otra línea aérea. Su idea era más ambiciosa: hacer que más personas pudieran volar. Dar libertad de viajar.</p><p>Esa diferencia, que podría sonar semántica, cambió todo. Bajar costos, acortar tiempos en tierra, simplificar el servicio, ofrecer tarifas accesibles y construir una cultura ágil no fueron decisiones aisladas. Fueron consecuencias de una idea madre.</p><p>Cuando el propósito es claro, las decisiones dejan de ser una colección de parches y empiezan a tener coherencia.</p><p>Sus competidores podían copiar una tarifa, una ruta o una promoción. Pero no podían copiar tan fácilmente una convicción convertida en cultura.</p><p>Ahí aparece otra paradoja de las organizaciones: muchas persiguen el resultado con tanta desesperación que pierden aquello que podría volverlo sostenible.</p><p>Quieren compromiso, pero no ofrecen una causa a la cual comprometerse. Quieren innovación, pero castigan el error. Quieren equipos autónomos, pero concentran cada decisión. Quieren diferenciarse, pero terminan diciendo exactamente lo mismo que todos.</p><p>Rentabilidad no es propósito Es una condición de supervivencia. Como respirar. La rentabilidad permite que el proyecto continúe. El propósito explica por qué vale la pena que continúe.</p><p>Simon Sinek lo sintetizó con su conocido Círculo Dorado: las organizaciones inspiradoras no comienzan por qué hacen, sino por por qué lo hacen. Después aparece el cómo. Recién entonces, el qué.</p><p>El qué es visible: vendemos, fabricamos, asesoramos, educamos, construimos.</p><p>El cómo diferencia: nuestros procesos, nuestra calidad, nuestro estilo.</p><p>Pero el por qué conecta: la causa, la creencia, el cambio que buscamos generar más allá de una transacción.</p><p>Y esto es algo que aparece con frecuencia cuando trabajo propósito con organizaciones. La primera respuesta suele estar vinculada con lo que hacen: “vendemos esto”, “brindamos este servicio”, “somos buenos en aquello”. El verdadero trabajo empieza cuando nos animamos a correr esa respuesta y preguntar: ¿para qué?</p><p>No se trata de inventar una frase inspiradora para colgar en la recepción o escribir en la web. Cuando el propósito vive solo en una placa, se vuelve decorativo. Cuando vive en las conversaciones, se transforma en criterio.</p><p>Sirve para decidir a qué clientes decirles que no. Para elegir a quién incorporar al equipo. Para ordenar prioridades cuando todo parece urgente. Para sostener una conversación difícil. Para recordar que no da lo mismo crecer de cualquier manera. Y, sobre todo, para que las personas entiendan que su tarea no es apenas una tarea. Quien atiende un teléfono, prepara un pedido, coordina una agenda, diseña una propuesta o resuelve un problema necesita comprender qué impacto tiene aquello que hace en una historia mayor.</p><p>El sentido no elimina el cansancio ni resuelve los conflictos. Pero cambia el lugar desde el que se atraviesan. Por eso los líderes tienen una responsabilidad decisiva: no alcanza con definir el propósito. Hay que volver a nombrarlo, traducirlo y ponerlo sobre la mesa cuando hay que tomar decisiones.</p><p>Toda organización debería poder responder, sin frases vacías:</p><p>¿Qué problema humano, social o cotidiano estamos ayudando a transformar?</p><p>¿Qué sería distinto si mañana dejáramos de existir?</p><p>¿Por qué alguien talentoso elegiría poner su energía acá y no en otro lugar?</p><p>Tal vez la pregunta más desafiante no sea qué queremos lograr este año. Tal vez sea esta:</p><p>¿Para qué queremos que exista todo lo que hacemos?</p><p>Y si esta pregunta hoy interpela a tu organización, quizás sea momento de abrir esa conversación. Trabajo acompañando a líderes, equipos y organizaciones a transformar la manera en que conversan, se vinculan y construyen resultados. Porque muchas veces, transformar una organización empieza por transformar sus conversaciones.</p><p>*Coaching Ontologico &amp; NeurocienciasEspecialista en liderazgo, transformación cultural y desarrollo de equipos de alto rendimiento</p><p>Creadora del método Ser en Acción. Consultora - Speaker - Trainer</p><p>@LIC_VALERIASTADLER</p>]]>
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                                <updated>2026-08-27T09:46:32+00:00</updated>
                <published>2026-08-27T09:46:32+00:00</published>
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            Antes de los resultados, están las relaciones
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                <![CDATA[El Eco de Tandil]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7UUuypna9HX0baWzxgPkk6vdRzw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/liderazgo_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>*Lic.&nbsp; Valeria StadlerHace varios años observo una idea bastante instalada en el mundo empresarial, y que aparece también en muchas de las organizaciones con las que trabajo: un buen líder es quien consigue resultados. Y, claro, los resultados importan. Una organización sin resultados no se sostiene, no crece, no puede pagar salarios, invertir ni proyectarse.</p><p>Pero hay una pregunta anterior que a veces dejamos de hacernos: ¿a través de qué construimos esos resultados?</p><p>La respuesta, casi siempre, es a través de personas y de las relaciones que construimos con ellas.</p><p>Por eso me gusta pensar que, antes de perseguir la R de los resultados, hay que poner el foco en la primera R: la de las relaciones.</p><p>Cuando las relaciones son sólidas y confiables, los resultados llegan con mayor consistencia. Cuando no lo son, puede haber logros puntuales, pero muchas veces a costa de desgaste y baja colaboración. No se trata de elegir entre relaciones o resultados, sino de comprender que la calidad de las relaciones hace posibles resultados sostenidos en el tiempo.</p><p>En las pymes esto se vuelve especialmente visible. Lo observo a diario cuando trabajo con líderes y equipos: muchas veces, detrás de un problema operativo aparecen conversaciones pendientes, acuerdos poco claros o vínculos donde la confianza se deterioró.</p><p>Cuando hay confianza, las personas se animan a advertir un problema antes de que explote, a pedir ayuda, reconocer un error, proponer una mejora o hacerse cargo de una conversación incómoda. Cuando reina la desconfianza sucede lo contrario: cada uno protege su lugar, guarda información, mide excesivamente lo que dice y evita involucrarse. El equipo deja de ser equipo, aunque comparta oficina, horarios y objetivos.</p><p>Entonces aparece una pregunta central: ¿cómo se construyen relaciones en las que podamos confiar?</p><p>Las relaciones se fortalecen a través de prácticas concretas: la confianza que construimos, las promesas que honramos, la generosidad con la que compartimos y la gratitud con la que reconocemos. Pero hay una que sostiene muchas de las demás: la confianza.</p>La confianza no se declara: se construye<p>Decir “acá confiamos en la gente” no alcanza. La confianza no es un valor que se escribe en una pared. Se construye, o se destruye, en la experiencia cotidiana que los demás tienen con nosotros.</p><p>Confiar no significa creer que alguien nunca se va a equivocar. Significa saber que su palabra tiene valor, que se hará cargo de lo acordado y que, si algo cambia, tendrá la conversación necesaria. Por eso una de las primeras condiciones de la confianza es decir la verdad. No cualquier verdad dicha de cualquier manera, sino una verdad respetuosa, oportuna y responsable. La mentira rompe la confianza porque instala una duda difícil de reparar: si esto no fue cierto, ¿qué más podría no serlo?Un líder puede tener conocimiento técnico, experiencia y autoridad formal. Pero si su equipo duda de su palabra, pierde una de sus herramientas de liderazgo más importantes.</p><p>Porque la confianza se juega, sobre todo, en pequeños comportamientos cotidianos: decir lo que vamos a hacer, hacer lo que dijimos y conversar cuando descubrimos que no vamos a poder hacerlo.</p><p>Cuando trabajo estos temas en capacitaciones y espacios de desarrollo con equipos suele aparecer algo interesante: al principio pensamos las promesas como grandes compromisos. Pero cuando miramos la conversación cotidiana descubrimos que estamos prometiendo todo el tiempo.</p>Nuestra palabra también produce resultados.<p>&nbsp;“Te lo mando mañana". “Yo me ocupo”. “El viernes está”. “Voy a hablar con él”. Parecen frases simples. Pero cada una contiene una promesa.Y las organizaciones están llenas de ellas.</p><p>Ventas promete una fecha al cliente. Producción promete una entrega. Administración promete un pago. Un colaborador promete terminar una tarea. Un jefe promete responder. Un socio se compromete a tomar una decisión.</p><p>Podríamos mirar una empresa como una enorme red de conversaciones, pedidos, ofertas y promesas que necesitan coordinarse entre sí. Cada vez que cumplimos aquello que acordamos fortalecemos la confianza. Cada vez que no lo hacemos —sobre todo cuando no avisamos, no explicamos ni renegociamos— esa confianza empieza a erosionarse.</p><p>Entonces aparecen mensajes, llamados, recordatorios, reclamos, seguimientos. “¿Lo pudiste hacer?” “¿Me lo mandaste?” “¿Para cuándo va a estar?”</p><p>En más de una organización, cuando miramos dónde se va el tiempo del equipo, aparecen estas escenas: personas persiguiendo respuestas, chequeando compromisos y volviendo a pedir lo ya acordado. Cuando no podemos confiar en que una promesa será cumplida, creamos mecanismos adicionales de control. Y esos controles cuestan tiempo, energía y dinero.</p><p>Por eso, algunas veces, lo que interpretamos como un problema de eficiencia es, en el fondo, (y casi siempre) un problema de coordinación y confianza.</p><p>Cumplir una promesa tampoco significa que todo tenga que salir exactamente como estaba previsto. Las circunstancias cambian, aparecen imprevistos, todos podemos equivocarnos. La diferencia está en qué hacemos cuando advertimos que no vamos a poder cumplir.</p><p>Si una promesa se vuelve imposible, liderazgo no es esconderse o dejar pasar el tiempo. Es avisar a tiempo, explicar, renegociar y reparar. La confianza no exige perfección. Exige coherencia y responsabilidad.</p><p>Y quizás por eso sea uno de los activos más valiosos —y menos visibles— de una organización. Cuando existe, las personas controlan menos y coordinan mejor. Cuando falta, hasta las cosas simples empiezan a volverse pesadas.</p><p>La generosidad y la gratitud también forman parte de esta construcción: compartir información y conocimiento, ayudar a otros a crecer, reconocer una contribución y hacer visible aquello que alguien hizo bien. No son detalles. Son pequeñas prácticas cotidianas que van definiendo qué tipo de organización estamos construyendo.</p><p>Un líder puede exigir, dar feedback, marcar prioridades, tomar decisiones difíciles y pedir resultados. Pero si quiere que un equipo se comprometa de verdad, también necesita mirar qué calidad de vínculo está construyendo mientras hace todo eso.</p><p>Tal vez entonces la pregunta no sea solamente: ¿qué resultado queremos alcanzar?</p><p>Tal vez haya algunas preguntas anteriores: ¿Qué tipo de relaciones estamos construyendo mientras intentamos alcanzarlo? ¿Cuánta confianza generan nuestras acciones? ¿Qué valor tiene nuestra palabra para quienes trabajan con nosotros?</p><p>Porque los resultados pueden abrir una puerta. Pero son las relaciones las que hacen que las personas quieran quedarse, comprometerse y volver a construir con nosotros del otro lado. Y si estas preguntas hoy interpelan a tu organización, quizás sea momento de abrir esa conversación.</p><p>Y si todavía no tenés una respuesta clara para tu organización, es una conversación que vale la pena tener. Trabajo acompañando a líderes, equipos y organizaciones a transformar la manera en que conversan, se vinculan y construyen resultados. Porque muchas veces, transformar una organización empieza por transformar sus conversaciones.</p><p>&nbsp;*Coaching Ontologico &amp; Neurociencias / Especialista en liderazgo, transformación cultural y desarrollo de equipos de alto rendimiento / Creadora del método Ser en Acción. / Consultora - Speaker - Trainer</p><p>@LIC_VALERIASTADLER</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                                <updated>2026-08-13T09:46:39+00:00</updated>
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