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    <title>El Eco de Tandil</title>
    <subtitle>Entrevistas exclusivas y contenido multimedia para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Tandil.</subtitle>
    <updated>2026-09-09T17:02:15+00:00</updated>
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            Consultas a la IA por las angustias de nuestros hijos ¿Lo barato nos cuesta caro?
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                <![CDATA[María Catarineu]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4PRNM9XyiSsmZVUnshYcNa7K8p8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/ia_terapeuticas.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Los fríos hombros de la IA.</p><p>Cada vez son más los usuarios que consultan a las IA terapéuticas, cuando aparecen las preocupaciones que aprietan por demás el corazón. Las ofertas para resolver, desde problemas domésticos hasta el mal de amores, las tenemos al alcance de la yema del dedo en nuestro celular. Estos sistemas conversacionales automatizados, están diseñados para proporcionar apoyo y orientación emocional, mediante intervenciones con un lenguaje natural, respondiendo sin demoras, a toda hora y en cualquier lugar. Un “otro” que aparece con indicaciones generales, esquivando el encuentro con la diferencia, que ofrece respuestas permanentes, sin cansancio, sin incomodar, sin dislikes y por supuesto, ¡pareciendo no fallar! Es así, como la IA emocional, acude velozmente en nuestra ayuda con su disfraz de alivio. Pero ¿qué nos pasa con las angustias de nuestros hijos? ¿las depositamos sobre los hombros de un algoritmo?</p><p>Soporte artificial del sufrimiento</p><p>Los efectos de las consultas a la IA por las angustias de los niños, los vemos los terapeutas en el consultorio, ya que están acarreando dificultades en el desarrollo en edades cada vez más tempranas. Sabemos que, a menor edad, mayor es el riesgo de una desnutrición emocional, porque la constitución y el desarrollo de un niño, se pone en juego en la cancha de la primera infancia. ¿Por qué llora tanto, si lo tengo en brazos? ¿Cuándo va a jugar solito o con otros? ¿Por qué pega y muerde si es tan chiquito? En los últimos años se han multiplicado las familias que llegan al consultorio, después de haber hecho un recorrido previo de consultas con la IA, con indicaciones, diagnósticos bajo el brazo y prósperos tratamientos. Este derrotero algorítmico, no es sin efectos, ya que genera un alto costo psíquico sobre la familia y por ende sobre su hijo, aumentando el malestar y el quantum de sufrimiento. El soporte artificial de la IA los deja en soledad, sin una mirada amorosa que acompaña y sostiene. Al dilatarse el pedido en la consulta terapéutica con un profesional, sobre todo en edades tempranas, pueden aparecer riesgos psíquicos, ya que, el sufrimiento emocional va en aumento. Vemos niños con un mayor déficit en su juego espontaneo, con repliegues en su desarrollo, dificultades en la comunicación, en las adquisiciones cognitivas y en la constitución del lenguaje. ¿Con quienes nos encontramos? Nos encontramos con padres emocionalmente agotados y con sus hijos con síntomas incrementados y acentuados, que no solo se manifiestan en seno del hogar, sino también, con un malestar extendido hacia otros ámbitos como el del colegio, el club y las casas de amigos. Las respuestas de la IA frente a las preguntas de los padres indicando lo que deben hacer con sus hijos, no produce alivio al sufrimiento. Lo que sucede es un “como si” artificial de sostén que obtura la angustia y la incrementa. Este canto de sirenas IA, produce una ilusión de sostén y de escucha, para arrastrarnos sin aviso, hacia el choque de las rocas del dolor emocional y la soledad.</p><p>Algoritmo ¿algo o alguien?</p><p>El algoritmo con “prosodia humana” que sale del celular, carece de valor afectivo. La IA no puede sustituir un espacio terapéutico, no tiene conciencia de sí, ni vida inconsciente, desconoce lo que es la incertidumbre como angustia ante el tiempo, no puede soñar, no conoce el lapsus, ni la fragilidad de la persona humana. No es capaz de pensarse y principalmente es incapaz de amar. ¿Teme a lo desconocido o se angustia con el sufrimiento? Por supuesto que no, porque solo es un sistema tecnológico que combina algoritmos, álgebras y grandes cantidades de datos para imitar el razonamiento humano. Al registrar nuestros gustos, nos endulza con suaves soluciones, sin transpirar la camiseta con nosotros y sin acompañarnos amorosamente para trabajar con las costuras de nuestra propia historia. La escucha activa por la angustia de un hijo, no puede ser un simulacro de empatía y contención. Es por eso que la mirada terapéutica requiere de la presencia ineludible de un otro real que sostiene, para construir juntos el camino propio de acompañamiento.</p><p>La clínica es soberana</p><p>La práctica clínica implica un proceso, un recorrido, un trayecto de compañía y contención. La clínica es “la práctica y el arte de inclinarse al pie de la cama del paciente” ¿Esto que implica? El orden de lo humano debe estar presente, para contener y abordar los problemas de ese niño y su familia. Es en la escucha activa, donde “el alma y el corazón del otro se tocan con las yemas de los dedos”</p><p>Donald Winnicott, aquel pediatra especialista en el desarrollo infantil, sostenía que el niño no existe de forma aislada porque depende absolutamente de su ambiente facilitador, de sus figuras de cuidado. Es por eso que, consideraba fundamental consultar a un terapeuta por las angustias de los hijos porque su sufrimiento no puede entenderse de forma separada, sino como un síntoma de fallas o tensiones en su entorno familiar y afectivo. La clínica con niños pequeños busca ofrecer un ambiente facilitador y seguro que permita al niño continuar su proceso de maduración, construyendo desde el juego como operador clínico por excelencia en la infancia, desde un trabajo interdisciplinario necesario para esa familia y ese niño en particular.</p><p>¿Quién cuida al que cuida?</p><p>Sobre estas escenas de todos los días, hay un otro, un entorno, un clima familiar, que están implicados, que son ineludibles y que no da igual, no da lo mismo, cómo está o cómo se siente la mamá o el papá, o aquel que cuida, en el momento donde están arrullando a su hijo, dándole de comer o haciéndole upa a su llanto. Es por eso que tiene una enorme importancia la energía psíquica del cuidador, que, por cierto, no es inagotable. Aquí se hace necesaria la presencia, los relevos y el sostén del gran equipo familiar o de esos otros que sostienen al que sostiene, de un espacio terapéutico para acompañar, alojar y por, sobre todo, para abrir la puerta para ir a jugar.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4PRNM9XyiSsmZVUnshYcNa7K8p8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/ia_terapeuticas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Los fríos hombros de la IA.Cada vez son más los usuarios que consultan a las IA terapéuticas, cuando aparecen las preocupaciones que aprietan por demá...]]>
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                                <updated>2026-09-09T17:02:15+00:00</updated>
                <published>2026-09-09T17:00:26+00:00</published>
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            FAL: qué cambia desde noviembre y qué deberán preparar las empresas
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                <![CDATA[Mauro López]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/RVgQo2xqHvns44YIcRa9FXAs5gM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/fal.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Las últimas reglamentaciones avanzan sobre la administración e inversión de los recursos destinados a este fondo y anticipan nuevos desafíos para las áreas de Recursos Humanos, Payroll y Finanzas.</p><p>El Fondo de Asistencia Laboral (FAL) comienza a tomar forma. Creado por la Ley de Modernización Laboral 27.802 y reglamentado posteriormente por el Decreto 408/2026, el régimen tiene prevista su entrada en vigencia para el 1° de noviembre de 2026.</p><p>El objetivo del Fondo es contribuir al cumplimiento de determinadas obligaciones económicas derivadas de la extinción de las relaciones laborales, mediante recursos que se constituirán a partir de contribuciones mensuales realizadas por los empleadores a través del Sicoss F 931 (Sistema de Cálculo de Obligaciones de la Seguridad Social).</p><p>El FAL no reemplaza el régimen indemnizatorio vigente ni elimina la responsabilidad del empleador frente al trabajador. Tampoco permite compensar cualquier concepto, sino exclusivamente los siguientes:</p><p>• Art. 95 LCT: Despido antes del vencimiento del plazo (Contratos a plazo fijo).</p><p>• Art. 212 LCT: Imposibilidad de reincorporación o incapacidad absoluta del trabajador.</p><p>• Art. 232/233 LCT: Indemnización sustitutiva de preaviso e Integración del mes de despido.</p><p>• Art. 241 LCT: Extinción por mutuo acuerdo (voluntad concurrente formalizada).</p><p>• Art. 245/246 LCT: Indemnización por antigüedad (despido directo incausado o indirecto).</p><p>• Art. 247 LCT: Despido por fuerza mayor o falta de trabajo debidamente justificada.</p><p>• Art. 248 LCT: Indemnización por fallecimiento del trabajador en actividad.</p><p>• Art. 250/254 LCT: Vencimiento de contrato a plazo fijo e incapacidad/inhabilidad sobreviniente.</p><p>Si los recursos acumulados resultaran insuficientes para afrontar la obligación correspondiente, la empresa continuará siendo responsable por la diferencia. El Fondo funciona como un mecanismo de asistencia financiera para afrontar determinadas obligaciones laborales, pero no modifica por sí mismo el derecho del trabajador a percibir la indemnización que legalmente corresponda.</p><p>Reglas de inversión del FAL</p><p>Uno de los últimos avances normativos llegó con la Resolución 1276/2026 del Ministerio de Economía, que estableció las pautas bajo las cuales podrán invertirse los recursos acumulados en el FAL.</p><p>Los recursos podrán invertirse, entre otros instrumentos, en títulos de deuda del Estado Nacional, deuda provincial y de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, depósitos en entidades financieras autorizadas por el Banco Central y obligaciones negociables emitidas en la Argentina.</p><p>En determinados instrumentos provinciales y privados se exige, además, una calificación mínima de riesgo AAA en escala nacional, otorgada por al menos dos agentes registrados ante la Comisión Nacional de Valores.</p><p>A su vez, al menos un 10% del patrimonio deberá mantenerse en activos de alta liquidez y bajo riesgo de mercado.</p><p>El objetivo es que los recursos generen rendimiento, pero el sistema mantenga capacidad suficiente para responder cuando se produzcan las obligaciones laborales para las cuales fue creado.</p><p>Una cuenta y un identificador para cada empleador</p><p>La instrumentación del régimen podrá realizarse mediante fondos comunes de inversión o fideicomisos financieros sujetos a regulación y supervisión de la Comisión Nacional de Valores (CNV).</p><p>Cada empleador contará con una Cuenta Individual del Empleador, identificada mediante un código único denominado ID FAL. Al 23 de agosto, aún no figuraba un campo identificado para cargar el ID FAL.</p><p>Si no se informa un ID válido, los recursos quedarán inicialmente retenidos sin imputación específica. Transcurrido el plazo reglamentario sin que la situación sea regularizada, podrá activarse el procedimiento de asignación de oficio.</p><p>También estará prevista la portabilidad de los recursos entre vehículos de inversión habilitados, bajo las condiciones que termine estableciendo la CNV.</p><p>Por eso, aunque la estructura general del FAL ya se encuentra definida, parte de su instrumentación práctica todavía está en proceso de reglamentación.</p><p>El aporte según el tamaño de la empresa</p><p>Uno de los puntos centrales para las compañías será determinar correctamente la alícuota aplicable.</p><p>La Ley 27.802 establece una contribución mensual del 1% para las grandes empresas y del 2,5% para las Micro, Pequeñas y Medianas Empresas, calculada sobre la remuneración imponible correspondiente a cada trabajador alcanzado.</p><p>En ese sentido, existe un aspecto clave para la aplicación práctica del régimen. La determinación de la alícuota no debería realizarse simplemente observando la cantidad de trabajadores de la compañía o considerando informalmente si una organización es pequeña, mediana o grande.</p><p>A los efectos del FAL, el Decreto 408/2026 establece que serán consideradas Micro, Pequeñas y Medianas Empresas aquellas que cuenten con el certificado que acredite esa condición, conforme a la Resolución 220/2019 y sus modificatorias.</p><p>La existencia y vigencia del Certificado Mipyme se transforma en un elemento determinante para determinar la contribución aplicable al FAL. Micro, Pequeñas, Medianas Tramo 1 y Medianas Tramo 2 que acrediten esa condición estarán comprendidas en la alícuota del 2,5 por ciento.</p><p>Para las áreas encargadas de la liquidación de nómina, esto incorpora un nuevo control: verificar correctamente la situación de la compañía frente al Registro de Empresas MiPyME y mantener actualizada la documentación que acredita esa condición.</p><p>¿El FAL representa un nuevo costo laboral?</p><p>La respuesta requiere una aclaración. Si se observaran solamente las alícuotas del 1% y 2,5%, podría interpretarse que el FAL representa automáticamente un incremento equivalente del costo de nómina. Sin embargo, la reglamentación contempla un mecanismo de compensación.</p><p>El Decreto 408/2026 establece que los empleadores podrán detraer mensualmente una alícuota equivalente a la correspondiente al FAL de determinadas contribuciones patronales destinadas a los subsistemas de la Seguridad Social.</p><p>Para las relaciones laborales alcanzadas por este mecanismo, el principal cambio no debería analizarse simplemente como la incorporación de un costo adicional del 1% o del 2,5%. Lo que cambia es el destino de una parte de los recursos, su administración y, especialmente, su trazabilidad.</p><p>La reglamentación contempla, no obstante, situaciones particulares. Entre ellas, la interacción con el Régimen de Incentivo a la Formalización Laboral (RIFL), respecto de las relaciones laborales alcanzadas por dicho beneficio mientras resulte aplicable.</p><p>Por eso, el impacto económico deberá analizarse considerando la situación particular de cada empleador y de las relaciones laborales comprendidas.</p><p>El desafío para Recursos Humanos comienza antes de noviembre</p><p>Aunque todavía resten definiciones operativas, para las empresas el 1° de noviembre no debería ser el punto de partida de la implementación, sino la fecha para llegar preparados.</p><p>Las áreas de Recursos Humanos, Payroll, Finanzas y Legales deberán comprender cómo interactuarán la liquidación de cargas sociales, ARCA, el ID FAL y las entidades encargadas de administrar los recursos.</p><p>También habrá que incorporar nuevos controles dentro de los procesos habituales. El líder de RRHH deberá tener claridad sobre:</p><p>• La vigencia del Certificado Mipyme.</p><p>• La correcta determinación de la base imponible.</p><p>• La identificación de los trabajadores alcanzados.</p><p>• La correcta registración de las contribuciones.</p><p>• La conciliación de los fondos.</p><p>A esto se suma otro momento crítico: la utilización del Fondo frente a una desvinculación. Cuando corresponda solicitar recursos del FAL, será necesario contar con información consistente sobre la relación laboral y su finalización, incluyendo datos vinculados con la remuneración, antigüedad, fecha y causa de extinción, y liquidación practicada.</p><p>Esto convierte a la calidad de la información laboral en un elemento central del funcionamiento del nuevo sistema.</p><p>Una inconsistencia salarial, una fecha incorrecta o diferencias entre Payroll y los sistemas registrales pueden dejar de ser solamente problemas administrativos y trasladarse al procedimiento mediante el cual la empresa pretende disponer de los recursos acumulados.</p><p>Un cambio financiero que implica un cambio de gestión</p><p>El Fondo de Asistencia Laboral puede ser analizado desde su dimensión financiera: cuánto deberá contribuir una empresa, dónde se invertirán los recursos o cuál será el saldo disponible ante una futura desvinculación.</p><p>Pero desde Recursos Humanos existe otra lectura. El nuevo régimen incorpora una capa adicional de trazabilidad sobre determinadas obligaciones laborales futuras y exige conectar información que muchas veces hoy se encuentra distribuida entre distintos actores y sistemas.</p><p>Payroll deberá liquidar correctamente. Finanzas tendrá que comprender el movimiento y la administración de los recursos. Legales deberá validar las condiciones de las desvinculaciones. Y Recursos Humanos tendrá que garantizar que la información que conecta todo ese proceso sea consistente.</p><p>El autor es People Manager de mandü by Visma</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/RVgQo2xqHvns44YIcRa9FXAs5gM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/fal.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Las últimas reglamentaciones avanzan sobre la administración e inversión de los recursos destinados a este fondo y anticipan nuevos desafíos para las...]]>
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                                <updated>2026-09-09T16:53:28+00:00</updated>
                <published>2026-09-09T16:52:16+00:00</published>
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            Las mejores decisiones no nacen de la voz más fuerte
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        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/opinion/las-mejores-decisiones-no-nacen-de-la-voz-mas-fuerte" type="text/html" title="Las mejores decisiones no nacen de la voz más fuerte" />
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                <![CDATA[Zaira Bendezú Portilla]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/MkqlFOMbUwS5Mtf1vGf2bwaJ3OE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/buenos_lideres.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay decisiones que una empresa tarda años en corregir.</p><p>Cambiar una estrategia es posible. Recuperar un cliente también. Incluso revertir una mala campaña comercial. Pero perder un buen líder por haber tomado una decisión basada únicamente en percepciones puede afectar durante mucho tiempo el clima laboral, el compromiso de los equipos y, finalmente, los resultados del negocio.</p><p>Lo preocupante es que esto ocurre con más frecuencia de la que imaginamos, especialmente en empresas pequeñas y medianas, donde la cercanía entre las personas hace que muchas decisiones sobre liderazgo se construyan a partir de comentarios informales, conflictos puntuales o percepciones aisladas, sin un análisis integral de lo que realmente está ocurriendo.</p><p>Durante los últimos años, las organizaciones han comprendido —y correctamente— que escuchar al colaborador ya no es una opción, sino una necesidad. Hoy existen encuestas de clima, reuniones de retroalimentación, entrevistas de permanencia y múltiples mecanismos para conocer cómo viven las personas su experiencia dentro de la empresa. Durante mucho tiempo las decisiones se tomaban únicamente desde la mirada de la gerencia. Hoy sabemos que esa visión, por sí sola, resulta insuficiente.</p><p>Gallup encontró que los colaboradores que sienten que su opinión es escuchada tienen 4,6 veces más probabilidades de realizar un trabajo sobresaliente. Además, la misma organización ha demostrado que los equipos con mayor compromiso alcanzan mejores resultados en productividad, rentabilidad, retención de talento y satisfacción del cliente.</p><p>Escuchar, entonces, no solo es una práctica de liderazgo. Es una decisión inteligente.</p><p>Sin embargo, escuchar no significa concluir.</p><p>Y cuando ambas cosas se confunden, las decisiones dejan de ser objetivas para convertirse en reacciones.</p><p>Una percepción merece toda la atención de la organización. Pero una percepción sigue siendo una parte de la realidad, no necesariamente la realidad completa.</p><p>Un colaborador puede sentir que su jefe no lo escucha, cuando en realidad ese líder está corrigiendo problemas de desempeño que durante años nadie abordó. Otro puede interpretar que existe favoritismo cuando simplemente desconoce información estratégica que explica determinadas decisiones. Del mismo modo, un líder puede creer que su equipo está comprometido porque nadie expresa incomodidad, cuando en realidad las personas dejaron de hablar porque sienten que hacerlo no cambiará nada.</p><p>Todos pueden estar diciendo la verdad desde el lugar que ocupan.</p><p>Pero ninguno posee toda la verdad.</p><p>Por eso las organizaciones más maduras entienden que las decisiones importantes no pueden depender de una sola mirada.</p><p>Gallup sostiene que el gerente inmediato explica hasta el 70 % de la variación en el compromiso de los equipos. Dicho de otra manera, cuando una empresa decide cambiar a un líder no está reemplazando únicamente a una persona; está modificando la experiencia diaria de todo un equipo y, con ello, una variable que influye directamente en la productividad, la permanencia del talento y la experiencia que finalmente recibe el cliente.</p><p>Precisamente por eso, una decisión de ese nivel merece mucho más que una conversación de pasillo o la opinión de unas cuantas personas.</p><p>Merece evidencia.</p><p>Con demasiada frecuencia observo organizaciones donde la evaluación de un líder termina construyéndose sobre quién habló primero o quién expresó con mayor fuerza su inconformidad. Sin proponérselo, la empresa empieza a reaccionar en lugar de analizar. Y ahí aparece uno de los riesgos más silenciosos del liderazgo.</p><p>Los buenos líderes no siempre son los más populares. Quien establece límites, corrige errores, exige resultados o impulsa cambios difíciles probablemente genere incomodidad en determinados momentos. Liderar no consiste en agradar permanentemente, sino en ayudar al equipo a alcanzar resultados sostenibles.</p><p>Eso no significa ignorar la voz del colaborador. Al contrario. Significa darle el valor que realmente tiene. Escuchar debe ser el punto de partida del análisis, nunca el punto final de la decisión.</p><p>Por eso cada vez más organizaciones fortalecen sus procesos de evaluación incorporando múltiples fuentes de información. No solo escuchan al colaborador. También analizan indicadores de desempeño, cumplimiento de objetivos, rotación, ausentismo, resultados del negocio, experiencia del cliente y la percepción de diferentes actores que interactúan con ese líder.</p><p>Una percepción merece ser escuchada, pero una decisión merece ser comprobadaCuando una organización aprende a diferenciar ambas cosas, cambia la calidad de sus decisiones. También cambia la confianza.</p><p>Las personas aceptan con mayor facilidad una decisión cuando perciben que fue tomada con criterios claros, evidencia suficiente y un proceso justo. Incluso cuando el resultado no las favorece.</p><p>Lo contrario también ocurre. Cuando las decisiones parecen responder únicamente a presiones, comentarios aislados o percepciones sin contrastar, la confianza empieza a deteriorarse. Los líderes sienten que cualquier decisión difícil puede volverse en su contra. Los colaboradores perciben falta de consistencia. Y poco a poco la organización comienza a perder credibilidad.</p><p>Hoy hablamos mucho de poner a las personas en el centro de las organizaciones. Y ese es, sin duda, el camino correcto. Pero poner a las personas en el centro no significa darle automáticamente la razón a quien habla más fuerte. Significa construir decisiones que sean justas para todos.</p><p>Eso implica escuchar al colaborador.</p><p>Escuchar al líder.</p><p>Escuchar al cliente.</p><p>Escuchar los resultados.</p><p>Escuchar el contexto.</p><p>Y recién entonces decidir.</p><p>Antes de cuestionar el liderazgo de una persona o tomar una decisión que cambiará el rumbo de un equipo, quizá valga la pena hacerse algunas preguntas: ¿estamos escuchando todas las voces o solo las más visibles? ¿Estamos reaccionando a una percepción o comprendiendo una realidad? ¿Tenemos evidencia suficiente para tomar una decisión que impactará a muchas personas?</p><p>Escuchar seguirá siendo una de las herramientas más poderosas del liderazgo. Pero las organizaciones que realmente marcarán la diferencia serán aquellas capaces de transformar esa escucha en decisiones equilibradas, transparentes y sostenibles.</p><p>Porque, al final, las mejores decisiones no nacen de la voz más fuerte. Nacen de la evidencia.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/MkqlFOMbUwS5Mtf1vGf2bwaJ3OE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/buenos_lideres.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Hay decisiones que una empresa tarda años en corregir.Cambiar una estrategia es posible. Recuperar un cliente también. Incluso revertir una mala campa...]]>
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                <published>2026-08-27T17:53:02+00:00</published>
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            La mora entra en la agenda
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                <![CDATA[Mora Jozami]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/la-mora-entra-en-la-agenda">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/UQbFX6sjVB_y66G4z_fv_JoYu_Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2025/06/aguinaldo.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>En los últimos días, la toma de crédito y la morosidad irrumpieron con fuerza en redes sociales y medios de comunicación. Detrás de una discusión financiera aparece, sin embargo, algo bastante más amplio: la mora puede ser uno de los lugares donde la macro se encuentre —o choque— con el metro cuadrado.</p><p>La opinión pública reconoce la capacidad del Gobierno de estabilizar la macro, la pelea empieza ahora a jugarse en otro terreno: cuánto de ese orden se traduce efectivamente en bienestar. Y es ahí donde la deuda de los hogares adquiere una relevancia que excede largamente al sistema financiero.</p><p>La mora no es solo un problema que la política y las empresas deban resolver; es también una conversación que la gente puede estar dispuesta a escuchar. En un contexto de enorme dificultad para captar la atención social, eso no es menor. Abre una oportunidad de escucha, de conexión y de reputación alrededor de una experiencia con capacidad de interpelar y movilizar. Para la política, porque ofrece una puerta de entrada concreta a la vida cotidiana de las personas. Para las empresas, porque la manera en que acompañen, comuniquen y gestionen las dificultades de pago puede definir buena parte del vínculo futuro con sus clientes.</p><p>Desde la perspectiva de la opinión pública, el bolsillo sigue siendo el principal punto de contacto entre la experiencia cotidiana y la evaluación del contexto general. La baja de la inflación —aunque valorada—, por sí sola, no alcanza a recomponer la sensación de bienestar cuando los ingresos siguen siendo insuficientes, el consumo se restringe y una parte creciente de los hogares recurre al crédito para sostener gastos corrientes.</p><p>Los últimos meses muestran con claridad esa distancia entre la mejora de algunas variables macroeconómicas y la experiencia concreta de las personas. Y, como es lógico, donde el ajuste pega más fuerte, el malestar social también es mayor y el Gobierno encuentra más dificultades para sostener apoyos.</p><p>Los datos recientes de Casa Tres muestran la dimensión del fenómeno. El 58% de los argentinos afirma que en los últimos meses él o alguien de su hogar tomó un préstamo, crédito, financiamiento o utilizó la tarjeta de crédito para financiar gastos. La proporción es particularmente elevada entre quienes tienen entre 30 y 60 años, donde supera el 60%.</p><p>Pero el dato más relevante aparece cuando se pregunta por la posibilidad de pagar esas deudas. Apenas el 36% cree que podrá saldarlas. Un 37% directamente considera que no podrá hacerlo y otro 26% no sabe qué ocurrirá. Es decir: sólo uno de cada tres deudores tiene hoy la certeza de que podrá cumplir con sus compromisos.</p><p>Quizás el fenómeno más interesante no sea solamente cuántas personas entran en mora, sino la capacidad de esa experiencia de irradiar malestar más allá del deudor y de la deuda. Una cuota que no se puede pagar impacta en el consumo, genera frustración e incertidumbre y deteriora las expectativas. La mora funciona así como un multiplicador del malestar: lo que empieza como un problema financiero individual puede terminar incidiendo en la percepción sobre la economía, el futuro e incluso sobre la gestión de gobierno.</p><p>Pero hay una pregunta adicional: ¿qué ocurre cuando esa experiencia individual empieza a ser compartida por muchos? De cara a 2027, la incógnita es si quienes atraviesan una misma dificultad pueden empezar a reconocerse como un colectivo, articular demandas y, eventualmente, condicionar la agenda electoral.</p><p>No necesariamente como un grupo organizado, homogéneo o con una única demanda. Pero sí como personas atravesadas por una experiencia común, capaces de reconocerse en un mismo problema y de volverse especialmente receptivas a quienes sean capaces de nombrarlo.</p><p>Los colectivos políticos no siempre nacen de una identidad previa. A veces se construyen alrededor de una experiencia compartida que alguien logra interpretar, representar y convertir en agenda. La pregunta es si la dificultad para pagar las deudas puede empezar a cumplir esa función.</p><p>De cara a 2027, ahí aparece una oportunidad para la política. En un escenario de enorme competencia por la atención, la mora puede ser uno de esos temas frente a los cuales una parte de la sociedad esté genuinamente dispuesta a escuchar.</p><p>No para prometer soluciones mágicas ni para fomentar la cultura del no pago. Tampoco para convertir cualquier dificultad económica en una demanda al Estado. Sino para reconocer algo bastante más básico: un problema que ya está ocurriendo puertas adentro de muchos hogares.</p><p>Cómo se llega a fin de mes. Qué sucede cuando la tarjeta deja de ser un medio de pago y se convierte en una extensión del ingreso. Qué alternativas tiene una familia cuando empieza a acumular cuotas que ya no sabe si podrá pagar. Qué pasa con alguien que entra en mora y descubre que salir es mucho más difícil que entrar.</p><p>La agenda de la morosidad es una agenda de cercanía y empatía. Y quien logre hablar de ella sin demagogia, pero también sin indiferencia, puede encontrar un espacio de escucha.</p><p>Esa oportunidad no es exclusiva de la política. También se abre un territorio relevante para las empresas, especialmente para aquellas que forman parte directa de la experiencia del endeudamiento. Para bancos, fintechs, emisores de tarjetas, compañías de servicios y organizaciones que mantienen relaciones de crédito con sus clientes, la morosidad no debería ser vista únicamente como un problema de recupero. Es también un momento de verdad reputacional: la forma en que una empresa responde cuando su cliente tiene dificultades puede definir el vínculo mucho más que cuando todo funciona bien.</p><p>Cuando miles o millones de personas atraviesan simultáneamente una misma dificultad, las empresas que forman parte de esa experiencia dejan de ser actores neutrales. La manera en que administren la mora puede definir qué lugar ocupan en el relato que esas personas construyan sobre este momento económico.</p><p>Hay una primera dimensión defensiva: cómo cobrar sin destruir el vínculo. Qué tono utilizar, qué alternativas ofrecer, cuánta transparencia brindar sobre intereses y consecuencias, cuándo ofrecer refinanciaciones y cómo evitar que una dificultad económica termine transformándose en una experiencia de abuso o destrato asociada a una marca.</p><p>Pero existe una segunda dimensión, quizás más interesante: la posibilidad de construir reputación ayudando a resolver un problema social emergente.</p><p>Educación financiera, herramientas para ordenar deudas, alertas tempranas, refinanciaciones comprensibles, información clara sobre costos o canales específicos para clientes con dificultades pueden convertirse en algo más que servicios. Pueden ser posicionamiento.</p><p>En un contexto en el que muchas empresas compiten por hablar de sustentabilidad, innovación o propósito, puede abrirse un territorio bastante menos glamoroso pero mucho más conectado con la vida cotidiana: ayudar a las personas a atravesar una situación financiera difícil sin empeorarla.</p><p>La empresa que entienda antes que la mora no es sólo un indicador de riesgo sino también una experiencia económica, emocional y social puede construir una ventaja reputacional relevante.</p><p>La discusión sobre la morosidad, entonces, excede al sistema financiero. Habla del vínculo entre economía y vida cotidiana, entre empresas y clientes, entre política y sociedad.</p><p>Y quizás ahí esté lo más interesante de este fenómeno. Durante los últimos años la política argentina discutió, necesariamente, cómo ordenar la macro. La próxima discusión puede ser bastante más doméstica: qué pasa cuando ese orden llega a la puerta de casa.</p><p>Porque estabilizar una economía puede ordenar las expectativas de una sociedad, pero no garantiza por sí solo su bienestar. La macro puede mostrar que las cosas mejoran mientras una familia mira el resumen de la tarjeta y siente exactamente lo contrario.</p><p>Esa distancia importa. Puede acumular frustración, irradiar malestar y, eventualmente, construir nuevas demandas e identidades. También puede abrir espacios para quienes sepan escuchar antes que prometer y acompañar antes que comunicar.</p><p>La mora puede ser apenas un síntoma. O puede convertirse en uno de los lugares donde empiece a definirse la próxima conversación política y social de la Argentina.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/UQbFX6sjVB_y66G4z_fv_JoYu_Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2025/06/aguinaldo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>En los últimos días, la toma de crédito y la morosidad irrumpieron con fuerza en redes sociales y medios de comunicación. Detrás de una discusión fina...]]>
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                                <updated>2026-08-27T17:49:21+00:00</updated>
                <published>2026-08-27T17:49:04+00:00</published>
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        <title>
            Cómo controlar los consumos de la casa sin gastar una fortuna
        </title>
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                <![CDATA[Martín Piantoni]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ROAQhssdbYbzvGv19WpkOC0BAc8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2023/09/salarios_pesos_dinero.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El primer paso para recortar las facturas del hogar no es apagar todo, sino escuchar las señales que da la propia vivienda. Lejos de la domótica de lujo o las casas futuristas, unos pocos sensores económicos de Internet de las Cosas (IoT) permiten entender cómo interactúan el agua, la luz y el gas.</p><p>Durante años aprendimos a mirar el consumo de una casa de una manera simple: llega la factura y tratamos de adivinar qué pasó. Miramos la boleta como quien lee el parte médico de un enfermo: sin entender los términos, pero con la certeza de que el tratamiento va a doler. Si gastamos más electricidad, culpamos al aire acondicionado. Si sube el gas, a la calefacción. Si la bomba de agua funciona demasiado, asumimos que el problema es la bomba. Pero hay un error de fondo: una casa no funciona por partes aisladas. La electricidad, el agua, el gas y la climatización forman un sistema entrelazado.</p><p>Usar sensores accesibles de IoT permite ver esa relación oculta. Unos pocos dispositivos pueden responder preguntas sencillas: ¿cuántas veces se enciende la bomba? ¿Cuánto tarda en llenar el tanque? ¿Cuánto tiempo funciona el aire acondicionado en una habitación vacía?</p><p>No hace falta romper paredes. Basta con medir el nivel del tanque y registrar el uso de la bomba. Si antes encendía cuatro veces al día y ahora diez, la casa avisa que algo cambió antes de que el daño —o la factura— sea mayor. El ahorro no empieza cuando apagamos a ciegas una llave, empieza cuando la casa aprende a mirarse el ombligo.</p><p>Por separado, los sensores son números aislados. Juntos empiezan a contar una historia. En verano, un sensor de consumo puede mostrar que el aire acondicionado gasta el doble, mientras la temperatura no baja. Al cruzar esos datos con un sensor de presencia o apertura, podemos descubrir que el equipo enfría un cuarto vacío o con la ventana abierta.</p><p>Existe la noción de que una “casa inteligente” debe hacerlo todo sola. Pero la verdadera revolución puede ser mucho más sobria: que la casa sea capaz de avisarnos cuando algo no funciona bien. No necesita decidir todo por nosotros. Alcanza con que pueda decir: “La bomba funciona el doble que la semana pasada”; “El tanque pierde nivel durante la noche”; “La calefacción tarda más en alcanzar la temperatura.”</p><p>Técnicamente se puede empezar con muy poco. Sensores de temperatura, presencia, nivel o consumo son dispositivos accesibles. Cinco sensores bien elegidos responden mucho más que cien instalados al azar. Ahorrar no significa vivir a oscuras o pasar calor. Se trata de encontrar ese consumo invisible que no aporta confort, pero sí aparece en la factura.</p><p>Durante años ignoramos el ruido de la bomba o el arranque constante de la caldera. Hoy podemos ponerles sensores para escucharlas y entender cómo funciona nuestro hogar. El ahorro no empieza cuando apagamos a ciegas una llave. Empieza cuando la casa, al fin, aprende a mirarse el ombligo para enseñarnos a entender cómo funciona.</p><p>El autor es CEO de Alton Desarrollos</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ROAQhssdbYbzvGv19WpkOC0BAc8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2023/09/salarios_pesos_dinero.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>El primer paso para recortar las facturas del hogar no es apagar todo, sino escuchar las señales que da la propia vivienda. Lejos de la domótica de lu...]]>
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                                <updated>2026-08-27T17:47:08+00:00</updated>
                <published>2026-08-27T17:47:06+00:00</published>
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        <title>
            Destruir la vida de una persona con una mentira: deep news, inteligencia artificial y viralización
        </title>
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        <author>
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                <![CDATA[Jorge Monastersky]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/destruir-la-vida-de-una-persona-con-una-mentira-deep-news-inteligencia-artificial-y-viralizacion">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/nX0czz1sjGe-J3AoiVDXprhXu0w=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/ecosistema.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Las redes sociales, las plataformas digitales y la inteligencia artificial modificaron la dimensión que puede alcanzar una mentira. Una información falsa, deformada o manipulada puede circular en segundos, llegar a millones de personas, ser amplificada por algoritmos y permanecer disponible durante años. Incluso puede reaparecer en buscadores o sistemas de IA como si se tratara de un dato verdadero. La tecnología no creó la falsedad: transformó su velocidad, alcance, permanencia y capacidad de daño.</p><p>Frente a esta realidad, resulta necesario discutir un delito autónomo de manipulación informacional dolosa. No para criminalizar la mentira ni restringir la libertad de expresión o de prensa, sino para establecer un límite penal excepcional y preciso frente a quien utiliza conscientemente información falsa o manipulada con el propósito de degradar, estigmatizar, hostigar, generar descrédito público o destruir la credibilidad de una persona.</p><p>Una posible figura penal</p><p>Será reprimido con prisión de dos (2) a cuatro (4) años quien, por cualquier medio apto para otorgar conocimiento público a la información, difundiere públicamente, a sabiendas de su falsedad, hechos falsos presentados como verdaderos; noticias o informaciones sustancialmente deformadas, tergiversadas o descontextualizadas; contenidos adulterados o manipulados; o contenidos total o parcialmente creados, recreados o alterados mediante sistemas de inteligencia artificial u otras tecnologías digitales y presentados como auténticos o verdaderos, respecto de una persona humana determinada o determinable, sea privada o ejerza una función pública, judicial, política o institucional, con la finalidad específica de degradarla, estigmatizarla, hostigarla, generar su descrédito público o destruir su credibilidad, siempre que la conducta resulte objetivamente idónea para provocar una afectación grave de su consideración social, profesional, pública o institucional.</p><p>La difusión comprenderá medios gráficos, radiales o televisivos, diarios y portales de noticias, noticieros, redes sociales, plataformas digitales, streaming, sitios web, buscadores, sistemas de inteligencia artificial o cualquier otro medio presente o futuro apto para conferir publicidad a la información. También quedarán comprendidas las creaciones o alteraciones artificiales de imágenes, audios, videos, documentos o noticias —incluidas las denominadas deep news— cuando construyan una apariencia de realidad y concurran los restantes elementos del tipo.</p><p>Difundir, no simplemente desprestigiar</p><p>La elección del verbo “difundir” delimita la conducta prohibida. Degradar, estigmatizar, hostigar o generar descrédito describen la finalidad perseguida, pero no son, aisladamente, acciones punibles. Lo relevante es poner en circulación pública una base fáctica falsa, adulterada, deformada o sustancialmente tergiversada, con conocimiento de esa condición y una intención específica. La expresión “a sabiendas de su falsedad” excluye el error informativo: no basta que una noticia resulte luego inexacta, exagerada, molesta o injusta.</p><p>Libertad de prensa: la crítica sigue protegida</p><p>La libertad de expresión y la libertad de prensa deben permanecer plenamente garantizadas. Quien ejerce una función pública está sometido a un escrutinio particularmente intenso. La crítica política, periodística, judicial o institucional, incluso feroz, la investigación, la denuncia, el humor, la sátira, la parodia y los juicios de valor no integran por sí mismos esta figura. El ecosistema actual obliga a distinguir entre crítica y operación, error y falsificación, humor y hostigamiento, información y construcción artificial de realidad. La frontera aparece cuando alguien conoce que un hecho es falso o manipulado y decide presentarlo como verdadero para provocar deliberadamente un daño grave.</p><p>No es un delito contra el honor</p><p>La propuesta tampoco reconstruye las calumnias e injurias. La Ley 26.551 de 2009, vinculada al caso “Kimel vs. Argentina”, estableció límites fundamentales para la intervención penal respecto de expresiones relacionadas con asuntos de interés público. Esas garantías deben permanecer intactas. Aquí no se sanciona simplemente deshonrar, ridiculizar, cuestionar o desprestigiar. Deben concurrir una base fáctica verificablemente falsa o manipulada, conocimiento de esa falsedad, finalidad específica y aptitud objetiva para causar una afectación grave. No alcanza una opinión, una crítica, una noticia negativa, una investigación equivocada ni un simple error. “Kimel” no es un obstáculo: es el límite que obliga a construir un tipo cerrado, preciso y excepcional.</p><p>De la vida privada al daño institucional</p><p>La víctima puede ser cualquier persona. Para un ciudadano común, una falsedad instalada públicamente como verdadera puede significar perder empleo, clientes, contratos, oportunidades comerciales, vínculos profesionales o relaciones sociales. Puede modificar la conducta de terceros y destruir en horas una trayectoria construida durante décadas. No es indispensable que el perjuicio llegue a consumarse, pero la maniobra debe poseer una aptitud objetiva seria para producir una afectación de esa entidad.</p><p>Cuando el ataque se dirige contra alguien por la función pública que ejerce, aparece, además, una dimensión colectiva. Un juez, fiscal, legislador, ministro o cualquier otro funcionario puede ser utilizado como vehículo para erosionar la confianza en la institución o en el poder del Estado que representa. Desacreditar mediante falsedades conocidas a un juez puede procurar deslegitimar sus decisiones, condicionar su actuación o instalar que el Poder Judicial carece de credibilidad. En situaciones extremas, una operación de desinformación puede contribuir a escenarios de desestabilización institucional. La figura no protege al poder frente a la crítica: protege frente a una modalidad específicamente delimitada de falsificación informacional dolosa.</p><p>Deep news y apariencia de realidad</p><p>La inteligencia artificial agrega una dificultad cualitativamente distinta. Hoy es posible crear o alterar imágenes, voces, videos, documentos y noticias con un grado de realismo capaz de hacer aparecer como ocurrido algo que nunca sucedió, o deformar un hecho verdadero hasta conferirle otro significado. Dentro de este fenómeno pueden ubicarse las deep news: construcciones falsas, deformadas o artificialmente creadas que adquieren apariencia de autenticidad y luego ingresan al ecosistema informacional como si fueran reales. La utilización de inteligencia artificial no vuelve delictiva una conducta por sí sola; lo determinante es conocer la falsedad o manipulación y emplearla deliberadamente con la finalidad lesiva exigida por el tipo.</p><p>Gravedad y pena</p><p>La maniobra puede consistir en una campaña sostenida o en un único hecho de extraordinario alcance. Una publicación, un video adulterado, un deepfake o una información falsa viralizada pueden bastar para producir consecuencias devastadoras. La complejidad, periodicidad, persistencia, coordinación de distintos canales, alcance y magnitud del daño son circunstancias relevantes para graduar la respuesta.</p><p>Una escala de dos (2) a cuatro (4) años de prisión puede ser un punto razonable para iniciar la discusión, teniendo en cuenta que estas conductas pueden arruinar la vida social y profesional de una persona y, en ciertos casos, proyectarse sobre la confianza institucional. La determinación definitiva de la pena deberá responder a criterios de política criminal, proporcionalidad y coherencia con el sistema punitivo. El Poder Legislativo y sus comisiones competentes en materia penal son el ámbito adecuado para discutir la escala y alcanzar los acuerdos necesarios.</p><p>Cuando la desinformación se convierte en un arma</p><p>El derecho penal debe continuar siendo la última respuesta del Estado. Pero prudencia no significa indiferencia. Redes sociales, plataformas, viralización e inteligencia artificial permiten que una construcción falsa alcance una potencia lesiva desconocida hasta hace pocos años. No se trata de criminalizar la palabra ni de limitar la prensa. Se trata de determinar qué respuesta corresponde cuando alguien sabe que un hecho es falso, deformado o artificialmente creado y, aun así, lo difunde como verdadero con la intención de destruir la vida, la trayectoria o la credibilidad de otra persona; o cuando utiliza ese ataque para erosionar la confianza en una institución del Estado. Una cosa es criticar, investigar, cuestionar o satirizar. Otra muy distinta es fabricar conscientemente una realidad y convertirla deliberadamente en un arma.</p><p>Abogado penalista. Doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/nX0czz1sjGe-J3AoiVDXprhXu0w=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/ecosistema.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Las redes sociales, las plataformas digitales y la inteligencia artificial modificaron la dimensión que puede alcanzar una mentira. Una información fa...]]>
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                                <updated>2026-08-27T17:45:15+00:00</updated>
                <published>2026-08-27T17:45:12+00:00</published>
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        <title>
            Las ciudades del futuro no se parecerán a las que conocemos
        </title>
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        <author>
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                <![CDATA[Michael Reynolds]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/cafRHS8Yf3YCSHlpIcWtDYmh6bc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/michael_reynolds.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hace más de cincuenta años empecé a experimentar con una idea que entonces parecía extravagante: construir edificios capaces de funcionar en armonía con la naturaleza, utilizando materiales descartados y aprovechando los recursos disponibles en el lugar. En aquella época casi nadie hablaba del cambio climático, de la escasez de agua o de la vulnerabilidad de las infraestructuras. Sin embargo, yo sentía que algo se acercaba.</p><p>Siempre digo que, por entonces, veía unas nubes en el horizonte. La única diferencia con aquel momento es que hoy esas nubes ya están sobre nosotros.</p><p>Todo aquello que observaba hace cinco décadas terminó ocurriendo. El cambio climático dejó de ser una advertencia para convertirse en una realidad cotidiana. La presión sobre los recursos naturales aumenta cada año. Los sistemas que abastecen de energía, agua y saneamiento muestran fragilidades crecientes. Seguimos produciendo enormes cantidades de residuos y todavía tratamos de esconderlos en lugar de resolver el problema.</p><p>Lo sorprendente es que el desafío nunca fue únicamente ambiental. También fue arquitectónico. Durante décadas construimos edificios completamente dependientes de infraestructuras externas, como si esos sistemas fueran eternos. Hoy sabemos que no lo son.</p><p>La buena noticia es que existen otras maneras de construir. Después de más de sesenta años de ensayo, error y aprendizaje, puedo decir que es posible diseñar edificios capaces de generar su propia energía, captar agua de lluvia, producir alimentos, tratar sus aguas residuales y reutilizar materiales que la sociedad considera basura. Lo que hace décadas parecía una utopía, hoy funciona en miles de edificios alrededor del mundo.</p><p>He tenido el privilegio de construir Earthships (construcciones bioclimáticas, autónomas y ecológicas diseñadas principalmente con materiales de desecho) en más de cuarenta países, atravesando culturas, economías y climas completamente diferentes. Y esa experiencia me enseñó algo mucho más importante que cualquier técnica de construcción. Me enseñó que todos somos exactamente iguales.</p><p>Con el tiempo terminé reduciendo a todos los seres humanos al mismo denominador común: somos, simplemente, sacos de agua.</p><p>Puede sonar provocador, pero detrás de esa expresión hay una enorme verdad. No importa el país donde vivamos. No importa si somos ricos o pobres. Todos necesitamos exactamente las mismas cosas para vivir: un refugio confortable, agua, energía, alimentos, saneamiento y una forma responsable de gestionar nuestros residuos.</p><p>Esas necesidades no cambian entre una gran ciudad latinoamericana, una comunidad rural africana o un pueblo del desierto estadounidense. Cambia el contexto. Cambian los recursos disponibles. Pero las necesidades humanas son universales.</p><p>Por eso creo que el futuro de la arquitectura no consiste en construir edificios más sofisticados, sino edificios más independientes. Edificios que puedan responder por sí mismos a esas necesidades básicas y reducir su dependencia de sistemas cada vez más vulnerables.</p><p>Muchas personas siguen pensando que las Earthships son una curiosidad arquitectónica o un experimento alternativo. Yo no las veo así. Las veo como una plataforma para imaginar cómo podrían funcionar las ciudades del futuro.</p><p>Durante años me preguntaron si este tipo de construcción sólo podía aplicarse a una vivienda aislada. Mi respuesta siempre fue la misma: la diferencia entre una Earthship y una ciudad de Earthships es mucho menor de lo que la mayoría imagina.</p><p>Cada Earthship posee su propia infraestructura. Produce energía. Gestiona el agua. Trata los residuos. Eso significa que, en lugar de construir enormes redes centralizadas para sostener miles de edificios, es posible pensar ciudades donde cada unidad contribuya al funcionamiento del conjunto.</p><p>No estamos hablando de ciencia ficción. Estamos hablando de ampliar una idea que ya funciona.</p><p>Durante décadas perfeccionamos este modelo. Hoy incluso imaginamos desarrollos urbanos donde cientos o miles de edificios puedan integrarse respetando esos mismos principios.</p><p>Lo complejo no es la tecnología. Lo verdaderamente difícil es cambiar la forma en que pensamos las ciudades. Y ese cambio de mentalidad es, probablemente, el mayor desafío de nuestro tiempo.</p><p>Con frecuencia me preguntan si creo que el mundo está reaccionando lo suficientemente rápido frente a la crisis climática. Mi respuesta siempre utiliza la misma imagen: imaginen un caracol intentando escapar de un guepardo. Eso somos hoy. El guepardo corre hacia nosotros a toda velocidad y nosotros seguimos avanzando con la lentitud de un caracol.</p><p>Necesitaríamos movernos tan rápido como ese guepardo simplemente para mantenernos delante de él. Y, sin embargo, seguimos discutiendo si debemos cambiar. No soy pesimista, pero sí soy realista.</p><p>También veo personas, organizaciones y comunidades en distintos lugares del mundo que decidieron dejar de esperar soluciones externas y comenzaron a construirlas por sí mismas. Esos lugares existen. Son pequeños todavía, pero demuestran que otro camino es posible.</p><p>Después de dedicar mi vida a construir edificios, comprendí que existe un desafío igualmente importante: formar a las personas que tendrán que diseñar las ciudades del futuro.</p><p>Por eso considero especialmente significativo que, por primera vez, el método Earthship pueda estudiarse íntegramente en español a través de una diplomatura universitaria oficial desarrollada desde nuestra Earthship Biotecture Academy con Aula Abierta y la Universidad Tecnológica Nacional de Argentina. Nos entusiasma acercar estas herramientas a miles de profesionales y estudiantes de habla hispana en todo el mundo, con acompañamiento pedagógico y por primera vez de nivel universitario, y de la mano de un gran equipo de profesionales que he formado a lo largo de estos años como docentes.</p><p>No espero que el mundo copie exactamente lo que hemos hecho durante estos años. Lo que espero es algo mucho más importante. Que empecemos, de una vez por todas, a construir pensando en las próximas generaciones y no únicamente en el próximo proyecto.</p><p>Porque las nubes que hace cincuenta años apenas aparecían en el horizonte ya están sobre nosotros. Y el momento de actuar no es mañana. Es ahora.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/cafRHS8Yf3YCSHlpIcWtDYmh6bc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/michael_reynolds.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Hace más de cincuenta años empecé a experimentar con una idea que entonces parecía extravagante: construir edificios capaces de funcionar en armonía c...]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-08-12T19:37:25+00:00</updated>
                <published>2026-08-12T19:37:22+00:00</published>
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            El fin del PowerPoint: las ideas ya no se validan con slides, se validan con prototipos
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                <![CDATA[Sebastián Coler]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/uIhj-urueul3GA2QOPZnHoPJSso=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/reunion_corporativa.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Durante años, el ecosistema de negocios e innovación ha operado bajo un dogma indiscutible: las grandes ideas se presentan con pitch decks meticulosamente diseñados, proyecciones financieras a cinco años y pesados planes de implementación antes de haber tocado un solo segundo de realidad. Nos acostumbramos a validar negocios sobre el papel. Sin embargo, hoy, presentarse a una reunión corporativa o ante inversores con un PDF, mientras tu competencia puede llegar con el producto funcionando en tiempo real, es elegir competir en una absoluta desventaja comercial y estratégica.</p><p>Tras haber acompañado a corporaciones, startups y emprendedores en la validación y prototipado de más de 60 conceptos de negocio en el mercado real, la lección es unívoca: el PowerPoint ha muerto como herramienta de validación legítima y hemos entrado en la era del prototipo funcional e inmediato.</p><p>El autoengaño de las diapositivas y el choque con la realidad</p><p>Existe una frase sumamente conocida en las salas de directorios: “El Excel lo aguanta todo”. Lo mismo aplica para las diapositivas. Un pitch deck impecable nunca peca de realista: es experto en ocultar complejidades operativas, asumir que el desarrollo técnico será lineal y proyectar ese famoso gráfico en forma de “palo de hockey” donde el éxito financiero está garantizado hacia el año cinco. El problema es que las diapositivas nos tapan lo verdaderamente importante: funcionalidades que toman meses en desarrollarse, usuarios que no quieren esas características y productos que, en la práctica, no resuelven ningún problema real.</p><p>Esta dinámica genera lo que llamamos “validar con humo”. Históricamente, las corporaciones han invertido miles de dólares basándose en encuestas de escritorio y estudios de mercado teóricos donde es casi imposible obtener un “no” como respuesta. Un prototipo te muestra con datos duros lo que la gente hace cuando se le pide dinero real o cuando interactúa con la interfaz. El prototipo adelanta el inevitable choque con la realidad de meses a días, permitiendo que la organización se equivoque cuando todavía es sumamente barato hacerlo.</p><p>La revolución de la IA: de presupuestos corporativos a una tarde de trabajo</p><p>¿Qué cambió para que estemos viviendo esta disrupción? La respuesta está en la drástica caída de la barrera de entrada tecnológica. Hasta hace muy poco, construir un prototipo mínimo para cualquier tipo de nuevo negocio requería de un presupuesto considerable, la aprobación de comités internos, semanas de planificación y un equipo técnico dedicado (programadores, analistas, directores de proyecto). Hoy, ese proceso que tomaba meses se resuelve en horas gracias a la Inteligencia Artificial.</p><p>El mecanismo detrás de esta aceleración es tan simple como potente: la IA ahora traduce el lenguaje natural directamente a código funcional creando apps y sitios web en minutos. El trabajo estratégico ya no consiste en saber programar, sino en saber describir con precisión el problema, el flujo del usuario y el objetivo de negocio. Herramientas de Inteligencia Artificial como Claude, ChatGPT o Gemini permiten estructurar la idea inicial, mientras que plataformas de generación de código como Lovable, Bolt o v0 traducen esa visión en un prototipo interactivo que funciona sin necesidad de escribir una sola línea de código.</p><p>Lo que antes requería una inversión masiva y semanas de negociación interna, hoy lo puede construir una sola persona en una sola tarde, utilizando plataformas gratuitas o con suscripciones de apenas 20 dólares mensuales. La verdadera barrera actual no es técnica ni presupuestaria: es de curiosidad y de audacia para perder el miedo a experimentar.</p><p>Romper la inercia institucional y el fin de la cortesía</p><p>A pesar de que los prototipos son infinitamente más rápidos, económicos y veraces que cualquier PDF, muchas corporaciones continúan ancladas a la inercia burocrática del PowerPoint. Esta resistencia es dual: por un lado, existe un desconocimiento generalizado entre los altos directivos sobre lo que las nuevas herramientas de IA son capaces de hacer. Por el otro, hay un temor cultural a mostrar algo inacabado. Un prototipo de una tarde es real, pero también puede ser incompleto, tosco o fallar en plena demo. Vender un “sueño perfecto” en diapositivas siempre se sentirá más seguro para el corporativo tradicional que mostrar un producto real que expone sus imperfecciones.</p><p>Sin embargo, esa inercia se rompe de inmediato cuando el primer colaborador se atreve a llevar un link interactivo a un comité de aprobación. En ese preciso instante, los PDF que antes añoraban quedan obsoletos.</p><p>Al poner un prototipo funcional en manos de un usuario o de un comité, la calidad de la información obtenida cambia por completo. Ya no dependemos de la cortesía o de respuestas de compromiso. Con un producto real en pantalla, se puede observar dónde hace clic el usuario por iniciativa propia, dónde encuentra fricción y qué flujo completa de manera natural sin explicaciones previas. Y esto aplica tanto a productos digitales como a landing pages para servicios o productos físicos. La señal definitiva de validación ya no es un casillero marcado en un formulario de satisfacción, sino ese momento genuino donde el usuario, al terminar la demo, te pide acceso inmediato o te dice: “Avísame en cuanto esto esté listo para empezar”. Esa diferencia entre el interés transaccional real y la simple cortesía vale mucho más que cien respuestas en una encuesta de mercado.</p><p>El autor es co-founder de Aprendes.ai y Consultor de Negocio y Estrategia IA</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/uIhj-urueul3GA2QOPZnHoPJSso=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/reunion_corporativa.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Durante años, el ecosistema de negocios e innovación ha operado bajo un dogma indiscutible: las grandes ideas se presentan con pitch decks meticulosam...]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-08-12T19:34:40+00:00</updated>
                <published>2026-08-12T19:34:37+00:00</published>
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        <title>
            Los datos no hablan solos: la IA no reemplaza al criterio
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                <![CDATA[Sergio Salimbeni]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XvaoVhput7QCLObN-252i9YNNWA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2025/04/inteligencia_artificial_computadora_terapia.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El índice de criminalidad en una ciudad aumentó un 100%. Como titular, es impactante. Sin embargo, al leer la nota descubrimos que durante el año anterior se había registrado un solo homicidio y que este año fueron dos. La estadística es correcta, pero nuestra percepción cambia por completo cuando conocemos el contexto.</p><p>Una persona se ahogó en un lago de un metro de profundidad… en promedio. La profundidad media era de un metro, pero en algunos sectores el agua superaba la altura de una persona.</p><p>El consumo anual per cápita de carnes en la Argentina durante 2025 alcanzó los 116,4 kg, uno de los valores más altos de los últimos años. Sin embargo, el consumo de carne vacuna sigue en niveles históricamente bajos, alrededor de 49,92 kg por habitante, muy por debajo de décadas anteriores. El aumento del consumo total se explica por una mayor ingesta de carne aviar y porcina. ¿Quién tiene razón? Ambos parten de datos correctos, pero están respondiendo preguntas diferentes.</p><p>Los ejemplos anteriores no son excepciones, ocurren a diario. Las estadísticas pueden ser correctas y, al mismo tiempo, conducir a interpretaciones erróneas cuando se presentan sin contexto, o sea, quién selecciona el dato, qué queda fuera y qué comparación es pertinente.</p><p>El problema no está en los números, está en la pregunta que hacemos y en el contexto con el que interpretamos la respuesta. Entonces, el problema no son las estadísticas, tampoco los datos. El problema es creer que los números hablan por sí solos. En realidad, necesitan contexto, interpretación y criterio.</p><p>Nunca en la historia se generaron tantos datos, pero disponer de más datos no garantiza más información ni tomar mejores decisiones. Cuando comprendemos los datos organizados, la información, y la relacionamos con nuestra experiencia, generamos conocimiento. Cuando utilizamos ese conocimiento para tomar una decisión, hablamos de inteligencia.</p><p>En otras palabras, existe una verdadera cadena de valor de los datos: Datos → Información → Conocimiento → Inteligencia → Decisión → Acción → Resultado.</p><p>Los datos describen la realidad; la información la organiza; el conocimiento la explica; la inteligencia permite actuar sobre ella; y son las decisiones las que finalmente producen resultados.</p><p>Vivimos fascinados por la inteligencia artificial, pero pocas veces reflexionamos sobre aquello que la hace posible: los datos. El desempeño de la IA depende de la calidad de los datos con los que aprende, pero también de cómo esos datos fueron seleccionados, organizados e interpretados.</p><p>La IA participa en varios eslabones de la cadena, aunque no puede reemplazar todo el proceso.</p><p>Ningún algoritmo puede definir nuestros objetivos, prioridades o asumir la responsabilidad de una decisión. Esas siguen siendo tareas profundamente humanas.</p><p>Durante gran parte del siglo XX, el desafío fue acceder a la información. Hoy, ese problema está resuelto. El desafío del siglo XXI es diferente: transformar una sobreabundancia de datos en inteligencia útil para decidir mejor.</p><p>En un mundo donde cada día aparecen nuevos indicadores económicos, encuestas, estudios científicos y sistemas de IA capaces de procesar millones de registros en segundos, la verdadera ventaja competitiva ya no consiste en tener más datos, sino en comprenderlos mejor. Hoy, no todos necesitaremos programar algoritmos, pero sí aprender a interpretar datos.</p><p>En un mundo inundado de datos, la inteligencia consiste en formular las preguntas correctas, comprender el contexto y convertir los datos en conocimiento útil.</p><p>No faltan datos; falta inteligencia para transformarlos en mejores decisiones.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XvaoVhput7QCLObN-252i9YNNWA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2025/04/inteligencia_artificial_computadora_terapia.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>El índice de criminalidad en una ciudad aumentó un 100%. Como titular, es impactante. Sin embargo, al leer la nota descubrimos que durante el año ante...]]>
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                                <updated>2026-08-05T17:57:53+00:00</updated>
                <published>2026-08-05T17:57:35+00:00</published>
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            Cuando el otro deja de ser alguien
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        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/opinion/cuando-el-otro-deja-de-ser-alguien" type="text/html" title="Cuando el otro deja de ser alguien" />
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        <author>
            <name>
                <![CDATA[Marcelo Feliú]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/cuando-el-otro-deja-de-ser-alguien">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2JrUThjuXushHm5iVv6aLm8WUrQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/desubjetivacion.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hace apenas unos días, una publicación en redes sociales bastó para desencadenar una reacción que ya nos resulta demasiado familiar. Miles de mensajes de repudio, pedidos de boicot, insultos y llamados a cancelar a una artista internacional que terminó ofreciendo disculpas públicas por haber compartido un contenido cuyo alcance, según explicó, no había advertido completamente.</p><p>Escenas como ésta ya no constituyen una excepción. Se han convertido en una forma habitual de procesar los conflictos públicos. Hoy puede tratarse de una artista, ayer fue un deportista, un periodista, un político o un influencer, mañana podrá ser cualquier ciudadano que exprese una opinión incómoda. Cambian los protagonistas, cambian los escenarios, cambian los motivos, pero lo que permanece es una misma manera de mirar al otro.</p><p>No interesa aquí discutir si aquellas disculpas eran suficientes, si la reacción fue desproporcionada o si la crítica estaba justificada. Lo verdaderamente inquietante ocurrió antes. Mucho antes de los insultos, del pedido de cancelación o del juicio colectivo, ya se había producido una transformación más profunda y menos visible: dejamos de encontrarnos con una persona para comenzar a enfrentarnos a una representación de esa persona.</p><p>Ya no reaccionamos frente a alguien con una historia, contradicciones, deseos y matices -como los tenemos todos-, sino frente a una imagen simplificada construida a partir de un recorte, una frase, una fotografía o un video de pocos segundos.</p><p>Ese cambio suele pasar inadvertido. Sin embargo, constituye una de las transformaciones culturales más significativas de nuestro tiempo. Porque cuando dejamos de relacionarnos con personas para comenzar a relacionarnos con representaciones, el otro empieza lentamente a perder cualidad humana. Ya no aparece como un sujeto con una vida interior propia, sino como la superficie sobre la que proyectamos nuestras certezas, nuestros miedos y nuestros prejuicios. Quizá haya llegado el momento de ponerle un nombre a ese fenómeno, podríamos llamarlo la desubjetivación del otro.</p><p>No se trata simplemente de una pérdida de empatía ni de un aumento de la agresividad. La desubjetivación constituye un proceso psicológico y cultural mediante el cual dejamos de reconocer al otro como alguien dotado de una interioridad propia -con deseos, sufrimientos, contradicciones y una dignidad irreductible- para percibirlo principalmente por la utilidad, la amenaza o la función que representa para nosotros. Desde ese momento deja de ser alguien para convertirse en algo: un cliente, un usuario, un voto, un consumidor, un seguidor, un recurso, un enemigo.</p><p>La violencia física constituye apenas una de las expresiones posibles a las que puede llevar este proceso. Antes del insulto, del abuso, de la manipulación, del golpe o de la exclusión ya ocurrió algo más decisivo: desapareció la persona detrás de la categoría “otro”.</p><p>Pero ninguna cultura enseña esa forma de mirar de manera explícita, lo hace silenciosamente. Toda cultura deja una marca sobre quienes la habitan. No sólo transmite valores o costumbres. También moldea sensibilidades. Nos enseña qué merece nuestra atención, qué consideramos valioso y, sobre todo, cómo aprendemos a percibir a los demás.</p><p>Ninguna cultura es homogénea. Todas contienen tradiciones que fortalecen nuestra capacidad de reconocer al otro como un sujeto -la educación, la vida democrática, la vigencia de los derechos humanos, el diálogo, el arte o la solidaridad- y también dinámicas que favorecen el movimiento inverso: reducir a las personas a la función que cumplen, a la utilidad que ofrecen o a la identidad que representan. El problema comienza cuando estas últimas dejan de ser excepcionales y terminan organizando la vida cotidiana.</p><p>Porque las culturas no sólo enseñan una manera de mirar, también enseñan una manera de nombrar, y el lenguaje nunca es completamente inocente. Cuando hablamos de “capital humano”, “recursos humanos”, “usuarios”, “seguidores”, “audiencias”, “electorado”, “target” o “segmentos”, describimos aspectos reales de la vida social. Sin embargo, al mismo tiempo privilegiamos una dimensión particular de las personas.</p><p>El problema no consiste en utilizar esas categorías allí donde resultan necesarias. Aparece cuando terminan colonizando toda nuestra forma de comprender al otro. Entonces comenzamos a olvidar que detrás del usuario hay una persona, detrás del votante hay una biografía, detrás del perfil hay una historia, detrás del adversario hay alguien cuya vida interior es tan compleja como la nuestra.</p><p>Nuestra época no inventó esta tendencia. La posibilidad de objetivar al otro ha acompañado a la humanidad desde siempre. Lo novedoso es que determinadas condiciones culturales parecen potenciarla como nunca antes: la aceleración permanente del tiempo, la economía de la atención, la lógica algorítmica de las plataformas digitales, la hiperexposición y la fragmentación del espacio público. Nunca fue tan sencillo obtener información sobre cualquiera, nunca fue tan difícil conocer verdaderamente a alguien.</p><p>La cultura del rendimiento refuerza esa lógica al acostumbrarnos a valorar a las personas por lo que producen, al estudiante por sus calificaciones, al profesional por sus resultados, al deportista por sus marcas y al trabajador solo por su productividad.</p><p>La cultura del consumo desplaza lentamente ese criterio hacia los vínculos. Ya no sólo consumimos objetos, también consumimos reconocimiento, prestigio, aprobación, experiencias y relaciones. Las personas empiezan a ser evaluadas por la satisfacción que son capaces de proporcionarnos.</p><p>La cultura digital introduce una transformación adicional. Allí donde antes conocíamos trayectorias personales, hoy solemos encontrarnos con perfiles, donde había conversaciones aparecen publicaciones, y donde existían historias complejas circulan fragmentos de pocos segundos. Terminamos creyendo que una imagen, un tuit o un video bastan para comprender una vida.</p><p>La lógica de la polarización completa ese recorrido. Antes incluso de escuchar a alguien sentimos la necesidad de ubicarlo en una identidad: de qué partido es, qué vota, qué medio consume o de qué lado se encuentra en la última controversia pública. El adversario deja de ser un interlocutor para convertirse en una categoría frente a la cual reaccionamos casi automáticamente.</p><p>Ninguna de estas dinámicas explica por sí sola nuestra época. Tampoco constituyen un juicio moral sobre el mercado, la tecnología o la competencia. El problema aparece cuando esas lógicas dejan de limitarse a sus ámbitos específicos y terminan colonizando el conjunto de nuestros vínculos. La desubjetivación del otro no comienza con la violencia, empieza cuando la desubjetivación ya ha ocurrido.</p><p>¿Por qué esa forma de mirar al otro encuentra hoy un terreno tan fértil? La respuesta no puede buscarse únicamente en las redes sociales, en los algoritmos o en la dinámica política. También exige volver la mirada hacia una característica mucho más profunda de la condición humana.</p><p>Jacques Lacan llevó hasta sus últimas consecuencias una de las inferencias fundamentales de Freud al sostener que el sujeto humano se encuentra estructuralmente constituido alrededor de una falta. Ningún objeto logra proporcionar una satisfacción definitiva porque el deseo no nace simplemente de la ausencia de algo, sino de una incompletud que forma parte de nuestra propia condición. No deseamos porque todavía no encontramos aquello que nos falta; deseamos porque ninguna adquisición puede clausurar definitivamente esa falta constitutiva.</p><p>La sociedad de consumo no creó esa condición. Lo que hizo fue convertir en mercancía la promesa de superarla. Nos persuade de que la próxima compra, el próximo ascenso, el próximo reconocimiento, la próxima relación afectiva o el próximo éxito serán suficientes para sentirnos finalmente completos. Pero la satisfacción dura apenas un instante, el deseo vuelve a ponerse en marcha, se desplaza hacia otro objeto y la búsqueda comienza otra vez. Así se consolida una subjetividad permanentemente insatisfecha.</p><p>El problema no consiste en desear. Desear constituye una condición inseparable de la existencia humana, el problema aparece cuando dejamos de tolerar esa incompletud y comenzamos a exigir que sean los otros quienes la resuelvan. Entonces las personas dejan de ser encuentros para convertirse en recursos. No sólo consumimos objetos, consumimos reconocimiento, consumimos prestigio, consumimos validación, consumimos experiencias, consumimos vínculos y, en ocasiones, terminamos consumiendo personas.</p><p>Cuando alguien deja de satisfacer nuestras expectativas, se reemplaza. Cuando deja de confirmar la imagen que tenemos de nosotros mismos, se descarta. Cuando piensa distinto, deja de ser un interlocutor para convertirse en un obstáculo y se propicia su cancelación. La desubjetivación del otro no constituye entonces el punto de partida, es la consecuencia de una cultura que produce sujetos cada vez menos dispuestos a convivir con su propia falta.</p><p>En este punto, el psicoanálisis ofrece otra advertencia que conserva una sorprendente actualidad. Algunas modalidades de funcionamiento perverso se caracterizan precisamente porque el otro queda subordinado, ante todo, a la satisfacción del propio deseo. Su singularidad pierde relevancia frente a la función que cumple. Ya no importa quién es esa persona, sino aquello que puede proporcionar.</p><p>Sería un error trasladar sin más una categoría clínica al análisis de una sociedad. Las culturas no son perversas en sentido psicopatológico. Sin embargo, también sería ingenuo ignorar que determinadas formas de organización social premian vínculos que, sin constituir una perversión clínica, reproducen una lógica sorprendentemente cercana: valorar al otro principalmente por la utilidad que ofrece.</p><p>Algo semejante puede observarse al estudiar la psicopatía. Uno de sus rasgos más característicos no consiste únicamente en la ausencia de culpa. Consiste también en una profunda dificultad para experimentar empatía emocional. El sufrimiento ajeno puede ser comprendido intelectualmente, anticipado con precisión e incluso utilizado estratégicamente. Lo que se encuentra alterada es la experiencia afectiva que permite sentirse genuinamente conmovido por ese sufrimiento.</p><p>Esta distinción resulta especialmente sugerente para comprender nuestra época, nunca habíamos dispuesto de tanta información sobre los demás, los algoritmos aprenden nuestros gustos, las plataformas anticipan nuestras preferencias, las empresas conocen nuestros hábitos, la inteligencia artificial interpreta cada vez mejor nuestro lenguaje, nuestras emociones y nuestros patrones de comportamiento. Comprender al otro nunca había resultado tan sencillo, sin embargo, reconocerlo como un sujeto irrepetible quizá nunca había sido tan difícil.</p><p>Éste constituye uno de los grandes contrastes de nuestro tiempo. Mientras las tecnologías perfeccionan extraordinariamente nuestra capacidad para predecir comportamientos, nada garantiza que aumente nuestra disposición para encontrarnos verdaderamente con quienes esos comportamientos expresan. Podemos conocer con enorme precisión lo que alguien hará mañana y, sin embargo, ignorar casi por completo quién es verdadera y profundamente esa persona.</p><p>La desubjetivación del otro comienza exactamente allí: cuando el conocimiento sustituye al encuentro, cuando la información reemplaza a la comprensión y cuando la eficacia termina ocupando el lugar del reconocimiento.</p><p>Hasta aquí hemos pensado la desubjetivación del otro como un fenómeno psicológico y cultural. Sin embargo, sus consecuencias exceden ampliamente el plano de los vínculos personales. Obligan también a revisar una pregunta que rara vez nos formulamos: ¿qué clase de personas necesita una democracia para poder sostenerse?</p><p>Con frecuencia definimos la democracia como un sistema de organización del poder, un conjunto de instituciones destinadas a distribuir competencias, limitar abusos y garantizar derechos. Todo eso es cierto, pero resulta insuficiente, ninguna comunidad política se sostiene únicamente sobre normas. Toda organización política produce, consciente o inconscientemente, un determinado tipo de sujeto, moldea sensibilidades, instala hábitos, premia ciertas disposiciones emocionales y desalienta otras, enseña cómo tramitar los conflictos, cómo convivir con la frustración, qué hacer con quienes piensan distinto y qué lugar otorgar a la diferencia. En ese sentido, la democracia no sólo organiza el poder, también educa. O, al menos, debería hacerlo.</p><p>Quizá ése sea uno de los aspectos menos advertidos del problema. Solemos preocuparnos -con razón- por la independencia judicial, la división de poderes, la transparencia institucional o la calidad de nuestras leyes, entre muchas otras cuestiones no menos importantes. Sin embargo, prestamos mucha menos atención a la materia prima sobre la que todas esas instituciones descansan: la forma en que aprendemos a percibirnos unos a otros.</p><p>Porque ninguna Constitución puede obligarnos a reconocer humanidad donde hemos dejado de verla, ninguna ley puede imponer curiosidad frente a quien piensa distinto, ni puede producir por sí solo respeto, escucha o disposición al diálogo. Las instituciones pueden proteger derechos, pero no pueden reemplazar la experiencia subjetiva de reconocer al otro como un igual en dignidad. Ésa constituye una tarea eminentemente cultural.</p><p>Una cultura democrática produce ciudadanos capaces de sostener una convicción aparentemente sencilla, aunque extraordinariamente exigente: que quien piensa distinto continúa siendo una persona tan compleja, contradictoria y valiosa como uno mismo. La democracia nunca exigió eliminar el conflicto, por el contrario, nació para hacerlo posible sin destruir a quienes participan de él. Su mayor conquista no consiste en alcanzar unanimidades, sino en permitir que el desacuerdo pueda convivir con el reconocimiento recíproco.</p><p>Cuando esa capacidad comienza a deteriorarse, las instituciones permanecen, pero la cultura democrática empieza lentamente a vaciarse desde adentro. Entonces todo empieza a organizarse alrededor de una lógica mucho más primitiva, los que sirven y los que estorban, los que confirman nuestras creencias y los que las cuestionan, los que pertenecen y los que sobran.</p><p>La violencia aparece entonces como un desenlace posible, no porque las leyes hayan dejado de existir, sino porque previamente dejó de existir, en la experiencia subjetiva, alguien digno de ser reconocido. Por eso la desubjetivación del otro constituye mucho más que un problema moral, es un problema político. No porque destruya inmediatamente las instituciones, sino porque erosiona silenciosamente las condiciones psicológicas que las vuelven posibles.</p><p>Las democracias no sobreviven únicamente gracias a la existencia de elecciones libres, tribunales independientes o constituciones bien redactadas. Sobreviven porque una cultura consigue transmitir, generación tras generación, la convicción de que ninguna diferencia política, religiosa, ideológica o cultural alcanza para borrar la condición humana del otro. Cuando esa convicción comienza a debilitarse, las instituciones todavía permanecen en pie, pero el suelo subjetivo sobre el que descansaban empieza lentamente a resquebrajarse.</p><p>Tal vez por eso el mayor desafío político del siglo XXI no consista únicamente en regular la inteligencia artificial, combatir la desinformación o mejorar el funcionamiento de nuestras instituciones. Todo eso será necesario, pero probablemente resulte insuficiente, porque ninguna innovación tecnológica ni ninguna reforma institucional alcanzarán para fortalecer una democracia cuyos ciudadanos hayan dejado de reconocerse mutuamente como sujetos. Quizá el verdadero desafío de nuestra época consista en reconstruir una cultura capaz de resistir la desubjetivación del otro.</p><p>Una cultura que vuelva a enseñarnos algo que nunca debimos olvidar: que ninguna persona queda completamente definida por una publicación en redes sociales, una opinión política, un error, una identidad, una fotografía o un algoritmo. Siempre hay una historia que desconocemos, una biografía que ignoramos, una complejidad que no alcanzamos a ver.</p><p>Tal vez la primera responsabilidad ética de una sociedad democrática consista precisamente en resistirse a esa simplificación, en recordar que detrás de cada perfil existe una persona, detrás de cada voto, una historia, detrás de cada adversario, una conciencia, detrás de cada diferencia, una vida interior tan compleja como la nuestra. No porque todos tengan razón, ni porque todas las conductas deban ser justificadas, sino porque ninguna discrepancia, ningún error y ninguna identidad alcanzan para cancelar la condición humana de alguien.</p><p>Quizá ésa sea, después de todo, la diferencia más profunda entre una sociedad verdaderamente democrática y otra que comienza lentamente a dejar de serlo. No solo la cantidad de elecciones que celebra, calidad de sus leyes, ni siquiera la fortaleza de sus instituciones, sino el tipo de mirada que sus ciudadanos aprenden a dirigir hacia los demás.</p><p>Porque toda época produce tecnologías, toda época produce formas de organización política, toda época produce maneras de nombrar el mundo, pero también produce una determinada forma de mirar al otro. Y quizá el verdadero problema de nuestro tiempo no sea solamente el desarrollo de nuevas tecnologías, sino el tipo de mirada que estamos aprendiendo a través de ellas.</p><p>Las democracias no empiezan a derrumbarse cuando fracasan sus instituciones, empiezan a hacerlo mucho antes. Empiezan a derrumbarse cuando dejan de producir ciudadanos capaces de seguir descubriendo una persona allí donde resulta más sencillo ver únicamente una categoría. Porque toda deshumanización comienza mucho antes de la violencia, comienza cuando dejamos de preguntarnos quién es realmente ese otro que tenemos delante.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2JrUThjuXushHm5iVv6aLm8WUrQ=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/desubjetivacion.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Hace apenas unos días, una publicación en redes sociales bastó para desencadenar una reacción que ya nos resulta demasiado familiar. Miles de mensajes...]]>
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                                <updated>2026-07-28T19:37:00+00:00</updated>
                <published>2026-07-28T19:36:57+00:00</published>
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            Odiseo: las parábolas de Christopher Nolan
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                <![CDATA[Roberto Estevez]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/tcw4rR4dZIND9FM3Bf7pdmMgUMo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/odisea.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>En 1981, a los comienzos de la investigación doctoral, encontré un texto sobre Héroe griego y santo cristiano (1962). Al leerlo, tomé conciencia que la tercera y última modernidad (cientificista-mecanicista-puritana), iluminada para unos pocos, como sus salones victorianos, había trasmitido las experiencias humanas del héroe y el santo, de un modo diferente a como las mismas fueron relatadas y escritas.</p><p>Durante la primera Modernidad, las experiencias del héroe griego fueron redescubiertas por los profesores de las recién inventadas Universidades (Bolonia 1088, Oxford 1086 y Paris 1150), al igual que los principios de la ciencia griega. Galileo Galilei (1564-1642) no se entiende sin la disponibilidad de los escritos de los Pitagóricos, Platón, Aristóteles, Arquímedes y Claudio Ptolomeo. En lo biológico, Alberto de Colonia (1193-1280) elaboró tratados enciclopédicos sobre animales y plantas, y con su método empírico (“Yo lo observé; yo hice el experimento") sentó las bases de lo que conoceríamos como el método científico.</p><p>En ese tiempo se descubren también los textos que hablan del héroe, su sumisión o no (Ulises para los latinos), al designio de los dioses, y se escriben los relatos de los santos, quienes, a partir de su experiencia cotidiana de Dios, van desarrollando una relación profunda, que progresa en algunos, a la unión con Él (mística).</p><p>La segunda Modernidad (ilustrada), impugna las Escrituras sagradas y todo lo que de ellas se deriva (el santo), y coloca al héroe griego en el terreno de lo extraordinario, vaciándolo de la cotidianeidad de su humanidad sumergida en lo ordinario. Desaparecido el santo y el deseo de trascender a lo divino en el héroe, queda sin referencia las muy frecuente, activa y cotidiana libertad de las personas comunes, que de un modo u otro se plantaban diariamente sobre su dignidad para no ser arrastrados por el “nosotros” de la colectividad, o por la “sumisión” al poderoso de su aquí y ahora. Como Antígona ante Creonte (de la antigüedad griega, que seguirá presente y resonando con Fuenteovejuna y El alcalde de Zalamea en la literatura española): No creí que tus decretos tuvieran tanta fuerza como para que un mortal pudiera transgredir las leyes no escritas e inquebrantables de los dioses. Estas no son de hoy ni de ayer, sino de siempre, y nadie sabe de dónde surgieron.</p><p>La parábola geométrica</p><p>En geometría, una parábola es una curva abierta y simétrica que comienza en el lugar geométrico de los puntos en un plano, que representan una línea llamada directriz.</p><p>La separación de esta directriz de la cultura occidental, se genera contra la esclerotización victoriana de los valores europeos (en su tiempo Inglaterra controla la mayor parte del mundo, y ella es “abuela” de casi todos los reyes de Europa), mediante una serie de reacciones, en diversos campos, entre los que son más conocidos Nietzsche, Marx y Freud, a quienes Paul Ricoeur llama los maestros de la escuela de la sospecha (1965).</p><p>Pero aun cuando no coincidiéramos con la perspectiva desde la cual escriben, en cierto modo, su sospecha era fundada, es decir esos valores ya eran solo fantasmas, que ocultaban la realidad en su crudeza (Los miserables, Víctor Hugo, 1862). No la interpretación, sino la correspondencia con realidades, permite que se ponga en marcha una verdadera maquinaria/mecanismo de destrucción sistemática de esos valores, que, aunque fantasmas, “mochos” en el ascenso espiritual de sus orígenes, y mínimos en sus “pies” populares, servía todavía de referencia a las raíces de la cultura ya euroamericana.</p><p>Así entramos al siglo XX culturalmente “inermes” (anómicos) para detener los totalitarismos, y a merced de los vientos, para posibilitar que luego de la segunda guerra civil europea (que se extendió al mundo), las democracias euroamericanas, incorporaran los mecanismos represivos de los estados totalitarios que, habían usado “excepcionalmente”, en su lucha contra los totalitarismos.</p><p>A la par de esa vida social, cada vez más encorsetada en un Estado en crecimiento de su poder sobre los individuos, una minuciosa investigación “contracultural” sobre todo lo que condiciona la libertad (como si la impidiera), fue trasvasada a una marea educativa iconoclasta, formadora de hombre “auténticos” que luego descubrirán su vida rutinaria (“inauténtica”) al ingresar al mundo del trabajo.</p><p>Salidos del héroe griego y el santo cristiano, y mientras los próceres de la ilustración siguen siendo deconstruidos (por esclavistas, misóginos, etc.), seguimos siendo no solo culturales, sino también naturaleza. &nbsp;Y la deconstrucción cultural de la libertad, se topa así con el límite de la experiencia humana y su sed de libertad, de modo que el vacío generado por la negación de la libertad humana, es llenado en nuestra Actualidad, por la libertad de los superhéroes Marvel y DC Comic.</p><p>La parábola literaria</p><p>Christopher Nolan, se educó en literatura, y en sus obras explora la moralidad humana, así como la construcción humana de los significados de su entorno y acción personal.</p><p>Escribió, dirigió y produjo la saga cinematográfica de la historieta de DC Comic de Batman: 2005, Batman Begins (la única en la cual no fue también el productor); 2008, The Dark Knight; 2012, The Dark Knight Rises.</p><p>Solo fue productor en El hombre de acero (2013), siendo productor, guionista y director de Oppenheimer (2023) y La Odisea&nbsp;(2026).</p><p>Su proceso, de Batman a Ulises, me recordó la experiencia como profesor del IAE, la escuela de negocios que dio origen a la Universidad Austral. En ella, parte de nuestra dedicación era investigar y escribir los casos reales de estudio para los cursos que cada uno diera -siguiendo estrictamente el método de la Harvad Bussines School-. Al trabajar no podíamos inventar el caso, ni dejar ningún punto ciego en la investigación, ya que, de lo contrario, la sesión de discusión con los alumnos fallaría, había algo de realidad ausente (inventado o no suficientemente investigado) que no podía ser suplido por la imaginación.</p><p>Seguir la trayectoria fílmica de Noland es un camino de la imaginación a la experiencia, con creciente incorporación de humanidad a sus personajes, hasta reencontrar en el héroe griego; no un personaje, sino el resultado de la acumulación sobre una persona, de una multitud de atributos y experiencias que parecen extraordinarias (cíclope, gigantes, monstruo de agua, una bruja y una ninfa), experiencias observables a nuestro alrededor (brutalidad, traición, venganza, fealdad, belleza, generosidad, empatía, lealtad, amor)</p><p>A la centralidad de La Odisea, agrega Noland elementos propios de La Eneida&nbsp;de Virgilio y&nbsp;Agamenón&nbsp;de Esquilo. La traducción al inglés de La Odisea (Emily Wilson), aporta accesibilidad, claridad y ritmo, y si bien ha sido acusada de una tendencia marcada, de tres años a esta parte la discusión “woke-anti woke” estaría quedando atrás. Así como a los viejos que fuimos jóvenes en 1968, nos quedaban ya atrás las batallas de Nietzsche, Marx y Freud, a los jóvenes de hoy los tienen sin cuidado las batallas de Herbert Marcuse, Theodor Adorno y Max Horkheimer, de la Escuela de Frankfurt. Si alguien sobrevive de esa marea (fuera de la obligatoriedad de los primeros cursos de carrera en Ciencias Sociales, en algunas Universidades), es solo Erich Fromm, particularmente, en lo que -a pesar de sus diferencias, coincide con Víctor Frankl-, respecto que la principal motivación del ser humano está en la libertad, y el sentido, y no en la búsqueda de placer o poder.</p><p>En la obra de Nolan está esa perspectiva. Los varones complejos y los conflictos entre ellos, la memoria y el tiempo, la libertad y el sentido, el deseo de regresar con la mujer que aman, así como también el ingenio humano y sus consecuencias.</p><p>En este último tema, Oppenheimer, quien era un estudioso de los textos sagrado hindúes -en el sánscrito que dominaba-, luego de la prueba de la bomba atómica, cita en la película el texto sagrado hindú, Bhagavad Gita: "Now I am become Death, the destroyer of worlds" (Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos).</p><p>Difícil no recordar esa escena, cuando La Odisea de Homero está concluyendo, y en La Odisea de Nolan, Ulises reflexiona sobre como las acciones de los griegos, y las suyas en particular, han violentado la xenia -ley de Zeus-, de tal manera, que, al hacerlo, han destruido su propia civilización, regresando así a Antígona, y mostrándonos, ante la desmesura, que la ley de los dioses es la línea directriz, en la cual concluye la parábola (son incontables las veces que varios personajes repiten que hay que recibir y atender al visitante, porque puede ser un dios disfrazado).</p><p>Tras la recuperación del trono de Ítaca el Ulises de Nolan renuncia al poder, se embarcar con rumbo al Oeste para rendir honor a los dioses, y a los hombres que perdió, para recuperar la paz, en un camino por la naturaleza y con los hombres (Penélope), a la armonía con los dioses y con sus muertos (sobre el mar de Poseidón y bajo el cielo de Zeus).</p><p>Epílogo sobre otras líneas parabólicas</p><p>Para un nuevo ciclo cultural que viene desarrollándose, al menos desde el inicio del siglo XXI, mencioné particularmente los últimos tres años, por la profusión de productos culturales de los mas variados que exploran con nuevos aires y nuevos lenguajes, las raíces culturales de nuestra civilización, en su identidad ante el reconocimiento de otras civilizaciones, en un mundo único.</p><p>Si Nolan dedicó sus tres últimos años al héroe, Rosalía (a quien tendremos en Argentina los primeros días de agosto) dedicó sus tres últimos años al santo, o mas precisamente al Dios que se manifiesta en LUX, y a las mujeres místicas relacionadas con Él en sus diversos contextos culturales.</p><p>Sus dieciocho canciones están divididas en cuatro&nbsp;movimientos, con letras en catorce idiomas diferentes: los nativos de Rosalía, catalán y español, junto con el árabe, inglés, francés, alemán, hebreo, italiano, japonés, latín, mandarín, portugués, siciliano y ucraniano. Las letras de cada idioma corresponden al origen cultural y la vida de distintas místicas, y resultan de un gran esfuerzo por componer poesía en varios idiomas a la vez y adquirir la capacidad de vocalizarlos.</p><p>Cuando canta en francés es&nbsp;Juana de Arco, la doncella de Orleans. Cuando canta en ucraniano es Santa Olga de Kiev, la primera soberana de los eslavos en convertirse al cristianismo. En los versos en hebreo, se inspiró en Miriam, líder de las mujeres de Israel en canto y danza después del cruce del Mar Rojo, reconocida como profetisa. También están presentes Teresa de Jesús, Hildegarda de Bingen, Rabia al Adawiyya y de modo muy significativo la búsqueda vital de Simone Weil, de quien toma el nombre de su producción LUX: El amor no es consuelo, es luz.</p><p>Simone Weil colaboró con la Francia Libre entre 1942 y 1943, entre quienes trabajaban pensando el futuro luego de la guerra. Lo hizo particularmente en la redacción de una nueva Declaración Universal de los Derechos Humanos.</p><p>Weil inicia su aporte en que los deberes anteceden a los derechos. Hay un destino eterno que nos une, el desarraigo es la enfermedad más peligrosa de las sociedades humanas y quien lo sufre, a menudo también lo provoca.&nbsp;Para Albert Camus&nbsp;el libro de Simone sobre El Arraigo (L'Enracinement, prélude à une déclaration des devoirs envers l'être humain) es uno de los libros más lúcidos, más elevados, más hermosos, que se han escrito sobre nuestra civilización.</p><p>En él Simone considera la importancia de la obligación de respetar las necesidades que todos los seres humanos comparten, la libertad y la alegría, para cimentar una civilización orientada al bien. Para ello cree que "el arraigo es quizá la necesidad más importante y desconocida del alma humana", porque arraigarse significa vivir en conexión con una comunidad, un pasado y unas tradiciones, una idea de naturaleza y de belleza y, especialmente, con una espiritualidad -una tensión a Dios- que desactiva las pasiones destructivas que llevan a ver a los otros como enemigos.</p><p>Parece que no solo el héroe, sino también el santo, están nuevamente en el horizonte, de esta nueva civilización que está naciendo. La misma no es -en primer término- mejor o peor que otras, sino distinta; y que sus desafíos hacen de ella otra oportunidad para nuevas síntesis civilizatorias creacionistas, a la cual las grandes tradiciones siguen en condiciones de aportar.</p><p>* El autor es Profesor titular ordinario de filosofía política FCS – UCA; presidente Asociación Santo Domingo, Tandil; https://robertoestevez.academia.edu/</p>]]>
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                                <updated>2026-07-21T16:42:17+00:00</updated>
                <published>2026-07-21T16:41:46+00:00</published>
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