<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<feed xmlns="http://www.w3.org/2005/Atom">
    <id>https://www.eleco.com.ar/feed-etiqueta/opiniones</id>
    <link href="https://www.eleco.com.ar/feed-etiqueta/opiniones" rel="self" type="application/atom+xml" />
    <title>El Eco de Tandil</title>
    <subtitle>Entrevistas exclusivas y contenido multimedia para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Tandil.</subtitle>
    <updated>2026-08-23T07:45:02+00:00</updated>
        <entry>
        <title>
            Déjelos farmear aura
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/dejelos-farmear-aura" type="text/html" title="Déjelos farmear aura" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/dejelos-farmear-aura</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/dejelos-farmear-aura">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7NJP_QXkSS-HdvogGtHaOwDFrjo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/farmear_aura_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Estos jóvenes han nacido en una jaula de monitores. Han estirado sus raíces en un suelo abusado, cada vez más erosionado. Crecieron azotados por las constantes ráfagas de información pasajera e interacciones sin cuerpo. Sus hojas viven de captar luz azul y respirar aire sucio. Observe la tierra que les hemos dejado, busque algún grano de verdad, alguna semilla de esperanza. Este desierto es viejo como la radio, pero recuerdo que había más arbustos en mi tiempo adolescente. Todavía podíamos correr y escondernos a la sombra del futuro. Hoy no hay más que una duna interminable, arrastrada por la maldad del viento. La arena es finísima, idéntica, infinita.</p><p>Algunos han intentado encontrar la salida llegando al fondo de los tiktoks. Excavaron sin parar bajo lunas y soles, deslizando sin correr los ojos. Continuaron su descenso eterno, convencidos de la existencia de algún contenido final, de alguna puertita de salida. Penetraron en el reino de las sombras y las apariencias comiendo frutitos prohibidos comprados en el supermercado. Adolescieron, igual que usted y que yo, pero dígame si no había más arbustos en aquellos tiempos.</p><p>Deténgase a escuchar. La mitad de sus palabras son en inglés, claro, porque el mundo entero está a un scroll. Ya no hay más distancia que esa, ni más cercanía. Una lengua pisotea la otra porque comparten el mismo espacio. Un usuario se abalanza sobre otro porque muerde el ragebait. Otro piensa si vale la pena dar cringe y ser libre. Un troll revolea fake news. Mamá Gemini y papá Chat GPT mastican apurados la comida para regurgitarla en las bocas de sus miles de hijos. Todos los hijos están llorando al unísono, por hambre y por miedo. El resto no nos percatamos de ese coro apocalíptico, porque su llanto suena como carcajada y tiene forma de meme.</p><p>Los obligamos a mirarse en tercera persona y los largamos a navegar un mar de arena que no conocíamos. La mayoría regresó riendo y azotándose con un látigo. No es culpa de nadie, quizás de la evolución misma. Por supuesto que la juventud está perdida, como lo ha estado desde el principio de los tiempos, pero de eso se trata. Antes de horrorizarse, vuelva a mirar a su alrededor y pregúntese: ¿qué lugar le hemos dejado a los niños?</p><p>Estos jóvenes han nacido en una jaula de monitores; déjelos cultivar aura. En buena hora han elegido un intercambio de energía en persona, ocupando el mismo metro cuadrado del mundo real, usando la teatralidad del cuerpo para ganar algo de seguridad y algún impacto en el otro. Se están encontrando al aire libre mientras pasean sus cicatrices digitales, se están viendo a la cara. Han fabricado un espacio de encuentro en el mundo de la soledad, con las herramientas que tenían y las palabras que les quedaron. Podrían haber editado sus nombres y diseñado sus rostros. También podrían haber navegado lejos y solo regresar para saquear nuestras iglesias con el odio de los bastardos. O bien, podrían haber enfermado de muerte por la radiación de nuestra tecnología. La verdad es que tampoco nos hubiéramos enterado.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7NJP_QXkSS-HdvogGtHaOwDFrjo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/farmear_aura_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Estos jóvenes han nacido en una jaula de monitores. Han estirado sus raíces en un suelo abusado, cada vez más erosionado. Crecieron azotados por las c...]]>
                </summary>
                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-08-23T07:45:02+00:00</updated>
                <published>2026-08-23T07:45:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            De dónde vienen las ideas
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/de-donde-vienen-las-ideas" type="text/html" title="De dónde vienen las ideas" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/de-donde-vienen-las-ideas</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/de-donde-vienen-las-ideas">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2Ay_T1bY6uHWLQfjv1FTaa1zL30=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/ideas.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Aquel interrogante interrumpió mi búsqueda de un nuevo tema para fabricar esta columna. Uno creería que los pensamientos tienden a sucederse unos a otros, saltando siempre de los más generales a los más específicos, en una especie de zoom in que se va profundizando hasta llegar a la idea definitiva. Sin embargo, son más las veces en que esto ocurre en el sentido contrario. He desistido entonces de sentarme frente al gran mapa de mi mente y elegir con el dedo una zona prometedora, para rodearle un perímetro de seguridad y detener allí alguna conclusión idónea. Ese mecanismo lo pueden emplear quienes han estudiado muchísimo y saben bien dónde vive cada idea. Yo, por mi parte, hace tiempo que no hago un censo de mis ciudades mentales. Se han formado barrios enteros donde antes había pajonal y jamás los he visitado. No me he formado lo suficiente para trazar mi propio mapa y darme el lujo de elegir las ideas que encuentro. Lo que intento es achicarme lo más posible y arrojarme directamente a esas calles de mi interior, como en el Street View de Google Maps. Ahí busco mis ideas, caminando a su misma altura. Sin jerarquías ni planes.</p><p>Cuando llego, empiezo por alejarme del centro, porque ahí no hay más que principios fundadores e ideas viejas que aspiran a convertirse en convicciones y se pasan los domingos en el museo de anécdotas. Nada nuevo, por supuesto. Camino en línea recta por los barrios de pensamientos laburantes, saludando vecinos y esquivando miedos jóvenes que buscan coronar, pero no son más que perejiles. Los miedos importantes viven en el centro y transan con las convicciones. A esos no los persigue la autocrítica. Yo saludo a la pasada y sigo. Nunca me freno a charlar. En parte porque ellos no saben que viven adentro mío y si se enteran corro el riesgo de volverme loco, pero también porque lo que me interesa es llegar al fondo, a las casitas marginales, donde la ciudad se hace pajonal. Ahí sobreviven las ideas nuevas.</p><p>Son ideas vagas, en su mayoría solitarias e irreducibles. Tal vez ni siquiera saben que son ideas. A veces son solo una imagen, un gusto o una opinión sin fundamentos. Otras veces se agrupan unas con otras que nada tienen que ver, formando asociaciones extrañas. Uno podría pensar que encontrar una idea (o tener una idea) es igual de instantáneo que prender un foquito. Sin embargo, en estos barrios que le digo no siempre llega la luz. Por eso es más como desatar un nudo. Cuando alguna idea llama mi atención, enseguida desconfío de ella, o bien, de mí. Le pregunto de dónde viene y por qué, de qué conocimientos se agarra, de qué lecturas o experiencias. Me pregunto si sé lo suficiente, si acaso ya lo pensaron antes y mejor, si sufro el sesgo de mis propios privilegios, por ser hombre, por ser blanco y segunda generación profesional. Le pregunto a quiénes quiere, a quiénes odia y a quién le teme.</p><p>Falsa modestia, podrá pensar usted. Clásico giro este de no tener ideas y entonces escribir sobre no tener ideas. El meta análisis infinito como salvavidas creativo, el zoom out que esbocé al principio. No espero ningún aplauso. Sí cabe mencionarle que he charlado con todas mis ideas marginales y, al no encontrar ninguna para llevarme conmigo, me senté ahí mismo, entre las casitas y el pajonal, y me quedé escribiendo. Una de las ideas se acercó y me propuso consultarle a mis seguidores de Instagram sobre qué temas les gustaría leer. Le hice caso y solté mi pregunta al valle digital. Mientras recogía las respuestas, vi cómo iban llegando inmigrantes las ideas de otros y se instalaban en mis suburbios. Me quedaron grandes para adoptarlas y convertirlas en temas propios, pero las menciono para compartir lo que la gente se pregunta y, tal vez de esa manera, ilustrar el lugar de donde vienen las ideas.</p><p>Así, mis calles se llenaron de inquietudes viajeras que se parecían a las mías, pero tenían otras caras: las consecuencias de los mandatos familiares; la convivencia con la traición; la ansiedad colectiva; la paz interna de la soledad; los artistas y sus formas de crear; de dónde nace una idea; el pasado, presente y futuro; las influencias; los portales que crean las canciones; los sueños; los objetivos; el sistema capitalista; el fenómeno de “ser feliz” como mandato; la modernidad líquida; la adicción al algoritmo; la mediocridad generalizada; la creciente importancia de la estética en el día a día y los hábitos.</p><p>El último era una pregunta: “¿Hay motivo para pensar que este no es el mejor momento de la historia para estar vivo?”. Al final, es cierto que no me llevé ninguna idea, pero tampoco dejé a ninguna de lado.</p><p>Por eso estas columnas siempre huelen un poco a pajonal y nunca a conclusión iluminada. Porque están hechas de temas reciclados, incrustadas con palabritas reutilizables y sin revocar. Igual que las casitas de donde vienen las ideas.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2Ay_T1bY6uHWLQfjv1FTaa1zL30=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/ideas.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Aquel interrogante interrumpió mi búsqueda de un nuevo tema para fabricar esta columna. Uno creería que los pensamientos tienden a sucederse unos a ot...]]>
                </summary>
                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-08-16T11:22:10+00:00</updated>
                <published>2026-08-16T05:45:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Manual de la eficiencia moderna
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/manual-de-la-eficiencia-moderna" type="text/html" title="Manual de la eficiencia moderna" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/manual-de-la-eficiencia-moderna</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/manual-de-la-eficiencia-moderna">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XFrCt4GQCeNjHHgoA33sgi_pBDA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/manual_de_la_eficiencia_moderna.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Si usted es joven, vive en un país libre y tiene acceso a internet, ¡felicitaciones!, puede prepararse correctamente para el mundo venidero. Como todas las buenas opciones, es fácil, rápido y seguro. Incorpore estos tips profesionales para conseguir una vida de cinco estrellas al alcance de su mano.</p><p>La clave para lograr una consistencia sin contratiempos está en la reducción. Se debe recortar de la superficie cualquier brote que pueda desviar la trayectoria de la línea trazada. Reduzca la cantidad de nuevos conocidos y las horas de exposición a la calle. Ambas cosas son impredecibles y por tanto peligrosas. Despréndase de las posesiones sin valor. Descargue el contenido y recicle el papel. Venda todo lo posible. Por otro lado, triture sus pasiones y páselas por un tamiz hasta obtener un polvo incoloro. Repita este paso cuantas veces sea necesario hasta que el resultado no tenga ninguna impureza ni relieve. Luego, agregue unas gotas de madurez e integre hasta tener una pasta homogénea. Esa será su vocación.</p><p>Elija cuidadosamente sus lugares de esparcimiento, siempre de acuerdo a sus objetivos, y preste mucha atención a los posibles contactos. Las mejores oportunidades suelen presentarse en los espacios de ocio. De nada sirve perder el tiempo con vínculos ajenos a su marca personal.</p><p>Para manipular las nuevas relaciones, no olvide usar guantes y lentes de protección. Si un vínculo demanda más tiempo del que usted puede destinar, aplique un poco de ghosting preventivo. Recuerde que las explicaciones extensas requieren un gasto innecesario. El silencio, en cambio, es sustentable e higiénico. La vida social es conocida por ser un ingrediente útil para realzar algunos tintes de la rutina, pero su exceso puede truncar el desarrollo individual.</p><p>Entablar algún lazo romántico está bien, siempre y cuando los niveles de vulnerabilidad se mantengan aceptables. La pareja debe complementar el avance sin implicar un riesgo emocional demasiado alto. Es conveniente que los sentimientos del tipo amoroso recubran a los propios proyectos sin llegar a penetrarlos del todo.</p><p>Puede elegir alguna lucha a gusto, para sumar algo de sabor, pero la tapa siempre impedirá que el caldo se corte. Hay quienes prefieren el picante y atraviesan disputas ambientales y políticas; o bien puede usted optar por un dejo más suave como el del chimento. Encontrará una inmensa variedad de causas con las cuales comprometerse. En cualquier caso, procure mantener la indignación dentro de la olla para que no enchastre las demás hornallas.</p><p>Absténgase del fondo y sírvase únicamente de la espuma. Lea muchos titulares, saltee las introducciones y forme opiniones tajantes. La duda y la contemplación son lujos para los lentos; la certeza es el verdadero motor del éxito.</p><p>Consígase una IA de confianza y deléguele la tediosa tarea de formar ideas y organizar la rutina. Su cerebro es un recurso muy valioso; no lo sature con reflexiones improductivas o cronogramas propios. La máquina sabrá qué ideas tener y cómo descartar las tareas no rentables sin que a usted le tiemble el pulso.</p><p>Siga estos pasos al pie de la letra y verá cómo los márgenes de error se reducen a cero. Habrá logrado, por fin, blindar su vida contra la enfermedad de la ineficiencia. Admire su agenda sin fisuras, ni sorpresas. Gane la carrera. Disfrute de la cima. Es un lugar seguro, impecable y vacío.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/XFrCt4GQCeNjHHgoA33sgi_pBDA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/manual_de_la_eficiencia_moderna.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Si usted es joven, vive en un país libre y tiene acceso a internet, ¡felicitaciones!, puede prepararse correctamente para el mundo venidero. Como toda...]]>
                </summary>
                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-08-09T14:52:52+00:00</updated>
                <published>2026-08-09T08:30:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            A los amigos no se los cuenta
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/a-los-amigos-no-se-los-cuenta" type="text/html" title="A los amigos no se los cuenta" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/a-los-amigos-no-se-los-cuenta</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/a-los-amigos-no-se-los-cuenta">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/PQ52kVmbmIIjWLXXkjDhXKkAOns=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/a_los_amigos_no_se_los_cuenta.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>He escrito sobre la incertidumbre y sobre los sueños, sobre la carne y sobre las pantallas, sobre la vida y sobre la muerte. Sin embargo, por algún motivo, jamás he escrito sobre la amistad. Tal vez porque mis amistades subyacen en el simple hecho de escribir, y entonces cada renglón puede tratar de cualquier cosa y aun así estar hablando de ellas. Tal vez, en otras palabras, porque he forjado esta identidad con partecitas de cada uno de mis amigos, los de ahora y los de algún momento. Me encuentro entonces con esta voz que ostento propia, pero les pertenece; con estas ideas que suenan mías, pero alguna vez se las habré escuchado. Cualquiera sea el motivo, llega un punto en que se vuelve inaceptable abusar de esta primera persona frente al lector sin siquiera nombrarlos, como si yo fuera un gran creador solitario, sentado en un altillo pensando frases en silencio. Lo cierto es que tengo buenos amigos, y ya.</p><p>Aunque es una realidad que cada año tengo más conocidos y menos amigos, intento apilar gratitud en el huequito que le dejaba al rencor. Es más liviana y ensucia menos. Un rapero sin nombre dijo una vez que “a los amigos no se los cuenta, aparecen cuando tienen que”. Cuando escuché ese verso por primera vez, no logré digerirlo del todo. Tuve que extirparlo del resto de la canción y disponerlo en la mesa de disección de mis reflexiones. En ese momento todavía era un chico y tenía muy bien contados a mis amigos. Íbamos de mi casa a la escuela, de la de otro amigo al club. Aún no se había prendido la centrífuga de la vida.</p><p>Así fue que, después de los giros, se separaron los componentes de esa mezcla azarosa que es la secundaria. Algunos quedamos por acá y otros por allá, sin dejar nunca de cambiar, pero todos hicimos lo que pudimos. Algunos se alejaron sin decir una palabra y otras veces fui yo el que se fue en silencio, guardándome los agradecimientos, ahorrándonos las despedidas. Con otros nos buscamos después de tantas vueltas y ya no nos reconocimos, y tuvimos que darnos la mano con el cariño de lo que fue, con la desilusión de quienes se descubren ajenos, cambiantes, para seguir cada uno con su ruta.</p><p>Con algunos compartimos horas negras y navegaron estoicos a mi lado bajo los huracanes del destino. Otros me lastimaron donde más duele, en la intimidad, en la confianza, aunque nunca me arrepentiría de haber bajado la guardia. Todos hicimos lo que pudimos. También ellos llevan una parte mía, también yo atesoro lo que me dejaron. Al final, atravesamos una por una las etapas y dejamos cosas en el pasado, pero la vida ha de ser todos los momentos a la vez. Han de valer por sí mismos los momentos que compartí con cada uno de mis amigos, aunque nos hayamos perdido, aunque hayamos cambiado, aunque no me recuerden.</p><p>Hoy no sobra ni falta ninguno. No tengo necesidad de llevar ninguna cuenta. Mis amigos han sido compañeros de viaje y también lugares donde llegar. Hay algunos que veo todas las semanas y con otros nos escribimos a la distancia. A todos nos arrastran los giros de la máquina, pero desarrollamos una amistad inalámbrica que no conoce de tiempos ni espacios. Si usted desease conocerme a mí y yo estuviera en otra parte, le recomendaría que se junte con mis amigos. Ahí usted me verá dibujado. En esos lugares, en esas charlas, en esos gestos, en esos valores, en esos gustos y en esas miradas. Si yo mismo olvidara algún día esta voz, este camino, esta historia, si el mareo de la centrífuga me desordenara los principios y el mundo se mostrara artificial, sé que veré en ellos mi reflejo más real.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/PQ52kVmbmIIjWLXXkjDhXKkAOns=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/08/a_los_amigos_no_se_los_cuenta.webp" class="type:primaryImage" /></figure>He escrito sobre la incertidumbre y sobre los sueños, sobre la carne y sobre las pantallas, sobre la vida y sobre la muerte. Sin embargo, por algún mo...]]>
                </summary>
                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-08-02T15:01:30+00:00</updated>
                <published>2026-08-02T06:00:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Lo que no sale en los titulares
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/lo-que-no-sale-en-los-titulares" type="text/html" title="Lo que no sale en los titulares" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/lo-que-no-sale-en-los-titulares</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/lo-que-no-sale-en-los-titulares">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HhEADEc6DwDWXYa_suLbg4WOGSY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/lo_que_no_sale_en_los_titulares.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Todo empezó, como suelen empezar las cosas definitivas, por pura casualidad y descarte. Había una guitarra dando vueltas por la casa, un padre que le sacaba algo de folclore a las cuerdas y un pibe que cantaba encima. Cuando en la escuela aparecieron para promocionar el conservatorio, él, que ya andaba metiendo mano en la guitarra de forma autodidacta, levantó la mano. Pero a la hora de elegir instrumento, pegó el volantazo: eligió el piano a ciegas, por puro instinto, para no repetir lo que ya había en el living de su casa.</p><p>Así, a los diez años, arrancó una doble escolaridad. Mientras a la mañana cursaba las materias de cualquier adolescente, a la tarde se encerraba a incorporar la teoría musical, los pentagramas y la rigidez de la academia. Fue un adiestramiento largo y sistemático, seis años de formación básica pura y dura, el esqueleto necesario para poder sostener, años más tarde, el peso de la calle.</p><p>Estaba aún en la secundaria cuando fundó su primera banda, bautizada con el nombre Cocodrilo. Junto a Agus Román y los hermanos Ekeroth, el grupo juvenil recorrió los escenarios de Tandil desplegando un repertorio que incluía desde covers de rock hasta canciones de cuarteto. Ensayaban y guardaban los instrumentos en una salita improvisada adentro de un galpón, donde se preparaban para sus presentaciones más rentables: los cumpleaños de quince. Con el tiempo Cocodrilo se disolvería, pero esos jóvenes músicos siguieron sus caminos hasta integrar otras bandas locales como Fisión y Los Tapitas.</p><p>Luego de aquella primera banda, el muchacho dedicó el tiempo necesario a la exigencia del conservatorio para poder aprobar los exámenes de piano. Siendo ya un estudiante avanzado, participó como invitado en numerosos ensambles musicales que proponía su otra institución: la escuela secundaria. Pero no integró aquellas formaciones tocando el piano, ni tampoco la guitarra, sino que decidió probar el bajo. El intercambio entre la escuela y el conservatorio le permitió ampliar no solo la variedad de instrumentos que tocaba, sino también la red de músicos y profesores que iba conociendo en el camino.</p><p>Así fue que meses más tarde, en la feria de Semana Santa, se detuvo a escuchar una banda que lo cautivó por completo. Reconoció en esa formación a un chico que conocía de la escuela y se acercó después del show a decirle lo bien que había sonado. Aquel grupo era una murga de estilo uruguayo. El muchacho le confesó a su conocido de la escuela que, si alguna vez había una vacante, le encantaría formar parte.</p><p>La vacante se abrió y llegó la invitación, que fue aceptada sin dudar. Muchos años estuvo nuestro muchacho en la murga, ensayando los martes y jueves de cada semana, desde las diez hasta las doce de la noche. Cómo brillan los ojos del muchacho cuando recuerda la diversión de los ensayos nocturnos y multitudinarios.</p><p>En paralelo a la murga, el muchacho integraría también otra banda, porque para algunas personas nunca son suficientes los escenarios ni las horas de ensayo. Fue invitado por Luis Tangorra, que había sido profesor de su escuela y se estaba encargando de armarla. Aceptó, pero esta vez sí pidió ser él quien tocara el piano, su instrumento predilecto. La banda se llamó Tremendo Bembé y durante mucho tiempo empaparon los rincones de Tandil de música afrocubana. En esos cinco o seis años de presentaciones, la formación fue cambiando y, en una de esas reinvenciones, el muchacho acabó tocando junto a su propia prima.</p><p>Movido por esos ritmos afrodescendientes, tanto de la murga como de Tremendo Bembé, este muchacho se vio atravesado por la magia de la percusión. Comenzó, en aquel entonces, a asistir a las reuniones de un grupo de personas que tocaban juntas los tambores, a modo de comparsa. El muchacho se acercaba los sábados a la Estación de Trenes y también él tocaba los tambores. Cómo brillan los ojos del muchacho cuando me explica la conexión primitiva con esos sonidos, con esa comunidad. Aquel lugar recibiría luego el nombre de Candombe del Encuentro.</p><p>De esta manera se combinaban en la rutina del muchacho, durante aquellos años, la murga, Tremendo Bembé y el Candombe del Encuentro. Eran una, dos o tres presentaciones por fin de semana. Cómo brillan sus ojos cuando me cuenta sobre aquellos sábados en los que un show se superponía con otro y debía salir corriendo de un bar al otro, con los instrumentos en mano, con el apuro de los sueños, con el combustible de la pasión.</p><p>Cuando llegó la pandemia se apagaron las calles, pero floreció la música en su cuarto. Un cancionero perdido con treinta canciones de folclore, escrito a mano, letra y melodía, sin grabar. Después, Agosto Almendro: una nueva banda, esta vez formada y dirigida por el propio muchacho, que tocaba canciones compuestas por él mismo. Reunió a seis personas de enorme talento, entre compañeros de la murga y de sus bandas anteriores, en fin, de la interminable rueda cultural. Entre ellas, Anita Esnaola, con quien ya había compartido antes en Candombe del Encuentro, con quien creó proyectos personales y con quien, tiempo más tarde, daría forma a La Mamba. Durante sus meses en actividad, Agosto Almendro se presentó en La Vieja Romería, La Cautiva (actual Arte y Parte), Sicilia, La Pacha (actual Gluck), entre otros.</p><p>Asistió luego a un evento musical en la plaza del centro, de esos que ya no se hacen. Acá pareciera repetirse la historia de la murga: se detiene a escuchar, lo cautiva la música que tocan, se acerca después del show a expresar esa admiración y recibe una invitación. Esta vez, la invitación fue para tocar una sola canción. Sin embargo, al reunirse a ensayar, la conexión fluyó con una naturalidad inesperada, por lo que terminó sumándose a todo el repertorio. Esa banda se llamó Agua Panela y, como si el tiempo fuera solo un número, tocaron juntos otros tres años.</p><p>A partir de Agua Panela se desprendió un trío llamado Tres Bembé. Esta reducción en la formación tenía un fin económico, por la simple razón que tres músicos cobran más que ocho. Aquí el muchacho, Nico y Belén conseguían contrataciones en eventos privados y se asomaban apenas al acantilado del negocio. Estos bichos raros, los artistas, respiran por amor al arte, pero también deben pagar la comida con billetes. El trío consiguió después una productora que organizaba sus fechas, por lo que ellos debían ir y tocar. Así llegaron a presentarse fuera de Tandil, en escenarios costeros de Reta y Claromecó. Mientras Nico hacía la percusión y Belén cantaba, el muchacho tocaba el piano y el contrabajo al mismo tiempo.</p><p>Recién entonces empezaría a gestarse La Mamba, junto a Anita Esnaola. Con la idea original de armar una banda de rap con identidad latina, el muchacho y Anita fueron reuniendo uno por uno a los integrantes, un proceso que lo llevaría a encontrarse, inevitablemente, con más de un conocido. Reclutaron primero a Shaly, con quien había también tocado antes en la murga. Luego, en un evento organizado por El Choco en La Movediza, encontraron a su bajista: Tincho. En realidad no lo encontraron, porque el muchacho ya había compartido con él mucho tiempo antes.</p><p>Con Tincho habían hecho la música para los musicales -o concerts- del colegio Santo Domingo, otra de las salidas laborales que el muchacho había encontrado a lo largo de su interminable trayectoria. Aquella banda de oficio había estado formada por Juan Schang, Pablo Suarez, Tincho y el muchacho. También tocaron en los musicales de un instituto privado de inglés y, en otra ocasión, el muchacho diseñó y grabó la música de una obra de teatro llamada Esa me la sé, en la cual reversionó canciones de María Elena Walsh.</p><p>Volviendo a la historia de La Mamba, con Anita, el muchacho, Shaly y Tincho adentro, el esqueleto de la banda ya cobraba forma. Sumarían luego los vientos, a Giova en la batería y otras piezas que terminarían de completar el frondoso grupo. Cómo brillan los ojos del muchacho cuando me detalla el proceso creativo de una banda tan numerosa, las ideas colectivas, la conexión entre los distintos instrumentistas, el intercambio constante. Brillan aún más cuando me cuenta que hace poco publicaron un disco con La Mamba.</p><p>Anita le contó un día al muchacho que había escuchado en el Ferrock a una artista que le había gustado mucho. El muchacho, por supuesto, buscó en Instagram a dicha artista y comenzó a seguirla. Era July James. Al cabo de unos días vio una historia de ella cantando a capela y decidió responderle elogiando su voz. Ella le agradeció y le comentó, en una de esas casualidades artísticas, que estaba en busca de un tecladista para su banda. Sin embargo, la banda ya tenía un tecladista, Lucas, por lo que ambos se complementaron. Cuando Lucas tocaba el Rhodes, el muchacho tocaba el Hammond, y viceversa.</p><p>A sus treinta y cinco años, luego de veinticinco de recorrido, el muchacho decide lanzar su proyecto solista, con el nombre artístico de Gamma Mood. Cómo brillan mis ojos cuando pienso en la constancia de los sueños, en la capacidad de reinventarse, en lo incansable de la pasión. Grabó canciones en su cuarto y las terminó de producir en el estudio de Juan Polito, además de trabajar minuciosamente los videoclips de cada proyecto.</p><p>Cabe agregar, fuera de la cronología, que el muchacho ha tocado con Ro Sosa, con la banda de Próspero, en una banda de cumbia para un cumpleaños de sesenta, con Niño Neo en la obra Apocalipsis Siglo XXI y también improvisa la música en vivo para el elenco teatral de Proyecto Mondo.</p><p>Finalmente, con una sobrecalificación musical y la debida preparación pedagógica, el muchacho se convirtió en profesor de música de la escuela secundaria. Hace trece años da clases en Técnica 5 y hace diez en el colegio San José. Cómo brillan sus ojos cuando me explica que sería imposible transmitir la música a sus alumnos si hubiera dejado de recorrer los bares y escenarios. Me dice que no hace falta resignar los proyectos personales para convertirse en profesor, que una cosa es fundamental para la otra.</p><p>El muchacho se llama Gastón Valdez. Yo pienso cuántos flyers habrá compartido, a cuántos eventos habrá asistido y difundido, cuántas bandas habrá integrado, cuántas tardes habrá ensayado, cuántas noches habrá cargado el teclado en su espalda y se habrá parado en un escenario para ofrecerse a su público, para que su público lo vea y lo escuche.</p><p>Pienso en cómo el trabajo silencioso de veinticinco años es invisible, hasta que un episodio de violencia repentina y repudiable te convierte en carne mediática. Cómo la sangre te da en una mañana la visibilidad que te negaron los años de escenarios, reduciendo toda una vida de acordes y esfuerzo al titular anónimo de 'profesor agredido'.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/HhEADEc6DwDWXYa_suLbg4WOGSY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/lo_que_no_sale_en_los_titulares.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Todo empezó, como suelen empezar las cosas definitivas, por pura casualidad y descarte. Había una guitarra dando vueltas por la casa, un padre que le...]]>
                </summary>
                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-07-26T06:30:02+00:00</updated>
                <published>2026-07-26T06:30:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Física y palo santo
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/fisica-y-palo-santo" type="text/html" title="Física y palo santo" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/fisica-y-palo-santo</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/fisica-y-palo-santo">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7mEvbcBMy3mdDgZcCy8pDOeQnnE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/imagenes_festejos_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Finalmente, todo se resume a una esfera muda que decidirá por sí misma cruzar o no cruzar una línea. Es la joven y seductora Trionda, que nació en México, pero vive en Nueva York porque ama el espectáculo. Coquetea con los jugadores como si los conociera, pero nada sabe de ellos, que la persiguen y se pelean por quién la toca mejor. Quizás la confunden con alguna querida pelota del pasado, porque son parecidas y rebotan igual. Tal vez creen que es la misma que usaron en los potreros del baby, y asumen que será igual de noble e inocente. Pero esta no guarda ningún recuerdo, ninguna compasión y, al final, tomará sus propias decisiones. Bailará esta tarde y nunca más; y aun así, nadie podrá olvidarla.</p><p>Sería imposible para la pelota tomar la decisión de cruzar o no cruzar la línea habiendo contemplado antes la soledad de los vestuarios y el peso asfixiante del merecimiento. Cómo podría moverse luego de mojar sus gajos sintéticos en las lagunas de sudor que estas veintidós personas han regado, gota por gota, ayer y hoy. Esta tarde y todas las tardes, bajo las luces inmensas de este estadio y en el patio de tierra de sus casas. Gotas que han sido también lágrimas de frustración, de incertidumbre, de vergüenza; de niños encerrados en pensiones con sueños mucho más pesados que ellos. Gotas minúsculas que han formado lagunas por los años de constancia. Cómo podría la pelota, conociendo el barro de estas orillas, tomar la decisión de cruzar o no cruzar la línea para convertir a once en ganadores y a otros once en perdedores. A unos en héroes y a otros en villanos. Es mejor que no sepa nada y solo ruede.</p><p>La Trionda tampoco respeta la superstición. Desconoce los rezos, ignora las cábalas y es incapaz de oler el palo santo o escuchar los gritos de las tribunas. No ha visto nunca un altar improvisado a los pies del televisor ni las lágrimas de un hincha. Para ella, nuestra liturgia es invisible; solo existe la inercia, la física y el rebote. No comprende que un centímetro de su trayectoria azarosa tiene el poder de paralizar las avenidas o desatar los abrazos entre desconocidos.</p><p>Quizás, al contemplar la total indiferencia de este objeto geométrico, podamos por fin salir de la jaula del exitismo. De esa máquina trituradora y voraz, que solo valida al que levanta la copa. Si todo el andamiaje del destino se reduce, en última instancia, al capricho de una pelota sin memoria, deberíamos aprender a indultar a quienes quedan en el camino. Bilardo dijo, con razón, que del segundo no se acuerda nadie; pero Scaloni desarma la épica y le pregunta a los periodistas, aún luego de la gloria absoluta y la catarata de elogios, ¿Y si la pelota no entraba y perdíamos? Yo digo que, casi siempre, como es el fútbol es la vida. A veces alguien la mete sin saber cómo, a veces uno hace todo y la pelota se escapa.</p><p>Sospecho que la derrota es apenas otro de los nombres de la victoria; el reverso exacto del mismo éxito. Que la Trionda tome sus decisiones y caiga donde tenga que caer. La verdadera grandeza de estas personas ya sucedió mucho antes de que empiece a rodar.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7mEvbcBMy3mdDgZcCy8pDOeQnnE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/imagenes_festejos_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Finalmente, todo se resume a una esfera muda que decidirá por sí misma cruzar o no cruzar una línea. Es la joven y seductora Trionda, que nació en Méx...]]>
                </summary>
                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-07-21T13:57:40+00:00</updated>
                <published>2026-07-19T09:15:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Resurrección binaria: Dios en el casino
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/resurreccion-binaria-dios-en-el-casino" type="text/html" title="Resurrección binaria: Dios en el casino" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/resurreccion-binaria-dios-en-el-casino</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/resurreccion-binaria-dios-en-el-casino">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-ilXzykvfUstHqFuKYIkerYWAu8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/bajo_la_superficie_100726.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Cuántas toneladas de atención pesarán sobre la pantalla justo antes de la pausa de hidratación. Invento nuevo, claro. Cuántas miradas, cuánta emoción proyectada sobre el distorsionado espejo de píxeles. Invento nuevo la triple pausa, la hidratación es vieja, igual que el diablo y la publicidad. Con qué sutileza, con qué retórica maquiavélica los porteros del infierno abren las puertas para dejar salir los vapores de la tentación. Qué excelsa arquitectura ostenta el circo del sistema.</p><p>“Acá se juega con pelotas”, dice el ídolo argentino en el primer comercial. Pero ese no es él. Es un fantasma digital de una rigidez siniestra, un cadáver articulado por algoritmos que nos habla desde el más allá para promocionar un casino virtual. Empresas con nombres en inglés, con traducciones luciferinas como guerrero o hijo de la apuesta. Pero ese no es él. Ya no hay alma en esa mirada, es una máscara programada con la frialdad de una marioneta. Tiene los ojos vacíos; un abismo pixelado donde antes había barro, potrero y rebeldía. El rostro de juventud inverosímil en alta definición, el efecto blanco y negro para imitar un tiempo que no pasó, el diseño de audio para imitar palabras que nunca se dijeron. Es la más pura nigromancia posmoderna: el mercado resucitando a nuestros muertos ilustres no para mantener viva la memoria, sino para obligarlos a seguir facturando desde la tumba. El día que el fantasma digital de Messi, dentro de cincuenta años, irrumpa en una pantalla para promocionar un vaper de strawberry ice, recién ahí terminaremos de entender la magnitud del artificio. Con qué sutileza se abren las puertas del infierno.</p><p>Si hace poco hablábamos del PBI simbólico, de esa riqueza incalculable sostenida por operarios sin sueldo que entregan cultura en efectivo; este es su reverso exacto, su contracara más perversa. Es lo contrario a un circuito independiente generando refugio o comunidad; acá es el sistema apropiándose de esa inmensa fortuna simbólica que dejó un muerto para licuarla y transformarla, de forma violenta, en capital material. El ídolo, en vida, construyó un patrimonio de prestigio a fuerza de tobillos infiltrados y gloria, un amor incondicional que las planillas financieras jamás pudieron codificar. Y es exactamente esa ilusión popular, esa lealtad inquebrantable, la que hoy es secuestrada por el código binario y devuelta al pueblo en forma de propaganda. Le expropian la identidad al mito para que la banca siga cobrando, traficando con la fe de aquellos que alguna vez buscaron un faro en esa figura.</p><p>Resulta de una ironía macabra, casi poética. Aquella mano divina, la que alguna vez se suspendió en el aire para robarle al imperio y hacer justicia patriota, hoy le ofrece el vicio en bandeja a su propio pueblo. Han invertido el milagro: el sistema codificó la rebeldía y la giró a su favor. La mano de Dios ha sido desenterrada y poseída por la mano invisible del mercado, o quizás, del propio maligno.</p><p>Y del otro lado de la profanación, está el que apuesta: el verdadero sostén de esta maquinaria macabra. Hundido en la soledad de su propio valle digital, no sabe si busca un milagro o simple entretenimiento. La trampa ha sido perfeccionada, ya no hacen falta inmensos casinos sin ventanas ni relojes para perder la noción del mundo. El celular, ese rectángulo omnipotente, encierra la misma oscuridad y promete un atajo luminoso para escapar de la guillotina financiera. Es la ilusión de un golpe de suerte dentro de una vida precarizada, camuflada en el sueño de salir de abajo y conseguirlo todo. Es un salvavidas de plomo disfrazado de chance, disfrazado a su vez de Maradona. Allá está la pieza fundamental de los circuitos infernales, deslizando el dedo en silencio, apostando la plata que no tiene a un resultado que no puede cambiar, convencido por la voz dislocada de un ídolo que ya no existe. Así se consuma el despojo: apretando un botón en la oscuridad de la pantalla, para recibir a cambio, una vez más, poco más que el eco de su propio vacío.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-ilXzykvfUstHqFuKYIkerYWAu8=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/bajo_la_superficie_100726.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Cuántas toneladas de atención pesarán sobre la pantalla justo antes de la pausa de hidratación. Invento nuevo, claro. Cuántas miradas, cuánta emoción...]]>
                </summary>
                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-07-16T19:30:05+00:00</updated>
                <published>2026-07-12T05:15:37+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            El deseo no se fabrica en una pantalla
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/opinion/el-deseo-no-se-fabrica-en-una-pantalla" type="text/html" title="El deseo no se fabrica en una pantalla" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/opinion/el-deseo-no-se-fabrica-en-una-pantalla</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[El Eco de Tandil]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/el-deseo-no-se-fabrica-en-una-pantalla">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/o-bSrEe9upBwaBEe_pMzhSMYZto=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/01/pantallas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay una historia que nos contamos sobre nosotros mismos que tiene algo de verdad y algo de excusa. Vivimos ansiosos, polarizados, insatisfechos. La culpa es de las redes sociales, de los algoritmos, de la economía de la atención. La solución es regular las plataformas, educar en el uso de pantallas, desconectar a los adolescentes. Es una historia verosímil; pero se detiene en la superficie. Hay otra capa. Para verla, hay que bajar del feed al cuerpo. De la pantalla al día. Del like a la necesidad.</p><p>&nbsp;</p><p>***</p><p>&nbsp;</p><p>Un primate que duda entre dos frutos no está decidiendo, está prediciendo. Su cerebro evolucionó para minimizar la sorpresa. Anticipar lo que va a ocurrir y ajustar la conducta para que lo que ocurra no sea letal. La incertidumbre es el enemigo original. No la incertidumbre metafísica sobre el sentido de la vida, sino la incertidumbre material. Una sucesión de “si…entonces”. Si habrá alimento mañana, si el depredador está cerca, si el otro es aliado o amenaza. Esa incertidumbre no se disipa con información. Se disipa con acción. Si espero escasez, almaceno. Si espero peligro, me defiendo. Si espero cooperación, confío. El cerebro no procesa datos en el vacío. Lo hace para sobrevivir.</p><p>Ahora bien, ¿qué esperar? ¿Cómo saber qué es valioso, qué es seguro, en qué vale la pena invertir el tiempo y la energía?</p><p>Aparece un mecanismo que compartimos con otros primates pero que en nosotros se volvió central. No sabemos qué desear. A diferencia de la necesidad —que tiene un objeto fijo: sed, hambre, refugio—, el deseo es indeterminado. La forma que encontramos para resolver esa indeterminación es mirar a los demás. Deseamos lo que otros desean. No porque el objeto sea necesariamente valioso en sí mismo, sino porque alguien lo ha señalado como tal.</p><p>Es un mecanismo tan antiguo que ni siquiera requiere lenguaje. El chimpancé que ve a otro comer una fruta no solo quiere alimento: quiere esa fruta, la que el otro está comiendo. La imitación es una estrategia de reducción de incertidumbre. Si no sé qué desear, imitar a alguien que parece saberlo es un atajo formidable.</p><p>Las redes sociales no inventaron este mecanismo. Lo encontraron ya funcionando, probado por la evolución durante cientos de miles de años. Cuando un adolescente compara su vida con la de un influencer, está haciendo lo mismo que hizo su cerebro desde que existe, buscar un modelo que le diga qué desear. La diferencia es la escala. Antes, el modelo era alguien de la tribu, del clan, del pueblo. Hoy, el modelo puede estar en Miami, en Tokio o en una pantalla que nunca se apaga. Pero la estructura es la misma. El deseo no nace en la pantalla. La pantalla lo captura y lo direcciona.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>***</p><p>&nbsp;</p><p>El creacionismo, en su versión más extrema, sostiene que el mundo fue creado por un acto divino, sin mediación de procesos materiales. Niega la evolución porque no la ve, no ve los fósiles, no ve la selección natural operando en tiempo real, no ve las capas geológicas que atestiguan un pasado larguísimo. Solo ve el resultado final y atribuye su origen a un creador todopoderoso.</p><p>El creacionismo digital hace algo análogo con el deseo. Niega su evolución porque no la ve. No ve al primate que imita a otro primate para encontrar alimento. No ve al niño que mira a sus padres para saber qué es valioso. No ve las capas de imitación y rivalidad que estructuran la vida cotidiana de cualquier comunidad humana. Solo ve la pantalla, el algoritmo, el like. Y atribuye el deseo a un creador: el código.</p><p>Es una teología sin Dios, pero con la misma estructura de omnipotencia. Donde el creacionismo extremo clásico niega la evolución de las especies, el creacionismo digital niega la evolución del deseo. Cree que todo empieza en 2007, con el iPhone. Cree que antes de la pantalla no había imitación, no había modelos, no había rivalidad. Cree que el deseo es un producto del algoritmo, como si el algoritmo pudiera crear de la nada lo que la evolución esculpió durante milenios.</p><p>Si el deseo es creado por las plataformas, entonces la solución es técnica. Regular el algoritmo, limitar el tiempo de pantalla, educar al usuario. Pero si el deseo es anterior a las plataformas, si está anclado en el cuerpo que necesita y en la comunidad que ofrece o niega modelos, entonces la solución técnica es necesaria pero insuficiente. Es un parche sobre una hemorragia interna.</p><p>&nbsp;</p><p>***</p><p>&nbsp;</p><p>Tomemos a una persona en un día, en un pueblo cualquiera de la provincia de Buenos Aires. Digamos que se llama Laura. Laura se levanta a las seis, prepara el desayuno para sus hijos, los lleva a la escuela, va al banco a hacer un trámite, trabaja hasta el mediodía en un comercio, pasa por el hospital a sacar un turno para su madre, cocina, limpia, ayuda con la tarea, se acuesta a las once. Durante ese día, Laura sintió tensión en el banco, preocupación en el hospital, una ansiedad constante que no terminó de disolverse ni siquiera cuando apagó la luz.</p><p>Si uno mirara el gemelo digital de Laura —ese perfil que las plataformas construyen con sus datos de navegación—, vería otra cosa. Vería que Laura likeó tres publicaciones de una influencer que viaja por el sudeste asiático, que buscó ofertas de vuelos a Bariloche, que compartió un video de una casa minimalista con ventanales enormes y un jardín que parece un parque nacional. El algoritmo concluiría que Laura desea viajar, que sueña con una casa luminosa, que aspira a una vida de libertad y diseño.</p><p>Quizás el deseo de Laura tiene otro anclaje. Laura está agotada. Lo que desea es que el banco no le pida otro papel que no lleva, que el hospital le dé el turno sin hacerla esperar tres semanas, que el sueldo alcance hasta fin de mes sin tener que hacer malabares. Posiblemente lo que Laura busca en esas imágenes no es un destino de vacaciones, es una salida lateral. Una forma de respirar en un día que no le da tregua. Es un modelo lejano que no le exige nada porque no compite con ella.</p><p>El creacionista digital mira el historial de Laura y cree que ahí está su deseo. Pero su deseo está en otra parte. Está en el cuerpo que se tensa en el banco, en la preocupación que no se va cuando apaga la pantalla, en el apuro que no es por llegar tarde sino por no llegar nunca. El gemelo digital no conoce a Laura. Sabe qué likea, pero no sabe qué le duele.</p><p>Y no es ignorancia tecnológica. Michal Kosinski demostró que bastan trescientos “me gusta” de Facebook para predecir a alguien mejor que su propio cónyuge, e inferir con notable precisión rasgos tan íntimos como la orientación sexual o la ideología. Y Seth Stephens-Davidowitz, en Todo el mundo miente, ha documentado que lo que buscamos en Google delata lo que jamás confesaríamos en una encuesta; la conducta dice más que la declaración. Tienen razón, y su hallazgo es el mismo que organiza estas páginas.</p><p>Pero hay una diferencia entre predecir lo que alguien es y captar de dónde viene su deseo. El like revela un atributo estable; no revela contra quién se está comparando Laura esta tarde, ni por qué la ansiedad que la habita no cede cuando el día termina. El algoritmo la conoce. Lo que no sabe es qué la lastima.</p><p>&nbsp;</p><p>***</p><p>&nbsp;</p><p>Hay un segundo aspecto del creacionismo digital, menos teórico y más material. No se trata solo de que las plataformas se auto perciban como fabricantes del deseo. Se trata de que quienes las diseñan viven, literalmente, en otro mundo. Algo así como el mundo feliz de Google.</p><p>Los grandes campus tecnológicos de Silicon Valley están concebidos para eliminar toda fricción material de la vida de sus trabajadores. Comida gratuita preparada por chefs, gimnasio, piscina, atención médica en el lugar, guardería, espacios de descanso con cápsulas para dormir, jardines, bicicletas internas, cafeterías cada cien metros. La premisa es que, liberado de las preocupaciones de la supervivencia, el trabajador puede concentrarse en innovar.</p><p>Quien habita ese entorno durante años calibra sus predicciones más profundas en torno a un mundo que no existe fuera del campus. Desarrolla lo que podríamos llamar una expectativa de abundancia: el futuro es predecible, los recursos están garantizados, la incertidumbre material no existe.</p><p>El problema no es que esos trabajadores estén cómodos. El problema es que diseñan los modelos de deseo que van a consumir millones de personas cuyas expectativas son radicalmente distintas; personas para quienes la incertidumbre sobre el trabajo, la salud, el transporte o el alquiler es una experiencia diaria.</p><p>Hay una asimetría profunda en el corazón de la economía digital. Quien diseña el algoritmo no comparte las condiciones materiales de quien lo usa. Su cerebro fue moldeado por un entorno donde la comida aparece sin costo y la salud está garantizada; el del usuario, por un entorno donde cada fin de mes es un pequeño milagro. El algoritmo cree que el usuario busca entretenimiento, cuando en realidad busca reducir una incertidumbre que el diseñador nunca experimentó.</p><p>Demás está decir que no se trata de demonizar a los trabajadores de Google, ni a la compañía. Se trata de señalar que el entorno material en el que se diseñan las plataformas produce una forma de ceguera estructural. Una ceguera que no se cura con más datos ni con mejores intenciones. Porque el problema no está en la cantidad de información. Está en el tipo de mundo que el cuerpo del diseñador aprendió a predecir.</p><p>&nbsp;</p><p>***</p><p>&nbsp;</p><p>Esta ceguera no es solo un problema de las plataformas. Es un problema de cualquiera que intente entender el malestar contemporáneo mirando solo la superficie.</p><p>Raúl vive en el mismo pueblo que Laura. Declara que su modelo de vida es un influencer de Miami, pero está haciendo algo más complejo que imitar, usa ese modelo lejano como salida lateral a una rivalidad cercana que no sabe cómo nombrar. Lo que lo desvela no es Miami. Es que el comerciante de la otra cuadra renovó el local y a él no le alcanza, que su cuñado se compró la camioneta que él venía mirando, que en el club lo dejaron afuera de la comisión. Pone el deseo lejos para no admitir que está puesto cerca.</p><p>Las plataformas facilitan este desplazamiento porque eliminan las señales que en un encuentro cara a cara delatarían la verdadera rivalidad. El tono de voz, la postura, la microexpresión, la sincronización con el interlocutor. Todo eso desaparece en el texto, en la imagen, en el like. Lo que queda es la declaración, que puede ser autoengaño. La pantalla no solo amplifica el deseo, lo vuelve opaco para quien lo experimenta. Pero el deseo está en otra parte. Está en el cuerpo que se tensa cuando el vecino prospera sospechosamente. Está en la preocupación que no se va cuando se apaga la pantalla. Está en la bronca que busca un culpable y en el desánimo que ya ni eso busca.</p><p>&nbsp;</p><p>***</p><p>&nbsp;</p><p>Si el deseo se organiza en torno a modelos, entonces la disponibilidad de modelos cercanos, no rivales, que orienten el deseo sin generar competencia destructiva, es la variable clave. La variable que el creacionismo digital no ve porque no mira donde tiene que mirar.</p><p>Una comunidad donde hay instituciones fuertes —el club, la escuela, la biblioteca, los bomberos, la sociedad de fomento— no es una comunidad pintoresca: es una comunidad que ofrece modelos. El dirigente del club que dedicó treinta años a formar chicos no compite con el comerciante que abre todos los días a las siete. La médica del hospital no compite con la bibliotecaria. Cada uno es un modelo en su dominio, y esa diferenciación evita que todos deseen lo mismo y choquen por lo mismo.</p><p>Una comunidad donde alguien que atraviesa un problema grave sabe a qué puerta golpear es una comunidad que tiene canales de contención que no pasan por el Estado ni por el algoritmo. Donde hay personas que sin ocupar cargos dedican su tiempo a mejorar la vida de los demás —el que organiza la colecta, la que da clases de apoyo, el que abre el galpón para los cumpleaños del barrio—, hay modelos de deseo que no son rivales.</p><p>Una comunidad donde la gente siente orgullo por su lugar y no necesita compararse todo el tiempo con vidas imposibles es una comunidad que tiene defensas contra la mediación externa. No porque rechace lo de afuera, sino porque tiene un adentro desde el cual mirar. Solo el arraigo permite el préstamo fértil. Solo la identidad fuerte permite tomar de otros sin perderse.</p><p>Una comunidad donde los conflictos se resuelven directamente, con alguien del barrio que ayuda a calmar los ánimos antes de que el problema se agrave, es una comunidad que no sobrecarga al gobierno local con cada disputa entre vecinos. Y por eso es menos propensa a buscar un culpable cuando las cosas van mal.</p><p>No es nostalgia, es ecología del deseo. Si no hay modelos locales, los externos ocupan todo el espacio; y cuando esos modelos son inalcanzables, la imitación no produce progreso sino frustración y rivalidad. A riesgo de ser sentencioso, para ver dónde queda esa frustración hay que dejar de mirar el mapa de la comunidad y volver al cuerpo concreto que la habita.</p><p>&nbsp;</p><p>***</p><p>&nbsp;</p><p>Volvamos a Laura. Durante su día cualquiera —el banco, el hospital, los hijos, el comercio— su cuerpo registró tensiones, preocupaciones, apuros. Pero lo decisivo no es cuánto se tensó, sino cuánto de esa tensión vino del roce con el mundo y cuánto del roce con los otros. Si el malestar viene de la interacción —del jefe que maltrata, del funcionario que desprecia, del vecino que compite—, entonces no es un problema de pantallas. Es un problema de vínculos.</p><p>La pantalla puede amplificar ese malestar. Puede ofrecer modelos falsos que prometan aliviarlo. Puede incluso volverlo opaco para quien lo padece. Pero no lo crea. El deseo no se fabrica en una pantalla. Se fabrica en el cuerpo que necesita, en la comunidad que sostiene o abandona, en los modelos que orientan o envenenan.</p><p>El creacionismo digital es la última versión de una vieja ilusión. Creer que el deseo puede crearse de la nada, sin cuerpo, sin historia, sin evolución. El deseo tiene capas geológicas. Y las más profundas no están en la nube: están en el primate que imita, en el niño que observa, en el adulto que se tensa en la espera del transporte público. Están en el día de ayer, en las obligaciones que cumplimos con o sin ganas, en las personas con las que tropezamos mientras las cumplimos. Lo demás son arreglos temporales. Inevitables, pero superficiales.</p><p>&nbsp;Dr. Héctor Oscar Nigro. Ingeniero de Sistemas y politólogo.</p><p>&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/o-bSrEe9upBwaBEe_pMzhSMYZto=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/01/pantallas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Hay una historia que nos contamos sobre nosotros mismos que tiene algo de verdad y algo de excusa. Vivimos ansiosos, polarizados, insatisfechos. La cu...]]>
                </summary>
                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-07-15T23:55:04+00:00</updated>
                <published>2026-07-07T09:45:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            El PBI simbólico: operarios sin sueldo
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/el-pbi-simbolico-operarios-sin-sueldo" type="text/html" title="El PBI simbólico: operarios sin sueldo" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/el-pbi-simbolico-operarios-sin-sueldo</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[El Eco de Tandil]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/el-pbi-simbolico-operarios-sin-sueldo">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/NLJCI1ExwAVO61n6vdRqyoreNbw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/bajo_la_superficie.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>El capital simbólico es un concepto desarrollado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu. Se refiere al prestigio, la reputación y el reconocimiento que una persona o institución obtiene en un contexto social determinado. A diferencia del capital económico o cultural, el capital simbólico se construye sobre la base de percepciones sociales, es decir, depende de que otros reconozcan y valoren ciertos atributos como legítimos y valiosos.</p><p>(Instituto Soulmaya)</p><p>De más está decir que el capital simbólico no puede pagar la comida, ni el alquiler, ni la ropa. Por eso hay tantos inútiles acaudalados y genios con hambre. Así y todo, más vale criticar al juego y no al jugador. No será este el llanto de un artista frente a la injusticia del dinero. Cualquiera que integre el circuito de arte independiente tiene claro que el capital material se está repartiendo en otro lado. Los economistas se agarrarían la cabeza al analizar la renta de un ciclo de poesía o un evento de rap. Teclearían con ceño anonadado frente a una planilla de Excel (que ni siquiera suele existir), intentando resolver con números un negocio hecho de convicciones. Cómo explicarle a esos economistas que, a pesar de todos los costos operativos, incluyendo la sala, el sonido, la iluminación, el diseño y la impresión de un flyer y los operadores; la entrada será totalmente gratuita.</p><p>¿Por qué motivo estas personas se autoemplean en un trabajo sin sueldo, que encima requiere gastar del propio bolsillo? He aquí la pregunta que intentaré iluminar en términos financieros para que puedan entenderla ellos. A usted, artista, no hace falta que le describa nuestra fortuna.</p><p>Pero cómo, con qué palabras, podría retratar lo que siente el intérprete encerrado en el bañito del bar, que hace las veces de camarín, minutos antes de salir al escenario. Cómo ilustrar la disputa de emociones que devuelve el espejo, esa mirada que se debate entre las ganas y el miedo, entre la pasión y la vergüenza. Afuera lo esperan quince personas, pero no empezará el show hasta que lleguen su mamá y su papá, que están en camino. Es una ansiedad infantil, un miedo, una fascinación. Es un baño, es un bar, son quince personas. Es mucho laburo. Es gratuito. Es gente grande, che…</p><p>Pero también es la tarima que decoró hace un rato y su mejor ropa, que dejó separada la noche anterior. Es el trapito húmedo que le pasó a las zapatillas hace un rato. Es el flyer que subió a sus redes varias veces, superando el pudor que implica gritar en el valle digital “¡voy a estar ahí, haciendo lo que hago, si pueden vayan!” y recibiendo poco más que el eco de sus propios gritos. Es cada uno de los quince que están afuera, que también eligieron su ropa y se acercaron al bar a prestar sus oídos. Es su hermano, hace siete años, cuando lo llevó a ese centro cultural a escuchar por primera vez a un rapero local, que también estuvo antes en un bañito, respirando hondo, entre la pasión y la vergüenza. Y no pudo ver mucho ese día, porque aún no había pegado el estirón, pero vio cómo las personas de adelante movían la cabeza, aplaudían y se abrazaban; y supo que la magia estaba en el aire cuando descubrió en su propio brazo una piel de gallina que no conocía. Siete años pasaron y es ese mismo rapero de aquel centro cultural quien hoy lo ayudó a decorar la tarima. ¿Empieza a distinguir la rueda? Es por eso que trabajan estas personas, para que no deje de girar. Nada más, ni nada menos. Son los sueños y el trabajo, la ilusión y el esfuerzo; es el arte y la vida. ¿Y de la plata? Por ahora ni rastro, ni del lado de las causas, ni de las consecuencias.</p><p>Suite Soprano diría “no me llamen artista, soy un operario”. Frené un momento y escuché cómo chirría la máquina cultural de su ciudad. En cada uno de esos operarios sin sueldo se sostiene el PBI simbólico de Tandil. En los espacios que generan y promocionan sobrevive un intercambio mucho más complejo y necesario que el material. Aun cuando las redes sociales intentan convertirse en una especie de criptomoneda de prestigio, los millonarios simbólicos caminan o pedalean entre nosotros, dando arte en efectivo, manteniendo vivo el mercado local. No es este el llanto de un artista frente a la injusticia del dinero, sino todo lo contrario: es una declaración de riqueza.</p><p>El mismo día que me decidí a escribir sobre el capital simbólico local, le mandé un mensaje a Suave Digger, porque ambas cosas son un poco significante y significado. Debo reconocer que probé muchas formas de presentar a este artista en un párrafo con estilo de BIO, pero todas parecían limitarlo. Dejaré que usted investigue a Suave Digger por su propia cuenta y solo diré que es uno de los principales productores de capital simbólico en Tandil y, por lo tanto, un incansable operario del arte. Le envié el borrador de mi columna y recibí la respuesta en una sola frase sin puntos. Sentí, por supuesto, la pulsión automática de meter el bisturí y domesticar el texto para que no incomode en el diario. Pero intervenir su cadencia sería ahogar una prosa tan única que a cualquier autor le tomaría la vida entera imitar. Por eso, doy un paso al costado y dejo a modo de cierre el mensaje completo, tal como lo recibí esa misma madrugada. Después de todo, WhatsApp es la nueva correspondencia; esto es el nuevo género epistolar:</p><p>Nacho amigo, primero que nada, buenas noches, quiero agradecerte por pensar en mí y el reconocimiento, aprecio mucho la oportunidad, considero que ocupás con la suficiente responsabilidad y altura el espacio en el medio, realmente estoy muy contento de dejar mi aporte en un tema tan importante para quienes habitamos la vida como artistas, en pos de contextualizar: debo hablar puntualmente del Hip Hop, que es la manera de transitar el mundo, si me preguntás del movimiento, los ciclos de eventos, me parece de suma importancia en tiempos como hoy crear comunidades, compartir respeto, generar unión, escuchando, mirando a los ojos al otro cuando habla de las cosas que lo apasionan, generar oportunidades entre nosotros, hoy en Tandil, hablando de Hip Hop, ¿quién va a hacerlo si no somos nosotros? Es de público conocimiento que no es rentable que una presentación de un artista sea más costosa que la propia recaudación, así como también es cierto que entre los artistas y productores hay algo más que esa planilla de números en positivo, yo recupero fe en cada que veo a alguien feliz en un evento, sea artista, alguien del público, alguien ajeno a la cultura, me imagino a mi yo de 15 años saliendo de un encuentro de Hip Hop con ganas de activar, decir lo que pienso y que sea uno de los pocos lugares seguros en mi vida entera, realmente, no tiene sentido pensar en los costos (para un economista seguro) sabiendo lo enriquecedor que es para cada unx de lxs asistentes, por eso mismo, intento que el acceso económico no determine a quien pueda formar parte, costear un evento de rap nacional (que es la búsqueda) no siempre es un modelo sostenible, pero tampoco puedo hacer que un pibe no pueda ser parte porque no tiene 10 lucas, creo que cualquier productor o persona que decida llevar a cabo un evento cultural es consciente de eso, hasta acá es mi aporte, sinceramente estoy cansado amigo podría súper abordar montón de conceptos sobre Hip Hop pero también considero que hacerlo en persona será más nutritivo, gracias.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/NLJCI1ExwAVO61n6vdRqyoreNbw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/bajo_la_superficie.webp" class="type:primaryImage" /></figure>El capital simbólico es un concepto desarrollado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu. Se refiere al prestigio, la reputación y el reconocimiento...]]>
                </summary>
                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-07-09T19:30:05+00:00</updated>
                <published>2026-07-05T11:35:49+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Mosaico
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/mosaico" type="text/html" title="Mosaico" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/mosaico</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/mosaico">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Wi_zH9jP5yUBLRlAtnCFDsP5Ojo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/buho_noche_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Los hijos de mamá Geminicrecen entre algodonesy llevan siempre razónmamá Gemini mimaa sus hijos milescon la leche tibiade sus pechos amables</p><p>¡Excelente observación!¡Es una obra maestra!</p><p>los hijos no exitosos del éxitolloran en código binariosi fuera este el último de sus díashallarían tiempo para píxeles</p><p>como la niña que apila recuerdosen gigas y gigasde nubepobre acumuladora digitalhojea apunteslevanta cada tantosus ojos a la ventanadetrás del vidrio fríola noche púrpuraun fresnoun tilocables</p><p>quiere apagarlo todolavar su carasus dientesliberarsedel corpiñoterminar el día</p><p>daría entera su vidaen cualquier esquinapor los gigas que atesora</p><p>y qué opaca la suertede quien se consagra víctimaen tiempos de coparecibir el diplomasin cobertura ni cartelesyo que almorcé piensopan y circopero me acomodo en mi butacay muerdo el pan que me toca</p><p>así como Germán hundiósus náuticos en aire puroesa tarde en que la gravedaddecidió empujar el doble</p><p>incluso a pesar de ser élun tipo delgadodesabridocomo quien dicerodeado solo de airesu peso aumentócomo si cargara aúnsueños en el bolsillo</p><p>había ocupado cada añomenos espaciopodía inclusoguardarse en un monederodormía inclusoen su propia mesa de luzfantaseaba inclusocon la grandeza</p><p>tardó tantoen caer quea la baldosaque lo esperabano llegó nada</p><p>…</p><p>luego de unos segundosmi vista dilatada habitó la oscuridadel negro sólido omnipresentereveló profundidad sin sombrasuna llanura infinitadel césped más uniformeni un relieve; ni un arbustosolo pasto y cieloen todas las direccionesni una loma; ni un pozosuelo impoluto nivelado y cielo negroni una brisa; ni una luzreconocí enseguida aquel lugarera un sueño febrilde mi infanciame acosté en el pastola prolija alfombra crujiófrente al peso de mi nucarecordé un versola poesía es encontrarle forma a las nubesaquí no haypoesíala poesía sonesos segundos que uno tardaen romper el envoltorio de un regaloadentro no hay nadala poesía es más bienel colorido envoltorio</p><p>aquí no hay nubespero tampoco estrellases el cielo más hermosoque alguna vez vieron mis ojostan negro que por momentoses azul violetacasi me entrego al sueñopero distinguí al búhoa unos metros o millas quizássus ojos como platos parecían serla única luz en todo el llanome seguía a todos ladosdado que allí no había lunayo le dejaba los restos de mis ideasél, a cambio, daba alerta cuando me acechabanpara que retomara mi marchadijo</p><p>anochece yalas armas pesanbebamos hoyel vino saladonarremos en rondaviejas historiasque no volveráncelebremos futurosque llegarán jamásriamos de los tajos y la salmañana cuando se nubleseré el primero en levantar mis alasel primero en olvidarlas historias que contéen arruinarlos futuros que soñépara morir en la llanuracon los ojos abiertos.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Wi_zH9jP5yUBLRlAtnCFDsP5Ojo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/buho_noche_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Los hijos de mamá Geminicrecen entre algodonesy llevan siempre razónmamá Gemini mimaa sus hijos milescon la leche tibiade sus pechos amables¡Excelente...]]>
                </summary>
                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-07-03T17:40:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-28T04:00:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Los silencios también hablan
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/opinion/los-silencios-tambien-hablan" type="text/html" title="Los silencios también hablan" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/opinion/los-silencios-tambien-hablan</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Soledad Restivo]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/los-silencios-tambien-hablan">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/LxDmNH_3bT94V4zqN5cJNqyIlPs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2024/01/violencia_vicaria.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay silencios que cuidan. De hecho, son necesarios. Cuando una persona atraviesa una situación de violencia por motivos de género, preservar su identidad, respetar sus tiempos y evitar cualquier exposición innecesaria es una condición básica para que pueda hablar. Sin ese cuidado, muchas veces la denuncia ni siquiera sería posible.</p><p>Pero no todos los silencios cumplen esa función. Hay otros que, casi sin advertirlo, empiezan a proteger algo distinto. Y ahí es donde vale la pena detenerse. Porque una cosa es cuidar a quien denuncia y otra muy diferente es que ese mismo silencio termine preservando el prestigio, la autoridad o el lugar de poder de quien fue señalado. La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo el sentido de la discusión. No se trata de reclamar escraches ni condenas anticipadas. Tampoco de desconocer el derecho de cualquier persona a defenderse o a que los hechos sean investigados con todas las garantías. Pero el debate nunca pasó por ahí.</p><p>La pregunta es otra. ¿Qué hacen las organizaciones, los medios, las universidades, los sindicatos o los movimientos sociales cuando una denuncia alcanza a alguien que ocupa un lugar de reconocimiento? ¿Qué decisiones toman? ¿Qué comunican esas decisiones, incluso cuando creen que no están diciendo nada?</p><p>Hace poco volvió a discutirse a partir de un caso ampliamente conocido. Un periodista, columnista y especialista en política internacional, sobre quien pesan múltiples denuncias públicas por violencia de género, fue convocado nuevamente para analizar la coyuntura internacional. El ejemplo no importa por sí mismo, sino porque dejó al descubierto un mecanismo que aparece una y otra vez. Bastó que algunas mujeres señalaran la contradicción para que la conversación cambiara de eje. Las denuncias dejaron de ocupar el centro de la escena. También quedó en un segundo plano la responsabilidad ética de quienes habían decidido ofrecerle ese espacio. En cambio, comenzaron a repetirse otros argumentos: que era una voz importante, que sabía mucho del tema, que su trayectoria era indiscutible, que una cosa eran las denuncias y otra muy distinta su capacidad profesional. Y, casi sin darse cuenta, el foco dejó de estar donde había empezado.</p><p>No deja de llamar la atención que eso ocurra con tanta frecuencia. Cuando quien es denunciado tiene prestigio, una larga trayectoria o un lugar ganado dentro de un espacio, la conversación cambia. Se empieza a hablar de sus libros, de sus investigaciones, de su experiencia, de su inteligencia o de su capacidad profesional. Como si todo eso pudiera ubicarse en un plano completamente separado de las violencias denunciadas. Con otras vulneraciones de derechos no suele hacerse el mismo ejercicio.</p><p>Difícilmente alguien proponga entrevistar a una persona condenada por corrupción para hablar de transparencia institucional. Resulta evidente que una invitación nunca es un acto neutro. Elegir una voz también implica construir legitimidad. Sin embargo, cuando las denuncias tienen que ver con violencia por motivos de género aparecen los matices. "Hay que separar la obra del autor. -&nbsp; "No podemos perder una voz tan importante. - Lo relevante es lo que viene a explicar. No confundamos la vida privada con la capacidad profesional.” Son frases que se escuchan una y otra vez. Y vale la pena preguntarse por qué aparecen justamente en estos casos. ¿Por qué algunas violencias parecen admitir excepciones y otras no?</p><p>Tal vez porque, aunque hace décadas se afirma que la violencia de género constituye una violación a los derechos humanos, todavía cuesta asumir todas las consecuencias de esa afirmación. Se repite en documentos, protocolos y discursos institucionales. Pero cuando ese principio entra en tensión con una figura prestigiosa o con un dirigente importante, empiezan las excepciones. Ahí aparece una jerarquía silenciosa de derechos. No hace falta que nadie la enuncie. Se expresa en las decisiones que se toman, en los debates que se postergan y en aquello que siempre parece poder esperar un poco más. Ese mecanismo no pertenece solamente al periodismo.</p><p>También atraviesa organizaciones populares, sindicatos, universidades, partidos políticos, cooperativas y tantos otros espacios que construyeron su identidad alrededor de la defensa de la igualdad y los derechos humanos. Quizá por eso resulte más difícil advertirlo. Porque nadie espera encontrar esas contradicciones en lugares que hicieron de la justicia social una bandera. Sin embargo, es precisamente ahí donde la discusión se vuelve indispensable.</p><p>No alcanza con tener protocolos o declaraciones de principios si, llegado el momento de decidir, el peso de una trayectoria termina condicionándolo todo. Hay una diferencia enorme entre cuidar a una víctima y cuidar una estructura de poder. La primera obligación no admite discusión. La segunda merece ser discutida. Preservar la identidad de quien denuncia no impide revisar responsabilidades institucionales, preguntarse qué lugar debe ocupar quien fue denunciado o debatir qué mensajes transmiten las decisiones que se toman. Confundir esas dos cuestiones termina produciendo un efecto paradójico: una política pensada para cuidar puede convertirse, sin querer, en una política de inmovilidad.</p><p>Quienes integran organizaciones saben que estas discusiones nunca son cómodas. No se debate sobre personas desconocidas, sino sobre compañeros, dirigentes, referentes o personas con las que se compartieron años de trabajo, de militancia y de vínculos. Tal vez por eso resulte tan difícil sostener los mismos principios cuando el conflicto aparece de este lado.</p><p>Pero justamente ahí se juega la coherencia.</p><p>No es suficiente con denunciar las violencias que ejercen otros. Lo verdaderamente difícil es sostener el mismo estándar cuando la violencia interpela a quienes comparten las propias ideas, la historia común o los espacios de pertenencia. Es allí donde los principios dejan de ser una declaración y empiezan a convertirse en una forma de actuar.</p><p>La perspectiva de género no es un documento institucional, ni en una declaración bien escrita. Se demuestra cuando orienta decisiones concretas. Cuando obliga a hacerse preguntas incómodas sobre personas a las que se respeta, sobre espacios que se sienten propios y sobre relaciones que sería más fácil no revisar.</p><p>Implica discutir poder, privilegios, lealtades y formas de construir autoridad. También implica aceptar que ninguna organización está exenta de reproducir las mismas desigualdades que denuncia. Asumir esa posibilidad no debilita los proyectos colectivos; por el contrario, los fortalece, porque los vuelve más honestos y más coherentes con los valores que dicen sostener.</p><p>Quizá de eso se trate. De entender que la igualdad deja de ser una consigna cuando empieza a orientar las decisiones, incluso las más difíciles. Porque, si la perspectiva de género no es capaz de interpelar también los propios espacios, corre el riesgo de quedarse en el plano del discurso. Y los discursos, por sí solos, nunca transformaron la realidad.</p><p>Por Soledad Restivo | Lic. en Comunicación Social especialista en Comunicación Institucional.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/LxDmNH_3bT94V4zqN5cJNqyIlPs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2024/01/violencia_vicaria.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Una mirada sobre las legitimidades, el poder y la perspectiva de género en las organizaciones]]>
                </summary>
                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-06-25T23:40:03+00:00</updated>
                <published>2026-06-25T18:46:44+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Un faro en la niebla
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/un-faro-en-la-niebla" type="text/html" title="Un faro en la niebla" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/un-faro-en-la-niebla</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/un-faro-en-la-niebla">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/MzB0dWYJK1Q2sXAo44cKQ_mR-5o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/un_faro_en_la_niebla.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Cómo no empezar deseándole un feliz día a René Descartes, padre de la filosofía moderna. También a Sigmund, que fue tan juzgado por su hijo, el psicoanálisis, y al pobre Galileo, a quien su pequeña astronomía lo llevó al arresto domiciliario. Por supuesto a Nicolás Maquiavelo, que le dio una buena educación a la ciencia política, aunque después ella haya hecho sus propios caminos. Al igual que hace los suyos la hija de San Martín. Si usted viera con qué cara lo miran al señor Oppenheimer en la reunión de padres. Nadie quiere sentarse cerca de él, excepto el viejo Darwin, que tiene una hija muy rara, pero se lleva bien con todos. Y cuánto habré escrito sobre la revoltosa hija de Alan Turing, sin detenerme nunca a hablar de él.</p><p>¡Pero qué holgado les queda el título de padre a estos grandes nombres! La historia es demasiado compasiva con aquellos que engendran conceptos. Habrán sido creadores, artífices o fundadores, pero sobre lo de padres tengo algunas dudas. Sus hijos no lloraron a gritos, ni los cuestionaron. Lo digo yo, que lloré mucho a gritos y cuestioné a mis padres. Los Descartes, los Maquiavelo, los Freud... todos ellos la sacaron baratísima. Fueron padres de la tinta, del papel, de lo abstracto. Nunca tuvieron que lidiar con la pesadilla terrenal de criar a una persona que respira, que adolece, que exige y que, tarde o temprano, los va a sentar en el banco de los acusados para cobrarles cada error. Sospecho que la verdadera paternidad no es un acto de iluminación, sino un trabajo diario. Es el mayor título que ostentan los hombres de a pie. Sin estatuas de bronce ni manuales de instrucciones, haciendo malabares para intentar no arruinarle la vida a alguien.</p><p>¡Qué sorpresa me llevé el día que descubrí que mi papá no era el hombre más fuerte del mundo! ¡Qué extraño me pareció ese mundo cuando supe de monstruos más poderosos que él, cuando encontré rincones donde no podía llegar! Imagine mi analfabetismo emocional —¡Privilegiado yo!— cuando conocí a los Niños Sin Padre de los que hablaba Shinovi Sambrailo. ¿Qué iba a saber yo? Que podría sentarme ante el tribunal de todos los hijos del mundo para alegar de manera irrefutable que mi viejo es el mejor; que si le dedicase estas líneas tendría que ocupar el diario entero. Pero esos Niños Sin Padre me enseñaron que lo mismo que unos aprendemos por referencia, otros lo aprenden por oposición. En uno de esos reveses mágicos de la vida, del abandono puede crecer la más pura empatía. Por supuesto, querido lector, he visto a esos Niños Sin Padre convertirse en padres extraordinarios. Yo pienso, ¡enseñanzas, al fin!, y otras cosas trilladas como «un padre siempre será un padre»… aunque los hay de sangre y de corazón, como los hay buenos y malos. Algunos son un faro entre la niebla y otros son la niebla misma; y en la oscuridad, con el mar en los tobillos, caminan esos Niños y solos deben aprender a esquivar (o chocarse) las piedras. Pero en algún momento, el rayo de luz aparece, porque el faro sigue ahí y necesita solamente de alguien que lo maneje. Tal vez tiene otro apellido. Algunas veces, es uno mismo. En cualquier caso: ¡Feliz día!</p><p>El tercer domingo de junio, festeje a su faro. Brinde por el que le mantiene la luz prendida en la neblina. Lo digo y no puedo evitar pensar en el mío, a quien tantas veces fui a buscar nadando en corrientes de miedo, con la angustia de la vergüenza en los pulmones; y volví a la costa liviano, seguro de mí mismo. Mi viejo, que no se hizo nunca a un lado de la huella, ni aunque vinieran degollando; y me recordó siempre que, más que el sable y la lanza, suele servir la confianza que el hombre tiene en sí mismo. ¡Qué sorpresa me llevé cuando entendí que él también estaba aprendiendo a ser padre, aun cuando todas las respuestas del mundo parecían anidar en su expresión tranquila! Frente a semejante hazaña silenciosa, ¡cuánto podrían importarme los padres de la patria, de las ciencias, de las bombas!</p><p>Sé que usted me comprende, lector: si una lágrima pasajera asoma antes de terminar el párrafo, son las memorias y agradecimientos que algún día escribiré. Por hoy solo intente levantar la vista de la orilla, de las piedras, para reconocer al que ha estado parado firme entre la tormenta, iluminando sus pasos.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/MzB0dWYJK1Q2sXAo44cKQ_mR-5o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/un_faro_en_la_niebla.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Cómo no empezar deseándole un feliz día a René Descartes, padre de la filosofía moderna. También a Sigmund, que fue tan juzgado por su hijo, el psicoa...]]>
                </summary>
                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-06-21T13:10:03+00:00</updated>
                <published>2026-06-21T11:36:38+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            El vendedor de enemigos
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/opinion/el-vendedor-de-enemigos-1" type="text/html" title="El vendedor de enemigos" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/opinion/el-vendedor-de-enemigos-1</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[El Eco de Tandil]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/el-vendedor-de-enemigos-1">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/G4h9bd8NRqHvFQ2peHYi5YOxIog=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/theil.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Voy a leer el manifiesto de la compañía Palantir con un aparato teórico prestado, el que René Girard despliega en El chivo expiatorio. La elección no es caprichosa. Uno de los fundadores de la compañía se formó con Girard y lo reivindica como una de sus influencias mayores, de modo que el experimento consiste en algo simple: leer el texto de la casa con las herramientas de la casa. Lo hago, además, a sabiendas de que el documento es, él mismo, una pieza de manual sobre cómo se fabrica un enemigo; y que la mejor manera de desactivarlo es nombrar en voz alta la maquinaria que se mantiene en penumbra.</p><p>Hay un género de texto que no se escribe para ser leído, sino para ser temido. El manifiesto que Palantir publicó en abril de este año —veintidós puntos vertidos en una red social, destilados de un libro que su director firmó sobre el porvenir de Occidente— pertenece a esa estirpe. Quien lo lee buscando una doctrina encuentra, en su lugar, un mecanismo. Y el primer error, el error fundador de cuantos se han ocupado de él, consiste en haberlo leído como si fuera lo primero cuando es, palmariamente, lo segundo.</p><p>Conviene empezar por la escena: un hombre rico publica un texto. El texto proclama que algunas culturas han producido avances decisivos mientras otras permanecen, según su propia palabra, disfuncionales y regresivas; reclama el fin del desarme de posguerra de Alemania y Japón; anuncia un futuro de armas autónomas y de poder duro. Entonces, como por resorte, se desata un coro. Diputados británicos lo llaman delirio narcisista y parodia de una película de RoboCop; otra parlamentaria dictamina que aquello suena a los desvaríos de un supervillano. La prensa recoge la palabra supervillano y la multiplica. En cuestión de horas, la unanimidad está hecha: todos contra uno.</p><p>Es notable la perfección del escándalo, su redondez, la facilidad con que cada parte ocupó el lugar que le estaba reservado de antemano. Porque ese hombre rico no es la víctima de la unanimidad que se forma en torno suyo: es su autor. Ha escrito el guion completo, incluido el papel del coro indignado, y lo ha hecho porque sabe —lo sabe con una lucidez que sus acusadores no le reconocen— que la indignación ajena es, en su negocio, la forma más barata y más eficaz de la publicidad.</p><p>* * *</p><p>Para medir hasta qué punto el procedimiento es antiguo, conviene retroceder hasta la hoguera, mucho más atrás del primer contrato informático. Durante la mayor parte de nuestra historia, el ser humano vivió en tribus que rondaban el centenar y medio de individuos, y aquellas tribus no se mantenían unidas por el cariño espontáneo de sus miembros. Se mantenían unidas por dos resortes complementarios: la lealtad hacia los de dentro y la sospecha hacia los de fuera. El nosotros se templaba en el fuego del ellos. Quien lograba señalar al forastero, al rival por la presa o el territorio, prestaba al grupo un servicio impagable. Le devolvía la sensación de ser uno.</p><p>Aquella psicología no ha desaparecido. Los mismos circuitos que ardían alrededor de la fogata se encienden hoy en la oficina, en el estadio, en la red social donde se publica un manifiesto. La diferencia es de escala, no de naturaleza. Lo que la tribu hacía con su exogrupo inmediato, un documento corporativo lo intenta con civilizaciones enteras: traza una frontera entre los pueblos aptos y los “regresivos”, entre los aliados de probada eficiencia y el adversario informe, y ofrece a quien la cruce el viejo consuelo tribal de saberse del lado bueno de la línea.</p><p>* * *</p><p>Vivimos un momento en que las diferencias que antes ordenaban el mundo se han vuelto borrosas. Las grandes compañías tecnológicas se parecen entre sí; los Estados subcontratan a las mismas firmas; los datos del enfermo, del soldado y del sospechoso fluyen por cañerías idénticas. Esta indistinción —esta sensación difusa de que ya nada se distingue de nada, de que el aliado y el adversario usan la misma nube— produce una angustia particular, la angustia del que ya no sabe quién es porque ya no sabe quién es el otro.</p><p>En semejante terreno, quien sepa volver a trazar la línea será recibido como un salvador. Y eso es, exactamente, lo que el manifiesto ofrece: una línea. De un lado, las culturas que producen “avances vitales”; del otro, las “disfuncionales y regresivas”. De un lado, Occidente y sus aliados de eficiencia probada; del otro, el adversario informe. El texto no vende programas informáticos: vende la restauración de una frontera en un mundo que había perdido las suyas. Vende el alivio de poder volver a decir nosotros señalando a un ellos.</p><p>Aquí está la primera revelación, lo que la indignación pública se empeña en no ver. El manifiesto reproduce el más antiguo de los mecanismos humanos, el mecanismo victimario. Cuando un grupo se siente amenazado por su propia confusión interna, encuentra paz designando a un culpable exterior. La cohesión del nosotros no nace del amor mutuo, sino del dedo extendido hacia el ellos. Lo que las tribus de cazadores hacían alrededor de la hoguera lo hace ahora un documento corporativo a escala planetaria, y por las mismas razones: porque señalar afuera es el modo más rápido de fabricar unidad adentro.</p><p>* * *</p><p>Se dirá que esto es atribuir demasiada astucia a quien quizá sólo padece de soberbia. La objeción es legítima. No hace falta suponer un plan maquiavélico. El envoltorio filosófico —las citas sobre la superioridad de Occidente, la apelación al poder duro, la solemnidad civilizatoria— cumple un objetivo muy concreto, y dicho objetivo se entiende mejor en el idioma del marketing que en el de la filosofía.</p><p>Una compañía que vendiera meramente bases de datos competiría por precio, y perder un contrato sería un trámite. Pero una compañía que vende lealtad geopolítica, que ha conseguido que rescindir su contrato se perciba como un acto de debilidad ante el enemigo, ha levantado a su alrededor una aduana invisible. La filosofía es esa aduana. Convierte una decisión técnica —¿es este el mejor proveedor para los datos del sistema de salud?— en una decisión de lealtad —¿estamos del lado correcto de la historia?—. Nadie quiere que lo sorprendan del lado incorrecto de la historia.</p><p>De ahí que el director de la compañía se haya construido, con notable disciplina, como algo más que un empresario: como pensador, como profeta de la dureza necesaria, como el único adulto en una habitación de ingenuos. Conviene resistir la tentación de tomarlo en serio en ese papel, no por desdén, sino por higiene analítica. Tratarlo como filósofo político es ya haber comprado el producto. El error de categoría —elevar un folleto de ventas al rango de tratado— no es ingenuo: es precisamente el efecto que el folleto perseguía. Quien discute la profundidad de la doctrina ha dejado de discutir la idoneidad del proveedor, que era la única pregunta que importaba.</p><p>* * *</p><p>Hay un punto en que la prudencia obliga a bajar la voz, aunque no a callar. Entre los veintidós puntos late una insistencia que no es casual: la del eje de la eficiencia, la de las naciones que deberían recobrar su poderío —Alemania, Japón—, la del mérito y la aptitud técnica como criterios para repartir el mundo en aptos e ineptos. Quien haya frecuentado ciertos debates sabe reconocer la cadencia. Es la cadencia de quien sugiere, sin decirlo, que hay pueblos mejor dotados que otros para el orden y la tecnología.</p><p>No afirmo —y la distinción es esencial— que el texto sostenga semejante tesis de manera abierta. Afirmo algo más modesto: que su lenguaje está calibrado para que quienes creen en esa jerarquía oigan una validación, mientras el público general oye apenas una defensa de la competencia industrial. Es la técnica del silbato que sólo ciertos oídos perciben. La gracia del procedimiento está en su negación plausible. Si alguien denuncia el subtexto, siempre cabe responder que sólo se hablaba de eficiencia, y el denunciante queda como el malicioso. Lo que en otro contexto exigiría pruebas, aquí se administra como insinuación, que tiene la ventaja de contaminar sin comprometerse.</p><p>Dejo la cuestión planteada como sospecha fundada, no como veredicto, porque el mecanismo victimario no necesita creer en la inferioridad del otro para explotarla. Le basta con que el mercado lo crea. El cinismo es aquí más probable que la convicción, y mucho más rentable.</p><p>* * *</p><p>Resta otra capa del producto. Hay en el manifiesto un destino de Occidente, una historia que avanza hacia su cumplimiento, unos pueblos elegidos por su aptitud y otros condenados por su atraso. Es la forma de una teleología, no de una hipótesis: el mundo como un designio con dirección y con sentido. Hay sólo elegidos y descartados. Y aquí las dos lecturas se tocan, porque toda teleología de los elegidos necesita, para funcionar, su reverso: los condenados. El designio civilizatorio y el mecanismo victimario son, vistos de cerca, la misma operación contemplada desde sus dos extremos.</p><p>* * *</p><p>Queda la parte que devuelve la mirada hacia los acusadores. Cuando los parlamentarios indignados llaman al hombre supervillano, creen estar combatiéndolo; sin embargo, lo están coronando. Le conceden la única cosa que su producto necesita: la condición de figura peligrosa, central, ineludible. Un supervillano no es un proveedor más entre varios; es un poder con el que hay que vérselas. La víctima señalada por todos se vuelve, por obra de la misma violencia que la designa, una figura sagrada e intocable. La indignación, que se cree lo contrario del marketing, es su forma más pura, porque presta gratis la intensidad que ninguna campaña podría comprar.</p><p>Esto no significa que las objeciones sean falsas. La soberanía sobre los datos de un país, la concentración de información sensible en manos de una sola firma extranjera, la dependencia creciente del Estado respecto de un proveedor con agenda explícita: son preocupaciones reales, y graves, y bien fundadas. Significa, más bien, que el modo de formularlas —la personalización en una figura, la conversión del debate técnico en duelo moral, la repetición de la palabra mágica— juega en el tablero del adversario y según sus reglas. El que escandaliza ha elegido un terreno. El escandalizado, al acudir, lo ratifica.</p><p>* * *</p><p>Conviene aterrizar todo esto en un ejemplo concreto, porque es ahí donde el mecanismo muestra a la vez su eficacia y su talón. En Gran Bretaña, la compañía ha acumulado contratos públicos por cientos de millones de libras, entre ellos uno de largo plazo con el sistema nacional de salud para administrar una plataforma de datos de pacientes (The Register, 7 de mayo). Cuando estalló el escándalo del manifiesto, dos peticiones ciudadanas para romper esos vínculos reunieron más de doscientas mil firmas, y varios diputados reclamaron activar la cláusula de salida del contrato sanitario en su próxima ventana de revisión (The Guardian, 23 de abril).</p><p>La pregunta que de verdad importa a un paciente no es metafísica: es si la información más íntima sobre su cuerpo está mejor custodiada por este proveedor que por otro, a qué coste y bajo qué garantías de reversibilidad. Es una pregunta administrativa, aburrida, contestable mediante auditorías, concursos y cláusulas. Y, sin embargo, el manifiesto consiguió que durante más de un mes el país discutiera la ideología del proveedor en lugar de la calidad de su servicio. La ministra británica Liz Kendall, al reconocer que el contrato podría reevaluarse en su próxima cláusula de ruptura (Reuters, 9 de junio), dijo, sin proponérselo, lo único sensato del debate: que el criterio debía ser el paciente y el dinero, no la moral civilizatoria del vendedor.</p><p>La salida, si la hay, está cifrada en esa frase. No es más indignación, sino menos. Es devolver la pregunta a su tamaño verdadero. El supervillano se desinfla apenas se lo trata jurídicamente como una empresa que aspira a un contrato y que puede ser sustituida por otra si no cumple. Toda la maquinaria del manifiesto existe, justamente, para impedir que la pregunta se formule en ese tono menor; para que el expediente clínico se discuta como si fuera el destino de Occidente.</p><p>* * *</p><p>El más viejo de los trucos consiste en hacer que la multitud mire hacia donde el prestidigitador quiere. El manifiesto de Palantir es un señuelo magnífico: ofrece un enemigo exterior para que no examinemos al vendedor; ofrece una filosofía para que no leamos un contrato; ofrece un escándalo para que confundamos el ruido con el análisis. Su director ha entendido, mejor que sus críticos, que en un mundo de diferencias derretidas el bien más escaso no es la verdad ni la seguridad, sino la línea nítida entre el nosotros y el ellos. Y ha montado un comercio próspero vendiéndonos, una y otra vez, el dedo que señala.</p><p>Que hayamos necesitado el aparato de un teórico del sacrificio para describir un folleto de ventas dice, en el fondo, menos de Palantir que de nosotros: confirma que el animal de la hoguera sigue agazapado bajo el ciudadano informado, listo para encenderse en cuanto alguien le ofrezca, debidamente embalado, un buen enemigo. Lo menos que podemos hacer, antes de comprar, es preguntarnos quién encendió la hoguera alrededor de la cual nos hemos reunido a gritar.</p><p>Héctor Oscar Nigro, Ingeniero de Sistemas y politólogo</p><p>&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/G4h9bd8NRqHvFQ2peHYi5YOxIog=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/theil.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Notas sobre el manifiesto de Palantir, o de cómo se fabrica la unanimidad vendiendo la sospecha del otro]]>
                </summary>
                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-06-20T09:31:33+00:00</updated>
                <published>2026-06-20T09:31:33+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Algo hay que decir
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/algo-hay-que-decir" type="text/html" title="Algo hay que decir" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/algo-hay-que-decir</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/algo-hay-que-decir">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2CdhYGLfgWEk_rYaqBmaXG7ROFk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/algo_hay_que_decir.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Ya en la escuela aprendemos a aseverar cosas que no dominamos. Los niños uniformados se amontonan alrededor de la puerta del salón mientras revolotean murmullos y hojas pintadas con resaltador amarillo. Alumnos con anteojos se esconden sus propios apuntes y miran fijo al horizonte con ojos desenfocados para probar la memoria y recitar lo estudiado. El recreo previo a la prueba es una cuenta regresiva. Los tributos forman fila para entrar ordenados a las fauces del sistema. Lustran y afilan su arsenal de conceptos, recuentan su carcaj de fechas y ordenan su repertorio de mentiras. No hay charlas triviales en la antesala de la evaluación. Incluso aquellos a quienes no les queda nada para perder miran al piso con pavor. No temen enfrentarse al peso de su ignorancia, sino al juicio de la hoja en blanco, que es el color de la rendición.</p><p>Pero no, ni siquiera los rezagados, que nada saben más que su nombre y la fecha, se entregarán en silencio. Levantarán las lapiceras y escribirán algo. Serán acaso frases sueltas talladas por el sentido común, o bien el vago recuerdo de una anotación en el pizarrón, que vieron de refilón mientras jugaban al truco. Tal vez un dato sutilmente relacionado, extraído directamente de la biblioteca de TikTok; o quizás un sentimiento, una idea, una confesión, un dibujo, un chiste, en fin, un verso. Será ese su grito de existencia, su faro en medio de los mares de porcentajes, su manera de decir yo estuve acá, me enfrenté a la hoja en blanco. Desaprobarán, por supuesto, con el puntaje mínimo: uno. Un punto por la presencia, por el honor, por la guapeza. Cuando corrija, la profesora tendrá en sus manos tesoros perdidos. Textos que nada tienen que ver con el plan de la materia, manuscritos fuera de lugar, nacidos de la presión de las mesas separadas, y sin embargo, de un inimaginable valor artístico. Son garabatos sobre consignas, es la expresión por sobre el conocimiento. Es la pulsión humana de no rendirse sin antes dejar una marca. Así navegamos años y años por el océano educativo, intentando llegar a Ítaca, con barcos llenos de héroes y heroínas que no siempre saben, pero siempre hablan.</p><p>Así el mundo se convierte en el recreo previo a un examen. Quién ha de evaluarnos, no tengo idea, pero todos caminan nerviosos queriendo disimular la ignorancia. Buscamos blindarla con términos intrincados, con nombres rimbombantes, con frases hechas. Los que de verdad saben no dicen nada, se quedan leyendo en silencio, marginados por la vorágine. El resto investigamos en Reels y retenemos solo contenido en formato corto. Revestimos los ladrillos huecos de nuestra teoría con noticias de último momento. Nos lanzamos sobre cuestiones titánicas empuñando la espada de la opinión y acabamos apuñalándonos entre nosotros por las diferencias. Así sangramos nosotros y las cuestiones siguen ahí, pastando, creciendo.</p><p>Asómese usted al foso de los comentarios digitales, escuche el grito de los usuarios al despedazarse entre ellos bajo un video de 15 segundos. Colosales bestias como la política, la religión, la historia, pero también revoltosas criaturas como el espectáculo, las recetas de comida o el fútbol; todo tirado al mismo campo de batalla, sin jerarquías. Todo marcado por la misma bronca, por la misma sangre. La tecnología nos acercó la violencia a la comodidad de nuestras casas. Sin barreras de tiempo, ni espacio; sin tener que poner el cuerpo. Es la nueva Gran Guerra, sin aliados ni motivos, en pantalla.</p><p>Olvidamos que, más importante que saber contestar, es aprender a formular preguntas. Vagamos con nuestras pesadas convicciones de acero sin ninguna intención de intercambiarlas, pero con el ferviente deseo de chocar unas con otras para sacar chispas que incendien de una vez el pajonal sediento. Ya no queremos debatir, cobarde término de los intelectuales y los políticos, queremos pelear. Ansiamos que llegue de una vez el temido examen. No luchamos por respuestas, sino que luchamos con respuestas; y en ese combate de ideales todos se ven obligados a aparentar que tienen clara su identidad, aunque nadie esté del todo seguro, ni del todo informado, ni incluso del todo interesado. Porque entendemos la ignorancia como un punto débil que hay que esconder a los gritos, en lugar de abrazar la humildad del silencio y arar la tierra del saber para cultivar nuevas ideas.</p><p>¿A dónde voy con todo esto? Como siempre, a ningún lado; y tal vez, a esto mismo. Hoy me senté frente al parpadeo impaciente de la computadora, con el carcaj completamente vacío. Quise ejercer el sagrado derecho a callarme la boca, fantaseé con entregar un rectángulo en blanco para que descanse usted los ojos de tanta opinión. Pero el pánico a la rendición me pudo. Así que hice lo único que sabemos hacer los alumnos aterrados frente a las fauces del sistema: levanté mi lapicera y empecé a rellenar el silencio. Este es mi dibujo al margen del examen.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2CdhYGLfgWEk_rYaqBmaXG7ROFk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/algo_hay_que_decir.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Ya en la escuela aprendemos a aseverar cosas que no dominamos. Los niños uniformados se amontonan alrededor de la puerta del salón mientras revolotean...]]>
                </summary>
                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-06-14T14:15:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-14T04:00:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Tecnología sin fricción y nueva economía digital: el desafío del consumo masivo
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/opinion/tecnologia-sin-friccion-y-nueva-economia-digital-el-desafio-del-consumo-masivo" type="text/html" title="Tecnología sin fricción y nueva economía digital: el desafío del consumo masivo" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/opinion/tecnologia-sin-friccion-y-nueva-economia-digital-el-desafio-del-consumo-masivo</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Rosana Gómez Quintana]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/tecnologia-sin-friccion-y-nueva-economia-digital-el-desafio-del-consumo-masivo">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/jBhUbvcY-jbal7uZedxF6ldHO7I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/canal_digital.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Durante años, la transformación digital del comercio se apoyó en una premisa clara: facilitar la compra era sinónimo de crecimiento. Hoy, esa ecuación sigue siendo válida, pero ya no es suficiente. A medida que el comercio digital madura, las empresas —y especialmente la industria del consumo masivo— comienzan a enfrentar un nuevo desafío vinculado con cómo sostener ese crecimiento con modelos económicamente viables.</p><p>Este cambio se vuelve evidente cuando se analizan las nuevas dinámicas del comercio digital, particularmente en el canal supermercadista. Allí, la conveniencia digital impulsó el crecimiento, pero también introdujo una nueva estructura de costos. A diferencia de la tienda física, donde el cliente asume parte del proceso —selección, traslado y logística—, el comercio online internaliza esas tareas. Picking, empaquetado, sustituciones y última milla se convierten en costos estructurales.</p><p>Los números ilustran el desafío. Un documento reciente de Softtek sobre economía del comercio digital señala que un carrito promedio de entre USD 90 y 100 genera apenas entre 18 y 20 dólares de margen bruto, mientras que los costos de preparación y entrega pueden oscilar entre 15 y 25 dólares por pedido.</p><p>En ese contexto, escalar el volumen no siempre mejora la rentabilidad; puede, incluso, amplificar pérdidas si la economía por pedido no está resuelta.</p><p>Otros análisis refuerzan esta tendencia. Según McKinsey &amp; Company, un supermercado típico norteamericano puede obtener alrededor de USD 4 de beneficio en una compra tradicional de USD 100, pero ese mismo pedido online puede transformarse en una pérdida cercana a los USD 13 cuando se suman los costos de picking y entrega.</p><p>En Argentina, esta transformación ya muestra señales concretas. Según el Estudio Anual 2025 de CACE, el ecommerce creció 55% en facturación durante el último año y sumó más de 1,3 millones de nuevos compradores. Además, 6 de cada 10 consumidores realizan compras online al menos una vez al mes y el 37% de las entregas ya se concretan en menos de 24 horas. La categoría “Alimentos, bebidas y artículos de limpieza” ya se ubica entre las de mayor facturación del comercio electrónico local, reflejando cómo el consumo cotidiano migra cada vez más hacia canales digitales.</p><p>Para la industria del consumo masivo, este cambio es particularmente relevante. Si el canal digital obliga a revisar la rentabilidad por pedido, también redefine qué productos, formatos y categorías resultan más eficientes. Esto puede traducirse en surtidos más optimizados, mayor foco en productos de alta rotación y una evaluación más estricta del costo logístico por categoría.</p><p>Al mismo tiempo, la tecnología sin fricción está acelerando esta transformación.</p><p>Soluciones como pagos automáticos, checkout sin cajas, automatización del recorrido de compra o reposición inteligente buscan eliminar obstáculos y simplificar la experiencia del consumidor. Estas tecnologías, impulsadas por inteligencia artificial y automatización, permiten crear experiencias de compra más fluidas, mejorar la eficiencia operativa y aumentar la fidelidad del cliente.</p><p>Esta presión sobre la eficiencia también acelera la adopción tecnológica. De acuerdo con CACE, el 62% de las empresas argentinas ya implementa inteligencia artificial en procesos vinculados con marketing, experiencia de usuario y operación digital.</p><p>Este tipo de resultados refuerza una idea clave: la tecnología sin fricción no solo impulsa la conversión y la lealtad, sino que también mejora directamente la eficiencia operativa.</p><p>Para el consumo masivo, este escenario tiene implicancias claras. La reducción de fricciones suele traducirse en compras más frecuentes, pedidos más pequeños y mayor inmediatez. Esto abre oportunidades para categorías de reposición rápida y consumo cotidiano, pero también exige rediseñar la operación para sostener esa nueva dinámica.</p><p>Aquí es donde la tecnología se vuelve clave, no solo para mejorar la experiencia, sino para optimizar la economía del canal. Automatización del picking, inteligencia de demanda, optimización de rutas o modelos híbridos de entregas con algunas de las herramientas que permiten equilibrar conveniencia y rentabilidad.</p><p>En esta nueva etapa, el crecimiento ya no dependerá únicamente del volumen, sino de la capacidad de integrar experiencia, eficiencia y sostenibilidad económica. En ese equilibrio, la tecnología sin fricción bien aplicada se convierte en un habilitador clave para construir modelos de comercio digital más rentables y sostenibles en la industria del consumo masivo.</p><p>La autora es Directora global del Centro de Excelencia Retail en Softtek</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/jBhUbvcY-jbal7uZedxF6ldHO7I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/canal_digital.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Durante años, la transformación digital del comercio se apoyó en una premisa clara: facilitar la compra era sinónimo de crecimiento. Hoy, esa ecuación...]]>
                </summary>
                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-06-09T17:20:58+00:00</updated>
                <published>2026-06-09T17:19:53+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Discursos sobre la vejez: nuevas palabras, viejos estereotipos
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/opinion/discursos-sobre-la-vejez-nuevas-palabras-viejos-estereotipos" type="text/html" title="Discursos sobre la vejez: nuevas palabras, viejos estereotipos" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/opinion/discursos-sobre-la-vejez-nuevas-palabras-viejos-estereotipos</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Ricardo Iacub]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/discursos-sobre-la-vejez-nuevas-palabras-viejos-estereotipos">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/oMacAgbnFKLqCtKqnzf41IF1tEY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/adultos_mayores_vejez.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Las personas mayores son hoy más visibles en los medios que en décadas anteriores. Sin embargo, la mayor presencia no garantiza una mejor representación. Entre nuevas palabras como “longevidad” o “centenarios” y viejos estereotipos como “abuelo” o términos en diminutivo, los medios siguen mostrando las tensiones que atraviesan nuestra forma de pensar la vejez.</p><p>Frente a la pregunta sobre ¿qué pueden decir los mayores acerca de lo que se dice de ellos? Se conformó en el año 2024, desde la Cátedra de Psicología de la Tercera Edad y Verjez de la Facultad de Psicología (UBA) y la Universidad Nacional de Rosario, un espacio en el que las propias personas mayores son quienes observan, registran y analizan los contenidos mediáticos.</p><p>El equipo de personas mayores voluntarias especialmente capacitadas para la tarea es coordinado por las licenciadas Andrea Jambrino y María Victoria Salamé y la periodista Roxana Barone.</p><p>Antes de comenzar la observación se dicta una formación en derechos de las personas mayores, envejecimiento, comunicación y análisis crítico de medios. El objetivo es brindar criterios comunes que permitan identificar buenas prácticas, prejuicios, estereotipos y formas de discriminación por edad.</p><p>El trabajo se sustenta en una metodología específica de análisis cuantitativo y cualitativo de los contenidos mediáticos. A partir de un relevamiento minucioso, los observadores registran las noticias y producciones seleccionadas utilizando un instrumento diseñado especialmente para la tarea. Los datos obtenidos son luego sistematizados, analizados y debatidos colectivamente, lo que permite elaborar informes específicos para cada soporte —televisión, medios digitales, radio y canales de streaming— y realizar comparaciones entre ellos. Finalmente, los hallazgos se traducen en informes y propuestas orientadas a promover representaciones más respetuosas e inclusivas de las vejeces.</p><p>La presencia de las personas mayores en la agenda mediática crece, aunque no siempre implica una representación más diversa o profunda. El análisis reveló diferencias significativas entre los distintos soportes. Los diarios digitales mostraron, en términos generales, tratamientos más cuidados, vocabularios más respetuosos y una mayor preocupación por contextualizar la información. En ellos aparecieron con frecuencia temas vinculados a la salud, la calidad de vida, la sexualidad, la longevidad y los desafíos del envejecimiento.</p><p>El relevamiento mostró una característica frecuente en los diarios digitales: la presencia predominante de especialistas y expertos como fuentes de información. Sus aportes resultan fundamentales para comprender muchos de los temas abordados, pero las voces y experiencias de las propias personas mayores continúan teniendo una participación menor en la construcción de las noticias.</p><p>La situación cambia cuando se observan los medios audiovisuales. En radio, televisión y especialmente en los canales de streaming aparecen con mayor frecuencia comentarios espontáneos que dejan al descubierto prejuicios, estereotipos y contradicciones vinculadas con la edad. Mientras la escritura suele funcionar como una instancia de revisión y cuidado, la oralidad expone con mayor claridad sentidos que aún permanecen arraigados en nuestra cultura.</p><p>Fue allí donde el equipo encontró bromas basadas en la edad, formas de infantilización, expresiones despectivas y comentarios que asocian a las personas mayores con fragilidad, dependencia o incapacidad. Muchas veces estas representaciones aparecen disfrazadas de humor o afecto, lo que las vuelve menos visibles, pero no menos problemáticas.</p><p>Expresiones como “los abuelos llegaron al Congreso” para referirse a las marchas de jubilados o referencias admirativas a personas que se mantienen activas “a pesar de su edad” revelan cómo ciertos estereotipos continúan presentes incluso cuando no existe una intención explícita de discriminar.</p><p>El caso de los canales de streaming merece una mención particular. Aunque las personas mayores aparecen poco en esos espacios, cuando lo hacen suelen quedar atrapadas en una paradoja: son admiradas por mantenerse activas, pero también se convierten en objeto de ironías o comentarios despectivos relacionados precisamente con esa condición. La admiración y el desprecio conviven con frecuencia en un mismo discurso.</p><p>La investigación también permitió identificar una persistencia llamativa: la palabra “jubilado” continúa siendo la forma más habitual de nombrar a las personas mayores. Su uso excede ampliamente las noticias previsionales y aparece en coberturas de temas muy diversos. El problema no es la palabra en sí, sino cuando se convierte en la única forma de nombrar a un grupo tan heterogéneo. En esos casos, la diversidad de trayectorias, intereses e identidades que caracterizan a las vejeces actuales queda fuera de escena.</p><p>Sin embargo, junto a esa persistencia emergen nuevas representaciones de la vejez. Se registró una creciente presencia de términos como “longevidad”, “centenarios”, “senior” o “silver”. Estas nuevas denominaciones expresan transformaciones culturales profundas: la vejez ya no aparece únicamente asociada al retiro o la dependencia, sino también a una vida más extensa, diversa y abierta a nuevas experiencias. Al mismo tiempo, invitan a preguntarnos qué modelos de envejecimiento estamos promoviendo y quiénes se incluyen en esos relatos.</p><p>Pero quizás el aporte más valioso no se encuentre solamente en los resultados obtenidos sino en el proceso que genera. Las personas mayores dejan de ser objeto de análisis para convertirse en productoras de conocimiento sobre su propia realidad.</p><p>Una de las observadoras definió la experiencia como “un espejo para nosotros”, capaz de ayudarnos a revisar nuestras propias representaciones y construir nuevas formas de pensar la vejez. Otra resumió su impacto en pocas palabras: “Nos modifica y nos empodera”.</p><p>Tal vez allí resida una de las principales enseñanzas de esta experiencia. Los medios hablan cada vez más de las personas mayores, pero todavía hablan poco con ellas. Escuchar sus voces, incorporar sus perspectivas y reconocer la diversidad de sus experiencias no es sólo una cuestión de lenguaje. Es una forma de ampliar la mirada sobre una etapa de la vida que nos involucra a todos.</p><p>&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/oMacAgbnFKLqCtKqnzf41IF1tEY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/adultos_mayores_vejez.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Las personas mayores son hoy más visibles en los medios que en décadas anteriores. Sin embargo, la mayor presencia no garantiza una mejor representaci...]]>
                </summary>
                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-06-09T17:25:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-09T17:16:11+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Si todos los locos ven lo mismo
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/si-todos-los-locos-ven-lo-mismo" type="text/html" title="Si todos los locos ven lo mismo" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/si-todos-los-locos-ven-lo-mismo</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/si-todos-los-locos-ven-lo-mismo">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/M1MBa-z7xCSKZxl3WdXfEnnxyAI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/si_todos_los_locos_ven_lo_mismo.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>“Si las puertas de la percepción se purificaran, todo se le aparecería al hombre como es: infinito"William Blake</p><p>Pobres cuerpos terrenales cargando cerebros infinitos. En eso pensaba mientras hervía fideos y miraba la olla con la vista borrosa por el vapor y por el ayuno; y guardaba el miserable paquete de plástico con bronca. ¿Por qué será que él, que no piensa ni siente, que ignora por completo la inmensidad del universo que habita, goza aún del privilegio de no necesitarme?&nbsp;</p><p>Podría morir de hambre frente a él y se quedaría viéndome desde la alacena, incapaz de perecer. ¿Por qué entonces yo, que vuelo con mi imaginación y recorro con ella los rincones de la existencia, lo necesito a él para no desmayarme? ¿A qué dios retorcido se le ocurrió poner todos los restos de magia en la sinapsis de un animal de carne y hueso, para que deambule por el mundo con la infinidad encerrada en un envase descartable, con más percepción de la que podemos procesar?</p><p>Gracias a ese dios hicimos las escuelas y los bancos, los gimnasios y los supermercados. Por suerte, también inventamos la locura, que es una sola y tiene forma de sombrero. Con eso distinguimos a los cuerpos que quedaron huérfanos de conciencia. Personas que le dieron rienda suelta al caballo alado de la mente y se alejaron tanto de sus cuerpos que estos quedaron solos, desconcertados. ¡Qué peligro! Si todos los locos del mundo decidieran comunicarse entre ellos y vieran lo parecidas que son sus locuras; si entonces se pusieran de acuerdo en que esa es la verdad y todo el resto es el delirio; si fuesen ellos y no nosotros la gran mayoría, tal vez encerrarían a los cuerdos.</p><p>En eso pensaba mientras los fideos hervían, y discutía a viva voz conmigo mismo. Pero uno no puede vociferar reflexiones sobre conceptos tan discutidos sin mencionarle al aire los grandes nombres que ya lo han pensado antes. Eso les resulta de gran molestia y por supuesto sus fantasmas vienen a reclamarlo. Aquella tarde los personajes se encarnaban en el vapor de la olla y se iban acomodando en mi cocina.&nbsp;</p><p>El primero en venir fue Foucault, claro, que me interrumpió con un extenso recorrido histórico sobre las diferentes épocas del poder y la locura. Me corrigió recordándome que la locura no la inventa nunca el loco, que siempre la inventan otros; que han sido igual de locos los pecadores y los pobres, los enfermos y los genios. Han sido exhibidos y confinados, aplaudidos y castigados según la época y el lugar. Usted se imaginará, lector, que mis divagues quedaban chicos al lado de tanta historia y teoría. Yo necesitaba algo más abstracto.&nbsp;</p><p>Revolví el vapor para que el fantasma desapareciera, pero de los espirales se formó otro que volvió a interrumpirme. Mi querido Huxley, habitué del mundo de mis pensamientos. Su fantasma era joven y su tono coloquial. Para él la locura era una cuestión de percepción. Hablaba rápido y me pedía que no olvidara que nuestro cerebro filtra la realidad para que la percibamos en niveles soportables. Que es gracias a ese sesgo perceptivo que logramos sobrevivir; y que, si la realidad se nos mostrase en todo su esplendor, nos veríamos paralizados frente al infinito. Me contó sobre psicodélicos y fractales, que las visiones de distintas personas bajo esos efectos coinciden, que en esas visiones hay, sin dudas, algo real. Luego, me advirtió que tuviera cuidado con ser demasiado racional, porque en el país de la locura, el hombre integral es linchado. Pensé en el acuerdo colectivo de la cordura, y en su fragilidad.&nbsp;</p><p>Volví a imaginar locos de todo el mundo que se ponen de acuerdo y encierran a los cuerdos para darles medicación y enseñarles las nuevas verdades del universo. Sentí las cosquillas de la fascinación extraña, la sed de una percepción sin trabas. Volví a fantasear, por un momento, con una imagen genial y seductora de la locura. Una de un mundo de mentira, donde aún no se han inventado la psicosis ni la demencia. Quiero abrazar a Huxley y volar con él muy lejos de esta cocina, pero tengo hambre y se evapora el agua.</p><p>Debo haber dicho en voz alta los términos médicos, porque del vapor se formó una nueva figura y empezó a discutir con Huxley sin prestarme atención. Hablaban entre ellos en un inglés con mucho acento, del que solo pude distinguir algunas palabras. Me sentí excluido por el idioma, pero los dejé debatir un rato antes de revolver la olla.&nbsp;</p><p>Era Oliver Sacks, el neurólogo. Había aparecido para apagar la fiesta psicodélica del escritor y para remarcar que la locura estaba lejos de ser un viaje romántico, que era en realidad un cortocircuito químico del cerebro. Usó algunos términos técnicos que no pude traducir, pero comprendí que la cordura consiste en un milimétrico equilibrio cerebral, y que basta la más mínima alteración para distorsionar la realidad y confundir, por ejemplo, a tu esposa con un sombrero. Puso mucho énfasis en la importancia de la medicina, de los diagnósticos y las clínicas de salud mental, porque es la única manera de evitar consecuencias muy trágicas. Antes de irse, me miró a los ojos y dejó en claro que la locura no es libertad, sino una pesadilla biológica. Huxley se esfumó con él.</p><p>Cuando estuve al fin solo, hambriento y mareado frente a la olla, logré apagar mis pensamientos. Revolví el agua burbujeante y el vapor se pegó a mi frente para mezclarse con mi transpiración; y el agua formaba un espiral líquido, transparente, constante; y tanto la cuchara como el vapor eran parte de mí, porque mi ser no tenía límites.&nbsp;</p><p>De la cúspide de mi cabeza salió una onda expansiva que borró el principio y el final de mi cuerpo; y viéndome eterno liberé mi carne y mis huesos de la tiranía de la gravedad y los dejé caer sin resistencia. Estaba en el piso en posición fetal y apoyé mi frente con sudor y vapor en el frío de la baldosa, y ya no había piel que me separara del mundo, ni ojos que definieran mi perspectiva. Yo era el universo entero, pero seguía rebotando en ese cráneo, con mi cuerpo tendido como un monumento derrumbado.&nbsp;</p><p>Encima de las ruinas, los fantasmas de vapor seguían saliendo de la olla y flotaban por mi cocina. Nunca habíamos sido tantos. Se amuchaban sobre la mesada, en las alacenas, y algunos se acercaban al piso para ver si yo seguía vivo; y cuando confirmaban que aún estaba ahí se peleaban por contarme su versión de la locura. Después de un rato, la cocina era un griterío caótico de argumentos y anécdotas superpuestas. Las frases no se entendían y los rostros eran difíciles de distinguir desde mi posición fetal. Reconocí por su voz a Pizarnik, acompañada de Sylvia Plath, que me ilustró con versos ese encierro asfixiante del mundo terrenal, esa carga insoportable del cuerpo frente a la disolución de la realidad. Pobres poetas malditas, su sensibilidad les ha costado la vida.&nbsp;</p><p>Yo no quería escucharlas, entonces me tapaba los oídos y lloraba, y el llanto era un grito, y en el grito decía ¡me estoy volviendo loco!, y con eso supe que estaba cuerdo. Por supuesto que no, el loco no duda de su cordura. Pero las voces no paraban, y los fantasmas ya no entraban en mi cocinita y nos pisábamos entre todos. El vapor nos empapaba y yo tenía tanta hambre. Emil Cioran, nihilista insoportable, flotaba de acá para allá y reía de mi llanto mientras le sacaba conversación a Sylvia y Alejandra. Aunque me tapaba los oídos no pude evitar escuchar con claridad sus comentarios horribles sobre el inconveniente de haber nacido y lo absurdo de esta vida. Desagradables nihilistas, resignados y mediocres. Quise levantarme para volar lejos con las poetas, pero no tenía fuerzas y las vi desvanecerse; y el ruido del agua hirviendo era a la vez el ruido de mi panza, y ni un millón de voces podían taparlo.</p><p>La última figura que vino a visitarme no se formó con el vapor, sino que emergió de los rayos de sol que entraban por el ventiluz. Jamás había presenciado una aparición tan majestuosa; era Sor Juana Inés de la Cruz. Fue la primera y única vez que vino. Todas las voces se callaron de inmediato, los fantasmas desaparecían y con ellos también el vapor. El agua y mi panza imitaron el silencio. La figura se arrodilló a mi lado, vestida con su hábito. Quizás mi locura nació el día que leí Primero sueño.</p><p>No me recitó versos ni levantó la voz. Me habló al oído, bajito, como quien confiesa un fracaso. Me contó que su alma también había peregrinado hacia la totalidad del universo mientras el cuerpo dormía, pero me advirtió que el infinito no es lugar para el humano. Que allá arriba, sin la protección de la carne, el intelecto se encandila y se quema frente a esa luz inabarcable. Me acarició la frente transpirada y me invitó a volver al cuerpo, al hambre, a los fideos.</p><p>Esa tarde decidí no escribir sobre la locura y contarles, en cambio, esta historia. Hasta mis amigos más íntimos, como Huxley, habían venido a retarme. Entendí que no hay forma de que yo sepa qué es o no es la locura, si ni siquiera estoy convencido de mi propia cordura.&nbsp;</p><p>En esa duda, en esa grieta de misterio, en ese umbral de la realidad, en esa variedad de formas; ahí está lo inabarcable de este concepto. Es el nombre que le dejamos a lo infinito, a lo incomprensible, a lo oscuro, en fin, al universo. Quizás deba usted, lector, tomar estas como las palabras de un loco.&nbsp;</p><p>Desde este lugar le digo que nunca olvide que hoy por hoy nos toca ser humanos. Máquinas de carne viajando en una roca por el espacio. Considere usted qué tan lejos se embarcará en los ríos de la locura, motivado por la codicia de la conciencia. Aceptar los límites de la percepción como requisito del estado terrenal requiere de una humildad muy cultivada. Por mucho que se deje llevar, no podrá abandonar su cuerpo, no hasta dejarlo definitivamente, y ese día nos llegará a todos. A veces, basta con barrer y regar las plantas para escuchar la orquesta de la verdad.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/M1MBa-z7xCSKZxl3WdXfEnnxyAI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/si_todos_los_locos_ven_lo_mismo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>“Si las puertas de la percepción se purificaran, todo se le aparecería al hombre como es: infinito"William BlakePobres cuerpos terrenales cargando cer...]]>
                </summary>
                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-06-07T04:00:01+00:00</updated>
                <published>2026-06-07T04:00:00+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            La Historia por Otros Medios
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/opinion/la-historia-por-otros-medios" type="text/html" title="La Historia por Otros Medios" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/opinion/la-historia-por-otros-medios</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[El Eco de Tandil]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/la-historia-por-otros-medios">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7lHQmruD1rYwTDF-XQqOlTnsh30=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2023/07/oscar_nigro.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Giuliano Da Empoli describió en Los ingenieros del caos a quienes construyen el desorden como instrumento deliberado de poder, estrategas que comprendieron antes que nadie que la disrupción no era un obstáculo al poder sino su combustible más eficaz. Lo que el autor dejó sin examinar, sin embargo, es el caso de quienes, queriendo genuinamente transformar la sociedad, terminan produciendo el mismo efecto sin haberlo diseñado, por fidelidad a un modelo mental construido para otras realidades y otros tiempos. Este artículo se propone examinar ese caso.</p><p>Hace tres décadas algunos creyeron que la historia había concluido, que el conflicto ideológico se había resuelto y que lo que restaba era administrar el orden establecido. La historia no concluyó. Tomó otros medios.</p><p>El caos no es democrático. Esta afirmación es una descripción empírica de lo que ocurre en toda sociedad cuando las instituciones que administran el conflicto de intereses dejan de funcionar. La inflación no empobrece a todos por igual. El que tiene ahorros en dólares, acceso a información privilegiada o capacidad de indexar sus ingresos en tiempo real atraviesa la tormenta con pérdidas menores, a veces con ganancias. El que tiene un salario fijo, un depósito en pesos o una pequeña empresa sin respaldo bancario absorbe todo el costo. Lo mismo ocurre en un default, en una convulsión institucional, en cualquier forma de desorden sistémico. La crisis redistribuye de manera regresiva, transfiriendo riqueza desde los sectores más vulnerables hacia los mejor equipados para convertir la incertidumbre en oportunidad.</p><p>Esta transferencia no requiere conspiración. Requiere solamente la asimetría estructural que existe entre quienes disponen de herramientas —abogados, contadores, contactos políticos, reservas en divisas— para navegar el desorden, y quienes no disponen de ninguna. Muchos investigadores han documentado que cuando las élites compiten por recursos escasos en un sistema institucional debilitado, la inestabilidad resultante concentra el poder en quienes sobreviven la crisis con mayor capacidad de acción. En Argentina, cada crisis de las últimas décadas —la hiperinflación de 1989, el colapso de 2001, los ciclos de default y devaluación— produjo una transferencia de riqueza hacia los sectores con mayor cantidad y calidad de herramientas para superarlas. Sostener que esto es accidental requeriría ignorar una regularidad que merece el estatus de ley empírica.</p>El Modelo Mental de la Ruptura<p>Carl von Clausewitz sostuvo ya en 1832 una de las observaciones más citadas del pensamiento político moderno: la guerra es la continuación de la política por otros medios. Cuando los mecanismos institucionales del conflicto se agotan, la violencia toma el relevo.</p><p>Lo que la historia argentina sugiere, sin embargo, es que la política se ha convertido en la continuación de la épica revolucionaria por otros medios. No la guerra que reemplaza a la política cuando esta falla, sino la política que se concibe a sí misma como la antesala de una ruptura fundacional que lo reordenará todo. Una política que no administra el presente, sino que aguarda el momento en que la historia, finalmente, comience de verdad.</p><p>Ese modelo mental funciona como un anestésico. Hace soportable la inflación, la inseguridad, la degradación institucional, porque los convierte en síntomas del viejo orden que la ruptura inminente habrá de barrer. Y al hacerlo, quita urgencia a algo que la reforma institucional paciente requiere en abundancia, la disposición a invertir esfuerzo en mejorar lo existente antes que a esperar lo inexistente. El militante que aguarda su momento fundacional no reforma las instituciones del presente porque las considera provisorias, andamios de un orden que la historia —que se ha puesto de su lado— terminará por demoler.</p><p>La espera del 'gran momento' tiene consecuencias distributivas precisas. Sus ganadores y perdedores estructurales son, invariablemente, los mismos.</p><p>La toma de la Bastilla ocurrió. El asalto al Palacio de Invierno ocurrió. El 17 de octubre de 1945 ocurrió. Estos fueron momentos reales que produjeron transformaciones reales, y sería un error histórico y político negarles su significado. El problema no está en los hechos sino en su conversión en modelo mental, en la idea, sedimentada por décadas de pedagogía política y celebración ritual, de que el cambio profundo y legítimo solo puede venir de una ruptura de esa magnitud, de que la chispa que lo enciende todo está siempre a punto de producirse, de que el presente deficiente es tolerable precisamente porque es la antesala del futuro glorioso.</p><p>Conviene subrayar lo que este argumento no dice. No cuestiona el derecho a la protesta ni su necesidad en una democracia. La movilización que presiona sobre una política concreta, que negocia, que modifica, que obliga al poder a responder, es un mecanismo democrático irreemplazable. Lo que aquí se examina es algo distinto, es la expectativa de que la movilización sea el sacramento que anuncia el momento fundacional, antes que el instrumento que modifica el momento presente. La primera acepta las instituciones como el terreno del conflicto y exige que funcionen mejor. La segunda las considera el obstáculo que el momento redentor habrá de resolver de una vez.</p>Los que Administran la Espera<p>El modelo mental de la ruptura tiene administradores precisamente porque funciona mejor cuando parece espontáneo. Quienes gestionan la espera mesiánica —quienes producen y mantienen el estado de urgencia permanente— son actores que han encontrado en el desorden su fuente de legitimidad, y que por tanto tienen un interés estructural en que el desorden no se resuelva del todo. No actúan necesariamente con mala fe. Actúan con la convicción de que el caos que los sostiene es, en realidad, el caos que combaten. El perseguidor siempre tiene una narrativa en la que él es la víctima.</p><p>La experiencia directa con los aparatos ejecutivos revela un patrón que la teoría prefiere ignorar. El problema aparece con tiempo suficiente, se producen reuniones, y el problema espera. No porque nadie lo haya visto, sino porque el momento de la crisis es el único en que ciertos funcionarios se sienten verdaderamente necesarios. Junto a ellos opera el que gestiona con parches y el que encuentra en las intrigas internas su único estímulo real. Todos producen el mismo resultado; la crisis que podría haberse evitado y los mismos beneficiarios de siempre.</p><p>La exigencia del milagro político no nació con el siglo XX ni con el populismo, es la más ecuménica de las tradiciones. En la Francia y la Inglaterra medievales, los reyes taumaturgos tocaban a los enfermos de escrófula —una infección que deformaba el cuello y resistía toda medicina ordinaria— y se decía que la enfermedad cedía ante el solo contacto real. La ceremonia convocaba multitudes. Nadie preguntaba por el sistema de salud. Lo que esa liturgia producía no era, en rigor, una cura, era la suspensión colectiva de la pregunta sobre las causas. El rey no resolvía la enfermedad; resolvía la angustia de no saber qué hacer con ella. Ocho siglos después, la distancia entre esa ceremonia y el acto de inauguración de obra pública con nombres propios en los carteles es considerablemente menor de lo que la cronología sugiere.</p><p>Hay sin embargo un cuarto tipo que Da Empoli no describió porque no encaja en la categoría del ingeniero. El que genuinamente quiere transformar la sociedad y empuja con sincera convicción hacia el gran momento redentor. No administra la espera ni lucra con ella, la habita con la intensidad del creyente. Su tragedia —y merece el nombre clásico— es la de Edipo; dedica toda su energía a un proyecto que, sin saberlo, reproduce el mecanismo que más quería destruir. Al mantener viva la expectativa de la ruptura fundacional, al alimentar la ansiedad del gran momento, contribuye a sostener el estado de incertidumbre que el caos necesita para operar. No es cómplice sino víctima sofisticada del mismo sistema, ha internalizado tan profundamente el modelo mental de la ruptura que produce sus efectos sin necesitar a ningún ingeniero que lo guíe. No eligió ese modelo mental, lo heredó de una cadena de imitaciones que nadie, en ningún eslabón, examinó. Los ingenieros del caos no necesitan convencerlo de nada. A ellos les basta con que siga empuñando, con toda su convicción, el arma que ellos le pusieron en la mano. Para las víctimas del desorden, la distinción entre el que lo diseña y el que lo sostiene con buena fe es irrelevante.</p>La Estabilidad como Acto Distributivo<p>La estabilidad no es un bien estético ni una preferencia tecnocrática. Es un bien distributivo, beneficia a quienes menos recursos tienen para sobrevivir sin ella.</p><p>El ciudadano, en realidad, evalúa con más precisión de lo que el sistema político supone. En las elecciones locales vota con los pies, lo que ve y pisa todos los días es lo que determina su voto. En las nacionales vota con el bolsillo, la inflación que licua su salario no requiere intermediación periodística para ser comprendida. Ningún relato sostiene indefinidamente lo que la experiencia cotidiana desmiente.</p><p>Un Estado que optimiza el entorno cotidiano —que hace previsible el transporte, segura la calle, honesta la estadística— no administra súbditos, libera la capacidad de cada ciudadano para ser dueño de su propio proyecto de vida. Una política monetaria predecible es la diferencia entre el trabajador que puede ahorrar y el que no puede. Una justicia que funciona en tiempo razonable es el único mecanismo por el cual alguien sin contactos puede resolver un conflicto sin que lo resuelva la fuerza. En último término, lo que estas condiciones le devuelven al ciudadano es el tiempo y la energía que hoy gasta en sobrevivir el desorden, y que podría dedicar a su trabajo, a su familia, a su vida. Las instituciones no son neutrales por naturaleza, son el resultado de correlaciones de fuerzas que pueden y deben ser disputadas. Pero esa disputa requiere que las instituciones existan antes que ser demolidas.</p>El Precio de Esperar<p>Quien escribe estas líneas perteneció a esa cultura política, la de quienes esperaban el gran momento con la certeza de estar del lado correcto de la historia, y no la reniega. La reconoce como parte de una formación intelectual y política que tomó en serio la injusticia y buscó transformarla. Es precisamente esa familiaridad la que autoriza la exigencia. Los sistemas democráticos nunca fueron el problema, sino el terreno insuficientemente aprovechado. Y el militante de cualquier edad que lea esto no encontrará aquí una traición sino una invitación a rendir cuentas ante la realidad que dice querer cambiar.</p><p>El modelo mental que convierte cada crisis en antesala de la redención tiene un costo que raramente se contabiliza; el costo de lo que no ocurrió, de la reforma que no se hizo, de la institución que no se construyó porque se la consideraba provisoria, de los años durante los cuales los más vulnerables absorbieron el precio del desorden mientras los mejor equipados esperaban —o producían— la próxima tormenta. Clausewitz tenía razón; cuando la política falla, la violencia toma el relevo. Lo que no escribió, porque quizás no lo imaginó, es que la política también puede fallar por exceso de épica, por la convicción de que la historia está siempre a punto de comenzar y que administrar el presente es una tarea indigna de quienes han sido convocados por el futuro.</p><p>Todo proyecto político que se proclama transformador debería poder responder dos preguntas simples: ¿Qué aspecto tiene el mundo que promete? ¿Cómo luce en la vida cotidiana de una familia cualquiera? La respuesta no tiene épica; un niño que puede ir a jugar a la calle solo, un padre que llega a casa a una hora razonable luego de trabajar, una madre que ahorra sin miedo a que la moneda se disuelva antes del fin de mes. No es una visión pequeña. Es precisamente la visión que los grandes relatos fundacionales han postergado, una y otra vez, en nombre del futuro glorioso que siempre está a punto de llegar.</p><p>El sistema que vive del desorden llama tibieza a cualquier propuesta que amenace su oxígeno. Que carece de mística. Que no convoca multitudes ni enciende barricadas. Construir instituciones que funcionen con independencia del rey de turno, en un sistema político que ha edificado su poder sobre la dependencia personal y el milagro prometido, no es una concesión al statu quo: es su más radical impugnación. El rey taumaturgo no teme a la revolución; sabe que puede sobrevivirla y reaparecer con otro nombre. Lo que no puede tolerar es el hospital: la institución anónima, silenciosa y predecible que hace su milagro innecesario. Esa es la audacia que el ciclo heroico no tiene herramientas para reconocer, porque no produce el tipo de épica que necesita para sobrevivir.</p><p>Bertrand Russell tenía razón, los estúpidos confían, los inteligentes dudan. Pero el sueldo que no alcanza para fin de mes no duda de nada. Y la espera de lo eterno, frente a esa mala noticia de la mañana, simplemente se desmorona.</p><p>Dr. Héctor Oscar Nigro, Ingeniero de Sistemas, Doctor en Matemática y politólogo, docente de la Unicen.</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7lHQmruD1rYwTDF-XQqOlTnsh30=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2023/07/oscar_nigro.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>El tiempo de lo "Eterno" dura hasta que llegan las malas noticias del día]]>
                </summary>
                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-06-03T20:50:08+00:00</updated>
                <published>2026-06-02T20:00:45+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Cortejo digital
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/cortejo-digital" type="text/html" title="Cortejo digital" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/cortejo-digital</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/cortejo-digital">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/UUY066Gns139amISXb1LJ2wccSk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/cortejo_digital.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>En la mesa del café, saco mi celular y escaneo el código QR para ver la carta. En la vereda, los gorriones dan saltitos y comen lo que encuentran. Cantan y vuelan, de la baldosa a una rama, de la rama a las tejas. Revolotean sobre nuestras cabezas gachas y un poco se ríen de nosotros y esas risas caen del cielo como miguitas de pan. Su tiempo no tiene números y sus alas burlan las reglas del espacio. Ignoran por completo nuestra histeria de píxeles. Veo a un gorrión macho saltar alrededor de una hembra. Infla el pequeño pecho y levanta la cola, con sus alas abiertas. Ella no se inmuta. Dicen los streamers que pasó de moda mostrar demasiado interés. Vuelvo la vista a mi rectángulo de vidrio para retomar mi simulacro de elección.</p><p>Miro hacia la puerta unos segundos antes de que aparezca mi amigo. Llevo un rato siguiendo su ubicación en tiempo real. Pide lo mismo que yo, y pasamos de inmediato a nuestra rutina de siempre. Él me cuenta las idas y vueltas de sus amoríos; yo pienso en las caras y contracaras del romance moderno. La mesera deja nuestros cafés y, antes de irse, le sonríe a mi compañero. Nuestra charla dura lo mismo que las tazas.</p><p>La situación actual es de delicada espera. Anoche le reaccionó una historia a Sofía, para tantear el terreno, pero ella sólo respondió con un like. A medida que pasan las horas, el panorama se vuelve menos prometedor. “¿Qué fue lo que le dijiste?”, le pregunto. "Un emoji de carita enamorada", dice. En ese pictograma se condensa la atracción, el acercamiento, quizás incluso las ganas de juntarse. Pienso en la cantidad de letras que podrían haber ocupado ese cupo comunicativo. “¿Por qué no le escribís algo?”, propongo. Me explica que si hace eso corre el riesgo de quedar muy desesperado, que es fundamental mantener cierto grado de indiferencia para no ser descartado por intenso. El protocolo dicta que ahora debe dejarla en visto hasta mañana a la tarde para no perder valor de mercado. Cuando se cumpla ese tiempo, habrá que considerar otras opciones. Sofía es una chica muy popular, con muchos seguidores. Eso significa que su oferta es muy amplia y, por lo tanto, hay que encontrar la manera de destacarse entre las demás reacciones. &nbsp;&nbsp;&nbsp;</p><p>En paralelo, discutimos los movimientos a realizar en otra partida, la de Julia. Acá la especulación es distinta, es un juego de sombras. El objetivo es llamar la atención del otro. Le pregunto a mi amigo si está seguro de que ella está jugando al mismo juego; y efectivamente, no tiene ninguna duda. Hace unos días él la agregó a su lista de mejores amigos, y ella lo agregó a la suya inmediatamente. Es la luz verde del ritual sexo-afectivo digital. “Ya tengo un pie adentro”, me asegura. “¿Y cómo se sigue?”, quiero saber. Ahora las publicaciones deben ser estratégicas, medidas, hasta que alguno de los dos rompa el hielo. Es importante construir la estética seductora en cada función que las redes ofrecen: historias, notas, canciones, reposts. Pensativo, lo cuestiono: “Pero si vos no subís casi nada, amigo”. Me explica que subir pocas cosas es una parte crucial del plan, porque “el misterio es lo que vende".</p><p>Luego me narra un encuentro pasado, de algunas semanas atrás. Ana, una chica que vive en un pueblo cercano. Comenzaron de lo más normal: se empezaron a seguir, se agregaron a mejores, se dieron un par de likes y terminaron chateando. Ahí conectaron increíblemente. Desempeñaron sus habilidades de seducción en un conglomerado de mensajes, memes y GIFS que los llevó de la risa al llanto, ida y vuelta. Al cabo de unos días, decidieron dar un paso más e incorporar los audios y las fotos temporales. Me cuenta que fue un poco chocante escuchar su voz por primera vez, que no era como se la esperaba, pero terminó acostumbrándose. También fue raro ver su cara sin filtros, desde ángulos casuales, pero no dejó de gustarle. Además, decidió ignorar algunas red flags evidentes, como las infaltables fotos en boliches cada fin de semana, o los comentarios recientes de un usuario que tal vez sería su exnovio. A pesar de todo siguió adelante, motivado por la ilusión de ese nuevo romance, alimentando sus fantasías con todas las publicaciones de aquel feed. Iba y venía desde la última foto hasta la primera, mientras soñaba cómo sería el primer encuentro en persona. A la tercera semana, ya sentía que conocía todo sobre ella. El chat había evolucionado a su máxima expresión: la videollamada. El encuentro era inminente y necesario. Lo pactaron para la noche de un viernes. “¿Y se vieron? ¿Y ella fue? ¿Y qué tal? ¿Se rieron?”, pregunto enseguida, ansioso. Él niega con la cabeza. “Duró cuarenta minutos la juntada”, dice. Entonces me explica que todo rastro de química debió haber quedado en la pantalla. Que aquella no era la persona con quien había entablado ese vínculo virtual, que era distinta, más tímida y menos graciosa. Que ni la cámara ni el micrófono del celular habían logrado captar la realidad de las facciones, de las miradas, de los gestos; y que eran entonces dos personas desconocidas. Peor aún, porque las personas desconocidas tienen la opción de tomar el riesgo y conocerse; pero en este caso sus perfiles digitales se habían adelantado y habían formado un propio vínculo del cual ellos no eran parte. Al estar seguros de dicha ajenidad, cada cuerpo emprendió la vuelta a su ciudad. Desde entonces, ambas partes mantienen un estado de ghosting diplomático. No se escriben, pero tampoco dejan de seguirse.</p><p>Antes de irnos, con las tazas vacías y la cuenta paga, la mesera le dice algo a mi amigo. Es uno de esos comentarios innecesarios, triviales, amistosos. Una de esas interacciones de la vida real, cargadas de contacto visual y fabricadas con cuerdas vocales. Él contesta en monosílabos. Su voz tiembla notablemente y las palabras se le enredan. La conversación termina antes de empezar. Mi amigo mira para otro lado y saca su celular. Yo me quedo en silencio, observando las ruinas del encuentro desde afuera. Cuando mi compañero vuelve a dirigirme la palabra, está sonriendo. “Que chica más linda”, dice para mi sorpresa. Saca una lapicera de la mochila y escribe algo en una servilleta. Es el nombre de su usuario de Instagram. Salimos sin mirar atrás y dice: “Si me empieza a seguir, le escribo”.</p><p>Pienso en la torpeza analógica que tiene el encuentro, en la adrenalina del rechazo en vivo y en directo, sin pantallas que oficien de paracaídas. Hoy nos incomoda tanto la fricción humana que hemos digitalizado el ritual. Nos convertimos en auditores de nuestro propio ego, calculando los márgenes de riesgo antes de siquiera atrevernos a rozar una mano ajena. El cortejo en los tiempos del QR es una danza virtual. Es una planilla de Excel donde el deseo se tabula en tiempos de respuesta, visualizaciones fantasmas y silencios tácticos. La belleza se va a buscar en fotos de historias y publicaciones que intentan ilustrar a una persona real. El individualismo marca sus fronteras con red flags y green flags para determinar si los vínculos serán turistas o residentes, con la premisa de este siglo de que “todo es descartable hasta que se demuestre lo contrario”. El intercambio se redujo a una partida de ajedrez cobarde donde el primero que demuestra interés, pierde. Pero ese miedo a entregarnos nos lleva a que perdamos todos.</p><p>Querido lector, el amor seguirá existiendo fuera de las pantallas, los píxeles nunca podrán atraparlo. Sospecho que lo importante es no dejar que nuestros avatares virtuales vivan la vida que le corresponde a nuestros cuerpos. No cederle a la prolija tecnología las conexiones imperfectas de las personas. Guardarle, aún en estos tiempos, un rincón al misterio, a lo espontáneo, a las cosquillas en la panza, a la ilusión, al rechazo; en fin, al romance.&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/UUY066Gns139amISXb1LJ2wccSk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/cortejo_digital.webp" class="type:primaryImage" /></figure>En la mesa del café, saco mi celular y escaneo el código QR para ver la carta. En la vereda, los gorriones dan saltitos y comen lo que encuentran. Can...]]>
                </summary>
                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-05-31T15:00:42+00:00</updated>
                <published>2026-05-31T11:24:11+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            La caridad en alta definición
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/la-caridad-en-alta-definicion" type="text/html" title="La caridad en alta definición" />
        <id>https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/la-caridad-en-alta-definicion</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/la-caridad-en-alta-definicion">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/u5p2hXM2FZNdU9cjdrhrMWyyoLE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/la_cridad_en_alta_definicion.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>"De la vanidad no digo nada: creo que nadie está desprovisto de este notable motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con la modestia de Einstein o gente por el estilo; respuesta: es fácil ser modesto cuando se es célebre; quiero decir parecer modesto. Aun cuando se imagina que no existe en absoluto, se la descubre de pronto en su forma más sutil: la vanidad de la modestia. ¡Cuántas veces tropezamos con esa clase de individuos! Hasta un hombre, real o simbólico, como Cristo, pronunció palabras sugeridas por la vanidad o al menos por la soberbia. ¿Qué decir de León Bloy, que se defendía de la acusación de soberbia argumentando que se había pasado la vida sirviendo a individuos que no le llegaban a las rodillas? La vanidad se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnegación, de la generosidad", Ernesto Sabato, El túnel (1948)</p><p>Setenta y cinco años más tarde, el rapero miramarense Jesse Pungaz haría quizás la misma reflexión que Ernesto, pero habitando este futuro distópico de identidades en píxeles e historia digital. Con las formas condensadas de este siglo, expresaría simplemente que &nbsp;“lo premian a Juan, por ayudar a Pedro; pero eso ayuda más a Juan que a Pedro”.</p><p>Hace solo algunos meses, el poeta Shinovi Sambrailo, oriundo de Casilda, Santa Fe, recitaba que “nadie está dispuesto a salvar a nadie si no hay nadie dispuesto a grabarlo”.</p><p>Habrán advertido, cada uno en su época, que algunas buenas acciones sirven de escondite para la vanidad. Habrán descubierto a la máscara del altruismo cubriendo los profundos intereses del ego. Imagine si el pintor Juan Pablo Castel hubiese tenido un Iphone para scrollear en redes y ver cómo todo se ha convertido en contenido. Desconfiaría aún más de la bondad filmada, de la generosidad escénica.</p><p>Cuando tenía quince años, me llamó la atención encontrar en redes la carpeta de fotos de una misión solidaria. La propia fundación las publicaba y etiquetaba a cada uno de sus integrantes. Eran increíbles imágenes de un lugar remoto, muy lejano, muy ajeno. Había plantas exóticas y un barro carmesí maravilloso. Había gente de mi edad descalza. En la descripción ponía también el nombre del lugar, lo reconocí enseguida, sonaba a pobreza. Seguro lo había escuchado en el noticiero o en alguna clase de geografía. Cuántas horas de viaje serán hasta allá, pensé. Entre las fotos subidas identifiqué varias escenas que se parecían. Eran jóvenes blancos impecables que sonreían con ganas, con fascinación mientras abrazaban a niños negros, la mayoría sucios con tierra o mocos secos. Pensé por qué no les limpian la nariz antes de capturarlos en primer plano, en tan alta definición. Los niños también sonreían y miraban con una mezcla de extrañeza y curiosidad a las cámaras de aquellos astronautas generosos. En otras tomas recibían bidones de plástico con agua y pintaban cuadernos con fibrones. Aquel era un excelente trabajo de fotografía. Recordé las postales que había colgadas en el bar de Pablo Acosta, de cazadores posando junto a sus trofeos.</p><p>Tenía claro que aquella era, por supuesto, una buena acción. Esos niños pobres se habían visto beneficiados materialmente, habían recibido asistencia y víveres. Pero claro que no era la acción, sino el registro, lo que hacía ruido en mis pensamientos adolescentes. Esa forma de decir yo estuve allá, con eso. Porque, a diferencia de los perfiles que compartían ese registro, los niños pobres no tenían nombre. Eran solo pobres, y ya. Tampoco tenían voz, ni historia. Sí tenían ahora agua potable para algunas semanas y ropa que los otros descartaron. En ese entonces yo era un niño sesgado por el pesimismo, por lo que no entendía que cualquier ayuda es mejor que ninguna. Lo que sí entendía bien es que aquellas personas vulnerables no iban a dejar de ser pobres con esos víveres, y que sus rostros sucios y sonrientes ocupaban un rol imprescindible en el registro de la caridad. Vi las publicaciones estallar en likes y pensé entonces quiénes se veían más beneficiados en realidad. Me pregunté si lo que tanto gustaba a los espectadores era el gesto solidario o la miseria captada en cámara.</p><p>Algunos años más tarde leería El túnel, y desde entonces sospecho que las verdaderas manifestaciones del altruismo no suelen tener testigos; y usted sabe lo improbable que es eso en este tiempo de hipercomunicación obscena. Cuando una entrega desinteresada se hace pública, uno corre el riesgo de encandilarse con el reflejo de la propia decencia.</p><p>¡Necesidad humana, si las hay! La de ser visto por otros. Entre usted y yo, lector, ¿a quién no le gusta ser reconocido? Yo mismo desconfío de que exista algo de lo que hago que no esté atado a la percepción del resto. Es la cárcel de la validación. En la biblia, Jesús no se fija en los ricos que echan muchas monedas en la bolsa de limosnas, sino que se detiene en la viuda que pone solo dos monedas. Llamó a todos sus discípulos y dijo en voz alta que ella había dado más que todos. Porque aquellos dieron lo que les sobraba, pero ella dio todo lo que tenía. ¡Menos mal que la vio! pienso yo. Si Jesús miraba para otro lado justo en ese momento, su sacrificio no estaría en la biblia y habría sido solo una pobre viuda sin nada de dinero, y esas dos últimas monedas no harían casi diferencia en esa bolsa de limosnas, mezcladas entre todas las demás. O tal vez sí.</p><p>Pero no me malinterprete, toda dadivosidad vale la pena. La caridad siempre aporta algo positivo a quien la recibe. Ya sea motivada por puro altruismo o por vanidad, es una ayuda esencial para aquellos en situación vulnerable. También debemos tener en cuenta, por otro lado, que compartir y difundir un movimiento solidario no sólo otorga reconocimiento a quién lo hace, sino que también puede ser contagioso y llamar a otros a la acción. Son dos filos de una misma hoja. A su vez, no hay nada de malo en ser reconocido por hacer el bien, dado que esos ejemplos de vida pueden inspirar a otros y desencadenar más campañas.</p><p>Aquí la cuestión es otra, es reconocerse a uno mismo, internamente, con la más profunda honestidad, si esas buenas acciones necesitan o no de unos ojos que las vean, si ese gesto debe o no llevar tu nombre. En otras palabras, preguntarse si sería igual de gratificante hacerlo con la certeza de que nunca nadie lo sabrá. Si en cambio prefiere alguna forma de reconocimiento, no se preocupe, es usted, sin dudas, humano. Como diría Sabato, está hecho de carne, pelo y uñas; no puede escapar tan fácil de cierta dosis natural de vanidad. Todos la tenemos. Tal vez tenga una connotación maligna, pero la palabra vanidad proviene del latín vanĭtas, que significa "vacío" o "falto de realidad". El problema entonces es acercarnos a ese otro que sufre desde un lugar irreal, asimétrico, en el cual yo, que tengo, te doy a vos, que te falta. Esa persona igual recibirá lo que necesita, pero será usted el que se perderá la verdadera experiencia de la entrega.</p><p>De lo que sí puede estar seguro es de que existe una satisfacción distinta en el sacrificio que nadie ve, en el gesto que nadie aplaude. Una sensación que solo esa forma de empatía puede brindar, y que no encontrará en ninguna validación pública. A su vez, no hace falta viajar a ningún lado para encontrar gente que necesita ayuda. Estas personas suelen estar al lado de nosotros.</p><p>Algunas veces descubro las más hermosas y silenciosas acciones de generosidad, hechas en completo anonimato. Mi aprobación revolotea sin saber en quién posarse, a quién darle los créditos; y recién entonces la verdadera abnegación se muestra resplandeciente: quien lo hizo no importa, no existe, no ha dado lugar a que le demos ninguna retribución moral ni tampoco a rechazarla con pinceladas de modestia. El dador se ha borrado de la ecuación, se ha esfumado sin dejar pistas. Lo único que existe, que importa, es lo que se ha dado y, por supuesto, quien lo ha recibido.&nbsp;</p>]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/u5p2hXM2FZNdU9cjdrhrMWyyoLE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/la_cridad_en_alta_definicion.webp" class="type:primaryImage" /></figure>"De la vanidad no digo nada: creo que nadie está desprovisto de este notable motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con la mo...]]>
                </summary>
                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-05-17T13:25:07+00:00</updated>
                <published>2026-05-17T04:00:00+00:00</published>
    </entry>
    </feed>