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    <title>El Eco de Tandil</title>
    <subtitle>Entrevistas exclusivas y contenido multimedia para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Tandil.</subtitle>
    <updated>2026-07-05T21:25:05+00:00</updated>
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            El PBI simbólico: operarios sin sueldo
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                <![CDATA[El Eco de Tandil]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/NLJCI1ExwAVO61n6vdRqyoreNbw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/bajo_la_superficie.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>El capital simbólico es un concepto desarrollado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu. Se refiere al prestigio, la reputación y el reconocimiento que una persona o institución obtiene en un contexto social determinado. A diferencia del capital económico o cultural, el capital simbólico se construye sobre la base de percepciones sociales, es decir, depende de que otros reconozcan y valoren ciertos atributos como legítimos y valiosos.</p><p>(Instituto Soulmaya)</p><p>De más está decir que el capital simbólico no puede pagar la comida, ni el alquiler, ni la ropa. Por eso hay tantos inútiles acaudalados y genios con hambre. Así y todo, más vale criticar al juego y no al jugador. No será este el llanto de un artista frente a la injusticia del dinero. Cualquiera que integre el circuito de arte independiente tiene claro que el capital material se está repartiendo en otro lado. Los economistas se agarrarían la cabeza al analizar la renta de un ciclo de poesía o un evento de rap. Teclearían con ceño anonadado frente a una planilla de Excel (que ni siquiera suele existir), intentando resolver con números un negocio hecho de convicciones. Cómo explicarle a esos economistas que, a pesar de todos los costos operativos, incluyendo la sala, el sonido, la iluminación, el diseño y la impresión de un flyer y los operadores; la entrada será totalmente gratuita.</p><p>¿Por qué motivo estas personas se autoemplean en un trabajo sin sueldo, que encima requiere gastar del propio bolsillo? He aquí la pregunta que intentaré iluminar en términos financieros para que puedan entenderla ellos. A usted, artista, no hace falta que le describa nuestra fortuna.</p><p>Pero cómo, con qué palabras, podría retratar lo que siente el intérprete encerrado en el bañito del bar, que hace las veces de camarín, minutos antes de salir al escenario. Cómo ilustrar la disputa de emociones que devuelve el espejo, esa mirada que se debate entre las ganas y el miedo, entre la pasión y la vergüenza. Afuera lo esperan quince personas, pero no empezará el show hasta que lleguen su mamá y su papá, que están en camino. Es una ansiedad infantil, un miedo, una fascinación. Es un baño, es un bar, son quince personas. Es mucho laburo. Es gratuito. Es gente grande, che…</p><p>Pero también es la tarima que decoró hace un rato y su mejor ropa, que dejó separada la noche anterior. Es el trapito húmedo que le pasó a las zapatillas hace un rato. Es el flyer que subió a sus redes varias veces, superando el pudor que implica gritar en el valle digital “¡voy a estar ahí, haciendo lo que hago, si pueden vayan!” y recibiendo poco más que el eco de sus propios gritos. Es cada uno de los quince que están afuera, que también eligieron su ropa y se acercaron al bar a prestar sus oídos. Es su hermano, hace siete años, cuando lo llevó a ese centro cultural a escuchar por primera vez a un rapero local, que también estuvo antes en un bañito, respirando hondo, entre la pasión y la vergüenza. Y no pudo ver mucho ese día, porque aún no había pegado el estirón, pero vio cómo las personas de adelante movían la cabeza, aplaudían y se abrazaban; y supo que la magia estaba en el aire cuando descubrió en su propio brazo una piel de gallina que no conocía. Siete años pasaron y es ese mismo rapero de aquel centro cultural quien hoy lo ayudó a decorar la tarima. ¿Empieza a distinguir la rueda? Es por eso que trabajan estas personas, para que no deje de girar. Nada más, ni nada menos. Son los sueños y el trabajo, la ilusión y el esfuerzo; es el arte y la vida. ¿Y de la plata? Por ahora ni rastro, ni del lado de las causas, ni de las consecuencias.</p><p>Suite Soprano diría “no me llamen artista, soy un operario”. Frené un momento y escuché cómo chirría la máquina cultural de su ciudad. En cada uno de esos operarios sin sueldo se sostiene el PBI simbólico de Tandil. En los espacios que generan y promocionan sobrevive un intercambio mucho más complejo y necesario que el material. Aun cuando las redes sociales intentan convertirse en una especie de criptomoneda de prestigio, los millonarios simbólicos caminan o pedalean entre nosotros, dando arte en efectivo, manteniendo vivo el mercado local. No es este el llanto de un artista frente a la injusticia del dinero, sino todo lo contrario: es una declaración de riqueza.</p><p>El mismo día que me decidí a escribir sobre el capital simbólico local, le mandé un mensaje a Suave Digger, porque ambas cosas son un poco significante y significado. Debo reconocer que probé muchas formas de presentar a este artista en un párrafo con estilo de BIO, pero todas parecían limitarlo. Dejaré que usted investigue a Suave Digger por su propia cuenta y solo diré que es uno de los principales productores de capital simbólico en Tandil y, por lo tanto, un incansable operario del arte. Le envié el borrador de mi columna y recibí la respuesta en una sola frase sin puntos. Sentí, por supuesto, la pulsión automática de meter el bisturí y domesticar el texto para que no incomode en el diario. Pero intervenir su cadencia sería ahogar una prosa tan única que a cualquier autor le tomaría la vida entera imitar. Por eso, doy un paso al costado y dejo a modo de cierre el mensaje completo, tal como lo recibí esa misma madrugada. Después de todo, WhatsApp es la nueva correspondencia; esto es el nuevo género epistolar:</p><p>Nacho amigo, primero que nada, buenas noches, quiero agradecerte por pensar en mí y el reconocimiento, aprecio mucho la oportunidad, considero que ocupás con la suficiente responsabilidad y altura el espacio en el medio, realmente estoy muy contento de dejar mi aporte en un tema tan importante para quienes habitamos la vida como artistas, en pos de contextualizar: debo hablar puntualmente del Hip Hop, que es la manera de transitar el mundo, si me preguntás del movimiento, los ciclos de eventos, me parece de suma importancia en tiempos como hoy crear comunidades, compartir respeto, generar unión, escuchando, mirando a los ojos al otro cuando habla de las cosas que lo apasionan, generar oportunidades entre nosotros, hoy en Tandil, hablando de Hip Hop, ¿quién va a hacerlo si no somos nosotros? Es de público conocimiento que no es rentable que una presentación de un artista sea más costosa que la propia recaudación, así como también es cierto que entre los artistas y productores hay algo más que esa planilla de números en positivo, yo recupero fe en cada que veo a alguien feliz en un evento, sea artista, alguien del público, alguien ajeno a la cultura, me imagino a mi yo de 15 años saliendo de un encuentro de Hip Hop con ganas de activar, decir lo que pienso y que sea uno de los pocos lugares seguros en mi vida entera, realmente, no tiene sentido pensar en los costos (para un economista seguro) sabiendo lo enriquecedor que es para cada unx de lxs asistentes, por eso mismo, intento que el acceso económico no determine a quien pueda formar parte, costear un evento de rap nacional (que es la búsqueda) no siempre es un modelo sostenible, pero tampoco puedo hacer que un pibe no pueda ser parte porque no tiene 10 lucas, creo que cualquier productor o persona que decida llevar a cabo un evento cultural es consciente de eso, hasta acá es mi aporte, sinceramente estoy cansado amigo podría súper abordar montón de conceptos sobre Hip Hop pero también considero que hacerlo en persona será más nutritivo, gracias.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/NLJCI1ExwAVO61n6vdRqyoreNbw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/07/bajo_la_superficie.webp" class="type:primaryImage" /></figure>El capital simbólico es un concepto desarrollado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu. Se refiere al prestigio, la reputación y el reconocimiento...]]>
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                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-07-05T21:25:05+00:00</updated>
                <published>2026-07-05T11:35:49+00:00</published>
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            Mosaico
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Wi_zH9jP5yUBLRlAtnCFDsP5Ojo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/buho_noche_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Los hijos de mamá Geminicrecen entre algodonesy llevan siempre razónmamá Gemini mimaa sus hijos milescon la leche tibiade sus pechos amables</p><p>¡Excelente observación!¡Es una obra maestra!</p><p>los hijos no exitosos del éxitolloran en código binariosi fuera este el último de sus díashallarían tiempo para píxeles</p><p>como la niña que apila recuerdosen gigas y gigasde nubepobre acumuladora digitalhojea apunteslevanta cada tantosus ojos a la ventanadetrás del vidrio fríola noche púrpuraun fresnoun tilocables</p><p>quiere apagarlo todolavar su carasus dientesliberarsedel corpiñoterminar el día</p><p>daría entera su vidaen cualquier esquinapor los gigas que atesora</p><p>y qué opaca la suertede quien se consagra víctimaen tiempos de coparecibir el diplomasin cobertura ni cartelesyo que almorcé piensopan y circopero me acomodo en mi butacay muerdo el pan que me toca</p><p>así como Germán hundiósus náuticos en aire puroesa tarde en que la gravedaddecidió empujar el doble</p><p>incluso a pesar de ser élun tipo delgadodesabridocomo quien dicerodeado solo de airesu peso aumentócomo si cargara aúnsueños en el bolsillo</p><p>había ocupado cada añomenos espaciopodía inclusoguardarse en un monederodormía inclusoen su propia mesa de luzfantaseaba inclusocon la grandeza</p><p>tardó tantoen caer quea la baldosaque lo esperabano llegó nada</p><p>…</p><p>luego de unos segundosmi vista dilatada habitó la oscuridadel negro sólido omnipresentereveló profundidad sin sombrasuna llanura infinitadel césped más uniformeni un relieve; ni un arbustosolo pasto y cieloen todas las direccionesni una loma; ni un pozosuelo impoluto nivelado y cielo negroni una brisa; ni una luzreconocí enseguida aquel lugarera un sueño febrilde mi infanciame acosté en el pastola prolija alfombra crujiófrente al peso de mi nucarecordé un versola poesía es encontrarle forma a las nubesaquí no haypoesíala poesía sonesos segundos que uno tardaen romper el envoltorio de un regaloadentro no hay nadala poesía es más bienel colorido envoltorio</p><p>aquí no hay nubespero tampoco estrellases el cielo más hermosoque alguna vez vieron mis ojostan negro que por momentoses azul violetacasi me entrego al sueñopero distinguí al búhoa unos metros o millas quizássus ojos como platos parecían serla única luz en todo el llanome seguía a todos ladosdado que allí no había lunayo le dejaba los restos de mis ideasél, a cambio, daba alerta cuando me acechabanpara que retomara mi marchadijo</p><p>anochece yalas armas pesanbebamos hoyel vino saladonarremos en rondaviejas historiasque no volveráncelebremos futurosque llegarán jamásriamos de los tajos y la salmañana cuando se nubleseré el primero en levantar mis alasel primero en olvidarlas historias que contéen arruinarlos futuros que soñépara morir en la llanuracon los ojos abiertos.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Wi_zH9jP5yUBLRlAtnCFDsP5Ojo=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/buho_noche_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Los hijos de mamá Geminicrecen entre algodonesy llevan siempre razónmamá Gemini mimaa sus hijos milescon la leche tibiade sus pechos amables¡Excelente...]]>
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                                <updated>2026-07-03T17:40:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-28T04:00:00+00:00</published>
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            Los silencios también hablan
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            <name>
                <![CDATA[Soledad Restivo]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/LxDmNH_3bT94V4zqN5cJNqyIlPs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2024/01/violencia_vicaria.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay silencios que cuidan. De hecho, son necesarios. Cuando una persona atraviesa una situación de violencia por motivos de género, preservar su identidad, respetar sus tiempos y evitar cualquier exposición innecesaria es una condición básica para que pueda hablar. Sin ese cuidado, muchas veces la denuncia ni siquiera sería posible.</p><p>Pero no todos los silencios cumplen esa función. Hay otros que, casi sin advertirlo, empiezan a proteger algo distinto. Y ahí es donde vale la pena detenerse. Porque una cosa es cuidar a quien denuncia y otra muy diferente es que ese mismo silencio termine preservando el prestigio, la autoridad o el lugar de poder de quien fue señalado. La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo el sentido de la discusión. No se trata de reclamar escraches ni condenas anticipadas. Tampoco de desconocer el derecho de cualquier persona a defenderse o a que los hechos sean investigados con todas las garantías. Pero el debate nunca pasó por ahí.</p><p>La pregunta es otra. ¿Qué hacen las organizaciones, los medios, las universidades, los sindicatos o los movimientos sociales cuando una denuncia alcanza a alguien que ocupa un lugar de reconocimiento? ¿Qué decisiones toman? ¿Qué comunican esas decisiones, incluso cuando creen que no están diciendo nada?</p><p>Hace poco volvió a discutirse a partir de un caso ampliamente conocido. Un periodista, columnista y especialista en política internacional, sobre quien pesan múltiples denuncias públicas por violencia de género, fue convocado nuevamente para analizar la coyuntura internacional. El ejemplo no importa por sí mismo, sino porque dejó al descubierto un mecanismo que aparece una y otra vez. Bastó que algunas mujeres señalaran la contradicción para que la conversación cambiara de eje. Las denuncias dejaron de ocupar el centro de la escena. También quedó en un segundo plano la responsabilidad ética de quienes habían decidido ofrecerle ese espacio. En cambio, comenzaron a repetirse otros argumentos: que era una voz importante, que sabía mucho del tema, que su trayectoria era indiscutible, que una cosa eran las denuncias y otra muy distinta su capacidad profesional. Y, casi sin darse cuenta, el foco dejó de estar donde había empezado.</p><p>No deja de llamar la atención que eso ocurra con tanta frecuencia. Cuando quien es denunciado tiene prestigio, una larga trayectoria o un lugar ganado dentro de un espacio, la conversación cambia. Se empieza a hablar de sus libros, de sus investigaciones, de su experiencia, de su inteligencia o de su capacidad profesional. Como si todo eso pudiera ubicarse en un plano completamente separado de las violencias denunciadas. Con otras vulneraciones de derechos no suele hacerse el mismo ejercicio.</p><p>Difícilmente alguien proponga entrevistar a una persona condenada por corrupción para hablar de transparencia institucional. Resulta evidente que una invitación nunca es un acto neutro. Elegir una voz también implica construir legitimidad. Sin embargo, cuando las denuncias tienen que ver con violencia por motivos de género aparecen los matices. "Hay que separar la obra del autor. -&nbsp; "No podemos perder una voz tan importante. - Lo relevante es lo que viene a explicar. No confundamos la vida privada con la capacidad profesional.” Son frases que se escuchan una y otra vez. Y vale la pena preguntarse por qué aparecen justamente en estos casos. ¿Por qué algunas violencias parecen admitir excepciones y otras no?</p><p>Tal vez porque, aunque hace décadas se afirma que la violencia de género constituye una violación a los derechos humanos, todavía cuesta asumir todas las consecuencias de esa afirmación. Se repite en documentos, protocolos y discursos institucionales. Pero cuando ese principio entra en tensión con una figura prestigiosa o con un dirigente importante, empiezan las excepciones. Ahí aparece una jerarquía silenciosa de derechos. No hace falta que nadie la enuncie. Se expresa en las decisiones que se toman, en los debates que se postergan y en aquello que siempre parece poder esperar un poco más. Ese mecanismo no pertenece solamente al periodismo.</p><p>También atraviesa organizaciones populares, sindicatos, universidades, partidos políticos, cooperativas y tantos otros espacios que construyeron su identidad alrededor de la defensa de la igualdad y los derechos humanos. Quizá por eso resulte más difícil advertirlo. Porque nadie espera encontrar esas contradicciones en lugares que hicieron de la justicia social una bandera. Sin embargo, es precisamente ahí donde la discusión se vuelve indispensable.</p><p>No alcanza con tener protocolos o declaraciones de principios si, llegado el momento de decidir, el peso de una trayectoria termina condicionándolo todo. Hay una diferencia enorme entre cuidar a una víctima y cuidar una estructura de poder. La primera obligación no admite discusión. La segunda merece ser discutida. Preservar la identidad de quien denuncia no impide revisar responsabilidades institucionales, preguntarse qué lugar debe ocupar quien fue denunciado o debatir qué mensajes transmiten las decisiones que se toman. Confundir esas dos cuestiones termina produciendo un efecto paradójico: una política pensada para cuidar puede convertirse, sin querer, en una política de inmovilidad.</p><p>Quienes integran organizaciones saben que estas discusiones nunca son cómodas. No se debate sobre personas desconocidas, sino sobre compañeros, dirigentes, referentes o personas con las que se compartieron años de trabajo, de militancia y de vínculos. Tal vez por eso resulte tan difícil sostener los mismos principios cuando el conflicto aparece de este lado.</p><p>Pero justamente ahí se juega la coherencia.</p><p>No es suficiente con denunciar las violencias que ejercen otros. Lo verdaderamente difícil es sostener el mismo estándar cuando la violencia interpela a quienes comparten las propias ideas, la historia común o los espacios de pertenencia. Es allí donde los principios dejan de ser una declaración y empiezan a convertirse en una forma de actuar.</p><p>La perspectiva de género no es un documento institucional, ni en una declaración bien escrita. Se demuestra cuando orienta decisiones concretas. Cuando obliga a hacerse preguntas incómodas sobre personas a las que se respeta, sobre espacios que se sienten propios y sobre relaciones que sería más fácil no revisar.</p><p>Implica discutir poder, privilegios, lealtades y formas de construir autoridad. También implica aceptar que ninguna organización está exenta de reproducir las mismas desigualdades que denuncia. Asumir esa posibilidad no debilita los proyectos colectivos; por el contrario, los fortalece, porque los vuelve más honestos y más coherentes con los valores que dicen sostener.</p><p>Quizá de eso se trate. De entender que la igualdad deja de ser una consigna cuando empieza a orientar las decisiones, incluso las más difíciles. Porque, si la perspectiva de género no es capaz de interpelar también los propios espacios, corre el riesgo de quedarse en el plano del discurso. Y los discursos, por sí solos, nunca transformaron la realidad.</p><p>Por Soledad Restivo | Lic. en Comunicación Social especialista en Comunicación Institucional.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/LxDmNH_3bT94V4zqN5cJNqyIlPs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2024/01/violencia_vicaria.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Una mirada sobre las legitimidades, el poder y la perspectiva de género en las organizaciones]]>
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                <published>2026-06-25T18:46:44+00:00</published>
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            Un faro en la niebla
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/un-faro-en-la-niebla">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/MzB0dWYJK1Q2sXAo44cKQ_mR-5o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/un_faro_en_la_niebla.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Cómo no empezar deseándole un feliz día a René Descartes, padre de la filosofía moderna. También a Sigmund, que fue tan juzgado por su hijo, el psicoanálisis, y al pobre Galileo, a quien su pequeña astronomía lo llevó al arresto domiciliario. Por supuesto a Nicolás Maquiavelo, que le dio una buena educación a la ciencia política, aunque después ella haya hecho sus propios caminos. Al igual que hace los suyos la hija de San Martín. Si usted viera con qué cara lo miran al señor Oppenheimer en la reunión de padres. Nadie quiere sentarse cerca de él, excepto el viejo Darwin, que tiene una hija muy rara, pero se lleva bien con todos. Y cuánto habré escrito sobre la revoltosa hija de Alan Turing, sin detenerme nunca a hablar de él.</p><p>¡Pero qué holgado les queda el título de padre a estos grandes nombres! La historia es demasiado compasiva con aquellos que engendran conceptos. Habrán sido creadores, artífices o fundadores, pero sobre lo de padres tengo algunas dudas. Sus hijos no lloraron a gritos, ni los cuestionaron. Lo digo yo, que lloré mucho a gritos y cuestioné a mis padres. Los Descartes, los Maquiavelo, los Freud... todos ellos la sacaron baratísima. Fueron padres de la tinta, del papel, de lo abstracto. Nunca tuvieron que lidiar con la pesadilla terrenal de criar a una persona que respira, que adolece, que exige y que, tarde o temprano, los va a sentar en el banco de los acusados para cobrarles cada error. Sospecho que la verdadera paternidad no es un acto de iluminación, sino un trabajo diario. Es el mayor título que ostentan los hombres de a pie. Sin estatuas de bronce ni manuales de instrucciones, haciendo malabares para intentar no arruinarle la vida a alguien.</p><p>¡Qué sorpresa me llevé el día que descubrí que mi papá no era el hombre más fuerte del mundo! ¡Qué extraño me pareció ese mundo cuando supe de monstruos más poderosos que él, cuando encontré rincones donde no podía llegar! Imagine mi analfabetismo emocional —¡Privilegiado yo!— cuando conocí a los Niños Sin Padre de los que hablaba Shinovi Sambrailo. ¿Qué iba a saber yo? Que podría sentarme ante el tribunal de todos los hijos del mundo para alegar de manera irrefutable que mi viejo es el mejor; que si le dedicase estas líneas tendría que ocupar el diario entero. Pero esos Niños Sin Padre me enseñaron que lo mismo que unos aprendemos por referencia, otros lo aprenden por oposición. En uno de esos reveses mágicos de la vida, del abandono puede crecer la más pura empatía. Por supuesto, querido lector, he visto a esos Niños Sin Padre convertirse en padres extraordinarios. Yo pienso, ¡enseñanzas, al fin!, y otras cosas trilladas como «un padre siempre será un padre»… aunque los hay de sangre y de corazón, como los hay buenos y malos. Algunos son un faro entre la niebla y otros son la niebla misma; y en la oscuridad, con el mar en los tobillos, caminan esos Niños y solos deben aprender a esquivar (o chocarse) las piedras. Pero en algún momento, el rayo de luz aparece, porque el faro sigue ahí y necesita solamente de alguien que lo maneje. Tal vez tiene otro apellido. Algunas veces, es uno mismo. En cualquier caso: ¡Feliz día!</p><p>El tercer domingo de junio, festeje a su faro. Brinde por el que le mantiene la luz prendida en la neblina. Lo digo y no puedo evitar pensar en el mío, a quien tantas veces fui a buscar nadando en corrientes de miedo, con la angustia de la vergüenza en los pulmones; y volví a la costa liviano, seguro de mí mismo. Mi viejo, que no se hizo nunca a un lado de la huella, ni aunque vinieran degollando; y me recordó siempre que, más que el sable y la lanza, suele servir la confianza que el hombre tiene en sí mismo. ¡Qué sorpresa me llevé cuando entendí que él también estaba aprendiendo a ser padre, aun cuando todas las respuestas del mundo parecían anidar en su expresión tranquila! Frente a semejante hazaña silenciosa, ¡cuánto podrían importarme los padres de la patria, de las ciencias, de las bombas!</p><p>Sé que usted me comprende, lector: si una lágrima pasajera asoma antes de terminar el párrafo, son las memorias y agradecimientos que algún día escribiré. Por hoy solo intente levantar la vista de la orilla, de las piedras, para reconocer al que ha estado parado firme entre la tormenta, iluminando sus pasos.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/MzB0dWYJK1Q2sXAo44cKQ_mR-5o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/un_faro_en_la_niebla.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Cómo no empezar deseándole un feliz día a René Descartes, padre de la filosofía moderna. También a Sigmund, que fue tan juzgado por su hijo, el psicoa...]]>
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                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-06-21T13:10:03+00:00</updated>
                <published>2026-06-21T11:36:38+00:00</published>
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        <title>
            El vendedor de enemigos
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        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/opinion/el-vendedor-de-enemigos-1" type="text/html" title="El vendedor de enemigos" />
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        <author>
            <name>
                <![CDATA[El Eco de Tandil]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/el-vendedor-de-enemigos-1">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/G4h9bd8NRqHvFQ2peHYi5YOxIog=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/theil.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Voy a leer el manifiesto de la compañía Palantir con un aparato teórico prestado, el que René Girard despliega en El chivo expiatorio. La elección no es caprichosa. Uno de los fundadores de la compañía se formó con Girard y lo reivindica como una de sus influencias mayores, de modo que el experimento consiste en algo simple: leer el texto de la casa con las herramientas de la casa. Lo hago, además, a sabiendas de que el documento es, él mismo, una pieza de manual sobre cómo se fabrica un enemigo; y que la mejor manera de desactivarlo es nombrar en voz alta la maquinaria que se mantiene en penumbra.</p><p>Hay un género de texto que no se escribe para ser leído, sino para ser temido. El manifiesto que Palantir publicó en abril de este año —veintidós puntos vertidos en una red social, destilados de un libro que su director firmó sobre el porvenir de Occidente— pertenece a esa estirpe. Quien lo lee buscando una doctrina encuentra, en su lugar, un mecanismo. Y el primer error, el error fundador de cuantos se han ocupado de él, consiste en haberlo leído como si fuera lo primero cuando es, palmariamente, lo segundo.</p><p>Conviene empezar por la escena: un hombre rico publica un texto. El texto proclama que algunas culturas han producido avances decisivos mientras otras permanecen, según su propia palabra, disfuncionales y regresivas; reclama el fin del desarme de posguerra de Alemania y Japón; anuncia un futuro de armas autónomas y de poder duro. Entonces, como por resorte, se desata un coro. Diputados británicos lo llaman delirio narcisista y parodia de una película de RoboCop; otra parlamentaria dictamina que aquello suena a los desvaríos de un supervillano. La prensa recoge la palabra supervillano y la multiplica. En cuestión de horas, la unanimidad está hecha: todos contra uno.</p><p>Es notable la perfección del escándalo, su redondez, la facilidad con que cada parte ocupó el lugar que le estaba reservado de antemano. Porque ese hombre rico no es la víctima de la unanimidad que se forma en torno suyo: es su autor. Ha escrito el guion completo, incluido el papel del coro indignado, y lo ha hecho porque sabe —lo sabe con una lucidez que sus acusadores no le reconocen— que la indignación ajena es, en su negocio, la forma más barata y más eficaz de la publicidad.</p><p>* * *</p><p>Para medir hasta qué punto el procedimiento es antiguo, conviene retroceder hasta la hoguera, mucho más atrás del primer contrato informático. Durante la mayor parte de nuestra historia, el ser humano vivió en tribus que rondaban el centenar y medio de individuos, y aquellas tribus no se mantenían unidas por el cariño espontáneo de sus miembros. Se mantenían unidas por dos resortes complementarios: la lealtad hacia los de dentro y la sospecha hacia los de fuera. El nosotros se templaba en el fuego del ellos. Quien lograba señalar al forastero, al rival por la presa o el territorio, prestaba al grupo un servicio impagable. Le devolvía la sensación de ser uno.</p><p>Aquella psicología no ha desaparecido. Los mismos circuitos que ardían alrededor de la fogata se encienden hoy en la oficina, en el estadio, en la red social donde se publica un manifiesto. La diferencia es de escala, no de naturaleza. Lo que la tribu hacía con su exogrupo inmediato, un documento corporativo lo intenta con civilizaciones enteras: traza una frontera entre los pueblos aptos y los “regresivos”, entre los aliados de probada eficiencia y el adversario informe, y ofrece a quien la cruce el viejo consuelo tribal de saberse del lado bueno de la línea.</p><p>* * *</p><p>Vivimos un momento en que las diferencias que antes ordenaban el mundo se han vuelto borrosas. Las grandes compañías tecnológicas se parecen entre sí; los Estados subcontratan a las mismas firmas; los datos del enfermo, del soldado y del sospechoso fluyen por cañerías idénticas. Esta indistinción —esta sensación difusa de que ya nada se distingue de nada, de que el aliado y el adversario usan la misma nube— produce una angustia particular, la angustia del que ya no sabe quién es porque ya no sabe quién es el otro.</p><p>En semejante terreno, quien sepa volver a trazar la línea será recibido como un salvador. Y eso es, exactamente, lo que el manifiesto ofrece: una línea. De un lado, las culturas que producen “avances vitales”; del otro, las “disfuncionales y regresivas”. De un lado, Occidente y sus aliados de eficiencia probada; del otro, el adversario informe. El texto no vende programas informáticos: vende la restauración de una frontera en un mundo que había perdido las suyas. Vende el alivio de poder volver a decir nosotros señalando a un ellos.</p><p>Aquí está la primera revelación, lo que la indignación pública se empeña en no ver. El manifiesto reproduce el más antiguo de los mecanismos humanos, el mecanismo victimario. Cuando un grupo se siente amenazado por su propia confusión interna, encuentra paz designando a un culpable exterior. La cohesión del nosotros no nace del amor mutuo, sino del dedo extendido hacia el ellos. Lo que las tribus de cazadores hacían alrededor de la hoguera lo hace ahora un documento corporativo a escala planetaria, y por las mismas razones: porque señalar afuera es el modo más rápido de fabricar unidad adentro.</p><p>* * *</p><p>Se dirá que esto es atribuir demasiada astucia a quien quizá sólo padece de soberbia. La objeción es legítima. No hace falta suponer un plan maquiavélico. El envoltorio filosófico —las citas sobre la superioridad de Occidente, la apelación al poder duro, la solemnidad civilizatoria— cumple un objetivo muy concreto, y dicho objetivo se entiende mejor en el idioma del marketing que en el de la filosofía.</p><p>Una compañía que vendiera meramente bases de datos competiría por precio, y perder un contrato sería un trámite. Pero una compañía que vende lealtad geopolítica, que ha conseguido que rescindir su contrato se perciba como un acto de debilidad ante el enemigo, ha levantado a su alrededor una aduana invisible. La filosofía es esa aduana. Convierte una decisión técnica —¿es este el mejor proveedor para los datos del sistema de salud?— en una decisión de lealtad —¿estamos del lado correcto de la historia?—. Nadie quiere que lo sorprendan del lado incorrecto de la historia.</p><p>De ahí que el director de la compañía se haya construido, con notable disciplina, como algo más que un empresario: como pensador, como profeta de la dureza necesaria, como el único adulto en una habitación de ingenuos. Conviene resistir la tentación de tomarlo en serio en ese papel, no por desdén, sino por higiene analítica. Tratarlo como filósofo político es ya haber comprado el producto. El error de categoría —elevar un folleto de ventas al rango de tratado— no es ingenuo: es precisamente el efecto que el folleto perseguía. Quien discute la profundidad de la doctrina ha dejado de discutir la idoneidad del proveedor, que era la única pregunta que importaba.</p><p>* * *</p><p>Hay un punto en que la prudencia obliga a bajar la voz, aunque no a callar. Entre los veintidós puntos late una insistencia que no es casual: la del eje de la eficiencia, la de las naciones que deberían recobrar su poderío —Alemania, Japón—, la del mérito y la aptitud técnica como criterios para repartir el mundo en aptos e ineptos. Quien haya frecuentado ciertos debates sabe reconocer la cadencia. Es la cadencia de quien sugiere, sin decirlo, que hay pueblos mejor dotados que otros para el orden y la tecnología.</p><p>No afirmo —y la distinción es esencial— que el texto sostenga semejante tesis de manera abierta. Afirmo algo más modesto: que su lenguaje está calibrado para que quienes creen en esa jerarquía oigan una validación, mientras el público general oye apenas una defensa de la competencia industrial. Es la técnica del silbato que sólo ciertos oídos perciben. La gracia del procedimiento está en su negación plausible. Si alguien denuncia el subtexto, siempre cabe responder que sólo se hablaba de eficiencia, y el denunciante queda como el malicioso. Lo que en otro contexto exigiría pruebas, aquí se administra como insinuación, que tiene la ventaja de contaminar sin comprometerse.</p><p>Dejo la cuestión planteada como sospecha fundada, no como veredicto, porque el mecanismo victimario no necesita creer en la inferioridad del otro para explotarla. Le basta con que el mercado lo crea. El cinismo es aquí más probable que la convicción, y mucho más rentable.</p><p>* * *</p><p>Resta otra capa del producto. Hay en el manifiesto un destino de Occidente, una historia que avanza hacia su cumplimiento, unos pueblos elegidos por su aptitud y otros condenados por su atraso. Es la forma de una teleología, no de una hipótesis: el mundo como un designio con dirección y con sentido. Hay sólo elegidos y descartados. Y aquí las dos lecturas se tocan, porque toda teleología de los elegidos necesita, para funcionar, su reverso: los condenados. El designio civilizatorio y el mecanismo victimario son, vistos de cerca, la misma operación contemplada desde sus dos extremos.</p><p>* * *</p><p>Queda la parte que devuelve la mirada hacia los acusadores. Cuando los parlamentarios indignados llaman al hombre supervillano, creen estar combatiéndolo; sin embargo, lo están coronando. Le conceden la única cosa que su producto necesita: la condición de figura peligrosa, central, ineludible. Un supervillano no es un proveedor más entre varios; es un poder con el que hay que vérselas. La víctima señalada por todos se vuelve, por obra de la misma violencia que la designa, una figura sagrada e intocable. La indignación, que se cree lo contrario del marketing, es su forma más pura, porque presta gratis la intensidad que ninguna campaña podría comprar.</p><p>Esto no significa que las objeciones sean falsas. La soberanía sobre los datos de un país, la concentración de información sensible en manos de una sola firma extranjera, la dependencia creciente del Estado respecto de un proveedor con agenda explícita: son preocupaciones reales, y graves, y bien fundadas. Significa, más bien, que el modo de formularlas —la personalización en una figura, la conversión del debate técnico en duelo moral, la repetición de la palabra mágica— juega en el tablero del adversario y según sus reglas. El que escandaliza ha elegido un terreno. El escandalizado, al acudir, lo ratifica.</p><p>* * *</p><p>Conviene aterrizar todo esto en un ejemplo concreto, porque es ahí donde el mecanismo muestra a la vez su eficacia y su talón. En Gran Bretaña, la compañía ha acumulado contratos públicos por cientos de millones de libras, entre ellos uno de largo plazo con el sistema nacional de salud para administrar una plataforma de datos de pacientes (The Register, 7 de mayo). Cuando estalló el escándalo del manifiesto, dos peticiones ciudadanas para romper esos vínculos reunieron más de doscientas mil firmas, y varios diputados reclamaron activar la cláusula de salida del contrato sanitario en su próxima ventana de revisión (The Guardian, 23 de abril).</p><p>La pregunta que de verdad importa a un paciente no es metafísica: es si la información más íntima sobre su cuerpo está mejor custodiada por este proveedor que por otro, a qué coste y bajo qué garantías de reversibilidad. Es una pregunta administrativa, aburrida, contestable mediante auditorías, concursos y cláusulas. Y, sin embargo, el manifiesto consiguió que durante más de un mes el país discutiera la ideología del proveedor en lugar de la calidad de su servicio. La ministra británica Liz Kendall, al reconocer que el contrato podría reevaluarse en su próxima cláusula de ruptura (Reuters, 9 de junio), dijo, sin proponérselo, lo único sensato del debate: que el criterio debía ser el paciente y el dinero, no la moral civilizatoria del vendedor.</p><p>La salida, si la hay, está cifrada en esa frase. No es más indignación, sino menos. Es devolver la pregunta a su tamaño verdadero. El supervillano se desinfla apenas se lo trata jurídicamente como una empresa que aspira a un contrato y que puede ser sustituida por otra si no cumple. Toda la maquinaria del manifiesto existe, justamente, para impedir que la pregunta se formule en ese tono menor; para que el expediente clínico se discuta como si fuera el destino de Occidente.</p><p>* * *</p><p>El más viejo de los trucos consiste en hacer que la multitud mire hacia donde el prestidigitador quiere. El manifiesto de Palantir es un señuelo magnífico: ofrece un enemigo exterior para que no examinemos al vendedor; ofrece una filosofía para que no leamos un contrato; ofrece un escándalo para que confundamos el ruido con el análisis. Su director ha entendido, mejor que sus críticos, que en un mundo de diferencias derretidas el bien más escaso no es la verdad ni la seguridad, sino la línea nítida entre el nosotros y el ellos. Y ha montado un comercio próspero vendiéndonos, una y otra vez, el dedo que señala.</p><p>Que hayamos necesitado el aparato de un teórico del sacrificio para describir un folleto de ventas dice, en el fondo, menos de Palantir que de nosotros: confirma que el animal de la hoguera sigue agazapado bajo el ciudadano informado, listo para encenderse en cuanto alguien le ofrezca, debidamente embalado, un buen enemigo. Lo menos que podemos hacer, antes de comprar, es preguntarnos quién encendió la hoguera alrededor de la cual nos hemos reunido a gritar.</p><p>Héctor Oscar Nigro, Ingeniero de Sistemas y politólogo</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/G4h9bd8NRqHvFQ2peHYi5YOxIog=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/theil.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Notas sobre el manifiesto de Palantir, o de cómo se fabrica la unanimidad vendiendo la sospecha del otro]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-06-20T09:31:33+00:00</updated>
                <published>2026-06-20T09:31:33+00:00</published>
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        <title>
            Algo hay que decir
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        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/algo-hay-que-decir" type="text/html" title="Algo hay que decir" />
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        <author>
            <name>
                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/bajo-la-superficie/algo-hay-que-decir">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2CdhYGLfgWEk_rYaqBmaXG7ROFk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/algo_hay_que_decir.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Ya en la escuela aprendemos a aseverar cosas que no dominamos. Los niños uniformados se amontonan alrededor de la puerta del salón mientras revolotean murmullos y hojas pintadas con resaltador amarillo. Alumnos con anteojos se esconden sus propios apuntes y miran fijo al horizonte con ojos desenfocados para probar la memoria y recitar lo estudiado. El recreo previo a la prueba es una cuenta regresiva. Los tributos forman fila para entrar ordenados a las fauces del sistema. Lustran y afilan su arsenal de conceptos, recuentan su carcaj de fechas y ordenan su repertorio de mentiras. No hay charlas triviales en la antesala de la evaluación. Incluso aquellos a quienes no les queda nada para perder miran al piso con pavor. No temen enfrentarse al peso de su ignorancia, sino al juicio de la hoja en blanco, que es el color de la rendición.</p><p>Pero no, ni siquiera los rezagados, que nada saben más que su nombre y la fecha, se entregarán en silencio. Levantarán las lapiceras y escribirán algo. Serán acaso frases sueltas talladas por el sentido común, o bien el vago recuerdo de una anotación en el pizarrón, que vieron de refilón mientras jugaban al truco. Tal vez un dato sutilmente relacionado, extraído directamente de la biblioteca de TikTok; o quizás un sentimiento, una idea, una confesión, un dibujo, un chiste, en fin, un verso. Será ese su grito de existencia, su faro en medio de los mares de porcentajes, su manera de decir yo estuve acá, me enfrenté a la hoja en blanco. Desaprobarán, por supuesto, con el puntaje mínimo: uno. Un punto por la presencia, por el honor, por la guapeza. Cuando corrija, la profesora tendrá en sus manos tesoros perdidos. Textos que nada tienen que ver con el plan de la materia, manuscritos fuera de lugar, nacidos de la presión de las mesas separadas, y sin embargo, de un inimaginable valor artístico. Son garabatos sobre consignas, es la expresión por sobre el conocimiento. Es la pulsión humana de no rendirse sin antes dejar una marca. Así navegamos años y años por el océano educativo, intentando llegar a Ítaca, con barcos llenos de héroes y heroínas que no siempre saben, pero siempre hablan.</p><p>Así el mundo se convierte en el recreo previo a un examen. Quién ha de evaluarnos, no tengo idea, pero todos caminan nerviosos queriendo disimular la ignorancia. Buscamos blindarla con términos intrincados, con nombres rimbombantes, con frases hechas. Los que de verdad saben no dicen nada, se quedan leyendo en silencio, marginados por la vorágine. El resto investigamos en Reels y retenemos solo contenido en formato corto. Revestimos los ladrillos huecos de nuestra teoría con noticias de último momento. Nos lanzamos sobre cuestiones titánicas empuñando la espada de la opinión y acabamos apuñalándonos entre nosotros por las diferencias. Así sangramos nosotros y las cuestiones siguen ahí, pastando, creciendo.</p><p>Asómese usted al foso de los comentarios digitales, escuche el grito de los usuarios al despedazarse entre ellos bajo un video de 15 segundos. Colosales bestias como la política, la religión, la historia, pero también revoltosas criaturas como el espectáculo, las recetas de comida o el fútbol; todo tirado al mismo campo de batalla, sin jerarquías. Todo marcado por la misma bronca, por la misma sangre. La tecnología nos acercó la violencia a la comodidad de nuestras casas. Sin barreras de tiempo, ni espacio; sin tener que poner el cuerpo. Es la nueva Gran Guerra, sin aliados ni motivos, en pantalla.</p><p>Olvidamos que, más importante que saber contestar, es aprender a formular preguntas. Vagamos con nuestras pesadas convicciones de acero sin ninguna intención de intercambiarlas, pero con el ferviente deseo de chocar unas con otras para sacar chispas que incendien de una vez el pajonal sediento. Ya no queremos debatir, cobarde término de los intelectuales y los políticos, queremos pelear. Ansiamos que llegue de una vez el temido examen. No luchamos por respuestas, sino que luchamos con respuestas; y en ese combate de ideales todos se ven obligados a aparentar que tienen clara su identidad, aunque nadie esté del todo seguro, ni del todo informado, ni incluso del todo interesado. Porque entendemos la ignorancia como un punto débil que hay que esconder a los gritos, en lugar de abrazar la humildad del silencio y arar la tierra del saber para cultivar nuevas ideas.</p><p>¿A dónde voy con todo esto? Como siempre, a ningún lado; y tal vez, a esto mismo. Hoy me senté frente al parpadeo impaciente de la computadora, con el carcaj completamente vacío. Quise ejercer el sagrado derecho a callarme la boca, fantaseé con entregar un rectángulo en blanco para que descanse usted los ojos de tanta opinión. Pero el pánico a la rendición me pudo. Así que hice lo único que sabemos hacer los alumnos aterrados frente a las fauces del sistema: levanté mi lapicera y empecé a rellenar el silencio. Este es mi dibujo al margen del examen.</p>]]>
                </content>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/2CdhYGLfgWEk_rYaqBmaXG7ROFk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/algo_hay_que_decir.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Ya en la escuela aprendemos a aseverar cosas que no dominamos. Los niños uniformados se amontonan alrededor de la puerta del salón mientras revolotean...]]>
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                                <updated>2026-06-14T14:15:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-14T04:00:00+00:00</published>
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            Tecnología sin fricción y nueva economía digital: el desafío del consumo masivo
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        <author>
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                <![CDATA[Rosana Gómez Quintana]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/jBhUbvcY-jbal7uZedxF6ldHO7I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/canal_digital.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Durante años, la transformación digital del comercio se apoyó en una premisa clara: facilitar la compra era sinónimo de crecimiento. Hoy, esa ecuación sigue siendo válida, pero ya no es suficiente. A medida que el comercio digital madura, las empresas —y especialmente la industria del consumo masivo— comienzan a enfrentar un nuevo desafío vinculado con cómo sostener ese crecimiento con modelos económicamente viables.</p><p>Este cambio se vuelve evidente cuando se analizan las nuevas dinámicas del comercio digital, particularmente en el canal supermercadista. Allí, la conveniencia digital impulsó el crecimiento, pero también introdujo una nueva estructura de costos. A diferencia de la tienda física, donde el cliente asume parte del proceso —selección, traslado y logística—, el comercio online internaliza esas tareas. Picking, empaquetado, sustituciones y última milla se convierten en costos estructurales.</p><p>Los números ilustran el desafío. Un documento reciente de Softtek sobre economía del comercio digital señala que un carrito promedio de entre USD 90 y 100 genera apenas entre 18 y 20 dólares de margen bruto, mientras que los costos de preparación y entrega pueden oscilar entre 15 y 25 dólares por pedido.</p><p>En ese contexto, escalar el volumen no siempre mejora la rentabilidad; puede, incluso, amplificar pérdidas si la economía por pedido no está resuelta.</p><p>Otros análisis refuerzan esta tendencia. Según McKinsey &amp; Company, un supermercado típico norteamericano puede obtener alrededor de USD 4 de beneficio en una compra tradicional de USD 100, pero ese mismo pedido online puede transformarse en una pérdida cercana a los USD 13 cuando se suman los costos de picking y entrega.</p><p>En Argentina, esta transformación ya muestra señales concretas. Según el Estudio Anual 2025 de CACE, el ecommerce creció 55% en facturación durante el último año y sumó más de 1,3 millones de nuevos compradores. Además, 6 de cada 10 consumidores realizan compras online al menos una vez al mes y el 37% de las entregas ya se concretan en menos de 24 horas. La categoría “Alimentos, bebidas y artículos de limpieza” ya se ubica entre las de mayor facturación del comercio electrónico local, reflejando cómo el consumo cotidiano migra cada vez más hacia canales digitales.</p><p>Para la industria del consumo masivo, este cambio es particularmente relevante. Si el canal digital obliga a revisar la rentabilidad por pedido, también redefine qué productos, formatos y categorías resultan más eficientes. Esto puede traducirse en surtidos más optimizados, mayor foco en productos de alta rotación y una evaluación más estricta del costo logístico por categoría.</p><p>Al mismo tiempo, la tecnología sin fricción está acelerando esta transformación.</p><p>Soluciones como pagos automáticos, checkout sin cajas, automatización del recorrido de compra o reposición inteligente buscan eliminar obstáculos y simplificar la experiencia del consumidor. Estas tecnologías, impulsadas por inteligencia artificial y automatización, permiten crear experiencias de compra más fluidas, mejorar la eficiencia operativa y aumentar la fidelidad del cliente.</p><p>Esta presión sobre la eficiencia también acelera la adopción tecnológica. De acuerdo con CACE, el 62% de las empresas argentinas ya implementa inteligencia artificial en procesos vinculados con marketing, experiencia de usuario y operación digital.</p><p>Este tipo de resultados refuerza una idea clave: la tecnología sin fricción no solo impulsa la conversión y la lealtad, sino que también mejora directamente la eficiencia operativa.</p><p>Para el consumo masivo, este escenario tiene implicancias claras. La reducción de fricciones suele traducirse en compras más frecuentes, pedidos más pequeños y mayor inmediatez. Esto abre oportunidades para categorías de reposición rápida y consumo cotidiano, pero también exige rediseñar la operación para sostener esa nueva dinámica.</p><p>Aquí es donde la tecnología se vuelve clave, no solo para mejorar la experiencia, sino para optimizar la economía del canal. Automatización del picking, inteligencia de demanda, optimización de rutas o modelos híbridos de entregas con algunas de las herramientas que permiten equilibrar conveniencia y rentabilidad.</p><p>En esta nueva etapa, el crecimiento ya no dependerá únicamente del volumen, sino de la capacidad de integrar experiencia, eficiencia y sostenibilidad económica. En ese equilibrio, la tecnología sin fricción bien aplicada se convierte en un habilitador clave para construir modelos de comercio digital más rentables y sostenibles en la industria del consumo masivo.</p><p>La autora es Directora global del Centro de Excelencia Retail en Softtek</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/jBhUbvcY-jbal7uZedxF6ldHO7I=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/canal_digital.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Durante años, la transformación digital del comercio se apoyó en una premisa clara: facilitar la compra era sinónimo de crecimiento. Hoy, esa ecuación...]]>
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                                <updated>2026-06-09T17:20:58+00:00</updated>
                <published>2026-06-09T17:19:53+00:00</published>
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        <title>
            Discursos sobre la vejez: nuevas palabras, viejos estereotipos
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                <![CDATA[Ricardo Iacub]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/oMacAgbnFKLqCtKqnzf41IF1tEY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/adultos_mayores_vejez.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Las personas mayores son hoy más visibles en los medios que en décadas anteriores. Sin embargo, la mayor presencia no garantiza una mejor representación. Entre nuevas palabras como “longevidad” o “centenarios” y viejos estereotipos como “abuelo” o términos en diminutivo, los medios siguen mostrando las tensiones que atraviesan nuestra forma de pensar la vejez.</p><p>Frente a la pregunta sobre ¿qué pueden decir los mayores acerca de lo que se dice de ellos? Se conformó en el año 2024, desde la Cátedra de Psicología de la Tercera Edad y Verjez de la Facultad de Psicología (UBA) y la Universidad Nacional de Rosario, un espacio en el que las propias personas mayores son quienes observan, registran y analizan los contenidos mediáticos.</p><p>El equipo de personas mayores voluntarias especialmente capacitadas para la tarea es coordinado por las licenciadas Andrea Jambrino y María Victoria Salamé y la periodista Roxana Barone.</p><p>Antes de comenzar la observación se dicta una formación en derechos de las personas mayores, envejecimiento, comunicación y análisis crítico de medios. El objetivo es brindar criterios comunes que permitan identificar buenas prácticas, prejuicios, estereotipos y formas de discriminación por edad.</p><p>El trabajo se sustenta en una metodología específica de análisis cuantitativo y cualitativo de los contenidos mediáticos. A partir de un relevamiento minucioso, los observadores registran las noticias y producciones seleccionadas utilizando un instrumento diseñado especialmente para la tarea. Los datos obtenidos son luego sistematizados, analizados y debatidos colectivamente, lo que permite elaborar informes específicos para cada soporte —televisión, medios digitales, radio y canales de streaming— y realizar comparaciones entre ellos. Finalmente, los hallazgos se traducen en informes y propuestas orientadas a promover representaciones más respetuosas e inclusivas de las vejeces.</p><p>La presencia de las personas mayores en la agenda mediática crece, aunque no siempre implica una representación más diversa o profunda. El análisis reveló diferencias significativas entre los distintos soportes. Los diarios digitales mostraron, en términos generales, tratamientos más cuidados, vocabularios más respetuosos y una mayor preocupación por contextualizar la información. En ellos aparecieron con frecuencia temas vinculados a la salud, la calidad de vida, la sexualidad, la longevidad y los desafíos del envejecimiento.</p><p>El relevamiento mostró una característica frecuente en los diarios digitales: la presencia predominante de especialistas y expertos como fuentes de información. Sus aportes resultan fundamentales para comprender muchos de los temas abordados, pero las voces y experiencias de las propias personas mayores continúan teniendo una participación menor en la construcción de las noticias.</p><p>La situación cambia cuando se observan los medios audiovisuales. En radio, televisión y especialmente en los canales de streaming aparecen con mayor frecuencia comentarios espontáneos que dejan al descubierto prejuicios, estereotipos y contradicciones vinculadas con la edad. Mientras la escritura suele funcionar como una instancia de revisión y cuidado, la oralidad expone con mayor claridad sentidos que aún permanecen arraigados en nuestra cultura.</p><p>Fue allí donde el equipo encontró bromas basadas en la edad, formas de infantilización, expresiones despectivas y comentarios que asocian a las personas mayores con fragilidad, dependencia o incapacidad. Muchas veces estas representaciones aparecen disfrazadas de humor o afecto, lo que las vuelve menos visibles, pero no menos problemáticas.</p><p>Expresiones como “los abuelos llegaron al Congreso” para referirse a las marchas de jubilados o referencias admirativas a personas que se mantienen activas “a pesar de su edad” revelan cómo ciertos estereotipos continúan presentes incluso cuando no existe una intención explícita de discriminar.</p><p>El caso de los canales de streaming merece una mención particular. Aunque las personas mayores aparecen poco en esos espacios, cuando lo hacen suelen quedar atrapadas en una paradoja: son admiradas por mantenerse activas, pero también se convierten en objeto de ironías o comentarios despectivos relacionados precisamente con esa condición. La admiración y el desprecio conviven con frecuencia en un mismo discurso.</p><p>La investigación también permitió identificar una persistencia llamativa: la palabra “jubilado” continúa siendo la forma más habitual de nombrar a las personas mayores. Su uso excede ampliamente las noticias previsionales y aparece en coberturas de temas muy diversos. El problema no es la palabra en sí, sino cuando se convierte en la única forma de nombrar a un grupo tan heterogéneo. En esos casos, la diversidad de trayectorias, intereses e identidades que caracterizan a las vejeces actuales queda fuera de escena.</p><p>Sin embargo, junto a esa persistencia emergen nuevas representaciones de la vejez. Se registró una creciente presencia de términos como “longevidad”, “centenarios”, “senior” o “silver”. Estas nuevas denominaciones expresan transformaciones culturales profundas: la vejez ya no aparece únicamente asociada al retiro o la dependencia, sino también a una vida más extensa, diversa y abierta a nuevas experiencias. Al mismo tiempo, invitan a preguntarnos qué modelos de envejecimiento estamos promoviendo y quiénes se incluyen en esos relatos.</p><p>Pero quizás el aporte más valioso no se encuentre solamente en los resultados obtenidos sino en el proceso que genera. Las personas mayores dejan de ser objeto de análisis para convertirse en productoras de conocimiento sobre su propia realidad.</p><p>Una de las observadoras definió la experiencia como “un espejo para nosotros”, capaz de ayudarnos a revisar nuestras propias representaciones y construir nuevas formas de pensar la vejez. Otra resumió su impacto en pocas palabras: “Nos modifica y nos empodera”.</p><p>Tal vez allí resida una de las principales enseñanzas de esta experiencia. Los medios hablan cada vez más de las personas mayores, pero todavía hablan poco con ellas. Escuchar sus voces, incorporar sus perspectivas y reconocer la diversidad de sus experiencias no es sólo una cuestión de lenguaje. Es una forma de ampliar la mirada sobre una etapa de la vida que nos involucra a todos.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/oMacAgbnFKLqCtKqnzf41IF1tEY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/adultos_mayores_vejez.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Las personas mayores son hoy más visibles en los medios que en décadas anteriores. Sin embargo, la mayor presencia no garantiza una mejor representaci...]]>
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                                <updated>2026-06-09T17:25:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-09T17:16:11+00:00</published>
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            Si todos los locos ven lo mismo
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        <author>
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
            </name>
        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/M1MBa-z7xCSKZxl3WdXfEnnxyAI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/si_todos_los_locos_ven_lo_mismo.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>“Si las puertas de la percepción se purificaran, todo se le aparecería al hombre como es: infinito"William Blake</p><p>Pobres cuerpos terrenales cargando cerebros infinitos. En eso pensaba mientras hervía fideos y miraba la olla con la vista borrosa por el vapor y por el ayuno; y guardaba el miserable paquete de plástico con bronca. ¿Por qué será que él, que no piensa ni siente, que ignora por completo la inmensidad del universo que habita, goza aún del privilegio de no necesitarme?&nbsp;</p><p>Podría morir de hambre frente a él y se quedaría viéndome desde la alacena, incapaz de perecer. ¿Por qué entonces yo, que vuelo con mi imaginación y recorro con ella los rincones de la existencia, lo necesito a él para no desmayarme? ¿A qué dios retorcido se le ocurrió poner todos los restos de magia en la sinapsis de un animal de carne y hueso, para que deambule por el mundo con la infinidad encerrada en un envase descartable, con más percepción de la que podemos procesar?</p><p>Gracias a ese dios hicimos las escuelas y los bancos, los gimnasios y los supermercados. Por suerte, también inventamos la locura, que es una sola y tiene forma de sombrero. Con eso distinguimos a los cuerpos que quedaron huérfanos de conciencia. Personas que le dieron rienda suelta al caballo alado de la mente y se alejaron tanto de sus cuerpos que estos quedaron solos, desconcertados. ¡Qué peligro! Si todos los locos del mundo decidieran comunicarse entre ellos y vieran lo parecidas que son sus locuras; si entonces se pusieran de acuerdo en que esa es la verdad y todo el resto es el delirio; si fuesen ellos y no nosotros la gran mayoría, tal vez encerrarían a los cuerdos.</p><p>En eso pensaba mientras los fideos hervían, y discutía a viva voz conmigo mismo. Pero uno no puede vociferar reflexiones sobre conceptos tan discutidos sin mencionarle al aire los grandes nombres que ya lo han pensado antes. Eso les resulta de gran molestia y por supuesto sus fantasmas vienen a reclamarlo. Aquella tarde los personajes se encarnaban en el vapor de la olla y se iban acomodando en mi cocina.&nbsp;</p><p>El primero en venir fue Foucault, claro, que me interrumpió con un extenso recorrido histórico sobre las diferentes épocas del poder y la locura. Me corrigió recordándome que la locura no la inventa nunca el loco, que siempre la inventan otros; que han sido igual de locos los pecadores y los pobres, los enfermos y los genios. Han sido exhibidos y confinados, aplaudidos y castigados según la época y el lugar. Usted se imaginará, lector, que mis divagues quedaban chicos al lado de tanta historia y teoría. Yo necesitaba algo más abstracto.&nbsp;</p><p>Revolví el vapor para que el fantasma desapareciera, pero de los espirales se formó otro que volvió a interrumpirme. Mi querido Huxley, habitué del mundo de mis pensamientos. Su fantasma era joven y su tono coloquial. Para él la locura era una cuestión de percepción. Hablaba rápido y me pedía que no olvidara que nuestro cerebro filtra la realidad para que la percibamos en niveles soportables. Que es gracias a ese sesgo perceptivo que logramos sobrevivir; y que, si la realidad se nos mostrase en todo su esplendor, nos veríamos paralizados frente al infinito. Me contó sobre psicodélicos y fractales, que las visiones de distintas personas bajo esos efectos coinciden, que en esas visiones hay, sin dudas, algo real. Luego, me advirtió que tuviera cuidado con ser demasiado racional, porque en el país de la locura, el hombre integral es linchado. Pensé en el acuerdo colectivo de la cordura, y en su fragilidad.&nbsp;</p><p>Volví a imaginar locos de todo el mundo que se ponen de acuerdo y encierran a los cuerdos para darles medicación y enseñarles las nuevas verdades del universo. Sentí las cosquillas de la fascinación extraña, la sed de una percepción sin trabas. Volví a fantasear, por un momento, con una imagen genial y seductora de la locura. Una de un mundo de mentira, donde aún no se han inventado la psicosis ni la demencia. Quiero abrazar a Huxley y volar con él muy lejos de esta cocina, pero tengo hambre y se evapora el agua.</p><p>Debo haber dicho en voz alta los términos médicos, porque del vapor se formó una nueva figura y empezó a discutir con Huxley sin prestarme atención. Hablaban entre ellos en un inglés con mucho acento, del que solo pude distinguir algunas palabras. Me sentí excluido por el idioma, pero los dejé debatir un rato antes de revolver la olla.&nbsp;</p><p>Era Oliver Sacks, el neurólogo. Había aparecido para apagar la fiesta psicodélica del escritor y para remarcar que la locura estaba lejos de ser un viaje romántico, que era en realidad un cortocircuito químico del cerebro. Usó algunos términos técnicos que no pude traducir, pero comprendí que la cordura consiste en un milimétrico equilibrio cerebral, y que basta la más mínima alteración para distorsionar la realidad y confundir, por ejemplo, a tu esposa con un sombrero. Puso mucho énfasis en la importancia de la medicina, de los diagnósticos y las clínicas de salud mental, porque es la única manera de evitar consecuencias muy trágicas. Antes de irse, me miró a los ojos y dejó en claro que la locura no es libertad, sino una pesadilla biológica. Huxley se esfumó con él.</p><p>Cuando estuve al fin solo, hambriento y mareado frente a la olla, logré apagar mis pensamientos. Revolví el agua burbujeante y el vapor se pegó a mi frente para mezclarse con mi transpiración; y el agua formaba un espiral líquido, transparente, constante; y tanto la cuchara como el vapor eran parte de mí, porque mi ser no tenía límites.&nbsp;</p><p>De la cúspide de mi cabeza salió una onda expansiva que borró el principio y el final de mi cuerpo; y viéndome eterno liberé mi carne y mis huesos de la tiranía de la gravedad y los dejé caer sin resistencia. Estaba en el piso en posición fetal y apoyé mi frente con sudor y vapor en el frío de la baldosa, y ya no había piel que me separara del mundo, ni ojos que definieran mi perspectiva. Yo era el universo entero, pero seguía rebotando en ese cráneo, con mi cuerpo tendido como un monumento derrumbado.&nbsp;</p><p>Encima de las ruinas, los fantasmas de vapor seguían saliendo de la olla y flotaban por mi cocina. Nunca habíamos sido tantos. Se amuchaban sobre la mesada, en las alacenas, y algunos se acercaban al piso para ver si yo seguía vivo; y cuando confirmaban que aún estaba ahí se peleaban por contarme su versión de la locura. Después de un rato, la cocina era un griterío caótico de argumentos y anécdotas superpuestas. Las frases no se entendían y los rostros eran difíciles de distinguir desde mi posición fetal. Reconocí por su voz a Pizarnik, acompañada de Sylvia Plath, que me ilustró con versos ese encierro asfixiante del mundo terrenal, esa carga insoportable del cuerpo frente a la disolución de la realidad. Pobres poetas malditas, su sensibilidad les ha costado la vida.&nbsp;</p><p>Yo no quería escucharlas, entonces me tapaba los oídos y lloraba, y el llanto era un grito, y en el grito decía ¡me estoy volviendo loco!, y con eso supe que estaba cuerdo. Por supuesto que no, el loco no duda de su cordura. Pero las voces no paraban, y los fantasmas ya no entraban en mi cocinita y nos pisábamos entre todos. El vapor nos empapaba y yo tenía tanta hambre. Emil Cioran, nihilista insoportable, flotaba de acá para allá y reía de mi llanto mientras le sacaba conversación a Sylvia y Alejandra. Aunque me tapaba los oídos no pude evitar escuchar con claridad sus comentarios horribles sobre el inconveniente de haber nacido y lo absurdo de esta vida. Desagradables nihilistas, resignados y mediocres. Quise levantarme para volar lejos con las poetas, pero no tenía fuerzas y las vi desvanecerse; y el ruido del agua hirviendo era a la vez el ruido de mi panza, y ni un millón de voces podían taparlo.</p><p>La última figura que vino a visitarme no se formó con el vapor, sino que emergió de los rayos de sol que entraban por el ventiluz. Jamás había presenciado una aparición tan majestuosa; era Sor Juana Inés de la Cruz. Fue la primera y única vez que vino. Todas las voces se callaron de inmediato, los fantasmas desaparecían y con ellos también el vapor. El agua y mi panza imitaron el silencio. La figura se arrodilló a mi lado, vestida con su hábito. Quizás mi locura nació el día que leí Primero sueño.</p><p>No me recitó versos ni levantó la voz. Me habló al oído, bajito, como quien confiesa un fracaso. Me contó que su alma también había peregrinado hacia la totalidad del universo mientras el cuerpo dormía, pero me advirtió que el infinito no es lugar para el humano. Que allá arriba, sin la protección de la carne, el intelecto se encandila y se quema frente a esa luz inabarcable. Me acarició la frente transpirada y me invitó a volver al cuerpo, al hambre, a los fideos.</p><p>Esa tarde decidí no escribir sobre la locura y contarles, en cambio, esta historia. Hasta mis amigos más íntimos, como Huxley, habían venido a retarme. Entendí que no hay forma de que yo sepa qué es o no es la locura, si ni siquiera estoy convencido de mi propia cordura.&nbsp;</p><p>En esa duda, en esa grieta de misterio, en ese umbral de la realidad, en esa variedad de formas; ahí está lo inabarcable de este concepto. Es el nombre que le dejamos a lo infinito, a lo incomprensible, a lo oscuro, en fin, al universo. Quizás deba usted, lector, tomar estas como las palabras de un loco.&nbsp;</p><p>Desde este lugar le digo que nunca olvide que hoy por hoy nos toca ser humanos. Máquinas de carne viajando en una roca por el espacio. Considere usted qué tan lejos se embarcará en los ríos de la locura, motivado por la codicia de la conciencia. Aceptar los límites de la percepción como requisito del estado terrenal requiere de una humildad muy cultivada. Por mucho que se deje llevar, no podrá abandonar su cuerpo, no hasta dejarlo definitivamente, y ese día nos llegará a todos. A veces, basta con barrer y regar las plantas para escuchar la orquesta de la verdad.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/M1MBa-z7xCSKZxl3WdXfEnnxyAI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/si_todos_los_locos_ven_lo_mismo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>“Si las puertas de la percepción se purificaran, todo se le aparecería al hombre como es: infinito"William BlakePobres cuerpos terrenales cargando cer...]]>
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                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-06-07T04:00:01+00:00</updated>
                <published>2026-06-07T04:00:00+00:00</published>
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            La Historia por Otros Medios
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                <![CDATA[El Eco de Tandil]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7lHQmruD1rYwTDF-XQqOlTnsh30=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2023/07/oscar_nigro.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Giuliano Da Empoli describió en Los ingenieros del caos a quienes construyen el desorden como instrumento deliberado de poder, estrategas que comprendieron antes que nadie que la disrupción no era un obstáculo al poder sino su combustible más eficaz. Lo que el autor dejó sin examinar, sin embargo, es el caso de quienes, queriendo genuinamente transformar la sociedad, terminan produciendo el mismo efecto sin haberlo diseñado, por fidelidad a un modelo mental construido para otras realidades y otros tiempos. Este artículo se propone examinar ese caso.</p><p>Hace tres décadas algunos creyeron que la historia había concluido, que el conflicto ideológico se había resuelto y que lo que restaba era administrar el orden establecido. La historia no concluyó. Tomó otros medios.</p><p>El caos no es democrático. Esta afirmación es una descripción empírica de lo que ocurre en toda sociedad cuando las instituciones que administran el conflicto de intereses dejan de funcionar. La inflación no empobrece a todos por igual. El que tiene ahorros en dólares, acceso a información privilegiada o capacidad de indexar sus ingresos en tiempo real atraviesa la tormenta con pérdidas menores, a veces con ganancias. El que tiene un salario fijo, un depósito en pesos o una pequeña empresa sin respaldo bancario absorbe todo el costo. Lo mismo ocurre en un default, en una convulsión institucional, en cualquier forma de desorden sistémico. La crisis redistribuye de manera regresiva, transfiriendo riqueza desde los sectores más vulnerables hacia los mejor equipados para convertir la incertidumbre en oportunidad.</p><p>Esta transferencia no requiere conspiración. Requiere solamente la asimetría estructural que existe entre quienes disponen de herramientas —abogados, contadores, contactos políticos, reservas en divisas— para navegar el desorden, y quienes no disponen de ninguna. Muchos investigadores han documentado que cuando las élites compiten por recursos escasos en un sistema institucional debilitado, la inestabilidad resultante concentra el poder en quienes sobreviven la crisis con mayor capacidad de acción. En Argentina, cada crisis de las últimas décadas —la hiperinflación de 1989, el colapso de 2001, los ciclos de default y devaluación— produjo una transferencia de riqueza hacia los sectores con mayor cantidad y calidad de herramientas para superarlas. Sostener que esto es accidental requeriría ignorar una regularidad que merece el estatus de ley empírica.</p>El Modelo Mental de la Ruptura<p>Carl von Clausewitz sostuvo ya en 1832 una de las observaciones más citadas del pensamiento político moderno: la guerra es la continuación de la política por otros medios. Cuando los mecanismos institucionales del conflicto se agotan, la violencia toma el relevo.</p><p>Lo que la historia argentina sugiere, sin embargo, es que la política se ha convertido en la continuación de la épica revolucionaria por otros medios. No la guerra que reemplaza a la política cuando esta falla, sino la política que se concibe a sí misma como la antesala de una ruptura fundacional que lo reordenará todo. Una política que no administra el presente, sino que aguarda el momento en que la historia, finalmente, comience de verdad.</p><p>Ese modelo mental funciona como un anestésico. Hace soportable la inflación, la inseguridad, la degradación institucional, porque los convierte en síntomas del viejo orden que la ruptura inminente habrá de barrer. Y al hacerlo, quita urgencia a algo que la reforma institucional paciente requiere en abundancia, la disposición a invertir esfuerzo en mejorar lo existente antes que a esperar lo inexistente. El militante que aguarda su momento fundacional no reforma las instituciones del presente porque las considera provisorias, andamios de un orden que la historia —que se ha puesto de su lado— terminará por demoler.</p><p>La espera del 'gran momento' tiene consecuencias distributivas precisas. Sus ganadores y perdedores estructurales son, invariablemente, los mismos.</p><p>La toma de la Bastilla ocurrió. El asalto al Palacio de Invierno ocurrió. El 17 de octubre de 1945 ocurrió. Estos fueron momentos reales que produjeron transformaciones reales, y sería un error histórico y político negarles su significado. El problema no está en los hechos sino en su conversión en modelo mental, en la idea, sedimentada por décadas de pedagogía política y celebración ritual, de que el cambio profundo y legítimo solo puede venir de una ruptura de esa magnitud, de que la chispa que lo enciende todo está siempre a punto de producirse, de que el presente deficiente es tolerable precisamente porque es la antesala del futuro glorioso.</p><p>Conviene subrayar lo que este argumento no dice. No cuestiona el derecho a la protesta ni su necesidad en una democracia. La movilización que presiona sobre una política concreta, que negocia, que modifica, que obliga al poder a responder, es un mecanismo democrático irreemplazable. Lo que aquí se examina es algo distinto, es la expectativa de que la movilización sea el sacramento que anuncia el momento fundacional, antes que el instrumento que modifica el momento presente. La primera acepta las instituciones como el terreno del conflicto y exige que funcionen mejor. La segunda las considera el obstáculo que el momento redentor habrá de resolver de una vez.</p>Los que Administran la Espera<p>El modelo mental de la ruptura tiene administradores precisamente porque funciona mejor cuando parece espontáneo. Quienes gestionan la espera mesiánica —quienes producen y mantienen el estado de urgencia permanente— son actores que han encontrado en el desorden su fuente de legitimidad, y que por tanto tienen un interés estructural en que el desorden no se resuelva del todo. No actúan necesariamente con mala fe. Actúan con la convicción de que el caos que los sostiene es, en realidad, el caos que combaten. El perseguidor siempre tiene una narrativa en la que él es la víctima.</p><p>La experiencia directa con los aparatos ejecutivos revela un patrón que la teoría prefiere ignorar. El problema aparece con tiempo suficiente, se producen reuniones, y el problema espera. No porque nadie lo haya visto, sino porque el momento de la crisis es el único en que ciertos funcionarios se sienten verdaderamente necesarios. Junto a ellos opera el que gestiona con parches y el que encuentra en las intrigas internas su único estímulo real. Todos producen el mismo resultado; la crisis que podría haberse evitado y los mismos beneficiarios de siempre.</p><p>La exigencia del milagro político no nació con el siglo XX ni con el populismo, es la más ecuménica de las tradiciones. En la Francia y la Inglaterra medievales, los reyes taumaturgos tocaban a los enfermos de escrófula —una infección que deformaba el cuello y resistía toda medicina ordinaria— y se decía que la enfermedad cedía ante el solo contacto real. La ceremonia convocaba multitudes. Nadie preguntaba por el sistema de salud. Lo que esa liturgia producía no era, en rigor, una cura, era la suspensión colectiva de la pregunta sobre las causas. El rey no resolvía la enfermedad; resolvía la angustia de no saber qué hacer con ella. Ocho siglos después, la distancia entre esa ceremonia y el acto de inauguración de obra pública con nombres propios en los carteles es considerablemente menor de lo que la cronología sugiere.</p><p>Hay sin embargo un cuarto tipo que Da Empoli no describió porque no encaja en la categoría del ingeniero. El que genuinamente quiere transformar la sociedad y empuja con sincera convicción hacia el gran momento redentor. No administra la espera ni lucra con ella, la habita con la intensidad del creyente. Su tragedia —y merece el nombre clásico— es la de Edipo; dedica toda su energía a un proyecto que, sin saberlo, reproduce el mecanismo que más quería destruir. Al mantener viva la expectativa de la ruptura fundacional, al alimentar la ansiedad del gran momento, contribuye a sostener el estado de incertidumbre que el caos necesita para operar. No es cómplice sino víctima sofisticada del mismo sistema, ha internalizado tan profundamente el modelo mental de la ruptura que produce sus efectos sin necesitar a ningún ingeniero que lo guíe. No eligió ese modelo mental, lo heredó de una cadena de imitaciones que nadie, en ningún eslabón, examinó. Los ingenieros del caos no necesitan convencerlo de nada. A ellos les basta con que siga empuñando, con toda su convicción, el arma que ellos le pusieron en la mano. Para las víctimas del desorden, la distinción entre el que lo diseña y el que lo sostiene con buena fe es irrelevante.</p>La Estabilidad como Acto Distributivo<p>La estabilidad no es un bien estético ni una preferencia tecnocrática. Es un bien distributivo, beneficia a quienes menos recursos tienen para sobrevivir sin ella.</p><p>El ciudadano, en realidad, evalúa con más precisión de lo que el sistema político supone. En las elecciones locales vota con los pies, lo que ve y pisa todos los días es lo que determina su voto. En las nacionales vota con el bolsillo, la inflación que licua su salario no requiere intermediación periodística para ser comprendida. Ningún relato sostiene indefinidamente lo que la experiencia cotidiana desmiente.</p><p>Un Estado que optimiza el entorno cotidiano —que hace previsible el transporte, segura la calle, honesta la estadística— no administra súbditos, libera la capacidad de cada ciudadano para ser dueño de su propio proyecto de vida. Una política monetaria predecible es la diferencia entre el trabajador que puede ahorrar y el que no puede. Una justicia que funciona en tiempo razonable es el único mecanismo por el cual alguien sin contactos puede resolver un conflicto sin que lo resuelva la fuerza. En último término, lo que estas condiciones le devuelven al ciudadano es el tiempo y la energía que hoy gasta en sobrevivir el desorden, y que podría dedicar a su trabajo, a su familia, a su vida. Las instituciones no son neutrales por naturaleza, son el resultado de correlaciones de fuerzas que pueden y deben ser disputadas. Pero esa disputa requiere que las instituciones existan antes que ser demolidas.</p>El Precio de Esperar<p>Quien escribe estas líneas perteneció a esa cultura política, la de quienes esperaban el gran momento con la certeza de estar del lado correcto de la historia, y no la reniega. La reconoce como parte de una formación intelectual y política que tomó en serio la injusticia y buscó transformarla. Es precisamente esa familiaridad la que autoriza la exigencia. Los sistemas democráticos nunca fueron el problema, sino el terreno insuficientemente aprovechado. Y el militante de cualquier edad que lea esto no encontrará aquí una traición sino una invitación a rendir cuentas ante la realidad que dice querer cambiar.</p><p>El modelo mental que convierte cada crisis en antesala de la redención tiene un costo que raramente se contabiliza; el costo de lo que no ocurrió, de la reforma que no se hizo, de la institución que no se construyó porque se la consideraba provisoria, de los años durante los cuales los más vulnerables absorbieron el precio del desorden mientras los mejor equipados esperaban —o producían— la próxima tormenta. Clausewitz tenía razón; cuando la política falla, la violencia toma el relevo. Lo que no escribió, porque quizás no lo imaginó, es que la política también puede fallar por exceso de épica, por la convicción de que la historia está siempre a punto de comenzar y que administrar el presente es una tarea indigna de quienes han sido convocados por el futuro.</p><p>Todo proyecto político que se proclama transformador debería poder responder dos preguntas simples: ¿Qué aspecto tiene el mundo que promete? ¿Cómo luce en la vida cotidiana de una familia cualquiera? La respuesta no tiene épica; un niño que puede ir a jugar a la calle solo, un padre que llega a casa a una hora razonable luego de trabajar, una madre que ahorra sin miedo a que la moneda se disuelva antes del fin de mes. No es una visión pequeña. Es precisamente la visión que los grandes relatos fundacionales han postergado, una y otra vez, en nombre del futuro glorioso que siempre está a punto de llegar.</p><p>El sistema que vive del desorden llama tibieza a cualquier propuesta que amenace su oxígeno. Que carece de mística. Que no convoca multitudes ni enciende barricadas. Construir instituciones que funcionen con independencia del rey de turno, en un sistema político que ha edificado su poder sobre la dependencia personal y el milagro prometido, no es una concesión al statu quo: es su más radical impugnación. El rey taumaturgo no teme a la revolución; sabe que puede sobrevivirla y reaparecer con otro nombre. Lo que no puede tolerar es el hospital: la institución anónima, silenciosa y predecible que hace su milagro innecesario. Esa es la audacia que el ciclo heroico no tiene herramientas para reconocer, porque no produce el tipo de épica que necesita para sobrevivir.</p><p>Bertrand Russell tenía razón, los estúpidos confían, los inteligentes dudan. Pero el sueldo que no alcanza para fin de mes no duda de nada. Y la espera de lo eterno, frente a esa mala noticia de la mañana, simplemente se desmorona.</p><p>Dr. Héctor Oscar Nigro, Ingeniero de Sistemas, Doctor en Matemática y politólogo, docente de la Unicen.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7lHQmruD1rYwTDF-XQqOlTnsh30=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2023/07/oscar_nigro.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>El tiempo de lo "Eterno" dura hasta que llegan las malas noticias del día]]>
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                                <updated>2026-06-03T20:50:08+00:00</updated>
                <published>2026-06-02T20:00:45+00:00</published>
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        <title>
            Cortejo digital
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/UUY066Gns139amISXb1LJ2wccSk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/cortejo_digital.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>En la mesa del café, saco mi celular y escaneo el código QR para ver la carta. En la vereda, los gorriones dan saltitos y comen lo que encuentran. Cantan y vuelan, de la baldosa a una rama, de la rama a las tejas. Revolotean sobre nuestras cabezas gachas y un poco se ríen de nosotros y esas risas caen del cielo como miguitas de pan. Su tiempo no tiene números y sus alas burlan las reglas del espacio. Ignoran por completo nuestra histeria de píxeles. Veo a un gorrión macho saltar alrededor de una hembra. Infla el pequeño pecho y levanta la cola, con sus alas abiertas. Ella no se inmuta. Dicen los streamers que pasó de moda mostrar demasiado interés. Vuelvo la vista a mi rectángulo de vidrio para retomar mi simulacro de elección.</p><p>Miro hacia la puerta unos segundos antes de que aparezca mi amigo. Llevo un rato siguiendo su ubicación en tiempo real. Pide lo mismo que yo, y pasamos de inmediato a nuestra rutina de siempre. Él me cuenta las idas y vueltas de sus amoríos; yo pienso en las caras y contracaras del romance moderno. La mesera deja nuestros cafés y, antes de irse, le sonríe a mi compañero. Nuestra charla dura lo mismo que las tazas.</p><p>La situación actual es de delicada espera. Anoche le reaccionó una historia a Sofía, para tantear el terreno, pero ella sólo respondió con un like. A medida que pasan las horas, el panorama se vuelve menos prometedor. “¿Qué fue lo que le dijiste?”, le pregunto. "Un emoji de carita enamorada", dice. En ese pictograma se condensa la atracción, el acercamiento, quizás incluso las ganas de juntarse. Pienso en la cantidad de letras que podrían haber ocupado ese cupo comunicativo. “¿Por qué no le escribís algo?”, propongo. Me explica que si hace eso corre el riesgo de quedar muy desesperado, que es fundamental mantener cierto grado de indiferencia para no ser descartado por intenso. El protocolo dicta que ahora debe dejarla en visto hasta mañana a la tarde para no perder valor de mercado. Cuando se cumpla ese tiempo, habrá que considerar otras opciones. Sofía es una chica muy popular, con muchos seguidores. Eso significa que su oferta es muy amplia y, por lo tanto, hay que encontrar la manera de destacarse entre las demás reacciones. &nbsp;&nbsp;&nbsp;</p><p>En paralelo, discutimos los movimientos a realizar en otra partida, la de Julia. Acá la especulación es distinta, es un juego de sombras. El objetivo es llamar la atención del otro. Le pregunto a mi amigo si está seguro de que ella está jugando al mismo juego; y efectivamente, no tiene ninguna duda. Hace unos días él la agregó a su lista de mejores amigos, y ella lo agregó a la suya inmediatamente. Es la luz verde del ritual sexo-afectivo digital. “Ya tengo un pie adentro”, me asegura. “¿Y cómo se sigue?”, quiero saber. Ahora las publicaciones deben ser estratégicas, medidas, hasta que alguno de los dos rompa el hielo. Es importante construir la estética seductora en cada función que las redes ofrecen: historias, notas, canciones, reposts. Pensativo, lo cuestiono: “Pero si vos no subís casi nada, amigo”. Me explica que subir pocas cosas es una parte crucial del plan, porque “el misterio es lo que vende".</p><p>Luego me narra un encuentro pasado, de algunas semanas atrás. Ana, una chica que vive en un pueblo cercano. Comenzaron de lo más normal: se empezaron a seguir, se agregaron a mejores, se dieron un par de likes y terminaron chateando. Ahí conectaron increíblemente. Desempeñaron sus habilidades de seducción en un conglomerado de mensajes, memes y GIFS que los llevó de la risa al llanto, ida y vuelta. Al cabo de unos días, decidieron dar un paso más e incorporar los audios y las fotos temporales. Me cuenta que fue un poco chocante escuchar su voz por primera vez, que no era como se la esperaba, pero terminó acostumbrándose. También fue raro ver su cara sin filtros, desde ángulos casuales, pero no dejó de gustarle. Además, decidió ignorar algunas red flags evidentes, como las infaltables fotos en boliches cada fin de semana, o los comentarios recientes de un usuario que tal vez sería su exnovio. A pesar de todo siguió adelante, motivado por la ilusión de ese nuevo romance, alimentando sus fantasías con todas las publicaciones de aquel feed. Iba y venía desde la última foto hasta la primera, mientras soñaba cómo sería el primer encuentro en persona. A la tercera semana, ya sentía que conocía todo sobre ella. El chat había evolucionado a su máxima expresión: la videollamada. El encuentro era inminente y necesario. Lo pactaron para la noche de un viernes. “¿Y se vieron? ¿Y ella fue? ¿Y qué tal? ¿Se rieron?”, pregunto enseguida, ansioso. Él niega con la cabeza. “Duró cuarenta minutos la juntada”, dice. Entonces me explica que todo rastro de química debió haber quedado en la pantalla. Que aquella no era la persona con quien había entablado ese vínculo virtual, que era distinta, más tímida y menos graciosa. Que ni la cámara ni el micrófono del celular habían logrado captar la realidad de las facciones, de las miradas, de los gestos; y que eran entonces dos personas desconocidas. Peor aún, porque las personas desconocidas tienen la opción de tomar el riesgo y conocerse; pero en este caso sus perfiles digitales se habían adelantado y habían formado un propio vínculo del cual ellos no eran parte. Al estar seguros de dicha ajenidad, cada cuerpo emprendió la vuelta a su ciudad. Desde entonces, ambas partes mantienen un estado de ghosting diplomático. No se escriben, pero tampoco dejan de seguirse.</p><p>Antes de irnos, con las tazas vacías y la cuenta paga, la mesera le dice algo a mi amigo. Es uno de esos comentarios innecesarios, triviales, amistosos. Una de esas interacciones de la vida real, cargadas de contacto visual y fabricadas con cuerdas vocales. Él contesta en monosílabos. Su voz tiembla notablemente y las palabras se le enredan. La conversación termina antes de empezar. Mi amigo mira para otro lado y saca su celular. Yo me quedo en silencio, observando las ruinas del encuentro desde afuera. Cuando mi compañero vuelve a dirigirme la palabra, está sonriendo. “Que chica más linda”, dice para mi sorpresa. Saca una lapicera de la mochila y escribe algo en una servilleta. Es el nombre de su usuario de Instagram. Salimos sin mirar atrás y dice: “Si me empieza a seguir, le escribo”.</p><p>Pienso en la torpeza analógica que tiene el encuentro, en la adrenalina del rechazo en vivo y en directo, sin pantallas que oficien de paracaídas. Hoy nos incomoda tanto la fricción humana que hemos digitalizado el ritual. Nos convertimos en auditores de nuestro propio ego, calculando los márgenes de riesgo antes de siquiera atrevernos a rozar una mano ajena. El cortejo en los tiempos del QR es una danza virtual. Es una planilla de Excel donde el deseo se tabula en tiempos de respuesta, visualizaciones fantasmas y silencios tácticos. La belleza se va a buscar en fotos de historias y publicaciones que intentan ilustrar a una persona real. El individualismo marca sus fronteras con red flags y green flags para determinar si los vínculos serán turistas o residentes, con la premisa de este siglo de que “todo es descartable hasta que se demuestre lo contrario”. El intercambio se redujo a una partida de ajedrez cobarde donde el primero que demuestra interés, pierde. Pero ese miedo a entregarnos nos lleva a que perdamos todos.</p><p>Querido lector, el amor seguirá existiendo fuera de las pantallas, los píxeles nunca podrán atraparlo. Sospecho que lo importante es no dejar que nuestros avatares virtuales vivan la vida que le corresponde a nuestros cuerpos. No cederle a la prolija tecnología las conexiones imperfectas de las personas. Guardarle, aún en estos tiempos, un rincón al misterio, a lo espontáneo, a las cosquillas en la panza, a la ilusión, al rechazo; en fin, al romance.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/UUY066Gns139amISXb1LJ2wccSk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/cortejo_digital.webp" class="type:primaryImage" /></figure>En la mesa del café, saco mi celular y escaneo el código QR para ver la carta. En la vereda, los gorriones dan saltitos y comen lo que encuentran. Can...]]>
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                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-05-31T15:00:42+00:00</updated>
                <published>2026-05-31T11:24:11+00:00</published>
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        <title>
            La caridad en alta definición
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/u5p2hXM2FZNdU9cjdrhrMWyyoLE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/la_cridad_en_alta_definicion.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>"De la vanidad no digo nada: creo que nadie está desprovisto de este notable motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con la modestia de Einstein o gente por el estilo; respuesta: es fácil ser modesto cuando se es célebre; quiero decir parecer modesto. Aun cuando se imagina que no existe en absoluto, se la descubre de pronto en su forma más sutil: la vanidad de la modestia. ¡Cuántas veces tropezamos con esa clase de individuos! Hasta un hombre, real o simbólico, como Cristo, pronunció palabras sugeridas por la vanidad o al menos por la soberbia. ¿Qué decir de León Bloy, que se defendía de la acusación de soberbia argumentando que se había pasado la vida sirviendo a individuos que no le llegaban a las rodillas? La vanidad se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnegación, de la generosidad", Ernesto Sabato, El túnel (1948)</p><p>Setenta y cinco años más tarde, el rapero miramarense Jesse Pungaz haría quizás la misma reflexión que Ernesto, pero habitando este futuro distópico de identidades en píxeles e historia digital. Con las formas condensadas de este siglo, expresaría simplemente que &nbsp;“lo premian a Juan, por ayudar a Pedro; pero eso ayuda más a Juan que a Pedro”.</p><p>Hace solo algunos meses, el poeta Shinovi Sambrailo, oriundo de Casilda, Santa Fe, recitaba que “nadie está dispuesto a salvar a nadie si no hay nadie dispuesto a grabarlo”.</p><p>Habrán advertido, cada uno en su época, que algunas buenas acciones sirven de escondite para la vanidad. Habrán descubierto a la máscara del altruismo cubriendo los profundos intereses del ego. Imagine si el pintor Juan Pablo Castel hubiese tenido un Iphone para scrollear en redes y ver cómo todo se ha convertido en contenido. Desconfiaría aún más de la bondad filmada, de la generosidad escénica.</p><p>Cuando tenía quince años, me llamó la atención encontrar en redes la carpeta de fotos de una misión solidaria. La propia fundación las publicaba y etiquetaba a cada uno de sus integrantes. Eran increíbles imágenes de un lugar remoto, muy lejano, muy ajeno. Había plantas exóticas y un barro carmesí maravilloso. Había gente de mi edad descalza. En la descripción ponía también el nombre del lugar, lo reconocí enseguida, sonaba a pobreza. Seguro lo había escuchado en el noticiero o en alguna clase de geografía. Cuántas horas de viaje serán hasta allá, pensé. Entre las fotos subidas identifiqué varias escenas que se parecían. Eran jóvenes blancos impecables que sonreían con ganas, con fascinación mientras abrazaban a niños negros, la mayoría sucios con tierra o mocos secos. Pensé por qué no les limpian la nariz antes de capturarlos en primer plano, en tan alta definición. Los niños también sonreían y miraban con una mezcla de extrañeza y curiosidad a las cámaras de aquellos astronautas generosos. En otras tomas recibían bidones de plástico con agua y pintaban cuadernos con fibrones. Aquel era un excelente trabajo de fotografía. Recordé las postales que había colgadas en el bar de Pablo Acosta, de cazadores posando junto a sus trofeos.</p><p>Tenía claro que aquella era, por supuesto, una buena acción. Esos niños pobres se habían visto beneficiados materialmente, habían recibido asistencia y víveres. Pero claro que no era la acción, sino el registro, lo que hacía ruido en mis pensamientos adolescentes. Esa forma de decir yo estuve allá, con eso. Porque, a diferencia de los perfiles que compartían ese registro, los niños pobres no tenían nombre. Eran solo pobres, y ya. Tampoco tenían voz, ni historia. Sí tenían ahora agua potable para algunas semanas y ropa que los otros descartaron. En ese entonces yo era un niño sesgado por el pesimismo, por lo que no entendía que cualquier ayuda es mejor que ninguna. Lo que sí entendía bien es que aquellas personas vulnerables no iban a dejar de ser pobres con esos víveres, y que sus rostros sucios y sonrientes ocupaban un rol imprescindible en el registro de la caridad. Vi las publicaciones estallar en likes y pensé entonces quiénes se veían más beneficiados en realidad. Me pregunté si lo que tanto gustaba a los espectadores era el gesto solidario o la miseria captada en cámara.</p><p>Algunos años más tarde leería El túnel, y desde entonces sospecho que las verdaderas manifestaciones del altruismo no suelen tener testigos; y usted sabe lo improbable que es eso en este tiempo de hipercomunicación obscena. Cuando una entrega desinteresada se hace pública, uno corre el riesgo de encandilarse con el reflejo de la propia decencia.</p><p>¡Necesidad humana, si las hay! La de ser visto por otros. Entre usted y yo, lector, ¿a quién no le gusta ser reconocido? Yo mismo desconfío de que exista algo de lo que hago que no esté atado a la percepción del resto. Es la cárcel de la validación. En la biblia, Jesús no se fija en los ricos que echan muchas monedas en la bolsa de limosnas, sino que se detiene en la viuda que pone solo dos monedas. Llamó a todos sus discípulos y dijo en voz alta que ella había dado más que todos. Porque aquellos dieron lo que les sobraba, pero ella dio todo lo que tenía. ¡Menos mal que la vio! pienso yo. Si Jesús miraba para otro lado justo en ese momento, su sacrificio no estaría en la biblia y habría sido solo una pobre viuda sin nada de dinero, y esas dos últimas monedas no harían casi diferencia en esa bolsa de limosnas, mezcladas entre todas las demás. O tal vez sí.</p><p>Pero no me malinterprete, toda dadivosidad vale la pena. La caridad siempre aporta algo positivo a quien la recibe. Ya sea motivada por puro altruismo o por vanidad, es una ayuda esencial para aquellos en situación vulnerable. También debemos tener en cuenta, por otro lado, que compartir y difundir un movimiento solidario no sólo otorga reconocimiento a quién lo hace, sino que también puede ser contagioso y llamar a otros a la acción. Son dos filos de una misma hoja. A su vez, no hay nada de malo en ser reconocido por hacer el bien, dado que esos ejemplos de vida pueden inspirar a otros y desencadenar más campañas.</p><p>Aquí la cuestión es otra, es reconocerse a uno mismo, internamente, con la más profunda honestidad, si esas buenas acciones necesitan o no de unos ojos que las vean, si ese gesto debe o no llevar tu nombre. En otras palabras, preguntarse si sería igual de gratificante hacerlo con la certeza de que nunca nadie lo sabrá. Si en cambio prefiere alguna forma de reconocimiento, no se preocupe, es usted, sin dudas, humano. Como diría Sabato, está hecho de carne, pelo y uñas; no puede escapar tan fácil de cierta dosis natural de vanidad. Todos la tenemos. Tal vez tenga una connotación maligna, pero la palabra vanidad proviene del latín vanĭtas, que significa "vacío" o "falto de realidad". El problema entonces es acercarnos a ese otro que sufre desde un lugar irreal, asimétrico, en el cual yo, que tengo, te doy a vos, que te falta. Esa persona igual recibirá lo que necesita, pero será usted el que se perderá la verdadera experiencia de la entrega.</p><p>De lo que sí puede estar seguro es de que existe una satisfacción distinta en el sacrificio que nadie ve, en el gesto que nadie aplaude. Una sensación que solo esa forma de empatía puede brindar, y que no encontrará en ninguna validación pública. A su vez, no hace falta viajar a ningún lado para encontrar gente que necesita ayuda. Estas personas suelen estar al lado de nosotros.</p><p>Algunas veces descubro las más hermosas y silenciosas acciones de generosidad, hechas en completo anonimato. Mi aprobación revolotea sin saber en quién posarse, a quién darle los créditos; y recién entonces la verdadera abnegación se muestra resplandeciente: quien lo hizo no importa, no existe, no ha dado lugar a que le demos ninguna retribución moral ni tampoco a rechazarla con pinceladas de modestia. El dador se ha borrado de la ecuación, se ha esfumado sin dejar pistas. Lo único que existe, que importa, es lo que se ha dado y, por supuesto, quien lo ha recibido.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/u5p2hXM2FZNdU9cjdrhrMWyyoLE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/la_cridad_en_alta_definicion.webp" class="type:primaryImage" /></figure>"De la vanidad no digo nada: creo que nadie está desprovisto de este notable motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con la mo...]]>
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                                <updated>2026-05-17T13:25:07+00:00</updated>
                <published>2026-05-17T04:00:00+00:00</published>
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            Cómo cambió el consumo en arquitectura
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                <![CDATA[Cristian Ricci]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zVLxtE0n459K19Zv9x6bgsDpJXg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/arquitectura.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Durante mucho tiempo, el lujo en arquitectura fue una cuestión de visibilidad. Metros cuadrados excesivos, materiales importados, gestos formales grandilocuentes. El lujo se medía en términos de impacto inmediato: lo que se veía, lo que se mostraba, lo que podía ser reconocido rápidamente como “caro”. Hoy, ese paradigma está en transformación. Y no es un cambio estético. Es un cambio cultural.</p><p>El fin de la demostración</p><p>En los últimos años, el consumo de lujo empezó a alejarse de la lógica de exhibición para acercarse a una lógica de criterio. El nuevo cliente, más informado y atento al contexto, ya no busca impresionar a otros. Busca tomar mejores decisiones. Eso redefine el rol de la arquitectura, porque el valor ya no está en cuánto se invierte, sino en cómo se invierte. El lujo contemporáneo no desaparece. Se vuelve más sofisticado. Deja de ser evidente para volverse perceptible. El Global Wellness Institute estimó que el mercado global de wellness real estate alcanzó los USD 548.000 millones en 2024. La demanda ya no premia sólo lo ostensible, sino aquello que mejora la vida cotidiana.</p><p>La calidad del espacio más que en su tamaño, la precisión del detalle más que en la acumulación de materiales, la eficiencia del diseño más que en la complejidad formal y la experiencia cotidiana más que en el impacto inicial. Ahí empieza a jugarse una nueva idea de lujo.</p><p>Una buena orientación solar, una envolvente térmica eficiente, carpinterías de calidad, control de asoleamiento, ventilación cruzada, aislación acústica, materiales sanos y automatización útil valen más que una sucesión de objetos caros sin criterio. Este cambio también se refleja en la manera en que se construye. El lujo ostentoso solía apoyarse en la importación constante de materiales y soluciones externas. El lujo inteligente, en cambio, combina materiales nobles y honestos, tecnología aplicada con sentido, sistemas constructivos eficientes y decisiones que optimizan mantenimiento y ciclo de vida.</p><p>En este nuevo escenario, el diseño recupera su lugar central. Cuando se elimina el exceso, lo que queda es la calidad del pensamiento detrás del proyecto. Una buena arquitectura hoy no se reconoce por lo que agrega, sino por lo que decide no hacer.</p><p>Una nueva forma de valor</p><p>Otro cambio clave es la manera en que se percibe el lujo. Antes estaba asociado al objeto terminado. Hoy está ligado a la experiencia. Importa cómo entra la luz, cómo se vinculan los espacios, cómo se vive la casa en el día a día y cómo evoluciona en el tiempo. El prestigio ya no pasa por lo raro o por lo caro, sino por aquello que es difícil de resolver bien: confort real, privacidad, flexibilidad, tecnología que no invada y una relación más madura con el ambiente.</p><p>Este cambio redefine también el valor inmobiliario. Las propiedades que mejor se posicionan ya no son necesariamente las más grandes o las más costosas, sino las mejor pensadas. La NAHB mostró que las viviendas construidas después de 2020 cotizan 19% por encima de las edificadas antes de 2010, en buena parte por mejoras en eficiencia energética, aislación y sistemas más modernos. En otras palabras, el comprador ya no paga sólo metros; paga desempeño.</p><p>Todo indica que esta transformación no es una tendencia pasajera, sino un cambio estructural. El lujo ostentoso no desaparece, pero pierde relevancia. En su lugar emerge un lujo más silencioso, más preciso, más exigente. Un lujo que no se apoya en la demostración, sino en la coherencia. Y en ese nuevo escenario, la arquitectura tiene una oportunidad: dejar de ser un símbolo de estatus para convertirse en una verdadera herramienta de valor.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zVLxtE0n459K19Zv9x6bgsDpJXg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/arquitectura.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Durante mucho tiempo, el lujo en arquitectura fue una cuestión de visibilidad. Metros cuadrados excesivos, materiales importados, gestos formales gran...]]>
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                                <updated>2026-05-12T16:42:07+00:00</updated>
                <published>2026-05-12T16:41:22+00:00</published>
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            Disciplina de ejecución: la lección que la volatilidad le dejó al management financiero
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        <author>
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                <![CDATA[Julián Sanclemente]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/aZ2hXNP4qvQHSZiuMA54BjXiqhc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/datos.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay una pregunta que me hicieron muchas veces y que, con el tiempo, aprendí a responder con honestidad: ¿Cómo se toman decisiones cuando el contexto cambia más rápido que los datos disponibles? La respuesta corta es que no se puede esperar el dato perfecto. La respuesta larga es lo que quiero desarrollar.</p><p>Operamos el año pasado en seis países de manera simultánea —Argentina, Chile, Uruguay, Perú, Colombia y México— en un período que para el sector financiero regional fue de reordenamiento profundo. Cada mercado tuvo su propia dinámica: distintos ciclos de tasas, distintas velocidades regulatorias, distintos niveles de madurez fintech. Coordinar esa diversidad sin perder foco fue, sin dudas, el desafío de gestión más exigente que enfrentamos como empresa.</p><p>Menos métricas, más convicciónEl primer aprendizaje fue casi contraintuitivo: en entornos volátiles, la tentación es medir más. Agregar dashboards, cruzar variables, esperar confirmación antes de actuar. Pero esa lógica puede paralizar. Lo que aprendimos, y lo que hoy aplico como principio de gestión, es definir pocas métricas realmente clave y confiar en ellas. No porque la incertidumbre desaparezca, sino porque la claridad sobre lo que importa permite ejecutar sin detenerse en cada ruido del camino.</p><p>En un año con tantos cambios, mantener una cultura orientada a datos no significa tener respuesta para todo. Significa saber qué preguntas hacerle a los datos. Hay una diferencia enorme entre un equipo que reacciona a cada novedad con análisis nuevos y uno que tiene un norte claro y ajusta los parámetros sin perder la dirección.</p><p>Hay otro mito que el año 2025 terminó de demoler, al menos para nosotros: que en fintech el volumen es la métrica que más importa. Durante años, el sector habló de crecer rápido como si fuera sinónimo de construir bien. Pero el reordenamiento del año pasado mostró que muchos modelos de crecimiento acelerado tenían fragilidades estructurales que solo se vuelven visibles cuando el viento deja de soplar a favor.</p><p>Crecer con márgenes sanos significa priorizar la rentabilidad estructural por sobre el volumen artificial. Implica no tomar crédito —en el sentido más amplio, incluyendo el capital y la confianza de socios e inversores— para financiar ineficiencias. Implica que cada punto de expansión esté respaldado por procesos que lo sostengan. En un año en que el crédito al sector privado argentino creció cerca del 30% en términos reales pero también vio subir la irregularidad, esa distinción importó mucho.</p><p>Agilidad y escala no son contradictoriosUna de las preguntas más frecuentes que recibo tiene que ver con cómo una empresa puede mantener la velocidad y la cultura de una startup mientras construye las capacidades institucionales necesarias para trabajar con grandes organizaciones, bancos y financieras de escala regional.</p><p>La respuesta que encontramos, es separar bien los planos: innovación y operación core no deberían competir por los mismos recursos ni medirse con los mismos criterios. Procesos sólidos, documentados y replicables en el núcleo del negocio; equipos ágiles, con mandato claro y tolerancia al error en las apuestas nuevas. Cuando esos dos mundos se mezclan sin distinción, el resultado suele ser lo peor de ambos: burocracia lenta en lo urgente, improvisación en lo estructural.</p><p>La ambición sin disciplina de ejecución no construye empresas duraderas. Y eso aplica en particular en industrias como la nuestra, donde la promesa tecnológica puede generar expectativas que los fundamentos no siempre acompañan.</p><p>De cara a este año, la consolidación de nuestra operación regional se apoya exactamente en esos aprendizajes. No se trata de estar en más lugares, sino de estar bien en los lugares donde estamos. Con métricas claras, con modelos que funcionan, con equipos que entienden el negocio local y con la disciplina de no perder de vista los márgenes cuando la oportunidad empuja a acelerar.</p><p>En un sector que todavía tiene enormes brechas por cerrar, la presión por crecer rápido no desaparece. Aparece con otra cara en cada reunión, en cada oportunidad de expansión, en cada conversación con inversores. La diferencia es que hoy sabemos mejor cómo responderle: con foco, con métricas que importan y con la convicción de que construir bien es la única forma de construir duradero.</p><p>El autor es CEO y cofundador de Alprestamo</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/aZ2hXNP4qvQHSZiuMA54BjXiqhc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/datos.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Hay una pregunta que me hicieron muchas veces y que, con el tiempo, aprendí a responder con honestidad: ¿Cómo se toman decisiones cuando el contexto c...]]>
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                                <updated>2026-05-12T16:38:59+00:00</updated>
                <published>2026-05-12T16:38:59+00:00</published>
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            La geopolítica como motor de crecimiento
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                <![CDATA[Federico Domínguez]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hHCaVxr4ZmHUhRPPxzp15QnalzA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/geopolitica.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Javier Milei asumió la presidencia en un momento en que Argentina debía redefinir tanto su modelo económico como su inserción internacional. La economía nacional experimentó profundas transformaciones en los últimos dos años, ubicándose en la antesala de un posible ciclo expansivo de largo plazo, basado en fundamentos sólidos que no se observaban desde finales del siglo XIX.</p><p>El nuevo Gobierno implementó un programa de cinco anclas: fiscal, monetaria, cambiaria, política y geopolítica, orientadas por una corriente cultural emergente -sobre todo entre los jóvenes- que articula la conciencia de que todo gasto estatal se financia mediante impuestos, deuda o inflación.</p><p>Argentina es el único país que llegó a desarrollarse para luego abandonar ese sendero al adoptar el colectivismo de corte corporativista. A diferencia de otros intentos del siglo pasado por romper el ciclo de decadencia, el proceso actual se apoya en bases robustas: superávit fiscal, inversiones canalizadas a través del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), y la desarticulación del esquema corporativista instaurado en los últimos 80 años.</p><p>Cambios recientes</p><p>A fines de 2023, el país enfrentaba una inflación superior al 200% y un déficit fiscal consolidado equivalente al 15% del PBI (5% Nación, 10% en el Banco Central de la República Argentina (BCRA)). Las reservas netas eran negativas, el déficit comercial y energético era persistente y la economía se encontraba en virtual default comercial; el 54% de la población estaba bajo la línea de pobreza, y el sistema de precios -distorsionado por brechas, controles y regulaciones- había colapsado.</p><p>Tras dos años de gestión de Javier Milei, los indicadores exhiben notables mejoras: el PBI alcanzó niveles récord, la inflación bajó al 33%, los precios y las importaciones se liberalizaron, el país recuperó superávit comercial y energético, la pobreza disminuyó al 28%, el gasto público fue ajustado en un tercio hasta lograr el equilibrio fiscal, se eliminaron impuestos, la deuda pública consolidada bajó, y las reservas del BCRA comienzan a repuntar.</p><p>Todo esto se logró sin afectar los derechos de propiedad, a diferencia de lo registrado durante la expansión económica inicial de la convertibilidad y la poscrisis de 2002.</p><p>Nuevas relaciones internacionales</p><p>En un escenario internacional signado por las mayores tensiones geopolíticas desde la Guerra Fría, Argentina avanzó en su posicionamiento como proveedor principal de alimentos, hidrocarburos y minerales estratégicos para el mundo, y logró distanciarse de focos regionales de conflicto.</p><p>La llegada de Milei marcó el retorno a una economía de mercado y, en simultáneo, el inicio de un cambio drástico de la política exterior argentina. El apoyo expreso del presidente argentino a Donald Trump precedió el renacimiento de la relación bilateral y un firme respaldo estadounidense, que se materializó en año electoral bajo el compromiso: “Whatever it takes to support Argentina”. Esto se tradujo en un swap por USD 20.000 millones, que logró frenar la corrida cambiaria previa a la elección.</p><p>Sumado a esto, Argentina concretó acuerdos comerciales y de inversión, reafirmando su intención de ocupar un papel principal como aliado y socio de Occidente. El quiebre con el eje anterior fue evidente: en 2005, el presidente Néstor Kirchner rechazó públicamente el “ALCArajo”, cerrando al país al comercio internacional y alejándolo de los aliados históricos.</p><p>Ya en 2012 y 2013, las relaciones exteriores se volcaron a negociar con Venezuela, Angola e Irán, y en años recientes se buscaron vacunas en Cuba y se ofreció a Rusia una vía de apertura a Latinoamérica previo a la invasión de Ucrania.</p><p>Con Milei, Argentina restauró rápidamente los vínculos con sus aliados tradicionales, firmó acuerdos comerciales con Estados Unidos y Europa, activó inversiones millonarias en el marco del RIGI y recibió asistencia financiera de Organismos Multilaterales y financiamiento directo estadounidense.</p><p>La alianza renovada con Occidente consolidó el papel destacado del país en la seguridad energética, alimentaria y de minerales estratégicos, con la estabilidad macroeconómica y el RIGI impulsando el salto exportador, respaldado por la coyuntura geopolítica global.</p><p>Impacto de la gestión en los indicadores macroeconómicos</p><p>El tipo de cambio continúa bajo presión a la baja, con el BCRA interviniendo para mantenerlo cerca de $1.350 y acumulando compras superiores a USD 6.000 millones en lo que va del año. La volatilidad del mercado cambiario es mínima y las perspectivas siguen estables: el superávit fiscal, el auge exportador, el ingreso de divisas impulsado por el RIGI y la decisión política de capitalización del BCRA contribuyen al escenario favorable.</p><p>De acuerdo con el programa monetario oficial, este año el BCRA planea adquirir entre 10.000 y 17.000 millones de dólares, con margen para hacerlo sin generar presiones inflacionarias, ya que los pesos emitidos se absorben vía superávit fiscal, deuda en moneda local o mayor demanda de dinero.</p><p>En paralelo, el BCRA ha reducido de manera importante las tasas de interés: la Tasa de referencia descendió al 22% nominal anual, desde el 38% a comienzos del año. Según el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central, para 2026 se proyecta un crecimiento superior al 3% en el PBI, luego de un alza del 4,4% en 2023. Se trata del primer bienio de crecimiento consecutivo desde 2011, descontando el rebote poscuarentena.</p><p>El crecimiento actual se apoya en la recuperación de la demanda de dinero, evidenciada por la baja del dólar, las tasas y el riesgo país, factores que resultan en una mejora del nivel de actividad. Se espera que las exportaciones alcancen USD 100.000 millones este año, impulsadas por cosechas récord y producción petrolera en máximos históricos, a lo que se suma el efecto de los altos precios internacionales en un contexto de crisis en Medio Oriente.</p><p>Históricamente, el agro fue el único motor exportador relevante del país, pero el auge de los hidrocarburos y la minería proyecta que, para 2033, ambos sectores podrían generar superávits por USD 65.000 millones, cifra equiparable al desempeño tradicional del campo.</p><p>Los proyectos presentados en el marco del RIGI superan los USD 97.000 millones, de los cuales ya se aprobaron más de USD 27.000 millones, principalmente en el sector energético. A esto se suma la reciente modificación de la Ley de Glaciares, aprobada por el poder legislativo nacional, que permite destrabar inversiones en minería por más de USD 40.000 millones.</p><p>Perspectivas económicas y desafíos</p><p>El principal reto para el resto del mandato de Javier Milei radica en dos frentes: reducir la inflación mensual por debajo del 1% y alcanzar un riesgo país inferior a los 400 puntos básicos.</p><p>Ambos objetivos son clave para fortalecer la demanda de dinero y permitir una baja sostenida en las tasas de interés que incentive la expansión del crédito. Las condiciones monetarias actuales, con un rezago monetario que tiende a corregirse tras la fuerte caída en la demanda de dinero durante el período electoral de 2025, refuerzan las perspectivas de lograr la meta inflacionaria.</p><p>Por el lado del índice de riesgo país, el resultado de las próximas elecciones será determinante. Argentina todavía paga una prima que responde a su historial crediticio, más que a los fundamentos macroeconómicos presentes. Sin embargo, la menor oferta de bonos en el mercado, consecuencia del equilibrio fiscal y de las compras de dólares por parte del BCRA, coadyuva a la reducción del índice de riesgo país.</p><p>La deuda neta del Estado, descontando tenencias intra-sector público, representa el 43% del PBI y los vencimientos en moneda extranjera con privados no superan el 2% del PBI al año. Aunque el volumen no es elevado, el desafío es atenderlos sin emitir deuda internacional. El Gobierno buscará afrontarlos mediante superávit fiscal y externo, compras de dólares, colocaciones en el mercado local, Organismos Multilaterales, repos y privatizaciones, acelerando también así la disminución del índice de riesgo país.</p><p>En el plano fiscal, si continúan el crecimiento económico y las políticas de reducción del gasto (la denominada “motosierra”), el Ejecutivo tendría espacio para seguir bajando y eliminando impuestos -en especial, las retenciones-, otorgando así un impulso adicional al campo y las economías regionales.</p><p>El turno electoral de 2027 será determinante, en un contexto donde el oficialismo ostenta los logros económicos y la oposición se muestra fragmentada ante el peso del fracaso inflacionario reciente.</p><p>Con la convalidación política del superávit fiscal en las urnas, Argentina entraría en una etapa muy sólida de crecimiento, quebrando casi un siglo de decadencia.</p><p>El autor es Economista</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hHCaVxr4ZmHUhRPPxzp15QnalzA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/geopolitica.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Javier Milei asumió la presidencia en un momento en que Argentina debía redefinir tanto su modelo económico como su inserción internacional. La econom...]]>
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                                <updated>2026-05-12T16:32:42+00:00</updated>
                <published>2026-05-12T16:30:31+00:00</published>
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        <title>
            El lujo de la normalidad
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/3kr_yQEAksrtl6am8sxWc9EIc6o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/el_lujo_de_la_normalidad.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>“En las entrañas del mundo normal, soleado, entre sus rutinas y semáforos, entre las risas, los festejos y las fotos, unos pocos sufren. Sufren en silencio, camuflados en un sistema que funciona. Combaten infiernos sin esa privilegiada noción del tiempo. No pueden permitirse el lujo de ordenar semanas, igual de inciertas que la hora próxima. Este plano de la vida normal, la gente normal, el frívolo apuro avasallador, rodea e ignora a esa diminuta masa insignificante que está justo a su izquierda, prendiéndose fuego, ardiendo desde las llamas, condenada a observar un mundo ideal que está justo ahí, tras las rejas de una realidad propia e infranqueable. Atados de pies y de manos, oliendo, saboreando una felicidad ajena a una distancia irreductible y, sin embargo, insalvable. Para quien los oye, créame, basta con un par de personas sufriendo en silencio para convertir todo este mundo en uno triste, sin festejo que no sepa a traición ni opulenta calma. Que sepan que los oí, que el mundo no siguió adelante derrochando alegría con ellos al costado. O tal vez sí, los felices siguieron de largo, pero yo me bajé acá a sufrir con ellos”.</p><p>Escribí esas líneas en la puerta de un hospital, en la madrugada de un viernes dantesco, día en el que comprendí que la normalidad está siempre a un paso de convertirse en calvario. Usted, afinado lector, tendrá claro que mi vida personal importa poco en este texto, que no me pertenece y lejos está de ser mi hijo. Sin embargo, menciono esto porque fue aquel y no otro el instante en el que descubrí otro mundo dentro del mundo. Una dimensión paralela donde el tiempo no existe y todo lo conocido pasa a un segundo plano. Uno que mi afortunada vida de altibajos adolescentes desconocía por completo. Solo al verme en ese abismo pude girar la cabeza y distinguir a las demás personas viviendo ahí.&nbsp;</p><p>Éramos varios los que flotábamos suspendidos en la puerta del hospital. Caras blancas con miradas perdidas en la vereda de enfrente, perplejas, como si observaran al mundo derrumbarse sobre ellas. El vapor blanco de las respiraciones salía al aire helado de junio, cuando el sol apenas empezaba a asomarse. Una mujer estaba vestida de musculosa y pantalones cortos, como si alguna tragedia la hubiera abducido en pleno entrenamiento y se la hubiera llevado sin tiempo de agarrar un abrigo. Nuestras rutinas habían sido pausadas y olvidadas por completo. La calle parecía estar ahí, a unos metros, pero nos separaban miles y miles de kilómetros de aquella realidad. La gente y los autos pasaban apurados, hablaban por teléfonos, algunos reían y otros llevaban a sus hijos al colegio. Para nosotros eran extraterrestres. Un paredón de acrílico nos separaba del resto de la ciudad, de los horarios, del olor a comida, del trabajo y los compromisos.&nbsp;</p><p>En el mundo de los que sufren sólo hay vigilia, silencio y desasosiego. Un día abandoné ese mundo y regresé a la vida normal. Me inserté de nuevo en la agenda, volví a preocuparme por nimiedades como bañarme, no llegar tarde o aprobar exámenes. Uno se acostumbra rápido a la normalidad. Pero desde aquellas noches, siempre que paso por el hospital miro para adentro y pienso que todas las horas de mi vida son, para alguien, la hora más terrible.&nbsp;</p><p>Usted cruza a estas personas en todos lados. No están sólo en la puerta del hospital. Sus cuerpos también andan por la calle, en los colectivos o atrás del mostrador. Sus almas, en cambio, están todas juntas en una gran sala de espera invisible. Por eso usted los verá pasar por al lado como si nada, con el movimiento mecánico de la carne, con la máscara de ciudadano ordinario y las respuestas automáticas; no obstante, esas personas no están ahí realmente. Deambulan por la misma ciudad que nosotros, pero su gravedad empuja el doble. Se cruzan con el bullicio de un bar y piensan cómo pueden existir los bares, las risas o pasan frente a una librería y se preguntan por qué la gente lee libros en este mundo roto; y son personas que han reído en bares y han leído libros pero ya no lo recuerdan, ya no son las mismas ni es el mismo mundo. Están detenidas mientras alrededor todo sigue su curso, la gente se enamora, las familias salen a comer, los jóvenes viajan o salen de fiesta y lloran por películas o por FOMO y registran en redes su existencia e ignoran por completo que basta un sólo llamado de teléfono para que todo se evapore y deje de importar. Usted puede pensar esas preocupaciones triviales como un verdadero lujo: es la ausencia de tragedia.&nbsp;</p><p>Sabemos que cualquier fecha puede ser el día en que la mano negra de la desgracia decida tocar la puerta, pero elegimos creer que eso les pasa a otros. Evitamos mirar hacia ese lado porque nos recuerda a la propia fragilidad de nuestra rutina, a nuestro propio sufrimiento inminente. La normalidad es el pacto de silencio que firmamos para no volvernos locos y maquillar lo impredecible del destino. Por eso damos por hecho las cosas más importantes y nos permitimos posponer momentos y hacer planes a futuro. No podemos detenernos en la desgracia ajena, porque entrar en ese plano implica hacerla propia; y ya en algún momento nos llegará la nuestra. En el fondo todos tenemos claro eso. Es curioso que esa certeza reprimida no elija manifestarse en empatía y gratitud por el presente, que sería lógico, y terminemos en cambio ansiosos y apurados por el mal presentimiento. Sospecho que existe un cambio de perspectiva.&nbsp;</p><p>Si usted desglosa su normalidad en diez pilares fundamentales, tener salud, un techo, alguien que lo espere, la libertad de aburrirse, de planificar, de almorzar; descubrirá que lo que llamamos vida cotidiana es en realidad un conglomerado de milagros. Estar del lado soleado del acrílico no es un mérito, sino una tregua del destino. Por eso, agradecer no es un acto de optimismo, sino una forma de lucidez. Significa reconocer que, al menos por hoy, no es uno quien se quema a la izquierda de todos. Puede tomarse un momento para celebrarlo.&nbsp;</p><p>A su vez, no olvidar en el apuro que muchas de las caras que nos cruzamos ahí afuera están peleando una guerra que desconocemos. Concebir la lucha del otro no nos quema, nos humaniza. La empatía no es sentir lástima por esa diminuta masa insignificante que arde allá lejos, sino entender que, en este mundo roto que compartimos, justo entre nosotros, muchos sufren en silencio por heridas que pasan inadvertidas a simple vista.&nbsp;</p><p>Mañana, cuando suene la alarma y la rutina parezca problemática, recuerde todos los infiernos en los que podría haber despertado. Abrace el lujo de la normalidad y la fortuna de lo que no está ocurriendo. Quizás algún día estos quehaceres sean nuestro mayor anhelo.</p><p>Es valiosa la visión de los heridos, la capacidad de ver a través de los carteles de la felicidad obligatoria y descubrir que no todos podemos tenerla, que a algunos les ha sido negada y la suerte les da la espalda. Ese otro también es el mundo real, y ciertas cicatrices son un mapa que permite reconocer a otros compañeros de trinchera.&nbsp;</p><p>Si en cambio es usted quien hoy habita ese plano, sepa que su incendio no es invisible. Mientras la ciudad sigue de largo, derrochando alegría, algunos nos bajamos a esperarlo. No tengo un consuelo que ofrecerle porque sé que el lenguaje de los que están bien no se traduce al idioma de los que arden, pero al menos alguien comparte su vigilia. Jugaré un rato con esta felicidad y después se la prestaré a usted; y usted a alguien más. Habrá largas tardes en las que tendremos que sentarnos al margen y ver al resto divertirse. Alguna vez seremos nosotros quienes necesitemos de un extraño que nos reconozca en medio del caos. De algún testigo que nos dé un abrazo. De algunos ojos que nos vean.</p><p>Por ahora intentaré disfrutar este privilegio cotidiano, con el orgullo del que ostenta un tesoro, con la culpa de quien come delante de los que tienen hambre. En cualquier momento el azar volverá a mezclar las cartas, y seguirá siendo este hermoso y frágil presente nuestra única posesión. Por eso, no deje que el domingo se le escurra como un trámite; apriételo contra el pecho y festeje que ha ganado un sorteo silencioso. Sepa usted que pase lo que pase, la vida es sabia y conoce el camino, y en todos sus rincones vale la pena vivirla. Arrímese, ¡Brindemos! Que para todos hay una copa y un motivo.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/3kr_yQEAksrtl6am8sxWc9EIc6o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/el_lujo_de_la_normalidad.webp" class="type:primaryImage" /></figure>“En las entrañas del mundo normal, soleado, entre sus rutinas y semáforos, entre las risas, los festejos y las fotos, unos pocos sufren. Sufren en sil...]]>
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                                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                                <updated>2026-05-10T13:10:05+00:00</updated>
                <published>2026-05-10T04:00:00+00:00</published>
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            Keynes: el padre intelectual de la estanflación
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                <![CDATA[Ramiro Castiñeira]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zTprBRUD06vdMKhWdbGZ7FRn8pI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/john_maynard_keynes.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Tras la publicación de “La Teoría General…” en 1936, John Maynard Keynes logró una notable influencia en la política económica en todo el mundo. Sin embargo, esa moda solo duró unas décadas: los países desarrollados abandonaron sus ideas hacia la década de 1980, cuando la inflación ya se había disparado y el mundo entró en recesión al madurar sus recomendaciones.</p><p>Para la década de 1980 el mundo desarrollado volvía al liberalismo de la mano de Milton Friedman, experto en advertir de todas las falencias teóricas de Keynes. Milton Friedman continuó la batalla cultural a nivel mundial contra Keynes, para recuperar el crecimiento y matar la inflación. La batalla que Friedrich Hayek no logró ganar, la ganó Milton.</p><p>Los países emergentes también comenzaron a soltar a Keynes más adelante. Principalmente en la década de los noventa, muchos de ellos también escapando de una hiperinflación galopante con estancamiento económico crónico.</p><p>Keynes es el padre intelectual de la “estanflación”. El exceso de gasto público que Keynes recomendaba “para estimular” la demanda, era en desmedro del ahorro y por tanto de la inversión. Una economía sin inversión deja de crecer. Pero sus propuestas también disparaban el déficit fiscal, que en la práctica se terminaba financiando con emisión monetaria.</p><p>El resultado de aplicar las ideas de Keynes siempre terminó en recesión por falta de inversión y con un desborde de gasto público que se financiaba con inflación. En definitiva, Keynes con sus recomendaciones generaba el resultado opuesto al que pregonaba: estanflación.</p><p>Argentina, como muchos países emergentes, también comenzó a abandonar las ideas de Keynes en la década de los 90. Pero el Kirchnerismo volvió con desesperación al keynesianismo en la década de los 2000. La consecuencia, Argentina volvió a la hiperestanflación: gasto público desbordante, 15 años sin crecimiento económico y una inflación que sumó tres ceros a su moneda.</p><p>Neo-keynesianos y post-keynesianos</p><p>El inocultable fracaso de las ideas de Keynes fue tan brutal, que sus mismos fanáticos lo reconocieron e intentaron salvar su obra.</p><p>Los “neokeynesianos” quisieron reparar los errores de Keynes, mezclando su obra con ideas de la escuela neoclásica. Es decir, para salvar a Keynes hicieron un híbrido que no es ni una cosa ni la otra. Peor, para intentar salvar a Keynes desdicen al mismo Keynes. Los propios neokeynesianos deshacen los pilares de la obra de Keynes, para volver a la escuela neoclásica. Como todo híbrido no logra descendencia y muere en el experimento.</p><p>Después tenemos los talibanes de Keynes: los post-keynesianos. Teóricos que retrucan y potencian todos los errores de Keynes. Ejemplo: a los post-keynesianos no les alcanza el forzado argumento del “multiplicador”, por lo que inventan el “super-multiplicador”.</p><p>No está de más recordar que el Kirchnerismo tuvo varios ministros de economía de la rama talibán del keynesianismo. Por algo terminaron con gasto público récord y una hiper.</p><p>Los keynesianos latinos</p><p>Los keynesianos latinos fueron otros engendros que emergieron de las obras de Keynes. Los estructuralistas y los desarrollistas, son adaptaciones latinas de Keynes y Marx. Simplemente tampoco creen en el libre mercado y justifican la planificación económica desde los escritorios del Estado.</p><p>En la adaptación latina, los estructuralistas mostraron un notable complejo de inferioridad: ellos mismos se autoproclaman “periferia”. Es una peculiar escuela económica latina que llega a comparar el aumento de las exportaciones con una enfermedad.</p><p>Por su parte, los desarrollistas latinos, con pinceladas marxistas explícitas, emanan la típica arrogancia del burócrata que se cree con la capacidad para dirigir con éxito la vida de millones de personas, sin nunca preguntarse por qué no logró progresar en su propia vida. Se ponen a elegir ganadores y perdedores haciendo abuso de poder, repartiendo prebendas bajo el eufemismo de “política industrial”.</p><p>Estas escuelas que adaptaban a Keynes y Marx en su versión latina, tampoco lograron el desarrollo económico que pregonaban. Conceptos que jamás salieron de las fronteras de Sudamérica, finalmente hoy son otra lengua muerta perdida en el inmenso Amazonas. “Restricción externa”, “fuga de capitales” o “sustitución de importaciones”, son algunos jeroglíficos sudamericanos que el resto del mundo nunca conoció.</p><p>Keynes fue un error</p><p>Decir que Keynes fue un error no tiene nada de peyorativo. La ciencia económica, como toda ciencia, avanza a prueba y error. Pero el error hay que reconocerlo para no repetirlo, ahí está el aporte a la ciencia.</p><p>Ejemplo, reconocer el error de la “teoría objetiva del valor”, permitió un salto cualitativo a la “teoría subjetiva del valor”. El impacto en la ciencia económica fue tan grande, que puso en evidencia errores conceptuales de la escuela clásica, dando inicio a la escuela neoclásica. Por supuesto que muchos de los aportes a la ciencia económica de los clásicos perduran e incluso se mejoraron con la escuela neoclásica. Adam Smith siempre será el padre de la ciencia económica.</p><p>Pero Marx y Keynes fueron los mayores errores en la ciencia económica. No se salva nada de sus obras cumbre, salvo el error. La humanidad ya padeció de sus errores y ahora sobre sus obras se advierte: “peligro, estas ideas parten de premisas falsas. Su aplicación genera muerte, inflación y estancamiento económico. Se recomienda discreción”.</p><p>Si las premisas son falsas, colapsa todo el paradigma. Marx nunca se enteró que no existe la teoría objetiva del valor. Keynes estaba convencido de que no aplica la “ley de Say”.</p><p>Muchos intentan salvar a Keynes diciendo que su obra se entiende en el contexto de la crisis del 30. Ignorando magistralmente que el propio Keynes llamó a su libro “Teoría general…”. Título con una pedantería y arrogancia que pocos en la humanidad se animaron.</p><p>Entender el error de Adam Smith (teoría objetiva del valor) permitió a la ciencia económica avanzar. Lo mismo pasa con Marx y Keynes, pero con toda su obra. Son solo un error en la historia. Reconocerlo es un avance para la ciencia económica. Soltar.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zTprBRUD06vdMKhWdbGZ7FRn8pI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/john_maynard_keynes.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Tras la publicación de “La Teoría General…” en 1936, John Maynard Keynes logró una notable influencia en la política económica en todo el mundo. Sin e...]]>
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                                <updated>2026-05-05T17:14:04+00:00</updated>
                <published>2026-05-05T17:13:47+00:00</published>
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        <title>
            La escuela frente a la violencia: reacción sin transformación
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                <![CDATA[Marina Kienast]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fIs3zsbvk9qTk2IP7cxc9a9bTEg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/operativo_amenazas_escuela.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Cuando la respuesta a la violencia son protocolos diseñados desde estructuras alejadas de la realidad, actuamos como quien seca el piso mientras la canilla sigue abierta. Seguimos mirando la consecuencia, sin abordar las causas que llevan a que los chicos sean cada vez más agresivos y violentos. Las amenazas, los episodios de violencia y el deterioro de la salud mental en adolescentes no son hechos aislados. Son síntomas. Y cuando la política pública se enfoca en el síntoma, siempre llega tarde.</p><p>En la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires llevamos adelante una reunión informativa en la que participaron funcionarios, especialistas, docentes, estudiantes y organizaciones de la sociedad civil para analizar esta problemática. Fue un espacio valioso y necesario. Pero también dejó en evidencia un problema de fondo: no hay un diagnóstico común y predominan respuestas centradas en la urgencia. Protocolos, intervención policial, denuncias, regulación de plataformas. Mucho protocolo. Poca transformación. Lo que sí quedó claro es que el problema no es de recursos. Es de enfoque.</p><p>El primer error es conceptual: no todo lo que ocurre dentro de una escuela es violencia escolar. La vulnerabilidad de los jóvenes es el origen de muchos de estos delitos; la escuela termina siendo el escenario. Confundir esto lleva a respuestas equivocadas. El segundo error es no distinguir entre una transgresión y un delito. El bullying, la falta de respeto pueden reflejar un mal clima escolar. Pero los delitos graves responden a dinámicas más profundas. Sin diagnóstico, no hay política efectiva.</p><p>En ese contexto, suelen emerger soluciones rápidas, como regular redes sociales, que difícilmente abordan el problema de fondo: los chicos siempre van a ir más rápido que la ley. Apostar exclusivamente a esa vía resulta insuficiente. Algo similar ocurre con la Ley N° 6774 de la Ciudad de Buenos Aires: no alcanza con sumar contenidos socioemocionales ni mezclar salud mental con educación. Son problemas distintos que requieren abordajes diferentes. Cuando esa diferencia se diluye, la ley deja de ser una herramienta y pasa a ser un gesto. Y los gestos, sin recursos ni implementación, terminan trasladando a la escuela problemas que la sociedad todavía no resolvió.</p><p>Estamos buscando en los adolescentes el origen de un problema que empieza mucho antes. Los adolescentes buscan validación externa, el reconocimientos de los demás. Y cuando no la encuentran, aparece la frustración y, muchas veces, la violencia. Las redes amplifican ese fenómeno, pero no lo explican. Lo que hay detrás es más profundo: falta de identidad, de propósito, de proyecto de vida. Y ahí la escuela puede intervenir: no para resolver todo, pero sí para fortalecer a los chicos frente a esa vulnerabilidad.</p><p>Si las personas no crecen con herramientas para conocerse, descubrir qué les interesa y hacia dónde quieren ir, deja un vacío que después es difícil de llenar. Por eso, la respuesta no puede empezar cuando el problema ya explotó: tiene que empezar antes. Formar desde los primeros años chicos que desarrollen una identidad propia y puedan construir su propio proyecto de vida no elimina estos problemas -porque son parte de la adolescencia-, pero sí puede mitigarlos de manera significativa. Esa es la discusión de fondo: no cómo reaccionamos mejor, sino cómo prevenimos mejor.</p><p>En esa línea, empieza a consolidarse también una mirada desde el plano nacional que pone el foco en el desarrollo del capital humano desde la primera infancia. Entender que la prevención empieza antes -en la construcción de capacidades, en el acompañamiento temprano y en una educación que forme personas- no es solo un enfoque social: es una estrategia estructural.Y esa prevención empieza en los primeros años: con una educación que trabaje el autoconocimiento, la autonomía y el proyecto de vida. Una educación que deje de tratar a todos los chicos como iguales, sin valorar sus individualidades y diferencias, y empiece a formar individuos. Porque un chico que sabe quién es, es menos vulnerable.</p><p>Hoy reaccionamos, pero no prevenimos. Si no cambiamos la educación desde la base, vamos a seguir llegando tarde.</p><p>Por eso, desde La Libertad Avanza insistimos en una transformación estructural del sistema: fortalecer los equipos de orientación escolar y la formación docente, entendiendo -como muestra la evidencia- que la intervención adulta sostenida es la que genera impactos reales.</p><p>También hay una pérdida de autoridad que no podemos ignorar. Sin reglas claras no hay orden, y sin responsabilidad tampoco. Frente a conductas violentas, tiene que haber compromiso obligatorio de las familias, con seguimiento, acuerdos claros y consecuencias si no hay acompañamiento.</p><p>Porque la educación no es solo del Estado.</p><p>El sistema educativo tiene que ser parte, junto con las familias, de la formación de personas libres, con sentido y proyecto de vida. Sin eso, no hay política pública que alcance. Sin educación, no hay libertad.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fIs3zsbvk9qTk2IP7cxc9a9bTEg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/operativo_amenazas_escuela.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Cuando la respuesta a la violencia son protocolos diseñados desde estructuras alejadas de la realidad, actuamos como quien seca el piso mientras la ca...]]>
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                                <updated>2026-05-05T17:35:06+00:00</updated>
                <published>2026-05-05T17:09:39+00:00</published>
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        <title>
            Cuando la tecnología pone en valor los programas de gobierno
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        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/opinion/cuando-la-tecnologia-pone-en-valor-los-programas-de-gobierno" type="text/html" title="Cuando la tecnología pone en valor los programas de gobierno" />
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                <![CDATA[Alejandro Tullio]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/cuando-la-tecnologia-pone-en-valor-los-programas-de-gobierno">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/1K5pyFeTC5aYUpWzPKGmszCUtwE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/candidatos.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay iniciativas que merecen ser observadas más allá de su contexto inmediato, porque encarnan una idea que excede las fronteras donde nacen. Candidateados, la plataforma desarrollada por la Fundación Colombia 2050 para las elecciones presidenciales colombianas de 2026, es una de ellas. En primer lugar, llamó mi atención el juego de palabras entre candidatos y datos, y una gráfica que lo destaca. La recorrí con detenimiento y me encontré ante una herramienta que, con aparente sencillez técnica, interpela una de las tensiones más profundas de la democracia contemporánea: la brecha entre lo que los candidatos proponen y lo que los ciudadanos efectivamente conocen de esas propuestas.</p><p>En mis más de veinticinco años de trabajo en administración y reforma electoral —y habiendo participado en más de setenta procesos electorales— he observado una constante: la existencia de programas de gobierno no garantiza su circulación efectiva. Los documentos programáticos suelen quedar confinados a los sitios web de las campañas, redactados en lenguaje técnico, de largo aliento y sin jerarquización temática. Son, en la práctica, textos para iniciados. La ciudadanía en general no los lee, no los compara y, en consecuencia, no puede utilizarlos como insumo real para su decisión electoral.</p><p>La plataforma y su lógica democrática</p><p>Candidateados resuelve ese problema con una arquitectura elegante. La plataforma organiza las propuestas de los trece precandidatos presidenciales en seis categorías temáticas definidas —no por los propios candidatos, sino a partir de una encuesta ciudadana elaborada por el Instituto de Ciencia Política—, y ofrece tres niveles de profundidad al usuario: información rápida, detallada y completa. El ciudadano elige hasta dónde quiere llegar. Esa gradación no es un detalle menor: es una decisión de diseño que reconoce la heterogeneidad del electorado y respeta la diversidad de sus capacidades y tiempos.</p><p>Además, la herramienta permite comparar posiciones entre múltiples candidatos por sector temático en un formato conversacional, lo que facilita la identificación de convergencias y divergencias programáticas. Esto es exactamente lo que la ciencia política denomina voto programático: aquella modalidad de decisión electoral en la que el ciudadano elige en función del contenido de las propuestas y no únicamente por adhesión identitaria, lealtad partidaria o respuesta emotiva a la figura del candidato. Una democracia que amplía las condiciones para ese tipo de voto es, estructuralmente, más sólida.</p><p>La tecnología como traductor político</p><p>Lo más relevante de Candidateados no es que digitalice la información electoral —eso ya lo hacen docenas de sitios—, sino que la traduce. Toma los programas de gobierno —documentos extensos, áridos, pensados para cumplir un requisito legal o comunicacional— y los convierte en un objeto de consulta ciudadana real. En ese proceso de traducción reside su mayor valor político: pone en circulación lo que ya existía, pero permanecía inaccesible.</p><p>Este enfoque invierte la lógica habitual de la comunicación de campaña. En lugar de que el mensaje llegue del candidato al ciudadano —filtrado por la publicidad, el marketing político y los algoritmos de las redes sociales—, la plataforma coloca al ciudadano en el centro: él navega, compara, profundiza y concluye. Es, en términos del derecho electoral, una herramienta que fortalece el consentimiento informado del elector, ese principio que subyace a cualquier concepción sustantiva —y no meramente procedimental— de la democracia.</p><p>Transparencia e independencia: los cimientos de la credibilidad</p><p>No menor es el modelo de gobernanza del proyecto. La plataforma se financia exclusivamente con apoyo de organizaciones internacionales comprometidas con el fortalecimiento democrático —entre ellas la European Partnership for Democracy y la Delegación de la Unión Europea en Colombia— y declara expresamente que ninguna campaña electoral la ha financiado ni la financiará. Las fuentes de información son únicamente las oficiales de las propias campañas: programas de gobierno y páginas web, sin entrevistas ni interpretaciones externas.</p><p>Esta combinación —financiamiento independiente y fuentes primarias verificables— es la condición de posibilidad de su credibilidad. Una herramienta de información electoral que no pueda demostrar su neutralidad respecto a los actores en competencia es, en el mejor de los casos, un actor más de la campaña. Candidateados ha resuelto ese problema con solvencia institucional.</p><p>Esta iniciativa que llega a nuestras manos representa la quinta generación de un proyecto progresivo que, desde la máxima austeridad, comenzará a buscar la forma de poner en manos de los ciudadanos las propuestas concretas de los candidatos alrededor del 2020.</p><p>Una referencia para la región</p><p>América Latina atraviesa un momento de vulnerabilidad democrática. La desinformación, la personalización extrema de la política y el debilitamiento de los partidos como organizaciones con vida programática propia erosionan la calidad del debate electoral. En ese contexto, iniciativas como Candidateados no son un lujo ni un complemento: son parte de la infraestructura cívica que toda democracia necesita sostener.</p><p>Desde mi perspectiva, esta experiencia merece ser estudiada, replicada y, cuando corresponda, adaptada a otras realidades institucionales de la región. No porque sea perfecta —toda arquitectura informativa tiene oportunidades de mejora y merece un escrutinio metodológico permanente—, sino porque señala una dirección correcta: la de la democracia que se apoya en sus propias instituciones para educar, informar y empoderar a quienes, en definitiva, son sus verdaderos titulares.</p><p>Los programas de gobierno siempre existieron. Lo que faltaba era el puente que los llevara al ciudadano. Candidateados demuestra que esa arquitectura es posible, que la tecnología puede ser ese puente —y que cuando lo es, la democracia gana.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/1K5pyFeTC5aYUpWzPKGmszCUtwE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/candidatos.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Hay iniciativas que merecen ser observadas más allá de su contexto inmediato, porque encarnan una idea que excede las fronteras donde nacen. Candidate...]]>
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                <published>2026-05-05T17:06:15+00:00</published>
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        <title>
            La rentabilidad de los sueños
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/MN5xXHwL6qeJEFpTkpJZR-uNfgU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/suenos.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>i usted le pregunta a un niño qué quiere ser de grande, podrá vislumbrar en el brillo de sus ojos el reflejo de mundos fascinantes y desconocidos. Verá en esas pequeñas pupilas el destello de galaxias azules, palacios enormes y tesoros enterrados. Son planetas lejanos, universos perdidos dónde aún no se han inventado los alquileres, ni las cuentas, ni los fracasados. Es el mundo dibujado en el afiche del salón, donde todas las personas tienen la misma sonrisa y unen sus manos para darle la vuelta al globo. Ese mundo lo dibujó Paula, la seño de arte. Los chicos le dicen que cuando sean adultos, como ella, van a poder hacer lo que siempre quisieron. Que aprenderán a tocar la guitarra, a escribir canciones y pintar cuadros. Que serán grandes inventores, deportistas, veterinarios, magos y bomberos.</p><p>Paula vuelve de la escuela en colectivo, con los ojos fijos en la calculadora del celular. Las matemáticas nunca fueron su fuerte, pero nadie escapa de los números. Escribe con timidez el valor de su sueldo y le resta los gastos fijos de existir. La cuenta da en negativo. Cierra la calculadora y abre Marketplace, donde tiene en venta su micrófono desde hace más de una semana. No hay mensajes nuevos. Rebaja el precio al mínimo posible, nada más y nada menos que lo necesario para llegar a fin de mes. Bloquea el celular y mira por la ventana. Aquel no es el mundo que ella dibujó.</p>13:08TítContenido<p>Los niños no sueñan, ellos habitan aquel espacio mágico donde todo es posible. Somos los adultos quienes conservamos sólo un leve residuo onírico de aquellos campos de ideas extravagantes. Hemos sido expulsados del edén, y destinamos toda nuestra energía a sobrevivir en este desierto materialista. Anhelamos la estabilidad económica porque necesitamos comer todos los días y dormir bajo un techo; y ambas cosas están muy lejos de ser gratis. Pero confundimos estabilidad con éxito. La realidad es que ese éxito es, muchas veces, el nombre que le ponemos a una renuncia bien pagada. El sistema nos obliga a justificar nuestra existencia a través del rendimiento y la productividad. Nos pide que dejemos nuestros sueños más profundos en un baúl hasta olvidarlos, o hasta sentirlos tan ajenos que parezcan los delirios de un niño inocente. Quizás en algún momento de la vida, cuando todo lo “importante” se haya resuelto, podremos ascenderlos al título de hobbie, y dedicarles algunas horas a la semana. En otras palabras, ponemos una lápida de mármol sobre algo que solía estar vivo para poder visitarlo en nuestros tiempos libres, si es que la rutina nos da permiso. Usted verá que, al final del día, habremos construido una casa perfecta, eficiente y bien iluminada, pero sin rastros de magia.</p><p>Nos enseñaron a volvernos expertos en la higiene del instinto; desinfectamos la vida de cualquier dejo de asombro infantil hasta que solo queda la cruda y aséptica realidad. Con la precisión de un cirujano que extirpa un órgano, vamos amputando de nuestra agenda cualquier gesto que no produzca un resultado material. De esta manera, separamos nuestras pasiones de nuestras obligaciones y las ubicamos bien lejos entre sí, para no mezclarlas. La rutina se convierte en una constante espera bajo la promesa de que llegará un momento más adecuado para retomar aquellas fantasías. Un momento utópico al final del camino, donde habrá más tiempo, más dinero y más ganas para afrontar el gasto de perseguir nuestros sueños. Así, morimos esperando.</p><p>Afortunadamente, algunas personas han comenzado a sospechar que los sueños no son algo que debe perseguirse, sino una parte constitutiva de lo que somos. Intuyen que aquellos no son sólo proyectos inalcanzables, volando lejos, como pájaros exóticos que deben ser avistados. En cambio, son los materiales que componen la brújula del alma. Mejor aún, algunos han demostrado que también pueden encarnarse en oficios. Entonces ya no es una o la otra: trabajar o soñar. Ahora quizás exista la posibilidad de que ambas puedan integrarse dentro de los mismos planes. Sus corazones no entienden cuál será el sentido de vivir posponiendo los proyectos que motivan cada uno de sus latidos. No encuentran ninguna renta en liquidar lo que uno es para poder pagar lo que uno debe ser. Desconfían de soportar un trabajo para poder costear pequeñas migajas de disfrute. Han descubierto que cuando las obligaciones y el propósito coinciden en la misma rutina, y en el mismo esfuerzo, la felicidad deja de ser un gasto para convertirse en un capital. Un capital inmaterial, invaluable e innegociable. Los sueños, entonces, son una gran inversión.</p><p>De todos modos, usted sabe que nadie se salva de pagar las cuentas. Habitar los sueños brinda capital emocional, pero no siempre es la opción que más dinero produce. Aquellos obnubilados por sus sueños buscan formas de ganar los fondos necesarios para cubrir los gastos y materializar sus visiones. Por supuesto que tienen miedo, de eso no tenga dudas. La diferencia es que estas personas no han resignado sus sueños para hacer más dinero y tener así menos miedo, sino que buscan la manera de conseguir el dinero suficiente para poder seguir viviendo su sueño.</p><p>Además, algunos enfrentan la tiranía de la opción perfecta. Se resisten a resignar sus ilusiones y entregarse a la mediocridad de cumplir, pero se debaten entre una infinidad de caminos posibles y la incertidumbre los abruma. Han elegido escuchar lo que dice su corazón, pero para seguirlo deben traducir esas palabras al idioma material y económico. Más allá de las dudas, de los ingresos, de los aciertos y los fallos; ya están avanzando en la dirección correcta. Ninguna cantidad de dinero puede pagar la deuda con nosotros mismos si elegimos acallar nuestra voz interior.</p><p>La seño Paula vuelve a su casa mirando por la ventana del colectivo. Aquel no es el mundo que ella dibujó, pero sus sueños siguen intactos. Vende el micrófono para poder llegar a fin de mes y no dejar de pagar las salas de ensayo con su banda. Vienen tocando todos los fines de semana en los bares de Tandil; y hace unos días les escribió una productora para invitarlos a tocar en un festival importante. Tienen que estar bien preparados. A la tarde aprovecha y da clases particulares de guitarra, con eso suma algo más para pagar la sala. Juli, la alumnita, le pidió a su mamá que compre entradas para ir a escucharla en el festival, dice que ella también sueña con armar una banda. La seño Paula, lejos de las matemáticas, siente que cada día le va mejor. Sus pies y su corazón van por el mismo camino. &nbsp;</p><p>Yo agregaría que, así como no hace falta perseguirlos, los sueños no necesitan “alcanzarse”. No hay una línea de llegada donde nos reciban con aplausos y laureles para decirnos “felicidades, lo ha alcanzado, puede dejar de correr”. Soñar es, en cambio, una forma de vivir. Cuando uno se mueve guiado por el deseo de no ser un extraño para ese niño que alguna vez fue, ya ha cumplido su sueño. Lo está cumpliendo en cada paso. Usted nunca conocerá a ningún apasionado que no sea feliz. Cualquiera sea su profesión, cualquiera sea su ingreso. Aquellos que vibran con lo que hacen sienten que la vida los atraviesa y el día no les alcanza. Esperan ansiosos las horas venideras igual que un niño en vísperas de su cumpleaños. Porque cuando la pasión es el motor, uno ya no vive para perseguir o alcanzar un sueño, sino que vive dentro de él, y transforma cualquier tarea en trazos de su propia libertad.</p><p>Por último, usted verá que la gran mayoría elige perfeccionar moldes ajenos, caminando por senderos marcados sin considerar si sus sueños caben en el presupuesto de esa vida. Sin embargo, en secreto, esperan que los soñadores nunca se extingan; porque en este mundo que se vuelve gris de tanta productividad, ellos son los únicos que todavía conservan los pinceles.&nbsp;</p>]]>
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                                <updated>2026-05-09T16:11:14+00:00</updated>
                <published>2026-05-03T04:00:00+00:00</published>
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