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    <title>El Eco de Tandil</title>
    <subtitle>Entrevistas exclusivas y contenido multimedia para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Tandil.</subtitle>
    <updated>2026-05-17T13:25:07+00:00</updated>
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            La caridad en alta definición
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/u5p2hXM2FZNdU9cjdrhrMWyyoLE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/la_cridad_en_alta_definicion.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>"De la vanidad no digo nada: creo que nadie está desprovisto de este notable motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con la modestia de Einstein o gente por el estilo; respuesta: es fácil ser modesto cuando se es célebre; quiero decir parecer modesto. Aun cuando se imagina que no existe en absoluto, se la descubre de pronto en su forma más sutil: la vanidad de la modestia. ¡Cuántas veces tropezamos con esa clase de individuos! Hasta un hombre, real o simbólico, como Cristo, pronunció palabras sugeridas por la vanidad o al menos por la soberbia. ¿Qué decir de León Bloy, que se defendía de la acusación de soberbia argumentando que se había pasado la vida sirviendo a individuos que no le llegaban a las rodillas? La vanidad se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnegación, de la generosidad", Ernesto Sabato, El túnel (1948)</p><p>Setenta y cinco años más tarde, el rapero miramarense Jesse Pungaz haría quizás la misma reflexión que Ernesto, pero habitando este futuro distópico de identidades en píxeles e historia digital. Con las formas condensadas de este siglo, expresaría simplemente que &nbsp;“lo premian a Juan, por ayudar a Pedro; pero eso ayuda más a Juan que a Pedro”.</p><p>Hace solo algunos meses, el poeta Shinovi Sambrailo, oriundo de Casilda, Santa Fe, recitaba que “nadie está dispuesto a salvar a nadie si no hay nadie dispuesto a grabarlo”.</p><p>Habrán advertido, cada uno en su época, que algunas buenas acciones sirven de escondite para la vanidad. Habrán descubierto a la máscara del altruismo cubriendo los profundos intereses del ego. Imagine si el pintor Juan Pablo Castel hubiese tenido un Iphone para scrollear en redes y ver cómo todo se ha convertido en contenido. Desconfiaría aún más de la bondad filmada, de la generosidad escénica.</p><p>Cuando tenía quince años, me llamó la atención encontrar en redes la carpeta de fotos de una misión solidaria. La propia fundación las publicaba y etiquetaba a cada uno de sus integrantes. Eran increíbles imágenes de un lugar remoto, muy lejano, muy ajeno. Había plantas exóticas y un barro carmesí maravilloso. Había gente de mi edad descalza. En la descripción ponía también el nombre del lugar, lo reconocí enseguida, sonaba a pobreza. Seguro lo había escuchado en el noticiero o en alguna clase de geografía. Cuántas horas de viaje serán hasta allá, pensé. Entre las fotos subidas identifiqué varias escenas que se parecían. Eran jóvenes blancos impecables que sonreían con ganas, con fascinación mientras abrazaban a niños negros, la mayoría sucios con tierra o mocos secos. Pensé por qué no les limpian la nariz antes de capturarlos en primer plano, en tan alta definición. Los niños también sonreían y miraban con una mezcla de extrañeza y curiosidad a las cámaras de aquellos astronautas generosos. En otras tomas recibían bidones de plástico con agua y pintaban cuadernos con fibrones. Aquel era un excelente trabajo de fotografía. Recordé las postales que había colgadas en el bar de Pablo Acosta, de cazadores posando junto a sus trofeos.</p><p>Tenía claro que aquella era, por supuesto, una buena acción. Esos niños pobres se habían visto beneficiados materialmente, habían recibido asistencia y víveres. Pero claro que no era la acción, sino el registro, lo que hacía ruido en mis pensamientos adolescentes. Esa forma de decir yo estuve allá, con eso. Porque, a diferencia de los perfiles que compartían ese registro, los niños pobres no tenían nombre. Eran solo pobres, y ya. Tampoco tenían voz, ni historia. Sí tenían ahora agua potable para algunas semanas y ropa que los otros descartaron. En ese entonces yo era un niño sesgado por el pesimismo, por lo que no entendía que cualquier ayuda es mejor que ninguna. Lo que sí entendía bien es que aquellas personas vulnerables no iban a dejar de ser pobres con esos víveres, y que sus rostros sucios y sonrientes ocupaban un rol imprescindible en el registro de la caridad. Vi las publicaciones estallar en likes y pensé entonces quiénes se veían más beneficiados en realidad. Me pregunté si lo que tanto gustaba a los espectadores era el gesto solidario o la miseria captada en cámara.</p><p>Algunos años más tarde leería El túnel, y desde entonces sospecho que las verdaderas manifestaciones del altruismo no suelen tener testigos; y usted sabe lo improbable que es eso en este tiempo de hipercomunicación obscena. Cuando una entrega desinteresada se hace pública, uno corre el riesgo de encandilarse con el reflejo de la propia decencia.</p><p>¡Necesidad humana, si las hay! La de ser visto por otros. Entre usted y yo, lector, ¿a quién no le gusta ser reconocido? Yo mismo desconfío de que exista algo de lo que hago que no esté atado a la percepción del resto. Es la cárcel de la validación. En la biblia, Jesús no se fija en los ricos que echan muchas monedas en la bolsa de limosnas, sino que se detiene en la viuda que pone solo dos monedas. Llamó a todos sus discípulos y dijo en voz alta que ella había dado más que todos. Porque aquellos dieron lo que les sobraba, pero ella dio todo lo que tenía. ¡Menos mal que la vio! pienso yo. Si Jesús miraba para otro lado justo en ese momento, su sacrificio no estaría en la biblia y habría sido solo una pobre viuda sin nada de dinero, y esas dos últimas monedas no harían casi diferencia en esa bolsa de limosnas, mezcladas entre todas las demás. O tal vez sí.</p><p>Pero no me malinterprete, toda dadivosidad vale la pena. La caridad siempre aporta algo positivo a quien la recibe. Ya sea motivada por puro altruismo o por vanidad, es una ayuda esencial para aquellos en situación vulnerable. También debemos tener en cuenta, por otro lado, que compartir y difundir un movimiento solidario no sólo otorga reconocimiento a quién lo hace, sino que también puede ser contagioso y llamar a otros a la acción. Son dos filos de una misma hoja. A su vez, no hay nada de malo en ser reconocido por hacer el bien, dado que esos ejemplos de vida pueden inspirar a otros y desencadenar más campañas.</p><p>Aquí la cuestión es otra, es reconocerse a uno mismo, internamente, con la más profunda honestidad, si esas buenas acciones necesitan o no de unos ojos que las vean, si ese gesto debe o no llevar tu nombre. En otras palabras, preguntarse si sería igual de gratificante hacerlo con la certeza de que nunca nadie lo sabrá. Si en cambio prefiere alguna forma de reconocimiento, no se preocupe, es usted, sin dudas, humano. Como diría Sabato, está hecho de carne, pelo y uñas; no puede escapar tan fácil de cierta dosis natural de vanidad. Todos la tenemos. Tal vez tenga una connotación maligna, pero la palabra vanidad proviene del latín vanĭtas, que significa "vacío" o "falto de realidad". El problema entonces es acercarnos a ese otro que sufre desde un lugar irreal, asimétrico, en el cual yo, que tengo, te doy a vos, que te falta. Esa persona igual recibirá lo que necesita, pero será usted el que se perderá la verdadera experiencia de la entrega.</p><p>De lo que sí puede estar seguro es de que existe una satisfacción distinta en el sacrificio que nadie ve, en el gesto que nadie aplaude. Una sensación que solo esa forma de empatía puede brindar, y que no encontrará en ninguna validación pública. A su vez, no hace falta viajar a ningún lado para encontrar gente que necesita ayuda. Estas personas suelen estar al lado de nosotros.</p><p>Algunas veces descubro las más hermosas y silenciosas acciones de generosidad, hechas en completo anonimato. Mi aprobación revolotea sin saber en quién posarse, a quién darle los créditos; y recién entonces la verdadera abnegación se muestra resplandeciente: quien lo hizo no importa, no existe, no ha dado lugar a que le demos ninguna retribución moral ni tampoco a rechazarla con pinceladas de modestia. El dador se ha borrado de la ecuación, se ha esfumado sin dejar pistas. Lo único que existe, que importa, es lo que se ha dado y, por supuesto, quien lo ha recibido.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/u5p2hXM2FZNdU9cjdrhrMWyyoLE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/la_cridad_en_alta_definicion.webp" class="type:primaryImage" /></figure>"De la vanidad no digo nada: creo que nadie está desprovisto de este notable motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con la mo...]]>
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                <updated>2026-05-17T13:25:07+00:00</updated>
                <published>2026-05-17T04:00:00+00:00</published>
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            Cómo cambió el consumo en arquitectura
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                <![CDATA[Cristian Ricci]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zVLxtE0n459K19Zv9x6bgsDpJXg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/arquitectura.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Durante mucho tiempo, el lujo en arquitectura fue una cuestión de visibilidad. Metros cuadrados excesivos, materiales importados, gestos formales grandilocuentes. El lujo se medía en términos de impacto inmediato: lo que se veía, lo que se mostraba, lo que podía ser reconocido rápidamente como “caro”. Hoy, ese paradigma está en transformación. Y no es un cambio estético. Es un cambio cultural.</p><p>El fin de la demostración</p><p>En los últimos años, el consumo de lujo empezó a alejarse de la lógica de exhibición para acercarse a una lógica de criterio. El nuevo cliente, más informado y atento al contexto, ya no busca impresionar a otros. Busca tomar mejores decisiones. Eso redefine el rol de la arquitectura, porque el valor ya no está en cuánto se invierte, sino en cómo se invierte. El lujo contemporáneo no desaparece. Se vuelve más sofisticado. Deja de ser evidente para volverse perceptible. El Global Wellness Institute estimó que el mercado global de wellness real estate alcanzó los USD 548.000 millones en 2024. La demanda ya no premia sólo lo ostensible, sino aquello que mejora la vida cotidiana.</p><p>La calidad del espacio más que en su tamaño, la precisión del detalle más que en la acumulación de materiales, la eficiencia del diseño más que en la complejidad formal y la experiencia cotidiana más que en el impacto inicial. Ahí empieza a jugarse una nueva idea de lujo.</p><p>Una buena orientación solar, una envolvente térmica eficiente, carpinterías de calidad, control de asoleamiento, ventilación cruzada, aislación acústica, materiales sanos y automatización útil valen más que una sucesión de objetos caros sin criterio. Este cambio también se refleja en la manera en que se construye. El lujo ostentoso solía apoyarse en la importación constante de materiales y soluciones externas. El lujo inteligente, en cambio, combina materiales nobles y honestos, tecnología aplicada con sentido, sistemas constructivos eficientes y decisiones que optimizan mantenimiento y ciclo de vida.</p><p>En este nuevo escenario, el diseño recupera su lugar central. Cuando se elimina el exceso, lo que queda es la calidad del pensamiento detrás del proyecto. Una buena arquitectura hoy no se reconoce por lo que agrega, sino por lo que decide no hacer.</p><p>Una nueva forma de valor</p><p>Otro cambio clave es la manera en que se percibe el lujo. Antes estaba asociado al objeto terminado. Hoy está ligado a la experiencia. Importa cómo entra la luz, cómo se vinculan los espacios, cómo se vive la casa en el día a día y cómo evoluciona en el tiempo. El prestigio ya no pasa por lo raro o por lo caro, sino por aquello que es difícil de resolver bien: confort real, privacidad, flexibilidad, tecnología que no invada y una relación más madura con el ambiente.</p><p>Este cambio redefine también el valor inmobiliario. Las propiedades que mejor se posicionan ya no son necesariamente las más grandes o las más costosas, sino las mejor pensadas. La NAHB mostró que las viviendas construidas después de 2020 cotizan 19% por encima de las edificadas antes de 2010, en buena parte por mejoras en eficiencia energética, aislación y sistemas más modernos. En otras palabras, el comprador ya no paga sólo metros; paga desempeño.</p><p>Todo indica que esta transformación no es una tendencia pasajera, sino un cambio estructural. El lujo ostentoso no desaparece, pero pierde relevancia. En su lugar emerge un lujo más silencioso, más preciso, más exigente. Un lujo que no se apoya en la demostración, sino en la coherencia. Y en ese nuevo escenario, la arquitectura tiene una oportunidad: dejar de ser un símbolo de estatus para convertirse en una verdadera herramienta de valor.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zVLxtE0n459K19Zv9x6bgsDpJXg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/arquitectura.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Durante mucho tiempo, el lujo en arquitectura fue una cuestión de visibilidad. Metros cuadrados excesivos, materiales importados, gestos formales gran...]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-05-12T16:42:07+00:00</updated>
                <published>2026-05-12T16:41:22+00:00</published>
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            Disciplina de ejecución: la lección que la volatilidad le dejó al management financiero
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                <![CDATA[Julián Sanclemente]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/aZ2hXNP4qvQHSZiuMA54BjXiqhc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/datos.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay una pregunta que me hicieron muchas veces y que, con el tiempo, aprendí a responder con honestidad: ¿Cómo se toman decisiones cuando el contexto cambia más rápido que los datos disponibles? La respuesta corta es que no se puede esperar el dato perfecto. La respuesta larga es lo que quiero desarrollar.</p><p>Operamos el año pasado en seis países de manera simultánea —Argentina, Chile, Uruguay, Perú, Colombia y México— en un período que para el sector financiero regional fue de reordenamiento profundo. Cada mercado tuvo su propia dinámica: distintos ciclos de tasas, distintas velocidades regulatorias, distintos niveles de madurez fintech. Coordinar esa diversidad sin perder foco fue, sin dudas, el desafío de gestión más exigente que enfrentamos como empresa.</p><p>Menos métricas, más convicciónEl primer aprendizaje fue casi contraintuitivo: en entornos volátiles, la tentación es medir más. Agregar dashboards, cruzar variables, esperar confirmación antes de actuar. Pero esa lógica puede paralizar. Lo que aprendimos, y lo que hoy aplico como principio de gestión, es definir pocas métricas realmente clave y confiar en ellas. No porque la incertidumbre desaparezca, sino porque la claridad sobre lo que importa permite ejecutar sin detenerse en cada ruido del camino.</p><p>En un año con tantos cambios, mantener una cultura orientada a datos no significa tener respuesta para todo. Significa saber qué preguntas hacerle a los datos. Hay una diferencia enorme entre un equipo que reacciona a cada novedad con análisis nuevos y uno que tiene un norte claro y ajusta los parámetros sin perder la dirección.</p><p>Hay otro mito que el año 2025 terminó de demoler, al menos para nosotros: que en fintech el volumen es la métrica que más importa. Durante años, el sector habló de crecer rápido como si fuera sinónimo de construir bien. Pero el reordenamiento del año pasado mostró que muchos modelos de crecimiento acelerado tenían fragilidades estructurales que solo se vuelven visibles cuando el viento deja de soplar a favor.</p><p>Crecer con márgenes sanos significa priorizar la rentabilidad estructural por sobre el volumen artificial. Implica no tomar crédito —en el sentido más amplio, incluyendo el capital y la confianza de socios e inversores— para financiar ineficiencias. Implica que cada punto de expansión esté respaldado por procesos que lo sostengan. En un año en que el crédito al sector privado argentino creció cerca del 30% en términos reales pero también vio subir la irregularidad, esa distinción importó mucho.</p><p>Agilidad y escala no son contradictoriosUna de las preguntas más frecuentes que recibo tiene que ver con cómo una empresa puede mantener la velocidad y la cultura de una startup mientras construye las capacidades institucionales necesarias para trabajar con grandes organizaciones, bancos y financieras de escala regional.</p><p>La respuesta que encontramos, es separar bien los planos: innovación y operación core no deberían competir por los mismos recursos ni medirse con los mismos criterios. Procesos sólidos, documentados y replicables en el núcleo del negocio; equipos ágiles, con mandato claro y tolerancia al error en las apuestas nuevas. Cuando esos dos mundos se mezclan sin distinción, el resultado suele ser lo peor de ambos: burocracia lenta en lo urgente, improvisación en lo estructural.</p><p>La ambición sin disciplina de ejecución no construye empresas duraderas. Y eso aplica en particular en industrias como la nuestra, donde la promesa tecnológica puede generar expectativas que los fundamentos no siempre acompañan.</p><p>De cara a este año, la consolidación de nuestra operación regional se apoya exactamente en esos aprendizajes. No se trata de estar en más lugares, sino de estar bien en los lugares donde estamos. Con métricas claras, con modelos que funcionan, con equipos que entienden el negocio local y con la disciplina de no perder de vista los márgenes cuando la oportunidad empuja a acelerar.</p><p>En un sector que todavía tiene enormes brechas por cerrar, la presión por crecer rápido no desaparece. Aparece con otra cara en cada reunión, en cada oportunidad de expansión, en cada conversación con inversores. La diferencia es que hoy sabemos mejor cómo responderle: con foco, con métricas que importan y con la convicción de que construir bien es la única forma de construir duradero.</p><p>El autor es CEO y cofundador de Alprestamo</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/aZ2hXNP4qvQHSZiuMA54BjXiqhc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/datos.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Hay una pregunta que me hicieron muchas veces y que, con el tiempo, aprendí a responder con honestidad: ¿Cómo se toman decisiones cuando el contexto c...]]>
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                <updated>2026-05-12T16:38:59+00:00</updated>
                <published>2026-05-12T16:38:59+00:00</published>
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            La geopolítica como motor de crecimiento
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                <![CDATA[Federico Domínguez]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/hHCaVxr4ZmHUhRPPxzp15QnalzA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/geopolitica.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Javier Milei asumió la presidencia en un momento en que Argentina debía redefinir tanto su modelo económico como su inserción internacional. La economía nacional experimentó profundas transformaciones en los últimos dos años, ubicándose en la antesala de un posible ciclo expansivo de largo plazo, basado en fundamentos sólidos que no se observaban desde finales del siglo XIX.</p><p>El nuevo Gobierno implementó un programa de cinco anclas: fiscal, monetaria, cambiaria, política y geopolítica, orientadas por una corriente cultural emergente -sobre todo entre los jóvenes- que articula la conciencia de que todo gasto estatal se financia mediante impuestos, deuda o inflación.</p><p>Argentina es el único país que llegó a desarrollarse para luego abandonar ese sendero al adoptar el colectivismo de corte corporativista. A diferencia de otros intentos del siglo pasado por romper el ciclo de decadencia, el proceso actual se apoya en bases robustas: superávit fiscal, inversiones canalizadas a través del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), y la desarticulación del esquema corporativista instaurado en los últimos 80 años.</p><p>Cambios recientes</p><p>A fines de 2023, el país enfrentaba una inflación superior al 200% y un déficit fiscal consolidado equivalente al 15% del PBI (5% Nación, 10% en el Banco Central de la República Argentina (BCRA)). Las reservas netas eran negativas, el déficit comercial y energético era persistente y la economía se encontraba en virtual default comercial; el 54% de la población estaba bajo la línea de pobreza, y el sistema de precios -distorsionado por brechas, controles y regulaciones- había colapsado.</p><p>Tras dos años de gestión de Javier Milei, los indicadores exhiben notables mejoras: el PBI alcanzó niveles récord, la inflación bajó al 33%, los precios y las importaciones se liberalizaron, el país recuperó superávit comercial y energético, la pobreza disminuyó al 28%, el gasto público fue ajustado en un tercio hasta lograr el equilibrio fiscal, se eliminaron impuestos, la deuda pública consolidada bajó, y las reservas del BCRA comienzan a repuntar.</p><p>Todo esto se logró sin afectar los derechos de propiedad, a diferencia de lo registrado durante la expansión económica inicial de la convertibilidad y la poscrisis de 2002.</p><p>Nuevas relaciones internacionales</p><p>En un escenario internacional signado por las mayores tensiones geopolíticas desde la Guerra Fría, Argentina avanzó en su posicionamiento como proveedor principal de alimentos, hidrocarburos y minerales estratégicos para el mundo, y logró distanciarse de focos regionales de conflicto.</p><p>La llegada de Milei marcó el retorno a una economía de mercado y, en simultáneo, el inicio de un cambio drástico de la política exterior argentina. El apoyo expreso del presidente argentino a Donald Trump precedió el renacimiento de la relación bilateral y un firme respaldo estadounidense, que se materializó en año electoral bajo el compromiso: “Whatever it takes to support Argentina”. Esto se tradujo en un swap por USD 20.000 millones, que logró frenar la corrida cambiaria previa a la elección.</p><p>Sumado a esto, Argentina concretó acuerdos comerciales y de inversión, reafirmando su intención de ocupar un papel principal como aliado y socio de Occidente. El quiebre con el eje anterior fue evidente: en 2005, el presidente Néstor Kirchner rechazó públicamente el “ALCArajo”, cerrando al país al comercio internacional y alejándolo de los aliados históricos.</p><p>Ya en 2012 y 2013, las relaciones exteriores se volcaron a negociar con Venezuela, Angola e Irán, y en años recientes se buscaron vacunas en Cuba y se ofreció a Rusia una vía de apertura a Latinoamérica previo a la invasión de Ucrania.</p><p>Con Milei, Argentina restauró rápidamente los vínculos con sus aliados tradicionales, firmó acuerdos comerciales con Estados Unidos y Europa, activó inversiones millonarias en el marco del RIGI y recibió asistencia financiera de Organismos Multilaterales y financiamiento directo estadounidense.</p><p>La alianza renovada con Occidente consolidó el papel destacado del país en la seguridad energética, alimentaria y de minerales estratégicos, con la estabilidad macroeconómica y el RIGI impulsando el salto exportador, respaldado por la coyuntura geopolítica global.</p><p>Impacto de la gestión en los indicadores macroeconómicos</p><p>El tipo de cambio continúa bajo presión a la baja, con el BCRA interviniendo para mantenerlo cerca de $1.350 y acumulando compras superiores a USD 6.000 millones en lo que va del año. La volatilidad del mercado cambiario es mínima y las perspectivas siguen estables: el superávit fiscal, el auge exportador, el ingreso de divisas impulsado por el RIGI y la decisión política de capitalización del BCRA contribuyen al escenario favorable.</p><p>De acuerdo con el programa monetario oficial, este año el BCRA planea adquirir entre 10.000 y 17.000 millones de dólares, con margen para hacerlo sin generar presiones inflacionarias, ya que los pesos emitidos se absorben vía superávit fiscal, deuda en moneda local o mayor demanda de dinero.</p><p>En paralelo, el BCRA ha reducido de manera importante las tasas de interés: la Tasa de referencia descendió al 22% nominal anual, desde el 38% a comienzos del año. Según el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central, para 2026 se proyecta un crecimiento superior al 3% en el PBI, luego de un alza del 4,4% en 2023. Se trata del primer bienio de crecimiento consecutivo desde 2011, descontando el rebote poscuarentena.</p><p>El crecimiento actual se apoya en la recuperación de la demanda de dinero, evidenciada por la baja del dólar, las tasas y el riesgo país, factores que resultan en una mejora del nivel de actividad. Se espera que las exportaciones alcancen USD 100.000 millones este año, impulsadas por cosechas récord y producción petrolera en máximos históricos, a lo que se suma el efecto de los altos precios internacionales en un contexto de crisis en Medio Oriente.</p><p>Históricamente, el agro fue el único motor exportador relevante del país, pero el auge de los hidrocarburos y la minería proyecta que, para 2033, ambos sectores podrían generar superávits por USD 65.000 millones, cifra equiparable al desempeño tradicional del campo.</p><p>Los proyectos presentados en el marco del RIGI superan los USD 97.000 millones, de los cuales ya se aprobaron más de USD 27.000 millones, principalmente en el sector energético. A esto se suma la reciente modificación de la Ley de Glaciares, aprobada por el poder legislativo nacional, que permite destrabar inversiones en minería por más de USD 40.000 millones.</p><p>Perspectivas económicas y desafíos</p><p>El principal reto para el resto del mandato de Javier Milei radica en dos frentes: reducir la inflación mensual por debajo del 1% y alcanzar un riesgo país inferior a los 400 puntos básicos.</p><p>Ambos objetivos son clave para fortalecer la demanda de dinero y permitir una baja sostenida en las tasas de interés que incentive la expansión del crédito. Las condiciones monetarias actuales, con un rezago monetario que tiende a corregirse tras la fuerte caída en la demanda de dinero durante el período electoral de 2025, refuerzan las perspectivas de lograr la meta inflacionaria.</p><p>Por el lado del índice de riesgo país, el resultado de las próximas elecciones será determinante. Argentina todavía paga una prima que responde a su historial crediticio, más que a los fundamentos macroeconómicos presentes. Sin embargo, la menor oferta de bonos en el mercado, consecuencia del equilibrio fiscal y de las compras de dólares por parte del BCRA, coadyuva a la reducción del índice de riesgo país.</p><p>La deuda neta del Estado, descontando tenencias intra-sector público, representa el 43% del PBI y los vencimientos en moneda extranjera con privados no superan el 2% del PBI al año. Aunque el volumen no es elevado, el desafío es atenderlos sin emitir deuda internacional. El Gobierno buscará afrontarlos mediante superávit fiscal y externo, compras de dólares, colocaciones en el mercado local, Organismos Multilaterales, repos y privatizaciones, acelerando también así la disminución del índice de riesgo país.</p><p>En el plano fiscal, si continúan el crecimiento económico y las políticas de reducción del gasto (la denominada “motosierra”), el Ejecutivo tendría espacio para seguir bajando y eliminando impuestos -en especial, las retenciones-, otorgando así un impulso adicional al campo y las economías regionales.</p><p>El turno electoral de 2027 será determinante, en un contexto donde el oficialismo ostenta los logros económicos y la oposición se muestra fragmentada ante el peso del fracaso inflacionario reciente.</p><p>Con la convalidación política del superávit fiscal en las urnas, Argentina entraría en una etapa muy sólida de crecimiento, quebrando casi un siglo de decadencia.</p><p>El autor es Economista</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-05-12T16:32:42+00:00</updated>
                <published>2026-05-12T16:30:31+00:00</published>
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            El lujo de la normalidad
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/3kr_yQEAksrtl6am8sxWc9EIc6o=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/el_lujo_de_la_normalidad.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>“En las entrañas del mundo normal, soleado, entre sus rutinas y semáforos, entre las risas, los festejos y las fotos, unos pocos sufren. Sufren en silencio, camuflados en un sistema que funciona. Combaten infiernos sin esa privilegiada noción del tiempo. No pueden permitirse el lujo de ordenar semanas, igual de inciertas que la hora próxima. Este plano de la vida normal, la gente normal, el frívolo apuro avasallador, rodea e ignora a esa diminuta masa insignificante que está justo a su izquierda, prendiéndose fuego, ardiendo desde las llamas, condenada a observar un mundo ideal que está justo ahí, tras las rejas de una realidad propia e infranqueable. Atados de pies y de manos, oliendo, saboreando una felicidad ajena a una distancia irreductible y, sin embargo, insalvable. Para quien los oye, créame, basta con un par de personas sufriendo en silencio para convertir todo este mundo en uno triste, sin festejo que no sepa a traición ni opulenta calma. Que sepan que los oí, que el mundo no siguió adelante derrochando alegría con ellos al costado. O tal vez sí, los felices siguieron de largo, pero yo me bajé acá a sufrir con ellos”.</p><p>Escribí esas líneas en la puerta de un hospital, en la madrugada de un viernes dantesco, día en el que comprendí que la normalidad está siempre a un paso de convertirse en calvario. Usted, afinado lector, tendrá claro que mi vida personal importa poco en este texto, que no me pertenece y lejos está de ser mi hijo. Sin embargo, menciono esto porque fue aquel y no otro el instante en el que descubrí otro mundo dentro del mundo. Una dimensión paralela donde el tiempo no existe y todo lo conocido pasa a un segundo plano. Uno que mi afortunada vida de altibajos adolescentes desconocía por completo. Solo al verme en ese abismo pude girar la cabeza y distinguir a las demás personas viviendo ahí.&nbsp;</p><p>Éramos varios los que flotábamos suspendidos en la puerta del hospital. Caras blancas con miradas perdidas en la vereda de enfrente, perplejas, como si observaran al mundo derrumbarse sobre ellas. El vapor blanco de las respiraciones salía al aire helado de junio, cuando el sol apenas empezaba a asomarse. Una mujer estaba vestida de musculosa y pantalones cortos, como si alguna tragedia la hubiera abducido en pleno entrenamiento y se la hubiera llevado sin tiempo de agarrar un abrigo. Nuestras rutinas habían sido pausadas y olvidadas por completo. La calle parecía estar ahí, a unos metros, pero nos separaban miles y miles de kilómetros de aquella realidad. La gente y los autos pasaban apurados, hablaban por teléfonos, algunos reían y otros llevaban a sus hijos al colegio. Para nosotros eran extraterrestres. Un paredón de acrílico nos separaba del resto de la ciudad, de los horarios, del olor a comida, del trabajo y los compromisos.&nbsp;</p><p>En el mundo de los que sufren sólo hay vigilia, silencio y desasosiego. Un día abandoné ese mundo y regresé a la vida normal. Me inserté de nuevo en la agenda, volví a preocuparme por nimiedades como bañarme, no llegar tarde o aprobar exámenes. Uno se acostumbra rápido a la normalidad. Pero desde aquellas noches, siempre que paso por el hospital miro para adentro y pienso que todas las horas de mi vida son, para alguien, la hora más terrible.&nbsp;</p><p>Usted cruza a estas personas en todos lados. No están sólo en la puerta del hospital. Sus cuerpos también andan por la calle, en los colectivos o atrás del mostrador. Sus almas, en cambio, están todas juntas en una gran sala de espera invisible. Por eso usted los verá pasar por al lado como si nada, con el movimiento mecánico de la carne, con la máscara de ciudadano ordinario y las respuestas automáticas; no obstante, esas personas no están ahí realmente. Deambulan por la misma ciudad que nosotros, pero su gravedad empuja el doble. Se cruzan con el bullicio de un bar y piensan cómo pueden existir los bares, las risas o pasan frente a una librería y se preguntan por qué la gente lee libros en este mundo roto; y son personas que han reído en bares y han leído libros pero ya no lo recuerdan, ya no son las mismas ni es el mismo mundo. Están detenidas mientras alrededor todo sigue su curso, la gente se enamora, las familias salen a comer, los jóvenes viajan o salen de fiesta y lloran por películas o por FOMO y registran en redes su existencia e ignoran por completo que basta un sólo llamado de teléfono para que todo se evapore y deje de importar. Usted puede pensar esas preocupaciones triviales como un verdadero lujo: es la ausencia de tragedia.&nbsp;</p><p>Sabemos que cualquier fecha puede ser el día en que la mano negra de la desgracia decida tocar la puerta, pero elegimos creer que eso les pasa a otros. Evitamos mirar hacia ese lado porque nos recuerda a la propia fragilidad de nuestra rutina, a nuestro propio sufrimiento inminente. La normalidad es el pacto de silencio que firmamos para no volvernos locos y maquillar lo impredecible del destino. Por eso damos por hecho las cosas más importantes y nos permitimos posponer momentos y hacer planes a futuro. No podemos detenernos en la desgracia ajena, porque entrar en ese plano implica hacerla propia; y ya en algún momento nos llegará la nuestra. En el fondo todos tenemos claro eso. Es curioso que esa certeza reprimida no elija manifestarse en empatía y gratitud por el presente, que sería lógico, y terminemos en cambio ansiosos y apurados por el mal presentimiento. Sospecho que existe un cambio de perspectiva.&nbsp;</p><p>Si usted desglosa su normalidad en diez pilares fundamentales, tener salud, un techo, alguien que lo espere, la libertad de aburrirse, de planificar, de almorzar; descubrirá que lo que llamamos vida cotidiana es en realidad un conglomerado de milagros. Estar del lado soleado del acrílico no es un mérito, sino una tregua del destino. Por eso, agradecer no es un acto de optimismo, sino una forma de lucidez. Significa reconocer que, al menos por hoy, no es uno quien se quema a la izquierda de todos. Puede tomarse un momento para celebrarlo.&nbsp;</p><p>A su vez, no olvidar en el apuro que muchas de las caras que nos cruzamos ahí afuera están peleando una guerra que desconocemos. Concebir la lucha del otro no nos quema, nos humaniza. La empatía no es sentir lástima por esa diminuta masa insignificante que arde allá lejos, sino entender que, en este mundo roto que compartimos, justo entre nosotros, muchos sufren en silencio por heridas que pasan inadvertidas a simple vista.&nbsp;</p><p>Mañana, cuando suene la alarma y la rutina parezca problemática, recuerde todos los infiernos en los que podría haber despertado. Abrace el lujo de la normalidad y la fortuna de lo que no está ocurriendo. Quizás algún día estos quehaceres sean nuestro mayor anhelo.</p><p>Es valiosa la visión de los heridos, la capacidad de ver a través de los carteles de la felicidad obligatoria y descubrir que no todos podemos tenerla, que a algunos les ha sido negada y la suerte les da la espalda. Ese otro también es el mundo real, y ciertas cicatrices son un mapa que permite reconocer a otros compañeros de trinchera.&nbsp;</p><p>Si en cambio es usted quien hoy habita ese plano, sepa que su incendio no es invisible. Mientras la ciudad sigue de largo, derrochando alegría, algunos nos bajamos a esperarlo. No tengo un consuelo que ofrecerle porque sé que el lenguaje de los que están bien no se traduce al idioma de los que arden, pero al menos alguien comparte su vigilia. Jugaré un rato con esta felicidad y después se la prestaré a usted; y usted a alguien más. Habrá largas tardes en las que tendremos que sentarnos al margen y ver al resto divertirse. Alguna vez seremos nosotros quienes necesitemos de un extraño que nos reconozca en medio del caos. De algún testigo que nos dé un abrazo. De algunos ojos que nos vean.</p><p>Por ahora intentaré disfrutar este privilegio cotidiano, con el orgullo del que ostenta un tesoro, con la culpa de quien come delante de los que tienen hambre. En cualquier momento el azar volverá a mezclar las cartas, y seguirá siendo este hermoso y frágil presente nuestra única posesión. Por eso, no deje que el domingo se le escurra como un trámite; apriételo contra el pecho y festeje que ha ganado un sorteo silencioso. Sepa usted que pase lo que pase, la vida es sabia y conoce el camino, y en todos sus rincones vale la pena vivirla. Arrímese, ¡Brindemos! Que para todos hay una copa y un motivo.&nbsp;</p>]]>
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                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                <updated>2026-05-10T13:10:05+00:00</updated>
                <published>2026-05-10T04:00:00+00:00</published>
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            Keynes: el padre intelectual de la estanflación
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                <![CDATA[Ramiro Castiñeira]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zTprBRUD06vdMKhWdbGZ7FRn8pI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/john_maynard_keynes.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Tras la publicación de “La Teoría General…” en 1936, John Maynard Keynes logró una notable influencia en la política económica en todo el mundo. Sin embargo, esa moda solo duró unas décadas: los países desarrollados abandonaron sus ideas hacia la década de 1980, cuando la inflación ya se había disparado y el mundo entró en recesión al madurar sus recomendaciones.</p><p>Para la década de 1980 el mundo desarrollado volvía al liberalismo de la mano de Milton Friedman, experto en advertir de todas las falencias teóricas de Keynes. Milton Friedman continuó la batalla cultural a nivel mundial contra Keynes, para recuperar el crecimiento y matar la inflación. La batalla que Friedrich Hayek no logró ganar, la ganó Milton.</p><p>Los países emergentes también comenzaron a soltar a Keynes más adelante. Principalmente en la década de los noventa, muchos de ellos también escapando de una hiperinflación galopante con estancamiento económico crónico.</p><p>Keynes es el padre intelectual de la “estanflación”. El exceso de gasto público que Keynes recomendaba “para estimular” la demanda, era en desmedro del ahorro y por tanto de la inversión. Una economía sin inversión deja de crecer. Pero sus propuestas también disparaban el déficit fiscal, que en la práctica se terminaba financiando con emisión monetaria.</p><p>El resultado de aplicar las ideas de Keynes siempre terminó en recesión por falta de inversión y con un desborde de gasto público que se financiaba con inflación. En definitiva, Keynes con sus recomendaciones generaba el resultado opuesto al que pregonaba: estanflación.</p><p>Argentina, como muchos países emergentes, también comenzó a abandonar las ideas de Keynes en la década de los 90. Pero el Kirchnerismo volvió con desesperación al keynesianismo en la década de los 2000. La consecuencia, Argentina volvió a la hiperestanflación: gasto público desbordante, 15 años sin crecimiento económico y una inflación que sumó tres ceros a su moneda.</p><p>Neo-keynesianos y post-keynesianos</p><p>El inocultable fracaso de las ideas de Keynes fue tan brutal, que sus mismos fanáticos lo reconocieron e intentaron salvar su obra.</p><p>Los “neokeynesianos” quisieron reparar los errores de Keynes, mezclando su obra con ideas de la escuela neoclásica. Es decir, para salvar a Keynes hicieron un híbrido que no es ni una cosa ni la otra. Peor, para intentar salvar a Keynes desdicen al mismo Keynes. Los propios neokeynesianos deshacen los pilares de la obra de Keynes, para volver a la escuela neoclásica. Como todo híbrido no logra descendencia y muere en el experimento.</p><p>Después tenemos los talibanes de Keynes: los post-keynesianos. Teóricos que retrucan y potencian todos los errores de Keynes. Ejemplo: a los post-keynesianos no les alcanza el forzado argumento del “multiplicador”, por lo que inventan el “super-multiplicador”.</p><p>No está de más recordar que el Kirchnerismo tuvo varios ministros de economía de la rama talibán del keynesianismo. Por algo terminaron con gasto público récord y una hiper.</p><p>Los keynesianos latinos</p><p>Los keynesianos latinos fueron otros engendros que emergieron de las obras de Keynes. Los estructuralistas y los desarrollistas, son adaptaciones latinas de Keynes y Marx. Simplemente tampoco creen en el libre mercado y justifican la planificación económica desde los escritorios del Estado.</p><p>En la adaptación latina, los estructuralistas mostraron un notable complejo de inferioridad: ellos mismos se autoproclaman “periferia”. Es una peculiar escuela económica latina que llega a comparar el aumento de las exportaciones con una enfermedad.</p><p>Por su parte, los desarrollistas latinos, con pinceladas marxistas explícitas, emanan la típica arrogancia del burócrata que se cree con la capacidad para dirigir con éxito la vida de millones de personas, sin nunca preguntarse por qué no logró progresar en su propia vida. Se ponen a elegir ganadores y perdedores haciendo abuso de poder, repartiendo prebendas bajo el eufemismo de “política industrial”.</p><p>Estas escuelas que adaptaban a Keynes y Marx en su versión latina, tampoco lograron el desarrollo económico que pregonaban. Conceptos que jamás salieron de las fronteras de Sudamérica, finalmente hoy son otra lengua muerta perdida en el inmenso Amazonas. “Restricción externa”, “fuga de capitales” o “sustitución de importaciones”, son algunos jeroglíficos sudamericanos que el resto del mundo nunca conoció.</p><p>Keynes fue un error</p><p>Decir que Keynes fue un error no tiene nada de peyorativo. La ciencia económica, como toda ciencia, avanza a prueba y error. Pero el error hay que reconocerlo para no repetirlo, ahí está el aporte a la ciencia.</p><p>Ejemplo, reconocer el error de la “teoría objetiva del valor”, permitió un salto cualitativo a la “teoría subjetiva del valor”. El impacto en la ciencia económica fue tan grande, que puso en evidencia errores conceptuales de la escuela clásica, dando inicio a la escuela neoclásica. Por supuesto que muchos de los aportes a la ciencia económica de los clásicos perduran e incluso se mejoraron con la escuela neoclásica. Adam Smith siempre será el padre de la ciencia económica.</p><p>Pero Marx y Keynes fueron los mayores errores en la ciencia económica. No se salva nada de sus obras cumbre, salvo el error. La humanidad ya padeció de sus errores y ahora sobre sus obras se advierte: “peligro, estas ideas parten de premisas falsas. Su aplicación genera muerte, inflación y estancamiento económico. Se recomienda discreción”.</p><p>Si las premisas son falsas, colapsa todo el paradigma. Marx nunca se enteró que no existe la teoría objetiva del valor. Keynes estaba convencido de que no aplica la “ley de Say”.</p><p>Muchos intentan salvar a Keynes diciendo que su obra se entiende en el contexto de la crisis del 30. Ignorando magistralmente que el propio Keynes llamó a su libro “Teoría general…”. Título con una pedantería y arrogancia que pocos en la humanidad se animaron.</p><p>Entender el error de Adam Smith (teoría objetiva del valor) permitió a la ciencia económica avanzar. Lo mismo pasa con Marx y Keynes, pero con toda su obra. Son solo un error en la historia. Reconocerlo es un avance para la ciencia económica. Soltar.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/zTprBRUD06vdMKhWdbGZ7FRn8pI=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/john_maynard_keynes.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Tras la publicación de “La Teoría General…” en 1936, John Maynard Keynes logró una notable influencia en la política económica en todo el mundo. Sin e...]]>
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                <updated>2026-05-05T17:14:04+00:00</updated>
                <published>2026-05-05T17:13:47+00:00</published>
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            La escuela frente a la violencia: reacción sin transformación
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                <![CDATA[Marina Kienast]]>
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Y cuando la política pública se enfoca en el síntoma, siempre llega tarde.</p><p>En la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires llevamos adelante una reunión informativa en la que participaron funcionarios, especialistas, docentes, estudiantes y organizaciones de la sociedad civil para analizar esta problemática. Fue un espacio valioso y necesario. Pero también dejó en evidencia un problema de fondo: no hay un diagnóstico común y predominan respuestas centradas en la urgencia. Protocolos, intervención policial, denuncias, regulación de plataformas. Mucho protocolo. Poca transformación. Lo que sí quedó claro es que el problema no es de recursos. Es de enfoque.</p><p>El primer error es conceptual: no todo lo que ocurre dentro de una escuela es violencia escolar. La vulnerabilidad de los jóvenes es el origen de muchos de estos delitos; la escuela termina siendo el escenario. Confundir esto lleva a respuestas equivocadas. El segundo error es no distinguir entre una transgresión y un delito. El bullying, la falta de respeto pueden reflejar un mal clima escolar. Pero los delitos graves responden a dinámicas más profundas. Sin diagnóstico, no hay política efectiva.</p><p>En ese contexto, suelen emerger soluciones rápidas, como regular redes sociales, que difícilmente abordan el problema de fondo: los chicos siempre van a ir más rápido que la ley. Apostar exclusivamente a esa vía resulta insuficiente. Algo similar ocurre con la Ley N° 6774 de la Ciudad de Buenos Aires: no alcanza con sumar contenidos socioemocionales ni mezclar salud mental con educación. Son problemas distintos que requieren abordajes diferentes. Cuando esa diferencia se diluye, la ley deja de ser una herramienta y pasa a ser un gesto. Y los gestos, sin recursos ni implementación, terminan trasladando a la escuela problemas que la sociedad todavía no resolvió.</p><p>Estamos buscando en los adolescentes el origen de un problema que empieza mucho antes. Los adolescentes buscan validación externa, el reconocimientos de los demás. Y cuando no la encuentran, aparece la frustración y, muchas veces, la violencia. Las redes amplifican ese fenómeno, pero no lo explican. Lo que hay detrás es más profundo: falta de identidad, de propósito, de proyecto de vida. Y ahí la escuela puede intervenir: no para resolver todo, pero sí para fortalecer a los chicos frente a esa vulnerabilidad.</p><p>Si las personas no crecen con herramientas para conocerse, descubrir qué les interesa y hacia dónde quieren ir, deja un vacío que después es difícil de llenar. Por eso, la respuesta no puede empezar cuando el problema ya explotó: tiene que empezar antes. Formar desde los primeros años chicos que desarrollen una identidad propia y puedan construir su propio proyecto de vida no elimina estos problemas -porque son parte de la adolescencia-, pero sí puede mitigarlos de manera significativa. Esa es la discusión de fondo: no cómo reaccionamos mejor, sino cómo prevenimos mejor.</p><p>En esa línea, empieza a consolidarse también una mirada desde el plano nacional que pone el foco en el desarrollo del capital humano desde la primera infancia. Entender que la prevención empieza antes -en la construcción de capacidades, en el acompañamiento temprano y en una educación que forme personas- no es solo un enfoque social: es una estrategia estructural.Y esa prevención empieza en los primeros años: con una educación que trabaje el autoconocimiento, la autonomía y el proyecto de vida. Una educación que deje de tratar a todos los chicos como iguales, sin valorar sus individualidades y diferencias, y empiece a formar individuos. Porque un chico que sabe quién es, es menos vulnerable.</p><p>Hoy reaccionamos, pero no prevenimos. Si no cambiamos la educación desde la base, vamos a seguir llegando tarde.</p><p>Por eso, desde La Libertad Avanza insistimos en una transformación estructural del sistema: fortalecer los equipos de orientación escolar y la formación docente, entendiendo -como muestra la evidencia- que la intervención adulta sostenida es la que genera impactos reales.</p><p>También hay una pérdida de autoridad que no podemos ignorar. Sin reglas claras no hay orden, y sin responsabilidad tampoco. Frente a conductas violentas, tiene que haber compromiso obligatorio de las familias, con seguimiento, acuerdos claros y consecuencias si no hay acompañamiento.</p><p>Porque la educación no es solo del Estado.</p><p>El sistema educativo tiene que ser parte, junto con las familias, de la formación de personas libres, con sentido y proyecto de vida. Sin eso, no hay política pública que alcance. Sin educación, no hay libertad.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fIs3zsbvk9qTk2IP7cxc9a9bTEg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/operativo_amenazas_escuela.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Cuando la respuesta a la violencia son protocolos diseñados desde estructuras alejadas de la realidad, actuamos como quien seca el piso mientras la ca...]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-05-05T17:35:06+00:00</updated>
                <published>2026-05-05T17:09:39+00:00</published>
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            Cuando la tecnología pone en valor los programas de gobierno
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        <author>
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                <![CDATA[Alejandro Tullio]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/1K5pyFeTC5aYUpWzPKGmszCUtwE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/candidatos.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay iniciativas que merecen ser observadas más allá de su contexto inmediato, porque encarnan una idea que excede las fronteras donde nacen. Candidateados, la plataforma desarrollada por la Fundación Colombia 2050 para las elecciones presidenciales colombianas de 2026, es una de ellas. En primer lugar, llamó mi atención el juego de palabras entre candidatos y datos, y una gráfica que lo destaca. La recorrí con detenimiento y me encontré ante una herramienta que, con aparente sencillez técnica, interpela una de las tensiones más profundas de la democracia contemporánea: la brecha entre lo que los candidatos proponen y lo que los ciudadanos efectivamente conocen de esas propuestas.</p><p>En mis más de veinticinco años de trabajo en administración y reforma electoral —y habiendo participado en más de setenta procesos electorales— he observado una constante: la existencia de programas de gobierno no garantiza su circulación efectiva. Los documentos programáticos suelen quedar confinados a los sitios web de las campañas, redactados en lenguaje técnico, de largo aliento y sin jerarquización temática. Son, en la práctica, textos para iniciados. La ciudadanía en general no los lee, no los compara y, en consecuencia, no puede utilizarlos como insumo real para su decisión electoral.</p><p>La plataforma y su lógica democrática</p><p>Candidateados resuelve ese problema con una arquitectura elegante. La plataforma organiza las propuestas de los trece precandidatos presidenciales en seis categorías temáticas definidas —no por los propios candidatos, sino a partir de una encuesta ciudadana elaborada por el Instituto de Ciencia Política—, y ofrece tres niveles de profundidad al usuario: información rápida, detallada y completa. El ciudadano elige hasta dónde quiere llegar. Esa gradación no es un detalle menor: es una decisión de diseño que reconoce la heterogeneidad del electorado y respeta la diversidad de sus capacidades y tiempos.</p><p>Además, la herramienta permite comparar posiciones entre múltiples candidatos por sector temático en un formato conversacional, lo que facilita la identificación de convergencias y divergencias programáticas. Esto es exactamente lo que la ciencia política denomina voto programático: aquella modalidad de decisión electoral en la que el ciudadano elige en función del contenido de las propuestas y no únicamente por adhesión identitaria, lealtad partidaria o respuesta emotiva a la figura del candidato. Una democracia que amplía las condiciones para ese tipo de voto es, estructuralmente, más sólida.</p><p>La tecnología como traductor político</p><p>Lo más relevante de Candidateados no es que digitalice la información electoral —eso ya lo hacen docenas de sitios—, sino que la traduce. Toma los programas de gobierno —documentos extensos, áridos, pensados para cumplir un requisito legal o comunicacional— y los convierte en un objeto de consulta ciudadana real. En ese proceso de traducción reside su mayor valor político: pone en circulación lo que ya existía, pero permanecía inaccesible.</p><p>Este enfoque invierte la lógica habitual de la comunicación de campaña. En lugar de que el mensaje llegue del candidato al ciudadano —filtrado por la publicidad, el marketing político y los algoritmos de las redes sociales—, la plataforma coloca al ciudadano en el centro: él navega, compara, profundiza y concluye. Es, en términos del derecho electoral, una herramienta que fortalece el consentimiento informado del elector, ese principio que subyace a cualquier concepción sustantiva —y no meramente procedimental— de la democracia.</p><p>Transparencia e independencia: los cimientos de la credibilidad</p><p>No menor es el modelo de gobernanza del proyecto. La plataforma se financia exclusivamente con apoyo de organizaciones internacionales comprometidas con el fortalecimiento democrático —entre ellas la European Partnership for Democracy y la Delegación de la Unión Europea en Colombia— y declara expresamente que ninguna campaña electoral la ha financiado ni la financiará. Las fuentes de información son únicamente las oficiales de las propias campañas: programas de gobierno y páginas web, sin entrevistas ni interpretaciones externas.</p><p>Esta combinación —financiamiento independiente y fuentes primarias verificables— es la condición de posibilidad de su credibilidad. Una herramienta de información electoral que no pueda demostrar su neutralidad respecto a los actores en competencia es, en el mejor de los casos, un actor más de la campaña. Candidateados ha resuelto ese problema con solvencia institucional.</p><p>Esta iniciativa que llega a nuestras manos representa la quinta generación de un proyecto progresivo que, desde la máxima austeridad, comenzará a buscar la forma de poner en manos de los ciudadanos las propuestas concretas de los candidatos alrededor del 2020.</p><p>Una referencia para la región</p><p>América Latina atraviesa un momento de vulnerabilidad democrática. La desinformación, la personalización extrema de la política y el debilitamiento de los partidos como organizaciones con vida programática propia erosionan la calidad del debate electoral. En ese contexto, iniciativas como Candidateados no son un lujo ni un complemento: son parte de la infraestructura cívica que toda democracia necesita sostener.</p><p>Desde mi perspectiva, esta experiencia merece ser estudiada, replicada y, cuando corresponda, adaptada a otras realidades institucionales de la región. No porque sea perfecta —toda arquitectura informativa tiene oportunidades de mejora y merece un escrutinio metodológico permanente—, sino porque señala una dirección correcta: la de la democracia que se apoya en sus propias instituciones para educar, informar y empoderar a quienes, en definitiva, son sus verdaderos titulares.</p><p>Los programas de gobierno siempre existieron. Lo que faltaba era el puente que los llevara al ciudadano. Candidateados demuestra que esa arquitectura es posible, que la tecnología puede ser ese puente —y que cuando lo es, la democracia gana.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/1K5pyFeTC5aYUpWzPKGmszCUtwE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/candidatos.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Hay iniciativas que merecen ser observadas más allá de su contexto inmediato, porque encarnan una idea que excede las fronteras donde nacen. Candidate...]]>
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                <updated>2026-05-05T17:35:06+00:00</updated>
                <published>2026-05-05T17:06:15+00:00</published>
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            La rentabilidad de los sueños
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/MN5xXHwL6qeJEFpTkpJZR-uNfgU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/suenos.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>i usted le pregunta a un niño qué quiere ser de grande, podrá vislumbrar en el brillo de sus ojos el reflejo de mundos fascinantes y desconocidos. Verá en esas pequeñas pupilas el destello de galaxias azules, palacios enormes y tesoros enterrados. Son planetas lejanos, universos perdidos dónde aún no se han inventado los alquileres, ni las cuentas, ni los fracasados. Es el mundo dibujado en el afiche del salón, donde todas las personas tienen la misma sonrisa y unen sus manos para darle la vuelta al globo. Ese mundo lo dibujó Paula, la seño de arte. Los chicos le dicen que cuando sean adultos, como ella, van a poder hacer lo que siempre quisieron. Que aprenderán a tocar la guitarra, a escribir canciones y pintar cuadros. Que serán grandes inventores, deportistas, veterinarios, magos y bomberos.</p><p>Paula vuelve de la escuela en colectivo, con los ojos fijos en la calculadora del celular. Las matemáticas nunca fueron su fuerte, pero nadie escapa de los números. Escribe con timidez el valor de su sueldo y le resta los gastos fijos de existir. La cuenta da en negativo. Cierra la calculadora y abre Marketplace, donde tiene en venta su micrófono desde hace más de una semana. No hay mensajes nuevos. Rebaja el precio al mínimo posible, nada más y nada menos que lo necesario para llegar a fin de mes. Bloquea el celular y mira por la ventana. Aquel no es el mundo que ella dibujó.</p>13:08TítContenido<p>Los niños no sueñan, ellos habitan aquel espacio mágico donde todo es posible. Somos los adultos quienes conservamos sólo un leve residuo onírico de aquellos campos de ideas extravagantes. Hemos sido expulsados del edén, y destinamos toda nuestra energía a sobrevivir en este desierto materialista. Anhelamos la estabilidad económica porque necesitamos comer todos los días y dormir bajo un techo; y ambas cosas están muy lejos de ser gratis. Pero confundimos estabilidad con éxito. La realidad es que ese éxito es, muchas veces, el nombre que le ponemos a una renuncia bien pagada. El sistema nos obliga a justificar nuestra existencia a través del rendimiento y la productividad. Nos pide que dejemos nuestros sueños más profundos en un baúl hasta olvidarlos, o hasta sentirlos tan ajenos que parezcan los delirios de un niño inocente. Quizás en algún momento de la vida, cuando todo lo “importante” se haya resuelto, podremos ascenderlos al título de hobbie, y dedicarles algunas horas a la semana. En otras palabras, ponemos una lápida de mármol sobre algo que solía estar vivo para poder visitarlo en nuestros tiempos libres, si es que la rutina nos da permiso. Usted verá que, al final del día, habremos construido una casa perfecta, eficiente y bien iluminada, pero sin rastros de magia.</p><p>Nos enseñaron a volvernos expertos en la higiene del instinto; desinfectamos la vida de cualquier dejo de asombro infantil hasta que solo queda la cruda y aséptica realidad. Con la precisión de un cirujano que extirpa un órgano, vamos amputando de nuestra agenda cualquier gesto que no produzca un resultado material. De esta manera, separamos nuestras pasiones de nuestras obligaciones y las ubicamos bien lejos entre sí, para no mezclarlas. La rutina se convierte en una constante espera bajo la promesa de que llegará un momento más adecuado para retomar aquellas fantasías. Un momento utópico al final del camino, donde habrá más tiempo, más dinero y más ganas para afrontar el gasto de perseguir nuestros sueños. Así, morimos esperando.</p><p>Afortunadamente, algunas personas han comenzado a sospechar que los sueños no son algo que debe perseguirse, sino una parte constitutiva de lo que somos. Intuyen que aquellos no son sólo proyectos inalcanzables, volando lejos, como pájaros exóticos que deben ser avistados. En cambio, son los materiales que componen la brújula del alma. Mejor aún, algunos han demostrado que también pueden encarnarse en oficios. Entonces ya no es una o la otra: trabajar o soñar. Ahora quizás exista la posibilidad de que ambas puedan integrarse dentro de los mismos planes. Sus corazones no entienden cuál será el sentido de vivir posponiendo los proyectos que motivan cada uno de sus latidos. No encuentran ninguna renta en liquidar lo que uno es para poder pagar lo que uno debe ser. Desconfían de soportar un trabajo para poder costear pequeñas migajas de disfrute. Han descubierto que cuando las obligaciones y el propósito coinciden en la misma rutina, y en el mismo esfuerzo, la felicidad deja de ser un gasto para convertirse en un capital. Un capital inmaterial, invaluable e innegociable. Los sueños, entonces, son una gran inversión.</p><p>De todos modos, usted sabe que nadie se salva de pagar las cuentas. Habitar los sueños brinda capital emocional, pero no siempre es la opción que más dinero produce. Aquellos obnubilados por sus sueños buscan formas de ganar los fondos necesarios para cubrir los gastos y materializar sus visiones. Por supuesto que tienen miedo, de eso no tenga dudas. La diferencia es que estas personas no han resignado sus sueños para hacer más dinero y tener así menos miedo, sino que buscan la manera de conseguir el dinero suficiente para poder seguir viviendo su sueño.</p><p>Además, algunos enfrentan la tiranía de la opción perfecta. Se resisten a resignar sus ilusiones y entregarse a la mediocridad de cumplir, pero se debaten entre una infinidad de caminos posibles y la incertidumbre los abruma. Han elegido escuchar lo que dice su corazón, pero para seguirlo deben traducir esas palabras al idioma material y económico. Más allá de las dudas, de los ingresos, de los aciertos y los fallos; ya están avanzando en la dirección correcta. Ninguna cantidad de dinero puede pagar la deuda con nosotros mismos si elegimos acallar nuestra voz interior.</p><p>La seño Paula vuelve a su casa mirando por la ventana del colectivo. Aquel no es el mundo que ella dibujó, pero sus sueños siguen intactos. Vende el micrófono para poder llegar a fin de mes y no dejar de pagar las salas de ensayo con su banda. Vienen tocando todos los fines de semana en los bares de Tandil; y hace unos días les escribió una productora para invitarlos a tocar en un festival importante. Tienen que estar bien preparados. A la tarde aprovecha y da clases particulares de guitarra, con eso suma algo más para pagar la sala. Juli, la alumnita, le pidió a su mamá que compre entradas para ir a escucharla en el festival, dice que ella también sueña con armar una banda. La seño Paula, lejos de las matemáticas, siente que cada día le va mejor. Sus pies y su corazón van por el mismo camino. &nbsp;</p><p>Yo agregaría que, así como no hace falta perseguirlos, los sueños no necesitan “alcanzarse”. No hay una línea de llegada donde nos reciban con aplausos y laureles para decirnos “felicidades, lo ha alcanzado, puede dejar de correr”. Soñar es, en cambio, una forma de vivir. Cuando uno se mueve guiado por el deseo de no ser un extraño para ese niño que alguna vez fue, ya ha cumplido su sueño. Lo está cumpliendo en cada paso. Usted nunca conocerá a ningún apasionado que no sea feliz. Cualquiera sea su profesión, cualquiera sea su ingreso. Aquellos que vibran con lo que hacen sienten que la vida los atraviesa y el día no les alcanza. Esperan ansiosos las horas venideras igual que un niño en vísperas de su cumpleaños. Porque cuando la pasión es el motor, uno ya no vive para perseguir o alcanzar un sueño, sino que vive dentro de él, y transforma cualquier tarea en trazos de su propia libertad.</p><p>Por último, usted verá que la gran mayoría elige perfeccionar moldes ajenos, caminando por senderos marcados sin considerar si sus sueños caben en el presupuesto de esa vida. Sin embargo, en secreto, esperan que los soñadores nunca se extingan; porque en este mundo que se vuelve gris de tanta productividad, ellos son los únicos que todavía conservan los pinceles.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/MN5xXHwL6qeJEFpTkpJZR-uNfgU=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/suenos.webp" class="type:primaryImage" /></figure>i usted le pregunta a un niño qué quiere ser de grande, podrá vislumbrar en el brillo de sus ojos el reflejo de mundos fascinantes y desconocidos. Ver...]]>
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                <updated>2026-05-09T16:11:14+00:00</updated>
                <published>2026-05-03T04:00:00+00:00</published>
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            Crónica de una urgencia colectiva
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        <author>
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fq-ZY3LeHKoXPxWjne-NADWQPdk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/cronica_de_una.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Abril guarda recuerdos de su abuela en una reposera en la vereda. Dice que son memorias de un tiempo que ya no existe, de cuando era chica, cuando las tardes eran naranjas y el vientito olía a jazmines. Me cuenta que ayer intentó volver ahí. Dejó el celular lejos, apagó el televisor y se llevó una reposera a la puerta de la casa. Intentó respirar y relajarse, pero unas hormigas transparentes le caminaban por las piernas. Se fue enseguida. ¿Guardaste la reposera antes de irte? Fue lo único que le pregunté. Claro, dice. Mientras habla se muerde una uña. Mueve el dedo para encontrar el ángulo correcto entre los dientes, y corta con las paletas. Veo con dolor ajeno como arranca el borde libre y lo escupe.</p><p>A Julián lo conocí en los recreos de la facultad. El cigarrillo es parte de su mano. Lo fuma desesperado, como si el aire lo asfixiara y cada pitada fuera oxígeno para seguir vivo. Le desaparecen entre los dedos. Cada vez que exhala humo hace un suspiro ruidoso, que es una mezcla de resignación y cansancio. Cuando te mira se le nota el caos atrás de los ojos, cuando no habla se le escuchan los ruidos del pensamiento. Pasa cerca y se siente el olor a pólvora de la guerra que lleva adentro. Fumá tranquilo, le digo.</p><p>A mi lado se sienta una chica que se llama Sol. Su pierna se mueve durante toda la clase. Es un rebote automático, constante. La rodilla sube y baja, sube y baja, como el pistón de una máquina que no fabrica nada. Algunas veces se da cuenta de que lo está haciendo y apoya su mano para frenarla, pero el movimiento le trepa a los dedos y empieza a dar golpecitos rítmicos con las yemas. En la otra punta del aula, la rodilla de Thiago sube y baja al mismo tiempo, con el mismo pulso. &nbsp;</p><p>Juana acaba de tener el mejor mes de su vida. Mañana empieza su taller de dibujo y se anotaron un montón de chicos. Además, se puso de novia con un pibe excelente que conoció hace unos meses y todo avanza bien. Por cada cosa que me dice, arquea las cejas y asiente con la cabeza. Lo cuenta como si le hubiese pasado a otro. ¿Y por qué esa cara? Le digo. Porque nunca tuve tanto miedo. ¿Miedo a qué? A perderlo todo.</p><p>Ezequiel, en cambio, no tiene nada que perder. ¡Qué libertad! Patear el tablero y largarse a viajar. Todas sus pertenencias entran en una mochila. Nunca se queda quieto. Desayuna en bosques frondosos, almuerza en capitales fascinantes y cena frente al mar. Llevás la vida en las manos, le digo. Arrastro una tonelada de miedo, dice. ¿Miedo a qué? A perderme.</p><p>Con Franco no se puede hablar, porque sólo habla él. Lo conozco hace tiempo y sé que es un gran chico. Lo de él es involuntario. No puede soportar la erupción de palabras que se amontonan hirviendo en su boca, y necesita decirlas todas lo antes posible. Yo le suelto pequeñas frases inconclusas para motivarlo a interrumpirme y que siga desahogándose. Cuando habla escupe gotitas de saliva. Le agrega más y más palabras a una oración que no termina. Su boca cambia de forma como una llama al viento. En sus ojos avergonzados se dibujan las disculpas de quien no puede controlarlo. Te escucho, le digo.</p><p>Martina está acostada pero no descansa. La pantalla del celular le proyecta un fantasma celeste sobre la cara. Su párpado late como un pequeño corazón. Recorre las mismas dos aplicaciones una y otra vez. Un loop inconsciente entre el ruido de los videos y el silencio de sus mensajes. Sabe que no habrá nada nuevo. Espera que el sueño le gane por la fuerza. No quiere cerrar los ojos mientras siga despierta. Cuando se duerme, el brillo sigue prendido.</p><p>Fausto se despierta sobresaltado y desactiva las cinco alarmas que puso. Convive todo el día con la sensación de que olvida algo muy importante. Me dice que es un nudo de trapo entre la garganta y el pecho. Que intenta tragarlo pero no se va. Esperamos juntos el colectivo. Saca su celular pero está sin batería. Resopla. Me pregunta la hora. Después mira los autos, los carteles, el cielo, los adoquines y, al cabo de unos segundos, vuelve a buscar la pantalla apagada. Sus ojos rebotan buscando un motivo para su alerta. Encuentra el colectivo a lo lejos y prepara la tarjeta. Lo dejo subir primero.</p><p>Sofía vuelve a su casa caminando después de juntarse con amigas. Pensó en pedir un remis, porque no trajo los auriculares, pero ya es mucho gasto y son pocas cuadras. Afronta el camino a secas, sin más soundtrack que el crujido de los pasos. Juega a no pisar las líneas del suelo. A la segunda cuadra, comienza a pensar que sus amigas parecían un poco enojadas. Juana estaba rara y Martina no la saludó con un beso. Además el otro día se juntaron solas. Apura el paso. Se rasca el cuello y queda un mapa de rayas rojas. Capaz que sus amigas se cansaron de ella y no saben cómo decírselo. Pisa las líneas.</p><p>Daniel mira por la ventana de un onceavo piso. No puede dormir sin whisky. Aquel es, sin dudas, un hermoso departamento, con muebles de roble y aparadores de cristal. Me invita porque no soporta el silencio. Los almohadones del sillón están hundidos por el uso, aunque nunca lo vi sentado. Siempre está de pie mirando hacia afuera. Agita el vaso que sostiene y los hielos tintinean al mismo ritmo que la pierna de Sol. Sus ojos no se despegan de esa ventana. Abajo la ciudad, las habitaciones iluminadas sobre el cielo violeta. &nbsp;Incluso cuando me habla, evita mirar para adentro. Sonríe y repite lo mismo una y otra vez. ¿Ves? Ellos tampoco pueden dormir.</p><p>Ignacio debe escribir una columna. Quizás no tiene idea de cómo se escribe y simplemente logró engañar a todos. Sostiene cigarrillos en dedos sin uñas. Mueve la pierna al ritmo del párpado. Traga el nudo y mira el celular. La gente está apurada, asustada, igual que él. No hay reposeras en la vereda. Se respira la tensión de una sala de espera. La vida es algo que debe resolverse.</p><p>¿Conoce usted a alguien que esté libre de ansiedad?</p><p>Mire a su alrededor y encontrará a Ezequiel, a Juana, a Franco. Quizás usted es alguno de ellos. ¿Siente el pulso nervioso que nos conecta a todos? En lo profundo de nuestras cabezas suena la misma alarma. Por eso nos asusta quedarnos en silencio. Escuche cómo descargamos esa electricidad con espasmos involuntarios rítmicos, coordinados: es la orquesta de la intranquilidad.</p><p>Tal vez sea una invitación a la empatía. Estamos parados sobre un pozo surgente donde la preocupación brota líquida. A nadie le pertenece el charco y, sin embargo, todos tenemos los pies en el barro. Nos inundaremos juntos.</p><p>Querido lector, la falta de conclusiones es parte del tema. Hemos caminado a la par por los caminos del lenguaje; y ya hemos vuelto al principio. Verá que estos jardines son siempre circulares. Ahora usted retomará su vida en el mismo lugar que la dejó, sin más recompensa que algunas imágenes. Lamento decirle que ha perdido el tiempo, y como bien sabe, estamos llegando tarde.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fq-ZY3LeHKoXPxWjne-NADWQPdk=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/cronica_de_una.webp" class="type:primaryImage" /></figure>"Estamos parados sobre un pozo surgente donde la preocupación brota líquida. A nadie le pertenece el charco y, sin embargo, todos tenemos los pies en el barro. Nos inundaremos juntos". Una mirada sobre la ansiedad por parte de Ignacio Segons. O Niño Neo.]]>
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            La autoridad monetizable
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                <![CDATA[Andrés Mijes Llovera]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/q-_DD2FQ1wa3cM3t-bw12i0VbaA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/macroeconomica.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>En América Latina, el desarrollo suele pensarse en grande, pero se construye en pequeño. Se discute en términos nacionales, pero se ejecuta en el ámbito municipal. Ahí ocurre la economía real.</p><p>No en los anuncios faraónicos de gobiernos estatales, sino en decisiones concretas en una ciudad: una licencia de construcción, un permiso industrial, una autorización para abrir un negocio o detonar cualquier actividad productiva. Ese es el punto donde el Estado se vuelve acción. Y sigue siendo el más subestimado.</p><p>Durante décadas, los gobiernos municipales han sido tratados como ejecutores dependientes, mientras los niveles estatales y nacionales concentran recursos bajo inercias centralistas. En sus formas más rígidas o caprichosas, como las que vive Nuevo León, en México, esa lógica se acerca más a una visión patrimonial del poder que a un federalismo moderno con gobernantes que operan bajo la máxima de “L’État, ¡c’est moi!”.</p><p>El problema es simple: el desarrollo no se decreta. Se habilita y se habilita desde el ayuntamiento. Y esa operación ocurre a través de la autoridad municipal para otorgar permisos, licencias y autorizaciones.</p><p>Aquí está el punto central, los actos regulatorios de un ayuntamiento no son trámites. Son capacidad económica. Son actos de autoridad que pueden convertirse en ingresos legítimos. Son, en esencia, una autoridad monetizable.</p><p>Cada autorización bien gestionada habilita inversión y genera recursos. No como cobro aislado, sino como parte de un sistema donde la regulación eficiente produce desarrollo y el desarrollo amplía la base fiscal.</p><p>La teoría es clara. Douglass North explicó que el crecimiento depende de instituciones que reduzcan incertidumbre. Hernando de Soto mostró que formalizar y simplificar permisos libera capital y multiplica actividad. El Banco Mundial documentó que la facilidad para obtener permisos impulsa inversión. La OCDE y la CEPAL han insistido en que, sin gobernanza local sólida, no hay desarrollo territorial sostenible.</p><p>Todo converge en lo mismo: la capacidad regulatoria local es una variable económica central.</p><p>Sin embargo, hay una condición vital: integridad. Sin combate a la corrupción, esta autoridad se distorsiona. La discrecionalidad rompe la confianza, eleva costos y frena la inversión. Por eso, combatir la corrupción no es accesorio. Es estructural.</p><p>La digitalización lo vuelve posible. Sistemas automatizados, trazables y con reglas claras eliminan la arbitrariedad y generan confianza. Como ha demostrado la experiencia internacional y la propia en Escobedo: la mejor política anticorrupción es sustituir decisiones individuales por procesos verificables.</p><p>Y la confianza genera inversión. El Banco Interamericano de Desarrollo ha señalado que reducir costos regulatorios a nivel local incrementa directamente la inversión privada. Más aún en un contexto de nearshoring, donde la decisión clave es simple: rapidez, certeza y claridad.</p><p>Porque el inversionista no llega a un país y menos a un estado; el inversionista llega a una ciudad. Y decide en función de qué tan fácil es obtener un permiso en esa unidad político/geográfica. Así de claro: el gobernador puede dar discursos, hacer viajes y tomar fotos, pero las cosas no ocurren en el vacío estatal, ocurren en territorio municipal.</p><p>Hoy, la oportunidad global es enorme, pero su ejecución es local. Sin embargo, persiste la contradicción: más responsabilidades para los municipios, pero menos autonomía real. Ese desbalance es ineficiente y urge romperlo.</p><p>Fortalecer la capacidad de los gobiernos locales para monetizar su autoridad regulatoria no es un ajuste técnico. Es una estrategia de desarrollo. Permite generar ingresos sin aumentar impuestos, financiar infraestructura y sostener crecimiento.</p><p>Es cambiar el modelo: de administrar escasez de dinero federal o estatal (real o por capricho político) para habilitar la expansión.</p><p>Porque el desarrollo no es un dato macroeconómico. Es una suma de decisiones locales que sí funcionan. Y el desarrollo nacional no termina en lo municipal. Empieza ahí.</p><p>* El autor es Alcalde del Municipio de General Escobedo en Nuevo León, México, y Presidente de la Mesa de Coordinación Metropolitana, Sociedad y Gobierno en la Zona Metropolitana de esa entidad de la República Mexicana.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/q-_DD2FQ1wa3cM3t-bw12i0VbaA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/macroeconomica.webp" class="type:primaryImage" /></figure>En América Latina, el desarrollo suele pensarse en grande, pero se construye en pequeño. Se discute en términos nacionales, pero se ejecuta en el ámbi...]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-24T17:30:50+00:00</updated>
                <published>2026-04-24T17:30:47+00:00</published>
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            ¿Y si el titiritero no existe?
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                <![CDATA[El Eco de Tandil]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4agCMNCa4bedITLf0uU0yuWyRV4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/03/opinion_publica.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>La otra mañana, mientras corría por un sendero arbolado junto a otras decenas de personas, me asaltó una de esas reflexiones que solo permite el ritmo monótono de la zancada. Mis pies golpeaban la tierra en cadencia regular; a mi alrededor, vecinos de toda condición regulaban el paso, estiraban los brazos, intercambiaban frases breves. Y en ese preciso instante imaginé a los asesores de comunicación del partido de turno, encerrados en alguna oficina de campaña, profundamente convencidos de que su último eslogan o su más reciente publicación en las redes sociales iba a decantar el voto de toda esa gente que corría a mi lado. Imaginé también al candidato —un intendente, digamos— contemplándose a sí mismo en el espejo del baño del municipio, persuadido de que él era el hombre providencial que la historia y el "momento" reclamaban. Pero ¿qué pensaban realmente mis compañeros de fatiga, mientras ajustaban el ritmo para emprender la vuelta? Lo más probable es que su pensamiento fuera de una prosaica contundencia: "Qué bien, el pasto está corto. El lugar está ordenado y limpio." En esa imagen —tan simple que casi da vergüenza formularla— creí descubrir la refutación más completa a uno de los grandes mitos de nuestra época.</p><p>El mito en cuestión es el del poder casi sobrenatural de los medios de comunicación y las redes sociales para moldear, fabricar y manipular la opinión pública. Es una creencia tan difundida que cruza sin dificultad las fronteras ideológicas: cuando gana la izquierda, la derecha denuncia el populismo y la manipulación de las masas; cuando gana la derecha, la izquierda señala a los medios corporativos como arquitectos del fraude colectivo. En ambos casos, el razonamiento descansa sobre el mismo supuesto tácito: que el ciudadano es un ser pasivo, una arcilla dispuesta a ser moldeada por quien controle el mensaje. Es una hipótesis tan consoladora como falsa, y tiene además la virtud de ser útil para todos los que la sostienen.</p><p>Conviene detenerse en esa utilidad, porque ahí reside el verdadero misterio. Los asesores y estrategas políticos necesitan creer en el poder de la comunicación porque eso justifica su existencia y sus honorarios. Si ganan, fue gracias a su genio creativo; si pierden, el problema estuvo en la implementación inadecuada del mensaje, no en sus ideas. Los medios de comunicación, tanto los tradicionales como los digitales, abrazan el mito porque los eleva a la categoría de actores imprescindibles de la democracia, guardianes de la agenda pública, árbitros del debate civilizado. Y el ciudadano —aquí está la ironía más desconcertante— también lo abraza, porque le exime de la más evitable de las responsabilidades: la de sus propias decisiones. "No fui yo quien eligió mal; me manipularon." Es una quiebra moral declarada con toda la dignidad del inocente.</p><p>Noam Chomsky popularizó la versión académica de esta creencia con lo que él y Edward Herman llamaron el "modelo de propaganda": la idea de que los grandes medios fabrican el consentimiento de las masas al servicio de las élites económicas y políticas. La tesis es seductora precisamente porque tiene algo de verdad —los medios no son neutrales, las élites sí tienen intereses— pero en su formulación más extrema comete el error de reducir al ciudadano a un autómata sin resistencia crítica ni experiencia propia. Curiosamente, ya en los años cuarenta una línea pionera de la sociología empírica había demostrado que la influencia directa de los medios era mucho más limitada de lo que se suponía. La gente tiende a buscar información que confirme sus creencias previas y se deja influir, antes que los mensajes mediáticos, por su entorno inmediato: la familia, los colegas, los vecinos. La influencia no es un rayo que cae del éter; es un proceso lento, filtrado, que se tamiza a través de predisposiciones profundas y redes de relaciones personales.</p><p>Años más tarde, una distinción clásica vino a precisar este panorama: los medios no nos dicen necesariamente qué pensar, pero sí tienen cierto poder para decirnos sobre qué pensar. Fijan temas, construyen jerarquías de relevancia, deciden qué merece portada y qué merece silencio. Pero incluso ese poder —real, innegable— encuentra su límite en las fuerzas que operan por debajo de la superficie: las condiciones materiales de vida, las estructuras económicas, los cambios demográficos, el precio del pan. Sobre esos cimientos, cada individuo construye su opinión con los materiales que le da su propia existencia cotidiana, no con los que le ofrece el editorial del día.</p><p>La psicología social aporta otro ángulo. Existe un mecanismo, a veces llamado “espiral del silencio”, mediante el cual las personas evalúan constantemente el clima de opinión de su entorno y, cuando perciben que sus convicciones son minoritarias, tienden a callarlas por miedo al aislamiento social. El gran silenciador no es el noticiero ni el algoritmo: es el vecino, el cuñado, el compañero de trabajo. Y otro hallazgo fundamental nos enseña que, cuando nuestras decisiones resultan difíciles de justificar, la mente humana produce con notable eficiencia una narrativa que las absuelve. Decirse a uno mismo “me manipularon” es un modo de reducir la disonancia cognitiva de no afrontar la pregunta que más duele: ¿y si simplemente me equivoqué, o no me informé lo suficiente, o voté desde el miedo y no desde la reflexión?</p><p>Todo lo anterior adquiere una dimensión particular cuando se lo aplica al caso argentino, donde la disociación colectiva sobre el poder de los medios se potencia con un fenómeno geográfico y cultural de notable singularidad: el centralismo mediático del Área Metropolitana de Buenos Aires. Basta encender cualquier noticiero de alcance supuestamente "nacional" para comprobarlo. Una marcha de unas pocas decenas de personas (no hago juicio de valor acerca del motivo de la manifestación) frente al Congreso de la Nación ocupa horas de transmisión y es tratada con la gravedad de un acontecimiento sísmico. Los analistas, casi siempre desde la cotidianidad del corredor Puerto Madero-Palermo o norte del conurbano, desgranan las implicancias para el "clima social". Los políticos tuitean sus posiciones con la urgencia de quien siente que la historia se escribe en tiempo real.</p><p>Mientras tanto, en las provincias, en las ciudades del interior, en los pueblos rurales donde vive una gran proporción del país, la agenda puede tener sus matices. Probablemente allí los problemas son el estado de las rutas, la falta de gas en invierno, la obra pública que no llega, el médico que falta en el hospital. La marcha porteña es, para un habitante de Jujuy o de Comodoro Rivadavia, una anécdota lejana, tan provincial como un asunto de la política municipal de una ciudad que no es la suya. Estamos ante un doble mecanismo: el primero, ya descrito, es la creencia generalizada en la manipulación mediática como coartada universal. El segundo, específicamente argentino, es la ilusión de que los medios del AMBA son "medios nacionales" y de que su agenda es la agenda del país.</p><p>Esta confusión tiene una expresión política que se repite con la regularidad de un tic nervioso. Recuerdo la cantilena de ciertos periodistas y analistas porteños cuando algún diputado del interior anticipa un voto que no se alinea con la "agenda nacional" que emana de esos estudios. "Cambió su voto por un cordón cuneta", se dice entonces, con la nariz apenas arrugada, como si gestionar el metro cuadrado de quienes lo votaron fuera una actividad menor, casi indigna de un legislador. La frase encierra, sin saberlo, una revelación involuntaria. El periodista que la pronuncia no advierte que él también defiende, con toda naturalidad, su propio cordón cuneta: el de su ciudad, el de su audiencia, el de su burbuja. La diferencia es que el suyo recibe el nombre de "agenda nacional"; el del interior, el de mezquindad provinciana. He ahí, en dos líneas, la anatomía del centralismo cultural que alimenta esta disociación colectiva.</p><p>Vale aclarar que ese centralismo no es solo una imposición arbitraria de los medios: responde también a una concentración demográfica, económica y política que hace del AMBA un espacio desproporcionadamente influyente. Pero la confusión entre esa preeminencia fáctica y la pretensión de universalidad es precisamente lo que distorsiona la mirada.</p><p>Llegados a este punto, alguien podría objetar que las redes sociales cambian el cuadro: que ya no son los medios tradicionales sino los algoritmos de Meta o de X los que fabrican la opinión. Es una objeción razonable, pero que en definitiva reproduce el mismo error de perspectiva. Las redes son, ante todo, cámaras de eco: amplifican y aceleran lo que ya se piensa, refuerzan identidades previas, dan catarsis emocional a convicciones arraigadas. Lo que ocurre en ellas se parece más a un terremoto en un vaso de agua que a un movimiento tectónico real: mucho ruido, mucha agitación en la superficie, escasa capacidad de modificar el lecho profundo del río. Ese lecho sigue siendo la experiencia cotidiana: el precio del kilo de carne, la frecuencia del colectivo, la seguridad del barrio, el estado de la vereda. Esas variables no se tuitean: se viven.</p><p>Conviene agregar, para no caer en una simplificación simétrica a la que se critica, que el ciudadano no aplica un criterio único a todos sus actos electorales. Cuando elige intendente o concejales, vota por el metro cuadrado: evalúa lo que ve y pisa todos los días, la plaza iluminada o abandonada, la calle asfaltada o llena de baches. Es casi un inspector municipal que emite su veredicto con los pies. Cuando elige presidente o legisladores nacionales, vota por el bolsillo: evalúa su economía doméstica, la inflación que licua el salario, el empleo que da o quita tranquilidad, el precio de los alimentos que comprueba cada vez que lleva el carrito hasta la caja. Ninguna de las dos operaciones requiere la intermediación de un periodista, un influencer o un asesor de comunicación. Ambas son formas de experiencia directa, irrefutable, que ningún relato puede suplantar.</p><p>Fuerzo el argumento para que se entienda el foco. No ignoro que, en los márgenes, operan también las identificaciones ideológicas, las tradiciones familiares o los liderazgos carismáticos; pero en términos agregados, el peso de la experiencia cotidiana y material es la que en última instancia inclina la balanza en el cuarto oscuro.</p><p>Vuelvo, al cabo de este recorrido, al sendero arbolado de aquella mañana. Vuelvo a ver a mis compañeros de trote, pero ahora los miro con otros ojos. Son la encarnación viviente de lo que Lazarsfeld llamó "efectos limitados": personas cuya opinión se forma en el contacto directo con la realidad, no en la pantalla. Los asesores seguirán alimentando el mito de su propia influencia —es su coartada más necesaria—. El candidato seguirá viéndose a sí mismo como el protagonista de una épica que solo existe en el espejo del baño del municipio. Y los medios, tanto los tradicionales como los digitales, continuarán vendiéndose como los dueños del partido, porque esa ilusión cotiza bien en el mercado de la relevancia.</p><p>Pero la realidad, tozuda, sigue su curso en las cosas pequeñas. La señora que regula el paso, el hombre que estira antes de comenzar, la pareja que camina rápido mientras habla de sus asuntos: todos ellos, sin saberlo ni proponérselo, tienen razón. Su voto, su opinión, no se forjará en el eslogan más ingenioso ni en el meme más viral. Se forjará, como siempre, en el terreno que pisan.</p><p>Todo el ruido ensordecedor sobre la manipulación y la opinión pública no es, en el fondo, más que la ficción necesaria que nos permite, a cada uno en nuestro rol, eludir la pregunta: ¿y si, al final, el único responsable de mis decisiones soy yo? Mientras sigamos buscando al titiritero, no veremos que las cuerdas las sujetamos, a menudo, nosotros mismos. La próxima vez que salga a correr y vea el pasto impecable, quizás recuerde todo esto. O quizás no. Quizás, simplemente, piense: "qué bien está esto." Y ese pensamiento, tan breve y tan poco mediático, valdrá más que mil campañas.</p><p>Dr. Héctor Oscar Nigro</p><p>Ingeniero de Sistemas (UNICEN) ·</p><p>Maestría en Sociología y Ciencias Políticas (FLACSO)</p><p>Doctor en Matemática Computacional (UNICEN)</p><p>Instituto de Tecnologías Informáticas Avanzadas · Facultad de Ciencias Exactas · UNICEN</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/4agCMNCa4bedITLf0uU0yuWyRV4=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/03/opinion_publica.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Los estúpidos no necesitamos ser manipulados para cumplir con nuestro cometido, somos muy creativos]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-23T06:45:04+00:00</updated>
                <published>2026-04-23T06:45:00+00:00</published>
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            Mano a mano: la herencia del duelo
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/u4yRP5ZmZTR3-HxSlIKr6WjFwYc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/mano_a_mano_nino_neo.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>En las puertas de un boliche conviven el perfume y el humo, el murmullo y la música, los unos y los otros. Suele reinar un bullicio, una orquesta de charlas superpuestas y canciones distorsionadas de fondo. Pero sabrá usted que existen algunos momentos en que, como por arte de una magia oscura, el más coordinado de los silencios inunda la vereda. Una ráfaga de viento frío acaricia la nuca de los presentes y todos se callan al mismo tiempo. Pero no pasa ningún ángel. Es más bien un resabio ancestral, la voz de nuestro instinto que nos dice “¡Cállense y observen! El hombre va a atacar al hombre”.</p><p>En la quietud, comienza a sonar el inconfundible crujido de suelas que raspan el asfalto y respiraciones que se agitan. Todas las cabezas giran en el mismo sentido, hipnotizadas, imantadas por ese tumulto amorfo y ciego que rebota allá al fondo, entre la gente. Son dos personas trenzadas en una pelea. El nudo de carne se retuerce, salvaje, indisoluble. El resto mira con la boca abierta, obnubilados por el espectáculo. Son ordinarios romanos en la cávea del Coliseo, borrachos de vino, deslumbrados por el sudor y la sangre de los gladiadores. Incluso aquellos que logran reaccionar a tiempo sacan sus celulares y graban, con la esperanza de capturar un poco de esa violencia en estado puro.</p><p>Para los involucrados, los segundos se sienten años. Su vida entera se reduce a la anatomía, el alrededor desaparece y los milenios de civilización se olvidan. La adrenalina suprime cada eco de humanidad, cada rastro de dolor. Se han vuelto invisibles los amigos que intentan separarlos. No hay recuerdos del lenguaje. Han olvidado que hace un rato se bañaron, eligieron su ropa y pagaron la entrada. Son sólo dos cuerpos en una llanura primitiva. Animales que entrecierran los ojos, aprietan los dientes y tratan de golpear la otra cabeza como sea. Los manotazos en la nariz hacen saltar las lágrimas, los de la panza sacan el aire. Mañana aparecerán dolores que hoy no perciben. Cada rasguño, cada roce de un cuerpo enajenado, poseído por la violencia más profunda y desconocida. Cada consecuencia inevitable de una batalla sin ganadores.</p><p>Un tercero, confundido por la impotencia, amaga a meterse en la pelea. Los de al lado lo frenan de inmediato. “Es mano a mano”, dicen, y todo sigue su curso. Finalmente, se escucha el golpe seco de hueso contra hueso y uno cae al piso. Su cabeza apenas roza el cordón de la vereda. El otro se frena en seco. Acepta el derribo como forma de victoria. No se abalanza, ni festeja, ni huye. Sólo respira y espera. El combate se ha consumado. No han intervenido terceros y se ha peleado a mano limpia, sin traiciones. Sus amigos sonríen y le palmean la espalda.</p><p>Cuando los segundos transcurren y la adrenalina se disipa, el terror invade su cuerpo. Ya no es aquél miedo a salir lastimado, sino uno mucho peor: que su adversario no se levante y la vida de ambos termine en esa calle, en esa noche. Han vuelto a ser humanos. El otro queda tendido en el asfalto, inmóvil, suspendido en el tiempo. El telón se cierra y regresa el bullicio habitual a la vereda. Los espectadores dan media vuelta y se alejan, imitando los golpes y recreando la escena, satisfechos, por ahora.</p><p>¿Por qué los hombres siguen optando por pelear? ¿Por qué persiste en nuestras mentes la idea del mano a mano? ¿De dónde viene este rito atávico? ¿Por qué fascina a los espectadores? ¿Cómo algo tan primitivo sobrevive en la era de la hipercomunicación? ¿Cómo lo desinstalamos de nuestra cultura? Más allá de mis posibles conjeturas y de la inevitable falta de respuestas, estas son algunas de las preguntas que debemos hacernos para comprender uno de los núcleos principales de la violencia y encontrar así formas más efectivas de erradicarla. Lo cierto es que las piñas siguen volando y en la mayoría de los escenarios lo que se busca no es defenderse, sino validarse.</p><p>En primer lugar, es necesario separar este ritual de las infinitas formas de violencia asimétrica y los ataques cobardes que vemos todos los días, donde hay un culpable y una víctima claros. Por ejemplo, los ataques en patota o la violencia de género. Tampoco hablaremos hoy de aquel que está obligado a defenderse con uñas y dientes porque se encuentra acorralado. Cometería el error de abarcar más de lo que puedo recorrer, y entonces preguntarme cosas como ¿cuántas formas puede adoptar la violencia en esta época? O peor aún ¿de dónde sale tanta violencia?</p><p>En esta oportunidad, en cambio, nos interesa cuestionarnos por qué dos personas -hombres- concuerdan pelear con sus puños en ámbitos sociales. Intentaremos trazar una línea que separe esta ceremonia compartida de las formas de agresión unidireccionales. Sería útil identificar cuáles son los residuos culturales que nos permiten concebir, aún al día de hoy, el combate físico como un posible acuerdo entre pares, capaz de solucionar algo. Comprender cómo el mito colectivo del mano a mano a piñas sigue vigente y moldea a las generaciones.</p><p>Lo que sí podemos hacer, entonces, es observar cómo la mayoría de las peleas de boliche están articuladas por las antiguas gramáticas del duelo, que atraviesan de punta a punta nuestra historia. No es sólo una furia irracional lo que mueve a quienes se invitan a pelear, sino la reproducción de un proceso simbólico heredado, con una intención y estructura. La idea de dos hombres que, en igualdad de condiciones, consienten resolver con el cuerpo lo que las palabras no pudieron. Porque el duelo, en su definición más pura, no busca la destrucción del otro, sino la restitución del yo. Es el desesperado intento de volver a ser alguien ante la mirada de los pares. Lo que se ve en esos enfrentamientos no es otra cosa que el antiguo fantasma del honor masculino, recordándonos que, a pesar de los siglos de evolución, todavía no encontramos una forma más civilizada de sanar el orgullo que no sea usando los nudillos.</p><p>Hace 200 años, el General San Martín promovía los duelos entre sus granaderos. Él mismo se ofrecía como padrino para legitimar el cumplimiento de las reglas. Imagine usted que los combates entre iguales para regular prestigio ya derramaban la sangre del Ejército Libertador. Esto tampoco es ajeno a nuestra identidad cultural; José Hernández pinta estas conductas en el libro nacional. Martín Fierro entra a la pulpería y provoca al Moreno diciendo “A los blancos hizo Dios / a los mulatos San Pedro, / a los negros los hizo el diablo / para tizón del infierno.”. Frente a la humillación pública, el Moreno se ve obligado a batirse en duelo. Es la única manera de recuperar su orgullo. En “El sur”, de Borges, Juan Dahlmann se sienta a comer en un almacén desconocido y unos peones borrachos lo provocan tirándole miguitas de pan. Se levanta para retirarse, dispuesto a evitar la pelea. Pero justo antes de salir, uno de los espectadores lo llama por su apellido. Al perder su ilusión de anonimato, Dahlmann debe validar su hombría y enfrentar a quienes se burlan de él, porque “Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos.”. Elige entonces la derrota segura antes que la cobardía, “hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando”.</p><p>De manera similar, en un boliche de Tandil, dos jóvenes se chocan por accidente y un vaso se vuelca. Ninguno se disculpa. Se miran fijamente, hasta que alguno masculla “¿Qué mirás?”. Luego un insulto y una respuesta. Un empujón que va, otro que vuelve y una invitación a pelear que ambos aceptan, envalentonados. Ninguno de los dos sabe bien por qué, pero poco importa el disparador. Ya se han retado a duelo y nadie quiere ser un cagón. No están cegados por la ira, ni sedientos de venganza. Ni siquiera se conocen. Con las manos temblando, caminan unos pasos para alejarse del resto y aquél viento frío empieza a soplar entre las nucas.</p><p>Cuando se desata el fuego, los testigos se empujan para ver y grabar mejor. Por algún motivo, desean presenciar la riña. Tal vez los espectadores experimentan esa catarsis de la que hablaba Aristóteles, y observan las trompadas ajenas para liberar su propia adrenalina, sin tener que tomar riesgos. Pero estas tragedias no son actuadas, y aquellos que miran son parte de la ceremonia. Quizás cargarán también con el peso de las consecuencias.</p><p>En las redes sociales, los videos de peleas callejeras se viralizan más rápido de lo que tardan en ser censurados. Por algún motivo, nada sostiene tanto el foco de atención como dos personas pegándose. El engagement no miente: la pantalla es un lugar seguro para permitir esa atracción violenta, para alimentar esa curiosidad morbosa. Por mucho que se esfuercen los creadores de contenido, ningún material supera la grabación de un mano a mano real.</p><p>La música, por su parte, está repleta de narrativas sobre duelos por orgullo. Desde el tango hasta el trap, casi todas las letras escritas por hombres hablan sobre peleas. En la escena urbana, los artistas compiten por ver quién es más gángster. Los referentes encarnan el ideal de la violencia. L-Gante expresa con claridad “Y si me están tirando a mí, que me nombren, que la calle es pa' hombres (...) Si te hacen renegar, entonces, dale”. Zaramay, por su parte, diría “Les mando la ubicación y lo arreglamo' en la calle” o bien, “Zaramay, negro, es mi nombre, por si van a matarme. Acá sí somos hombres, y hacemos correr la sangre” y así una lista de ejemplos interminable. La calle, que representaba comunidad, experiencia y astucia, se convierte en un terreno de masculinidad tóxica y combate entre pares.</p><p>En muchos jóvenes de la era digital, las peleas callejeras “justas” (de acuerdo a las lógicas del duelo), no provocan un repudio a priori, sino cierta fascinación. Es exactamente esta falta de rechazo colectivo lo que permite que la coreografía siga existiendo. No se necesita un descargo institucional, ni una primicia mediática ni la advertencia de adultos, sino un cambio profundo en nuestro ideario que corte de raíz la romantización de estas prácticas. Una evolución cultural en la que los héroes huyan de los bares antes de lastimar a un semejante por una ofensa mínima. Una comunidad que no acepte las peleas siempre y cuando sean parejas y pactadas, sino que olvide por completo la posibilidad de levantarnos la mano. Aunque se respeten las “reglas” de la calle, golpear la cabeza de alguien es, de cualquier modo, un intento de asesinarlo.</p><p>Si se me permite traer de la muerte a la figura del autor, diré que la única intención del texto es traer este tema a la mesa de debate. Usted luego unirá los puntos, o no. Carezco de respuestas terminadas, no dejan de abrirse puertas en mi búsqueda de conclusiones. Nos acostumbramos a que la violencia nocturna se aborde desde titulares rimbombantes como las patotas, el alcohol o los detalles explícitos de cada caso; pero ignoramos los patrones culturales que sostienen el paradigma de la pelea. No reparamos en los entramados discursivos que mantienen viva la lógica del duelo, la idea de que algunos problemas pueden ser resueltos “como hombres” y ya.</p><p>Finalmente, sí estoy seguro de que esos códigos son, en realidad, una trampa. La idea arcaica que nos instalaron dista mucho de lo que ocurre en la cruda realidad: no hay ningún honor en el duelo. Sólo hay víctimas en esta falsa épica. Los conflictos no se resuelven sino que empeoran y se vuelven impredecibles, fatales. Los jóvenes mueren con la vida por delante; y con él mueren sus pares, sus familias, muere la sociedad, morimos todos. Es ahí donde sobrevive la herencia más amarga de nuestra propia barbarie.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/u4yRP5ZmZTR3-HxSlIKr6WjFwYc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/mano_a_mano_nino_neo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>En las puertas de un boliche conviven el perfume y el humo, el murmullo y la música, los unos y los otros. Suele reinar un bullicio, una orquesta de c...]]>
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                                <category term="bajo-la-superficie" label="Bajo la superficie" />
                <updated>2026-04-19T13:30:09+00:00</updated>
                <published>2026-04-19T03:00:00+00:00</published>
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            Ormuz: las nuevas Termópilas del siglo XXI
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        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/opinion/ormuz-las-nuevas-termopilas-del-siglo-xxi" type="text/html" title="Ormuz: las nuevas Termópilas del siglo XXI" />
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                <![CDATA[Juan Martín Paleo]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/ormuz-las-nuevas-termopilas-del-siglo-xxi">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/L2mAga5f6KOO-f2CG47BeLLgCpw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/ormuz_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>A lo largo de la historia, los grandes conflictos no siempre se han definido en vastas llanuras ni en escenarios abiertos, sino en puntos geográficos estrechos, donde la geografía se convierte en estrategia y la estrategia en destino. Las Termópilas, en el año 480 a.C., fueron uno de esos lugares: un angosto paso donde un puñado de hombres decidió resistir el avance de un imperio.</p><p>Hoy, dos milenios después, el mundo vuelve a mirar con inquietud otro corredor estrecho, pero infinitamente más decisivo: el de Ormuz.</p><p>Geografía, poder y vulnerabilidad</p><p>Las Termópilas eran un cuello de botella natural. Su valor no residía en su extensión, sino en su capacidad de condicionar el movimiento de fuerzas superiores. Allí, el rey Leónidas y sus 300 espartanos, comprendieron que el terreno podía equilibrar lo que la cantidad desbalanceaba.</p><p>El estrecho de Ormuz cumple hoy una función similar, pero con una diferencia sustancial: no canaliza ejércitos, sino energía. Aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial transita por ese paso de apenas 39 kilómetros en su punto más angosto. Cada buque que lo atraviesa lleva consigo no solo hidrocarburos, sino estabilidad económica global.</p><p>En este escenario, la geografía vuelve a convertirse en poder. Y, al mismo tiempo, en vulnerabilidad.</p><p>De la lanza al misil: la evolución del conflicto</p><p>Si en las Termópilas la resistencia se medía en escudos y lanzas, en Ormuz se mide en misiles antibuque, drones, guerra electrónica y capacidades de negación de área. Irán ha desarrollado una doctrina basada en la asimetría: no necesita controlar el estrecho de manera permanente; le alcanza con amenazar su cierre.</p><p>Esta lógica recuerda, salvando distancias tecnológicas, la estrategia espartana: no era necesario derrotar al enemigo en campo abierto, sino detenerlo en el lugar y momento adecuados.</p><p>Las fuerzas navales occidentales representan el equivalente moderno del ejército de Darío: superiores en número y tecnología, pero condicionadas por la geografía y la necesidad de mantener abiertas las líneas de comunicación.</p><p>La inteligencia: el factor invisible que decide las batallas</p><p>Pero las Termópilas también dejaron una enseñanza menos épica y más decisiva: ninguna posición, por más sólida que parezca, es invulnerable si el enemigo logra conocer su punto débil. La traición de Efialtes, que reveló a los persas la existencia de un sendero de montaña que permitía flanquear a los espartanos, fue en esencia un triunfo de la inteligencia —en este caso, humana— sobre la resistencia física. No fue la superioridad numérica la que quebró la defensa, sino la información adecuada en el momento oportuno.</p><p>En el escenario actual, esa lógica se potencia exponencialmente. La inteligencia militar es el verdadero multiplicador de poder en Ormuz. Satélites, sensores, ciberinteligencia y vigilancia permanente permiten identificar patrones de navegación, vulnerabilidades logísticas y ventanas de oportunidad. Así como en las Termópilas el conocimiento de un sendero oculto definió el desenlace, hoy la capacidad de detectar debilidades en los dispositivos navales, anticipar movimientos o interferir sistemas puede inclinar la balanza sin necesidad de un enfrentamiento directo.</p><p>El mundo como rehén del estrecho</p><p>La gran diferencia entre las Termópilas y Ormuz radica en la escala de sus consecuencias. Mientras que la batalla griega definía el destino de ciudades-estado, lo que hoy está en juego en Ormuz es el funcionamiento del sistema económico global.</p><p>Un cierre, incluso temporal, del estrecho podría disparar los precios del petróleo, afectar cadenas de suministro, generar crisis energéticas en Europa y Asia, y desencadenar tensiones sociales y políticas en múltiples regiones.</p><p>En este sentido, Ormuz no es solo un punto estratégico: es un punto de presión sistémica.</p><p>Una lección que trasciende el tiempo</p><p>Las Termópilas no fueron una victoria militar en términos clásicos. Fueron una victoria estratégica en el plano simbólico y político: demostraron que frente a un adversario superior, la combinación de geografía, decisión y oportunidad puede alterar el curso de los acontecimientos.</p><p>Ormuz plantea hoy una lección similar. En un mundo que se creía globalizado y seguro, la persistencia de puntos estratégicos recuerda que la geografía sigue imponiendo límites al poder.</p><p>Para países como la Argentina, alejados de ese escenarios pero dependientes de sus consecuencias, la reflexión es inevitable. La seguridad de las rutas, la protección de los intereses nacionales y el desarrollo de capacidades propias no son cuestiones abstractas, sino requisitos concretos en un sistema internacional cada vez más inestable.</p><p>Entre Leónidas y el siglo XXI</p><p>Las Termópilas fueron, en esencia, una batalla por tiempo: ganar días para reorganizar fuerzas, y preparar la defensa, para construir una respuesta mayor.</p><p>Ormuz, hoy es también una batalla por el tiempo. Cada día que el estrecho permanece abierto es un día en que el sistema global continúa funcionando. Cada amenaza sobre su cierre es un recordatorio de lo frágil que puede ser ese equilibrio.</p><p>En el eco lejano de las Termópilas, el estrecho de Ormuz se erige como el nuevo paso donde se cruzan poder, geografía y destino. Un lugar donde el mundo entero observa un estrecho del que depende mucho más que el tránsito de barcos: depende, en buena medida, la estabilidad del orden internacional.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/L2mAga5f6KOO-f2CG47BeLLgCpw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/ormuz_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure>A lo largo de la historia, los grandes conflictos no siempre se han definido en vastas llanuras ni en escenarios abiertos, sino en puntos geográficos...]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-15T20:12:14+00:00</updated>
                <published>2026-04-15T20:11:55+00:00</published>
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        <title>
            El Cerebro del Leviatán
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        <author>
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                <![CDATA[Gabriel Iezzi]]>
            </name>
        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/NWOHPhOcp4RqrKNdBYwclKXMcC0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/leviatan.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>En la penumbra de las periferias urbanas donde el Estado suele ser un recuerdo difuso o una presencia espasmódica, se libra una batalla que el ciudadano común percibe únicamente a través de la estadística policial.</p><p>Sin embargo, detrás de cada enfrentamiento armado, de cada territorio cedido al control de organizaciones ilícitas y de cada fracaso en las políticas de seguridad pública, subyace una crisis de carácter eminentemente cognitivo, pues el Estado moderno, concebido por Hobbes como un Leviatán capaz de garantizar la paz a través del monopolio de la fuerza, hoy se encuentra ante una encrucijada existencial; de nada sirve la potencia del músculo securitario, si el sistema nervioso que debe dirigirlo está atrofiado o desconectado de la realidad. Esta función sináptica es la que definimos como inteligencia criminal, y su vigencia es lo que separa a una democracia resiliente de un cuerpo estatal ciego que reacciona generalmente con violencia, aplicada sin dirección y sin un propósito superador al mero encarcelamiento del delincuente, sin cuestionar el funcionamiento de la empresa criminal que posibilita la materialización del delito grave.</p><p>En el debate contemporáneo sobre seguridad pública, pocas herramientas resultan tan determinantes —y a la vez tan imperceptibles para la ciudadanía— como la inteligencia criminal. Lejos de los estereotipos cinematográficos, su verdadero valor no reside en la espectacularidad de sus operaciones, sino en su capacidad de anticipación al identificar amenazas antes de que se materialicen, comprender la lógica de las organizaciones criminales y permitir al Estado intervenir con precisión quirúrgica. La inteligencia criminal no debe confundirse con la sistemática acumulación de datos o con el espionaje (tan de moda hoy en la ficción). Es, en su esencia más pura, la gestión del conocimiento aplicada a la preservación del orden público y la libertad ciudadana.</p><p>En un mundo donde el delito ha dejado de ser una actividad artesanal para convertirse en una red de mercados globales y estructuras adaptativas, la seguridad ya no puede garantizarse mediante la simple reacción ante el hecho consumado. La inteligencia, es la capacidad de observar lo macro, de identificar fehacientemente y de manera oportuna a la estructura que sostiene el búnker barrial de microtráfico y de anticipar el movimiento de la red financiera que introduce (en los canales de la legalidad económica), el dinero ilícito antes de que este se licue y transforme en otros activos, entre los que probablemente se cuenten nuevas armas que aseguren el control territorial para reiniciar el ciclo disvalioso del delito. Cuando esta herramienta funciona, el crimen se previene. Cuando falla, las consecuencias pueden ser devastadoras.</p><p>Una función estratégica: comprender antes de reprimir</p><p>La inteligencia criminal puede definirse como el proceso sistemático de recolección, análisis e interpretación de información relevante sobre fenómenos delictivos, con el objetivo de apoyar y orientar la toma de decisiones en materia de seguridad. No se trata simplemente de acumular datos, sino de transformarlos en conocimiento útil.</p><p>En este sentido, su rol es doble; por un lado, permite anticipar conductas criminales; por otro, optimiza el uso de los recursos estatales. En contextos de criminalidad organizada —narcotráfico, trata de personas, terrorismo, ciberdelito—, donde las estructuras delictivas operan con lógica empresarial, la ausencia de inteligencia equivale a combatir en la oscuridad.</p><p>La mitad de la biblioteca representada por autores como Eugenio Raúl Zaffaroni han advertido que las políticas de seguridad basadas exclusivamente en la reacción punitiva tienden al fracaso si no están sustentadas en diagnósticos serios. En la misma línea, Luigi Ferrajoli sostiene que la racionalidad del sistema penal exige intervenir sobre las causas y dinámicas del delito, no solo sobre sus consecuencias visibles.</p><p>En el sector opuesto de la academia, si bien los aportes de Mark Lowenthal y Jean‑Paul Brodeur, (sobre los que profundizaremos en el desarrollo de la columna) resultan indispensables, también lo son las definiciones contemporáneas que recuperan la esencia de la inteligencia criminal como política pública. Es básicamente inteligencia sobre el delito, pues conocerlo es la mejor forma de prevenirlo y enfrentarlo. Esta frase, del Dr. José M. Ugarte, sintetiza una verdad incómoda ya que, sin conocimiento profundo del delito, el Estado actúa a ciegas.</p><p>La inteligencia criminal es una política pública indelegable; el diseño e implementación de las políticas públicas de seguridad es una misión indelegable e inherente al Estado‑Nación. Esta afirmación, lejos de ser una obviedad, es un recordatorio de que la seguridad no puede tercerizarse ni improvisarse y en dicho esquema, la inteligencia criminal es la columna vertebral de esa misión porque permite anticipar, prevenir y orientar decisiones estratégicas.</p><p>Lowenthal sostiene que la inteligencia es un ciclo integrado por la recolección, análisis, diseminación y retroalimentación; si uno de esos eslabones falla, todo el sistema se debilita. Brodeur, en cambio, enfatiza que la inteligencia opera en un espacio híbrido donde conviven prácticas visibles y opacas, atravesadas por culturas policiales, disputas de poder y tensiones institucionales. Ambos coinciden en que la inteligencia criminal no es solo técnica, es política, cultural y organizacional, debiendo operar (siempre) ajustada al Estado de derecho, donde los legisladores deberán mostrar creatividad basada en el conocimiento, para diseñar marcos normativos que permitan actuar sin vulnerar derechos. Esta tensión —eficacia versus legalidad— es uno de los dilemas centrales de la inteligencia moderna a la que no escapa la inteligencia criminal.</p><p>El costo del fracaso: cuando la inteligencia no llega a tiempo</p><p>La historia reciente ofrece numerosos ejemplos donde la deficiente inteligencia criminal —o su mala utilización— ha derivado en crisis de seguridad, caos social y pérdida de control territorial por parte del Estado.</p><p>México, se ha transformado en uno de los casos paradigmáticos durante la intensificación de la llamada guerra contra el narcotráfico a partir del año 2006. La fragmentación de los cárteles, lejos de reducir la violencia, la multiplicó. Diversos analistas coinciden en que la falta de inteligencia criminal adecuada impidió prever las consecuencias de la desarticulación de estructuras sin un control territorial posterior.</p><p>Este país enfrenta una violencia extrema alimentada por organizaciones criminales con capacidad militar. La fragmentación institucional es uno de los principales problemas ya que agencias federales, estatales y municipales operan sin coordinación. Desde la perspectiva de Lowenthal, esto rompe el ciclo de inteligencia; la recolección es inconsistente, el análisis no se integra y la diseminación es errática.</p><p>Organizaciones como el Cártel de Sinaloa y los Zetas aprovecharon vacíos de poder para expandirse, generando niveles de violencia inéditos, con miles de homicidios anuales y amplias zonas bajo control criminal.</p><p>En el año 2010, el hallazgo de 72 migrantes asesinados en el estado de Tamaulipas expuso no solo la brutalidad del crimen organizado, sino también la incapacidad del Estado para detectar y prevenir la operación de redes criminales en zonas de tránsito migratorio. La responsabilidad fue atribuida al grupo de Los Zetas, cuya expansión territorial había sido subestimada por los organismos de inteligencia.</p><p>En Brasil, el crecimiento del Primer Comando de la Capital (PCC) constituye otro ejemplo ilustrativo. La falta de inteligencia penitenciaria permitió que esta organización se consolidara dentro de las cárceles y proyectara su poder hacia el exterior. Los motines coordinados de 2006 en São Paulo evidenciaron una capacidad operativa que sorprendió a las autoridades, mediante ataques simultáneos contra comisarías, quema de vehículos y paralización de la ciudad. La inteligencia estatal no logró anticipar ni neutralizar una estructura que ya operaba como una red criminal sofisticada.</p><p>En el ámbito del terrorismo, fallos de inteligencia también han tenido consecuencias dramáticas. Los atentados de 2015 en París revelaron fallas en la coordinación entre agencias de distintos países europeos, pese a que algunos de los autores ya estaban bajo vigilancia. El fenómeno evidenció un problema estructural como lo es la fragmentación de la información y la incapacidad de integrar bases de datos en tiempo real, lo que impidió detectar patrones de riesgo y adoptar medidas tendientes a obturar la materialización de las amenazas.</p><p>En el plano local, la ciudad de Rosario se ha convertido en un caso emblemático de los desafíos que enfrenta la inteligencia criminal en contextos de narcotráfico urbano; Rosario permite visibilizar la inteligencia criminal en el marco de un ecosistema delictivo en expansión.</p><p>Entre los años 2020 a 2024, Rosario se convirtió en un caso emblemático de cómo la inteligencia criminal puede fallar en contextos donde el crimen organizado se expande más rápido que la capacidad estatal de dar respuesta. La presencia de organizaciones vinculadas al narcotráfico, la violencia letal creciente y la permeabilidad institucional, configuraron un escenario donde la inteligencia debería haber sido un pilar central de la política de seguridad. Sin embargo, investigaciones periodísticas y judiciales han revelado fallas significativas.</p><p>Desde la óptica de Lowenthal, podemos afirmar que Rosario ha demostrado serios problemas en la articulación del ciclo de inteligencia: la información recolectada por distintas fuerzas no siempre se integró, los análisis estratégicos demostraron haber sido insuficientes y la comunicación con los decisores políticos se reveló como intermitente. La falta de retroalimentación y evaluación de resultados generó un sistema que produjo información, pero no necesariamente conocimiento útil.</p><p>Brodeur aporta una clave adicional, la coexistencia de policías formales e informales, estructuras paralelas, connivencia con actores criminales y disputas internas dentro de las fuerzas de seguridad. En Rosario, diversos casos judiciales han mostrado cómo sectores policiales brindaron protección o información a organizaciones criminales, generando un marco donde la inteligencia se distorsionó. Cuando la policía opera simultáneamente como investigadora y como actor involucrado en redes ilegales, la inteligencia pierde su capacidad de orientar políticas públicas y se convierte en un instrumento de supervivencia institucional.</p><p>La falta de coordinación entre niveles provincial y federal, sumada a la ausencia de una estrategia integral de inteligencia criminal, permitió durante años, que las organizaciones delictivas mantengan capacidad operativa incluso en contextos de alta presión estatal. La inteligencia, en lugar de anticipar, llegó tarde; en lugar de prevenir, reaccionó; en lugar de orientar, improvisó. Los resultados fueron lamentables.</p><p>Los casos mencionados comparten ciertos patrones que ayudan a comprender por qué faltó o falló la inteligencia criminal; estos van desde la fragmentación institucional (múltiples agencias operativas sin coordinación efectiva); falta de profesionalización (ausencia de analistas especializados); politización (utilización de la inteligencia con fines ajenos a la seguridad pública); déficit tecnológico (incapacidad para procesar grandes volúmenes de datos); desconexión territorial (escasa presencia en zonas críticas). En muchos casos, el problema no es la falta de información, sino la incapacidad de interpretarla correctamente o de transformarla en acción oportuna.</p><p>Del conocimiento al producto de inteligencia; la profesionalización pendiente</p><p>Siguiendo a Jerry H. Ratcliffe, podemos afirmar que la inteligencia criminal genera un producto de conocimiento que apoya la toma de decisiones. Esta definición es clave, pues la inteligencia no es información suelta, dispersa, sino conocimiento procesado, verificado y contextualizado. Ratcliffe fue uno de los impulsores del Intelligence‑Led Policing (vigilancia policial basada en inteligencia), un modelo que reemplaza la intuición policial por análisis sistemático.</p><p>Sostiene que, casi todos los agentes hacen inteligencia sin saberlo, pero no todos están capacitados para producir un verdadero producto de inteligencia. Esta observación es crítica ya que, sin analistas formados —policiales o civiles— la inteligencia se reduce a datos inconexos. Lowenthal coincide, al aseverar que la calidad analítica es el corazón del sistema.</p><p>Hoy, las TIC y la inteligencia artificial se han vuelto herramientas indispensables; las tecnologías se han constituido en instrumentos irremplazables para alcanzar análisis de calidad. Sin embargo, la tecnología no reemplaza la estructura institucional ni la ética profesional. Brodeur advierte que la inteligencia puede volverse un espacio opaco si no existen controles democráticos y estándares éticos sólidos.</p><p>La inteligencia criminal como desafío democrático</p><p>La inteligencia criminal es una frontera crítica de la seguridad pública. Su eficacia no depende solo de tecnología o recursos, sino de la capacidad del Estado para construir instituciones sólidas, transparentes y coordinadas. Los aportes de Lowenthal, Brodeur y Jerry H. Ratcliffe permiten comprender que la inteligencia criminal es un sistema complejo, atravesado por tensiones políticas, culturales y organizacionales. Cuando ese sistema falla, las consecuencias se sienten en las calles, en los barrios y en la vida cotidiana de millones de personas.</p><p>México y Rosario muestran que los fallos de la inteligencia criminal no son accidentes aislados, sino síntomas de problemas estructurales. Superarlos exige una mirada crítica, una voluntad política sostenida y un compromiso democrático profundo; la inteligencia criminal, bien entendida y aplicada, puede ser una herramienta poderosa para construir sociedades más seguras, debiendo para ello dejar de ser un territorio opaco y convertirse en un componente central de la política de seguridad pública, sometido a controles, orientado por evidencia y guiado por el interés colectivo.</p><p>En América Latina, avanzar hacia este modelo implica reformas profundas que van desde la profesionalización del análisis, la inversión tecnológica, el fortalecimiento de los controles democráticos, la coordinación entre niveles de gobierno, hasta el combate frontal a la corrupción, al margen del imprescindible cambio cultural en la lógica de entender que, la inteligencia no es un recurso para la competencia política, sino una herramienta para la protección ciudadana a través del fortalecimiento de la seguridad pública.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/NWOHPhOcp4RqrKNdBYwclKXMcC0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/leviatan.webp" class="type:primaryImage" /></figure>En la penumbra de las periferias urbanas donde el Estado suele ser un recuerdo difuso o una presencia espasmódica, se libra una batalla que el ciudada...]]>
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                <updated>2026-04-15T20:06:27+00:00</updated>
                <published>2026-04-15T20:06:26+00:00</published>
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            Inteligencia artificial agéntica y autonomía empresarial: la decisión estratégica que viene
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                <![CDATA[Jhonnatan Horna]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/U-ILtwZ2pSoeGI5w83p-ZisKupw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/ia.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Últimamente me he encontrado pensando en una comparación que, al inicio, puede parecer exagerada, pero que cada vez tiene más sentido en el contexto actual de transformación tecnológica: ¿y si la inteligencia artificial agéntica abierta es el nuevo Linux? No lo planteo desde el entusiasmo superficial que suele acompañar a cada nueva tendencia digital, sino desde la observación de patrones que ya hemos visto antes en la historia de la tecnología.</p><p>Durante décadas, el software propietario dominó gran parte de la industria, estableciendo modelos cerrados donde el control y la evolución de las soluciones dependían exclusivamente de quienes las desarrollaban. Sin embargo, la irrupción de Linux y del software de código abierto no solo democratizó el acceso, sino que cambió la lógica del poder tecnológico, permitiendo a organizaciones y desarrolladores construir, adaptar y escalar soluciones con mayor autonomía. Hoy, con la inteligencia artificial, empezamos a ver señales similares.</p><p>El problema no es la IA, es el control</p><p>Hasta ahora, gran parte del desarrollo en IA ha estado concentrado en modelos propietarios, altamente sofisticados, pero también profundamente controlados por un número limitado de actores. Estos modelos ofrecen capacidades impresionantes, pero su adopción implica aceptar condiciones específicas: dependencia tecnológica, limitaciones de personalización y una evolución que no necesariamente responde a las prioridades de quienes los utilizan.</p><p>En un inicio, esto puede parecer suficiente, especialmente cuando la IA se usa como una herramienta complementaria. Sin embargo, a medida que la IA empieza a integrarse en procesos críticos del negocio, esa dependencia comienza a ser más evidente. En ese momento, la discusión deja de centrarse en la potencia del modelo y pasa a girar en torno a algo más relevante: el grado de control que tiene la organización sobre la tecnología que utiliza.</p><p>Es en este punto donde la IA agéntica abierta introduce una diferencia estructural. No se trata simplemente de modelos abiertos, sino de agentes capaces de actuar, ejecutar tareas y coordinar procesos dentro de entornos reales, con la posibilidad de ser auditados, modificados y adaptados según las necesidades específicas de cada organización. Este cambio no solo amplía el margen de maniobra tecnológico, sino que redefine la relación entre las empresas y la IA.</p><p>Ya no se trata únicamente de consumir capacidades predefinidas, sino de construir sistemas que se integran profundamente en la operación, ajustándose a contextos particulares y evolucionando con ellos. La analogía con Linux cobra fuerza precisamente aquí: así como el software abierto permitió construir infraestructuras flexibles y escalables, la IA agéntica abierta comienza a habilitar la construcción de sistemas inteligentes verdaderamente adaptativos.</p><p>Innovar más rápido, pero también con más responsabilidad</p><p>Ahora bien, este potencial viene acompañado de una tensión que no podemos ignorar. La apertura, que permite innovar más rápido y experimentar con mayor libertad, también traslada a las organizaciones una responsabilidad que antes recaía en los proveedores.</p><p>Cuando se trabaja con IA abierta, no existe un tercero que garantice de forma centralizada la seguridad, la calidad o el comportamiento del sistema. Esto implica desarrollar capacidades internas para auditar decisiones, gestionar riesgos, establecer límites operativos y asegurar que los agentes actúen de manera coherente con los objetivos estratégicos y los principios éticos de la organización. En otras palabras, la apertura no simplifica el problema, sino que lo transforma: ofrece más control, pero exige mayor madurez.</p><p>Además, el hecho de que estemos hablando de agentes, y no simplemente de modelos de lenguaje, eleva aún más la complejidad. No es lo mismo validar una respuesta generada que supervisar un sistema que ejecuta acciones en procesos reales, toma decisiones operativas y coordina tareas de forma autónoma.</p><p>En este contexto, la gobernanza deja de ser un concepto teórico y se convierte en un elemento central del diseño organizacional. Definir qué puede hacer un agente, en qué condiciones debe intervenir un humano y cómo se monitorean sus resultados ya no es una discusión técnica, sino estratégica. La IA deja de ser una capa adicional y pasa a formar parte del núcleo operativo.</p><p>No se trata de tecnología, sino de autonomía</p><p>Lo interesante es que este movimiento hacia modelos abiertos no está ocurriendo de forma aislada ni marginal. Cada vez más iniciativas buscan construir ecosistemas colaborativos donde los agentes de IA puedan interoperar, compartir estándares y evolucionar de manera descentralizada. La intención es clara: evitar que la próxima generación de IA quede completamente controlada por unos pocos actores y, en cambio, fomentar un entorno donde la innovación pueda distribuirse y escalar de forma más abierta. Si uno observa con detenimiento, el paralelismo con lo que ocurrió con Linux es difícil de ignorar. No se trató de reemplazar de inmediato a los sistemas existentes, sino de cambiar progresivamente las reglas del juego.</p><p>Después de analizar este escenario, cada vez tengo más claro que el debate no es únicamente tecnológico, sino, sobre todo, estratégico. No se trata de decidir si una solución abierta es mejor que una cerrada en términos absolutos, sino de definir qué nivel de autonomía queremos tener como organizaciones en un entorno donde la IA empieza a influir directamente en la ejecución del trabajo. La IA ya no es solo una herramienta puntual; se está convirtiendo en un componente estructural de los procesos, en un actor que participa en la toma de decisiones y en la coordinación de actividades.</p><p>Por eso, la pregunta relevante no es si la IA abierta va a ganar terreno. La pregunta es quién estará preparado para asumir lo que implica. Porque, así como Linux no fue simplemente un sistema operativo, sino un cambio en la forma de construir y gobernar tecnología, la IA agéntica abierta apunta en la misma dirección. No es una moda ni una tendencia pasajera. Es una señal de que el equilibrio entre innovación y control está cambiando.</p><p>Y, como suele ocurrir en estos casos, la tecnología avanza más rápido que las organizaciones. La diferencia la marcarán aquellas que no solo adopten estas herramientas, sino que entiendan lo que realmente implican.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/U-ILtwZ2pSoeGI5w83p-ZisKupw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/ia.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Últimamente me he encontrado pensando en una comparación que, al inicio, puede parecer exagerada, pero que cada vez tiene más sentido en el contexto a...]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-15T19:57:20+00:00</updated>
                <published>2026-04-15T19:57:18+00:00</published>
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            ¿Y si el titiritero no existe?
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                <![CDATA[El Eco de Tandil]]>
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                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/y-si-el-titiritero-no-existe-1">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/yw_JDefLD8TXonvd0WjvW7Xan_0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/opinion_publica.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>La otra mañana, mientras corría por un sendero arbolado junto a otras decenas de personas, me asaltó una de esas reflexiones que solo permite el ritmo monótono de la zancada. Mis pies golpeaban la tierra en cadencia regular; a mi alrededor, vecinos de toda condición regulaban el paso, estiraban los brazos, intercambiaban frases breves. Y en ese preciso instante imaginé a los asesores de comunicación del partido de turno, encerrados en alguna oficina de campaña, profundamente convencidos de que su último eslogan o su más reciente publicación en las redes sociales iba a decantar el voto de toda esa gente que corría a mi lado. Imaginé también al candidato —un intendente, digamos— contemplándose a sí mismo en el espejo del baño del municipio, persuadido de que él era el hombre providencial que la historia y el "momento" reclamaban. Pero ¿qué pensaban realmente mis compañeros de fatiga, mientras ajustaban el ritmo para emprender la vuelta? Lo más probable es que su pensamiento fuera de una prosaica contundencia: "Qué bien, el pasto está corto. El lugar está ordenado y limpio." En esa imagen —tan simple que casi da vergüenza formularla— creí descubrir la refutación más completa a uno de los grandes mitos de nuestra época.</p><p>El mito en cuestión es el del poder casi sobrenatural de los medios de comunicación y las redes sociales para moldear, fabricar y manipular la opinión pública. Es una creencia tan difundida que cruza sin dificultad las fronteras ideológicas: cuando gana la izquierda, la derecha denuncia el populismo y la manipulación de las masas; cuando gana la derecha, la izquierda señala a los medios corporativos como arquitectos del fraude colectivo. En ambos casos, el razonamiento descansa sobre el mismo supuesto tácito: que el ciudadano es un ser pasivo, una arcilla dispuesta a ser moldeada por quien controle el mensaje. Es una hipótesis tan consoladora como falsa, y tiene además la virtud de ser útil para todos los que la sostienen.</p><p>Conviene detenerse en esa utilidad, porque ahí reside el verdadero misterio. Los asesores y estrategas políticos necesitan creer en el poder de la comunicación porque eso justifica su existencia y sus honorarios. Si ganan, fue gracias a su genio creativo, a la granja de “trolls” que manejan, a sus conocimientos de Ingeniería Social. Si pierden, el problema estuvo en la implementación inadecuada del mensaje, no en sus ideas. Los medios de comunicación, tanto los tradicionales como los digitales, abrazan el mito porque los eleva a la categoría de actores imprescindibles de la democracia, guardianes de la agenda pública, árbitros del debate civilizado. Y el ciudadano —aquí está la ironía más desconcertante— también lo abraza, porque le exime de la más evitable de las responsabilidades: la de sus propias decisiones. "No fui yo quien eligió mal; me manipularon." Es una quiebra moral declarada con toda la dignidad del inocente.</p><p>Noam Chomsky popularizó la versión académica de esta creencia con lo que él y Edward Herman llamaron el "modelo de propaganda": la idea de que los grandes medios fabrican el consentimiento de las masas al servicio de las élites económicas y políticas. La tesis es seductora precisamente porque tiene algo de verdad —los medios no son neutrales, las élites sí tienen intereses— pero en su formulación más extrema comete el error de reducir al ciudadano a un autómata sin resistencia crítica ni experiencia propia. Curiosamente, ya en los años cuarenta una línea pionera de la sociología empírica había demostrado que la influencia directa de los medios era mucho más limitada de lo que se suponía. La gente tiende a buscar información que confirme sus creencias previas y se deja influir, antes que los mensajes mediáticos, por su entorno inmediato: la familia, los colegas, los vecinos. La influencia no es un rayo que cae del éter; es un proceso lento, filtrado, que se tamiza a través de predisposiciones profundas y redes de relaciones personales.</p><p>Años más tarde, una distinción clásica vino a precisar este panorama: los medios no nos dicen necesariamente qué pensar, pero sí tienen cierto poder para decirnos sobre qué pensar. Fijan temas, construyen jerarquías de relevancia, deciden qué merece portada y qué merece silencio. Pero incluso ese poder —real, innegable— encuentra su límite en las fuerzas que operan por debajo de la superficie: las condiciones materiales de vida, las estructuras económicas, los cambios demográficos, el precio del pan. Sobre esos cimientos, cada individuo construye su opinión con los materiales que le da su propia existencia cotidiana, no con los que le ofrece el editorial del día.</p><p>La psicología social aporta otro ángulo. Existe un mecanismo, a veces llamado “espiral del silencio”, mediante el cual las personas evalúan constantemente el clima de opinión de su entorno y, cuando perciben que sus convicciones son minoritarias, tienden a callarlas por miedo al aislamiento social. El gran silenciador no es el noticiero ni el algoritmo: es el vecino, el cuñado, el compañero de trabajo. Y otro hallazgo fundamental nos enseña que, cuando nuestras decisiones resultan difíciles de justificar, la mente humana produce con notable eficiencia una narrativa que las absuelve. Decirse a uno mismo “me manipularon” es un modo de reducir la disonancia cognitiva de no afrontar la pregunta que más duele: ¿y si simplemente me equivoqué, o no me informé lo suficiente, o voté desde el miedo y no desde la reflexión?</p><p>Todo lo anterior adquiere una dimensión particular cuando se lo aplica al caso argentino, donde la disociación colectiva sobre el poder de los medios se potencia con un fenómeno geográfico y cultural de notable singularidad: el centralismo mediático del Área Metropolitana de Buenos Aires. Basta encender cualquier noticiero de alcance supuestamente "nacional" para comprobarlo. Una marcha de unas pocas decenas de personas (no hago juicio de valor acerca del motivo de la manifestación) frente al Congreso de la Nación ocupa horas de transmisión y es tratada con la gravedad de un acontecimiento sísmico. Los analistas, casi siempre desde la cotidianidad del corredor Puerto Madero-Palermo o norte del conurbano, desgranan las implicancias para el "clima social". Los políticos tuitean sus posiciones con la urgencia de quien siente que la historia se escribe en tiempo real.</p><p>Mientras tanto, en las provincias, en las ciudades del interior, en los pueblos rurales donde vive una gran proporción del país, la agenda puede tener sus matices. Probablemente allí los problemas son el estado de las rutas, la falta de gas en invierno, la obra pública que no llega, el médico que falta en el hospital. La marcha porteña es, para un habitante de Jujuy o de Comodoro Rivadavia, una anécdota lejana, tan provincial como un asunto de la política municipal de una ciudad que no es la suya. Estamos ante un doble mecanismo: el primero, ya descrito, es la creencia generalizada en la manipulación mediática como coartada universal. El segundo, específicamente argentino, es la ilusión de que los medios del AMBA son "medios nacionales" y de que su agenda es la agenda del país.</p><p>Esta confusión tiene una expresión política que se repite con la regularidad de un tic nervioso. Recuerdo la cantilena de ciertos periodistas y analistas porteños cuando algún diputado del interior anticipa un voto que no se alinea con la "agenda nacional" que emana de esos estudios. "Cambió su voto por un cordón cuneta", se dice entonces, con la nariz apenas arrugada, como si gestionar el metro cuadrado de quienes lo votaron fuera una actividad menor, casi indigna de un legislador. La frase encierra, sin saberlo, una revelación involuntaria. El periodista que la pronuncia no advierte que él también defiende, con toda naturalidad, su propio cordón cuneta: el de su ciudad, el de su audiencia, el de su burbuja. La diferencia es que el suyo recibe el nombre de "agenda nacional"; el del interior, el de mezquindad provinciana. He ahí, en dos líneas, la anatomía del centralismo cultural que alimenta esta disociación colectiva.</p><p>Vale aclarar que ese centralismo no es solo una imposición arbitraria de los medios: responde también a una concentración demográfica, económica y política que hace del AMBA un espacio desproporcionadamente influyente. Pero la confusión entre esa preeminencia fáctica y la pretensión de universalidad es precisamente lo que distorsiona la mirada.</p><p>Llegados a este punto, alguien podría objetar que las redes sociales cambian el cuadro: que ya no son los medios tradicionales sino los algoritmos de Meta o de X los que fabrican la opinión. Es una objeción razonable, pero que en definitiva reproduce el mismo error de perspectiva. Las redes son, ante todo, cámaras de eco: amplifican y aceleran lo que ya se piensa, refuerzan identidades previas, dan catarsis emocional a convicciones arraigadas. Lo que ocurre en ellas se parece más a un terremoto en un vaso de agua que a un movimiento tectónico real: mucho ruido, mucha agitación en la superficie, escasa capacidad de modificar el lecho profundo del río. Ese lecho sigue siendo la experiencia cotidiana: el precio del kilo de carne, la frecuencia del colectivo, la seguridad del barrio, el estado de la vereda. Esas variables no se tuitean: se viven.</p><p>Conviene agregar, para no caer en una simplificación simétrica a la que se critica, que el ciudadano no aplica un criterio único a todos sus actos electorales. Cuando elige intendente o concejales, vota por el metro cuadrado: evalúa lo que ve y pisa todos los días, la plaza iluminada o abandonada, la calle asfaltada o llena de baches. Es casi un inspector municipal que emite su veredicto con los pies. Cuando elige presidente o legisladores nacionales, vota por el bolsillo: evalúa su economía doméstica, la inflación que licua el salario, el empleo que da o quita tranquilidad, el precio de los alimentos que comprueba cada vez que lleva el carrito hasta la caja. Ninguna de las dos operaciones requiere la intermediación de un periodista, un influencer o un asesor de comunicación. Ambas son formas de experiencia directa, irrefutable, que ningún relato puede suplantar.</p><p>Fuerzo el argumento con fines provocativos. No ignoro que, en los márgenes, operan también las identificaciones ideológicas, las tradiciones familiares o los liderazgos carismáticos; pero en términos agregados, el peso de la experiencia cotidiana y material es la que en última instancia inclina la balanza en el cuarto oscuro.</p><p>Vuelvo, al cabo de este recorrido, al sendero arbolado de aquella mañana. Vuelvo a ver a mis compañeros de trote, pero ahora los miro con otros ojos. Son la encarnación viviente de lo que Lazarsfeld llamó "efectos limitados": personas cuya opinión se forma en el contacto directo con la realidad, no en la pantalla. Los asesores seguirán alimentando el mito de su propia influencia —es su coartada más necesaria—. El candidato seguirá viéndose a sí mismo como el protagonista de una épica que solo existe en el espejo del baño del municipio. Y los medios, tanto los tradicionales como los digitales, continuarán vendiéndose como los dueños del partido, porque esa ilusión cotiza bien en el mercado de la relevancia.</p><p>Pero la realidad, tozuda, sigue su curso en las cosas pequeñas. La señora que regula el paso, el hombre que estira antes de comenzar, la pareja que camina rápido mientras habla de sus asuntos: todos ellos, sin saberlo ni proponérselo, tienen razón. Su voto, su opinión, no se forjará en el eslogan más ingenioso ni en el meme más viral. Se forjará, como siempre, en el terreno que pisan.</p><p>Todo el ruido ensordecedor sobre la manipulación y la opinión pública no es, en el fondo, más que la ficción necesaria que nos permite, a cada uno en nuestro rol, eludir la pregunta: ¿y si, al final, el único responsable de mis decisiones soy yo? Mientras sigamos buscando al titiritero, no veremos que las cuerdas las sujetamos, a menudo, nosotros mismos. La próxima vez que salga a correr y vea el pasto impecable, quizás recuerde todo esto. O quizás no. Quizás, simplemente, piense: "qué bien está esto." Y ese pensamiento, tan breve y tan poco mediático, valdrá más que mil campañas.</p><p>Dr. Héctor Oscar Nigro</p><p>Ingeniero de Sistemas (UNICEN) ·</p><p>Maestría en Sociología y Ciencias Políticas (FLACSO)Doctor en Matemática Computacional (UNICEN)</p><p>Instituto de Tecnologías Informáticas Avanzadas · Facultad de Ciencias Exactas · UNICEN</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/yw_JDefLD8TXonvd0WjvW7Xan_0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/04/opinion_publica.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Los estúpidos no necesitamos ser manipulados para cumplir con nuestro cometido, somos muy creativos]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-04-23T00:45:08+00:00</updated>
                <published>2026-04-15T08:00:00+00:00</published>
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        <title>
            ¿Nuevo paradigma en el acceso a la magistratura?
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        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/opinion/nuevo-paradigma-en-el-acceso-a-la-magistratura" type="text/html" title="¿Nuevo paradigma en el acceso a la magistratura?" />
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            <name>
                <![CDATA[María Ricápito]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.eleco.com.ar/opinion/nuevo-paradigma-en-el-acceso-a-la-magistratura">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/cARkMc1UoBao2c2IswyrZ0pgQzY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/02/corte.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La reciente aprobación de la Acordada N° 4/2026 por parte de la Corte Suprema de Justicia de la Nación intenta marcar un punto de inflexión en la organización judicial argentina. Este nuevo "Reglamento de Concursos para la Selección de Magistrados" no es solo una reforma técnica; parece que vienen a dar una respuesta institucional a la necesidad de fortalecer la independencia judicial (o más bien la imagen judicial) y consolidar la confianza ciudadana en un sistema que ha sido percibido (y que aún hoy se percibe) como opaco.</p><p>El proyecto intenta poner el foco en el mérito y la idoneidad como vectores determinantes para acceder a la magistratura. A través de un diseño que prioriza la objetividad, se busca que el camino hacia el estrado judicial sea el resultado de la excelencia académica y profesional, y no del “azar” o de las supuestas influencias políticas de turno.</p><p>La apuesta por los concursos anticipados es una muy buena decisión estratégica para desvincular la cobertura de vacantes de las coyunturas políticas. Al planificar los llamados con antelación, el Consejo de la Magistratura podrá mantener un flujo constante de candidatos idóneos, evitando que las urgencias políticas dicten los tiempos de la justicia.</p><p>Una de las innovaciones más destacadas es la implementación de la Prueba de Oposición Escrita (POE) en dos etapas; una general, donde se valora la formación jurídica general a través de un cuestionario de 120 preguntas de opción múltiple a la que no se le asigna puntaje y solo se aprueba o desaprueba, con una vigencia para el postulante de 5 años. Y una etapa especial, consistente en una evaluación escrita dividida en dos partes: una orientada a evaluar el razonamiento jurídico, la interpretación normativa, etc., por medio de consignas prácticas e hipotéticas, y una segunda que consiste en la elaboración de una sentencia sobre un caso práctico vinculado a la competencia del cargo concursado.</p><p>Ambas etapas de la POE garantizan no solo el anonimato mediante sistemas informáticos auditables y claves alfanuméricas para los postulantes sino también a través de un comité de evaluación que confecciona los exámenes y un jurado diferente que realiza las correcciones. Esto quiere decir que la persona que realiza el caso de examen y la que lo corrige son personas completamente diferentes. “Agrega el nuevo proyecto que el jurado, conformado por cuatro juristas provenientes de un sorteo, debe emitir un voto individual cada uno, fundado y autónomo sin deliberación ni comunicación entre sí durante el proceso evaluativo.” ¿Y la calificación final del postulante se hace bajo cuatro correcciones diferentes? Sí, pues resultará del promedio aritmético simple entre las 4 notas asignadas por cada uno de los jurados.</p><p>Este mecanismo parece eliminar cualquier posibilidad de identificar al postulante antes de que su examen sea evaluado, asegurando que la calificación responda exclusivamente a la calidad técnica de sus respuestas. Asimismo, incluye para el jurado nuevas pautas y guías de corrección para ponderar la asignación de puntaje; pautas que elaborará la escuela judicial. Esta última asume una participación activa en varias etapas del proceso, estableciendo pautas para la POE, para el cuestionario, para la calificación de antecedentes, para las impugnaciones y hasta para la elaboración del orden de mérito provisorio y el final.</p><p>El reglamento introduce también el "Legajo Digital" único y permanente, ya vigente en casi todos los Consejos de la Magistratura del resto del país, permitiendo mayor transparencia sobre los antecedentes de cada aspirante y actualización constante.</p><p>Otra de las modificaciones que promueve el proyecto de la CSJN es en cuanto a la calificación de antecedentes de los postulantes, que aunque mantiene el máximo de 100 puntos, los distribuye de otra manera. Primero, porque cambia los parámetros de calificación, agregándole la categoría “formación” con hasta 30 puntos, luego antecedentes profesionales (hasta 50 ptos) y por último académicos (hasta 20 puntos). En la actualidad se puede otorgar un máximo de 70 puntos a los antecedentes profesionales y un máximo de 30 para los académicos.</p><p>Algunas curiosidades al respecto de la calificación de antecedentes: la primera es que los 100 puntos equivalen a un alto porcentaje de incidencia sobre la nota final del postulante. En el resto del país, la valoración de los antecedentes tiene un lugar importante en la calificación total del concursante pero no tan alta como aquí en la Nación. La mayoría de los CM del país le otorgan a esta etapa entre el 20 y el 30 % de la nota final (salvo los casos por ejemplo de Salta, Mendoza, Neuquén y Corrientes).</p><p>En todos los casos de los CM del país que valoran los antecedentes de los postulantes, también los agrupan en profesionales y académicos y de hecho, dentro de esa división también hay Consejos que le otorgan mayor calificación a la academia que al ítem profesional: son los casos por ejemplo de Neuquén, La Pampa, Catamarca, Salta y Santiago del Estero. En este proyecto la academia y la formación equivalen a la mitad del puntaje, el otro 50% es para la carrera profesional.</p><p>Ahora bien, la frutilla del postre del proyecto de reforma es la incidencia de la entrevista personal en el total de la puntuación, etapa del proceso que ahora tendrá puntaje cuando antes no lo tenía. Es decir, el postulante concurría a una entrevista personal pero no se la puntuaba, se calificaba conceptual y subjetivamente. Con la reforma, el puntaje de la entrevista personal puede alcanzar un techo máximo de 20 puntos sobre un total de 200.</p><p>La otra novedad es que las preguntas de la entrevista están preestablecidas (formuladas por una subcomisión) y la puntuación tabulada (hasta 5 puntos por planes de trabajo, hasta 5 puntos por opiniones referidas a cuestiones generales y “valores democráticos”, y hasta 10 puntos por la “valoración de opiniones”, criterios o puntos de vista vinculados a tópicos referidos a la especialidad de la vacante a cubrir). ésta sí que es una innovación respecto a la modalidad con la que se lleva adelante entrevista personal en otros consejos de la magistratura argentinos.</p><p>Este nuevo proyecto de reglamento se alinea con una tendencia consolidada exitosamente en varios de los consejos de la magistratura provinciales, ya que en el resto del país, la mayoría de los Consejos de la Magistratura puntúan desde sus inicios la etapa de la entrevista personal y hasta en algunos casos su puntuación es menos del 10% de la nota total, con lo cual, la discrecionalidad del final se ve bastante disminuida. Es el caso por ejemplo del CAM de Tucumán, de la CABA, Entre Ríos, Corrientes, Formosa, Neuquén –que equipara en igual medida la entrevista con el puntaje del examen técnico– y Santiago del Estero –que mantiene todas las etapas del concurso con el mismo puntaje–, entre otros.</p><p>La entrevista personal, en principio y como bien dice el nuevo proyecto, no es una instancia de evaluación: sino que más bien valora la idoneidad y las aptitudes personales de cada aspirante. Incluso en este caso, al tabular y tasar los criterios de esta instancia, se pretende evitar que una etapa tradicionalmente subjetiva altere de forma arbitraria el orden de mérito construido en las rigurosas evaluaciones técnicas previas.</p><p>Ahora bien, ¿es real que no se altera el orden de mérito? ¿Es cierto que hay un blindaje del resultado del examen técnico que el puntaje de la entrevista personal no puede alterar? La puntuación de la entrevista corresponde solo al 10 por ciento de la nota final, por lo cual, parecería que no puede alterarse la técnica y profesionalización del candidato. Esto sí que resulta auspicioso y un verdadero paso adelante en la selección de magistrados. Tal vez a futuro, podría hacerse hincapié en trabajar la posibilidad de que la audiencia final establecida en los artículos 97 y concordantes del proyecto, actúe de termómetro final del orden de mérito como se propone, pero en el caso de que pretenda alterar la terna y el trabajo de la comisión, lo haga con fundamento y hasta tal vez con alguna tabulación o parámetro objetivo preestablecido.</p><p>En conclusión, este nuevo proyecto de la Corte busca retirar los hilos invisibles de la selección judicial. Al tecnificar cada etapa y reducir el margen de la discrecionalidad personal, se intenta rescatar la figura del juez de las sombras de la influencia. Si bien ninguna norma puede anular por completo la última instancia política, este paso hacia la neutralidad técnica es una promesa de independencia. Es, en última instancia, el intento de que el acceso al estrado dependa de la excelencia y no de la cercanía, devolviéndole a la ley el lugar que la política le había disputado.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/cARkMc1UoBao2c2IswyrZ0pgQzY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/02/corte.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La reciente aprobación de la Acordada N° 4/2026 por parte de la Corte Suprema de Justicia de la Nación intenta marcar un punto de inflexión en la orga...]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2026-03-31T16:52:19+00:00</updated>
                <published>2026-03-31T16:52:06+00:00</published>
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            Qué efectos tendrá la baja de encajes bancarios
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.eleco.com.ar/opinion/que-efectos-tendra-la-baja-de-encajes-bancarios" type="text/html" title="Qué efectos tendrá la baja de encajes bancarios" />
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            <name>
                <![CDATA[Roberto Cachanosky]]>
            </name>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/P2q8Y52W5gFE-jdy3vHppJF1DAE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2025/09/central.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La baja de encajes bancarios anunciada por el Banco Central a partir del 1 de abril, con la eliminación del recargo transitorio de 5 puntos, permitirá a los bancos recuperar parte de la liquidez que tenían inmovilizada a partir de abril. La medida apunta a reducir la intervención del BCRA en el sistema financiero.</p><p>De todos modos, el nivel de encajes en Argentina sigue siendo elevado si se lo compara con otros países de América Latina. Todavía persiste una fuerte regulación de los encajes y queda un largo camino por recorrer en desregulación bancaria.</p><p>Con la eliminación del adicional de 5 puntos, los encajes sobre los depósitos a la vista disminuirán aproximadamente del 50% al 45%. Esto significa que, por cada $100 que un banco recibe en cuentas corrientes o cajas de ahorro, debe inmovilizar cerca de $45. En cualquier comparación con países de América Latina, ese número sigue resultando alto.</p><p>Comparación internacional</p><p>Para dimensionar el nivel de intervención del BCRA en el sistema financiero argentino, basta observar lo que sucede en la región. En Brasil, uno de los países con mayores restricciones en su sistema financiero, el encaje ronda el 20%. En México y Colombia se sitúa en torno al 10%. En Perú, cerca del 6 en moneda local. En Chile, el porcentaje oscila entre 4% y 5 por ciento.</p><p>Incluso en economías más dolarizadas como Uruguay, los niveles son notoriamente inferiores a los de Argentina.</p><p>Aun después de la baja, en términos estructurales y técnicos, el sistema financiero argentino mantiene encajes bancarios entre tres y cinco veces superiores al promedio de América Latina. Este nivel de regulación afecta de modo significativo la operatoria crediticia, encarece el financiamiento y tiene impactos directos en el nivel de actividad económica.</p><p>Considerando además que el sistema financiero nacional es chico, debido a la tradicional desconfianza de los ahorristas frente a antecedentes de confiscación de depósitos, los encajes elevados limitan todavía más el acceso al crédito privado. Además, el Estado absorbe buena parte del escaso crédito bancario colocando bonos a las entidades financieras.</p><p>El sistema financiero argentino termina siendo reducido por la falta de confianza de los ahorristas ante prácticas estatales de confiscación y porque los bancos destinan el poco crédito disponible a la compra de bonos del Tesoro en vez de canalizarlo al sector privado.</p><p>Impacto de la baja en el crédito</p><p>El interrogante principal ahora es si la reducción de 5 puntos en los encajes bancarios se traducirá en mayor financiamiento para el sector privado. Se estima que este recorte podría incrementar en un 6% el crédito al sector privado, tomando como referencia el stock vigente al momento de la decisión.</p><p>Sin embargo, existe la duda respecto al destino de los fondos liberados: podrían destinarse tanto al otorgamiento de nuevos créditos como a la compra de bonos indexados por inflación, dado el contexto previsto para los próximos meses.</p><p>Suena extraño esperar un notable incremento en los préstamos a las familias, considerando que la mora en los créditos a hogares representa el 10,6% de la cartera de los bancos. Además, la morosidad en préstamos personales pasó del 3,5% en enero de 2025 al 13,2% en enero de 2026, y en el caso de las tarjetas de crédito, del 2% en enero de 2025 subió al 11% en enero de 2026.</p><p>Un posible escenario es que, si bajan las tasas de interés, los bancos refinancien deudas familiares a tasas más bajas. Un comportamiento similar puede darse con las empresas, aunque su nivel de mora es sustancialmente menor.</p><p>Perspectiva sobre tasas, inflación y consumo</p><p>El impacto sobre la economía real podría ser más limitado de lo previsto inicialmente. Es probable que se observe cierta baja en las tasas de interés y una leve expansión del crédito, aunque no sería esperable un fuerte crecimiento del consumo.</p><p>Otro factor relevante es que, si la demanda de moneda no aumenta, la baja de encajes podría trasladarse a los precios, manteniendo la tasa de inflación en torno al 3% o haciendo que el descenso de la inflación sea más lento de lo deseado por las autoridades para agosto.</p><p>Al mismo tiempo, la relajación de los encajes podría moderar la caída del dólar en un escenario de inflación en alza y afectar el tipo de cambio real. Si la evolución del tipo de cambio se traslada o no al Índice de Precios al Consumidor dependerá de múltiples variables. Con el actual nivel de encajes bancarios, la caída del salario real y un tipo de cambio retrasado, las perspectivas de crecimiento son limitadas.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/P2q8Y52W5gFE-jdy3vHppJF1DAE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2025/09/central.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>La baja de encajes bancarios anunciada por el Banco Central a partir del 1 de abril, con la eliminación del recargo transitorio de 5 puntos, permitirá...]]>
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                <updated>2026-03-31T16:50:04+00:00</updated>
                <published>2026-03-31T16:49:53+00:00</published>
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            Dogmas de bolsillo y dioses de pantalla
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                <![CDATA[Ignacio Segonds]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ubXYkxBsD7fOMdksKWSRkPUONR0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/03/dogmas_de_bolsillo.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Dios no ha muerto, se ha escondido atrás de los píxeles. En plena era de la información, los fieles abandonan las iglesias al rezo de ¡Espiritualidad sí, religión no! Las nuevas generaciones han derribado los muros institucionales en su búsqueda por llenar el vacío programado. Eligen creer, pero las doctrinas religiosas resultan demasiado estrictas para la sociedad del multitasking. En cambio, se sirven de la góndola espiritual productos que llevan los nombres de prácticas milenarias, pero en versión descartable y light. Incluso en versión rápida acción. Esto puede mitigar temporalmente el sinsentido, pero ¿cuál es el riesgo de dejar nuestra fe en manos del algoritmo? ¿Encontraremos a nuestros dioses entre tanta banalidad?&nbsp;</p><p>En el último tiempo, las religiones tradicionales, al igual que la mayoría de las instituciones, han sufrido una pérdida de credibilidad. El constante ruido digital ha erosionado los grandes relatos y la sobreinformación nos ha despojado de los dogmas. Nadie parece tener tiempo para dioses con muchas reglas y pocos resultados tangibles. Menos para autoridades de naturaleza humana. La promesa de la eternidad ya no interpela a jóvenes que necesitan todo de inmediato y no tienen interés en detenerse a pensar en la muerte. Aquel infierno abrasador ya no asusta tanto cuando se tiene en frente a las más novedosas y placenteras tentaciones. En otras palabras, cualquiera puede afirmar que las instituciones de fe han perdido popularidad frente a la espiritualidad líquida posmoderna. Hoy podemos hablar de astrología, tarot, numerología, cristaloterapia y bio-hacking sin miedo a que Tomás de Torquemada nos queme en la hoguera. Es más, podemos saltar de una creencia a otra, podemos combinarlas a nuestro gusto y también abandonarlas en cualquier momento. Esta libertad es, por supuesto, indispensable y positiva. Pero hay que tener cierto cuidado, porque el capitalismo salvaje no perdona e incluso las creencias más nobles pueden ser licuadas y empaquetadas como productos de consumo.&nbsp;</p><p>El paso de las religiones institucionalizadas al autoservicio espiritual no indica, como se creyó en algún momento, que nos hayamos vuelto más escépticos. Por el contrario, enfrentamos un vacío profundo e inmaterial, propio de la vorágine contemporánea, que solo puede ser llenado con fe. Anhelamos y perseguimos esa fe, pero no nos detenemos a cultivarla. Imagino que el ser humano siempre ha necesitado de algo superior en lo que creer. Así se levantaron catedrales y se pelearon guerras que tardaron siglos. Pero hoy por hoy, contamos con opciones ilimitadas y menos sacrificadas para llenar ese vacío. Nos lanzamos sin guías, huérfanos, a la búsqueda de alguna nueva creencia que nos dé un norte lo antes posible.&nbsp;</p><p>Lo que sí indica este exilio de los templos es una serie de dificultades propias de nuestra época. Por un lado, la falta de compromiso y la necesidad de resultados inmediatos y visuales. Cada vez menos personas están dispuestas a esperar toda una vida cumpliendo una doctrina para alcanzar algo después de morir. Ese discurso pareciera quedar obsoleto frente a la velocidad contemporánea. Por otro lado, el individualismo voraz. Cada quien busca sus propias respuestas y no necesita compartirlas en comunidad. Solemos aventurarnos en una búsqueda solitaria. Estos signos sociales problemáticos disponen un suelo fértil para el misticismo a la carta. La mayoría de las nuevas creencias ofrecen una respuesta rápida y personalizada. Lo sagrado se mezcla con lo artificial. Las cartas se dan vuelta y nos dan los indicios del futuro que necesitamos, los astros definen nuestra personalidad, el reloj marca las 22:22 y un alivio supersticioso nos recorre el cuerpo.&nbsp;</p><p>De más está decir que todas las creencias tienen sus raíces, sus fundamentos, su estudio y merecen ser respetadas. El problema es que la saturación de opciones nos lleva a “creer” en todas sin conocer realmente ninguna. Evitamos darnos el tiempo necesario para estudiar, comprender e internalizar una creencia antes de adoptarla. En cambio, intentamos saciar nuestra sed de respuestas con la primera opción que aparece. Esta pseudo fe conciliadora está lejos de penetrar en nuestro espíritu. Podríamos llamarle fe fast-food, dado que alivia por un rato el vacío sin hacernos esperar, pero no nos nutre a largo plazo. A su vez, de la misma manera que comemos “sushi” en una franquicia, solemos relacionarnos con la versión simplificada de prácticas milenarias. Las redes sociales nos acercan una versión fácil, rápida y gratuita para todo, incluso para nuestras creencias. ¿En qué creemos entonces? ¿En lo que nos convenga? ¿En lo que se adapte a nuestra situación actual? ¿En lo que nos ofrecen? Considero que, al igual que durante toda la historia de la humanidad, creemos en aquello que nos brinde bienestar. Lo interesante entonces es pensar cómo concebimos el bienestar en la era de la información.&nbsp;</p><p>Mientras escribía esta columna conocí a Felipe en un cumpleaños. Yo me preguntaba si todavía era posible encontrar una verdad que se fundiera con el alma. Él me contó que estudiaba teología porque quería dedicar su vida a servir en su iglesia. Tenemos la misma edad. Abrí grande los ojos y arrastré la silla para sentarme cerca. Le hablé de mi texto e intercambiamos ideas sin juicios, sesgos ni intereses. Confesé que no pertenezco a ninguna iglesia, que mi búsqueda está fragmentada y activa. Durante el tiempo que charlamos, ni una sola notificación hizo sonar nuestros teléfonos. Pude observar en sus ojos la calma de quien ha encontrado sus respuestas. Le pregunté por qué hoy era tan difícil para los jóvenes tener fe en algo. Me dijo:</p><p>&nbsp;"No creo que seamos una generación más atea, los jóvenes creemos mucho. Lo que pasa es que la práctica de esa fe está más diversificada. Somos la generación del 'yo'. Tenemos tanto tiempo para pensar en nosotros mismos que terminamos ensimismados. En ese ensimismamiento, buscamos una fe que nos dé la razón, no una que nos transforme. El ser humano tiende a querer automatizarlo todo. Queremos la 'fórmula' que nos haga el camino fácil. Buscamos calmar la conciencia sin que nos cueste nada. Esto también pasa dentro del marco eclesiástico, hay gente que piensa ‘voy a la iglesia los domingos y listo, Dios me perdona’".&nbsp;</p><p>Esa diferencia se clavó en mi cabeza. La fe que te da la razón versus la fe que te invita a cambiar. Me pareció identificar ahí uno de los rasgos claves para discernir lo real de lo banalizado. Él siguió hablando:&nbsp;</p><p>"El teólogo Dietrich Bonhoeffer habla de la 'gracia barata'. Es esa idea de pensar que somos salvos, que todo está bien, pero olvidándonos del sacrificio. Habría que preguntarle a Cristo crucificado. La gente quiere los beneficios de la fe, pero no quiere la incomodidad de la fe. Cuando vos realmente te encontrás con lo sagrado, te sentís incómodo. Porque te das cuenta de que no sos igual, de que hay cosas en vos que tienen que cambiar. Invita a la humildad. Si tu espiritualidad no te incomoda, probablemente no sea real".</p><p>Me explicó que su fe se cultiva y, al igual que todo cultivo, se trabaja. Me habló de la importancia de generar un tiempo íntimo con su Dios y de la necesidad de delimitar esos momentos. Confesó que él también está atravesado por la cultura de lo efímero.&nbsp;</p><p>"Yo mismo tuve que desinstalar Instagram y YouTube. Me di cuenta de que pasaba una hora o dos mirando reels y después decía: 'Qué manera de perder el tiempo'. Esa sobreinformación te fragmenta, te saca del silencio que necesitás para conectar con tu fe. La constancia en el camino de la fe implica resignar ciertas distracciones y abstenerse de algunos placeres inmediatos"&nbsp;</p><p>Me contó que actualmente vive en una residencia junto a otras veinte personas que estudian lo mismo. Asegura que es el roce con el otro lo que más fortalece su espiritualidad. “Nadie se salva solo”, arrojé yo. Me respondió, sonriendo, “Dios siempre ha buscado un pueblo”.&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p><p>Sospecho que al Dios que esté detrás de todo esto le importa poco el nombre de nuestra práctica. Al fin y al cabo, no hemos sido más que humanos intentando entender y nombrar lo divino e incomprensible. Creo que lo que realmente importa no es la etiqueta que elegimos para nuestras plegarias, sino cuidar la integridad del canal por el que intentamos conectar. En esta modernidad líquida, el verdadero desafío es proteger ese espacio sagrado como un refugio frente a la vorágine actual, evitando que se contamine con la lógica productiva inmediata o el ruido blanco de la información.</p><p>Una fe genuina no debería ser un accesorio conciliador que simplemente justifique nuestros actos o nos dé la razón en un post. Debería ser, por el contrario, una brújula que nos incomode y nos empuje a ser mejores. Un ancla que nos sostenga entre tanto movimiento. Si nuestra búsqueda espiritual solo sirve para anestesiar la falta de sentido o apaciguar nuestra conciencia temporalmente, no estamos encontrando una verdad, sino eligiendo otro producto descartable. La verdadera fe, tenga el nombre que tenga, necesita de un tiempo y un lugar particular. Da igual si se sintoniza a través de filosofías ancestrales, de la ortodoxia religiosa o de las corrientes alternativas modernas. Lo que importa es permitirnos disponer de un momento liberado del multitasking donde el silencio sea más fuerte que el algoritmo y donde el encuentro con lo invisible nos devuelva, a su tiempo, una mejor versión de nosotros mismos.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ubXYkxBsD7fOMdksKWSRkPUONR0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/03/dogmas_de_bolsillo.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Dios no ha muerto, se ha escondido atrás de los píxeles. En plena era de la información, los fieles abandonan las iglesias al rezo de ¡Espiritualidad...]]>
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                <updated>2026-05-09T16:11:14+00:00</updated>
                <published>2026-03-29T03:00:00+00:00</published>
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